Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
TE LO DOY TE LO QUITO
La nueva Ley de Tierra Agropecuaria y Forestal permite entregar en usufructo hasta 67 hectáreas inicialmente, ampliables de manera gradual hasta 268. También autoriza que mipymes privadas o mixtas reciban terrenos estatales para desarrollar proyectos agropecuarios.
A primera vista, las medidas parecen reconocer que la iniciativa privada resulta indispensable para enfrentar la crisis alimentaria. Sin embargo, contempladas a la luz de la historia del castrismo, no representan una verdadera reforma de la propiedad. Constituyen otra apertura controlada mediante la cual el régimen necesita que los ciudadanos produzcan, pero evita que adquieran independencia económica.
El productor recibe tierra para trabajar, pero no la propiedad plena. No puede hipotecarla, arrendarla libremente ni decidir sin autorización administrativa sobre su transmisión. Además, conceptos imprecisos como “falta de productividad”, “abandono injustificado” o “uso no autorizado” pueden provocar la pérdida definitiva de la tierra y de los bienes agropecuarios, que pasarían a manos del Estado.
En esas condiciones, el usufructuario no recibe un derecho estable, sino una concesión revocable. Sabe que un funcionario municipal o una comisión agraria puede determinar si conserva la tierra, amplía su explotación o pierde lo que ha construido. Esa dependencia tiene consecuencias políticas: quien teme perder su medio de vida evitará protestar, criticar al régimen o vincularse con organizaciones independientes.
La obediencia no necesita aparecer expresamente en la ley. Está incorporada en el sistema de permisos.
Desde 1959, el régimen ha seguido el mismo patrón. Primero prometió entregar la tierra a los campesinos; después concentró la mayor parte de ella en manos del Estado. Cuando la producción estatal fracasó, permitió espacios limitados para la iniciativa individual. Si los productores prosperaban y adquirían autonomía, volvía a restringirlos.
Los mercados libres campesinos, autorizados en 1980 y clausurados en 1986, son un ejemplo. El trabajo por cuenta propia fue tolerado durante el Período Especial, pero quedó sometido a impuestos, prohibiciones y campañas contra el enriquecimiento. Las tierras ociosas comenzaron a entregarse nuevamente en usufructo a partir de 2008, sin conceder a los productores la seguridad jurídica necesaria. Las mipymes, autorizadas desde 2021 por la gravedad de la crisis, enfrentaron posteriormente nuevas restricciones.
El régimen avanza cuando necesita que los cubanos resuelvan lo que el Estado ha destruido y retrocede cuando teme que la prosperidad genere independencia.
La nueva legislación también abre espacios para el favoritismo y la corrupción. Los funcionarios encargados de distribuir tierras, aprobar proyectos y determinar su productividad tendrán poder para beneficiar a familiares, dirigentes locales, militares retirados y personas vinculadas con las estructuras gubernamentales. El protegido podrá recibir mejores terrenos, acceso a insumos, contratos turísticos o decisiones favorables; al ciudadano políticamente incómodo se le aplicará la ley con toda severidad.
Existe, además, un peligro mayor. Miembros de la élite pueden utilizar información privilegiada y control administrativo para apropiarse indirectamente de activos estatales. Aunque la tierra continúe registrada como propiedad del Estado, su explotación puede quedar en manos de personas escogidas por el poder. Sería una privatización selectiva y encubierta: las ganancias para los favorecidos y la propiedad formal para un Estado que garantiza sus privilegios.
Así podría formarse una nueva clase económica dependiente del régimen. Sus integrantes quizá no sean comunistas convencidos, pero comprenderán que sus tierras, negocios y contratos dependen de mantener una conducta políticamente aceptable.
Incluso podría estar comenzando la transformación del poder político en patrimonio privado: funcionarios y personas relacionadas con el Gobierno preparándose para conservar riquezas y posiciones ante una futura transición
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Cuba necesita una reforma agraria auténtica: propiedad plena, libertad para producir y vender, acceso directo al crédito y a los insumos, derechos hereditarios, tribunales independientes y prohibición de confiscaciones administrativas. También necesita procesos públicos y transparentes que impidan que los bienes nacionales terminen en manos de quienes han administrado el fracaso.
El régimen no está distribuyendo libertad económica. Está administrando privilegios. Concede oportunidades sin reconocer derechos, exige dependencia a cambio de prosperidad y conserva la facultad de premiar la obediencia, castigar la independencia y enriquecer a sus redes de poder.
LAND AND PRIVATE ENTERPRISE IN CUBA: CONCESSIONS TO PRODUCE, PRIVILEGES TO CONTROL
Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
I GIVE IT TO YOU, I TAKE IT AWAY
The new Agricultural and Forestry Land Law allows the government to grant up to 67 hectares initially under usufruct, with gradual increases of up to 268 hectares. It also authorizes private or mixed-ownership micro, small, and medium-sized enterprises to receive state land for agricultural projects.
At first glance, these measures seem to acknowledge that private initiative is indispensable to confronting the food crisis. Viewed in light of the history of Castroism, however, they do not constitute genuine property reform. They represent yet another controlled opening through which the regime needs citizens to produce while preventing them from achieving economic independence.
Producers receive land to work, but not full ownership. They cannot mortgage it, lease it freely, or transfer it without administrative authorization. Moreover, vague concepts such as “lack of productivity,” “unjustified abandonment,” or “unauthorized use” can result in the permanent loss of the land and agricultural assets, which would then pass into the hands of the State.
Under these conditions, usufruct holders do not receive a secure right, but a revocable concession. They know that a municipal official or agrarian commission can determine whether they keep the land, expand their operations, or lose everything they have built. This dependence has political consequences: those who fear losing their livelihood will avoid protesting, criticizing the regime, or becoming involved with independent organizations.
Obedience does not need to be explicitly required by law. It is built into the permit system.
Since 1959, the regime has followed the same pattern. First, it promised to give the land to the farmers; later, it concentrated most of it in the hands of the State. When state production failed, it permitted limited spaces for individual initiative. If producers prospered and gained autonomy, the regime restricted them once again.
The free farmers’ markets, authorized in 1980 and shut down in 1986, are one example. Self-employment was tolerated during the Special Period but remained subject to taxes, prohibitions, and campaigns against personal enrichment. Beginning in 2008, idle land was once again distributed under usufruct, without granting producers the legal certainty they needed. Private micro, small, and medium-sized enterprises, authorized in 2021 because of the severity of the crisis, subsequently faced new restrictions.
The regime moves forward when it needs Cubans to solve what the State has destroyed and retreats when it fears that prosperity will generate independence.
The new legislation also creates opportunities for favoritism and corruption. Officials responsible for distributing land, approving projects, and determining productivity will have the power to benefit relatives, local leaders, retired military officers, and people connected to government structures. Those with political protection may receive better land, access to supplies, tourism contracts, or favorable administrative decisions, while the law may be applied with full severity against politically inconvenient citizens.
There is an even greater danger. Members of the elite may use privileged information and administrative control to appropriate state assets indirectly. Although the land may remain formally registered as state property, its exploitation could be placed in the hands of people selected by those in power. It would amount to selective and concealed privatization: profits for the favored few and formal ownership retained by a State that guarantees their privileges.
This could create a new economic class dependent on the regime. Its members may not be committed communists, but they will understand that their land, businesses, and contracts depend on maintaining politically acceptable behavior.
The transformation of political power into private wealth may already be beginning, with officials and government-connected individuals preparing to preserve their wealth and positions in anticipation of a future transition.
Cuba needs genuine agrarian reform: full ownership, freedom to produce and sell, direct access to credit and supplies, inheritance rights, independent courts, and a prohibition against administrative confiscations. It also needs public and transparent procedures to prevent national assets from ending up in the hands of those who have presided over the country’s failure.
The regime is not distributing economic freedom. It is administering privileges. It grants opportunities without recognizing rights, demands dependence in exchange for prosperity, and retains the power to reward obedience, punish independence, and enrich its networks of influence.
TERRE ET ENTREPRISE PRIVÉE À CUBA : DES CONCESSIONS POUR PRODUIRE, DES PRIVILÈGES POUR CONTRÔLER
Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
JE TE LE DONNE, JE TE LE REPRENDS
La nouvelle Loi sur les terres agricoles et forestières permet d’accorder initialement en usufruit jusqu’à 67 hectares, superficie pouvant être progressivement portée à 268 hectares. Elle autorise également les micro, petites et moyennes entreprises privées ou mixtes à recevoir des terres de l’État afin de développer des projets agricoles.
À première vue, ces mesures semblent reconnaître que l’initiative privée est indispensable pour faire face à la crise alimentaire. Cependant, considérées à la lumière de l’histoire du castrisme, elles ne représentent pas une véritable réforme de la propriété. Elles constituent une nouvelle ouverture contrôlée par laquelle le régime demande aux citoyens de produire, tout en les empêchant d’acquérir leur indépendance économique.
Le producteur reçoit une terre à travailler, mais n’en obtient pas la pleine propriété. Il ne peut pas l’hypothéquer, la louer librement ni décider de sa transmission sans autorisation administrative. En outre, des notions imprécises telles que le « manque de productivité », l’« abandon injustifié » ou l’« utilisation non autorisée » peuvent entraîner la perte définitive des terres et des biens agricoles, qui passeraient alors aux mains de l’État.
Dans ces conditions, l’usufruitier ne bénéficie pas d’un droit stable, mais d’une concession révocable. Il sait qu’un fonctionnaire municipal ou une commission agraire peut décider s’il conserve la terre, s’il agrandit son exploitation ou s’il perd tout ce qu’il a construit. Cette dépendance a des conséquences politiques : celui qui craint de perdre son moyen de subsistance évitera de protester, de critiquer le régime ou de se rapprocher d’organisations indépendantes.
L’obéissance n’a pas besoin d’être expressément inscrite dans la loi. Elle est intégrée au système d’autorisations.
Depuis 1959, le régime suit le même schéma. Il a d’abord promis de donner la terre aux paysans, puis en a concentré la plus grande partie entre les mains de l’État. Lorsque la production étatique a échoué, il a accordé des espaces limités à l’initiative individuelle. Si les producteurs prospéraient et gagnaient en autonomie, le régime imposait de nouveau des restrictions.
Les marchés paysans libres, autorisés en 1980 et fermés en 1986, en sont un exemple. Le travail indépendant a été toléré pendant la Période spéciale, mais il est resté soumis aux impôts, aux interdictions et aux campagnes contre l’enrichissement personnel. À partir de 2008, des terres inexploitées ont de nouveau été accordées en usufruit, sans que les producteurs bénéficient de la sécurité juridique nécessaire. Les micro, petites et moyennes entreprises privées, autorisées en 2021 en raison de la gravité de la crise, ont ensuite été confrontées à de nouvelles restrictions.
Le régime avance lorsqu’il a besoin que les Cubains réparent ce que l’État a détruit, puis recule lorsqu’il craint que la prospérité n’engendre l’indépendance.
La nouvelle législation ouvre également la voie au favoritisme et à la corruption. Les fonctionnaires chargés de distribuer les terres, d’approuver les projets et d’évaluer leur productivité disposeront du pouvoir de favoriser leurs proches, des dirigeants locaux, des militaires à la retraite et des personnes liées aux structures gouvernementales. Les protégés pourront recevoir de meilleures terres, accéder aux ressources, obtenir des contrats liés au tourisme ou bénéficier de décisions favorables, tandis que la loi sera appliquée dans toute sa rigueur aux citoyens politiquement gênants.
Il existe en outre un danger plus grave. Des membres de l’élite peuvent utiliser des informations privilégiées et leur contrôle administratif pour s’approprier indirectement des actifs de l’État. Même si les terres restent officiellement enregistrées comme propriété étatique, leur exploitation peut être confiée à des personnes choisies par le pouvoir. Il s’agirait d’une privatisation sélective et dissimulée : les bénéfices reviendraient aux privilégiés, tandis que la propriété officielle resterait entre les mains d’un État garantissant leurs avantages.
Une nouvelle classe économique dépendante du régime pourrait ainsi se former. Ses membres ne seront peut-être pas des communistes convaincus, mais ils comprendront que leurs terres, leurs entreprises et leurs contrats dépendent du maintien d’un comportement politiquement acceptable.
La transformation du pouvoir politique en patrimoine privé pourrait même avoir déjà commencé : des fonctionnaires et des personnes liées au gouvernement se prépareraient à conserver leurs richesses et leurs positions dans la perspective d’une future transition.
Cuba a besoin d’une véritable réforme agraire : pleine propriété, liberté de produire et de vendre, accès direct au crédit et aux ressources, droits successoraux, tribunaux indépendants et interdiction des confiscations administratives. Elle a également besoin de procédures publiques et transparentes afin d’empêcher que le patrimoine national ne finisse entre les mains de ceux qui ont administré l’échec du pays.
Le régime ne distribue pas la liberté économique. Il administre des privilèges. Il accorde des possibilités sans reconnaître de droits, exige la dépendance en échange de la prospérité et conserve le pouvoir de récompenser l’obéissance, de punir l’indépendance et d’enrichir ses réseaux d’influence.
TERRA E IMPRESA PRIVATA A CUBA: CONCESSIONI PER PRODURRE, PRIVILEGI PER CONTROLLARE
Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
TE LO DO, TE LO TOLGO
La nuova Legge sui terreni agricoli e forestali consente di assegnare inizialmente in usufrutto fino a 67 ettari, con la possibilità di aumentare gradualmente la superficie fino a 268 ettari. Autorizza inoltre le micro, piccole e medie imprese private o miste a ricevere terreni statali per sviluppare progetti agricoli.
A prima vista, queste misure sembrano riconoscere che l’iniziativa privata è indispensabile per affrontare la crisi alimentare. Tuttavia, considerate alla luce della storia del castrismo, non rappresentano una vera riforma della proprietà. Costituiscono un’altra apertura controllata, attraverso la quale il regime ha bisogno che i cittadini producano, ma impedisce loro di acquisire indipendenza economica.
Il produttore riceve la terra da lavorare, ma non ne ottiene la piena proprietà. Non può ipotecarla, affittarla liberamente né deciderne il trasferimento senza un’autorizzazione amministrativa. Inoltre, concetti imprecisi come “mancanza di produttività”, “abbandono ingiustificato” o “uso non autorizzato” possono provocare la perdita definitiva della terra e dei beni agricoli, che passerebbero nelle mani dello Stato.
In queste condizioni, l’usufruttuario non riceve un diritto stabile, ma una concessione revocabile. Sa che un funzionario municipale o una commissione agraria può decidere se conserverà la terra, amplierà la propria attività o perderà quanto ha costruito. Questa dipendenza ha conseguenze politiche: chi teme di perdere il proprio sostentamento eviterà di protestare, criticare il regime o aderire a organizzazioni indipendenti.
L’obbedienza non deve essere espressamente prevista dalla legge. È incorporata nel sistema delle autorizzazioni.
Dal 1959 il regime segue lo stesso modello. Inizialmente promise di consegnare la terra ai contadini; successivamente ne concentrò la maggior parte nelle mani dello Stato. Quando la produzione statale fallì, concesse spazi limitati all’iniziativa individuale. Se i produttori prosperavano e acquisivano autonomia, il regime tornava a imporre restrizioni.
I liberi mercati contadini, autorizzati nel 1980 e chiusi nel 1986, ne sono un esempio. Il lavoro autonomo fu tollerato durante il Periodo speciale, ma rimase soggetto a imposte, divieti e campagne contro l’arricchimento personale. A partire dal 2008, i terreni incolti furono nuovamente assegnati in usufrutto, senza concedere ai produttori la necessaria certezza giuridica. Le micro, piccole e medie imprese private, autorizzate nel 2021 a causa della gravità della crisi, dovettero successivamente affrontare nuove restrizioni.
Il regime avanza quando ha bisogno che i cubani risolvano ciò che lo Stato ha distrutto e torna indietro quando teme che la prosperità generi indipendenza.
La nuova legislazione crea inoltre spazi per il favoritismo e la corruzione. I funzionari incaricati di distribuire i terreni, approvare i progetti e valutarne la produttività avranno il potere di favorire familiari, dirigenti locali, militari in pensione e persone legate alle strutture governative. Chi gode di protezione politica potrà ricevere terreni migliori, accedere alle risorse, ottenere contratti turistici o beneficiare di decisioni favorevoli; al cittadino politicamente scomodo, invece, la legge potrà essere applicata con tutta la sua severità.
Esiste inoltre un pericolo ancora maggiore. I membri dell’élite possono utilizzare informazioni privilegiate e il controllo amministrativo per appropriarsi indirettamente dei beni dello Stato. Sebbene la terra continui a essere formalmente registrata come proprietà statale, il suo sfruttamento potrebbe essere affidato a persone scelte dal potere. Sarebbe una privatizzazione selettiva e occulta: i profitti andrebbero ai favoriti, mentre la proprietà formale rimarrebbe nelle mani di uno Stato che garantisce i loro privilegi.
Potrebbe così formarsi una nuova classe economica dipendente dal regime. I suoi membri forse non saranno comunisti convinti, ma comprenderanno che i loro terreni, le loro imprese e i loro contratti dipendono dal mantenimento di un comportamento politicamente accettabile.
Potrebbe perfino essere già iniziata la trasformazione del potere politico in patrimonio privato: funzionari e persone legate al governo si starebbero preparando a conservare ricchezze e posizioni in vista di una futura transizione.
Cuba ha bisogno di un’autentica riforma agraria: piena proprietà, libertà di produrre e vendere, accesso diretto al credito e alle risorse, diritti ereditari, tribunali indipendenti e divieto delle confische amministrative. Ha inoltre bisogno di procedure pubbliche e trasparenti che impediscano al patrimonio nazionale di finire nelle mani di coloro che hanno amministrato il fallimento del Paese.
Il regime non sta distribuendo libertà economica. Sta amministrando privilegi. Concede opportunità senza riconoscere diritti, esige dipendenza in cambio della prosperità e conserva la facoltà di premiare l’obbedienza, punire l’indipendenza e arricchire le proprie reti di potere.