Cuando las armas hablan más fuerte que la diplomacia: el poder de veto de los radicales

 

Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica 

 

En medio de la crisis del estrecho de Ormuz, un patrón se repite con una claridad inquietante: mientras los diplomáticos iraníes negocian con Omán una salida a la crisis, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) sostiene el bloqueo, ataca petroleros y condiciona cualquier acuerdo a un ultimátum que Washington difícilmente aceptará. La pregunta de fondo trasciende a Irán: en momentos de crisis y vacío de poder, ¿terminan siempre imponiéndose quienes controlan las armas por sobre quienes negocian?

 

El mecanismo detrás del patrón

La lógica tiene una base estructural simple. Quien controla la fuerza armada no necesita ganar el debate político para imponer su voluntad: le basta con crear hechos consumados. En Irán, el IRGC no depende de convencer a nadie de que la negociación con Estados Unidos es un error — simplemente puede disparar un misil contra un buque cisternero en pleno proceso diplomático, como ocurrió recientemente contra una embarcación vinculada a la petrolera estatal de Emiratos Árabes Unidos, y con eso invalidar meses de trabajo diplomático en cuestión de horas.

A esto se suma un factor decisivo: el vacío de autoridad. Reportes indican que el líder supremo Mojtaba Khamenei permanecería oculto y en delicado estado de salud, una fragilidad que el IRGC habría capitalizado para consolidar su control real sobre las decisiones del régimen. Cuando no hay un árbitro civil o religioso con autoridad indiscutida, gana casi siempre el actor con mayor disciplina organizativa y capacidad coercitiva — típicamente el aparato militar, no el cuerpo diplomático.

Existe también una asimetría de incentivos que refuerza el patrón. Los negociadores civiles arriesgan su carrera política si un acuerdo fracasa o es percibido como una capitulación. Los sectores de línea dura, en cambio, no cargan ese costo: la confrontación prolongada aumenta su relevancia institucional y su presupuesto. El nombramiento del general Mohsen Rezaei al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, tras el ultimátum que rompió la mesa de negociación, ilustra exactamente ese mecanismo: la escalada lo benefició directamente a él y a su facción.

 

Lo que enseña la historia

Sin embargo, el patrón no es una ley inquebrantable, y la historia ofrece contraejemplos relevantes.

El más cercano es la propia Guerra Irán-Irak de 1988. Pese a la resistencia de los sectores más duros del régimen, el ayatolá Jomeini terminó aceptando el alto el fuego, describiendo esa decisión como "beber de una copa envenenada". No fue una victoria de los moderados sobre los radicales por argumentos, sino porque el costo humano y económico de la guerra se volvió insostenible incluso para quienes la sostenían.

Un caso más amplio es el colapso de la Unión Soviética bajo Gorbachov. Los sectores militares y del aparato de seguridad (KGB) resistieron la apertura hasta protagonizar un intento de golpe en 1991 — pero el desgaste económico estructural del sistema terminó imponiéndose sobre la capacidad coercitiva de los duros, que no lograron revertir el curso de los acontecimientos.

Sudáfrica bajo el apartheid ofrece un tercer ejemplo: sectores de seguridad y paramilitares afrikáners se opusieron ferozmente al desmantelamiento del régimen racista, incluso con violencia organizada en los años previos a 1994. Pero el aislamiento internacional y el colapso económico terminaron doblegando esa resistencia armada, permitiendo la transición negociada.

 

La pregunta abierta

El hilo común en estos tres casos no es que los moderados ganaran el debate, sino que el costo de sostener la confrontación se volvió insoportable para el sistema en su conjunto — incluyendo, eventualmente, para los propios sectores duros. Ese es precisamente el interrogante abierto en Irán hoy: la Guardia Revolucionaria tiene, por ahora, el control de los hechos sobre el terreno. La incógnita es si el desgaste económico —la pérdida de gas, los cortes eléctricos, la inflación— alcanzará un punto de quiebre lo suficientemente doloroso como para que ese poder de veto se erosione, tal como ocurrió en Teherán en 1988, en Moscú en 1991 y en Pretoria en la década de 1990.

 


 

When Guns Speak Louder Than Diplomacy: The Veto Power of Radicals

Amid the Strait of Hormuz crisis, an unsettling pattern keeps repeating: while Iranian diplomats negotiate with Oman for a way out of the crisis, the Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) maintains the blockade, strikes tankers, and conditions any agreement on an ultimatum that Washington is unlikely to accept. The underlying question goes beyond Iran: in moments of crisis and power vacuum, do those who control the weapons always end up prevailing over those who negotiate?

 

The Mechanism Behind the Pattern

The logic rests on a simple structural foundation. Whoever controls armed force doesn't need to win the political argument to impose its will — it only needs to create facts on the ground. In Iran, the IRGC doesn't need to convince anyone that negotiating with the United States is a mistake; it can simply fire a missile at an oil tanker in the middle of a diplomatic process, as recently happened against a vessel linked to the UAE's state oil company, and thereby invalidate months of diplomatic work within hours.

Add to this a decisive factor: the vacuum of authority. Reports suggest Supreme Leader Mojtaba Khamenei has remained hidden and in fragile health — a weakness the IRGC would have exploited to consolidate real control over the regime's decisions. When there is no civilian or religious arbiter with undisputed authority, the actor with the greatest organizational discipline and coercive capacity almost always wins — typically the military apparatus, not the diplomatic corps.

There is also an asymmetry of incentives reinforcing the pattern. Civilian negotiators risk their careers if a deal fails or is perceived as capitulation. Hardline sectors bear no such cost — prolonged confrontation actually increases their institutional relevance and budget. General Mohsen Rezaei's appointment to head Iran's Supreme National Security Council, following the ultimatum that broke off negotiations, illustrates this mechanism perfectly: escalation directly benefited him and his faction.

 

What History Teaches

Yet the pattern is not an ironclad law, and history offers relevant counterexamples.

The closest is the Iran-Iraq War of 1988 itself. Despite resistance from the regime's hardest-line sectors, Ayatollah Khomeini ultimately accepted the ceasefire, describing the decision as "drinking from a poisoned chalice." It wasn't a victory of moderates over radicals through argument, but because the human and economic cost of the war had become unsustainable even for those sustaining it.

A broader case is the collapse of the Soviet Union under Gorbachev. Military and security-apparatus (KGB) hardliners resisted the opening, even staging a coup attempt in 1991 — but the system's underlying economic exhaustion ultimately overcame the hardliners' coercive capacity, which failed to reverse the course of events.

Apartheid-era South Africa offers a third example: Afrikaner security and paramilitary sectors fiercely opposed dismantling the racist regime, including organized violence in the years before 1994. But international isolation and economic collapse eventually overcame that armed resistance, allowing for a negotiated transition.

 

The Open Question

The common thread in these three cases is not that moderates won the argument, but that the cost of sustaining confrontation became unbearable for the system as a whole — including, eventually, for the hardliners themselves. That is precisely the open question in Iran today: the Revolutionary Guard, for now, controls the facts on the ground. The uncertainty is whether economic exhaustion — lost gas supplies, power outages, inflation — will reach a breaking point painful enough to erode that veto power, as happened in Tehran in 1988, Moscow in 1991, and Pretoria in the 1990s.




Quand les armes parlent plus fort que la diplomatie : le pouvoir de veto des radicaux

En pleine crise du détroit d'Ormuz, un schéma troublant se répète : tandis que les diplomates iraniens négocient avec Oman une issue à la crise, le Corps des gardiens de la révolution islamique (CGRI) maintient le blocus, attaque des pétroliers et conditionne tout accord à un ultimatum que Washington acceptera difficilement. La question de fond dépasse l'Iran : dans les moments de crise et de vide du pouvoir, ceux qui contrôlent les armes finissent-ils toujours par l'emporter sur ceux qui négocient ?

 

Le mécanisme derrière ce schéma

La logique repose sur un fondement structurel simple. Celui qui contrôle la force armée n'a pas besoin de gagner le débat politique pour imposer sa volonté : il lui suffit de créer des faits accomplis. En Iran, le CGRI n'a pas besoin de convaincre qui que ce soit que négocier avec les États-Unis est une erreur — il peut simplement tirer un missile sur un pétrolier en plein processus diplomatique, comme cela s'est produit récemment contre un navire lié à la compagnie pétrolière publique des Émirats arabes unis, invalidant ainsi des mois de travail diplomatique en quelques heures.

À cela s'ajoute un facteur décisif : le vide d'autorité. Selon certains rapports, le guide suprême Mojtaba Khamenei resterait caché et en état de santé fragile — une faiblesse que le CGRI aurait exploitée pour consolider son contrôle réel sur les décisions du régime. En l'absence d'un arbitre civil ou religieux à l'autorité incontestée, c'est presque toujours l'acteur disposant de la plus grande discipline organisationnelle et de la plus grande capacité coercitive qui l'emporte — typiquement l'appareil militaire, et non le corps diplomatique.

Il existe également une asymétrie des incitations qui renforce ce schéma. Les négociateurs civils risquent leur carrière si un accord échoue ou est perçu comme une capitulation. Les secteurs de la ligne dure, eux, ne supportent pas ce coût — la confrontation prolongée accroît au contraire leur importance institutionnelle et leur budget. La nomination du général Mohsen Rezaei à la tête du Conseil suprême de sécurité nationale iranien, après l'ultimatum qui a rompu la table des négociations, illustre parfaitement ce mécanisme : l'escalade l'a directement favorisé, lui et sa faction.

 

Ce qu'enseigne l'histoire

Ce schéma n'est cependant pas une loi absolue, et l'histoire offre des contre-exemples pertinents.

Le plus proche est la guerre Iran-Irak de 1988 elle-même. Malgré la résistance des secteurs les plus radicaux du régime, l'ayatollah Khomeiny a finalement accepté le cessez-le-feu, qualifiant cette décision de « boire dans une coupe empoisonnée ». Il ne s'agissait pas d'une victoire des modérés sur les radicaux par l'argumentation, mais du fait que le coût humain et économique de la guerre était devenu insoutenable, même pour ceux qui la menaient.

Un cas plus large est l'effondrement de l'Union soviétique sous Gorbatchev. Les secteurs militaires et de l'appareil de sécurité (KGB), hostiles à l'ouverture, sont allés jusqu'à tenter un coup d'État en 1991 — mais l'épuisement économique structurel du système a fini par l'emporter sur la capacité coercitive des durs, qui n'ont pas réussi à inverser le cours des événements.

L'Afrique du Sud de l'apartheid offre un troisième exemple : les secteurs sécuritaires et paramilitaires afrikaners se sont farouchement opposés au démantèlement du régime raciste, allant jusqu'à une violence organisée dans les années précédant 1994. Mais l'isolement international et l'effondrement économique ont fini par vaincre cette résistance armée, permettant une transition négociée.

 

La question ouverte

Le fil conducteur commun à ces trois cas n'est pas que les modérés aient gagné le débat, mais que le coût du maintien de la confrontation soit devenu insupportable pour le système dans son ensemble — y compris, à terme, pour les durs eux-mêmes. C'est précisément la question ouverte en Iran aujourd'hui : les Gardiens de la révolution contrôlent, pour l'instant, les faits sur le terrain. L'inconnue est de savoir si l'épuisement économique — pertes de gaz, coupures d'électricité, inflation — atteindra un point de rupture suffisamment douloureux pour éroder ce pouvoir de veto, comme ce fut le cas à Téhéran en 1988, à Moscou en 1991 et à Pretoria dans les années 1990.




Quando le armi parlano più forte della diplomazia: il potere di veto dei radicali

Nel pieno della crisi dello Stretto di Hormuz si ripete uno schema inquietante: mentre i diplomatici iraniani negoziano con l'Oman una via d'uscita dalla crisi, il Corpo delle Guardie della Rivoluzione Islamica (IRGC) mantiene il blocco, attacca petroliere e subordina qualsiasi accordo a un ultimatum che Washington difficilmente accetterà. La domanda di fondo va oltre l'Iran: nei momenti di crisi e di vuoto di potere, chi controlla le armi finisce sempre per prevalere su chi negozia?

 

Il meccanismo dietro lo schema

La logica si basa su un fondamento strutturale semplice. Chi controlla la forza armata non ha bisogno di vincere il dibattito politico per imporre la propria volontà: gli basta creare fatti compiuti. In Iran, l'IRGC non ha bisogno di convincere nessuno che negoziare con gli Stati Uniti sia un errore — può semplicemente lanciare un missile contro una petroliera nel bel mezzo di un processo diplomatico, come è accaduto di recente contro una nave collegata alla compagnia petrolifera statale degli Emirati Arabi Uniti, invalidando così mesi di lavoro diplomatico nel giro di poche ore.

A questo si aggiunge un fattore decisivo: il vuoto di autorità. Secondo alcuni resoconti, la Guida Suprema Mojtaba Khamenei resterebbe nascosta e in condizioni di salute precarie — una debolezza che l'IRGC avrebbe sfruttato per consolidare il proprio controllo effettivo sulle decisioni del regime. Quando manca un arbitro civile o religioso dall'autorità indiscussa, a vincere è quasi sempre l'attore con maggiore disciplina organizzativa e capacità coercitiva — tipicamente l'apparato militare, non il corpo diplomatico.

Esiste anche un'asimmetria di incentivi che rafforza lo schema. I negoziatori civili rischiano la carriera se un accordo fallisce o viene percepito come una capitolazione. I settori della linea dura, invece, non sopportano questo costo — anzi, il protrarsi dello scontro accresce la loro rilevanza istituzionale e il loro budget. La nomina del generale Mohsen Rezaei a capo del Consiglio Supremo per la Sicurezza Nazionale iraniano, dopo l'ultimatum che ha interrotto il tavolo negoziale, illustra perfettamente questo meccanismo: l'escalation ha avvantaggiato direttamente lui e la sua fazione.

 

Ciò che insegna la storia

Tuttavia, lo schema non è una legge inderogabile, e la storia offre controesempi rilevanti.

Il caso più vicino è la stessa guerra Iran-Iraq del 1988. Nonostante la resistenza dei settori più intransigenti del regime, l'ayatollah Khomeini alla fine accettò il cessate il fuoco, descrivendo quella decisione come "bere da un calice avvelenato". Non fu una vittoria dei moderati sui radicali ottenuta con gli argomenti, ma perché il costo umano ed economico della guerra era diventato insostenibile persino per chi la sosteneva.

Un caso più ampio è il crollo dell'Unione Sovietica sotto Gorbaciov. I settori militari e dell'apparato di sicurezza (KGB) resistettero all'apertura, arrivando persino a tentare un colpo di stato nel 1991 — ma l'esaurimento economico strutturale del sistema finì per prevalere sulla capacità coercitiva dei falchi, che non riuscirono a invertire il corso degli eventi.

Il Sudafrica dell'apartheid offre un terzo esempio: i settori della sicurezza e i paramilitari afrikaner si opposero ferocemente allo smantellamento del regime razzista, ricorrendo anche a violenza organizzata negli anni precedenti il 1994. Ma l'isolamento internazionale e il collasso economico finirono per piegare quella resistenza armata, consentendo una transizione negoziata.

 

La domanda aperta

Il filo conduttore comune a questi tre casi non è che i moderati abbiano vinto il dibattito, ma che il costo di sostenere lo scontro sia diventato insopportabile per il sistema nel suo complesso — inclusi, alla fine, gli stessi settori intransigenti. Questa è esattamente la domanda aperta in Iran oggi: le Guardie della Rivoluzione controllano, per ora, i fatti sul terreno. L'incognita è se l'esaurimento economico — perdita di gas, blackout, inflazione — raggiungerà un punto di rottura sufficientemente doloroso da erodere quel potere di veto, come accadde a Teheran nel 1988, a Mosca nel 1991 e a Pretoria negli anni '90.

 

 

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LA DICTADURA SE QUEDÓ SIN ELECTRICIDAD MUCHO ANTES DE QUEDARSE SIN EXCUSAS


Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Durante años, el régimen castrista ha presentado el embargo estadounidense como explicación fundamental del deterioro del Sistema Electroenergético Nacional. Cada apagón, avería o colapso termina atribuyéndose a Washington.

 

Pero esa explicación ignora una parte esencial de la historia.

 

El embargo nunca impidió al régimen comerciar con Canadá, España, Francia, Italia, Alemania, Japón, Reino Unido y otras democracias industriales. Durante décadas recibió además enormes recursos de la Unión Soviética y posteriormente de la Venezuela chavista.

 

Si tuvo acceso a comercio, créditos, subsidios y recursos externos, ¿cómo permitió que la infraestructura eléctrica llegara al deterioro actual?

 

Un episodio ayuda a responderlo.

 

En 2015 Rusia acordó financiar un proyecto de aproximadamente 1.200 millones de euros para construir cuatro nuevas unidades termoeléctricas de 200 megavatios cada una. Moscú aportaría el 90% y el régimen debía proporcionar solamente el 10%.

 

Rusia estaba dispuesta a financiar unos 1.080 millones de euros. La dictadura debía aportar aproximadamente 120 millones.

 

No pudo hacerlo.

 

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, entonces viceministra de Energía y Minas, reconoció públicamente que Cuba no pudo acceder al crédito ruso porque no consiguió aportar previamente ese 10%.

 

No fue un banco estadounidense negando financiamiento por el embargo. Era Rusia, uno de los principales aliados políticos de la dictadura, ofreciendo tecnología y nueve de cada diez euros necesarios para comenzar a renovar la generación eléctrica.

 

La pregunta es inevitable: ¿por qué no aparecieron los 120 millones?

 

Resulta más difícil explicarlo recordando que durante años Venezuela suministró petróleo en condiciones privilegiadas y los acuerdos de cooperación proporcionaron importantes ingresos al Gobierno cubano.

 

Las termoeléctricas no envejecieron repentinamente. Su deterioro era previsible. Necesitaban mantenimiento, modernización y finalmente sustitución. El régimen lo sabía. Rusia también.

 

Durante aquellos años, además, GAESA controlaba importantes sectores generadores de divisas, particularmente turismo y operaciones comerciales y financieras. En 2025 documentos internos divulgados por la prensa revelaron activos por alrededor de 18.000 millones de dólares. Esa cifra posterior no demuestra que esos recursos estuvieran disponibles en 2015, pero hace aún más pertinente preguntar cómo fue imposible movilizar 120 millones de euros para obtener otros 1.080 millones destinados a infraestructura vital.

 

Mientras tanto, sí aparecieron recursos para continuar construyendo hoteles.

 

El régimen decidió cuánto invertir en turismo, cuánto en electricidad y cómo administrar los recursos procedentes de Venezuela. Ninguna de esas decisiones fue tomada en Washington.

 

Existe además otro hecho significativo: Cuba produce alrededor de 40.000 barriles diarios de petróleo, principalmente crudo pesado utilizado en las termoeléctricas. No cubre todas sus necesidades energéticas, pero demuestra que el problema de las grandes plantas no puede reducirse a falta de combustible importado.

 

Una caldera deteriorada, una turbina averiada o un generador fuera de servicio no se reparan simplemente teniendo petróleo. Precisamente porque el crudo cubano es pesado y exige mucho a equipos envejecidos, modernizar las centrales era indispensable.

 

Ahora Rusia vuelve a señalar el problema. Según Diario de Cuba, el analista energético ruso Igor Yushkov afirmó que su país tiene capacidad técnica para modernizar el sistema cubano, pero resumió el obstáculo brutalmente: “Cuba es insolvente. Que encuentren algo con qué pagarnos.”

 

Ahí está el círculo peligroso: el deterioro produce insolvencia; la insolvencia dificulta nuevas inversiones; y la falta de inversión acelera el deterioro.

 

Estados Unidos no administró las termoeléctricas, los recursos venezolanos ni GAESA. Tampoco decidió construir hoteles mientras envejecía la infraestructura eléctrica ni impidió que Rusia financiara el 90% de cuatro nuevas unidades.

 

Esas decisiones fueron responsabilidad del régimen.

 

Hoy los cubanos pagan las consecuencias con apagones, alimentos perdidos, dificultades para bombear agua, industrias paralizadas y una economía cada vez menos capaz de financiar su recuperación.

 

Rusia vio venir el problema y ofreció financiar gran parte de la solución. El régimen no consiguió —o no priorizó— los recursos necesarios.

 

La pregunta sigue siendo la misma:

 

¿Qué hicieron con el dinero?

 

La dictadura se quedó sin electricidad mucho antes de quedarse sin excusas.

 


THE DICTATORSHIP RAN OUT OF ELECTRICITY LONG BEFORE IT RAN OUT OF EXCUSES

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

For years, the Castro regime has presented the U.S. embargo as the fundamental explanation for the deterioration of Cuba’s National Electric Power System. Every blackout, breakdown, or collapse ultimately gets blamed on Washington.

But that explanation ignores an essential part of the story.

The embargo never prevented the regime from trading with Canada, Spain, France, Italy, Germany, Japan, the United Kingdom, and other industrial democracies. For decades, it also received enormous resources from the Soviet Union and, later, from Chavista Venezuela.

If it had access to trade, credit, subsidies, and foreign resources, how did it allow the electrical infrastructure to deteriorate to its current condition?

One episode helps answer that question.

In 2015, Russia agreed to finance a project worth approximately €1.2 billion to build four new 200-megawatt thermal power units. Moscow would provide 90% of the financing, while the regime was required to contribute only 10%.

Russia was prepared to finance approximately €1.08 billion. The dictatorship had to provide roughly €120 million.

It could not do so.

In 2022, Tatiana Amarán Bogachova, then Cuba’s Deputy Minister of Energy and Mines, publicly acknowledged that Cuba had been unable to access the Russian credit because it had failed to provide the required 10% contribution in advance.

This was not an American bank denying financing because of the embargo. It was Russia, one of the dictatorship’s principal political allies, offering technology and nine out of every ten euros needed to begin modernizing Cuba’s electricity generation system.

The question is unavoidable: Why couldn’t the regime come up with the €120 million?

The situation becomes even harder to explain when we remember that, for years, Venezuela supplied oil under preferential terms, while cooperation agreements provided substantial revenues to the Cuban government.

Cuba’s thermal power plants did not suddenly become old. Their deterioration was foreseeable. They required maintenance, modernization, and eventually replacement. The regime knew this. Russia knew it as well.

During those same years, GAESA controlled major foreign-currency-generating sectors, particularly tourism and commercial and financial operations. In 2025, internal documents disclosed by the press revealed assets of approximately $18 billion. That later figure does not prove that those resources were available in 2015, but it makes the question even more relevant: How was the regime unable to mobilize €120 million in order to obtain another €1.08 billion for vital infrastructure?

Meanwhile, resources were available to continue building hotels.

The regime decided how much to invest in tourism, how much to invest in electricity, and how to manage the resources received from Venezuela. None of those decisions were made in Washington.

There is another significant fact: Cuba produces approximately 40,000 barrels of oil per day, primarily heavy crude used in its thermal power plants. This does not cover all of the country’s energy needs, but it demonstrates that the problems affecting the large generating plants cannot simply be reduced to a shortage of imported fuel.

Having oil does not repair a deteriorated boiler, a damaged turbine, or an out-of-service generator. Precisely because Cuban crude is heavy and places greater demands on aging equipment, modernizing the power plants was indispensable.

Now Russia is once again pointing to the problem. According to Diario de Cuba, Russian energy analyst Igor Yushkov said that his country has the technical capacity to modernize Cuba’s electrical system, but summarized the obstacle bluntly: “Cuba is insolvent. Let them find something to pay us with.”

Therein lies the dangerous cycle: deterioration produces insolvency; insolvency makes new investment more difficult; and the lack of investment accelerates deterioration.

The United States did not manage Cuba’s thermal power plants, Venezuela’s resources, or GAESA. Nor did it decide to build hotels while the electrical infrastructure deteriorated, and it did not prevent Russia from offering to finance 90% of four new generating units.

Those decisions were the regime’s responsibility.

Today, the Cuban people are paying the consequences through blackouts, spoiled food, difficulties pumping water, paralyzed industries, and an economy increasingly incapable of financing its own recovery.

Russia saw the problem coming and offered to finance most of the solution. The regime either could not—or did not make it a priority—to provide the necessary resources.

The question remains the same:

What did they do with the money?

The dictatorship ran out of electricity long before it ran out of excuses.

 


 

LA DICTATURE S’EST RETROUVÉE SANS ÉLECTRICITÉ BIEN AVANT DE SE RETROUVER SANS EXCUSES

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Pendant des années, le régime castriste a présenté l’embargo américain comme l’explication fondamentale de la détérioration du Système électrique national cubain. Chaque panne de courant, chaque avarie ou chaque effondrement du système finit par être attribué à Washington.

Mais cette explication ignore une partie essentielle de l’histoire.

L’embargo n’a jamais empêché le régime de commercer avec le Canada, l’Espagne, la France, l’Italie, l’Allemagne, le Japon, le Royaume-Uni et d’autres démocraties industrielles. Pendant des décennies, il a également reçu d’énormes ressources de l’Union soviétique puis, plus tard, du Venezuela chaviste.

S’il avait accès au commerce, au crédit, aux subventions et aux ressources étrangères, comment a-t-il pu laisser les infrastructures électriques se détériorer jusqu’à leur état actuel ?

Un épisode permet de répondre en partie à cette question.

En 2015, la Russie a accepté de financer un projet d’environ 1,2 milliard d’euros destiné à construire quatre nouvelles unités thermoélectriques de 200 mégawatts chacune. Moscou devait assurer 90 % du financement, tandis que le régime ne devait apporter que 10 %.

La Russie était prête à financer environ 1,08 milliard d’euros. La dictature devait fournir approximativement 120 millions d’euros.

Elle n’a pas pu le faire.

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, alors vice-ministre cubaine de l’Énergie et des Mines, a reconnu publiquement que Cuba n’avait pas pu accéder au crédit russe parce qu’elle n’avait pas réussi à fournir au préalable les 10 % exigés.

Il ne s’agissait pas d’une banque américaine refusant un financement à cause de l’embargo. Il s’agissait de la Russie, l’un des principaux alliés politiques de la dictature, qui proposait la technologie et neuf euros sur dix nécessaires pour commencer à moderniser le système de production électrique cubain.

La question est inévitable : pourquoi le régime n’a-t-il pas réussi à trouver les 120 millions d’euros ?

La situation devient encore plus difficile à expliquer lorsqu’on se souvient que, pendant des années, le Venezuela a fourni du pétrole à des conditions préférentielles, tandis que les accords de coopération procuraient d’importantes recettes au gouvernement cubain.

Les centrales thermoélectriques cubaines ne sont pas devenues vieilles du jour au lendemain. Leur détérioration était prévisible. Elles nécessitaient de l’entretien, une modernisation et, finalement, leur remplacement. Le régime le savait. La Russie le savait également.

Au cours de ces mêmes années, GAESA contrôlait d’importants secteurs générateurs de devises, notamment le tourisme ainsi que des opérations commerciales et financières. En 2025, des documents internes révélés par la presse ont fait état d’actifs d’environ 18 milliards de dollars. Ce chiffre ultérieur ne prouve pas que ces ressources étaient disponibles en 2015, mais il rend la question encore plus pertinente : comment le régime a-t-il pu être incapable de mobiliser 120 millions d’euros afin d’obtenir 1,08 milliard supplémentaire destiné à une infrastructure vitale ?

Pendant ce temps, des ressources étaient disponibles pour continuer à construire des hôtels.

Le régime a décidé combien investir dans le tourisme, combien investir dans l’électricité et comment administrer les ressources reçues du Venezuela. Aucune de ces décisions n’a été prise à Washington.

Il existe un autre fait significatif : Cuba produit environ 40 000 barils de pétrole par jour, principalement un brut lourd utilisé dans ses centrales thermoélectriques. Cela ne couvre pas tous les besoins énergétiques du pays, mais démontre que les problèmes affectant les grandes centrales ne peuvent pas être simplement réduits à un manque de combustible importé.

Disposer de pétrole ne répare pas une chaudière détériorée, une turbine endommagée ou un générateur hors service. Précisément parce que le brut cubain est lourd et impose davantage de contraintes à des équipements vieillissants, la modernisation des centrales était indispensable.

Aujourd’hui, la Russie souligne à nouveau le problème. Selon Diario de Cuba, l’analyste énergétique russe Igor Yushkov a déclaré que son pays possède les capacités techniques nécessaires pour moderniser le système électrique cubain, mais il a résumé brutalement l’obstacle : « Cuba est insolvable. Qu’ils trouvent quelque chose avec quoi nous payer. »

C’est là que se trouve le cercle dangereux : la détérioration engendre l’insolvabilité ; l’insolvabilité rend les nouveaux investissements plus difficiles ; et l’absence d’investissement accélère la détérioration.

Les États-Unis n’ont administré ni les centrales thermoélectriques cubaines, ni les ressources provenant du Venezuela, ni GAESA. Ils n’ont pas non plus décidé de construire des hôtels pendant que les infrastructures électriques se détérioraient, et ils n’ont pas empêché la Russie de proposer de financer 90 % de quatre nouvelles unités de production.

Ces décisions relevaient de la responsabilité du régime.

Aujourd’hui, le peuple cubain en paie les conséquences : coupures de courant, aliments perdus, difficultés à pomper l’eau, industries paralysées et une économie de moins en moins capable de financer sa propre reconstruction.

La Russie avait vu venir le problème et avait proposé de financer l’essentiel de la solution. Le régime n’a pas pu — ou n’a pas jugé prioritaire — de fournir les ressources nécessaires.

La question reste la même :

Qu’ont-ils fait de l’argent ?

La dictature s’est retrouvée sans électricité bien avant de se retrouver sans excuses.

 


 

LA DITTATURA È RIMASTA SENZA ELETTRICITÀ MOLTO PRIMA DI RIMANERE SENZA SCUSE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Per anni, il regime castrista ha presentato l’embargo statunitense come la spiegazione fondamentale del deterioramento del Sistema Elettrico Nazionale cubano. Ogni blackout, ogni guasto o collasso del sistema finisce per essere attribuito a Washington.

Ma questa spiegazione ignora una parte essenziale della storia.

L’embargo non ha mai impedito al regime di commerciare con Canada, Spagna, Francia, Italia, Germania, Giappone, Regno Unito e altre democrazie industrializzate. Per decenni ha inoltre ricevuto enormi risorse dall’Unione Sovietica e, successivamente, dal Venezuela chavista.

Se aveva accesso al commercio, al credito, ai sussidi e alle risorse provenienti dall’estero, come ha potuto permettere che l’infrastruttura elettrica si deteriorasse fino alle condizioni attuali?

Un episodio aiuta a rispondere a questa domanda.

Nel 2015, la Russia accettò di finanziare un progetto del valore di circa 1,2 miliardi di euro per costruire quattro nuove unità termoelettriche da 200 megawatt ciascuna. Mosca avrebbe fornito il 90% del finanziamento, mentre il regime avrebbe dovuto contribuire soltanto con il 10%.

La Russia era pronta a finanziare circa 1,08 miliardi di euro. La dittatura doveva fornire approssimativamente 120 milioni di euro.

Non riuscì a farlo.

Nel 2022, Tatiana Amarán Bogachova, allora viceministra cubana dell’Energia e delle Miniere, riconobbe pubblicamente che Cuba non aveva potuto accedere al credito russo perché non era riuscita a fornire anticipatamente il 10% richiesto.

Non si trattava di una banca statunitense che negava un finanziamento a causa dell’embargo. Era la Russia, uno dei principali alleati politici della dittatura, a offrire tecnologia e nove euro su dieci necessari per iniziare a modernizzare il sistema di produzione elettrica cubano.

La domanda è inevitabile: perché il regime non riuscì a trovare i 120 milioni di euro?

La situazione diventa ancora più difficile da spiegare ricordando che, per anni, il Venezuela fornì petrolio a condizioni preferenziali, mentre gli accordi di cooperazione garantivano importanti entrate al governo cubano.

Le centrali termoelettriche cubane non sono invecchiate improvvisamente. Il loro deterioramento era prevedibile. Avevano bisogno di manutenzione, modernizzazione e, alla fine, sostituzione. Il regime lo sapeva. Anche la Russia lo sapeva.

Negli stessi anni, inoltre, GAESA controllava importanti settori generatori di valuta estera, in particolare il turismo e numerose operazioni commerciali e finanziarie. Nel 2025, documenti interni resi pubblici dalla stampa hanno rivelato attività per circa 18 miliardi di dollari. Questa cifra successiva non dimostra che tali risorse fossero disponibili nel 2015, ma rende la domanda ancora più pertinente: com’è possibile che il regime non sia riuscito a mobilitare 120 milioni di euro per ottenere altri 1,08 miliardi destinati a un’infrastruttura vitale?

Nel frattempo, le risorse per continuare a costruire alberghi c’erano.

Il regime decise quanto investire nel turismo, quanto nell’elettricità e come amministrare le risorse ricevute dal Venezuela. Nessuna di queste decisioni fu presa a Washington.

C’è inoltre un altro fatto significativo: Cuba produce circa 40.000 barili di petrolio al giorno, principalmente greggio pesante utilizzato nelle sue centrali termoelettriche. Questo non copre tutte le necessità energetiche del Paese, ma dimostra che i problemi delle grandi centrali non possono essere semplicemente attribuiti alla mancanza di combustibile importato.

Avere petrolio non ripara una caldaia deteriorata, una turbina danneggiata o un generatore fuori servizio. Proprio perché il greggio cubano è pesante e sottopone le apparecchiature obsolete a maggiori sollecitazioni, modernizzare le centrali era indispensabile.

Ora la Russia torna a indicare il problema. Secondo Diario de Cuba, l’analista energetico russo Igor Yushkov ha affermato che il suo Paese possiede la capacità tecnica per modernizzare il sistema elettrico cubano, ma ha riassunto brutalmente l’ostacolo: «Cuba è insolvente. Che trovino qualcosa con cui pagarci.»

Qui si manifesta il circolo pericoloso: il deterioramento produce insolvenza; l’insolvenza rende più difficili i nuovi investimenti; e la mancanza di investimenti accelera il deterioramento.

Gli Stati Uniti non hanno amministrato le centrali termoelettriche cubane, le risorse provenienti dal Venezuela o GAESA. Non hanno neppure deciso di costruire alberghi mentre l’infrastruttura elettrica si deteriorava, né hanno impedito alla Russia di offrire il finanziamento del 90% di quattro nuove unità di generazione.

Quelle decisioni erano responsabilità del regime.

Oggi è il popolo cubano a pagarne le conseguenze: blackout, alimenti che vanno perduti, difficoltà nel pompare l’acqua, industrie paralizzate e un’economia sempre meno capace di finanziare la propria ripresa.

La Russia aveva previsto il problema e aveva offerto di finanziare gran parte della soluzione. Il regime non riuscì — o non considerò prioritario — fornire le risorse necessarie.

La domanda rimane la stessa:


Che cosa hanno fatto con il denaro?

La dittatura è rimasta senza elettricità molto prima di rimanere senza scuse.

 

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EL RÉGIMEN CULPA AL CLIMA, PERO COLAPSO ES POR DÉCADAS DE ABANDONO


 

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

¿Dónde ocurrió el “evento meteorológico” que, según el régimen castrista, provocó el segundo apagón nacional en menos de 24 horas? ¿Fue un rayo, una tormenta eléctrica, una descarga sobre una subestación o la caída de una línea de transmisión? ¿Qué instalaciones y unidades generadoras fueron afectadas?

 

La Unión Eléctrica no ha ofrecido esos datos. Se limitó a afirmar que “eventos meteorológicos” dañaron la red durante el proceso de restablecimiento y afectaron directamente las unidades que estaban funcionando. Una explicación tan imprecisa impide comprobar lo sucedido y traslada convenientemente la responsabilidad hacia la naturaleza.

 

Un fenómeno meteorológico pudo desencadenar la caída. Pero no explica por qué la avería de una línea o una subestación puede dejar sin electricidad a prácticamente todo un país.

 

Un sistema eléctrico en condiciones razonables debe soportar la desconexión repentina de una línea de transmisión o una unidad generadora sin derrumbarse completamente. Para ello necesita reservas de generación, redes protegidas, equipos modernos y centrales confiables. El Sistema Electroenergético Nacional carece de ese margen de seguridad.

 

Durante la recuperación del primer apagón, el SEN operaba mediante pequeñas “islas eléctricas”. Había pocas unidades conectadas y varias centrales termoeléctricas esperaban para incorporarse. En esas condiciones, una avería pudo provocar un desequilibrio entre generación y consumo y hacer que las protecciones automáticas desconectaran las unidades restantes.

 

El fenómeno meteorológico pudo desencadenar la caída. Pero fue el abandono del sistema durante décadas lo que convirtió una avería en otro apagón nacional.

 

EL PETRÓLEO NACIONAL EXISTE

 

El régimen insiste en presentar la falta de petróleo importado y la presión de Estados Unidos como las causas principales de la crisis. Esa versión omite un dato fundamental: la isla produce aproximadamente 40.000 barriles diarios de petróleo, utilizados principalmente por las grandes centrales termoeléctricas.

 

Esas plantas aportan alrededor del 40% de la capacidad de generación y constituyen la columna vertebral del SEN. Sus averías y constantes salidas de servicio no pueden atribuirse directamente a la falta de combustible importado.

 

Los grupos electrógenos y motores de generación distribuida sí necesitan diésel o fueloil, en buena medida importados. La escasez de esos combustibles disminuye la generación disponible, elimina reservas y agrava la crisis. Pero no explica por qué las termoeléctricas abastecidas con petróleo nacional se encuentran frecuentemente averiadas.

 

Tampoco los más de 100.000 barriles diarios que, según diversas estimaciones, necesitaría el país se destinarían exclusivamente a generar electricidad. Esa demanda incluye transporte, agricultura, industria, aviación y otras actividades. Compararla directamente con los 40.000 barriles producidos en la isla crea una impresión equivocada sobre las verdaderas causas de los apagones.

 

EL PROBLEMA ES CONVERTIR EL PETRÓLEO EN ELECTRICIDAD

 

El crudo cubano es pesado y tiene un elevado contenido de azufre. Las centrales fueron adaptadas para utilizarlo, pero acelera el desgaste de calderas, tuberías y otros componentes. Su empleo exige mantenimiento constante, piezas apropiadas y renovación periódica de los equipos.

 

El régimen tuvo décadas para realizar esas inversiones. Recibió petróleo subsidiado de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela, además de cuantiosos ingresos del turismo, las remesas y otros sectores. Sin embargo, no modernizó integralmente las termoeléctricas ni construyó una red suficientemente resistente.

 

Mientras el SEN envejecía, enormes recursos fueron destinados a hoteles y otras inversiones o destinos controlados por GAESA, la estructura económica y militar creada por Raúl Castro. Muchas de esas instalaciones permanecen con una ocupación muy baja, mientras millones de cubanos pasan días enteros sin electricidad.

 

Las sanciones estadounidenses y la falta de combustible importado agravan la crisis, especialmente al paralizar parte de la generación distribuida. Pero no pueden borrar la responsabilidad de quienes han administrado durante más de seis décadas los recursos energéticos y financieros de la nación.

 

No es Cuba la responsable. Cuba es la víctima.

 

La responsabilidad corresponde al régimen que monopolizó la economía, administró los recursos sin transparencia y prefirió proteger sus estructuras de poder antes que garantizar los servicios esenciales.

 

El mal tiempo pudo provocar la última desconexión. Pero no envejeció las centrales, no postergó su mantenimiento ni desvió hacia hoteles improductivos los recursos necesarios para modernizar el sistema.

 

La tormenta pudo encender la chispa. El régimen construyó el desastre.

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LA DIFERENCIA ENTRE UNA DEMOCRACIA Y UNA DICTADURA


 

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Con información de The Wall Street Journal. Reportaje de Natalie Andrews y Josh Dawsey.

 

Jeanine Pirro ha sido durante años una de las defensoras más firmes de Donald Trump. Desde su programa en Fox News lo apoyó durante algunas de las controversias más difíciles de su primer mandato. Trump, por su parte, indultó en 2021 a Albert Pirro, exmarido de la presentadora, quien había sido condenado por conspiración y evasión fiscal.

 

Posteriormente, Trump nombró a Jeanine Pirro fiscal federal del Distrito de Columbia. Primero ocupó el cargo de manera interina y después fue confirmada por el Senado. No se trataba, por tanto, de una funcionaria perteneciente a la oposición ni de una enemiga política infiltrada dentro del Gobierno. Era una persona escogida por el presidente y reconocida por su lealtad hacia él.

 

Precisamente por eso resulta tan importante lo ocurrido con el estanque reflectante del monumento a Lincoln, en Washington.

 

Durante meses, Trump y sus colaboradores sostuvieron que los daños sufridos por el fondo del estanque habían sido causados por vándalos. La Fiscalía dirigida por Pirro respaldó inicialmente esa versión y consiguió que David Hearn, antiguo competidor olímpico de canotaje, fuera acusado de destrucción de propiedad federal. El delito podía ser castigado con una pena máxima de diez años de prisión. Otras tres personas enfrentaron cargos menores.

 

Sin embargo, aparecieron nuevas pruebas.

 

Documentos del Departamento del Interior y una inspección visual indicaron que el revestimiento se había desprendido en numerosas partes del estanque, incluso en zonas centrales donde difícilmente habría podido actuar un supuesto vándalo. Las evidencias apuntaban hacia otra explicación: una instalación defectuosa realizada apresuradamente para terminar las obras antes de las celebraciones del 4 de julio.

 

El proyecto había costado 16 millones de dólares y fue adjudicado a una empresa de Virginia sin un proceso completo de licitación. Poco después de su terminación, el fondo comenzó a desprenderse y la proliferación de algas cambió el color del agua.

 

Ante las nuevas evidencias, la Fiscalía retiró los cargos.

 

Pirro permitió así que su oficina contradijera públicamente la versión sostenida por el mismo presidente que la había nombrado. Trump reaccionó con indignación. Dijo sentirse decepcionado, afirmó que la fiscal se había “plegado como un paraguas” y discutió con sus asesores la posibilidad de destituirla.

 

Pero Pirro no se plegó. Hizo lo que correspondía hacer.

 

Una Fiscalía no tiene como misión defender las declaraciones del presidente ni demostrar que el gobernante siempre tiene razón. Su obligación es aplicar la ley con base en las pruebas disponibles. Cuando aparecen evidencias que debilitan seriamente una acusación, mantenerla para complacer al poder político sería una injusticia.

 

Un hombre podía ser condenado a diez años de prisión. Ante esa posibilidad, la lealtad personal debía terminar exactamente donde comenzaban la ley, las pruebas y los derechos del acusado.

 

Esta es una de las diferencias esenciales entre una democracia y una dictadura.

 

En una dictadura, la versión del gobernante se convierte en la verdad oficial. Los fiscales buscan pruebas para justificarla, los tribunales confirman las acusaciones y los medios repiten la explicación autorizada. El acusado deja de ser una persona protegida por derechos y se convierte en el instrumento necesario para demostrar que el jefe nunca se equivoca.

 

En una democracia, por el contrario, las instituciones pueden corregir al gobernante. Los documentos de una dependencia oficial pueden contradecir las declaraciones del presidente. Una fiscal nombrada por él puede retirar una acusación que ya no considera sostenible. Los medios pueden informar sobre el conflicto y la sociedad puede juzgar la conducta de todos los involucrados.

 

Eso no significa que el sistema democrático sea perfecto. La reacción de Trump demuestra que la independencia institucional siempre puede estar amenazada. Si un fiscal teme ser despedido cada vez que los hechos contradicen al presidente, la justicia corre el peligro de convertirse en un instrumento de obediencia política.

 

Por eso este caso contiene dos lecciones inseparables. La primera es que las instituciones estadounidenses todavía poseen capacidad para corregir una acusación cuando las pruebas la debilitan. La segunda es que esa independencia debe defenderse incluso frente a las presiones del presidente.

 

La democracia no consiste en que el gobernante nunca se equivoque. Consiste en que existan instituciones capaces de señalar su error, funcionarios dispuestos a cumplir la ley y ciudadanos protegidos contra una acusación que ya no puede sostenerse.

 

En una dictadura, la palabra del jefe determina los hechos. En una democracia, los hechos pueden imponerse incluso sobre la palabra del presidente.


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LA BOMBA DE MOSCÚ: ¿UN NUEVO ATAQUE CONTRA LA CÚPULA MILITAR RUSA?

 


Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Con información de Reuters, Associated Press, The Times, Kommersant y el Consejo de la Unión Europea.

 

La bomba que explotó el sábado 1 de agosto en la entrada del restaurante Balzi Rossi, en el centro de Moscú, parece tener las características de un atentado selectivo contra una figura importante de la jerarquía militar rusa, y no las de un ataque indiscriminado contra la población.

 

El artefacto estalló poco antes de las 8:00 de la noche en el exclusivo establecimiento de la plaza Kudrinskaya, que estaba cerrado al público porque se celebraba una reunión privada. Una mujer intentó entrar con una caja presentada como regalo, pero fue detenida por un guardia de seguridad. La explosión mató a la mujer, al guardia y tres personas más, y dejó al menos 21 heridos.

 

Algunos medios rusos informaron posteriormente del fallecimiento de otras dos personas, pero el balance oficial continúa siendo de tres muertos. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, calificó el hecho como un “brutal atentado terrorista”.

 

La investigación intenta determinar si la mujer sabía que transportaba una bomba. El diario Kommersant sostiene que pudo haber sido utilizada como repartidora y que el artefacto habría sido activado a distancia cuando el guardia examinaba el paquete. También se ha informado que la bomba contenía bolas metálicas y tenía una potencia aproximada de un kilogramo de TNT.

 

Diversos medios identifican como posible objetivo al coronel general Aleksandr Chaiko, quien presuntamente celebraba en el restaurante su cumpleaños número 55. Imágenes de los preparativos mostraban una referencia a “Aleksandr 55”, aunque las autoridades rusas todavía no han confirmado la presencia del general.

 

Chaiko no es un oficial cualquiera. Fue comandante del Distrito Militar Oriental y el militar ruso de mayor rango desplegado sobre el terreno al comenzar la invasión de Ucrania en febrero de 2022. Era el principal comandante ruso cuando sus tropas entraron en Bucha.

 

En marzo de 2026, la Unión Europea lo sancionó junto con otros ocho militares rusos por su responsabilidad en las atrocidades cometidas en Bucha y otras localidades cercanas a Kyiv. El Consejo de la UE señaló que las fuerzas bajo su mando participaron en ejecuciones, torturas, saqueos y otros crímenes contra civiles.

 

Si Chaiko se encontraba realmente en el restaurante, el atentado adquiere una clara lógica militar y política. Sus organizadores habrían conocido el lugar y la fecha de la celebración, además de encontrar la manera de acercar el explosivo a los invitados. Una operación semejante habría requerido vigilancia previa o información procedente del entorno del general.

 

También circulan versiones según las cuales en la reunión participaban altos oficiales, funcionarios y miembros de los servicios de seguridad. Esos informes no han sido verificados, pero plantean la posibilidad de que el objetivo fuera más amplio: golpear simultáneamente a varias figuras de la élite militar y gubernamental rusa.

 

La intervención del guardia probablemente impidió una matanza mucho mayor. La bomba explotó en la entrada y no dentro del salón donde se encontraba la mayoría de los asistentes.

 

El método empleado encaja con una cadena de ataques contra militares, funcionarios y propagandistas vinculados con la guerra de Ucrania. En agosto de 2022, Daria Dúguina, hija del ideólogo nacionalista Alexandr Duguin, murió al explotar una bomba colocada en su automóvil.

 

En abril de 2023, el bloguero militar Vladlen Tatarsky murió en un café de San Petersburgo cuando estalló una bomba escondida dentro de una estatuilla que una mujer le había entregado como regalo. La similitud con el paquete llevado al restaurante Balzi Rossi resulta evidente.

 

En diciembre de 2024, el teniente general Ígor Kirílov, jefe de las fuerzas rusas de protección nuclear, biológica y química, murió en Moscú por una bomba oculta en un patinete eléctrico. Fuentes ucranianas asumieron la responsabilidad de aquella operación.

 

Cuatro meses después, el teniente general Yaroslav Moskálik, alto funcionario del Estado Mayor ruso, murió cerca de Moscú por la explosión de un automóvil cargado con explosivos. En diciembre de 2025, el teniente general Fanil Sarvárov, responsable de la dirección de entrenamiento operativo del Estado Mayor, perdió la vida al estallar una bomba colocada debajo de su vehículo.

 

Esta sucesión de operaciones demuestra que la distancia del frente ya no garantiza la seguridad de los altos mandos relacionados con la guerra. También obliga al Kremlin a proteger no solo las instalaciones militares, sino las residencias, vehículos, reuniones privadas y actividades cotidianas de centenares de funcionarios y oficiales.

 

Nadie ha reivindicado el atentado contra el restaurante Balzi Rossi. Blogueros militares rusos responsabilizaron inmediatamente a Ucrania, pero Moscú todavía no ha presentado pruebas y Kyiv no ha comentado el caso.

 

Tampoco puede descartarse por completo una lucha interna dentro de las estructuras rusas o la participación de otro grupo. Sin embargo, la selección del lugar, el supuesto cumpleaños de Chaiko, el paquete presentado como regalo y el intento de penetrar una reunión privada se parecen más a una operación de asesinato político o militar que a un atentado yihadista destinado a provocar víctimas indiscriminadas.

 

La identidad del objetivo será probablemente la clave para esclarecer el caso. Si se confirma que Chaiko presidía la celebración, la bomba de Moscú formaría parte de una campaña dirigida a llevar la guerra hasta quienes participan en su conducción, incluso dentro de los espacios que la élite rusa consideraba seguros.

 

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