Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica.
Fuente Patria Pueblo y Libertad
La visita pública del director de la CIA, John
Ratcliffe, a La Habana no parece un gesto diplomático rutinario ni una simple
reunión técnica sobre seguridad. Ocurre en medio de la peor crisis energética
cubana en décadas, bajo una nueva ola de sanciones estadounidenses, y después
de una secuencia de señales políticas que apuntan todas en la misma dirección:
Washington considera que la situación cubana ha entrado en una fase crítica. Radcliffe no llegó a La Habana a negociar, llego a dar un ultimátum.
Nadie fuera de un pequeño círculo conoce el
contenido exacto de las conversaciones sostenidas en La Habana. Pero las
señales públicas acumuladas permiten construir una conclusión razonable:
Ratcliffe llegó con un mensaje claro de Donald Trump y Marco Rubio. Y ese
mensaje parece ser que el tiempo político, económico y social del actual modelo
cubano se está agotando rápidamente.
Durante meses, Marco Rubio ha endurecido el
lenguaje oficial hacia Cuba. Ha declarado públicamente que Estados Unidos no
puede aceptar a 90 millas de su territorio un régimen asociado con enemigos
estratégicos de Washington. Paralelamente, sectores del Pentágono han comenzado
a tratar abiertamente a Cuba como un problema de seguridad nacional y no
únicamente como un asunto ideológico o humanitario.
La presión no ha sido solo verbal. Las nuevas
sanciones estadounidenses apuntan directamente al núcleo económico y militar
del sistema cubano, especialmente a las estructuras controladas por GAESA. Al
mismo tiempo, bancos, empresas y gobiernos extranjeros observan con creciente
cautela cualquier operación económica vinculada con La Habana.
En medio de ese escenario ocurrió otro hecho
llamativo: la conversación entre Lula da Silva y Donald Trump. Oficialmente
casi no hubo detalles públicos. Pero Lula sí mencionó un tema
extraordinariamente sensible: afirmó que Trump le había dicho que no iba a
invadir Cuba. Y agregó algo igualmente significativo: “Eso fue lo que me dijo
la traductora”.
Ese detalle parece menor, pero no lo es.
Ningún presidente latinoamericano introduce espontáneamente el tema de una
invasión a Cuba si el asunto no fue tratado explícitamente durante la
conversación. La frase de Lula pareció funcionar como un mensaje político
cuidadosamente transmitido: Washington quería presión máxima, pero no deseaba
que La Habana interpretara que enfrentaba una invasión inmediata.
Esa aclaración pudo haber sido decisiva.
Porque ningún gobierno negocia racionalmente si cree que está a horas de una
operación militar. Lula pudo haber actuado como canal preliminar para reducir
tensiones y abrir espacio a conversaciones más directas entre Washington y la
cúpula cubana.
Poco después apareció Ratcliffe en La Habana.
Y no llegó discretamente. Llegó en un avión
militar estadounidense procedente de una base militar en Florida. Fue recibido
al más alto nivel por el aparato de seguridad cubano. Y el propio régimen
permitió que la visita se hiciera pública.
Eso es extraordinario.
La CIA normalmente trabaja en silencio. Cuando
una visita de este nivel se expone públicamente, es porque ambas partes quieren
enviar mensajes. Washington quería demostrar que tiene acceso directo al núcleo
de poder cubano. La Habana quería demostrar que todavía mantiene interlocución
con Estados Unidos y que la situación no está fuera de control.
Pero el contexto económico hace que todo esto
adquiera un significado mucho más profundo.
Un ministro cubano reconoció públicamente hace
pocos días: “Nos quedamos sin petróleo”.
En un sistema altamente controlado como el
cubano, una declaración así no es accidental. Los regímenes autoritarios no
admiten públicamente debilidades críticas si no existe una necesidad política
detrás. El mensaje parece dirigido simultáneamente: a la población, a las
estructuras internas del poder, y a actores internacionales.
Porque el petróleo en Cuba no es solo
combustible. Es electricidad, transporte, distribución de alimentos,
funcionamiento institucional y control social. Cuando un régimen empieza a
quedarse sin energía, empieza también a quedarse sin tiempo.
Y aquí aparece uno de los elementos más
importantes de toda esta secuencia.
Marco Rubio declaró públicamente que quienes
hoy gobiernan Cuba no tienen capacidad para producir los cambios que necesita
el país. Esa afirmación modifica completamente el sentido de la política
estadounidense actual. Implica que Washington ya no cree en una reforma gradual
administrada por la actual estructura de poder.
La discusión parece haber cambiado.
Ya no se trata de cuáles son las condiciones
de Washington. Las condiciones llevan meses siendo expuestas públicamente:
alejamiento de actores hostiles a Estados
Unidos,
transformaciones políticas reales,
reducción del control militar sobre la
economía,
apertura institucional,
y reorganización del poder.
Tampoco parece tratarse de una negociación
abierta sobre si habrá cambios o no.
Todo indica que Ratcliffe no viajó a La Habana
para preguntar qué desea hacer el régimen cubano. La visita parece haber tenido
otro propósito: comunicar directamente que las condiciones ya fueron definidas
por Donald Trump y Marco Rubio y que el tiempo para aceptarlas podría estar
reduciéndose rápidamente.
La verdadera discusión parece ser ahora: cómo
se implementarán esos cambios, quién los administrará,y cuánto margen queda
antes de que la situación se vuelva incontrolable.
Y Washington ya tiene las respuestas a esas
consideraciones.
Y aquí la experiencia venezolana resulta
fundamental.
La experiencia venezolana resulta clave para
entender el significado político de la presencia de Ratcliffe en La Habana. En
Venezuela, Trump, Rubio y Ratcliffe ya dejaron claro que Washington no
pretendía limitarse a observar una transición desde la distancia. La política
pública anunciada allí habló abiertamente de estabilización, supervisión y
control del proceso para evitar caos, violencia o colapso institucional.
Trump incluso declaró públicamente,
refiriéndose a Venezuela:
“We are
going to run the country until such time as we can do a safe, proper and
judicious transition.”
Rubio habló después de fases de estabilización
y recuperación bajo supervisión estadounidense. Y Ratcliffe formó parte visible
de ese núcleo estratégico.
Por eso su presencia en La Habana tiene un
enorme significado político.
Washington probablemente llegó a una
conclusión simple: permitir que el deterioro cubano siga avanzando sin control
puede conducir al caos, violencia, corrupción interna, fracturas dentro del
aparato estatal o una explosión social imposible de manejar.
Y existe además otro factor decisivo: Florida.
El exilio cubano tiene un peso político enorme
dentro del Partido Republicano y en la política estadounidense en general. Una
masacre televisada en Cuba tendría consecuencias políticas inmediatas para
cualquier administración estadounidense, especialmente para Trump y Rubio.
Washington probablemente no quiere una
intervención militar abierta. Pero tampoco parece dispuesto a tolerar
indefinidamente un deterioro que termine en colapso violento a 90 millas de sus
costas.
Por eso la visita de Ratcliffe puede
interpretarse como algo mucho más serio que una misión diplomática
convencional.
La presencia pública del director de la CIA en
La Habana parece indicar que Washington considera que el tiempo de los mensajes
indirectos ya terminó.
Ratcliffe no parece haber llegado para abrir
conversaciones abstractas sobre el futuro de Cuba. Las condiciones ya fueron
anunciadas públicamente. Las sanciones ya están golpeando al núcleo económico
del sistema. El aislamiento internacional aumenta. Incluso gobiernos
tradicionalmente cercanos a La Habana muestran crecientes límites para seguir
sosteniendo económicamente al régimen.
La visita parece haber tenido un objetivo
mucho más concreto:
hablar de tiempos, implementación,
estabilidad, riesgos y consecuencias.
Tal vez nunca sepamos exactamente qué se dijo
dentro de esas reuniones. Pero las señales públicas acumuladas apuntan hacia
una conclusión difícil de ignorar:
Washington parece actuar bajo la premisa de
que el actual modelo cubano ha entrado en una fase irreversible de agotamiento.
La visita de Ratcliffe a La Habana pudo haber
sido el momento en que Washington dejó claro a la cúpula cubana que el debate
ya no gira alrededor de si habrá cambios, sino alrededor de quién los
ejecutará, bajo qué condiciones y cuánto tiempo queda para evitar que los
acontecimientos se salgan completamente de control.