DE KENNEDY A TRUMP: CUÁNDO UNA CRISIS DEJA DE SER NEGOCIABLE


Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Hay momentos en la historia en los que negociar ya no basta. No porque la diplomacia falle en su intención, sino porque deja de cambiar la realidad.

 

Eso fue exactamente lo que enfrentó John F. Kennedy en 1962 durante la crisis de los misiles en Cuba. Y, aunque el contexto es distinto, es una lógica que hoy vuelve a aparecer en la relación de Estados Unidos con Irán.

 

Kennedy no actuó de inmediato. No bombardeó Cuba, no invadió. Eligió el bloqueo, presionó y mantuvo abiertas las conversaciones. Pero no lo hizo para ganar tiempo indefinidamente. Lo hizo para evaluar si el tiempo jugaba a su favor o en su contra.

 

El punto decisivo llegó cuando entendió tres cosas: la amenaza se estaba volviendo permanente, la negociación no daba resultados y no actuar empezaba a ser más peligroso que actuar. En ese momento, la acción dejó de ser una opción y pasó a ser una necesidad.

 

Hoy, Donald Trump enfrenta una situación que, aunque diferente, sigue una lógica parecida. Irán continúa con su desarrollo nuclear, el Golfo Pérsico se ha convertido en un punto de tensión con impacto económico global, y las negociaciones no logran producir resultados claros.

 

La diferencia es importante: Kennedy enfrentaba una amenaza inmediata. Trump enfrenta una amenaza progresiva. Pero el fondo es el mismo: una situación que, si no cambia, se consolida.

 

El Golfo Pérsico no es solo una zona de conflicto. Es una pieza clave del sistema económico mundial. Por el estrecho de Ormuz pasa una parte enorme del petróleo del planeta. Cuando ese flujo se ve afectado, suben los precios, se alteran los mercados y se transmite inestabilidad a toda la economía global.

 

Por eso, garantizar que ese flujo continúe no es solo una cuestión militar. Es una demostración de poder. Quien logra mantener abierto el Golfo no solo controla una ruta: influye en la economía del mundo.

 

En este contexto, Estados Unidos no está eligiendo entre negociar o presionar. Está haciendo ambas cosas al mismo tiempo. Habla de negociación, pero mantiene presión económica, presencia militar y capacidad de acción inmediata. Eso no es contradicción, es estrategia.

 

Desde el lado iraní, la situación se ve de otra forma. No hay confianza. Estados Unidos ha roto acuerdos antes, ha mantenido presión constante y combina discurso con acción. Para Irán, la negociación no es garantía de nada. Es, en el mejor de los casos, una fase dentro de algo mayor.

 

Y eso endurece su postura.

 

Toda crisis tiene un punto crítico. No es un día específico, sino una acumulación de factores. Llega cuando la amenaza se vuelve estable, la negociación deja de funcionar y el costo de no actuar supera al de actuar.

 

Kennedy llegó a ese punto en Cuba. La pregunta hoy es si Trump se está acercando a ese mismo momento.

 

Pero aquí hay una diferencia fundamental. Kennedy tenía un país más unido, más confianza institucional y más margen para esperar. Trump no. Trump gobierna en un entorno polarizado, con presión constante y con una necesidad clara de mostrar resultados.

 

Eso cambia todo.

 

Significa que Trump tiene menos tiempo político para sostener una crisis sin resolverla. Donde Kennedy podía esperar más, Trump tiene incentivos para actuar antes, si cree que puede controlar el resultado.

 

Y ahí está la clave de todo.

 

No se trata de evitar el riesgo. Eso es imposible. Se trata de elegir el riesgo que se cree manejable. Si Trump considera que puede controlar el Golfo, minimizar las bajas y mejorar la situación económica, entonces el riesgo de actuar puede parecer menor que el riesgo de no hacerlo.

 

Hoy no estamos en guerra abierta. Pero tampoco estamos en estabilidad. Estamos en un punto intermedio: presión creciente, posicionamiento estratégico y evaluación constante.

 

Trump no ha cruzado todavía el punto de acción. Pero está cada vez más cerca.

 

La historia no se repite, pero muchas veces rima. Kennedy demostró que la fuerza puede usarse sin perder el control. Pero también dejó una lección clara: llega un momento en que no actuar deja de ser prudente y pasa a ser peligroso.

 

La verdadera pregunta hoy no es si todavía se puede negociar.

La pregunta es cuánto tiempo más esa negociación seguirá siendo suficiente.

 

 

FROM KENNEDY TO TRUMP: WHEN A CRISIS STOPS BEING NEGOTIABLE

 
By Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

There are moments in history when negotiation is no longer enough. Not because diplomacy fails in its intent, but because it stops changing reality.

 

That is exactly what John F. Kennedy faced in 1962 during the Cuban Missile Crisis. And although the context is different, it is a logic that is reappearing today in the relationship between the United States and Iran.

 

Kennedy did not act immediately. He did not bomb Cuba, nor did he invade. He chose a blockade, applied pressure, and kept negotiations open. But he did not do this to buy time indefinitely. He did it to assess whether time was working in his favor or against him.

 

The decisive point came when he understood three things: the threat was becoming permanent, negotiations were yielding no results, and inaction was becoming more dangerous than action. At that moment, action ceased to be an option and became a necessity.

 

Today, Donald Trump faces a situation that, while different, follows a similar logic. Iran continues its nuclear development, the Persian Gulf has become a point of tension with global economic impact, and negotiations are failing to produce clear results.

 

The difference is important: Kennedy faced an immediate threat. Trump faces a progressive one. But the underlying issue is the same: a situation that, if it does not change, becomes entrenched.

 

The Persian Gulf is not just a conflict zone. It is a key component of the global economic system. A significant portion of the world’s oil passes through the Strait of Hormuz. When that flow is disrupted, prices rise, markets are shaken, and instability spreads across the global economy.

 

For that reason, ensuring that this flow continues is not just a military matter. It is a demonstration of power. Whoever manages to keep the Gulf open does not just control a route—they influence the world’s economy.

 

In this context, the United States is not choosing between negotiation and pressure. It is doing both at the same time. It speaks of negotiation, but maintains economic pressure, military presence, and the capacity for immediate action. That is not a contradiction—it is strategy.

 

From the Iranian side, the situation looks different. There is no trust. The United States has broken agreements before, has maintained constant pressure, and combines rhetoric with action. For Iran, negotiation guarantees nothing. At best, it is just one phase within something larger.

 

And that hardens its position.

 

Every crisis has a tipping point. It is not a specific day, but an accumulation of factors. It comes when the threat becomes stable, negotiations stop working, and the cost of inaction surpasses the cost of action.

 

Kennedy reached that point in Cuba. The question today is whether Trump is approaching that same moment.

 

But here lies a fundamental difference. Kennedy had a more unified country, stronger institutional trust, and more room to wait. Trump does not. He governs in a polarized environment, under constant pressure, and with a clear need to show results.

 

That changes everything.

 

It means Trump has less political time to sustain a crisis without resolving it. Where Kennedy could afford to wait, Trump has incentives to act sooner—if he believes he can control the outcome.

 

And that is the key to everything.

 

This is not about avoiding risk. That is impossible. It is about choosing the risk that seems manageable. If Trump believes he can control the Gulf, minimize casualties, and improve the economic situation, then the risk of acting may appear lower than the risk of not acting.

 

Today, we are not in open war. But neither are we in stability. We are in an intermediate stage: rising pressure, strategic positioning, and constant evaluation.

 

Trump has not yet crossed the threshold of action. But he is getting closer.

 

History does not repeat itself, but it often rhymes. Kennedy demonstrated that force can be used without losing control. But he also left a clear lesson: there comes a moment when not acting ceases to be prudent and becomes dangerous.

 

The real question today is not whether negotiation is still possible.
The question is how much longer that negotiation will remain sufficient.

Leer más

EL GOLFO PÉRSICO ES LA VICTORIA PÍRRICA DE IRÁN

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

En el siglo III a.C., y después de una más de sus sangrientas batallas, se atribuye al rey Pirro de Epiro una frase que atravesaría los siglos: “Otra victoria como esta, y estoy perdido.” Frente a él no quedaba un enemigo derrotado, sino un campo cubierto de cuerpos, muchos de ellos de sus propios soldados, veteranos imposibles de reemplazar. Había derrotado a Roma en combate, pero cada triunfo le costaba más de lo que podía permitirse perder. Sus filas se adelgazaban, su ejército se debilitaba y su capacidad de continuar la guerra se desmoronaba lentamente. En ese instante, Pirro comprendió una verdad brutal que la historia no olvidaría: hay victorias que, por su precio, se convierten en el principio de la derrota.

 

El control que ejerce Teherán sobre el estrecho de Ormuz ilustra una verdad más amplia de la geopolítica moderna: el dominio de nodos críticos —ya sean rutas marítimas, tecnologías o incluso corporaciones— puede otorgar a los gobiernos una enorme capacidad de influencia en una economía global interconectada, pero solo se convierte en poder real cuando puede ejercerse sin enfrentar consecuencias inmediatas y abrumadoras.

 

En ese contexto, es precisamente ahí donde la historia vuelve a encontrarse con Pirro. La amenaza iraní de desestabilizar el comercio global, lejos de consolidar su poder, expone los límites de esa dinámica: interrumpir el flujo de petróleo no le otorgaría una ventaja estratégica duradera, sino que provocaría una reacción militar, económica y política que el régimen difícilmente podría sostener frente a dos potencias con capacidades militares superiores y objetivos estratégicos no negociables. Cada paso en esa dirección acelera su aislamiento, debilita aún más su economía y une a sus adversarios en torno a una respuesta común. Como el rey de Epiro frente a Roma, la dictadura iraní parece no comprender que hay triunfos que contienen su propia derrota. Si logra infligir daño, el precio que pagará será mayor; si provoca la confrontación que amenaza, difícilmente podrá sobrevivir a sus consecuencias.

 

Ese supuesto poder ha tenido un costo devastador para el propio Irán. Décadas de confrontación con Estados Unidos e Israel no han fortalecido al régimen, sino que han deteriorado profundamente la vida de su población y debilitado las bases mismas del Estado. La economía iraní ha sido asfixiada por sanciones que han reducido sus ingresos, disparado la inflación y provocado una devaluación sostenida de su moneda. Para millones de iraníes, esto no se traduce en cifras, sino en algo mucho más tangible: salarios que ya no alcanzan, alimentos cada vez más caros, escasez de medicinas y una calidad de vida en constante deterioro.

 

Al mismo tiempo, el régimen ha destinado enormes recursos a financiar conflictos en el exterior y sostener redes de milicias, mientras descuida las necesidades internas. El resultado es un país donde la frustración social crece, las protestas se repiten y la represión se intensifica. Incluso dentro de su estructura de poder, el costo ha sido alto: la eliminación de figuras clave y la presión constante han obligado al régimen a volverse más rígido, más cerrado y más dependiente de la coerción. Lo que emerge no es una potencia fortalecida, sino un sistema cada vez más debilitado, más aislado y con menos capacidad de sostener el conflicto que él mismo ha alimentado.

 

El precio del poder no lo paga el régimen… lo paga su pueblo.

 

La historia reciente dentro del propio eje de influencia iraní ofrece ejemplos aún más inmediatos de esta misma lógica. Hamas, al ejecutar la masacre del 7 de octubre, buscó infligir un golpe devastador sin calcular plenamente la magnitud de la respuesta que provocaría. El resultado no fue una victoria estratégica, sino la destrucción sistemática de su infraestructura y un costo humano devastador para la población que dice representar. Pensar que un régimen que financia, entrena y arma a estos grupos desconocía la magnitud de semejante operación resulta difícilmente sostenible. Hezbollah, por su parte, ha calibrado constantemente el nivel de confrontación, consciente de que cruzar ciertos umbrales podría desencadenar una respuesta que no podría sostener. Y los hutíes, al amenazar el tráfico marítimo en el Mar Rojo, han expuesto la misma dinámica: capacidad de disrupción sin capacidad real de absorber las consecuencias de una escalada total, basada en gran medida en la vulnerabilidad de los actores civiles que dependen de esas rutas y carecen de medios propios de defensa.

 

En todos estos casos, el patrón es el mismo: acciones que buscan proyectar poder inmediato sin asumir el costo estratégico que inevitablemente generan. Lo que se presenta como fuerza termina revelando sus propios límites, y lo que aparenta ser una victoria inicial se convierte rápidamente en un proceso de desgaste que debilita a quienes lo provocan.

 

La historia reciente refuerza esta misma lección. Rusia, al invadir Ucrania, creyó que podía imponer su control sobre un espacio estratégico sin enfrentar un costo decisivo. Cuatro años después, una potencia que se presentaba como el segundo ejército del mundo no ha logrado imponerse de manera definitiva sobre un país considerablemente más pequeño, enfrentando sanciones, aislamiento y un desgaste militar que ha limitado su proyección global.

 

Irán parece avanzar por una dinámica similar. Su capacidad de amenazar el tránsito en el Golfo Pérsico puede generar disrupción inmediata, pero también expone una vulnerabilidad crítica: su propia economía depende de un número limitado de puntos estratégicos altamente identificables. La isla de Kharg, por donde fluye la mayor parte de sus exportaciones petroleras, ubicada en el Golfo Pérsico y altamente concentrada en infraestructura crítica, no es solo un activo; es también un punto de fragilidad estructural que ya ha sido objeto de ataques en sus instalaciones sin una respuesta defensiva proporcional. En un escenario de escalada, ese mismo nodo que hoy se presenta como instrumento de presión podría convertirse en el punto que determine su propio debilitamiento estratégico.

 

Pirro lo entendió hace más de dos mil años: hay victorias que contienen su propia derrota. El control sin capacidad de absorber sus consecuencias no es poder duradero, sino una apuesta al desgaste que termina volviéndose contra quien la ejerce. En el caso de Irán, la amenaza puede ser real, pero el precio de ejecutarla podría ser definitivo. Eso no es poder. Es, en esencia, una victoria pírrica. Hoy 11 de abril en un claro desafío a lo que queda del alto mando iraní, dos barcos de guerra norteamericanos navegaban tranquilamente por el estrecho de Ormuz.

Leer más

DESPUÉS DE IRÁN: LA GUERRA DEL FUTURO YA COMENZÓ


Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

En un artículo anterior sostuve que el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no respondía a los esquemas tradicionales de guerra, sino a una lógica distinta: una guerra de degradación estratégica a distancia, en la que el objetivo no era ocupar territorio, sino destruir la capacidad del adversario.

Los hechos recientes no solo confirman esa tesis. La consolidan.

Irán ha aceptado un cese al fuego de dos semanas, condicionado a la reapertura del estrecho de Ormuz y a negociaciones directas con Estados Unidos. Sin embargo, la implementación de ese acuerdo revela una realidad más compleja: el tránsito marítimo se ha reanudado solo parcialmente, bajo control operativo iraní, con buques obligados a coordinar su paso con fuerzas militares de Teherán, mientras continúan incidentes armados en la región.

Hoy, la realidad es otra.

Irán ha pasado de la confrontación abierta a una negociación bajo presión, pero sin haber abandonado su capacidad de perturbación estratégica.

La coerción funcionó

El cambio no fue político. Fue militar.

Estados Unidos e Israel ejecutaron una campaña sostenida de ataques de precisión contra objetivos estratégicos iraníes, incluyendo infraestructura energética, capacidades logísticas y nodos operativos clave.

Bajo esa presión, Washington impuso una condición clara:
reabrir el estrecho de Ormuz o enfrentar una escalada devastadora.

La respuesta iraní fue aceptar el cese al fuego y abrir la puerta a negociaciones. Pero lo hizo bajo una fórmula intermedia: permitir el paso, sin renunciar completamente al control del estrecho, manteniendo capacidad de inspección, coordinación y presión indirecta sobre el tráfico marítimo.

Esto no es diplomacia convencional.

Es coerción efectiva, en un entorno aún inestable.

De la inmolación a la supervivencia

Durante décadas, el régimen iraní construyó una narrativa basada en la resistencia absoluta, incluso en la disposición al sacrificio extremo.

Esa narrativa ha sido forzada a adaptarse.

Irán no ha sido derrotado en una batalla decisiva. Ha sido llevado a una situación en la que continuar el conflicto implica un riesgo existencial inmediato.

Y frente a ese riesgo, ha optado por negociar, sin dejar de ejercer presión.

Ese es el punto de inflexión.

La verdadera lección: una invasión sin tropas

Durante semanas, analistas, periodistas y comentaristas repitieron una idea que parecía incuestionable: sin una invasión terrestre, esta guerra no podía ganarse ni consolidarse.

Ese argumento partía de un modelo de guerra que ya no corresponde a la realidad.

Desde el inicio rechacé esa premisa por considerarla no solo anticuada, sino profundamente equivocada. Lo ocurrido en Irán lo confirma de manera definitiva.

No hubo divisiones cruzando fronteras. No hubo ocupación territorial. Y, sin embargo, el resultado se impuso.

Irán no fue invadido en los términos clásicos.

Fue penetrado tecnológicamente.

  • Su espacio aéreo dejó de ser seguro
  • Su infraestructura dejó de ser invulnerable
  • Su cadena de mando quedó expuesta
  • Su economía energética fue colocada bajo presión directa

Esto constituye una forma nueva de invasión:

una invasión funcional, no territorial.

La superioridad tecnológica hizo innecesaria la presencia de tropas. Lo que antes requería ocupación física hoy se logra mediante dominio operativo.

El fin del paradigma clásico de guerra

Lo ocurrido en Irán demuestra algo que muchos aún no terminan de aceptar:

Las guerras del siglo XXI no requieren ocupación para imponerse.

Requieren:

  • superioridad tecnológica
  • inteligencia en tiempo real
  • capacidad de ataque de precisión
  • dominio del espacio aéreo y electrónico

El objetivo ya no es conquistar territorio.

El objetivo es neutralizar al adversario como sistema.

Ormuz: el símbolo del cambio

El estrecho de Ormuz fue presentado durante semanas como el arma estratégica de Irán.

Hoy es el símbolo de su límite… y también de su última capacidad de presión.

Bajo presión militar directa, Teherán pasó de intentar bloquear el paso a permitir una reapertura condicionada, manteniendo presencia militar y capacidad de control parcial sobre el tránsito.

Esto revela una verdad más profunda:

Irán no controla el equilibrio estratégico de forma permanente.

Pero aún puede alterarlo de manera táctica.

La guerra del futuro cercano

Lo ocurrido no es un caso aislado. Es un modelo.

Estados Unidos e Israel han demostrado que es posible:

  • imponer condiciones estratégicas
  • forzar concesiones políticas
  • evitar el costo de una invasión terrestre

todo ello mediante el uso de superioridad tecnológica.

Pero también ha quedado claro que el adversario, aun bajo presión, puede conservar capacidades asimétricas suficientes para prolongar la inestabilidad.

Esto redefine la guerra.

Las guerras del futuro cercano no se decidirán por el número de soldados desplegados, sino por la capacidad de un actor para penetrar, desorganizar y presionar al adversario sin exponerse plenamente.

Drones, inteligencia artificial, guerra electrónica y precisión quirúrgica no son herramientas complementarias.

Son el nuevo núcleo del poder militar.

Conclusión

Irán no ha sido eliminado como Estado.

Pero ha sido obligado a retroceder.

No por la ocupación de su territorio, sino por la imposibilidad de defender su funcionamiento como sistema frente a una presión tecnológica superior.

Y, sin embargo, tampoco ha sido neutralizado completamente.

Mantiene capacidad de respuesta, de disrupción y de negociación bajo tensión.

Ese es el verdadero cambio.

La guerra ya no exige conquistar.

Exige dominar… y sostener ese dominio frente a un adversario que aún puede resistir de formas no convencionales.

Y en Irán, ese dominio no se logró con tropas en tierra.

Se logró desde el aire, desde la tecnología y desde la capacidad de imponer un costo que el adversario no podía ignorar.

Lo que estamos viendo no es el final de un conflicto.

Es el comienzo de una nueva forma de guerra.

AFTER IRAN: THE WAR OF THE FUTURE HAS ALREADY BEGUN

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

In a previous article, I argued that the conflict between the United States, Israel, and Iran did not follow traditional models of warfare, but rather a different logic: a form of remote strategic degradation, where the objective is not to occupy territory, but to destroy the adversary’s operational capacity.

Recent events have not only confirmed that thesis. They have reinforced it.

Iran has accepted a two-week cease-fire, conditioned on the reopening of the Strait of Hormuz and direct negotiations with the United States. However, the implementation of this agreement reveals a more complex reality: maritime traffic has only partially resumed, under Iranian operational control, with vessels required to coordinate passage with Tehran’s military forces, while armed incidents continue across the region.

The situation has changed.

Iran has shifted from open confrontation to negotiation under pressure, without abandoning its capacity for strategic disruption.

Coercion worked

The shift was not political. It was military.

The United States and Israel carried out a sustained campaign of precision strikes against key Iranian strategic targets, including energy infrastructure, logistical capabilities, and operational nodes.

Under that pressure, Washington imposed a clear condition:
reopen the Strait of Hormuz or face a devastating escalation.

Iran’s response was to accept the cease-fire and open the door to negotiations. But it did so under an intermediate formula: allowing passage without fully relinquishing control, maintaining the ability to coordinate, monitor, and exert indirect pressure over maritime traffic.

This is not conventional diplomacy.

This is effective coercion, in an unstable environment.

From martyrdom to survival

For decades, the Iranian regime built a narrative based on absolute resistance, including a willingness for extreme sacrifice.

That narrative has now been forced to adapt.

Iran has not been defeated in a decisive battle. It has been pushed into a position where continuing the conflict implies an immediate existential risk.

Faced with that risk, it has chosen to negotiate—while still applying pressure.

That is the turning point.

The real lesson: an invasion without troops

For weeks, analysts, journalists, and commentators repeated what seemed to be an unquestionable idea: without a ground invasion, this war could not be won or consolidated.

That argument was based on a model of warfare that no longer reflects reality.

From the beginning, I rejected that premise as not only outdated, but fundamentally wrong. What has happened in Iran confirms this definitively.

There were no divisions crossing borders. No territorial occupation. And yet, the outcome was imposed.

Iran was not invaded in classical terms.

It was penetrated technologically.

  • Its airspace ceased to be secure
  • Its infrastructure ceased to be invulnerable
  • Its chain of command was exposed
  • Its energy economy was placed under direct pressure

This constitutes a new form of invasion:

a functional, not territorial, invasion.

Technological superiority made the presence of troops unnecessary. What once required physical occupation can now be achieved through operational dominance.

The end of the classical war paradigm

What happened in Iran demonstrates something many still refuse to accept:

Wars in the 21st century do not require occupation to impose outcomes.

They require:

  • technological superiority
  • real-time intelligence
  • precision strike capability
  • dominance of air and electronic space

The objective is no longer to conquer territory.

The objective is to neutralize the adversary as a system.

Hormuz: the symbol of change

The Strait of Hormuz was presented for weeks as Iran’s strategic weapon.

Today, it is the symbol of its limits… and also of its remaining leverage.

Under direct military pressure, Tehran shifted from attempting to block the passage to allowing a conditional reopening, while maintaining military presence and partial control over transit.

This reveals a deeper truth:

Iran does not control the strategic balance in a permanent way.

But it can still disrupt it tactically.

The war of the near future

What we are witnessing is not an isolated case. It is a model.

The United States and Israel have demonstrated that it is possible to:

  • impose strategic conditions
  • force political concessions
  • avoid the cost of a ground invasion

all through the use of technological superiority.

At the same time, it has become clear that even under pressure, an adversary can retain asymmetric capabilities sufficient to prolong instability.

This redefines warfare.

The wars of the near future will not be decided by the number of troops deployed, but by the ability of one actor to penetrate, disrupt, and pressure the adversary without full exposure.

Drones, artificial intelligence, electronic warfare, and surgical precision are not auxiliary tools.

They are the new core of military power.

Conclusion

Iran has not been eliminated as a state.

But it has been forced to retreat.

Not through territorial occupation, but through the inability to defend its functioning as a system against superior technological pressure.

And yet, it has not been fully neutralized.

It retains the capacity to respond, to disrupt, and to negotiate under pressure.

That is the real transformation.

War no longer requires conquest.

It requires dominance… and the ability to sustain that dominance against an adversary that can still resist in unconventional ways.

And in Iran, that dominance was not achieved with troops on the ground.

It was achieved from the air, through technology, and through the ability to impose a cost the adversary could not ignore.

What we are witnessing is not the end of a conflict.

It is the beginning of a new form of warfare.


Leer más

LA GUERRA QUE IRÁN NO PUEDE GANAR


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


El conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán no responde a los esquemas tradicionales de guerra que durante décadas han dominado el análisis estratégico. No estamos ante Vietnam, ni ante Irak en 2003, ni ante Afganistán. No hay invasión terrestre masiva ni intención de ocupación prolongada. Lo que estamos presenciando es algo distinto, más preciso y más implacable: una guerra de degradación estratégica a distancia.

En este tipo de guerra no se busca conquistar territorio. Se busca algo más decisivo: destruir la capacidad del adversario para seguir siendo una amenaza.


Una asimetría que define el resultado

La diferencia de poder entre los contendientes no es una percepción, es un hecho verificable. Estados Unidos e Israel poseen una superioridad aérea, tecnológica y logística abrumadora. Esa superioridad se traduce en control absoluto del ritmo del conflicto.

Son ellos quienes deciden cuándo atacar, cómo escalar, qué objetivos destruir y cuándo imponer condiciones.

Irán, por el contrario, no tiene capacidad para revertir esa dinámica. No puede detener la campaña aérea, no puede proteger su infraestructura crítica de forma efectiva, y no puede trasladar el conflicto a un terreno donde equilibre fuerzas.

Esto no es una guerra equilibrada. Es una guerra decidida desde el punto de vista militar.


Irán bajo presión: capacidad condicionada, no control real

El caso del estrecho de Ormuz ilustra con claridad la situación actual.

Irán ha demostrado que puede interferir el tráfico marítimo. Sin embargo, no puede sostener esa interferencia libremente. La apertura selectiva del paso a buques bajo presión militar directa revela una realidad incómoda: Teherán ya no controla plenamente el escenario, sino que actúa bajo amenaza.

No estamos ante un actor que domina su entorno estratégico, sino ante uno que administra riesgos para evitar una destrucción mayor.


Capacidad residual, no capacidad decisiva

Es importante precisar este punto para evitar confusiones.

Irán aún puede lanzar ataques puntuales, generar disrupciones temporales o afectar de forma limitada el entorno energético. Pero esa capacidad no es estratégica. No cambia el resultado de la guerra ni altera el balance de poder.

Más aún, cada intento de acción se enfrenta a una respuesta inmediata que incrementa el costo para el propio Irán.

En términos claros: Irán todavía puede responder, pero ya no puede decidir.


El objetivo real: degradación sostenida

No existe una declaración oficial definitiva sobre los objetivos políticos finales de esta guerra. Sin embargo, lo que sí es evidente —por los hechos sobre el terreno— es una estrategia sistemática de degradación.

Infraestructura energética, capacidades militares, redes de mando, ingresos económicos: todo está siendo atacado de forma sostenida.

El objetivo observable no es una victoria simbólica ni una represalia puntual. Es algo mucho más concreto: reducir de forma significativa la capacidad actual de Irán como actor militar relevante.

No hace falta especular sobre el futuro. Basta con observar el presente.


Una guerra ya decidida en el plano militar

Desde el punto de vista estrictamente militar, el resultado no está en duda.

Estados Unidos e Israel dominan el conflicto. Controlan la iniciativa, imponen las condiciones y mantienen la presión constante. Irán no dispone de herramientas para revertir esa situación.

Lo que queda por definir no es quién gana la guerra, sino hasta dónde llegará esa victoria y qué forma adoptará el escenario posterior.


Conclusión

Estamos ante una guerra que no se mide por territorios conquistados, sino por capacidades destruidas.

Irán no ha sido eliminado como Estado, pero está siendo degradado de forma progresiva como amenaza militar. Su margen de acción se reduce cada día, su capacidad de respuesta es cada vez más limitada y su influencia estratégica se encuentra bajo presión constante.

La realidad es clara:

No se trata de si Irán puede responder, sino de que ya no puede hacerlo en términos que cambien el resultado de la guerra.


THE WAR IRAN CANNOT WIN

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


The current conflict between the United States, Israel, and Iran does not follow the traditional models of warfare that have shaped strategic thinking for decades. This is not Vietnam, nor Iraq in 2003, nor Afghanistan. There is no massive ground invasion, nor a prolonged occupation. What we are witnessing is something different, more precise and more relentless: a war of strategic degradation at a distance.

In this type of war, the objective is not to seize territory. The objective is far more decisive: to destroy the adversary’s ability to remain a threat.


An asymmetry that defines the outcome

The difference in power between the parties is not a perception—it is a verifiable fact. The United States and Israel possess overwhelming air, technological, and logistical superiority. That superiority translates into full control over the pace of the conflict.

They decide when to strike, how to escalate, which targets to destroy, and when to impose conditions.

Iran, by contrast, lacks the capacity to reverse that dynamic. It cannot stop the air campaign, it cannot effectively protect its critical infrastructure, and it cannot shift the conflict into a domain where it can balance forces.

This is not an even war. It is a war decided at the military level.


Iran under pressure: conditioned capability, not real control

The case of the Strait of Hormuz clearly illustrates the current situation.

Iran has shown that it can interfere with maritime traffic. However, it cannot sustain that interference freely. The selective reopening of passage under direct military pressure reveals an uncomfortable reality: Tehran no longer fully controls the strategic environment, but instead operates under threat.

This is not an actor exercising sovereign dominance, but one managing risks to avoid greater destruction.


Residual capability, not decisive capability

This point must be clarified to avoid confusion.

Iran can still launch isolated attacks, generate temporary disruptions, or affect the energy environment in limited ways. But that capability is not strategic. It does not change the outcome of the war nor alter the balance of power.

Moreover, every attempt at action is met with immediate retaliation, increasing the cost for Iran itself.

In clear terms: Iran can still respond, but it can no longer decide.


The real objective: sustained degradation

There is no definitive public statement regarding the ultimate political goals of this war. However, what is evident—based on observable facts—is a systematic strategy of degradation.

Energy infrastructure, military capabilities, command networks, and economic resources are all being targeted continuously.

The observable objective is not symbolic victory nor limited retaliation. It is something far more concrete: to significantly reduce Iran’s current capacity as a relevant military actor.

There is no need to speculate about the future. The present is sufficient.


A war already decided at the military level

From a strictly military standpoint, the outcome is not in doubt.

The United States and Israel dominate the conflict. They control the initiative, impose conditions, and maintain constant pressure. Iran does not possess the tools to reverse this situation.

What remains to be determined is not who wins the war, but how far that victory will go and what form the post-conflict reality will take.


Conclusion

This is a war measured not by territory conquered, but by capabilities destroyed.

Iran has not been eliminated as a state, but it is being progressively degraded as a military threat. Its room for maneuver shrinks daily, its capacity to respond is increasingly limited, and its strategic influence is under constant pressure.

The reality is clear:

This is no longer about whether Iran can respond, but about the fact that it can no longer do so in ways that change the outcome of the war.



Leer más

CÓMO LA DICTADURA IRANÍ SE DERROTÓ A SÍ MISMA Y LE ENTREGÓ A TRUMP UNA VICTORIA INESPERADA

 



Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La guerra entre la dictadura iraní y Estados Unidos e Israel no se ha definido únicamente en el campo militar. Se ha definido, sobre todo, en el terreno de las decisiones.

Y en ese terreno, el régimen iraní cometió un error tras otro.

Errores que no solo debilitaron su posición, sino que terminaron produciendo un resultado que nadie anticipaba: una victoria política para Donald Trump que ni siquiera estaba en sus cálculos iniciales.

Porque esta no es la historia de una derrota por falta de fuerza.

Es la historia de una derrota por errores.


El primer error: confundir resistencia con victoria

El régimen iraní creyó que podía resistir indefinidamente a Estados Unidos.

Pensó que mantenerse en el poder, sin colapsar, ya era una forma de victoria.

Ese cálculo era equivocado.

Estados Unidos no necesitaba invadir el país para ganar. Le bastaba con degradar, paso a paso, la capacidad militar del régimen.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

La dictadura iraní no desapareció. Pero salió debilitada.

Y en una guerra de este tipo, debilitarse no es resistir. Es empezar a perder.


El segundo error: atacar a quienes no debía

Lejos de corregir su posición, el régimen decidió escalar el conflicto.

Atacó a países árabes vecinos. Golpeó infraestructura civil y energética.

Creyó que así impondría miedo y dividiría a sus adversarios.

Pero logró lo contrario.

Los países del Golfo cerraron filas. Se acercaron aún más a Estados Unidos. Y reforzaron su coordinación militar.

Al mismo tiempo, el régimen apostó por sus aliados: los hutíes y Hezbolá.

Pero esos actores, útiles en conflictos limitados, no podían cambiar el curso de una confrontación directa contra Estados Unidos e Israel.

El resultado fue claro: la dictadura iraní dejó de proyectar poder y empezó a mostrar sus límites.


El tercer error: convertir el petróleo en un arma

Aquí es donde el error se vuelve decisivo.

El régimen decidió bloquear el flujo de petróleo por el Golfo Pérsico.

Una decisión que revela no fuerza, sino desesperación.

Porque ese paso no afecta solo a Estados Unidos. Afecta al mundo entero.

Europa, Asia, los países árabes, las cadenas de suministro globales.

El régimen creyó que estaba aumentando su capacidad de presión.

En realidad, estaba cometiendo su mayor error.

Transformó un conflicto regional en una crisis global.

Y al hacerlo, se enfrentó no a un adversario, sino al sistema económico internacional.


El error de Estados Unidos que abrió la puerta

Estados Unidos también cometió un error.

Diseñó una guerra para destruir la capacidad ofensiva de la dictadura iraní.

Pero no incorporó en su cálculo una posibilidad clave: que el régimen, aun debilitado, intentaría bloquear el flujo de petróleo.

Ese vacío estratégico permitió la escalada.

Pero esa escalada no fortaleció al régimen iraní.

Lo empujó a su peor decisión.


El resultado: aislamiento total

La consecuencia fue inevitable.

El régimen atacó a demasiados actores, afectó intereses globales y perdió cualquier margen de legitimidad.

Se quedó solo.

Y en geopolítica, quedarse solo es perder.

Porque el control del Golfo Pérsico no puede sostenerse contra el mundo.


La victoria que no vio venir

En su intento de resistir, escalar y presionar, la dictadura iraní terminó creando las condiciones para lo contrario.

Le dio a Estados Unidos —y a Trump— el espacio político perfecto.

Ahora Washington puede presentarse como garante del comercio global, defensor del suministro energético y líder necesario ante una crisis internacional.

Y lo más importante: con legitimidad.


La dictadura iraní no fue derrotada en un solo momento.

Fue debilitándose con cada decisión equivocada.

Primero, al creer que resistir era ganar.
Luego, al ampliar el conflicto innecesariamente.
Y finalmente, al usar el petróleo como instrumento de presión global.

Cada paso fue peor que el anterior.

Hasta llegar al punto en que su última jugada se convirtió en su mayor error.

La dictadura iraní no perdió por falta de fuerza.

Perdió porque eligió mal.

Y en esa cadena de errores, terminó construyendo, por sí misma, una victoria política para su adversario.


HOW THE IRANIAN DICTATORSHIP DEFEATED ITSELF AND HANDED TRUMP AN UNEXPECTED VICTORY

By Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

The war between the Iranian dictatorship and the United States and Israel has not been defined solely on the battlefield. It has been defined, above all, by decisions.

And in that arena, the Iranian regime made one mistake after another.

Mistakes that not only weakened its position, but ultimately produced an outcome no one anticipated: a political victory for Donald Trump that was not even part of his original calculations.

Because this is not a story of defeat due to lack of strength.

It is a story of defeat caused by errors.


The first mistake: confusing survival with victory

The Iranian regime believed it could resist the United States indefinitely.

It assumed that simply staying in power, without collapsing, was already a form of victory.

That calculation was wrong.

The United States did not need to invade the country to win. It only needed to gradually degrade the regime’s military capacity.

And that is exactly what happened.

The Iranian dictatorship did not disappear. But it was significantly weakened.

And in this kind of war, weakening is not surviving. It is the beginning of defeat.


The second mistake: attacking the wrong targets

Instead of correcting its position, the regime escalated the conflict.

It attacked neighboring Arab countries and struck civilian and energy infrastructure.

It believed this would intimidate and divide its adversaries.

It achieved the opposite.

Gulf countries closed ranks, moved closer to the United States, and strengthened military coordination.

At the same time, the regime relied on its proxies: the Houthis and Hezbollah.

But these actors, effective in limited conflicts, could not alter the course of a direct confrontation with the United States and Israel.

The result was clear: the Iranian dictatorship stopped projecting power and began exposing its limits.


The third mistake: turning oil into a weapon

This is where the decisive mistake occurs.

The regime chose to block the flow of oil through the Persian Gulf.

A decision that reflects not strength, but desperation.

Because this does not affect only the United States. It affects the entire world.

Europe, Asia, Arab countries, global supply chains.

The regime believed it was increasing its leverage.

In reality, it was committing its greatest mistake.

It turned a regional conflict into a global crisis.

And in doing so, it confronted not just an adversary, but the entire international economic system.


The U.S. mistake that opened the door

The United States also made a miscalculation.

It designed a war aimed at destroying the offensive capacity of the Iranian dictatorship.

But it failed to account for a key possibility: that even weakened, the regime would attempt to block oil flows.

That strategic gap allowed escalation.

But that escalation did not strengthen Iran.

It pushed the regime into its worst decision.


The result: total isolation

The outcome was inevitable.

The regime attacked too many actors, affected global interests, and lost any remaining legitimacy.

It stood alone.

And in geopolitics, standing alone is losing.

Because control of the Persian Gulf cannot be sustained against the world.


The victory it never saw coming

In its attempt to resist, escalate, and pressure, the Iranian dictatorship created the opposite outcome.

It gave the United States—and Trump—the perfect political space.

Washington can now present itself as the guarantor of global trade, the defender of energy supply, and the necessary leader in a global crisis.

And most importantly: with legitimacy.


The Iranian dictatorship was not defeated in a single moment.

It was weakened by every wrong decision.

First, by believing survival meant victory.
Then, by unnecessarily expanding the conflict.
And finally, by using oil as a global pressure tool.

Each step was worse than the last.

Until its final move became its greatest mistake.

The Iranian dictatorship did not lose for lack of strength.

It lost because it chose poorly.

And in that chain of errors, it ultimately built, by itself, a political victory for its adversary.

Leer más

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com