¿QUIÉN PUEDE PROTEGER LA VIDA DE MARÍA CORINA?

 


¿QUIÉN PUEDE PROTEGER LA VIDA DE MARÍA CORINA?

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

“Cuando mueren los mendigos no se ven cometas; los cielos mismos resplandecen ante la muerte de los príncipes”, escribió William Shakespeare hace más de cuatro siglos, en Julio César.

John F. Kennedy fue uno de esos príncipes de la historia. Su asesinato el 22 de noviembre de 1963 truncó una presidencia en pleno desarrollo y dejó una pregunta que nunca tendrá respuesta: ¿hasta dónde habría podido cambiar el rumbo de Estados Unidos y del mundo si hubiera vivido?

La vida de María Corina Machado es vital para la transición hacia la democracia en Venezuela. Su liderazgo ocupa un lugar central en este proceso y, en consecuencia, quien ejerza el control efectivo del país tiene la responsabilidad de garantizar su vida, su integridad y su seguridad. Pero su importancia trasciende las fronteras venezolanas: su vida es también vital para las aspiraciones democráticas de los pueblos de Cuba y Nicaragua y para el futuro de la democracia en América Latina.

La historia advierte lo que puede ocurrir cuando un dirigente decisivo desaparece en un momento crítico. Yitzhak Rabin conducía un proceso destinado a transformar las relaciones entre israelíes y palestinos cuando fue asesinado en 1995 por un extremista israelí contrario a los Acuerdos de Oslo. Su muerte eliminó a uno de los principales protagonistas de aquel proceso y la historia tomó otro camino.

Alexéi Navalny, el principal opositor político de Vladímir Putin, ya había sobrevivido a un intento de envenenamiento en 2020. Regresó a Rusia, fue encarcelado y murió en 2024 en una colonia penal de Siberia. Posteriormente se comprobó la presencia de una toxina letal en muestras de su cuerpo. Con su muerte desapareció la figura más importante de la oposición rusa.

Colombia conoce también las consecuencias del asesinato de dirigentes que podían influir decisivamente en el futuro del país. Jorge Eliécer Gaitán, la gran figura popular del liberalismo colombiano, fue asesinado en Bogotá el 9 de abril de 1948. Su muerte desencadenó el Bogotazo y agravó un período de violencia que marcaría al país durante décadas. Cuarenta y un años después, Luis Carlos Galán, candidato presidencial y uno de los principales adversarios del narcotráfico, fue asesinado por sicarios durante un acto electoral en Soacha. En ambos casos, Colombia perdió violentamente a dirigentes que ocupaban un lugar central en momentos decisivos de su historia.

No son pocos los que, si tienen la oportunidad, tratarán de eliminar a María Corina: el narcotráfico y sus socios chavistas, para quienes una Venezuela democrática y con una justicia independiente amenaza su poder, sus negocios y su impunidad. El crimen organizado en Venezuela, en América Latina y más allá de la región. Los colectivos armados, que durante años han servido como instrumentos de intimidación y violencia y para quienes una democracia con Estado de derecho amenaza su poder y su impunidad. Los miembros del interinato y sus seguidores involucrados en hechos de corrupción y violencia. La dictadura castrista y la nicaragüense, para las cuales María Corina representa un peligro porque ha expresado públicamente, en más de una ocasión, su compromiso de apoyar el regreso de la democracia en esos países.

En estas circunstancias, el único poder con capacidad real para garantizar la vida de María Corina Machado es el gobierno de Donald Trump. Si la estrategia de Washington hasta ahora ha sido tutelar la transición venezolana para evitar una nueva etapa de violencia y conducir al país hacia la democracia, ninguna responsabilidad de ese tutelaje puede ser más importante que proteger su vida.

La desaparición de María Corina podría alterar profundamente el curso de la transición, como ocurrió en otros momentos de la historia con dirigentes cuya ausencia cambió el destino de sus países. Si existe el poder para impedirlo, existe también una responsabilidad que la historia juzgará: la de quien pudo protegerla y no lo hizo.

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WHO CAN PROTECT MARÍA CORINA’S LIFE?

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

“When beggars die, there are no comets seen; the heavens themselves blaze forth the death of princes,” William Shakespeare wrote more than four centuries ago in Julius Caesar.

John F. Kennedy was one of those princes of history. His assassination on November 22, 1963, cut short a presidency still unfolding and left a question that will never be answered: how far might he have changed the course of the United States and the world had he lived?

María Corina Machado's life is vital to the transition to democracy in Venezuela. Her leadership occupies a central place in this process and, consequently, whoever exercises effective control over the country has the responsibility to guarantee her life, physical integrity, and safety. But her importance extends beyond Venezuela's borders: her life is also vital to the democratic aspirations of the peoples of Cuba and Nicaragua and to the future of democracy in Latin America.

History warns of what can happen when a decisive leader disappears at a critical moment. Yitzhak Rabin was leading a process intended to transform relations between Israelis and Palestinians when he was assassinated in 1995 by an Israeli extremist opposed to the Oslo Accords. His death removed one of the principal protagonists of that process, and history took another course.

Alexei Navalny, Vladimir Putin's leading political opponent, had already survived a poisoning attempt in 2020. He returned to Russia, was imprisoned, and died in 2024 in a Siberian penal colony. The presence of a lethal toxin was subsequently confirmed in samples from his body. With his death, the most important figure in the Russian opposition disappeared.

Colombia also knows the consequences of the assassination of leaders who could decisively influence the country's future. Jorge Eliécer Gaitán, the great popular figure of Colombian liberalism, was assassinated in Bogotá on April 9, 1948. His death triggered the Bogotazo and aggravated a period of violence that would mark the country for decades. Forty-one years later, Luis Carlos Galán, a presidential candidate and one of the main opponents of drug trafficking, was assassinated by hired gunmen at an election rally in Soacha. In both cases, Colombia violently lost leaders who occupied a central place at decisive moments in its history.

There are many who, given the opportunity, would try to eliminate María Corina: drug traffickers and their Chavista associates, for whom a democratic Venezuela with an independent judiciary threatens their power, businesses, and impunity. Organized crime in Venezuela, Latin America, and beyond. Armed colectivos, which for years have served as instruments of intimidation and violence and for whom democracy under the rule of law threatens their power and impunity. Members of the interim administration and their followers implicated in corruption and violence. The Castro and Nicaraguan dictatorships, for which María Corina represents a danger because she has publicly expressed, on more than one occasion, her commitment to supporting the return of democracy in those countries.

Under these circumstances, the only power with the real capacity to guarantee María Corina Machado's life is Donald Trump's government. If Washington's strategy so far has been to oversee Venezuela's transition in order to avoid another period of violence and lead the country toward democracy, no responsibility of that oversight can be more important than protecting her life.

María Corina's disappearance could profoundly alter the course of the transition, as happened at other moments in history with leaders whose absence changed their countries' destiny. If the power to prevent it exists, so does a responsibility that history will judge: that of whoever could have protected her and did not.

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QUI PEUT PROTÉGER LA VIE DE MARÍA CORINA ?

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

« Quand meurent les mendiants, on ne voit pas de comètes ; les cieux eux-mêmes s'embrasent à la mort des princes », écrivait William Shakespeare il y a plus de quatre siècles dans Jules César.

John F. Kennedy fut l'un de ces princes de l'histoire. Son assassinat, le 22 novembre 1963, interrompit une présidence en plein essor et laissa une question sans réponse : jusqu'où aurait-il pu changer le cours des États-Unis et du monde s'il avait vécu ?

La vie de María Corina Machado est vitale pour la transition vers la démocratie au Venezuela. Son leadership occupe une place centrale dans ce processus et, par conséquent, quiconque exerce le contrôle effectif du pays a la responsabilité de garantir sa vie, son intégrité et sa sécurité. Mais son importance dépasse les frontières vénézuéliennes : sa vie est également vitale pour les aspirations démocratiques des peuples de Cuba et du Nicaragua et pour l'avenir de la démocratie en Amérique latine.

L'histoire nous avertit de ce qui peut se produire lorsqu'un dirigeant décisif disparaît à un moment critique. Yitzhak Rabin conduisait un processus destiné à transformer les relations entre Israéliens et Palestiniens lorsqu'il fut assassiné en 1995 par un extrémiste israélien opposé aux accords d'Oslo. Sa mort priva ce processus de l'un de ses principaux protagonistes et l'histoire prit une autre direction.

Alexeï Navalny, principal opposant politique de Vladimir Poutine, avait déjà survécu à une tentative d'empoisonnement en 2020. Il retourna en Russie, fut emprisonné et mourut en 2024 dans une colonie pénitentiaire de Sibérie. La présence d'une toxine mortelle fut ensuite confirmée dans des échantillons prélevés sur son corps. Avec sa mort disparaissait la figure la plus importante de l'opposition russe.

La Colombie connaît également les conséquences de l'assassinat de dirigeants qui auraient pu influencer de manière décisive l'avenir du pays. Jorge Eliécer Gaitán, grande figure populaire du libéralisme colombien, fut assassiné à Bogotá le 9 avril 1948. Sa mort déclencha le Bogotazo et aggrava une période de violence qui allait marquer le pays pendant des décennies. Quarante et un ans plus tard, Luis Carlos Galán, candidat à la présidence et l'un des principaux adversaires du narcotrafic, fut assassiné par des tueurs à gages lors d'un rassemblement électoral à Soacha. Dans les deux cas, la Colombie perdit violemment des dirigeants qui occupaient une place centrale à des moments décisifs de son histoire.

Ils sont nombreux ceux qui, s'ils en ont l'occasion, tenteront d'éliminer María Corina : le narcotrafic et ses associés chavistes, pour lesquels un Venezuela démocratique doté d'une justice indépendante menace leur pouvoir, leurs affaires et leur impunité. Le crime organisé au Venezuela, en Amérique latine et au-delà. Les colectivos armés, qui servent depuis des années d'instruments d'intimidation et de violence et pour lesquels une démocratie fondée sur l'État de droit menace leur pouvoir et leur impunité. Les membres de l'administration intérimaire et leurs partisans impliqués dans des actes de corruption et de violence. Les dictatures castriste et nicaraguayenne, pour lesquelles María Corina représente un danger puisqu'elle a exprimé publiquement, à plusieurs reprises, son engagement à soutenir le retour de la démocratie dans ces pays.

Dans ces circonstances, le seul pouvoir disposant d'une capacité réelle de garantir la vie de María Corina Machado est le gouvernement de Donald Trump. Si la stratégie de Washington a jusqu'ici consisté à superviser la transition vénézuélienne afin d'éviter une nouvelle période de violence et de conduire le pays vers la démocratie, aucune responsabilité liée à cette supervision ne peut être plus importante que la protection de sa vie.

La disparition de María Corina pourrait profondément modifier le cours de la transition, comme cela s'est produit à d'autres moments de l'histoire avec des dirigeants dont l'absence a changé le destin de leurs pays. Si le pouvoir de l'empêcher existe, il existe aussi une responsabilité que l'histoire jugera : celle de celui qui aurait pu la protéger et ne l'a pas fait.

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CHI PUÒ PROTEGGERE LA VITA DI MARÍA CORINA?

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

«Quando muoiono i mendicanti non si vedono comete; i cieli stessi risplendono alla morte dei principi», scrisse William Shakespeare più di quattro secoli fa nel Giulio Cesare.

John F. Kennedy fu uno di quei principi della storia. Il suo assassinio, il 22 novembre 1963, troncò una presidenza ancora in pieno sviluppo e lasciò una domanda destinata a rimanere senza risposta: fino a che punto avrebbe potuto cambiare il corso degli Stati Uniti e del mondo se fosse vissuto?

La vita di María Corina Machado è vitale per la transizione verso la democrazia in Venezuela. La sua leadership occupa un posto centrale in questo processo e, di conseguenza, chi esercita il controllo effettivo del paese ha la responsabilità di garantirne la vita, l'integrità e la sicurezza. Ma la sua importanza supera i confini venezuelani: la sua vita è vitale anche per le aspirazioni democratiche dei popoli di Cuba e Nicaragua e per il futuro della democrazia in America Latina.

La storia ci avverte di ciò che può accadere quando un leader decisivo scompare in un momento critico. Yitzhak Rabin guidava un processo destinato a trasformare i rapporti tra israeliani e palestinesi quando fu assassinato nel 1995 da un estremista israeliano contrario agli Accordi di Oslo. La sua morte eliminò uno dei principali protagonisti di quel processo e la storia prese un'altra direzione.

Alexei Navalny, il principale oppositore politico di Vladimir Putin, era già sopravvissuto a un tentativo di avvelenamento nel 2020. Tornò in Russia, fu incarcerato e morì nel 2024 in una colonia penale in Siberia. Successivamente fu confermata la presenza di una tossina letale in campioni prelevati dal suo corpo. Con la sua morte scomparve la figura più importante dell'opposizione russa.

Anche la Colombia conosce le conseguenze dell'assassinio di leader che avrebbero potuto influenzare in modo decisivo il futuro del paese. Jorge Eliécer Gaitán, grande figura popolare del liberalismo colombiano, fu assassinato a Bogotá il 9 aprile 1948. La sua morte scatenò il Bogotazo e aggravò un periodo di violenza che avrebbe segnato il paese per decenni. Quarantuno anni dopo, Luis Carlos Galán, candidato alla presidenza e uno dei principali avversari del narcotraffico, fu assassinato da sicari durante una manifestazione elettorale a Soacha. In entrambi i casi, la Colombia perse violentemente leader che occupavano un posto centrale in momenti decisivi della sua storia.

Non sono pochi coloro che, se ne avranno l'occasione, cercheranno di eliminare María Corina: il narcotraffico e i suoi soci chavisti, per i quali un Venezuela democratico con una giustizia indipendente minaccia il loro potere, i loro affari e la loro impunità. La criminalità organizzata in Venezuela, in America Latina e oltre. I colectivos armati, che per anni sono serviti come strumenti di intimidazione e violenza e per i quali una democrazia fondata sullo Stato di diritto minaccia il loro potere e la loro impunità. I membri dell'amministrazione ad interim e i loro sostenitori coinvolti in episodi di corruzione e violenza. Le dittature castrista e nicaraguense, per le quali María Corina rappresenta un pericolo perché ha espresso pubblicamente, più di una volta, il proprio impegno a sostenere il ritorno della democrazia in quei paesi.

In queste circostanze, l'unico potere con la capacità reale di garantire la vita di María Corina Machado è il governo di Donald Trump. Se la strategia di Washington finora è stata quella di supervisionare la transizione venezuelana per evitare una nuova fase di violenza e condurre il paese verso la democrazia, nessuna responsabilità di tale supervisione può essere più importante della protezione della sua vita.

La scomparsa di María Corina potrebbe alterare profondamente il corso della transizione, come è avvenuto in altri momenti della storia con leader la cui assenza ha cambiato il destino dei loro paesi. Se esiste il potere di impedirlo, esiste anche una responsabilità che la storia giudicherà: quella di chi avrebbe potuto proteggerla e non lo ha fatto.

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LA LEGITIMIDAD DE EDMUNDO GONZÁLEZ NO PUEDE SER IGNORADA






LA LEGITIMIDAD DE EDMUNDO GONZÁLEZ NO PUEDE SER IGNORADA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

En Venezuela se negocian acuerdos sobre el futuro político del país y la celebración de nuevas elecciones presidenciales. Pero existe una cuestión previa que no puede dejarse a un lado: la legitimidad. La oposición insiste con toda razón en que solo desde la legitimidad de un gobierno elegido por el pueblo pueden alcanzarse acuerdos que respeten plenamente el marco constitucional y la soberanía popular.

Por eso, antes de decidir cuándo serán las próximas elecciones o quiénes integrarán las instituciones encargadas de supervisarlas, hay que responder una pregunta: ¿qué ocurrió con la legitimidad y los derechos de Edmundo González Urrutia, derivados de la voluntad popular expresada en las elecciones de 2024?

No necesitamos discutir nuevamente quién ganó, eso está ampliamente probado. Lo que interesa ahora es determinar qué ocurrió constitucionalmente con el derecho del candidato elegido cuando se le impidió tomar posesión.

Nuestra tesis es que esa legitimidad otorga a González Urrutia la autoridad moral y legal para llamar a nuevas elecciones y proponer una fecha.

DOS ARGUMENTOS CONSTITUCIONALES

La Constitución permite abordar el problema desde dos perspectivas distintas que terminan reforzándose mutuamente.

La primera es que el período constitucional para el cual González fue elegido todavía está vigente.

El artículo 228 establece que se proclama electo al candidato que obtiene la mayoría de los votos válidos. El artículo 230 fija el período presidencial en seis años y el 231 establece que el candidato elegido toma posesión el 10 de enero del primer año de ese período.

El período correspondiente a las elecciones de 2024 comenzó, por tanto, el 10 de enero de 2025 y todavía no ha terminado.

Esto no significa que González pueda comenzar seis años nuevos si llegara posteriormente a ejercer la Presidencia. El período constitucional ya está corriendo.

La segunda interpretación es independiente de la primera y resulta especialmente importante: la Constitución no dice que impedir por la fuerza al presidente electo tomar posesión extinga el derecho que recibió de los electores.

El artículo 233 reconoce expresamente la existencia de un “Presidente electo” antes de tomar posesión. Además, enumera las causas por las cuales el cargo queda definitivamente vacante: muerte, renuncia, destitución, incapacidad permanente, abandono del cargo y revocación popular del mandato. Que terceros impidan al presidente electo tomar posesión no figura entre ellas.

La fuerza pudo impedirle ejercer el mandato; falta demostrar que constitucionalmente podía extinguirlo.

El artículo 333 refuerza esta interpretación. La propia Constitución establece que no pierde su vigencia si deja de observarse por un acto de fuerza y obliga a colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia.

Por tanto, impedir materialmente el ejercicio de un derecho y extinguir jurídicamente ese derecho son dos cosas diferentes.

EL DERECHO A RENUNCIAR

Aquí aparece otro elemento constitucional importante.

La Constitución establece varias situaciones en las que el derecho de un presidente a ocupar el cargo termina definitivamente. Una de ellas es la renuncia. También contempla expresamente el caso de un presidente electo que, antes de tomar posesión, deja definitivamente vacante el cargo. En ese caso corresponde celebrar una nueva elección universal, directa y secreta.

Expresado sencillamente: si González conserva el derecho nacido de su elección, también conserva la capacidad de renunciar a ese derecho.

Esto tiene enorme importancia ante la posibilidad de celebrar nuevas elecciones.

González podría renunciar al derecho que reivindica y llamar a los venezolanos a escoger nuevamente a su presidente. No organizaría las elecciones ni sustituiría al organismo electoral. Pero podría hacer el llamamiento y proponer una fecha concreta para que se celebren.

¿DE DÓNDE PROCEDE ESA AUTORIDAD?

No procedería de una negociación entre partidos, de un gobierno extranjero ni de una designación política.

Procedería originalmente del pueblo venezolano.

El artículo 5 establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo y que los órganos del Estado emanan de esa soberanía y están sometidos a ella.

Por eso un llamamiento de González tendría un peso moral indudable, pero también un fundamento jurídico-democrático que no debería ser ignorado.

Si aceptamos las dos interpretaciones anteriores, el razonamiento es sencillo:

González fue elegido por voluntad popular. El período para el cual fue elegido todavía está vigente. La Constitución no establece que haber sido impedido por la fuerza de tomar posesión extinga su derecho. Y la propia Constitución reconoce la renuncia como una forma de poner fin al mandato.

Por tanto, existe un argumento constitucional para sostener que González conserva autoridad para renunciar al derecho derivado de aquella elección y llamar a una nueva elección presidencial, proponiendo una fecha para devolver la decisión al pueblo.

Las autoridades electorales legítimas e independientes serían posteriormente las responsables de organizarla y formalizar su calendario.

La cuestión fundamental no es conceder a González un privilegio personal. Es exactamente lo contrario: reconocer el mandato que recibió para que pueda devolver voluntariamente la decisión a quien se lo otorgó.

Al final, todo vuelve al principio establecido por la propia Constitución: la soberanía pertenece al pueblo.

NOTA: El documento que Edmundo González firmó antes de salir de Venezuela en septiembre de 2024 no contiene una renuncia expresa al mandato derivado de las elecciones del 28 de julio. Además, González declaró posteriormente que lo firmó bajo coacción, chantaje y presiones. Por tanto, aquel documento no debe confundirse con la renuncia a la que se refiere este artículo.

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EDMUNDO GONZÁLEZ'S LEGITIMACY CANNOT BE IGNORED

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

In Venezuela, agreements are being negotiated over the country's political future and the holding of new presidential elections. But there is a prior issue that cannot be set aside: legitimacy. The opposition rightly insists that only the legitimacy of a government elected by the people can provide the basis for agreements that fully respect the constitutional framework and popular sovereignty.

Therefore, before deciding when the next elections will be held or who will make up the institutions responsible for supervising them, one question must be answered: what happened to the legitimacy and rights of Edmundo González Urrutia, derived from the popular will expressed in the 2024 elections?

There is no need to debate again who won; that has been amply demonstrated. What matters now is determining what happened constitutionally to the rights of the elected candidate when he was prevented from taking office.

Our thesis is that this legitimacy gives González Urrutia the moral and legal authority to call for new elections and propose a date.

TWO CONSTITUTIONAL ARGUMENTS

The Constitution allows the issue to be approached from two different perspectives that ultimately reinforce one another.

The first is that the constitutional term for which González was elected is still in effect.

Article 228 establishes that the candidate who obtains the majority of valid votes is proclaimed elected. Article 230 sets the presidential term at six years, and Article 231 establishes that the elected candidate takes office on January 10 of the first year of that term.

The term corresponding to the 2024 election therefore began on January 10, 2025, and has not yet ended.

This does not mean that González could begin a new six-year term if he were later able to exercise the presidency. The constitutional term is already running.

The second interpretation is independent of the first and is especially important: the Constitution does not say that preventing the president-elect by force from taking office extinguishes the right he received from the voters.

Article 233 expressly recognizes the existence of a “President-elect” before taking office. It also lists the circumstances under which the office becomes definitively vacant: death, resignation, removal, permanent incapacity, abandonment of office and popular recall. Preventing the president-elect from taking office is not among them.

Force may have prevented him from exercising the mandate; it remains to be shown that constitutionally it could extinguish it.

Article 333 reinforces this interpretation. The Constitution itself establishes that it does not lose its validity if it ceases to be observed because of an act of force, and it requires cooperation in restoring its effective application.

Therefore, materially preventing the exercise of a right and legally extinguishing that right are two different things.

THE RIGHT TO RESIGN

Another important constitutional element appears here.

The Constitution establishes several circumstances in which a president's right to occupy the office ends definitively. One of them is resignation. It also expressly contemplates the case of a president-elect who, before taking office, leaves the office definitively vacant. In that event, a new universal, direct and secret election must be held.

Put simply: if González retains the right born from his election, he also retains the ability to relinquish that right.

This is enormously important when considering the possibility of new elections.

González could relinquish the right he claims and call on Venezuelans to choose their president again. He would not organize the election or replace the electoral authority. But he could issue the call and propose a specific date for it to be held.

WHERE DOES THAT AUTHORITY COME FROM?

It would not come from negotiations between political parties, from a foreign government or from a political appointment.

It would originate with the Venezuelan people.

Article 5 establishes that sovereignty resides inalienably in the people and that the organs of the State emanate from that sovereignty and are subject to it.

For that reason, a call by González would carry undeniable moral weight, but also a legal-democratic foundation that should not be ignored.

If we accept the two interpretations above, the reasoning is straightforward:

González was elected by popular will. The term for which he was elected remains in effect. The Constitution does not establish that being prevented by force from taking office extinguishes his right. And the Constitution itself recognizes resignation as a way of ending the mandate.

There is therefore a constitutional argument for maintaining that González retains the authority to relinquish the right derived from that election and call for a new presidential election, proposing a date in order to return the decision to the people.

Legitimate and independent electoral authorities would subsequently be responsible for organizing it and formalizing the electoral calendar.

The fundamental issue is not to grant González a personal privilege. It is exactly the opposite: to recognize the mandate he received so that he can voluntarily return the decision to those who granted it.

In the end, everything returns to the principle established by the Constitution itself: sovereignty belongs to the people.

NOTE: The document Edmundo González signed before leaving Venezuela in September 2024 does not contain an explicit resignation from the mandate derived from the July 28 election. González also subsequently stated that he signed it under coercion, blackmail and pressure. Therefore, that document should not be confused with the resignation discussed in this article.

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LA LÉGITIMITÉ D'EDMUNDO GONZÁLEZ NE PEUT ÊTRE IGNORÉE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Au Venezuela, des accords sont négociés sur l'avenir politique du pays et la tenue de nouvelles élections présidentielles. Mais une question préalable ne peut être laissée de côté : la légitimité. L'opposition insiste, à juste titre, sur le fait que seule la légitimité d'un gouvernement élu par le peuple peut servir de base à des accords respectant pleinement le cadre constitutionnel et la souveraineté populaire.

Avant de décider quand auront lieu les prochaines élections ou qui composera les institutions chargées de les superviser, il faut donc répondre à une question : qu'est-il advenu de la légitimité et des droits d'Edmundo González Urrutia, issus de la volonté populaire exprimée lors des élections de 2024 ?

Il n'est pas nécessaire de discuter à nouveau de celui qui a gagné ; cela a été largement démontré. Ce qui importe maintenant est de déterminer ce qu'il est advenu, sur le plan constitutionnel, du droit du candidat élu lorsqu'il a été empêché de prendre ses fonctions.

Notre thèse est que cette légitimité confère à González Urrutia l'autorité morale et juridique nécessaire pour appeler à de nouvelles élections et proposer une date.

DEUX ARGUMENTS CONSTITUTIONNELS

La Constitution permet d'aborder le problème selon deux perspectives différentes qui finissent par se renforcer mutuellement.

La première est que la période constitutionnelle pour laquelle González a été élu est toujours en vigueur.

L'article 228 établit que le candidat qui obtient la majorité des votes valides est proclamé élu. L'article 230 fixe la durée du mandat présidentiel à six ans et l'article 231 dispose que le candidat élu prend ses fonctions le 10 janvier de la première année de cette période.

La période correspondant aux élections de 2024 a donc commencé le 10 janvier 2025 et n'est pas encore terminée.

Cela ne signifie pas que González pourrait commencer un nouveau mandat de six ans s'il parvenait ultérieurement à exercer la présidence. La période constitutionnelle est déjà en cours.

La seconde interprétation est indépendante de la première et revêt une importance particulière : la Constitution ne dit pas que le fait d'empêcher par la force le président élu de prendre ses fonctions éteint le droit qu'il a reçu des électeurs.

L'article 233 reconnaît expressément l'existence d'un « Président élu » avant son entrée en fonctions. Il énumère également les causes pour lesquelles la fonction devient définitivement vacante : décès, démission, destitution, incapacité permanente, abandon de la fonction et révocation populaire du mandat. Empêcher le président élu de prendre ses fonctions n'en fait pas partie.

La force a pu l'empêcher d'exercer son mandat ; il reste à démontrer qu'elle pouvait constitutionnellement l'éteindre.

L'article 333 renforce cette interprétation. La Constitution elle-même établit qu'elle ne perd pas sa validité si elle cesse d'être respectée en raison d'un acte de force et impose de collaborer au rétablissement de son application effective.

Empêcher matériellement l'exercice d'un droit et éteindre juridiquement ce droit sont donc deux choses différentes.

LE DROIT DE RENONCER

Un autre élément constitutionnel important apparaît ici.

La Constitution prévoit plusieurs situations dans lesquelles le droit d'un président à occuper la fonction prend définitivement fin. La démission en fait partie. Elle envisage également expressément le cas d'un président élu qui, avant de prendre ses fonctions, laisse définitivement la fonction vacante. Dans ce cas, une nouvelle élection universelle, directe et secrète doit être organisée.

En termes simples : si González conserve le droit né de son élection, il conserve également la possibilité de renoncer à ce droit.

Cela revêt une importance considérable face à la possibilité de nouvelles élections.

González pourrait renoncer au droit qu'il revendique et appeler les Vénézuéliens à choisir de nouveau leur président. Il n'organiserait pas les élections et ne remplacerait pas l'autorité électorale. Mais il pourrait lancer cet appel et proposer une date précise pour leur tenue.

D'OÙ VIENT CETTE AUTORITÉ ?

Elle ne viendrait ni d'une négociation entre partis, ni d'un gouvernement étranger, ni d'une désignation politique.

Elle proviendrait à l'origine du peuple vénézuélien.

L'article 5 établit que la souveraineté réside de manière intransférable dans le peuple et que les organes de l'État émanent de cette souveraineté et lui sont soumis.

C'est pourquoi un appel de González aurait un poids moral indéniable, mais aussi un fondement juridico-démocratique qui ne devrait pas être ignoré.

Si nous acceptons les deux interprétations précédentes, le raisonnement est simple :

González a été élu par la volonté populaire. La période pour laquelle il a été élu est toujours en vigueur. La Constitution ne prévoit pas que le fait d'avoir été empêché par la force de prendre ses fonctions éteigne son droit. Et la Constitution elle-même reconnaît la démission comme un moyen de mettre fin au mandat.

Il existe donc un argument constitutionnel permettant de soutenir que González conserve l'autorité nécessaire pour renoncer au droit issu de cette élection et appeler à une nouvelle élection présidentielle, en proposant une date afin de rendre la décision au peuple.

Des autorités électorales légitimes et indépendantes seraient ensuite chargées de l'organiser et d'officialiser le calendrier électoral.

La question fondamentale n'est pas d'accorder à González un privilège personnel. C'est exactement le contraire : reconnaître le mandat qu'il a reçu afin qu'il puisse volontairement rendre la décision à ceux qui la lui ont confiée.

En fin de compte, tout revient au principe établi par la Constitution elle-même : la souveraineté appartient au peuple.

NOTE : Le document qu'Edmundo González a signé avant de quitter le Venezuela en septembre 2024 ne contient pas de renonciation expresse au mandat issu des élections du 28 juillet. González a également déclaré par la suite l'avoir signé sous la contrainte, le chantage et les pressions. Ce document ne doit donc pas être confondu avec la renonciation dont il est question dans cet article.

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LA LEGITTIMITÀ DI EDMUNDO GONZÁLEZ NON PUÒ ESSERE IGNORATA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

In Venezuela si stanno negoziando accordi sul futuro politico del paese e sulla celebrazione di nuove elezioni presidenziali. Ma esiste una questione preliminare che non può essere ignorata: la legittimità. L'opposizione insiste, a giusta ragione, sul fatto che solo la legittimità di un governo eletto dal popolo può costituire la base di accordi che rispettino pienamente il quadro costituzionale e la sovranità popolare.

Prima di decidere quando si terranno le prossime elezioni o chi farà parte delle istituzioni incaricate di supervisionarle, bisogna quindi rispondere a una domanda: che cosa è accaduto alla legittimità e ai diritti di Edmundo González Urrutia, derivati dalla volontà popolare espressa nelle elezioni del 2024?

Non è necessario discutere nuovamente chi abbia vinto; ciò è stato ampiamente dimostrato. Ciò che interessa ora è stabilire che cosa sia accaduto, dal punto di vista costituzionale, al diritto del candidato eletto quando gli è stato impedito di assumere la carica.

La nostra tesi è che tale legittimità conferisce a González Urrutia l'autorità morale e giuridica per chiedere nuove elezioni e proporre una data.

DUE ARGOMENTI COSTITUZIONALI

La Costituzione consente di affrontare il problema da due prospettive diverse che finiscono per rafforzarsi reciprocamente.

La prima è che il periodo costituzionale per il quale González è stato eletto è ancora in vigore.

L'articolo 228 stabilisce che viene proclamato eletto il candidato che ottiene la maggioranza dei voti validi. L'articolo 230 fissa il mandato presidenziale in sei anni e l'articolo 231 stabilisce che il candidato eletto assume la carica il 10 gennaio del primo anno di quel periodo.

Il periodo corrispondente alle elezioni del 2024 è quindi iniziato il 10 gennaio 2025 e non è ancora terminato.

Ciò non significa che González possa iniziare un nuovo mandato di sei anni se in seguito riuscisse a esercitare la Presidenza. Il periodo costituzionale è già in corso.

La seconda interpretazione è indipendente dalla prima ed è particolarmente importante: la Costituzione non afferma che impedire con la forza al presidente eletto di assumere la carica estingua il diritto ricevuto dagli elettori.

L'articolo 233 riconosce espressamente l'esistenza di un “Presidente eletto” prima dell'assunzione della carica. Elenca inoltre le cause per le quali la carica diventa definitivamente vacante: morte, dimissioni, destituzione, incapacità permanente, abbandono della carica e revoca popolare del mandato. Impedire al presidente eletto di assumere la carica non figura tra queste.

La forza può avergli impedito di esercitare il mandato; resta da dimostrare che costituzionalmente potesse estinguerlo.

L'articolo 333 rafforza questa interpretazione. La stessa Costituzione stabilisce che non perde la propria validità se cessa di essere osservata a causa di un atto di forza e impone di collaborare al ripristino della sua effettiva applicazione.

Pertanto, impedire materialmente l'esercizio di un diritto ed estinguere giuridicamente quel diritto sono due cose diverse.

IL DIRITTO DI RINUNCIARE

Qui appare un altro importante elemento costituzionale.

La Costituzione stabilisce diverse situazioni nelle quali il diritto di un presidente a occupare la carica termina definitivamente. Una di queste è la rinuncia. Contempla inoltre espressamente il caso di un presidente eletto che, prima di assumere la carica, la lasci definitivamente vacante. In tal caso deve essere celebrata una nuova elezione universale, diretta e segreta.

In termini semplici: se González conserva il diritto derivato dalla sua elezione, conserva anche la possibilità di rinunciare a quel diritto.

Questo assume enorme importanza davanti alla possibilità di nuove elezioni.

González potrebbe rinunciare al diritto che rivendica e invitare i venezuelani a scegliere nuovamente il loro presidente. Non organizzerebbe le elezioni né sostituirebbe l'autorità elettorale. Ma potrebbe fare l'appello e proporre una data concreta per la loro celebrazione.

DA DOVE PROVIENE QUESTA AUTORITÀ?

Non deriverebbe da una negoziazione tra partiti, da un governo straniero né da una designazione politica.

Deriverebbe originariamente dal popolo venezuelano.

L'articolo 5 stabilisce che la sovranità risiede in modo intrasferibile nel popolo e che gli organi dello Stato emanano da tale sovranità e sono ad essa sottoposti.

Per questo un appello di González avrebbe un indubbio peso morale, ma anche un fondamento giuridico-democratico che non dovrebbe essere ignorato.

Se accettiamo le due interpretazioni precedenti, il ragionamento è semplice:

González è stato eletto dalla volontà popolare. Il periodo per il quale è stato eletto è ancora in vigore. La Costituzione non stabilisce che l'essere stato impedito con la forza di assumere la carica estingua il suo diritto. E la stessa Costituzione riconosce le dimissioni come un modo per porre fine al mandato.

Esiste quindi un argomento costituzionale per sostenere che González conserva l'autorità per rinunciare al diritto derivato da quella elezione e chiedere una nuova elezione presidenziale, proponendo una data per restituire la decisione al popolo.

Autorità elettorali legittime e indipendenti sarebbero successivamente responsabili della sua organizzazione e della formalizzazione del calendario elettorale.

La questione fondamentale non è concedere a González un privilegio personale. È esattamente il contrario: riconoscere il mandato che ha ricevuto affinché possa restituire volontariamente la decisione a chi gliel'ha affidata.

Alla fine, tutto ritorna al principio stabilito dalla stessa Costituzione: la sovranità appartiene al popolo.

NOTA: Il documento che Edmundo González firmò prima di lasciare il Venezuela nel settembre 2024 non contiene una rinuncia espressa al mandato derivato dalle elezioni del 28 luglio. González dichiarò inoltre successivamente di averlo firmato sotto coercizione, ricatto e pressioni. Pertanto, quel documento non deve essere confuso con la rinuncia di cui si parla in questo articolo.

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PROYECTO MERIDIAN: LAS ARMAS DE LAS GUERRAS DEL FUTURO

 


PROYECTO MERIDIAN: LAS ARMAS DE LAS GUERRAS DEL FUTURO

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

El Pentágono acaba de poner en marcha un proyecto que puede tener profundas consecuencias para la manera en que se librarán las guerras durante las próximas décadas.

Se llama Project Meridian y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha encargado su dirección a Elon Musk, Palmer Luckey, fundador de Anduril, y Newt Gingrich, expresidente de la Cámara de Representantes. Tendrán 120 días para identificar los campos de batalla del futuro y las tecnologías que Estados Unidos necesitará para mantener su superioridad militar. TNW

El alcance es extraordinario. Meridian estudiará escenarios que van desde operaciones subterráneas hasta el espacio entre la Tierra y la Luna. Inteligencia artificial, sistemas autónomos, robótica, energía dirigida y biotecnología están entre las tecnologías señaladas. Pero el Pentágono no quiere solamente ideas: ha pedido propuestas que puedan conducir al desarrollo, prueba y eventual despliegue de nuevos sistemas. TNW

Al mismo tiempo, Hegseth anunció la creación del Mando de Guerra Autónoma (Autonomous Warfare Command), un mando militar de cuatro estrellas destinado a acelerar la incorporación de drones, robots y sistemas autónomos a las Fuerzas Armadas. The Wall Street Journal

La presencia de Elon Musk en Meridian introduce una dimensión particularmente interesante: el espacio.

Musk no llega al proyecto solamente como un visionario tecnológico. Su empresa SpaceX está desarrollando Starship y construyendo la infraestructura industrial necesaria para llevar enormes cantidades de carga al espacio.

En agosto, SpaceX anunció una inversión de 100.000 millones de dólares en Luisiana para construir su mayor complejo espacial. Tendrá cinco centros con dos plataformas de Starship cada uno, diez en total, y ha sido concebido para poder sostener eventualmente miles de lanzamientos anuales. Opportunity Louisiana

SpaceX proyecta además una nueva generación de Starship capaz de transportar 200 toneladas por vuelo y contempla eventualmente lanzamientos con intervalos de aproximadamente una hora. A esa escala, la propia empresa habla de transportar millones de toneladas anuales al espacio y más allá. SpaceX

Esto tiene una enorme importancia para Meridian.

Hasta ahora, colocar grandes cantidades de equipos en órbita ha sido una operación compleja y costosa. Si Starship alcanza una parte importante de la capacidad proyectada, el espacio podría convertirse en un ámbito al que Estados Unidos pudiera transportar grandes sistemas de manera repetida y a escala industrial.

No sabemos qué recomendará Meridian. Podrían surgir grandes constelaciones de sensores capaces de detectar misiles, sistemas autónomos, comunicaciones militares, plataformas defensivas, armas de energía dirigida o tecnologías que todavía no conocemos.

Tampoco existe evidencia pública de que Meridian haya decidido emplazar armas mediante Starship. Esa decisión no existe, al menos públicamente.

Pero la relación entre ambas cosas merece atención.

En una guerra entre grandes potencias, los satélites y otros sistemas espaciales probablemente serían objetivos estratégicos. Tan importante como poseerlos podría ser la capacidad de reponer rápidamente los que fueran destruidos. Un sistema capaz de colocar cientos o miles de toneladas en órbita en poco tiempo cambiaría profundamente esa ecuación.

Ucrania ya ha demostrado que tecnologías relativamente económicas —especialmente los drones— pueden transformar un campo de batalla que durante décadas estuvo dominado por tanques, artillería y aviones extraordinariamente costosos.

La inteligencia artificial, la robótica y los sistemas autónomos pueden llevar esa revolución mucho más lejos.

Meridian tiene la misión de descubrir qué viene después.

Y existe una coincidencia extraordinaria: uno de los hombres escogidos para imaginar esas nuevas capacidades está construyendo, al mismo tiempo, el sistema de transporte espacial que podría hacer posible desplegar algunas de ellas a una escala nunca antes alcanzada.

Las armas que Meridian recomendará todavía no las conocemos. La infraestructura para llevar algunas de ellas al espacio ya comienza a construirse.

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PROJECT MERIDIAN: THE WEAPONS OF FUTURE WARS

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

The Pentagon has just launched a project that could have profound consequences for how wars will be fought over the coming decades.

It is called Project Meridian, and Defense Secretary Pete Hegseth has entrusted its leadership to Elon Musk, Palmer Luckey, founder of Anduril, and Newt Gingrich, former Speaker of the House of Representatives. They will have 120 days to identify the battlefields of the future and the technologies the United States will need to maintain its military superiority. TNW

Its scope is extraordinary. Meridian will study scenarios ranging from underground operations to the space between Earth and the Moon. Artificial intelligence, autonomous systems, robotics, directed energy and biotechnology are among the technologies identified. But the Pentagon does not want ideas alone: it has requested proposals that can lead to the development, testing and eventual deployment of new systems. TNW

At the same time, Hegseth announced the creation of the Autonomous Warfare Command, a four-star military command intended to accelerate the incorporation of drones, robots and autonomous systems into the Armed Forces. The Wall Street Journal

Elon Musk's presence in Meridian introduces a particularly interesting dimension: space.

Musk does not come to the project merely as a technological visionary. His company SpaceX is developing Starship and building the industrial infrastructure needed to carry enormous amounts of cargo into space.

In August, SpaceX announced a $100 billion investment in Louisiana to build its largest space complex. It will have five centers with two Starship launch pads each, ten in all, and has been conceived to eventually support thousands of launches per year. Opportunity Louisiana

SpaceX is also projecting a new generation of Starship capable of carrying 200 tons per flight and eventually envisions launches at intervals of roughly one hour. At that scale, the company itself speaks of transporting millions of tons annually to space and beyond. SpaceX

This has enormous importance for Meridian.

Until now, placing large quantities of equipment into orbit has been a complex and costly operation. If Starship achieves a significant portion of its projected capability, space could become a domain to which the United States could transport large systems repeatedly and on an industrial scale.

We do not know what Meridian will recommend. Large constellations of missile-detecting sensors, autonomous systems, military communications, defensive platforms, directed-energy weapons or technologies that do not yet exist could emerge.

Nor is there public evidence that Meridian has decided to deploy weapons using Starship. No such decision exists, at least publicly.

But the relationship between the two deserves attention.

In a war between major powers, satellites and other space systems would likely be strategic targets. As important as possessing them could be the ability to rapidly replace those that were destroyed. A system capable of placing hundreds or thousands of tons into orbit in a short period would profoundly change that equation.

Ukraine has already demonstrated that relatively inexpensive technologies—especially drones—can transform a battlefield that for decades was dominated by extraordinarily expensive tanks, artillery and aircraft.

Artificial intelligence, robotics and autonomous systems can carry that revolution much further.

Meridian's mission is to discover what comes next.

And there is an extraordinary coincidence: one of the men chosen to imagine those new capabilities is simultaneously building the space transportation system that could make it possible to deploy some of them on a scale never before achieved.

We still do not know the weapons Meridian will recommend. The infrastructure to carry some of them into space is already beginning to be built.

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PROJET MERIDIAN : LES ARMES DES GUERRES DU FUTUR

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le Pentagone vient de lancer un projet qui pourrait avoir de profondes conséquences sur la manière dont les guerres seront menées au cours des prochaines décennies.

Il s'appelle Project Meridian et le secrétaire à la Défense, Pete Hegseth, en a confié la direction à Elon Musk, Palmer Luckey, fondateur d'Anduril, et Newt Gingrich, ancien président de la Chambre des représentants. Ils disposeront de 120 jours pour identifier les champs de bataille du futur et les technologies dont les États-Unis auront besoin pour maintenir leur supériorité militaire. TNW

La portée est extraordinaire. Meridian étudiera des scénarios allant des opérations souterraines à l'espace entre la Terre et la Lune. L'intelligence artificielle, les systèmes autonomes, la robotique, l'énergie dirigée et la biotechnologie figurent parmi les technologies mentionnées. Mais le Pentagone ne veut pas seulement des idées : il a demandé des propositions pouvant conduire au développement, aux essais et au déploiement éventuel de nouveaux systèmes. TNW

Dans le même temps, Hegseth a annoncé la création du Commandement de la guerre autonome (Autonomous Warfare Command), un commandement militaire quatre étoiles destiné à accélérer l'intégration des drones, des robots et des systèmes autonomes dans les forces armées. The Wall Street Journal

La présence d'Elon Musk au sein de Meridian introduit une dimension particulièrement intéressante : l'espace.

Musk n'arrive pas au projet seulement en tant que visionnaire technologique. Son entreprise SpaceX développe Starship et construit l'infrastructure industrielle nécessaire pour transporter d'énormes quantités de fret dans l'espace.

En août, SpaceX a annoncé un investissement de 100 milliards de dollars en Louisiane pour construire son plus grand complexe spatial. Il comprendra cinq centres dotés chacun de deux plateformes de lancement Starship, soit dix au total, et a été conçu pour pouvoir soutenir à terme des milliers de lancements par an. Opportunity Louisiana

SpaceX prévoit également une nouvelle génération de Starship capable de transporter 200 tonnes par vol et envisage à terme des lancements espacés d'environ une heure. À cette échelle, l'entreprise elle-même parle de transporter chaque année des millions de tonnes vers l'espace et au-delà. SpaceX

Cela revêt une importance considérable pour Meridian.

Jusqu'à présent, placer de grandes quantités d'équipements en orbite a été une opération complexe et coûteuse. Si Starship atteint une part importante de la capacité prévue, l'espace pourrait devenir un domaine vers lequel les États-Unis pourraient transporter de grands systèmes de façon répétée et à l'échelle industrielle.

Nous ne savons pas ce que Meridian recommandera. De grandes constellations de capteurs capables de détecter des missiles, des systèmes autonomes, des communications militaires, des plateformes défensives, des armes à énergie dirigée ou des technologies qui n'existent pas encore pourraient voir le jour.

Il n'existe pas non plus de preuve publique que Meridian ait décidé de déployer des armes au moyen de Starship. Une telle décision n'existe pas, du moins publiquement.

Mais le rapport entre ces deux éléments mérite attention.

Dans une guerre entre grandes puissances, les satellites et autres systèmes spatiaux seraient probablement des objectifs stratégiques. Aussi importante que leur possession pourrait être la capacité de remplacer rapidement ceux qui auraient été détruits. Un système capable de placer des centaines ou des milliers de tonnes en orbite en peu de temps modifierait profondément cette équation.

L'Ukraine a déjà démontré que des technologies relativement peu coûteuses — en particulier les drones — peuvent transformer un champ de bataille qui, pendant des décennies, a été dominé par des chars, de l'artillerie et des avions extrêmement coûteux.

L'intelligence artificielle, la robotique et les systèmes autonomes peuvent pousser cette révolution beaucoup plus loin.

Meridian a pour mission de découvrir ce qui vient ensuite.

Et il existe une coïncidence extraordinaire : l'un des hommes choisis pour imaginer ces nouvelles capacités construit, au même moment, le système de transport spatial qui pourrait permettre d'en déployer certaines à une échelle jamais atteinte auparavant.

Nous ne connaissons pas encore les armes que Meridian recommandera. L'infrastructure permettant d'en transporter certaines dans l'espace commence déjà à se construire.

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PROGETTO MERIDIAN: LE ARMI DELLE GUERRE DEL FUTURO

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il Pentagono ha appena avviato un progetto che potrebbe avere profonde conseguenze sul modo in cui verranno combattute le guerre nei prossimi decenni.

Si chiama Project Meridian e il segretario alla Difesa, Pete Hegseth, ne ha affidato la direzione a Elon Musk, Palmer Luckey, fondatore di Anduril, e Newt Gingrich, ex presidente della Camera dei Rappresentanti. Avranno 120 giorni per identificare i campi di battaglia del futuro e le tecnologie di cui gli Stati Uniti avranno bisogno per mantenere la propria superiorità militare. TNW

La portata è straordinaria. Meridian studierà scenari che vanno dalle operazioni sotterranee allo spazio tra la Terra e la Luna. Intelligenza artificiale, sistemi autonomi, robotica, energia diretta e biotecnologia sono tra le tecnologie indicate. Ma il Pentagono non vuole soltanto idee: ha chiesto proposte che possano portare allo sviluppo, alla sperimentazione e all'eventuale dispiegamento di nuovi sistemi. TNW

Allo stesso tempo, Hegseth ha annunciato la creazione del Comando per la guerra autonoma (Autonomous Warfare Command), un comando militare a quattro stelle destinato ad accelerare l'integrazione di droni, robot e sistemi autonomi nelle Forze Armate. The Wall Street Journal

La presenza di Elon Musk in Meridian introduce una dimensione particolarmente interessante: lo spazio.

Musk non arriva al progetto soltanto come visionario tecnologico. La sua azienda SpaceX sta sviluppando Starship e costruendo l'infrastruttura industriale necessaria per trasportare enormi quantità di carico nello spazio.

Ad agosto, SpaceX ha annunciato un investimento di 100 miliardi di dollari in Louisiana per costruire il suo più grande complesso spaziale. Avrà cinque centri con due piattaforme di lancio Starship ciascuno, dieci in totale, ed è stato concepito per poter sostenere in futuro migliaia di lanci all'anno. Opportunity Louisiana

SpaceX prevede inoltre una nuova generazione di Starship capace di trasportare 200 tonnellate per volo e contempla in futuro lanci a intervalli di circa un'ora. A quella scala, la stessa azienda parla di trasportare ogni anno milioni di tonnellate nello spazio e oltre. SpaceX

Questo ha un'enorme importanza per Meridian.

Finora, collocare grandi quantità di equipaggiamenti in orbita è stata un'operazione complessa e costosa. Se Starship raggiungerà una parte importante della capacità prevista, lo spazio potrebbe diventare un ambito verso il quale gli Stati Uniti potrebbero trasportare grandi sistemi ripetutamente e su scala industriale.

Non sappiamo che cosa raccomanderà Meridian. Potrebbero emergere grandi costellazioni di sensori capaci di rilevare missili, sistemi autonomi, comunicazioni militari, piattaforme difensive, armi a energia diretta o tecnologie che ancora non conosciamo.

Non esistono neppure prove pubbliche che Meridian abbia deciso di collocare armi mediante Starship. Una simile decisione non esiste, almeno pubblicamente.

Ma il rapporto tra le due cose merita attenzione.

In una guerra tra grandi potenze, i satelliti e altri sistemi spaziali sarebbero probabilmente obiettivi strategici. Importante quanto possederli potrebbe essere la capacità di sostituire rapidamente quelli distrutti. Un sistema capace di collocare centinaia o migliaia di tonnellate in orbita in poco tempo cambierebbe profondamente questa equazione.

L'Ucraina ha già dimostrato che tecnologie relativamente economiche — soprattutto i droni — possono trasformare un campo di battaglia che per decenni è stato dominato da carri armati, artiglieria e aerei estremamente costosi.

L'intelligenza artificiale, la robotica e i sistemi autonomi possono portare questa rivoluzione molto più lontano.

Meridian ha la missione di scoprire che cosa viene dopo.

E c'è una coincidenza straordinaria: uno degli uomini scelti per immaginare queste nuove capacità sta costruendo, allo stesso tempo, il sistema di trasporto spaziale che potrebbe rendere possibile dispiegarne alcune su una scala mai raggiunta prima.

Non conosciamo ancora le armi che Meridian raccomanderà. L'infrastruttura per portarne alcune nello spazio sta già cominciando a essere costruita.

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EL BLINDAJE DE LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE

 


EL BLINDAJE DE LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Existe hoy en Estados Unidos preocupación ante la posibilidad de que Donald Trump concentre tanto poder en la Presidencia que termine poniendo en peligro la democracia. La preocupación merece ser tomada en serio. Pero también debemos examinar la otra parte de la ecuación: las formidables barreras que el sistema estadounidense ha construido durante casi 250 años para impedir que una sola persona pueda apoderarse del Estado.

La Constitución nació precisamente de la desconfianza hacia la concentración del poder. Sus autores dividieron el gobierno federal entre un presidente, un Congreso bicameral y un poder judicial independiente.

Pero el verdadero blindaje estadounidense va mucho más allá.

Estados Unidos es una federación de 50 estados con gobernadores, legislaturas, tribunales y poderes propios. El presidente no puede destituir a un gobernador porque se oponga a él, disolver una legislatura estatal ni asumir sencillamente el control de las instituciones de un estado.

Esto adquiere especial importancia cuando hablamos de elecciones.

El presidente no organiza las elecciones en las que participa su partido. La administración electoral está extraordinariamente descentralizada y depende fundamentalmente de los estados y autoridades locales.

Estamos viendo funcionar ese mecanismo.

La administración Trump intentó condicionar determinados fondos federales a cambios en los procedimientos electorales estatales. En septiembre de 2026, un juez federal bloqueó esas condiciones. Veinticinco fiscales generales o gobernadores habían recurrido contra ellas.

La Corte Suprema, cuya mayoría conservadora incluye tres jueces nombrados por Trump, también rechazó recientemente restricciones impulsadas por su administración sobre el voto por correo para las elecciones legislativas de noviembre.

Aquí aparece otro gran muro de contención: los jueces no son empleados del presidente.

Los jueces federales son nombrados de por vida mientras mantengan buena conducta. Una vez confirmados, no necesitan complacer al presidente que los nombró para conservar su cargo. Por eso un juez designado por un presidente puede posteriormente fallar contra ese mismo presidente.

Está también el Congreso, que obtiene su legitimidad directamente de los electores y posee facultades constitucionales propias. Una de las más importantes es el control del dinero.

El 29 de septiembre, la Government Accountability Office concluyó que Trump no podía retener más de 800 millones de dólares que el Congreso había autorizado gastar, pues hacerlo excedería los límites permitidos por la ley. El conflicto puede continuar en los tribunales, pero demuestra nuevamente que el presidente no dispone legalmente del presupuesto federal como si fuera patrimonio de su gobierno.

A esto debemos sumar otro elemento formidable: la Primera Enmienda.

La prensa estadounidense no pertenece al Estado. Grandes cadenas de televisión, periódicos, emisoras, plataformas digitales y millones de ciudadanos pueden criticar al gobierno. Trump mantiene frecuentes conflictos con determinados medios y ha presentado demandas contra algunos de ellos, pero también en este terreno existen tribunales independientes.

Hay además una barrera extraordinariamente sencilla y poderosa: Trump no puede ser elegido presidente por tercera vez.

La Vigésima Segunda Enmienda establece que ninguna persona puede ser elegida presidente más de dos veces. Cambiar esa disposición exigiría superar el dificilísimo procedimiento de reforma constitucional: dos tercios de ambas cámaras del Congreso y la ratificación de tres cuartas partes de los estados.

Nada de esto significa que la democracia estadounidense sea indestructible. Ninguna democracia lo es.

Las instituciones funcionan mientras los tribunales puedan ejercer su autoridad, las elecciones continúen siendo competitivas, la oposición pueda organizarse, la libertad de expresión sea respetada y los ciudadanos defiendan sus derechos.

También existen controversias importantes sobre hasta dónde puede extenderse el poder presidencial. La administración Trump está litigando repetidamente sobre los límites de sus facultades. Es legítimo observar esos conflictos con atención.

Pero existe una enorme diferencia entre afirmar que una democracia está sometida a tensiones y asegurar que inevitablemente se dirige hacia una dictadura.

Para imponer una dictadura en Estados Unidos no bastaría con controlar la Casa Blanca. Habría que neutralizar al Congreso, someter a los tribunales, vencer la autonomía constitucional de los estados, controlar un sistema electoral descentralizado, restringir la prensa y la libertad de expresión y superar una Constitución extraordinariamente difícil de modificar.

Ese entramado no apareció accidentalmente. Es producto de casi 250 años de evolución constitucional, conflictos, errores, correcciones y aprendizaje democrático.

Los fundadores no construyeron su sistema suponiendo que siempre habría buenos presidentes. Partieron precisamente de la posibilidad contraria: que algún día llegara al poder alguien que quisiera ejercer más autoridad de la que le correspondía.

Por eso la pregunta fundamental no es si confiamos o desconfiamos de Donald Trump.

La pregunta es si las instituciones estadounidenses conservan la capacidad de decirle no a cualquier presidente cuando sobrepasa los límites de su poder.

Los acontecimientos recientes demuestran que todavía pueden hacerlo.

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THE SAFEGUARDS OF AMERICAN DEMOCRACY

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

There is considerable concern in the United States today about the possibility that Donald Trump could concentrate so much power in the presidency that he ultimately endangers democracy. That concern deserves to be taken seriously. But we should also examine the other side of the equation: the formidable barriers the American system has built over nearly 250 years to prevent any one person from taking control of the state.

The Constitution was born precisely out of distrust of concentrated power. Its authors divided the federal government among a president, a bicameral Congress and an independent judiciary.

But the real safeguards of the American system go much further.

The United States is a federation of 50 states with their own governors, legislatures, courts and powers. The president cannot remove a governor because that governor opposes him, dissolve a state legislature or simply take control of a state's institutions.

This becomes particularly important when we talk about elections.

The president does not administer the elections in which his party participates. Election administration is extraordinarily decentralized and depends primarily on state and local authorities.

We are seeing that mechanism at work.

The Trump administration attempted to condition certain federal funds on changes to state election procedures. In September 2026, a federal judge blocked those conditions. Twenty-five attorneys general or governors had challenged them.

The Supreme Court, whose conservative majority includes three justices appointed by Trump himself, also recently rejected restrictions promoted by his administration concerning mail voting for the November congressional elections.

Here we encounter another major barrier: judges are not employees of the president.

Federal judges hold lifetime appointments as long as they maintain good behavior. Once confirmed, they do not need to please the president who appointed them in order to keep their positions. That is why a judge appointed by a president can later rule against that same president.

There is also Congress, which derives its legitimacy directly from the voters and possesses constitutional powers of its own. One of the most important is control of public spending.

On September 29, the Government Accountability Office concluded that Trump could not withhold more than $800 million that Congress had authorized for spending, because doing so would exceed the limits permitted by law. The dispute may continue in the courts, but it demonstrates once again that the president cannot legally dispose of the federal budget as though it were the property of his administration.

To this we must add another formidable element: the First Amendment.

The American press does not belong to the state. Major television networks, newspapers, radio stations, digital platforms and millions of citizens can criticize the government. Trump frequently clashes with certain media organizations and has filed lawsuits against some of them, but independent courts also exist in this sphere.

There is also an extraordinarily simple and powerful barrier: Trump cannot be elected president for a third time.

The Twenty-Second Amendment establishes that no person may be elected president more than twice. Changing that provision would require overcoming the extraordinarily difficult constitutional amendment process: two-thirds of both houses of Congress and ratification by three-fourths of the states.

None of this means that American democracy is indestructible. No democracy is.

Institutions function as long as courts can exercise their authority, elections remain competitive, the opposition can organize, freedom of expression is respected and citizens defend their rights.

There are also important controversies over how far presidential power can extend. The Trump administration is repeatedly litigating the limits of its authority. It is legitimate to watch those conflicts carefully.

But there is an enormous difference between saying that a democracy is under strain and asserting that it is inevitably heading toward dictatorship.

To impose a dictatorship in the United States, controlling the White House would not be enough. Congress would have to be neutralized, the courts subordinated, the constitutional autonomy of the states overcome, a decentralized electoral system controlled, freedom of the press and expression restricted, and a Constitution that is extraordinarily difficult to amend circumvented or transformed.

That system did not arise by accident. It is the product of nearly 250 years of constitutional evolution, conflicts, mistakes, corrections and democratic learning.

The founders did not construct their system on the assumption that there would always be good presidents. They began from precisely the opposite possibility: that one day someone might come to power who wanted to exercise more authority than he was entitled to.

That is why the fundamental question is not whether we trust or distrust Donald Trump.

The question is whether American institutions retain the ability to say no to any president when he exceeds the limits of his power.

Recent events demonstrate that they still can.

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LES GARDE-FOUS DE LA DÉMOCRATIE AMÉRICAINE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il existe aujourd'hui aux États-Unis une inquiétude considérable quant à la possibilité que Donald Trump concentre tellement de pouvoir entre les mains de la présidence qu'il finisse par mettre la démocratie en danger. Cette inquiétude mérite d'être prise au sérieux. Mais il faut également examiner l'autre partie de l'équation : les formidables barrières que le système américain a construites pendant près de 250 ans pour empêcher qu'une seule personne puisse s'emparer de l'État.

La Constitution est née précisément de la méfiance envers la concentration du pouvoir. Ses auteurs ont réparti le gouvernement fédéral entre un président, un Congrès bicaméral et un pouvoir judiciaire indépendant.

Mais les véritables garde-fous du système américain vont beaucoup plus loin.

Les États-Unis sont une fédération de 50 États dotés de leurs propres gouverneurs, législatures, tribunaux et pouvoirs. Le président ne peut pas destituer un gouverneur parce que celui-ci s'oppose à lui, dissoudre une législature d'État ou simplement prendre le contrôle des institutions d'un État.

Cela prend une importance particulière lorsqu'il s'agit des élections.

Le président n'organise pas les élections auxquelles participe son parti. L'administration électorale est extraordinairement décentralisée et dépend principalement des États et des autorités locales.

Nous voyons actuellement ce mécanisme fonctionner.

L'administration Trump a tenté de conditionner certains fonds fédéraux à des modifications des procédures électorales des États. En septembre 2026, un juge fédéral a bloqué ces conditions. Vingt-cinq procureurs généraux ou gouverneurs les avaient contestées.

La Cour suprême, dont la majorité conservatrice comprend trois juges nommés par Trump lui-même, a également rejeté récemment des restrictions soutenues par son administration concernant le vote par correspondance pour les élections législatives de novembre.

C'est ici qu'apparaît un autre grand mur de protection : les juges ne sont pas des employés du président.

Les juges fédéraux sont nommés à vie tant qu'ils observent une bonne conduite. Une fois confirmés, ils n'ont pas besoin de satisfaire le président qui les a nommés pour conserver leur poste. C'est pourquoi un juge désigné par un président peut ensuite rendre une décision contre ce même président.

Il y a également le Congrès, qui tire sa légitimité directement des électeurs et possède ses propres pouvoirs constitutionnels. L'un des plus importants est le contrôle des dépenses publiques.

Le 29 septembre, le Government Accountability Office a conclu que Trump ne pouvait pas retenir plus de 800 millions de dollars que le Congrès avait autorisé à dépenser, car le faire dépasserait les limites permises par la loi. Le conflit peut se poursuivre devant les tribunaux, mais il démontre une fois de plus que le président ne dispose pas légalement du budget fédéral comme s'il appartenait à son gouvernement.

À cela s'ajoute un autre élément formidable : le Premier Amendement.

La presse américaine n'appartient pas à l'État. Les grandes chaînes de télévision, les journaux, les stations de radio, les plateformes numériques et des millions de citoyens peuvent critiquer le gouvernement. Trump est fréquemment en conflit avec certains médias et a intenté des actions en justice contre plusieurs d'entre eux, mais des tribunaux indépendants existent également dans ce domaine.

Il existe en outre une barrière extraordinairement simple et puissante : Trump ne peut pas être élu président une troisième fois.

Le Vingt-deuxième Amendement établit que nul ne peut être élu président plus de deux fois. Modifier cette disposition exigerait de surmonter la procédure extrêmement difficile de révision constitutionnelle : les deux tiers des deux chambres du Congrès et la ratification des trois quarts des États.

Rien de tout cela ne signifie que la démocratie américaine soit indestructible. Aucune démocratie ne l'est.

Les institutions fonctionnent tant que les tribunaux peuvent exercer leur autorité, que les élections restent compétitives, que l'opposition peut s'organiser, que la liberté d'expression est respectée et que les citoyens défendent leurs droits.

Il existe également d'importantes controverses sur les limites du pouvoir présidentiel. L'administration Trump mène à plusieurs reprises des batailles judiciaires concernant l'étendue de ses pouvoirs. Il est légitime d'observer attentivement ces conflits.

Mais il existe une énorme différence entre affirmer qu'une démocratie est soumise à des tensions et assurer qu'elle se dirige inévitablement vers une dictature.

Pour imposer une dictature aux États-Unis, il ne suffirait pas de contrôler la Maison-Blanche. Il faudrait neutraliser le Congrès, soumettre les tribunaux, vaincre l'autonomie constitutionnelle des États, contrôler un système électoral décentralisé, restreindre la liberté de la presse et d'expression et surmonter une Constitution extraordinairement difficile à modifier.

Cet ensemble institutionnel n'est pas apparu par accident. Il est le produit de près de 250 ans d'évolution constitutionnelle, de conflits, d'erreurs, de corrections et d'apprentissage démocratique.

Les fondateurs n'ont pas construit leur système en supposant qu'il y aurait toujours de bons présidents. Ils sont partis précisément de la possibilité contraire : qu'un jour quelqu'un arrive au pouvoir en voulant exercer davantage d'autorité que celle qui lui revenait.

C'est pourquoi la question fondamentale n'est pas de savoir si nous faisons confiance ou non à Donald Trump.

La question est de savoir si les institutions américaines conservent la capacité de dire non à n'importe quel président lorsqu'il dépasse les limites de son pouvoir.

Les événements récents démontrent qu'elles en sont encore capables.

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LE SALVAGUARDIE DELLA DEMOCRAZIA STATUNITENSE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Negli Stati Uniti esiste oggi una notevole preoccupazione per la possibilità che Donald Trump concentri nella presidenza un potere tale da finire per mettere in pericolo la democrazia. Questa preoccupazione merita di essere presa sul serio. Ma dobbiamo esaminare anche l'altra parte dell'equazione: le formidabili barriere che il sistema statunitense ha costruito in quasi 250 anni per impedire che una sola persona possa impadronirsi dello Stato.

La Costituzione nacque precisamente dalla diffidenza verso la concentrazione del potere. I suoi autori divisero il governo federale tra un presidente, un Congresso bicamerale e un potere giudiziario indipendente.

Ma le vere salvaguardie del sistema statunitense vanno molto oltre.

Gli Stati Uniti sono una federazione di 50 Stati dotati di propri governatori, legislature, tribunali e poteri. Il presidente non può destituire un governatore perché gli si oppone, sciogliere una legislatura statale o semplicemente assumere il controllo delle istituzioni di uno Stato.

Questo assume particolare importanza quando parliamo di elezioni.

Il presidente non organizza le elezioni alle quali partecipa il suo partito. L'amministrazione elettorale è straordinariamente decentralizzata e dipende principalmente dagli Stati e dalle autorità locali.

Stiamo vedendo questo meccanismo all'opera.

L'amministrazione Trump ha tentato di subordinare determinati fondi federali a modifiche delle procedure elettorali statali. Nel settembre 2026 un giudice federale ha bloccato tali condizioni. Venticinque procuratori generali o governatori le avevano contestate.

La Corte Suprema, la cui maggioranza conservatrice comprende tre giudici nominati dallo stesso Trump, ha inoltre respinto recentemente restrizioni promosse dalla sua amministrazione riguardanti il voto per corrispondenza nelle elezioni legislative di novembre.

Qui appare un altro grande muro di contenimento: i giudici non sono dipendenti del presidente.

I giudici federali sono nominati a vita finché mantengono buona condotta. Una volta confermati, non hanno bisogno di compiacere il presidente che li ha nominati per conservare il loro incarico. Per questo un giudice nominato da un presidente può successivamente pronunciarsi contro quello stesso presidente.

C'è poi il Congresso, che trae la propria legittimità direttamente dagli elettori e possiede poteri costituzionali propri. Uno dei più importanti è il controllo della spesa pubblica.

Il 29 settembre, il Government Accountability Office ha concluso che Trump non poteva trattenere più di 800 milioni di dollari che il Congresso aveva autorizzato a spendere, poiché farlo avrebbe superato i limiti consentiti dalla legge. La controversia può continuare nei tribunali, ma dimostra ancora una volta che il presidente non dispone legalmente del bilancio federale come se fosse patrimonio del proprio governo.

A questo dobbiamo aggiungere un altro elemento formidabile: il Primo Emendamento.

La stampa statunitense non appartiene allo Stato. Grandi reti televisive, giornali, emittenti radiofoniche, piattaforme digitali e milioni di cittadini possono criticare il governo. Trump mantiene frequenti conflitti con determinati mezzi d'informazione e ha intentato cause contro alcuni di essi, ma anche in questo campo esistono tribunali indipendenti.

Esiste inoltre una barriera straordinariamente semplice e potente: Trump non può essere eletto presidente per una terza volta.

Il Ventiduesimo Emendamento stabilisce che nessuna persona può essere eletta presidente più di due volte. Modificare questa disposizione richiederebbe di superare il difficilissimo procedimento di revisione costituzionale: due terzi di entrambe le camere del Congresso e la ratifica di tre quarti degli Stati.

Nulla di tutto ciò significa che la democrazia statunitense sia indistruttibile. Nessuna democrazia lo è.

Le istituzioni funzionano finché i tribunali possono esercitare la propria autorità, le elezioni rimangono competitive, l'opposizione può organizzarsi, la libertà di espressione viene rispettata e i cittadini difendono i propri diritti.

Esistono inoltre importanti controversie su quanto possa estendersi il potere presidenziale. L'amministrazione Trump sta ripetutamente affrontando in tribunale questioni riguardanti i limiti dei propri poteri. È legittimo osservare attentamente questi conflitti.

Ma esiste un'enorme differenza tra affermare che una democrazia è sottoposta a tensioni e sostenere che si stia inevitabilmente dirigendo verso una dittatura.

Per imporre una dittatura negli Stati Uniti non basterebbe controllare la Casa Bianca. Bisognerebbe neutralizzare il Congresso, sottomettere i tribunali, superare l'autonomia costituzionale degli Stati, controllare un sistema elettorale decentralizzato, limitare la libertà di stampa e di espressione e superare una Costituzione straordinariamente difficile da modificare.

Questa struttura non è nata accidentalmente. È il prodotto di quasi 250 anni di evoluzione costituzionale, conflitti, errori, correzioni e apprendimento democratico.

I fondatori non costruirono il loro sistema supponendo che ci sarebbero sempre stati buoni presidenti. Partirono precisamente dalla possibilità contraria: che un giorno arrivasse al potere qualcuno intenzionato a esercitare più autorità di quella che gli spettava.

Per questo la domanda fondamentale non è se ci fidiamo o meno di Donald Trump.

La domanda è se le istituzioni statunitensi conservano la capacità di dire no a qualsiasi presidente quando supera i limiti del proprio potere.

Gli avvenimenti recenti dimostrano che possono ancora farlo.

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