Costa Rica sin ejército, pero en primera línea contra el narcotráfico

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica 

 

Aunque no cuenta con fuerzas armadas, el país se ha convertido en un aliado clave de Estados Unidos y de otros países de la región en la lucha contra el tráfico de drogas.

 

Costa Rica, aunque no posee ejército como otros países que han respaldado la iniciativa del presidente Donald Trump conocida como el “Escudo de las Américas”, es uno de los países más importantes en la lucha contra el narcotráfico en el hemisferio. Desde hace años participa activamente en operaciones regionales contra el tráfico de drogas, coordinando esfuerzos con Estados Unidos y con otros países de la región. Su modelo de seguridad, basado en fuerzas policiales especializadas, cooperación internacional e intercambio de inteligencia, le ha permitido desempeñar un papel estratégico en la interdicción de las rutas utilizadas por organizaciones criminales que transportan cocaína desde Sudamérica hacia los mercados de Estados Unidos y Europa.

 

En este esfuerzo, Costa Rica trabaja de manera estrecha con varias agencias estadounidenses, entre ellas la DEA (Drug Enforcement Administration), la Guardia Costera de Estados Unidos, el Departamento de Seguridad Nacional y el Comando Sur (U.S. Southern Command). También participa en mecanismos regionales de coordinación como la Joint Interagency Task Force South (JIATF-South) y coopera con países como Colombia, Panamá, Ecuador y otras naciones de Centroamérica y el Caribe en operaciones de inteligencia y patrullaje marítimo. Gracias a esta cooperación internacional, el país ha logrado interceptar numerosas embarcaciones utilizadas por los carteles, desmantelar redes logísticas y realizar importantes incautaciones de cocaína en puertos, costas y aguas internacionales, situándose en varios años entre los países con mayores decomisos de droga en relación con su tamaño.

 

La importancia de Costa Rica en esta lucha también se explica por su posición geográfica. El país se encuentra en el centro de las principales rutas utilizadas por los carteles para trasladar cocaína desde Colombia, Perú y Bolivia hacia México, Estados Unidos y Europa, con acceso tanto al océano Pacífico como al mar Caribe y con puertos comerciales de gran actividad. Esta ubicación lo ha convertido en un punto estratégico para el trasiego de drogas, el almacenamiento temporal de cargamentos y la contaminación de contenedores destinados a mercados internacionales. Como consecuencia, el crecimiento del narcotráfico ha comenzado a provocar daños visibles en la sociedad costarricense, incluyendo el aumento de la violencia entre bandas, el incremento de homicidios vinculados al crimen organizado, la infiltración de redes criminales en puertos y comunidades costeras, así como mayores riesgos de corrupción y lavado de dinero. Aunque Costa Rica mantiene instituciones democráticas sólidas, el impacto del narcotráfico representa hoy uno de los desafíos de seguridad más serios que ha enfrentado el país en las últimas décadas.

 

En este escenario, la cooperación de Estados Unidos ha sido fundamental para fortalecer las capacidades del país frente a organizaciones criminales transnacionales. Washington ha brindado apoyo mediante programas de entrenamiento, intercambio de inteligencia, provisión de equipos de vigilancia, radares y embarcaciones para el patrullaje marítimo, además de operaciones conjuntas con la Guardia Costera estadounidense y otras agencias federales. Este respaldo ha permitido detectar rutas de tráfico, interceptar embarcaciones cargadas de droga y mejorar la coordinación regional contra los carteles. Sin este nivel de cooperación tecnológica y operativa, muchos analistas coinciden en que Costa Rica tendría muchas más dificultades para contener el impacto del narcotráfico y la situación de seguridad del país sería hoy considerablemente más frágil.

 

Costa Rica difícilmente podría participar en el “Escudo de las Américas” en el mismo sentido que otros países de la región debido a que no cuenta con fuerzas armadas. Sin embargo, eso no ha impedido que el país desempeñe un papel clave en la lucha contra el narcotráfico. Los costarricenses, con razón orgullosos de no tener ejército, han demostrado que la defensa de la seguridad regional también puede sostenerse mediante instituciones civiles eficaces, cooperación internacional y una vigilancia constante de sus mares, puertos y rutas comerciales.

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¿LLEGÓ LA HORA DE LA DEMOCRACIA EN CUBA?


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica.

 

 Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han vuelto a colocar la situación política de Cuba en el centro de la atención en Washington y entre los sectores políticos que durante décadas han defendido una transición democrática en la isla. Trump ha afirmado que el régimen castrista “va a caer muy pronto” y ha señalado que La Habana “tiene muchas ganas de llegar a un acuerdo” con Washington. Al mismo tiempo, dejó claro que ha puesto el tema cubano en manos de su secretario de Estado, Marco Rubio.

 

El propio Trump confirmó que Rubio ya está involucrado directamente en contactos relacionados con la isla:

 

“Estamos hablando con Cuba ahora mismo. Marco Rubio está hablando con Cuba ahora mismo, y deberían totalmente llegar a un acuerdo”, declaró el presidente a periodistas a bordo del avión presidencial.

Las palabras de Trump no son una declaración aislada. Desde hace años, líderes republicanos han repetido una misma idea: el objetivo final de la política estadounidense hacia Cuba debe ser una transición democrática. Para figuras como Marco Rubio —hijo de exiliados cubanos y uno de los políticos que más ha estudiado el sistema cubano— la cuestión de Cuba no es un asunto marginal de política exterior, sino un compromiso político y moral profundamente arraigado.

 

En ese contexto, Rubio se ha convertido en una figura central en la estrategia de Washington hacia la isla. Su papel es especialmente significativo porque el propio presidente Trump lo ha colocado como interlocutor directo en el proceso actual.

 

Un momento geopolítico sin precedentes

La situación actual de Cuba no puede analizarse sin tomar en cuenta lo ocurrido recientemente en la región. La caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y la presión internacional sobre Irán han cambiado profundamente el contexto estratégico.

Cuba dependía en gran medida del petróleo venezolano. Tras la intervención estadounidense que terminó con el gobierno de Maduro, ese suministro quedó prácticamente interrumpido, agravando una crisis energética y económica ya profunda en la isla.

Este nuevo escenario ha debilitado uno de los pilares fundamentales que durante años permitió al régimen castrista resistir la presión internacional.

 

El costo político de no actuar

Las declaraciones de Trump, Rubio y otros dirigentes republicanos han elevado considerablemente las expectativas. Si Washington afirma que la solución para Cuba es la democracia y que el régimen castrista está cerca de caer, entonces la pregunta inevitable es si la administración estadounidense está dispuesta a actuar con la firmeza necesaria para lograr ese objetivo.

Después de lo ocurrido en Venezuela y de la política adoptada frente a Irán, un retroceso en el caso cubano tendría consecuencias políticas importantes.

Para muchos cubanos dentro y fuera de la isla, así como para una parte significativa del electorado latino en Estados Unidos, el caso de Cuba representa una prueba de credibilidad. Durante décadas, la promesa de apoyar la libertad del pueblo cubano ha sido un elemento central del discurso político en Washington.

Si ahora, en un momento en que la propia Casa Blanca afirma que el régimen castrista está debilitado y dispuesto a negociar, no se produjera un cambio real, la credibilidad de esa política podría verse seriamente afectada.

 

Un desafío histórico

La administración Trump se encuentra ante una coyuntura histórica.

Si las declaraciones del presidente y de su secretario de Estado se traducen en una estrategia firme y coherente, Cuba podría entrar finalmente en un proceso de transición democrática que muchos han esperado durante décadas.

Pero si las palabras no se convierten en acciones, el impacto político podría ser considerable, no solo para la política estadounidense hacia Cuba, sino también para la confianza de millones de cubanos y latinoamericanos que han visto en Washington un aliado en la lucha por la libertad.

La historia ha demostrado que las oportunidades de cambio político no aparecen con frecuencia. La pregunta ahora es si esta será una de ellas.

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ANTE EL TEMOR EL CASTRISMO SE ARRODILLA


Por
Roxana Rodríguez, Secretaria de Relaciones Internacionales del CID

 

Entre un régimen empecinado en continuar teniendo el control total y la alternativa de ceder ante el temor a los Estados Unidos y al pueblo, Diaz-Canel anuncia que el castrismo ha capitulado, ahora  cambia su discurso y admite la necesidad de hacer cambios profundos en su modelo económico. La propuesta fue dada a conocer en una sesión del Consejo de Ministros durante la cual el dictador cubano expresó la necesidad de implementar de forma urgente una serie de cambios estructurales en el actual modelo económico.

 

En las propias palabras del dictador ¨Nos tenemos que centrar, de inmediato, en implementar las transformaciones urgentes, las más necesarias, que hay que hacerle al modelo económico y social´´. Entre las transformaciones ¨urgentes¨ Canel plantea la necesidad de una apertura y la ampliación de la autonomía empresarial admitiendo que las empresas necesitan  mayor libertad de decisión para mejorar su rendimiento. También se refirió a la necesidad de fomentar la inversión extranjera: ¨los municipios tienen que gestionar la inversión extranjera directa¨ dijo subrayando la importancia de la autonomía municipal y el redimensionamiento del aparato estatal y sus instituciones. También habló de la urgencia de fortalecer las asociaciones entre el sector estatal y el sector privado así como promover negocios con cubanos residentes en el exterior para aumentar el ingreso de divisas y potenciar la producción nacional.

 

Ante las dificultades económicas y la incapacidad demostrada del estado para sostener la economía, el abastecimiento de alimentos y solucionar la crisis energética, el régimen reconoce la necesidad de una apertura y ¨cambiar todo lo que deba ser cambiado¨ revisando las estructuras gubernamentales y admitiendo la urgencia de eliminar las trabas burocráticas con el fin de hacerlas más funcionales mostrando así la necesidad de una descentralización como única vía para salir de la crisis. 

 

En referencia a la crisis energética Canel habló sobre la importancia de un cambio en la matriz energética optimizando el aprovechamiento de energías renovables y el crudo nacional ¨vinculándolas con las flexibilidades que se aprobaron para la inversión extranjera¨, también en este aspecto hizo un llamado a ¨aprovechar las asociaciones económicas entre el sector estatal y privado, sobretodo en escala municipal¨.

 

En resumen las declaraciones del régimen castrista mediante su gobernante designado muestran un marcado cambio en su habitual retórica de continuidad a raíz de las presiones económicas aplicadas por la administración norteamericana y los últimos acontecimientos internacionales el régimen se ha quedado sin opciones y no le queda de otra que suavizar su discurso y ceder en el control abriéndose a la realización de cambios económicos.

 


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¿POR QUÉ TRUMP NO HA PUESTO FECHA AL FIN DE LA OFENSIVA EN IRÁN?


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Estados Unidos no ha puesto fecha de cierre a esta ofensiva. Y eso dice mucho. Cuando una potencia no habla de días ni de semanas, es porque no está haciendo una operación simbólica. Está ejecutando un plan hasta lograr un resultado concreto. Aquí no se trata de “responder” un ataque puntual. Todo indica que Washington quiere desmontar, pieza por pieza, el poder militar que le permite al régimen iraní amenazar a Israel, intimidar a sus vecinos y mantener a la región bajo tensión permanente. Y además, reducir los instrumentos de represión con los que la dictadura controla a su propia población. Esta operación no terminará por cansancio diplomático. Terminará cuando el régimen pierda la capacidad real de proyectar poder y de imponer miedo.

 

Irán, por su parte, juega otra carta: alargar la guerra y ampliarla. Si logra que el conflicto se expanda por la región, el precio sube. Si logra afectar el petróleo, especialmente a través del Estrecho de Ormuz, el impacto global aumenta. Pero el verdadero objetivo parece estar en Washington. La estrategia apunta a generar suficiente presión económica y política como para provocar desgaste interno y convertir ese malestar en presión directa sobre el gobierno de Donald Trump. Teherán apuesta a que el costo político dentro de Estados Unidos termine frenando la ofensiva.

 

Hasta ahora, sin embargo, el efecto ha sido el contrario. En vez de dividir, los ataques iraníes han alineado a más países contra el régimen. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han reforzado su coordinación con Estados Unidos. Jordania también. En Europa, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Polonia han expresado respaldo claro. Lejos de aislar a Washington, la escalada está consolidando un bloque más amplio frente a Teherán.

 

La prensa internacional, mientras tanto, insiste en hablar de “escalada peligrosa” y “riesgo regional”, con el foco puesto casi exclusivamente en el petróleo y en los mercados. Se presenta el conflicto como si fuera un choque simétrico entre dos partes equivalentes. Y muchos analistas repiten que en Irán no existe una oposición real capaz de tomar el poder. Esa afirmación ignora un hecho básico: la sociedad iraní ha demostrado valentía, organización y capacidad de resistencia, especialmente entre los jóvenes, pese a una represión brutal. Confundir represión efectiva con inexistencia de oposición es un error grave. Los movimientos políticos bajo dictaduras no desaparecen: esperan el momento en que el aparato represivo deja de actuar con impunidad.

 

En el fondo, esto no parece una simple guerra de reacción. Es un intento de cambiar el equilibrio estratégico de la región. Estados Unidos, Israel y varios países árabes y europeos parecen coincidir en algo concreto: neutralizar al régimen iraní como foco permanente de desestabilización. Eso significa golpear su capacidad balística, frenar su desarrollo nuclear y cortar el financiamiento y control de los grupos armados que ha utilizado para mantener a Oriente Medio en tensión constante. No es un intercambio de golpes. Es un intento de cerrar, de una vez, el ciclo de amenaza estructural que el régimen ha sostenido durante años.

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IRÁN, VENEZUELA Y LA MATONERÍA DEL CASTRISMO


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Después de la captura de Nicolás Maduro por los Estados Unidos y la eliminación física del llamado “Líder Supremo”, el ayatolá iraní Ali Khamenei, los representantes de la tiranía castrista en Cuba y la minoría que aún los defiende deberían entender una lección elemental: la matonería sin poder real termina convirtiéndose en un espectáculo ridículo. Las dictaduras que confunden propaganda con fuerza efectiva acaban, inevitablemente, enfrentándose a la realidad.

 

El desenlace total de la ofensiva contra el régimen iraní aún no está escrito. Podría demorarse días o semanas. Pero lo esencial ya ha quedado claro: el aparato que durante décadas impuso terror dentro y fuera de Irán no es invulnerable. La capacidad de lanzar misiles y drones demuestra reacción, pero no garantiza supervivencia política. El poder real no se mide por amenazas televisadas, sino por la capacidad de sostener un conflicto frente a fuerzas superiores.

 

La captura de Maduro evidenció lo mismo. Durante años, el régimen venezolano proyectó una imagen de resistencia frente a Washington. Se hablaba de soberanía, alianzas estratégicas y respaldo internacional. Sin embargo, cuando llegó la presión decisiva, la narrativa se desplomó. Venezuela poseía una economía infinitamente superior a la actual economía cubana. Aun así, el mito del enfrentamiento heroico terminó siendo una ficción.

 

En el caso iraní, la comparación es aún más contundente. El régimen de Teherán parecía una potencia militar regional, con redes de influencia en todo el Oriente Medio. Sin embargo, ni Rusia ni China han intervenido para salvarlo. Las grandes potencias no arriesgan su estabilidad por sostener a gobiernos debilitados cuya supervivencia depende exclusivamente de la represión interna. El aislamiento estratégico pesa más que cualquier discurso ideológico.

 

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿con qué cuenta el castrismo? Sin apoyo militar real de Rusia, China o Corea del Norte; sin respaldo económico sólido; con un arsenal heredado de la era soviética; sin petróleo suficiente y con una economía devastada. La retórica no sustituye la fuerza. La propaganda no reemplaza la legitimidad. El miedo no es una alianza.

 

Cuando el presidente Trump habla de una posible transición “amistosa y controlada”, el mensaje puede interpretarse como advertencia o como ironía. Pero encierra una verdad: los regímenes aislados no negocian desde la fortaleza, sino desde la debilidad. Y cuando Marco Rubio señala que la hora de los cambios se acerca, no es un comentario improvisado; es parte de una estrategia política más amplia.

 

La historia demuestra que los sistemas autoritarios no caen por la intensidad de sus discursos, sino por la erosión de su base real de poder. Venezuela lo evidenció. Irán podría confirmarlo.

 

Y si mañana se escuchara un mensaje dirigido al pueblo cubano —“ha llegado el momento de tomar las riendas de su país”— el desenlace dependería menos de los discursos oficiales y más de la voluntad de quienes están dentro.

 

Porque cuando la ficción del poder se derrumba, lo que queda no es la épica revolucionaria, sino la realidad desnuda. Y la realidad, tarde o temprano, siempre se impone.

 


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EL CAPITALISMO DE LEALTAD POLÍTICA


Por Huber Matos Araluce, San Jos
é, Costa Rica

 

En apenas cuarenta y ocho horas, ayer, Noticuba publicó el artículo titulado “CEPAL: Cuba es la economía más pobre de América Latina en PIB per cápita corriente”, originalmente difundido por Diario de Cuba, donde se recogen datos del Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2025 de la CEPAL y el análisis del economista Elías Amor. Hoy, el mismo medio reproduce otros dos textos complementarios: uno publicado inicialmente por 14ymedio, bajo el título “El número de empresas privadas rebasa a las estatales en varios sectores en Cuba”, basado en datos de la ONEI y en un análisis de la consultora Auge; y otro difundido por CiberCuba, titulado “Informe revela desigualdad legal y tráfico de influencias en el sector privado cubano”, que recoge conclusiones de la organización Food Monitor Program (FMP).

 

Lo que emerge de esa trilogía no es una anécdota económica, sino el retrato de una estructura.

 

Los datos de la CEPAL* confirman una realidad innegable: la economía cubana se ha reducido a una dimensión marginal en el contexto regional. Con un PIB per cápita corriente de apenas 1.082 dólares —muy por debajo del promedio latinoamericano y, en esa medición nominal, incluso inferior al de Haití— Cuba aparece como la economía más rezagada del continente. La Isla representa apenas el 0,2% del PIB regional y acumula dos años consecutivos de contracción, mientras el resto de América Latina crece. Incluso cuando se corrigen los datos por inflación, el país continúa por debajo de la media regional.

 

Esto no describe un tropiezo coyuntural. Describe un agotamiento estructural. Una economía con baja productividad, descapitalizada, dependiente de importaciones y sin acceso a financiamiento externo. En ese contexto surge la expansión de las MIPYMES, no como resultado de una estrategia liberalizadora coherente, sino como respuesta pragmática ante la incapacidad estatal para sostener el aparato productivo.

 

Los datos de la ONEI, citados por 14ymedio y analizados por Auge, muestran que en sectores como la construcción, la manufactura y la gastronomía las entidades privadas superan en número a las estatales. Existen casi diez mil MIPYMES registradas y el sector privado roza la mitad del total de entidades económicas del país. A primera vista, podría parecer el inicio de una transformación profunda en la estructura de propiedad.

 

Sin embargo, el número no equivale al poder. El Estado continúa concentrando el control del comercio exterior, las infraestructuras estratégicas, el acceso a divisas y los principales resortes regulatorios. Las MIPYMES operan, pero no determinan las reglas del juego. Su margen de crecimiento depende de decisiones administrativas que pueden expandirse o contraerse según la conveniencia política del momento.

 

El tercer artículo aporta la pieza que completa el cuadro. El informe de Food Monitor Program, difundido por CiberCuba, señala que el marco legal formal para el sector privado convive con mecanismos informales de privilegio. El acceso a divisas, importaciones y estabilidad regulatoria no es uniforme. Las inspecciones y controles no siempre son neutrales. La proximidad a estructuras estatales o redes vinculadas al poder político se traduce en ventajas comparativas que no están disponibles para el emprendedor común.

 

Así, el éxito económico no depende exclusivamente de la eficiencia, la innovación o la capacidad empresarial, sino de la confiabilidad política. La lealtad se convierte en un activo económico. La proximidad al poder se transforma en una ventaja competitiva.

 

No estamos ante una economía de mercado con reglas impersonales. Tampoco ante un socialismo planificado donde el Estado absorbe toda la actividad productiva. Lo que se perfila es un sistema híbrido en el cual la propiedad privada es permitida y necesaria, pero su expansión y consolidación están condicionadas por filtros políticos. El Estado delega funciones económicas para garantizar la supervivencia cotidiana, pero conserva el control estratégico y la capacidad de premiar o castigar.

 

Ese modelo tiene una lógica interna clara. Si el régimen libera demasiado, arriesga perder control. Si controla en exceso, profundiza el colapso económico. La solución ha sido permitir una expansión privada limitada, suficiente para amortiguar la crisis, pero insuficiente para generar autonomía estructural.

 

El resultado es lo que puede denominarse con precisión: capitalismo de lealtad política. Un sistema donde la acumulación privada existe, pero prospera en proporción directa a la cercanía con el poder. Donde la competencia está mediada por la discrecionalidad administrativa. Donde el mercado no es un espacio neutral, sino un terreno regulado por afinidades políticas.

 

Mientras la lealtad sea el principal capital, el crecimiento genuino seguirá siendo improbable. Y mientras el poder político condicione la estructura económica, cualquier expansión del sector privado será más un mecanismo de supervivencia del sistema que una verdadera transformación del país.


*La CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) es un organismo regional de las Naciones Unidas que analiza la economía de los países latinoamericanos y publica estadísticas, informes y recomendaciones sobre desarrollo, crecimiento, pobreza y desigualdad.

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DICTADURA DENUNCIA BLOQUEO PERO COMPRA 23 MILLONES EN MEDICINAS A ESTADOS UNIDOS


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Empresas vinculadas a la dictadura castrista compraron 23 millones de dólares en medicamentos en EEUU pese al discurso del “bloqueo”

 

Documentos oficiales del Departamento de Comercio de Estados Unidos revelan que empresas vinculadas al aparato de la dictadura castrista adquirieron al menos 23 millones de dólares en medicamentos y suministros médicos en 2024. Las compras, autorizadas mediante licencias del Buró de Industria y Seguridad (BIS), contradicen el discurso oficial de La Habana según el cual el embargo impide la importación de productos sanitarios.

 

Las licencias, publicadas por la Oficina del Recaudador de Impuestos del Condado Miami-Dade, incluyen exportaciones por millones de dólares en medicamentos de venta libre, insumos de primeros auxilios y equipos médicos.

 

La licencia D1365735, válida desde junio de 2024, permitió la compra de:

3 millones de dólares en medicamentos para adultos y niños (analgésicos, vitaminas, medicamentos para la tos, alergias, afecciones gastrointestinales y pastillas para dormir).

1 millón en insumos de primeros auxilios (gasas, vendajes, guantes, antisépticos).

15 millones en equipos y suministros médicos (termómetros, monitores de presión arterial, oxímetros, jeringuillas, medias de compresión y aparatos ortopédicos).

Otra licencia posterior autorizó compras adicionales por 4 millones de dólares en productos similares.

 

¿Quiénes recibieron estos productos?

Llama la atención que el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) no aparece como destinatario directo en las licencias.

En cambio, figuran como intermediarios y receptores finales empresas estatales de comercio exterior, entidades del Ministerio de Turismo, corporaciones vinculadas a GECOMEX y compañías asociadas al conglomerado militar GAESA, incluyendo cadenas de tiendas en divisas como Caribe y CIMEX.

Esto plantea interrogantes sobre el destino final de los productos sanitarios adquiridos en EEUU. ¿Fueron destinados al sistema público de salud que atiende a la población general? ¿O abastecieron clínicas internacionales, circuitos turísticos y tiendas en moneda libremente convertible?

 

Una contradicción política

El dato central es que las exportaciones de medicamentos desde Estados Unidos hacia Cuba están permitidas y de hecho se realizan por montos millonarios. Sin embargo, mientras el gobierno cubano denuncia que el embargo es la causa principal del desabastecimiento hospitalario, estas compras documentadas muestran que el acceso a productos médicos no está prohibido.

La cuestión de fondo no es si pueden comprarse medicamentos en EEUU —las licencias demuestran que sí— sino a qué circuitos de la dictadura castrista se destinan y quiénes terminan beneficiándose de ellos.

En definitiva, esta información desplaza el debate hacia un terreno más profundo: el de las prioridades, la transparencia y la rendición de cuentas. Cuando se trata de recursos destinados a la salud, el país merece claridad sobre cómo se asignan y a quiénes llegan primero. Sin información pública verificable, cualquier explicación sobre la escasez queda incompleta. Y sin transparencia en la gestión de bienes esenciales, la confianza ciudadana se debilita inevitablemente.

 

Fuente: https://diariodecuba.com/economia/1771962142_65491.html


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DOS CUBAS Y UN MISMO PRESENTE


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Entre la escasez disciplinaria y la posibilidad democrática


Cuba no vive solamente una crisis económica. Vive una encrucijada histórica.

No es un debate abstracto. No es una discusión de pueblo contra oficialismo. No es una consigna contra otra. Es una bifurcación concreta, visible en la vida cotidiana, en los apagones, en los aeropuertos, en los hospitales, en el ánimo de la juventud y en el cálculo silencioso de quienes ejercen el poder.

Hoy conviven dos Cubas. No en el futuro. Ahora.



I. La Cuba que se contrae

La primera es la Cuba de los duros. La de quienes creen que el poder puede sostenerse aun cuando el país se reduzca materialmente.

En esa Cuba la prioridad no es prosperar. Es mantenerse.

La consigna central no habla de crecimiento, habla de disciplina. La escasez no es excusa para la desobediencia. La crisis no otorga licencia. El hambre no autoriza el desafío.

El Estado no desaparece; se concentra. Reduce funciones complejas y protege el núcleo: fuerzas armadas, seguridad, puertos, telecomunicaciones estratégicas. La electricidad se convierte en herramienta política. Hay circuitos protegidos y circuitos sacrificados. La capital recibe más horas que las provincias. No por benevolencia, sino por cálculo.

La ciudad no estalla; se apaga por turnos. La electricidad deja de ser normalidad y se convierte en evento. Cuando llega la corriente, el barrio entero se activa. Cuando se va, regresa el humo del carbón y la penumbra.

Los aeropuertos siguen abiertos, pero con menos vuelos. El combustible es estratégico y escaso. Algunos hoteles permanecen iluminados como vitrinas mientras otros cierran discretamente. Hay dos países superpuestos: el enclave que funciona y el resto que se adapta.

La economía formal pierde densidad. Fábricas detenidas por falta de piezas, transporte intermitente, servicios públicos mínimos. El país se encoge. Moverse cuesta demasiado. La vida se reorganiza por barrios.

La economía real es la informal. Baterías reparadas. Paneles solares traídos por redes familiares. Medicinas que circulan por contactos. Alimentos que cambian de manos por trueque. El mercado negro no es excepción; es estructura. El poder lo vigila y lo tolera selectivamente porque sin él la supervivencia sería imposible.

Los hospitales funcionan en emergencia permanente. Se atiende lo urgente; lo demás espera. Aumentan las muertes silenciosas, no espectaculares. La salud deja de ser promesa y se convierte en administración de carencias.

La juventud aprende el idioma del pragmatismo. No hay grandes consignas, hay “resolver”. Algunos se adaptan. Otros se desconectan. Otros intentan irse. La política pesa más de lo que entusiasma.

En esta Cuba, el horizonte se reduce. No hay promesa de mejora cercana. Solo continuidad administrada.

Es una resistencia empobrecida que apuesta a la disciplina, al acostumbramiento y al tiempo.



II. La Cuba que respira

La segunda Cuba no existe aún plenamente, pero empieza a imaginarse. No nace de una fantasía, sino de una posibilidad política real: una transición ordenada que cambie la dirección del país.

No comienza con euforia. Comienza con señal.

Liberaciones. Un calendario. Reformas anunciadas con precisión. No retórica, sino hechos verificables.

En esa Cuba la electricidad deja de ser sorpresa. No vuelve perfecta de inmediato, pero vuelve suficiente. Los apagones dejan de organizar la vida. El agua sube con regularidad. La normalidad reaparece como experiencia cotidiana.

En los aeropuertos el movimiento ya no es solo salida, también regreso. Cubanos que vuelven a mirar. Aerolíneas que amplían rutas. Turistas cautelosos pero presentes. El sonido de maletas deja de significar únicamente despedida.

Los hospitales comienzan a recibir insumos básicos con regularidad. Equipos reparados. Medicamentos disponibles. La emergencia deja de ser permanente.

La economía empieza a moverse desde abajo. Lo que antes era clandestino comienza a formalizarse. Talleres, cafeterías, importadores, técnicos. El “resolver” se transforma en emprendimiento legal.

La política regresa al espacio público. Se habla sin susurros. La crítica deja de ser delito automático. La democracia no aparece completa, pero comienza como práctica diaria.

La juventud se hace una pregunta distinta: no solo “¿cómo me voy?”, sino “¿qué puedo construir aquí?”.

La diferencia fundamental no es riqueza inmediata. Es previsibilidad.

En esa Cuba el horizonte reaparece.



III. La verdadera diferencia

La distancia entre ambas Cubas no es ideológica. Es psicológica.

En la primera, la escasez se convierte en disciplina. En la segunda, la previsibilidad se convierte en confianza.

En la primera, el tiempo es resistencia. En la segunda, el tiempo vuelve a ser proyecto.

Un sistema puede sostener hambre. Puede sostener apagones. Puede sostener sacrificio.

Lo que no siempre puede sostener es la pérdida total de horizonte.

Cuando la población deja de creer que existe un futuro posible dentro del sistema, el desgaste ya no es solo material; es estructural.



IV. El punto de decisión

Cuba no está condenada a una economía primitiva. Tampoco está garantizada una transición ordenada.

Lo que está en juego no es solo el nivel de consumo, sino la dirección histórica.

¿Puede sostenerse indefinidamente una sociedad donde la escasez es regla y la obediencia es condición? ¿O terminará imponiéndose la lógica de la posibilidad, no por idealismo, sino por simple necesidad de viabilidad?

La respuesta no está escrita.

Pero hoy, en medio de apagones y conversaciones en voz baja, ambas Cubas existen.

Y la más poderosa no será necesariamente la que grite más fuerte, sino la que ofrezca horizonte.

Porque en política, como en la vida, no siempre vence quien resiste más, sino quien ofrece futuro.

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EL CANGREJO, LA CIA Y EL REEMPAQUE


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La información que hoy circula como si fuera una revelación reciente sobre supuestas conversaciones en México entre representantes del régimen cubano y Estados Unidos no es nueva. El 4 de febrero, el diario español ABC Premium informó que agentes de inteligencia estadounidenses habrían sostenido reuniones en Ciudad de México con Alejandro Castro Espín, El Cangrejo, figura central del aparato de seguridad del castrismo y miembro directo del núcleo familiar del poder.

 

Han pasado días desde esa publicación.

 

No estamos ante un hecho nuevo. Estamos ante su reempaque.

 

Pero lo más grave no es la repetición. Es la omisión deliberada del contexto más reciente.

 

Días después de aquella publicación, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, en una conversación pública con John Micklethwait, editor en jefe de Bloomberg, el Secretario de Estado Marco Rubio afirmó claramente que el régimen cubano se niega a negociar lo que debe negociarse, pese al colapso económico que atraviesa la Isla.

 

No fue una declaración privada.  No fue un comentario filtrado.

 

Fue una afirmación pública, en un foro internacional de alto nivel, frente a uno de los periodistas más influyentes del mundo financiero y político.

 

Además, el propio presidente Donald Trump ha reconocido públicamente que existen conversaciones. Cuando el presidente admite contactos, el debate ya no es si existieron, sino qué resultado tuvieron.

 

Y según las palabras de Rubio en Múnich, el resultado fue que el régimen no quiso ceder.

 

Entonces surge la pregunta inevitable:

¿por qué reaparece ahora esta historia como si se tratara de negociaciones activas?

¿por qué se omite que, según Washington, el régimen rechazó lo esencial?

 

Esa omisión no es inocente. Cambia la percepción pública.

 

Al eliminar el contexto de Múnich, se construye una narrativa peligrosa: la de un Estados Unidos negociando para salvar al castrismo. Esa percepción impacta directamente en la comunidad cubana en el exilio, donde la memoria histórica de negociaciones opacas sigue viva. Y dentro de la Isla refuerza el desaliento, la idea de que todo se decide entre élites mientras el pueblo permanece excluido.

 

No se trata de negar que existan contactos exploratorios. En política internacional, los canales de inteligencia existen para medir escenarios antes de cualquier paso formal. Eso es práctica habitual. Pero explorar no es conceder. Conversar no es pactar. Y medir no es legitimar.

 

La dictadura está en bancarrota. El régimen necesita oxígeno. Lo que está en juego no es una transición democrática, sino la supervivencia de una estructura de poder que durante décadas ha reprimido y empobrecido a la nación.

 

Reactivar una noticia vieja ignorando declaraciones recientes del Secretario de Estado en Múnich no es análisis estratégico. Es construcción narrativa orientada a generar confusión.

 

Y el encuadre importa.

 

Porque define quién parece fuerte, quién parece ceder y quién parece traicionar.

 

Si Washington afirma que el régimen no quiso negociar lo esencial, entonces la historia no es que Estados Unidos esté salvando al castrismo. La historia es que el castrismo, incluso al borde del colapso económico, se aferra al poder y rechaza cualquier concesión política real.

 

No aceptamos relatos diseñados para sembrar desconfianza.  No aceptamos que se juegue con la esperanza del pueblo cubano.

 

Y no aceptamos que se distorsione el contexto para fabricar la percepción de traición.

 

La libertad de Cuba no nacerá de titulares reciclados ni de rumores sensacionalistas.  Nacerá de claridad, firmeza y presión sostenida.

 

Y hoy la verdad es clara: dicen que régimen se niega a ceder, también Maduro matoneaba y hasta se reía de Trump.  El castrismo sabe que está perdido, lo sabe el pueblo, lo saben los militares, los burócratas y hasta Díaz-Canel y su jefe Raúl.

 

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EL PATRIOTA QUE PRESERVANDO EL PASADO ESTÁ SEMBRANDO EL FUTURO


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Antonio Gómez Sotolongo (Aguada de Pasajeros, Cuba, 1954) es mucho más que un músico e investigador: es uno de esos cubanos que, desde el rigor intelectual y la pasión por la cultura, ha dedicado su vida a preservar la memoria musical de la nación. Formado como contrabajista en la Escuela Nacional de Arte y graduado en el Instituto Superior de Arte de La Habana, inició su trayectoria en los escenarios, pero muy pronto comprendió que su misión no se limitaba a interpretar la música, sino también a estudiarla, documentarla y defenderla del olvido.

 

Radicado desde 1991 en la República Dominicana, donde ha sido Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, Gómez Sotolongo ha desarrollado una obra investigativa que constituye un verdadero acto de patriotismo cultural. Sus libros y ensayos no solo describen géneros, fechas y nombres; reconstruyen procesos históricos, explican contextos sociales y revelan cómo la música ayudó a forjar la conciencia nacional cubana.

 

En obras como Historia de la música popular cubana y, especialmente, en su más reciente libro La música del Tacón en el Diario de la Marina (1844-1851), rescata un período esencial en la conformación de la cultura cubana. Al estudiar la relación entre el Gran Teatro de Tacón y el Diario de la Marina, demuestra cómo la escena musical habanera del siglo XIX contribuyó decisivamente a moldear el gusto estético, la sensibilidad colectiva y el sentido de pertenencia que terminó por definir a Cuba y a La Habana como espacio cultural propio.

 

Antonio es, sin duda, uno de los cubanos que con su trabajo ha preservado el pasado para que no se diluya en la desmemoria. Su labor confirma que proteger la herencia cultural no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de construir identidad y proyectar futuro.

 

Mis más sinceras felicitaciones por este nuevo libro. Tu investigación sobre el Tacón y el Diario de la Marina no solo reconstruye una etapa esencial de nuestra historia cultural, sino que nos ayuda a comprender cómo se fue gestando el sentido de pertenencia que define a Cuba y a La Habana. Al preservar esas riquezas del pasado, estás sembrando conciencia para las generaciones futuras.

 


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Ni sueños ajenos ni resignación: sobre el agotamiento real del sistema castrista

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El análisis reciente que pretende refutar la idea de un colapso inminente del régimen castrista parte de un error metodológico esencial: se construye como respuesta a una tesis que no ha sido formulada con rigor por ningún actor político relevante, centro de análisis estratégico ni evaluación seria de inteligencia. No existe, en el debate público informado, una argumentación estructurada que afirme que el sistema de poder vigente en La Habana vaya a colapsar automáticamente antes de que finalice el año.


 
Conviene comenzar, por tanto, con una pregunta básica: ¿quién ha sostenido, con respaldo empírico y razonamiento lógico, que ese colapso inmediato es inevitable? ¿Dónde está esa tesis, quién la formula y sobre qué datos se apoya? Hasta donde alcanza la evidencia disponible, no existe tal planteamiento. Lo que sí aparece es una expectativa emocional atribuida de manera genérica a “sectores del exilio”, convertida luego en objeto de refutación. Estamos ante una falacia clásica del hombre de paja: se combate un estado de ánimo atribuido a otros, no un argumento analítico real.

 

Rechazar la idea de un colapso automático no implica, sin embargo, negar la excepcionalidad del momento actual. El segundo error del análisis criticado consiste en equiparar mecánicamente la coyuntura presente con crisis anteriores —como 1991 o las protestas de julio de 2021— para concluir que, dado que el régimen sobrevivió entonces, sobrevivirá ahora sin transformaciones profundas. Ese razonamiento ignora la especificidad histórica del contexto actual.

 

Nunca antes, desde 1959, el aparato de poder castrista había enfrentado una paralización simultánea y progresiva de sectores estratégicos fundamentales: energía, transporte, producción alimentaria, generación de divisas y servicios básicos. Nunca antes se había combinado de forma tan aguda el colapso funcional del modelo económico con una migración masiva que opera como válvula de escape social y, al mismo tiempo, como evidencia del agotamiento estructural del Estado. Ni siquiera durante el denominado Período Especial se alcanzó un nivel comparable de desarticulación sostenida.

 

Este deterioro no significa que Cuba esté colapsando como nación. Significa algo distinto y más grave: que el sistema castrista conserva el poder mientras vacía al país. La nación cubana resiste; lo que se descompone es la capacidad del régimen para sostener una sociedad funcional sin recurrir al éxodo, la represión y la inercia.

 

A esta crisis interna se suma un entorno geopolítico cualitativamente distinto. Por primera vez, existe una definición explícita desde la presidencia y la Secretaría de Estado de Estados Unidos según la cual no se permitirá en el hemisferio la consolidación de gobiernos alineados estratégicamente con los adversarios globales de Occidente. Este marco doctrinal no existía en 1991, no estuvo presente durante el deshielo diplomático ni fue formulado tras las protestas de 2021.

 

El precedente venezolano refuerza esta lectura, no como ejemplo de colapso rápido, sino como advertencia. Un régimen autoritario puede sobrevivir durante años a costa de su viabilidad económica, su soberanía efectiva y su capacidad real de gobernanza. Puede seguir mandando mientras el país se empobrece, se fragmenta y se vacía. Es hacia ese modelo de deterioro crónico —no hacia una estabilidad duradera— donde el sistema castrista parece desplazarse.

 

Aquí se comete el error conceptual más grave: confundir la ausencia de colapso inmediato con estabilidad. Confundir la continuidad del poder con la salud del país. Confundir que el régimen no caiga con que la nación resista gracias a él, cuando en realidad resiste a pesar de él.

 

Resulta indispensable distinguir entre dos conceptos distintos: colapso del régimen y deterioro estructural terminal. El primero supone una ruptura abrupta del aparato coercitivo; el segundo describe una degradación profunda, acumulativa e irreversible que no necesita manifestarse en plazos cortos ni mediante escenas espectaculares. La historia demuestra que muchos sistemas autoritarios no caen de golpe, sino que se pudren lentamente mientras destruyen el tejido nacional.

 

El error no está en dudar del colapso inmediato. El error está en utilizar esa duda para normalizar el agotamiento, justificar la resignación o presentar la descomposición como repetición del pasado. Entre la fantasía del derrumbe automático y la idea de una dictadura eterna existe una realidad mucho más inquietante: la de un poder que sobrevive sin gobernar, de un Estado que manda sin funcionar, de un sistema que se perpetúa vaciando a la nación que dice representar.

 

Patria, pueblo y libertad no se defienden ni con sueños prestados ni con resignaciones disfrazadas de realismo. Se defienden nombrando el agotamiento del poder que oprime y separándolo con claridad de la nación que sufre. Cuba no es el sistema castrista. Cuba es la víctima de ese sistema.

 

Un régimen que necesita vaciar al país para sobrevivir, que gobierna expulsando, empobreciendo y paralizando, no es estable: es terminal, aunque no caiga de inmediato. Confundir la continuidad del mando con viabilidad histórica es el error que ha permitido a la dictadura prolongarse mientras destruye el futuro nacional.

 

No hay aquí profecías ni consuelos. Hay una constatación: ningún poder que solo puede sostenerse destruyendo a su pueblo puede eternizarse sin pagar un precio histórico. Reconocerlo no es soñar. Es asumir, con responsabilidad política, que la libertad no llega por inercia, pero tampoco se extingue porque los opresores lo deseen.

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