LA FLOTA RUSA DEL MAR NEGRO SE QUEDA SIN REFUGIO


Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

El 12 de agosto de 2026, Ucrania lanzó uno de sus mayores ataques contra la base naval rusa de Novorossiysk, en la región de Krasnodar, a más de 300 kilómetros del frente. La operación combinó drones aéreos y navales con misiles de largo alcance y golpeó buques de guerra, posiciones de defensa aérea e infraestructura portuaria.

 

Según el Estado Mayor ucraniano, cuatro buques de guerra rusos sufrieron daños de distinto grado: las fragatas Admiral Makarov y Admiral Essen, un buque lanzamisiles de la clase Buyan-M y el patrullero Vasily Bykov. El alcance definitivo de esos daños todavía debe ser confirmado independientemente.

 

El presidente Volodymyr Zelensky afirmó que se utilizó una combinación de drones a reacción Palianytsia, misiles Neptune y drones navales. Imágenes satelitales analizadas por Exilenova+ muestran daños en distintos puntos de las instalaciones y cerca de los sistemas de lanzamiento vertical de las fragatas, además de posibles afectaciones a un dragaminas, un buque de investigación y un petrolero.

 

El ataque dejó tres muertos, entre ellos una niña de ocho años, y 24 heridos. Novorossiysk declaró el estado de emergencia y dos importantes terminales graneleras suspendieron temporalmente sus operaciones.

 

Pero la verdadera importancia del ataque se comprende cuando se observa lo que ha ocurrido con la Flota rusa del Mar Negro desde el comienzo de la guerra.

 

DE SEBASTOPOL A NOVOROSSIYSK

 

Sebastopol es una ciudad portuaria situada en Crimea, la península ucraniana ocupada y anexada ilegalmente por Rusia en 2014. Durante décadas ha sido la principal base de la Flota rusa del Mar Negro y uno de los centros fundamentales del poder naval de Moscú en la región. Incluso antes de la anexión, Rusia mantenía allí su flota mediante acuerdos con Ucrania.

 

Después de la invasión a gran escala de febrero de 2022, Ucrania comenzó a atacar sistemáticamente buques, submarinos, astilleros, radares, sistemas de defensa aérea y otras instalaciones militares rusas en Crimea.

 

Esos ataques cambiaron progresivamente el equilibrio naval.

 

La presión ucraniana llegó a tal punto que Rusia tuvo que dispersar y trasladar una parte importante de sus principales unidades navales desde Sebastopol hacia Novorossiysk, situado cientos de kilómetros más al este, en la costa rusa del Mar Negro.

 

Novorossiysk debía proporcionar lo que Sebastopol había dejado de ofrecer: distancia y seguridad.

 

El ataque del 12 de agosto demuestra que esa distancia ya no garantiza la seguridad de la flota.

 

Ucrania no se limitó a atacar varios buques rusos. Golpeó el puerto al que Rusia había trasladado parte de su flota precisamente para protegerla de los ataques ucranianos.

 

Y lo consiguió sin disponer de una gran flota convencional comparable a la rusa.

 

En lugar de enfrentarse barco contra barco, Ucrania ha desarrollado una estrategia basada en misiles de precisión, drones aéreos, embarcaciones navales no tripuladas e inteligencia. Esa combinación ha permitido atacar buques e instalaciones a distancias cada vez mayores.

 

El resultado tiene una importancia militar considerable: un país sin una poderosa flota convencional ha obligado a una potencia naval muy superior a retirar y dispersar parte de sus buques en el Mar Negro.

 

UN PUERTO VITAL PARA RUSIA

 

Novorossiysk no es solamente una base naval. Es también uno de los principales centros de exportación rusos y una infraestructura fundamental para el transporte de cereales, petróleo y otras mercancías hacia los mercados internacionales.

 

Rusia es el mayor exportador mundial de trigo, y una parte considerable de esas exportaciones sale a través de los puertos rusos del Mar Negro. Por eso, cualquier interrupción prolongada de las operaciones en Novorossiysk puede tener consecuencias económicas que trascienden la guerra.

 

Tras el ataque, dos importantes terminales graneleras suspendieron temporalmente sus operaciones, poniendo de manifiesto la vulnerabilidad de un puerto que cumple simultáneamente una función militar y económica.

 

Ahí reside otra de las consecuencias de la operación ucraniana: Novorossiysk concentra dos intereses estratégicos rusos en un mismo lugar. Alberga una parte importante del poder naval que Rusia trasladó desde Crimea y, al mismo tiempo, constituye una de sus grandes puertas de salida hacia los mercados internacionales.

 

UNA GUERRA QUE CAMBIÓ EL MAR NEGRO

 

Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en 2022, poseía una superioridad naval abrumadora. Su Flota del Mar Negro podía bloquear puertos ucranianos, lanzar misiles contra el territorio de Ucrania y operar con una libertad que Kiev no podía desafiar mediante una flota convencional.

 

Cuatro años después, la situación es muy diferente.

 

Ucrania ha hundido o dañado buques, golpeado instalaciones militares en Crimea y desarrollado drones navales capaces de recorrer grandes distancias. Al mismo tiempo, ha aumentado progresivamente el alcance y la precisión de sus sistemas de ataque.

 

Cada nueva capacidad ha reducido el espacio del Mar Negro en el que los buques rusos pueden considerarse seguros.

 

Primero fue Sebastopol.

 

Rusia respondió trasladando parte de su flota hacia Novorossiysk.

 

Ahora Ucrania ha demostrado que también puede llegar allí.

 

¿DÓNDE PUEDE PROTEGER RUSIA SU FLOTA?

 

 


THE RUSSIAN BLACK SEA FLEET IS RUNNING OUT OF SAFE HAVENS

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

On August 12, 2026, Ukraine launched one of its largest attacks against the Russian naval base at Novorossiysk, in the Krasnodar region, more than 300 kilometers from the front. The operation combined aerial and naval drones with long-range missiles and struck warships, air-defense positions, and port infrastructure.

 

According to the Ukrainian General Staff, four Russian warships sustained varying degrees of damage: the frigates Admiral Makarov and Admiral Essen, a Buyan-M-class missile ship, and the patrol ship Vasily Bykov. The full extent of the damage has yet to be independently confirmed.

 

President Volodymyr Zelensky said that the operation employed a combination of Palianytsia jet-powered drones, Neptune missiles, and naval drones. Satellite imagery analyzed by Exilenova+ shows damage at several points within the facilities and near the frigates’ vertical launch systems, as well as possible damage to a minesweeper, a research vessel, and an oil tanker.

 

The attack left three people dead, including an eight-year-old girl, and 24 wounded. Novorossiysk declared a state of emergency, and two major bulk terminals temporarily suspended operations.

 

But the true significance of the attack becomes clear when we consider what has happened to Russia’s Black Sea Fleet since the beginning of the war.

 

FROM SEVASTOPOL TO NOVOROSSIYSK

Sevastopol is a port city in Crimea, the Ukrainian peninsula occupied and illegally annexed by Russia in 2014. For decades, it has been the principal base of Russia’s Black Sea Fleet and one of the main centers of Moscow’s naval power in the region. Even before the annexation, Russia maintained its fleet there under agreements with Ukraine.

 

Following the full-scale invasion in February 2022, Ukraine began systematically attacking ships, submarines, shipyards, radars, air-defense systems, and other Russian military facilities in Crimea.

 

Those attacks progressively changed the naval balance.

 

Ukrainian pressure reached the point where Russia was forced to disperse and relocate a significant portion of its major naval units from Sevastopol to Novorossiysk, hundreds of kilometers farther east on Russia’s Black Sea coast.

 

Novorossiysk was supposed to provide what Sevastopol could no longer offer: distance and security.

 

The August 12 attack demonstrates that distance no longer guarantees the fleet’s safety.

 

Ukraine did not simply attack several Russian warships. It struck the port to which Russia had moved part of its fleet precisely to protect it from Ukrainian attacks.

 

And Ukraine accomplished this without possessing a large conventional fleet comparable to Russia’s.

 

Rather than confronting Russia ship for ship, Ukraine has developed a strategy based on precision missiles, aerial drones, unmanned naval vessels, and intelligence. That combination has made it possible to strike ships and installations at increasingly greater distances.

 

The result is militarily significant: a country without a powerful conventional navy has forced a far superior naval power to withdraw and disperse part of its fleet in the Black Sea.

 

A VITAL PORT FOR RUSSIA

Novorossiysk is not merely a naval base. It is also one of Russia’s principal export hubs and a critical piece of infrastructure for transporting grain, oil, and other commodities to international markets.

 

Russia is the world’s largest wheat exporter, and a considerable share of those exports passes through Russian Black Sea ports. Any prolonged disruption of operations at Novorossiysk could therefore have economic consequences extending far beyond the war.

 

Following the attack, two major bulk terminals temporarily suspended operations, highlighting the vulnerability of a port that simultaneously serves military and economic functions.

 

This points to another consequence of the Ukrainian operation: Novorossiysk concentrates two Russian strategic interests in the same location. It hosts an important part of the naval power Russia transferred from Crimea while also serving as one of the country’s major gateways to international markets.

 

A WAR THAT CHANGED THE BLACK SEA

When Russia launched its full-scale invasion in 2022, it possessed overwhelming naval superiority. Its Black Sea Fleet could blockade Ukrainian ports, launch missiles against Ukrainian territory, and operate with a degree of freedom that Kyiv could not challenge with a conventional fleet.

 

Four years later, the situation is very different.

 

Ukraine has sunk or damaged ships, struck military installations in Crimea, and developed naval drones capable of traveling long distances. At the same time, it has progressively increased the range and precision of its strike systems.

 

Each new capability has reduced the area of the Black Sea in which Russian warships can consider themselves safe.

 

First it was Sevastopol.

 

Russia responded by moving part of its fleet to Novorossiysk.

 

Now Ukraine has demonstrated that it can reach them there as well.

 

WHERE CAN RUSSIA PROTECT ITS FLEET?

 

 

LA FLOTTE RUSSE DE LA MER NOIRE SE RETROUVE SANS REFUGE

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Le 12 août 2026, l’Ukraine a lancé l’une de ses plus importantes attaques contre la base navale russe de Novorossiysk, dans la région de Krasnodar, à plus de 300 kilomètres du front. L’opération a combiné des drones aériens et navals avec des missiles à longue portée et a frappé des navires de guerre, des positions de défense antiaérienne et des infrastructures portuaires.

 

Selon l’état-major ukrainien, quatre navires de guerre russes ont subi des dommages d’ampleur variable : les frégates Admiral Makarov et Admiral Essen, un navire lance-missiles de la classe Buyan-M et le patrouilleur Vasily Bykov. L’étendue définitive de ces dommages doit encore être confirmée de manière indépendante.

 

Le président Volodymyr Zelensky a affirmé que l’opération avait employé une combinaison de drones à réaction Palianytsia, de missiles Neptune et de drones navals. Des images satellites analysées par Exilenova+ montrent des dommages en différents points des installations et à proximité des systèmes de lancement vertical des frégates, ainsi que de possibles dégâts sur un dragueur de mines, un navire de recherche et un pétrolier.

 

L’attaque a fait trois morts, dont une fillette de huit ans, et 24 blessés. Novorossiysk a déclaré l’état d’urgence et deux importantes installations portuaires de vrac ont temporairement suspendu leurs opérations.

 

Mais la véritable importance de cette attaque apparaît lorsqu’on examine ce qui est arrivé à la flotte russe de la mer Noire depuis le début de la guerre.

 

DE SÉBASTOPOL À NOVOROSSIYSK

Sébastopol est une ville portuaire située en Crimée, péninsule ukrainienne occupée et illégalement annexée par la Russie en 2014. Pendant des décennies, elle a constitué la principale base de la flotte russe de la mer Noire et l’un des centres fondamentaux de la puissance navale de Moscou dans la région. Même avant l’annexion, la Russie y maintenait sa flotte dans le cadre d’accords conclus avec l’Ukraine.

 

Après l’invasion à grande échelle de février 2022, l’Ukraine a commencé à attaquer systématiquement des navires, des sous-marins, des chantiers navals, des radars, des systèmes de défense antiaérienne et d’autres installations militaires russes en Crimée.

 

Ces attaques ont progressivement modifié l’équilibre naval.

 

La pression ukrainienne a atteint un niveau tel que la Russie a dû disperser et transférer une partie importante de ses principales unités navales de Sébastopol vers Novorossiysk, située plusieurs centaines de kilomètres plus à l’est, sur la côte russe de la mer Noire.

 

Novorossiysk devait offrir ce que Sébastopol ne pouvait plus garantir : la distance et la sécurité.

 

L’attaque du 12 août démontre que cette distance ne garantit plus la sécurité de la flotte.

 

L’Ukraine ne s’est pas contentée d’attaquer plusieurs navires russes. Elle a frappé le port vers lequel la Russie avait transféré une partie de sa flotte précisément pour la protéger des attaques ukrainiennes.

 

Et elle y est parvenue sans disposer d’une grande flotte conventionnelle comparable à celle de la Russie.

 

Au lieu d’affronter la Russie navire contre navire, l’Ukraine a développé une stratégie fondée sur des missiles de précision, des drones aériens, des embarcations navales sans équipage et le renseignement. Cette combinaison lui a permis de frapper des navires et des installations à des distances toujours plus importantes.

 

Le résultat est considérable sur le plan militaire : un pays dépourvu d’une puissante marine conventionnelle a contraint une puissance navale très supérieure à retirer et à disperser une partie de ses navires en mer Noire.

 

UN PORT VITAL POUR LA RUSSIE

Novorossiysk n’est pas seulement une base navale. C’est également l’un des principaux centres d’exportation russes et une infrastructure essentielle pour le transport de céréales, de pétrole et d’autres marchandises vers les marchés internationaux.

 

La Russie est le premier exportateur mondial de blé, et une part considérable de ces exportations transite par les ports russes de la mer Noire. Toute interruption prolongée des opérations à Novorossiysk pourrait donc avoir des conséquences économiques dépassant largement le cadre de la guerre.

 

Après l’attaque, deux importantes installations de vrac ont temporairement suspendu leurs opérations, mettant en évidence la vulnérabilité d’un port qui remplit simultanément des fonctions militaires et économiques.

 

C’est là une autre conséquence de l’opération ukrainienne : Novorossiysk concentre en un même lieu deux intérêts stratégiques russes. Le port abrite une partie importante de la puissance navale transférée par la Russie depuis la Crimée et constitue en même temps l’une de ses principales portes d’accès aux marchés internationaux.

 

UNE GUERRE QUI A CHANGÉ LA MER NOIRE

Lorsque la Russie a lancé son invasion à grande échelle en 2022, elle disposait d’une supériorité navale écrasante. Sa flotte de la mer Noire pouvait bloquer les ports ukrainiens, lancer des missiles contre le territoire ukrainien et opérer avec une liberté que Kyiv ne pouvait contester avec une flotte conventionnelle.

 

Quatre ans plus tard, la situation est très différente.

 

L’Ukraine a coulé ou endommagé des navires, frappé des installations militaires en Crimée et développé des drones navals capables de parcourir de grandes distances. Parallèlement, elle a progressivement accru la portée et la précision de ses systèmes d’attaque.

 

Chaque nouvelle capacité a réduit l’espace de la mer Noire dans lequel les navires russes peuvent se considérer en sécurité.

 

D’abord, ce fut Sébastopol.

 

La Russie a réagi en transférant une partie de sa flotte vers Novorossiysk.

 

Aujourd’hui, l’Ukraine a démontré qu’elle pouvait également l’atteindre là-bas.

 

OÙ LA RUSSIE PEUT-ELLE PROTÉGER SA FLOTTE ?

ITALIANO

  

LA FLOTTA RUSSA DEL MAR NERO RIMANE SENZA RIFUGIO

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Il 12 agosto 2026, l’Ucraina ha lanciato uno dei suoi più grandi attacchi contro la base navale russa di Novorossiysk, nella regione di Krasnodar, a oltre 300 chilometri dal fronte. L’operazione ha combinato droni aerei e navali con missili a lungo raggio, colpendo navi da guerra, postazioni della difesa aerea e infrastrutture portuali.

 

Secondo lo Stato Maggiore ucraino, quattro navi da guerra russe hanno subito danni di diversa entità: le fregate Admiral Makarov e Admiral Essen, una nave lanciamissili della classe Buyan-M e il pattugliatore Vasily Bykov. L’entità definitiva dei danni deve ancora essere confermata in modo indipendente.

 

Il presidente Volodymyr Zelensky ha affermato che nell’operazione è stata utilizzata una combinazione di droni a reazione Palianytsia, missili Neptune e droni navali. Immagini satellitari analizzate da Exilenova+ mostrano danni in diversi punti delle installazioni e nei pressi dei sistemi di lancio verticale delle fregate, oltre a possibili danni a un dragamine, una nave da ricerca e una petroliera.

 

L’attacco ha provocato tre morti, tra cui una bambina di otto anni, e 24 feriti. Novorossiysk ha dichiarato lo stato di emergenza e due importanti terminal per merci alla rinfusa hanno temporaneamente sospeso le operazioni.

 

Ma la vera importanza dell’attacco si comprende osservando ciò che è accaduto alla Flotta russa del Mar Nero dall’inizio della guerra.

 

DA SEBASTOPOLI A NOVOROSSIYSK

Sebastopoli è una città portuale situata in Crimea, la penisola ucraina occupata e illegalmente annessa dalla Russia nel 2014. Per decenni è stata la principale base della Flotta russa del Mar Nero e uno dei centri fondamentali della potenza navale di Mosca nella regione. Anche prima dell’annessione, la Russia manteneva lì la propria flotta in base ad accordi con l’Ucraina.

 

Dopo l’invasione su vasta scala del febbraio 2022, l’Ucraina ha iniziato ad attaccare sistematicamente navi, sottomarini, cantieri navali, radar, sistemi di difesa aerea e altre installazioni militari russe in Crimea.

 

Questi attacchi hanno progressivamente modificato l’equilibrio navale.

 

La pressione ucraina è arrivata al punto che la Russia è stata costretta a disperdere e trasferire una parte importante delle sue principali unità navali da Sebastopoli a Novorossiysk, situata centinaia di chilometri più a est, sulla costa russa del Mar Nero.

 

Novorossiysk avrebbe dovuto offrire ciò che Sebastopoli non poteva più garantire: distanza e sicurezza.

 

L’attacco del 12 agosto dimostra che quella distanza non garantisce più la sicurezza della flotta.

 

L’Ucraina non si è limitata ad attaccare diverse navi russe. Ha colpito il porto verso il quale la Russia aveva trasferito parte della propria flotta proprio per proteggerla dagli attacchi ucraini.

 

E ci è riuscita senza disporre di una grande flotta convenzionale paragonabile a quella russa.

 

Invece di affrontare la Russia nave contro nave, l’Ucraina ha sviluppato una strategia basata su missili di precisione, droni aerei, imbarcazioni navali senza equipaggio e intelligence. Questa combinazione ha permesso di colpire navi e installazioni a distanze sempre maggiori.

 

Il risultato ha una notevole importanza militare: un paese privo di una potente marina convenzionale ha costretto una potenza navale nettamente superiore a ritirare e disperdere parte delle proprie navi nel Mar Nero.

 

UN PORTO VITALE PER LA RUSSIA

Novorossiysk non è soltanto una base navale. È anche uno dei principali centri russi per le esportazioni e un’infrastruttura fondamentale per il trasporto di cereali, petrolio e altre merci verso i mercati internazionali.

 

La Russia è il maggiore esportatore mondiale di grano e una parte considerevole di queste esportazioni passa attraverso i porti russi del Mar Nero. Qualsiasi interruzione prolungata delle operazioni a Novorossiysk potrebbe quindi avere conseguenze economiche che vanno ben oltre la guerra.

 

Dopo l’attacco, due importanti terminal per merci alla rinfusa hanno temporaneamente sospeso le operazioni, mettendo in evidenza la vulnerabilità di un porto che svolge contemporaneamente funzioni militari ed economiche.

 

Qui risiede un’altra conseguenza dell’operazione ucraina: Novorossiysk concentra nello stesso luogo due interessi strategici russi. Ospita una parte importante della potenza navale trasferita dalla Russia dalla Crimea e, allo stesso tempo, costituisce una delle principali porte del paese verso i mercati internazionali.

 

UNA GUERRA CHE HA CAMBIATO IL MAR NERO

Quando la Russia lanciò la sua invasione su vasta scala nel 2022, disponeva di una schiacciante superiorità navale. La sua Flotta del Mar Nero poteva bloccare i porti ucraini, lanciare missili contro il territorio dell’Ucraina e operare con una libertà che Kyiv non poteva contrastare con una flotta convenzionale.

 

Quattro anni dopo, la situazione è molto diversa.

 

L’Ucraina ha affondato o danneggiato navi, colpito installazioni militari in Crimea e sviluppato droni navali capaci di percorrere grandi distanze. Allo stesso tempo, ha progressivamente aumentato la portata e la precisione dei propri sistemi d’attacco.

 

Ogni nuova capacità ha ridotto lo spazio del Mar Nero nel quale le navi russe possono considerarsi al sicuro.

 

Prima è stata Sebastopoli.

 

La Russia ha risposto trasferendo parte della propria flotta verso Novorossiysk.

 

Ora l’Ucraina ha dimostrato di poter arrivare anche lì.

 

DOVE PUÒ LA RUSSIA PROTEGGERE LA SUA FLOTTA?


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Cuando las armas hablan más fuerte que la diplomacia: el poder de veto de los radicales

 

Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica 

 

En medio de la crisis del estrecho de Ormuz, un patrón se repite con una claridad inquietante: mientras los diplomáticos iraníes negocian con Omán una salida a la crisis, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) sostiene el bloqueo, ataca petroleros y condiciona cualquier acuerdo a un ultimátum que Washington difícilmente aceptará. La pregunta de fondo trasciende a Irán: en momentos de crisis y vacío de poder, ¿terminan siempre imponiéndose quienes controlan las armas por sobre quienes negocian?

 

El mecanismo detrás del patrón

La lógica tiene una base estructural simple. Quien controla la fuerza armada no necesita ganar el debate político para imponer su voluntad: le basta con crear hechos consumados. En Irán, el IRGC no depende de convencer a nadie de que la negociación con Estados Unidos es un error — simplemente puede disparar un misil contra un buque cisternero en pleno proceso diplomático, como ocurrió recientemente contra una embarcación vinculada a la petrolera estatal de Emiratos Árabes Unidos, y con eso invalidar meses de trabajo diplomático en cuestión de horas.

A esto se suma un factor decisivo: el vacío de autoridad. Reportes indican que el líder supremo Mojtaba Khamenei permanecería oculto y en delicado estado de salud, una fragilidad que el IRGC habría capitalizado para consolidar su control real sobre las decisiones del régimen. Cuando no hay un árbitro civil o religioso con autoridad indiscutida, gana casi siempre el actor con mayor disciplina organizativa y capacidad coercitiva — típicamente el aparato militar, no el cuerpo diplomático.

Existe también una asimetría de incentivos que refuerza el patrón. Los negociadores civiles arriesgan su carrera política si un acuerdo fracasa o es percibido como una capitulación. Los sectores de línea dura, en cambio, no cargan ese costo: la confrontación prolongada aumenta su relevancia institucional y su presupuesto. El nombramiento del general Mohsen Rezaei al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, tras el ultimátum que rompió la mesa de negociación, ilustra exactamente ese mecanismo: la escalada lo benefició directamente a él y a su facción.

 

Lo que enseña la historia

Sin embargo, el patrón no es una ley inquebrantable, y la historia ofrece contraejemplos relevantes.

El más cercano es la propia Guerra Irán-Irak de 1988. Pese a la resistencia de los sectores más duros del régimen, el ayatolá Jomeini terminó aceptando el alto el fuego, describiendo esa decisión como "beber de una copa envenenada". No fue una victoria de los moderados sobre los radicales por argumentos, sino porque el costo humano y económico de la guerra se volvió insostenible incluso para quienes la sostenían.

Un caso más amplio es el colapso de la Unión Soviética bajo Gorbachov. Los sectores militares y del aparato de seguridad (KGB) resistieron la apertura hasta protagonizar un intento de golpe en 1991 — pero el desgaste económico estructural del sistema terminó imponiéndose sobre la capacidad coercitiva de los duros, que no lograron revertir el curso de los acontecimientos.

Sudáfrica bajo el apartheid ofrece un tercer ejemplo: sectores de seguridad y paramilitares afrikáners se opusieron ferozmente al desmantelamiento del régimen racista, incluso con violencia organizada en los años previos a 1994. Pero el aislamiento internacional y el colapso económico terminaron doblegando esa resistencia armada, permitiendo la transición negociada.

 

La pregunta abierta

El hilo común en estos tres casos no es que los moderados ganaran el debate, sino que el costo de sostener la confrontación se volvió insoportable para el sistema en su conjunto — incluyendo, eventualmente, para los propios sectores duros. Ese es precisamente el interrogante abierto en Irán hoy: la Guardia Revolucionaria tiene, por ahora, el control de los hechos sobre el terreno. La incógnita es si el desgaste económico —la pérdida de gas, los cortes eléctricos, la inflación— alcanzará un punto de quiebre lo suficientemente doloroso como para que ese poder de veto se erosione, tal como ocurrió en Teherán en 1988, en Moscú en 1991 y en Pretoria en la década de 1990.

 


 

When Guns Speak Louder Than Diplomacy: The Veto Power of Radicals

Amid the Strait of Hormuz crisis, an unsettling pattern keeps repeating: while Iranian diplomats negotiate with Oman for a way out of the crisis, the Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) maintains the blockade, strikes tankers, and conditions any agreement on an ultimatum that Washington is unlikely to accept. The underlying question goes beyond Iran: in moments of crisis and power vacuum, do those who control the weapons always end up prevailing over those who negotiate?

 

The Mechanism Behind the Pattern

The logic rests on a simple structural foundation. Whoever controls armed force doesn't need to win the political argument to impose its will — it only needs to create facts on the ground. In Iran, the IRGC doesn't need to convince anyone that negotiating with the United States is a mistake; it can simply fire a missile at an oil tanker in the middle of a diplomatic process, as recently happened against a vessel linked to the UAE's state oil company, and thereby invalidate months of diplomatic work within hours.

Add to this a decisive factor: the vacuum of authority. Reports suggest Supreme Leader Mojtaba Khamenei has remained hidden and in fragile health — a weakness the IRGC would have exploited to consolidate real control over the regime's decisions. When there is no civilian or religious arbiter with undisputed authority, the actor with the greatest organizational discipline and coercive capacity almost always wins — typically the military apparatus, not the diplomatic corps.

There is also an asymmetry of incentives reinforcing the pattern. Civilian negotiators risk their careers if a deal fails or is perceived as capitulation. Hardline sectors bear no such cost — prolonged confrontation actually increases their institutional relevance and budget. General Mohsen Rezaei's appointment to head Iran's Supreme National Security Council, following the ultimatum that broke off negotiations, illustrates this mechanism perfectly: escalation directly benefited him and his faction.

 

What History Teaches

Yet the pattern is not an ironclad law, and history offers relevant counterexamples.

The closest is the Iran-Iraq War of 1988 itself. Despite resistance from the regime's hardest-line sectors, Ayatollah Khomeini ultimately accepted the ceasefire, describing the decision as "drinking from a poisoned chalice." It wasn't a victory of moderates over radicals through argument, but because the human and economic cost of the war had become unsustainable even for those sustaining it.

A broader case is the collapse of the Soviet Union under Gorbachev. Military and security-apparatus (KGB) hardliners resisted the opening, even staging a coup attempt in 1991 — but the system's underlying economic exhaustion ultimately overcame the hardliners' coercive capacity, which failed to reverse the course of events.

Apartheid-era South Africa offers a third example: Afrikaner security and paramilitary sectors fiercely opposed dismantling the racist regime, including organized violence in the years before 1994. But international isolation and economic collapse eventually overcame that armed resistance, allowing for a negotiated transition.

 

The Open Question

The common thread in these three cases is not that moderates won the argument, but that the cost of sustaining confrontation became unbearable for the system as a whole — including, eventually, for the hardliners themselves. That is precisely the open question in Iran today: the Revolutionary Guard, for now, controls the facts on the ground. The uncertainty is whether economic exhaustion — lost gas supplies, power outages, inflation — will reach a breaking point painful enough to erode that veto power, as happened in Tehran in 1988, Moscow in 1991, and Pretoria in the 1990s.




Quand les armes parlent plus fort que la diplomatie : le pouvoir de veto des radicaux

En pleine crise du détroit d'Ormuz, un schéma troublant se répète : tandis que les diplomates iraniens négocient avec Oman une issue à la crise, le Corps des gardiens de la révolution islamique (CGRI) maintient le blocus, attaque des pétroliers et conditionne tout accord à un ultimatum que Washington acceptera difficilement. La question de fond dépasse l'Iran : dans les moments de crise et de vide du pouvoir, ceux qui contrôlent les armes finissent-ils toujours par l'emporter sur ceux qui négocient ?

 

Le mécanisme derrière ce schéma

La logique repose sur un fondement structurel simple. Celui qui contrôle la force armée n'a pas besoin de gagner le débat politique pour imposer sa volonté : il lui suffit de créer des faits accomplis. En Iran, le CGRI n'a pas besoin de convaincre qui que ce soit que négocier avec les États-Unis est une erreur — il peut simplement tirer un missile sur un pétrolier en plein processus diplomatique, comme cela s'est produit récemment contre un navire lié à la compagnie pétrolière publique des Émirats arabes unis, invalidant ainsi des mois de travail diplomatique en quelques heures.

À cela s'ajoute un facteur décisif : le vide d'autorité. Selon certains rapports, le guide suprême Mojtaba Khamenei resterait caché et en état de santé fragile — une faiblesse que le CGRI aurait exploitée pour consolider son contrôle réel sur les décisions du régime. En l'absence d'un arbitre civil ou religieux à l'autorité incontestée, c'est presque toujours l'acteur disposant de la plus grande discipline organisationnelle et de la plus grande capacité coercitive qui l'emporte — typiquement l'appareil militaire, et non le corps diplomatique.

Il existe également une asymétrie des incitations qui renforce ce schéma. Les négociateurs civils risquent leur carrière si un accord échoue ou est perçu comme une capitulation. Les secteurs de la ligne dure, eux, ne supportent pas ce coût — la confrontation prolongée accroît au contraire leur importance institutionnelle et leur budget. La nomination du général Mohsen Rezaei à la tête du Conseil suprême de sécurité nationale iranien, après l'ultimatum qui a rompu la table des négociations, illustre parfaitement ce mécanisme : l'escalade l'a directement favorisé, lui et sa faction.

 

Ce qu'enseigne l'histoire

Ce schéma n'est cependant pas une loi absolue, et l'histoire offre des contre-exemples pertinents.

Le plus proche est la guerre Iran-Irak de 1988 elle-même. Malgré la résistance des secteurs les plus radicaux du régime, l'ayatollah Khomeiny a finalement accepté le cessez-le-feu, qualifiant cette décision de « boire dans une coupe empoisonnée ». Il ne s'agissait pas d'une victoire des modérés sur les radicaux par l'argumentation, mais du fait que le coût humain et économique de la guerre était devenu insoutenable, même pour ceux qui la menaient.

Un cas plus large est l'effondrement de l'Union soviétique sous Gorbatchev. Les secteurs militaires et de l'appareil de sécurité (KGB), hostiles à l'ouverture, sont allés jusqu'à tenter un coup d'État en 1991 — mais l'épuisement économique structurel du système a fini par l'emporter sur la capacité coercitive des durs, qui n'ont pas réussi à inverser le cours des événements.

L'Afrique du Sud de l'apartheid offre un troisième exemple : les secteurs sécuritaires et paramilitaires afrikaners se sont farouchement opposés au démantèlement du régime raciste, allant jusqu'à une violence organisée dans les années précédant 1994. Mais l'isolement international et l'effondrement économique ont fini par vaincre cette résistance armée, permettant une transition négociée.

 

La question ouverte

Le fil conducteur commun à ces trois cas n'est pas que les modérés aient gagné le débat, mais que le coût du maintien de la confrontation soit devenu insupportable pour le système dans son ensemble — y compris, à terme, pour les durs eux-mêmes. C'est précisément la question ouverte en Iran aujourd'hui : les Gardiens de la révolution contrôlent, pour l'instant, les faits sur le terrain. L'inconnue est de savoir si l'épuisement économique — pertes de gaz, coupures d'électricité, inflation — atteindra un point de rupture suffisamment douloureux pour éroder ce pouvoir de veto, comme ce fut le cas à Téhéran en 1988, à Moscou en 1991 et à Pretoria dans les années 1990.




Quando le armi parlano più forte della diplomazia: il potere di veto dei radicali

Nel pieno della crisi dello Stretto di Hormuz si ripete uno schema inquietante: mentre i diplomatici iraniani negoziano con l'Oman una via d'uscita dalla crisi, il Corpo delle Guardie della Rivoluzione Islamica (IRGC) mantiene il blocco, attacca petroliere e subordina qualsiasi accordo a un ultimatum che Washington difficilmente accetterà. La domanda di fondo va oltre l'Iran: nei momenti di crisi e di vuoto di potere, chi controlla le armi finisce sempre per prevalere su chi negozia?

 

Il meccanismo dietro lo schema

La logica si basa su un fondamento strutturale semplice. Chi controlla la forza armata non ha bisogno di vincere il dibattito politico per imporre la propria volontà: gli basta creare fatti compiuti. In Iran, l'IRGC non ha bisogno di convincere nessuno che negoziare con gli Stati Uniti sia un errore — può semplicemente lanciare un missile contro una petroliera nel bel mezzo di un processo diplomatico, come è accaduto di recente contro una nave collegata alla compagnia petrolifera statale degli Emirati Arabi Uniti, invalidando così mesi di lavoro diplomatico nel giro di poche ore.

A questo si aggiunge un fattore decisivo: il vuoto di autorità. Secondo alcuni resoconti, la Guida Suprema Mojtaba Khamenei resterebbe nascosta e in condizioni di salute precarie — una debolezza che l'IRGC avrebbe sfruttato per consolidare il proprio controllo effettivo sulle decisioni del regime. Quando manca un arbitro civile o religioso dall'autorità indiscussa, a vincere è quasi sempre l'attore con maggiore disciplina organizzativa e capacità coercitiva — tipicamente l'apparato militare, non il corpo diplomatico.

Esiste anche un'asimmetria di incentivi che rafforza lo schema. I negoziatori civili rischiano la carriera se un accordo fallisce o viene percepito come una capitolazione. I settori della linea dura, invece, non sopportano questo costo — anzi, il protrarsi dello scontro accresce la loro rilevanza istituzionale e il loro budget. La nomina del generale Mohsen Rezaei a capo del Consiglio Supremo per la Sicurezza Nazionale iraniano, dopo l'ultimatum che ha interrotto il tavolo negoziale, illustra perfettamente questo meccanismo: l'escalation ha avvantaggiato direttamente lui e la sua fazione.

 

Ciò che insegna la storia

Tuttavia, lo schema non è una legge inderogabile, e la storia offre controesempi rilevanti.

Il caso più vicino è la stessa guerra Iran-Iraq del 1988. Nonostante la resistenza dei settori più intransigenti del regime, l'ayatollah Khomeini alla fine accettò il cessate il fuoco, descrivendo quella decisione come "bere da un calice avvelenato". Non fu una vittoria dei moderati sui radicali ottenuta con gli argomenti, ma perché il costo umano ed economico della guerra era diventato insostenibile persino per chi la sosteneva.

Un caso più ampio è il crollo dell'Unione Sovietica sotto Gorbaciov. I settori militari e dell'apparato di sicurezza (KGB) resistettero all'apertura, arrivando persino a tentare un colpo di stato nel 1991 — ma l'esaurimento economico strutturale del sistema finì per prevalere sulla capacità coercitiva dei falchi, che non riuscirono a invertire il corso degli eventi.

Il Sudafrica dell'apartheid offre un terzo esempio: i settori della sicurezza e i paramilitari afrikaner si opposero ferocemente allo smantellamento del regime razzista, ricorrendo anche a violenza organizzata negli anni precedenti il 1994. Ma l'isolamento internazionale e il collasso economico finirono per piegare quella resistenza armata, consentendo una transizione negoziata.

 

La domanda aperta

Il filo conduttore comune a questi tre casi non è che i moderati abbiano vinto il dibattito, ma che il costo di sostenere lo scontro sia diventato insopportabile per il sistema nel suo complesso — inclusi, alla fine, gli stessi settori intransigenti. Questa è esattamente la domanda aperta in Iran oggi: le Guardie della Rivoluzione controllano, per ora, i fatti sul terreno. L'incognita è se l'esaurimento economico — perdita di gas, blackout, inflazione — raggiungerà un punto di rottura sufficientemente doloroso da erodere quel potere di veto, come accadde a Teheran nel 1988, a Mosca nel 1991 e a Pretoria negli anni '90.

 

 

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LA DICTADURA SE QUEDÓ SIN ELECTRICIDAD MUCHO ANTES DE QUEDARSE SIN EXCUSAS


Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Durante años, el régimen castrista ha presentado el embargo estadounidense como explicación fundamental del deterioro del Sistema Electroenergético Nacional. Cada apagón, avería o colapso termina atribuyéndose a Washington.

 

Pero esa explicación ignora una parte esencial de la historia.

 

El embargo nunca impidió al régimen comerciar con Canadá, España, Francia, Italia, Alemania, Japón, Reino Unido y otras democracias industriales. Durante décadas recibió además enormes recursos de la Unión Soviética y posteriormente de la Venezuela chavista.

 

Si tuvo acceso a comercio, créditos, subsidios y recursos externos, ¿cómo permitió que la infraestructura eléctrica llegara al deterioro actual?

 

Un episodio ayuda a responderlo.

 

En 2015 Rusia acordó financiar un proyecto de aproximadamente 1.200 millones de euros para construir cuatro nuevas unidades termoeléctricas de 200 megavatios cada una. Moscú aportaría el 90% y el régimen debía proporcionar solamente el 10%.

 

Rusia estaba dispuesta a financiar unos 1.080 millones de euros. La dictadura debía aportar aproximadamente 120 millones.

 

No pudo hacerlo.

 

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, entonces viceministra de Energía y Minas, reconoció públicamente que Cuba no pudo acceder al crédito ruso porque no consiguió aportar previamente ese 10%.

 

No fue un banco estadounidense negando financiamiento por el embargo. Era Rusia, uno de los principales aliados políticos de la dictadura, ofreciendo tecnología y nueve de cada diez euros necesarios para comenzar a renovar la generación eléctrica.

 

La pregunta es inevitable: ¿por qué no aparecieron los 120 millones?

 

Resulta más difícil explicarlo recordando que durante años Venezuela suministró petróleo en condiciones privilegiadas y los acuerdos de cooperación proporcionaron importantes ingresos al Gobierno cubano.

 

Las termoeléctricas no envejecieron repentinamente. Su deterioro era previsible. Necesitaban mantenimiento, modernización y finalmente sustitución. El régimen lo sabía. Rusia también.

 

Durante aquellos años, además, GAESA controlaba importantes sectores generadores de divisas, particularmente turismo y operaciones comerciales y financieras. En 2025 documentos internos divulgados por la prensa revelaron activos por alrededor de 18.000 millones de dólares. Esa cifra posterior no demuestra que esos recursos estuvieran disponibles en 2015, pero hace aún más pertinente preguntar cómo fue imposible movilizar 120 millones de euros para obtener otros 1.080 millones destinados a infraestructura vital.

 

Mientras tanto, sí aparecieron recursos para continuar construyendo hoteles.

 

El régimen decidió cuánto invertir en turismo, cuánto en electricidad y cómo administrar los recursos procedentes de Venezuela. Ninguna de esas decisiones fue tomada en Washington.

 

Existe además otro hecho significativo: Cuba produce alrededor de 40.000 barriles diarios de petróleo, principalmente crudo pesado utilizado en las termoeléctricas. No cubre todas sus necesidades energéticas, pero demuestra que el problema de las grandes plantas no puede reducirse a falta de combustible importado.

 

Una caldera deteriorada, una turbina averiada o un generador fuera de servicio no se reparan simplemente teniendo petróleo. Precisamente porque el crudo cubano es pesado y exige mucho a equipos envejecidos, modernizar las centrales era indispensable.

 

Ahora Rusia vuelve a señalar el problema. Según Diario de Cuba, el analista energético ruso Igor Yushkov afirmó que su país tiene capacidad técnica para modernizar el sistema cubano, pero resumió el obstáculo brutalmente: “Cuba es insolvente. Que encuentren algo con qué pagarnos.”

 

Ahí está el círculo peligroso: el deterioro produce insolvencia; la insolvencia dificulta nuevas inversiones; y la falta de inversión acelera el deterioro.

 

Estados Unidos no administró las termoeléctricas, los recursos venezolanos ni GAESA. Tampoco decidió construir hoteles mientras envejecía la infraestructura eléctrica ni impidió que Rusia financiara el 90% de cuatro nuevas unidades.

 

Esas decisiones fueron responsabilidad del régimen.

 

Hoy los cubanos pagan las consecuencias con apagones, alimentos perdidos, dificultades para bombear agua, industrias paralizadas y una economía cada vez menos capaz de financiar su recuperación.

 

Rusia vio venir el problema y ofreció financiar gran parte de la solución. El régimen no consiguió —o no priorizó— los recursos necesarios.

 

La pregunta sigue siendo la misma:

 

¿Qué hicieron con el dinero?

 

La dictadura se quedó sin electricidad mucho antes de quedarse sin excusas.

 


THE DICTATORSHIP RAN OUT OF ELECTRICITY LONG BEFORE IT RAN OUT OF EXCUSES

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

For years, the Castro regime has presented the U.S. embargo as the fundamental explanation for the deterioration of Cuba’s National Electric Power System. Every blackout, breakdown, or collapse ultimately gets blamed on Washington.

But that explanation ignores an essential part of the story.

The embargo never prevented the regime from trading with Canada, Spain, France, Italy, Germany, Japan, the United Kingdom, and other industrial democracies. For decades, it also received enormous resources from the Soviet Union and, later, from Chavista Venezuela.

If it had access to trade, credit, subsidies, and foreign resources, how did it allow the electrical infrastructure to deteriorate to its current condition?

One episode helps answer that question.

In 2015, Russia agreed to finance a project worth approximately €1.2 billion to build four new 200-megawatt thermal power units. Moscow would provide 90% of the financing, while the regime was required to contribute only 10%.

Russia was prepared to finance approximately €1.08 billion. The dictatorship had to provide roughly €120 million.

It could not do so.

In 2022, Tatiana Amarán Bogachova, then Cuba’s Deputy Minister of Energy and Mines, publicly acknowledged that Cuba had been unable to access the Russian credit because it had failed to provide the required 10% contribution in advance.

This was not an American bank denying financing because of the embargo. It was Russia, one of the dictatorship’s principal political allies, offering technology and nine out of every ten euros needed to begin modernizing Cuba’s electricity generation system.

The question is unavoidable: Why couldn’t the regime come up with the €120 million?

The situation becomes even harder to explain when we remember that, for years, Venezuela supplied oil under preferential terms, while cooperation agreements provided substantial revenues to the Cuban government.

Cuba’s thermal power plants did not suddenly become old. Their deterioration was foreseeable. They required maintenance, modernization, and eventually replacement. The regime knew this. Russia knew it as well.

During those same years, GAESA controlled major foreign-currency-generating sectors, particularly tourism and commercial and financial operations. In 2025, internal documents disclosed by the press revealed assets of approximately $18 billion. That later figure does not prove that those resources were available in 2015, but it makes the question even more relevant: How was the regime unable to mobilize €120 million in order to obtain another €1.08 billion for vital infrastructure?

Meanwhile, resources were available to continue building hotels.

The regime decided how much to invest in tourism, how much to invest in electricity, and how to manage the resources received from Venezuela. None of those decisions were made in Washington.

There is another significant fact: Cuba produces approximately 40,000 barrels of oil per day, primarily heavy crude used in its thermal power plants. This does not cover all of the country’s energy needs, but it demonstrates that the problems affecting the large generating plants cannot simply be reduced to a shortage of imported fuel.

Having oil does not repair a deteriorated boiler, a damaged turbine, or an out-of-service generator. Precisely because Cuban crude is heavy and places greater demands on aging equipment, modernizing the power plants was indispensable.

Now Russia is once again pointing to the problem. According to Diario de Cuba, Russian energy analyst Igor Yushkov said that his country has the technical capacity to modernize Cuba’s electrical system, but summarized the obstacle bluntly: “Cuba is insolvent. Let them find something to pay us with.”

Therein lies the dangerous cycle: deterioration produces insolvency; insolvency makes new investment more difficult; and the lack of investment accelerates deterioration.

The United States did not manage Cuba’s thermal power plants, Venezuela’s resources, or GAESA. Nor did it decide to build hotels while the electrical infrastructure deteriorated, and it did not prevent Russia from offering to finance 90% of four new generating units.

Those decisions were the regime’s responsibility.

Today, the Cuban people are paying the consequences through blackouts, spoiled food, difficulties pumping water, paralyzed industries, and an economy increasingly incapable of financing its own recovery.

Russia saw the problem coming and offered to finance most of the solution. The regime either could not—or did not make it a priority—to provide the necessary resources.

The question remains the same:

What did they do with the money?

The dictatorship ran out of electricity long before it ran out of excuses.

 


 

LA DICTATURE S’EST RETROUVÉE SANS ÉLECTRICITÉ BIEN AVANT DE SE RETROUVER SANS EXCUSES

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Pendant des années, le régime castriste a présenté l’embargo américain comme l’explication fondamentale de la détérioration du Système électrique national cubain. Chaque panne de courant, chaque avarie ou chaque effondrement du système finit par être attribué à Washington.

Mais cette explication ignore une partie essentielle de l’histoire.

L’embargo n’a jamais empêché le régime de commercer avec le Canada, l’Espagne, la France, l’Italie, l’Allemagne, le Japon, le Royaume-Uni et d’autres démocraties industrielles. Pendant des décennies, il a également reçu d’énormes ressources de l’Union soviétique puis, plus tard, du Venezuela chaviste.

S’il avait accès au commerce, au crédit, aux subventions et aux ressources étrangères, comment a-t-il pu laisser les infrastructures électriques se détériorer jusqu’à leur état actuel ?

Un épisode permet de répondre en partie à cette question.

En 2015, la Russie a accepté de financer un projet d’environ 1,2 milliard d’euros destiné à construire quatre nouvelles unités thermoélectriques de 200 mégawatts chacune. Moscou devait assurer 90 % du financement, tandis que le régime ne devait apporter que 10 %.

La Russie était prête à financer environ 1,08 milliard d’euros. La dictature devait fournir approximativement 120 millions d’euros.

Elle n’a pas pu le faire.

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, alors vice-ministre cubaine de l’Énergie et des Mines, a reconnu publiquement que Cuba n’avait pas pu accéder au crédit russe parce qu’elle n’avait pas réussi à fournir au préalable les 10 % exigés.

Il ne s’agissait pas d’une banque américaine refusant un financement à cause de l’embargo. Il s’agissait de la Russie, l’un des principaux alliés politiques de la dictature, qui proposait la technologie et neuf euros sur dix nécessaires pour commencer à moderniser le système de production électrique cubain.

La question est inévitable : pourquoi le régime n’a-t-il pas réussi à trouver les 120 millions d’euros ?

La situation devient encore plus difficile à expliquer lorsqu’on se souvient que, pendant des années, le Venezuela a fourni du pétrole à des conditions préférentielles, tandis que les accords de coopération procuraient d’importantes recettes au gouvernement cubain.

Les centrales thermoélectriques cubaines ne sont pas devenues vieilles du jour au lendemain. Leur détérioration était prévisible. Elles nécessitaient de l’entretien, une modernisation et, finalement, leur remplacement. Le régime le savait. La Russie le savait également.

Au cours de ces mêmes années, GAESA contrôlait d’importants secteurs générateurs de devises, notamment le tourisme ainsi que des opérations commerciales et financières. En 2025, des documents internes révélés par la presse ont fait état d’actifs d’environ 18 milliards de dollars. Ce chiffre ultérieur ne prouve pas que ces ressources étaient disponibles en 2015, mais il rend la question encore plus pertinente : comment le régime a-t-il pu être incapable de mobiliser 120 millions d’euros afin d’obtenir 1,08 milliard supplémentaire destiné à une infrastructure vitale ?

Pendant ce temps, des ressources étaient disponibles pour continuer à construire des hôtels.

Le régime a décidé combien investir dans le tourisme, combien investir dans l’électricité et comment administrer les ressources reçues du Venezuela. Aucune de ces décisions n’a été prise à Washington.

Il existe un autre fait significatif : Cuba produit environ 40 000 barils de pétrole par jour, principalement un brut lourd utilisé dans ses centrales thermoélectriques. Cela ne couvre pas tous les besoins énergétiques du pays, mais démontre que les problèmes affectant les grandes centrales ne peuvent pas être simplement réduits à un manque de combustible importé.

Disposer de pétrole ne répare pas une chaudière détériorée, une turbine endommagée ou un générateur hors service. Précisément parce que le brut cubain est lourd et impose davantage de contraintes à des équipements vieillissants, la modernisation des centrales était indispensable.

Aujourd’hui, la Russie souligne à nouveau le problème. Selon Diario de Cuba, l’analyste énergétique russe Igor Yushkov a déclaré que son pays possède les capacités techniques nécessaires pour moderniser le système électrique cubain, mais il a résumé brutalement l’obstacle : « Cuba est insolvable. Qu’ils trouvent quelque chose avec quoi nous payer. »

C’est là que se trouve le cercle dangereux : la détérioration engendre l’insolvabilité ; l’insolvabilité rend les nouveaux investissements plus difficiles ; et l’absence d’investissement accélère la détérioration.

Les États-Unis n’ont administré ni les centrales thermoélectriques cubaines, ni les ressources provenant du Venezuela, ni GAESA. Ils n’ont pas non plus décidé de construire des hôtels pendant que les infrastructures électriques se détérioraient, et ils n’ont pas empêché la Russie de proposer de financer 90 % de quatre nouvelles unités de production.

Ces décisions relevaient de la responsabilité du régime.

Aujourd’hui, le peuple cubain en paie les conséquences : coupures de courant, aliments perdus, difficultés à pomper l’eau, industries paralysées et une économie de moins en moins capable de financer sa propre reconstruction.

La Russie avait vu venir le problème et avait proposé de financer l’essentiel de la solution. Le régime n’a pas pu — ou n’a pas jugé prioritaire — de fournir les ressources nécessaires.

La question reste la même :

Qu’ont-ils fait de l’argent ?

La dictature s’est retrouvée sans électricité bien avant de se retrouver sans excuses.

 


 

LA DITTATURA È RIMASTA SENZA ELETTRICITÀ MOLTO PRIMA DI RIMANERE SENZA SCUSE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Per anni, il regime castrista ha presentato l’embargo statunitense come la spiegazione fondamentale del deterioramento del Sistema Elettrico Nazionale cubano. Ogni blackout, ogni guasto o collasso del sistema finisce per essere attribuito a Washington.

Ma questa spiegazione ignora una parte essenziale della storia.

L’embargo non ha mai impedito al regime di commerciare con Canada, Spagna, Francia, Italia, Germania, Giappone, Regno Unito e altre democrazie industrializzate. Per decenni ha inoltre ricevuto enormi risorse dall’Unione Sovietica e, successivamente, dal Venezuela chavista.

Se aveva accesso al commercio, al credito, ai sussidi e alle risorse provenienti dall’estero, come ha potuto permettere che l’infrastruttura elettrica si deteriorasse fino alle condizioni attuali?

Un episodio aiuta a rispondere a questa domanda.

Nel 2015, la Russia accettò di finanziare un progetto del valore di circa 1,2 miliardi di euro per costruire quattro nuove unità termoelettriche da 200 megawatt ciascuna. Mosca avrebbe fornito il 90% del finanziamento, mentre il regime avrebbe dovuto contribuire soltanto con il 10%.

La Russia era pronta a finanziare circa 1,08 miliardi di euro. La dittatura doveva fornire approssimativamente 120 milioni di euro.

Non riuscì a farlo.

Nel 2022, Tatiana Amarán Bogachova, allora viceministra cubana dell’Energia e delle Miniere, riconobbe pubblicamente che Cuba non aveva potuto accedere al credito russo perché non era riuscita a fornire anticipatamente il 10% richiesto.

Non si trattava di una banca statunitense che negava un finanziamento a causa dell’embargo. Era la Russia, uno dei principali alleati politici della dittatura, a offrire tecnologia e nove euro su dieci necessari per iniziare a modernizzare il sistema di produzione elettrica cubano.

La domanda è inevitabile: perché il regime non riuscì a trovare i 120 milioni di euro?

La situazione diventa ancora più difficile da spiegare ricordando che, per anni, il Venezuela fornì petrolio a condizioni preferenziali, mentre gli accordi di cooperazione garantivano importanti entrate al governo cubano.

Le centrali termoelettriche cubane non sono invecchiate improvvisamente. Il loro deterioramento era prevedibile. Avevano bisogno di manutenzione, modernizzazione e, alla fine, sostituzione. Il regime lo sapeva. Anche la Russia lo sapeva.

Negli stessi anni, inoltre, GAESA controllava importanti settori generatori di valuta estera, in particolare il turismo e numerose operazioni commerciali e finanziarie. Nel 2025, documenti interni resi pubblici dalla stampa hanno rivelato attività per circa 18 miliardi di dollari. Questa cifra successiva non dimostra che tali risorse fossero disponibili nel 2015, ma rende la domanda ancora più pertinente: com’è possibile che il regime non sia riuscito a mobilitare 120 milioni di euro per ottenere altri 1,08 miliardi destinati a un’infrastruttura vitale?

Nel frattempo, le risorse per continuare a costruire alberghi c’erano.

Il regime decise quanto investire nel turismo, quanto nell’elettricità e come amministrare le risorse ricevute dal Venezuela. Nessuna di queste decisioni fu presa a Washington.

C’è inoltre un altro fatto significativo: Cuba produce circa 40.000 barili di petrolio al giorno, principalmente greggio pesante utilizzato nelle sue centrali termoelettriche. Questo non copre tutte le necessità energetiche del Paese, ma dimostra che i problemi delle grandi centrali non possono essere semplicemente attribuiti alla mancanza di combustibile importato.

Avere petrolio non ripara una caldaia deteriorata, una turbina danneggiata o un generatore fuori servizio. Proprio perché il greggio cubano è pesante e sottopone le apparecchiature obsolete a maggiori sollecitazioni, modernizzare le centrali era indispensabile.

Ora la Russia torna a indicare il problema. Secondo Diario de Cuba, l’analista energetico russo Igor Yushkov ha affermato che il suo Paese possiede la capacità tecnica per modernizzare il sistema elettrico cubano, ma ha riassunto brutalmente l’ostacolo: «Cuba è insolvente. Che trovino qualcosa con cui pagarci.»

Qui si manifesta il circolo pericoloso: il deterioramento produce insolvenza; l’insolvenza rende più difficili i nuovi investimenti; e la mancanza di investimenti accelera il deterioramento.

Gli Stati Uniti non hanno amministrato le centrali termoelettriche cubane, le risorse provenienti dal Venezuela o GAESA. Non hanno neppure deciso di costruire alberghi mentre l’infrastruttura elettrica si deteriorava, né hanno impedito alla Russia di offrire il finanziamento del 90% di quattro nuove unità di generazione.

Quelle decisioni erano responsabilità del regime.

Oggi è il popolo cubano a pagarne le conseguenze: blackout, alimenti che vanno perduti, difficoltà nel pompare l’acqua, industrie paralizzate e un’economia sempre meno capace di finanziare la propria ripresa.

La Russia aveva previsto il problema e aveva offerto di finanziare gran parte della soluzione. Il regime non riuscì — o non considerò prioritario — fornire le risorse necessarie.

La domanda rimane la stessa:


Che cosa hanno fatto con il denaro?

La dittatura è rimasta senza elettricità molto prima di rimanere senza scuse.

 

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