PUTIN NO PUEDE GANAR LA GUERRA TERRESTRE EN UCRANIA




PUTIN NO PUEDE GANAR LA GUERRA TERRESTRE EN UCRANIA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin no puede ganar la guerra terrestre en Ucrania. No puede ganarla y su ejército continúa debilitándose. Lo que les falta a los soldados y oficiales rusos les sobra a los ucranianos. Putin, por el momento, no tiene posibilidades de alcanzar una victoria en ese escenario.

A Rusia, al ritmo actual, cada kilómetro cuadrado de avance neto le está costando aproximadamente 500 soldados muertos o heridos. En los últimos seis meses, entre 180.000 y 200.000 soldados rusos han muerto o resultado heridos para conseguir un avance territorial neto de apenas unos 360 kilómetros cuadrados. Si ese ritmo se mantuviera hasta finales de 2027, Rusia sufriría alrededor de medio millón de bajas adicionales para avanzar menos de 1.000 kilómetros cuadrados.

¿Cómo se explica que un ejército considerado al comenzar la invasión como uno de los más poderosos del mundo avance tan poco después de cuatro años de guerra y pague un precio tan extraordinario por cada kilómetro conquistado?

Una primera explicación es que Putin desconocía el verdadero estado del ejército que envió a conquistar Ucrania.

Los problemas del soldado ruso no comenzaron en Ucrania. En Afganistán, el ejército soviético ya padeció abusos contra los reclutas, corrupción, problemas de disciplina y desmoralización. En Chechenia reaparecieron soldados deficientemente entrenados, fallas de mando y logística y condiciones miserables en el frente.

Décadas después, testimonios e investigaciones sobre la guerra en Ucrania describen problemas semejantes: agotamiento, abusos de los superiores y métodos brutales para imponer la disciplina, incluidas palizas, privación de alimentos y agua, confinamientos, amenazas y el envío de soldados a misiones de asalto de altísimo riesgo. Incluso hombres heridos o enfermos han sido devueltos al frente. A ello se sumó la incorporación de miles de condenados sacados de las cárceles para combatir.

La demostración más reveladora de la gravedad de los problemas que arrastra el ejército ruso se produjo cuando, en agosto de 2024, las fuerzas ucranianas cruzaron la frontera y penetraron en la región de Kursk. Llegaron a controlar aproximadamente 1.376 kilómetros cuadrados de territorio ruso, además de alrededor de un centenar de poblaciones. Rusia, que había invadido Ucrania, se encontró de pronto incapaz de expulsar rápidamente a fuerzas ucranianas de su propio territorio.

Cuando las fuerzas rusas no consiguieron desalojarlas, Putin tuvo que recurrir también a tropas de Corea del Norte para ayudar a recuperar el territorio.

Los norcoreanos aportaron disciplina, cohesión y disposición al combate. Pero tuvieron que enfrentarse a soldados ucranianos experimentados y motivados, y el costo fue extraordinario: estimaciones occidentales calculan más de 6.000 norcoreanos muertos o heridos entre aproximadamente 11.000 inicialmente desplegados, más de la mitad de aquella fuerza.

A esos problemas se suma una tradición militar profundamente vertical, en la que el soldado ha sido tratado con frecuencia como un recurso reemplazable. El subordinado cumple la orden y difícilmente cuestiona a quien está por encima. El sistema puede producir obediencia, pero también permite aceptar enormes pérdidas humanas y hace que los errores asciendan intactos por la cadena de mando.

En un sistema político autoritario, esa misma verticalidad militar puede prolongarse hasta la cúspide del poder. Los altos mandos pueden terminar diciéndole al dirigente lo que este quiere escuchar. Putin podía disponer de informes, generales y servicios de inteligencia y, sin embargo, desconocer el verdadero estado del ejército que estaba enviando a la guerra.

La invasión de Ucrania mostró las consecuencias. La llamada “operación militar especial” fue preparada por Putin y un círculo extraordinariamente reducido. Incluso altos oficiales rusos desconocieron hasta poco antes de la invasión la magnitud de lo que se preparaba. El Royal United Services Institute (RUSI), centro británico especializado en estudios militares y de defensa, encontró que el plan prácticamente no contemplaba qué hacer si sus premisas iniciales resultaban equivocadas y que la cultura militar rusa tendía a continuar reforzando operaciones fallidas mientras no llegara desde arriba la orden de cambiarlas.

Ahí puede encontrarse una de las debilidades fundamentales del ejército ruso. El mismo sistema que convierte al soldado en un recurso reemplazable exige obediencia al oficial y termina exigiéndola también al general. Putin creyó conocer el ejército que mandaba. La guerra demostró hasta qué punto lo desconocía.

Putin tampoco comprendió al país que pretendía conquistar.

La aparición de un líder como Volodímir Zelensky no fue un accidente histórico. Cuando las fuerzas rusas avanzaban sobre Kyiv en los primeros días de la invasión y Estados Unidos le ofreció la posibilidad de abandonar la capital, decidió permanecer. Su respuesta se haría famosa: necesitaba municiones, no que lo sacaran del país.

Pero aquella decisión representaba algo que iba mucho más allá de Zelensky. Los ucranianos tenían una larga historia de lucha por conservar o recuperar su independencia.

Desde el siglo IX, Kyiv había sido el centro de un poderoso Estado medieval, siglos antes del ascenso de Moscú. En 1648, los cosacos ucranianos se rebelaron contra el dominio polaco y establecieron un gobierno propio que posteriormente perdió su autonomía ante Rusia. En 1918 los ucranianos proclamaron nuevamente su independencia, pero el Ejército Rojo terminó imponiendo el poder soviético. En 1991 la recuperaron. En el referendo del 1 de diciembre, el 90,32% de quienes votaron respaldó la independencia, que obtuvo mayoría en todas las regiones del país, incluidas Crimea y Sebastopol.

Esa historia ayuda a explicar una diferencia fundamental entre los dos ejércitos. Un soldado ruso puede perder esta guerra y regresar a Rusia. Para el ucraniano, detrás del frente están su familia, su ciudad y su propio país. Una derrota puede significar perder aquello que está defendiendo.

La participación de las mujeres ofrece una medida concreta de esa movilización. A comienzos de 2025, más de 70.000 mujeres servían en las Fuerzas Armadas de Ucrania y más de 5.500 estaban directamente en el frente, según el Ministerio de Defensa ucraniano.

Los ucranianos han unido su patriotismo y la lucha por su supervivencia a una extraordinaria capacidad de innovación. En pocos años han desarrollado drones y misiles propios y acumulado una experiencia de combate que ha convertido a sus fuerzas armadas en un referente de la guerra moderna.

Putin inició la invasión creyendo conocer el ejército que enviaba a combatir y el país que pretendía conquistar. Se equivocó en ambos cálculos.

Sobreestimó a su ejército y subestimó a los ucranianos.

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PUTIN CANNOT WIN THE GROUND WAR IN UKRAINE

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin cannot win the ground war in Ukraine. He cannot win it, and his army continues to weaken. What Russian soldiers and officers lack, the Ukrainians possess. For the moment, Putin has no prospect of achieving victory on that battlefield.

At the current pace, every square kilometer of net Russian advance is costing approximately 500 soldiers killed or wounded. During the last six months, between 180,000 and 200,000 Russian soldiers have been killed or wounded to achieve a net territorial gain of only about 360 square kilometers. If that pace continued through the end of 2027, Russia would suffer roughly another half-million casualties to advance less than 1,000 square kilometers.

How can an army regarded at the beginning of the invasion as one of the most powerful in the world advance so little after four years of war and pay such an extraordinary price for every kilometer it captures?

One explanation is that Putin did not know the true condition of the army he sent to conquer Ukraine.

The problems of the Russian soldier did not begin in Ukraine. In Afghanistan, the Soviet army already suffered from abuse of recruits, corruption, disciplinary problems and demoralization. In Chechnya, poorly trained soldiers, command and logistical failures and miserable conditions at the front reappeared.

Decades later, testimony and investigations into the war in Ukraine describe similar problems: exhaustion, abuse by superiors and brutal methods of enforcing discipline, including beatings, deprivation of food and water, confinement, threats and the deployment of soldiers on extremely dangerous assault missions. Even wounded or sick men have been returned to the front. Thousands of convicts taken from prisons were also incorporated into the fighting.

The most revealing demonstration of the seriousness of the problems affecting the Russian army came when, in August 2024, Ukrainian forces crossed the border and entered Russia's Kursk region. They eventually controlled approximately 1,376 square kilometers of Russian territory and around one hundred settlements. Russia, which had invaded Ukraine, suddenly found itself unable to expel Ukrainian forces quickly from its own territory.

When Russian forces failed to dislodge them, Putin also had to turn to North Korean troops to help recover the territory.

The North Koreans brought discipline, cohesion and willingness to fight. But they confronted experienced and highly motivated Ukrainian soldiers, and the cost was extraordinary: Western estimates put North Korean casualties at more than 6,000 killed or wounded out of approximately 11,000 initially deployed, more than half of that force.

These problems are compounded by a deeply vertical military tradition in which the soldier has often been treated as a replaceable resource. A subordinate carries out an order and rarely challenges the person above him. The system can produce obedience, but it can also tolerate enormous human losses and allow errors to travel intact up the chain of command.

In an authoritarian political system, that same military verticality can extend all the way to the summit of power. Senior commanders may end up telling the leader what he wants to hear. Putin could have reports, generals and intelligence services at his disposal and still fail to understand the true condition of the army he was sending to war.

The invasion of Ukraine demonstrated the consequences. The so-called “special military operation” was prepared by Putin and an extraordinarily small circle. Even senior Russian officers did not know until shortly before the invasion the full scale of what was being prepared. The Royal United Services Institute (RUSI), a British defense and military studies institution, found that the plan provided almost no guidance for what to do if its initial assumptions proved wrong and that Russian military culture tended to continue reinforcing failed operations until an order to change course came from above.

There lies one of the Russian army's fundamental weaknesses. The same system that turns the soldier into a replaceable resource demands obedience from the officer and ultimately demands it from the general as well. Putin believed he knew the army he commanded. The war demonstrated just how little he understood it.

Putin also failed to understand the country he intended to conquer.

The emergence of a leader like Volodymyr Zelensky was not a historical accident. When Russian forces were advancing on Kyiv during the first days of the invasion and the United States offered him the possibility of leaving the capital, he chose to remain. His response became famous: he needed ammunition, not a ride out of the country.

But that decision represented something that went far beyond Zelensky. Ukrainians had a long history of struggling to preserve or recover their independence.

Since the ninth century, Kyiv had been the center of a powerful medieval state, centuries before the rise of Moscow. In 1648, Ukrainian Cossacks rebelled against Polish rule and established their own government, which later lost its autonomy to Russia. In 1918, Ukrainians once again proclaimed independence, but the Red Army ultimately imposed Soviet rule. In 1991 they recovered it. In the December 1 referendum, 90.32% of those who voted supported independence, which won a majority in every region of the country, including Crimea and Sevastopol.

That history helps explain a fundamental difference between the two armies. A Russian soldier can lose this war and return to Russia. For a Ukrainian, behind the front are his family, his city and his own country. Defeat can mean losing what he is defending.

The participation of women provides a concrete measure of that mobilization. At the beginning of 2025, more than 70,000 women were serving in the Armed Forces of Ukraine and more than 5,500 were directly on the front line, according to the Ukrainian Ministry of Defense.

Ukrainians have combined their patriotism and struggle for survival with an extraordinary capacity for innovation. In just a few years, they have developed their own drones and missiles and accumulated combat experience that has made their armed forces a reference point in modern warfare.

Putin began the invasion believing he understood both the army he was sending to fight and the country he intended to conquer. He miscalculated both.

He overestimated his army and underestimated the Ukrainians.

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POUTINE NE PEUT PAS GAGNER LA GUERRE TERRESTRE EN UKRAINE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Poutine ne peut pas gagner la guerre terrestre en Ukraine. Il ne peut pas la gagner et son armée continue de s'affaiblir. Ce qui manque aux soldats et aux officiers russes, les Ukrainiens le possèdent. Pour le moment, Poutine n'a aucune possibilité d'obtenir une victoire sur ce théâtre de guerre.

Au rythme actuel, chaque kilomètre carré d'avancée nette coûte à la Russie environ 500 soldats tués ou blessés. Au cours des six derniers mois, entre 180 000 et 200 000 soldats russes ont été tués ou blessés pour obtenir un gain territorial net d'à peine 360 kilomètres carrés. Si ce rythme se maintenait jusqu'à la fin de 2027, la Russie subirait environ un demi-million de pertes supplémentaires pour avancer de moins de 1 000 kilomètres carrés.

Comment expliquer qu'une armée considérée au début de l'invasion comme l'une des plus puissantes du monde avance si peu après quatre années de guerre et paie un prix aussi extraordinaire pour chaque kilomètre conquis ?

Une première explication est que Poutine ignorait l'état réel de l'armée qu'il avait envoyée conquérir l'Ukraine.

Les problèmes du soldat russe n'ont pas commencé en Ukraine. En Afghanistan, l'armée soviétique souffrait déjà d'abus contre les recrues, de corruption, de problèmes de discipline et de démoralisation. En Tchétchénie sont réapparus des soldats mal entraînés, des défaillances de commandement et de logistique ainsi que des conditions misérables sur le front.

Des décennies plus tard, les témoignages et les enquêtes sur la guerre en Ukraine décrivent des problèmes semblables : épuisement, abus de la part des supérieurs et méthodes brutales pour imposer la discipline, notamment des passages à tabac, la privation de nourriture et d'eau, l'enfermement, les menaces et l'envoi de soldats dans des missions d'assaut extrêmement dangereuses. Même des hommes blessés ou malades ont été renvoyés au front. À cela s'est ajoutée l'incorporation de milliers de condamnés sortis des prisons pour combattre.

La démonstration la plus révélatrice de la gravité des problèmes qui affectent l'armée russe s'est produite lorsqu'en août 2024 les forces ukrainiennes ont franchi la frontière et pénétré dans la région russe de Koursk. Elles sont parvenues à contrôler environ 1 376 kilomètres carrés de territoire russe ainsi qu'une centaine de localités. La Russie, qui avait envahi l'Ukraine, s'est soudain retrouvée incapable d'expulser rapidement les forces ukrainiennes de son propre territoire.

Lorsque les forces russes n'ont pas réussi à les déloger, Poutine a également dû faire appel à des troupes nord-coréennes pour aider à reconquérir le territoire.

Les Nord-Coréens ont apporté discipline, cohésion et disposition au combat. Mais ils ont dû affronter des soldats ukrainiens expérimentés et motivés, et le coût a été extraordinaire : les estimations occidentales font état de plus de 6 000 Nord-Coréens tués ou blessés sur environ 11 000 initialement déployés, soit plus de la moitié de cette force.

À ces problèmes s'ajoute une tradition militaire profondément verticale, dans laquelle le soldat a souvent été traité comme une ressource remplaçable. Le subordonné exécute l'ordre et remet rarement en question celui qui se trouve au-dessus de lui. Le système peut produire de l'obéissance, mais il peut également accepter d'énormes pertes humaines et permettre aux erreurs de remonter intactes toute la chaîne de commandement.

Dans un système politique autoritaire, cette même verticalité militaire peut se prolonger jusqu'au sommet du pouvoir. Les hauts commandements peuvent finir par dire au dirigeant ce qu'il souhaite entendre. Poutine pouvait disposer de rapports, de généraux et de services de renseignement et pourtant ignorer l'état réel de l'armée qu'il envoyait à la guerre.

L'invasion de l'Ukraine en a montré les conséquences. La prétendue « opération militaire spéciale » a été préparée par Poutine et un cercle extraordinairement restreint. Même de hauts officiers russes ignoraient jusqu'à peu de temps avant l'invasion l'ampleur de ce qui se préparait. Le Royal United Services Institute (RUSI), centre britannique spécialisé dans les études militaires et de défense, a constaté que le plan ne prévoyait pratiquement pas ce qu'il fallait faire si ses hypothèses initiales se révélaient erronées et que la culture militaire russe avait tendance à continuer de renforcer des opérations qui échouaient tant qu'un ordre de changement ne venait pas d'en haut.

C'est là que l'on peut trouver l'une des faiblesses fondamentales de l'armée russe. Le même système qui transforme le soldat en ressource remplaçable exige l'obéissance de l'officier et finit par l'exiger également du général. Poutine croyait connaître l'armée qu'il commandait. La guerre a démontré à quel point il la connaissait mal.

Poutine n'a pas davantage compris le pays qu'il voulait conquérir.

L'apparition d'un dirigeant comme Volodymyr Zelensky n'était pas un accident historique. Lorsque les forces russes avançaient sur Kyiv dans les premiers jours de l'invasion et que les États-Unis lui ont offert la possibilité de quitter la capitale, il a décidé de rester. Sa réponse allait devenir célèbre : il avait besoin de munitions, pas qu'on le fasse sortir du pays.

Mais cette décision représentait quelque chose qui allait bien au-delà de Zelensky. Les Ukrainiens avaient une longue histoire de lutte pour conserver ou reconquérir leur indépendance.

Depuis le IXe siècle, Kyiv avait été le centre d'un puissant État médiéval, plusieurs siècles avant l'ascension de Moscou. En 1648, les cosaques ukrainiens se révoltèrent contre la domination polonaise et établirent leur propre gouvernement, qui perdit ensuite son autonomie au profit de la Russie. En 1918, les Ukrainiens proclamèrent de nouveau leur indépendance, mais l'Armée rouge finit par imposer le pouvoir soviétique. En 1991, ils la recouvrèrent. Lors du référendum du 1er décembre, 90,32 % des votants approuvèrent l'indépendance, qui obtint une majorité dans toutes les régions du pays, y compris en Crimée et à Sébastopol.

Cette histoire contribue à expliquer une différence fondamentale entre les deux armées. Un soldat russe peut perdre cette guerre et retourner en Russie. Pour l'Ukrainien, derrière le front se trouvent sa famille, sa ville et son propre pays. Une défaite peut signifier perdre ce qu'il défend.

La participation des femmes offre une mesure concrète de cette mobilisation. Au début de 2025, plus de 70 000 femmes servaient dans les Forces armées ukrainiennes et plus de 5 500 se trouvaient directement sur le front, selon le ministère ukrainien de la Défense.

Les Ukrainiens ont uni leur patriotisme et leur lutte pour la survie à une extraordinaire capacité d'innovation. En quelques années, ils ont développé leurs propres drones et missiles et accumulé une expérience du combat qui a fait de leurs forces armées une référence dans la guerre moderne.

Poutine a commencé l'invasion en croyant connaître l'armée qu'il envoyait combattre et le pays qu'il voulait conquérir. Il s'est trompé dans les deux calculs.

Il a surestimé son armée et sous-estimé les Ukrainiens.

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PUTIN NON PUÒ VINCERE LA GUERRA TERRESTRE IN UCRAINA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin non può vincere la guerra terrestre in Ucraina. Non può vincerla e il suo esercito continua a indebolirsi. Ciò che manca ai soldati e agli ufficiali russi, gli ucraini lo possiedono. Per il momento Putin non ha possibilità di ottenere una vittoria su questo campo di battaglia.

Al ritmo attuale, ogni chilometro quadrato di avanzata netta costa alla Russia circa 500 soldati morti o feriti. Negli ultimi sei mesi, tra 180.000 e 200.000 soldati russi sono morti o rimasti feriti per ottenere un guadagno territoriale netto di appena 360 chilometri quadrati. Se questo ritmo continuasse fino alla fine del 2027, la Russia subirebbe circa mezzo milione di ulteriori perdite per avanzare meno di 1.000 chilometri quadrati.

Come si spiega che un esercito considerato all'inizio dell'invasione uno dei più potenti del mondo avanzi così poco dopo quattro anni di guerra e paghi un prezzo tanto straordinario per ogni chilometro conquistato?

Una prima spiegazione è che Putin ignorava il vero stato dell'esercito che aveva inviato a conquistare l'Ucraina.

I problemi del soldato russo non sono cominciati in Ucraina. In Afghanistan, l'esercito sovietico soffriva già di abusi contro le reclute, corruzione, problemi disciplinari e demoralizzazione. In Cecenia ricomparvero soldati scarsamente addestrati, carenze di comando e logistica e condizioni miserabili al fronte.

Decenni dopo, testimonianze e indagini sulla guerra in Ucraina descrivono problemi simili: esaurimento, abusi da parte dei superiori e metodi brutali per imporre la disciplina, comprese percosse, privazione di cibo e acqua, confinamento, minacce e l'invio di soldati in missioni d'assalto ad altissimo rischio. Persino uomini feriti o malati sono stati rimandati al fronte. A ciò si è aggiunta l'incorporazione di migliaia di detenuti prelevati dalle carceri per combattere.

La dimostrazione più rivelatrice della gravità dei problemi che affliggono l'esercito russo si è avuta quando, nell'agosto 2024, le forze ucraine hanno attraversato il confine e sono penetrate nella regione russa di Kursk. Arrivarono a controllare circa 1.376 chilometri quadrati di territorio russo e un centinaio di località. La Russia, che aveva invaso l'Ucraina, si trovò improvvisamente incapace di espellere rapidamente le forze ucraine dal proprio territorio.

Quando le forze russe non riuscirono a sloggiarle, Putin dovette ricorrere anche alle truppe della Corea del Nord per contribuire a riconquistare il territorio.

I nordcoreani portarono disciplina, coesione e disponibilità al combattimento. Ma dovettero affrontare soldati ucraini esperti e motivati, e il costo fu straordinario: le stime occidentali calcolano oltre 6.000 nordcoreani morti o feriti su circa 11.000 inizialmente schierati, più della metà di quella forza.

A questi problemi si aggiunge una tradizione militare profondamente verticale, nella quale il soldato è stato spesso trattato come una risorsa sostituibile. Il subordinato esegue l'ordine e difficilmente mette in discussione chi si trova sopra di lui. Il sistema può produrre obbedienza, ma può anche accettare enormi perdite umane e permettere agli errori di risalire intatti lungo la catena di comando.

In un sistema politico autoritario, quella stessa verticalità militare può estendersi fino al vertice del potere. Gli alti comandanti possono finire per dire al leader ciò che vuole sentirsi dire. Putin poteva disporre di rapporti, generali e servizi di intelligence e tuttavia ignorare il vero stato dell'esercito che stava mandando in guerra.

L'invasione dell'Ucraina ne mostrò le conseguenze. La cosiddetta “operazione militare speciale” fu preparata da Putin e da una cerchia straordinariamente ristretta. Persino alti ufficiali russi ignorarono fino a poco prima dell'invasione la portata di ciò che si stava preparando. Il Royal United Services Institute (RUSI), centro britannico specializzato in studi militari e di difesa, ha rilevato inoltre che il piano praticamente non prevedeva cosa fare nel caso in cui le sue premesse iniziali si fossero rivelate errate e che la cultura militare russa tendeva a continuare a rafforzare operazioni fallimentari finché dall'alto non arrivava l'ordine di cambiarle.

Qui può trovarsi una delle debolezze fondamentali dell'esercito russo. Lo stesso sistema che trasforma il soldato in una risorsa sostituibile esige obbedienza dall'ufficiale e finisce per esigerla anche dal generale. Putin credeva di conoscere l'esercito che comandava. La guerra ha dimostrato fino a che punto non lo conoscesse.

Putin non comprese neppure il paese che intendeva conquistare.

L'emergere di un leader come Volodymyr Zelensky non fu un incidente storico. Quando le forze russe avanzavano su Kyiv nei primi giorni dell'invasione e gli Stati Uniti gli offrirono la possibilità di lasciare la capitale, decise di restare. La sua risposta sarebbe diventata famosa: aveva bisogno di munizioni, non che lo portassero fuori dal paese.

Ma quella decisione rappresentava qualcosa che andava ben oltre Zelensky. Gli ucraini avevano una lunga storia di lotta per conservare o riconquistare la propria indipendenza.

Dal IX secolo Kyiv era stata il centro di un potente Stato medievale, secoli prima dell'ascesa di Mosca. Nel 1648 i cosacchi ucraini si ribellarono al dominio polacco e stabilirono un proprio governo, che successivamente perse la sua autonomia a favore della Russia. Nel 1918 gli ucraini proclamarono nuovamente l'indipendenza, ma l'Armata Rossa finì per imporre il potere sovietico. Nel 1991 la recuperarono. Nel referendum del 1º dicembre, il 90,32% dei votanti sostenne l'indipendenza, che ottenne la maggioranza in tutte le regioni del paese, comprese la Crimea e Sebastopoli.

Questa storia aiuta a spiegare una differenza fondamentale tra i due eserciti. Un soldato russo può perdere questa guerra e tornare in Russia. Per l'ucraino, dietro il fronte ci sono la sua famiglia, la sua città e il suo stesso paese. Una sconfitta può significare perdere ciò che sta difendendo.

La partecipazione delle donne offre una misura concreta di questa mobilitazione. All'inizio del 2025, più di 70.000 donne prestavano servizio nelle Forze Armate dell'Ucraina e più di 5.500 si trovavano direttamente al fronte, secondo il Ministero della Difesa ucraino.

Gli ucraini hanno unito il loro patriottismo e la lotta per la sopravvivenza a una straordinaria capacità di innovazione. In pochi anni hanno sviluppato droni e missili propri e accumulato un'esperienza di combattimento che ha reso le loro forze armate un punto di riferimento nella guerra moderna.

Putin iniziò l'invasione credendo di conoscere sia l'esercito che mandava a combattere sia il paese che intendeva conquistare. Sbagliò entrambi i calcoli.

Sopravvalutò il proprio esercito e sottovalutò gli ucraini.

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

 


ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

El informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba merece atención y respeto. Durante seis meses, académicos y especialistas estudiaron posibles caminos para superar la crisis cubana. El resultado se presenta como un documento abierto a consultas, revisiones y modificaciones.

El destino que propone es difícil de objetar: una Cuba democrática y pluralista, un Estado de derecho, una nueva Asamblea Constituyente y una economía social de mercado que reconozca distintas formas de propiedad, incluida la privada.

Pero Ariel Ruiz Urquiola ha señalado una cuestión fundamental que merece ser discutida.

El científico y activista cubano cuestiona la premisa de que quienes sostienen actualmente el sistema puedan tomar la iniciativa y convertirse en facilitadores de la transición. Su pregunta es sencilla y difícil de eludir: ¿quién posee realmente el poder y qué razones tendría para entregarlo?

Ruiz Urquiola no rechaza necesariamente una negociación. La historia demuestra que muchos procesos de cambio han necesitado acuerdos. Su argumento es otro: una negociación no crea por sí misma una democracia si quienes controlaban el poder antes de sentarse a la mesa continúan controlándolo después de levantarse de ella.

Una dictadura no consiste solamente en un gobernante, un partido o una Constitución. Se sostiene porque determinadas estructuras controlan las instituciones, los recursos económicos, los cuerpos armados y los mecanismos de coerción.

El propio informe de Harvard reconoce la posición dominante del Partido Comunista y describe a GAESA como una especie de “Estado dentro del Estado”. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo impedir que esas estructuras sobrevivan a una transición y conserven, bajo otras formas, una parte decisiva del poder?

No es una cuestión exclusivamente cubana.

Lo que ocurre actualmente en Venezuela ofrece una razón adicional para reflexionar. María Corina Machado, al referirse al acuerdo petrolero alcanzado entre Estados Unidos y el interinato encabezado por Delcy Rodríguez, no ha rechazado la participación estadounidense ni la inversión extranjera. Por el contrario, ha defendido una relación de beneficio mutuo.

Su objeción se refiere a algo más elemental: la legitimidad para decidir sobre el patrimonio de una nación. Machado ha sostenido que los recursos venezolanos pertenecen al pueblo venezolano y que decisiones de semejante trascendencia necesitan instituciones legítimas, transparencia, seguridad jurídica y un gobierno democrático.

Es una advertencia que los cubanos deberíamos escuchar.

Una transición puede necesitar negociaciones, compromisos y garantías para quienes estén dispuestos a contribuir pacíficamente al establecimiento de una democracia. Pero negociar las condiciones de una transición es muy diferente de negociar la soberanía de un pueblo.

También resulta acertada la observación de Ruiz Urquiola sobre los presos políticos. Su liberación no puede considerarse una concesión equivalente a lo que otra parte entrega a cambio. Quien ha sido encarcelado injustamente por ejercer derechos fundamentales no pertenece al Estado que lo encarceló. Liberarlo significa poner fin a una injusticia.

Lo mismo ocurre con la reconciliación. Cuba la necesitará después de tantas décadas de división, prisión y exilio. Pero reconciliación no significa impunidad.

La responsabilidad por violaciones de los derechos humanos debe ser individual, demostrada conforme a la ley y determinada con todas las garantías de un proceso judicial. Haber trabajado para el Estado o pertenecido a sus instituciones no puede convertir automáticamente a una persona en culpable. Tampoco puede utilizarse la reconciliación para imponer el olvido de delitos demostrables.

Aquí está el centro de la discusión:

Una transición no es todavía una democracia.

Puede cambiar el gobernante y permanecer el poder. Puede desaparecer un partido y sobrevivir sus mecanismos de control. Pueden modificarse las leyes mientras quienes poseen las armas, los recursos económicos y las instituciones continúan determinando las decisiones fundamentales.

Incluso un régimen puede aceptar transformaciones cuando descubre que cambiar es la mejor manera de preservar una parte de su poder.

Por eso una futura transición cubana no debería juzgarse solamente por quién abandona el poder, sino por quién lo recibe, bajo qué reglas, por cuánto tiempo y ante quién responde.

Harvard ha hecho una contribución importante al abrir esta discusión. Ariel Ruiz Urquiola hace otra al advertir que no basta con definir correctamente el destino. También hay que asegurar el camino para llegar a él.

No se trata de rechazar el diálogo ni de impedir acuerdos que puedan evitar violencia y sufrimiento. Se trata de recordar que ninguna mesa de negociación, grupo económico, institución armada, partido o potencia extranjera puede sustituir la voluntad soberana de los cubanos.

Porque el objetivo de una transición democrática no consiste simplemente en sustituir a quienes gobiernan.

Consiste en devolver al pueblo el derecho a gobernarse.

Documentos relacionados:

Informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba

Ariel Ruiz Urquiola cuestiona el plan de Harvard para Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD AND CUBA'S FUTURE

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

The report by Harvard's Working Group on the Future of Cuba deserves attention and respect. For six months, academics and specialists studied possible paths for overcoming the Cuban crisis. The result is presented as a document open to consultation, revision and modification.

The destination it proposes is difficult to object to: a democratic and pluralistic Cuba, the rule of law, a new Constituent Assembly and a social market economy that recognizes different forms of property, including private property.

But Ariel Ruiz Urquiola has raised a fundamental issue that deserves discussion.

The Cuban scientist and activist questions the premise that those who currently sustain the system can take the initiative and become facilitators of the transition. His question is simple and difficult to evade: who really holds power, and what reasons would they have to surrender it?

Ruiz Urquiola does not necessarily reject negotiation. History shows that many processes of change have required agreements. His argument is different: negotiation by itself does not create democracy if those who controlled power before sitting down at the table continue to control it after leaving the table.

A dictatorship does not consist only of a ruler, a party or a Constitution. It is sustained because certain structures control institutions, economic resources, armed bodies and mechanisms of coercion.

Harvard's own report recognizes the dominant position of the Communist Party and describes GAESA as a kind of “state within the state.” An unavoidable question therefore arises: how can those structures be prevented from surviving a transition and retaining, under other forms, a decisive share of power?

This is not exclusively a Cuban issue.

What is currently happening in Venezuela offers another reason for reflection. María Corina Machado, referring to the oil agreement reached between the United States and the interim administration headed by Delcy Rodríguez, has not rejected U.S. participation or foreign investment. On the contrary, she has defended a relationship of mutual benefit.

Her objection concerns something more elementary: the legitimacy to decide over a nation's patrimony. Machado has maintained that Venezuela's resources belong to the Venezuelan people and that decisions of such importance require legitimate institutions, transparency, legal certainty and a democratic government.

It is a warning Cubans should heed.

A transition may require negotiations, compromises and guarantees for those willing to contribute peacefully to the establishment of democracy. But negotiating the conditions of a transition is very different from negotiating the sovereignty of a people.

Ruiz Urquiola's observation about political prisoners is also well taken. Their release cannot be treated as a concession equivalent to what another party gives in return. A person unjustly imprisoned for exercising fundamental rights does not belong to the state that imprisoned him. Releasing that person means ending an injustice.

The same applies to reconciliation. Cuba will need it after so many decades of division, imprisonment and exile. But reconciliation does not mean impunity.

Responsibility for human rights violations must be individual, proven according to law and determined with all the guarantees of due process. Having worked for the state or belonged to its institutions cannot automatically make a person guilty. Nor can reconciliation be used to impose the forgetting of demonstrable crimes.

Here lies the center of the discussion:

A transition is not yet a democracy.

The ruler may change while power remains. A party may disappear while its mechanisms of control survive. Laws may be modified while those who possess the weapons, economic resources and institutions continue determining the fundamental decisions.

A regime may even accept transformations when it discovers that changing is the best way to preserve part of its power.

That is why a future Cuban transition should not be judged only by who leaves power, but by who receives it, under what rules, for how long and to whom they are accountable.

Harvard has made an important contribution by opening this discussion. Ariel Ruiz Urquiola makes another by warning that it is not enough to define the destination correctly. The path to reach it must also be secured.

This is not about rejecting dialogue or preventing agreements that could avoid violence and suffering. It is about remembering that no negotiating table, economic group, armed institution, party or foreign power can replace the sovereign will of Cubans.

Because the purpose of a democratic transition is not simply to replace those who govern.

It is to return to the people the right to govern themselves.

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD ET L'AVENIR DE CUBA

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le rapport du Groupe de travail de Harvard sur l'avenir de Cuba mérite attention et respect. Pendant six mois, des universitaires et des spécialistes ont étudié les voies possibles pour surmonter la crise cubaine. Le résultat est présenté comme un document ouvert aux consultations, aux révisions et aux modifications.

L'objectif proposé est difficile à contester : une Cuba démocratique et pluraliste, un État de droit, une nouvelle Assemblée constituante et une économie sociale de marché reconnaissant différentes formes de propriété, y compris la propriété privée.

Mais Ariel Ruiz Urquiola a soulevé une question fondamentale qui mérite d'être débattue.

Le scientifique et militant cubain remet en question l'idée que ceux qui soutiennent actuellement le système puissent prendre l'initiative et devenir les facilitateurs de la transition. Sa question est simple et difficile à éluder : qui détient réellement le pouvoir et quelles raisons aurait-il de le céder ?

Ruiz Urquiola ne rejette pas nécessairement une négociation. L'histoire montre que de nombreux processus de changement ont nécessité des accords. Son argument est autre : une négociation ne crée pas à elle seule une démocratie si ceux qui contrôlaient le pouvoir avant de s'asseoir à la table continuent de le contrôler après s'en être levés.

Une dictature ne se résume pas à un dirigeant, un parti ou une Constitution. Elle se maintient parce que certaines structures contrôlent les institutions, les ressources économiques, les corps armés et les mécanismes de coercition.

Le propre rapport de Harvard reconnaît la position dominante du Parti communiste et décrit GAESA comme une sorte d'« État dans l'État ». Une question inévitable se pose alors : comment empêcher que ces structures survivent à une transition et conservent, sous d'autres formes, une part décisive du pouvoir ?

Ce n'est pas une question exclusivement cubaine.

Ce qui se passe actuellement au Venezuela offre une raison supplémentaire de réfléchir. María Corina Machado, à propos de l'accord pétrolier conclu entre les États-Unis et l'intérim dirigé par Delcy Rodríguez, n'a rejeté ni la participation américaine ni l'investissement étranger. Au contraire, elle a défendu une relation mutuellement bénéfique.

Son objection concerne quelque chose de plus élémentaire : la légitimité pour décider du patrimoine d'une nation. Machado a soutenu que les ressources du Venezuela appartiennent au peuple vénézuélien et que des décisions d'une telle importance nécessitent des institutions légitimes, de la transparence, de la sécurité juridique et un gouvernement démocratique.

C'est un avertissement que les Cubains devraient entendre.

Une transition peut nécessiter des négociations, des compromis et des garanties pour ceux qui sont disposés à contribuer pacifiquement à l'établissement d'une démocratie. Mais négocier les conditions d'une transition est très différent de négocier la souveraineté d'un peuple.

L'observation de Ruiz Urquiola sur les prisonniers politiques est également juste. Leur libération ne peut être considérée comme une concession équivalente à ce que l'autre partie accorde en échange. Une personne emprisonnée injustement pour avoir exercé des droits fondamentaux n'appartient pas à l'État qui l'a emprisonnée. La libérer signifie mettre fin à une injustice.

Il en va de même de la réconciliation. Cuba en aura besoin après tant de décennies de division, de prison et d'exil. Mais réconciliation ne signifie pas impunité.

La responsabilité pour les violations des droits de l'homme doit être individuelle, prouvée conformément à la loi et déterminée avec toutes les garanties d'un procès équitable. Avoir travaillé pour l'État ou appartenu à ses institutions ne peut rendre automatiquement une personne coupable. La réconciliation ne peut pas non plus servir à imposer l'oubli de crimes démontrables.

Voici le cœur du débat :

Une transition n'est pas encore une démocratie.

Le dirigeant peut changer et le pouvoir rester. Un parti peut disparaître tandis que ses mécanismes de contrôle survivent. Les lois peuvent être modifiées alors que ceux qui possèdent les armes, les ressources économiques et les institutions continuent de déterminer les décisions fondamentales.

Un régime peut même accepter des transformations lorsqu'il découvre que changer est le meilleur moyen de préserver une partie de son pouvoir.

C'est pourquoi une future transition cubaine ne devrait pas être jugée uniquement selon celui qui abandonne le pouvoir, mais selon celui qui le reçoit, les règles auxquelles il est soumis, la durée de son mandat et devant qui il doit rendre des comptes.

Harvard a apporté une contribution importante en ouvrant ce débat. Ariel Ruiz Urquiola en apporte une autre en avertissant qu'il ne suffit pas de définir correctement la destination. Il faut également garantir le chemin pour y parvenir.

Il ne s'agit pas de rejeter le dialogue ni d'empêcher des accords susceptibles d'éviter la violence et la souffrance. Il s'agit de rappeler qu'aucune table de négociation, aucun groupe économique, aucune institution armée, aucun parti et aucune puissance étrangère ne peut se substituer à la volonté souveraine des Cubains.

Car l'objectif d'une transition démocratique ne consiste pas simplement à remplacer ceux qui gouvernent.

Il consiste à rendre au peuple le droit de se gouverner lui-même.

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Ariel Ruiz Urquiola remet en question le plan de Harvard pour Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD E IL FUTURO DI CUBA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il rapporto del Gruppo di lavoro di Harvard sul futuro di Cuba merita attenzione e rispetto. Per sei mesi, accademici e specialisti hanno studiato possibili strade per superare la crisi cubana. Il risultato viene presentato come un documento aperto a consultazioni, revisioni e modifiche.

L'obiettivo che propone è difficile da contestare: una Cuba democratica e pluralista, uno Stato di diritto, una nuova Assemblea Costituente e un'economia sociale di mercato che riconosca diverse forme di proprietà, compresa quella privata.

Ma Ariel Ruiz Urquiola ha sollevato una questione fondamentale che merita di essere discussa.

Lo scienziato e attivista cubano mette in discussione la premessa secondo cui coloro che oggi sostengono il sistema possano prendere l'iniziativa e diventare facilitatori della transizione. La sua domanda è semplice e difficile da eludere: chi possiede realmente il potere e quali ragioni avrebbe per cederlo?

Ruiz Urquiola non rifiuta necessariamente una negoziazione. La storia dimostra che molti processi di cambiamento hanno richiesto accordi. Il suo argomento è un altro: una negoziazione non crea da sola una democrazia se coloro che controllavano il potere prima di sedersi al tavolo continuano a controllarlo dopo essersi alzati.

Una dittatura non consiste soltanto in un governante, un partito o una Costituzione. Si sostiene perché determinate strutture controllano le istituzioni, le risorse economiche, i corpi armati e i meccanismi di coercizione.

Lo stesso rapporto di Harvard riconosce la posizione dominante del Partito Comunista e descrive GAESA come una sorta di “Stato nello Stato”. Sorge quindi una domanda inevitabile: come impedire che queste strutture sopravvivano a una transizione e conservino, sotto altre forme, una parte decisiva del potere?

Non è una questione esclusivamente cubana.

Ciò che sta accadendo attualmente in Venezuela offre un'ulteriore ragione per riflettere. María Corina Machado, riferendosi all'accordo petrolifero raggiunto tra gli Stati Uniti e l'interinato guidato da Delcy Rodríguez, non ha respinto né la partecipazione statunitense né gli investimenti stranieri. Al contrario, ha difeso una relazione di reciproco beneficio.

La sua obiezione riguarda qualcosa di più elementare: la legittimità di decidere sul patrimonio di una nazione. Machado ha sostenuto che le risorse venezuelane appartengono al popolo venezuelano e che decisioni di tale importanza richiedono istituzioni legittime, trasparenza, certezza giuridica e un governo democratico.

È un avvertimento che i cubani dovrebbero ascoltare.

Una transizione può richiedere negoziati, compromessi e garanzie per coloro che sono disposti a contribuire pacificamente all'instaurazione di una democrazia. Ma negoziare le condizioni di una transizione è molto diverso dal negoziare la sovranità di un popolo.

È giusta anche l'osservazione di Ruiz Urquiola sui prigionieri politici. La loro liberazione non può essere considerata una concessione equivalente a ciò che un'altra parte offre in cambio. Chi è stato incarcerato ingiustamente per aver esercitato diritti fondamentali non appartiene allo Stato che lo ha imprigionato. Liberarlo significa porre fine a un'ingiustizia.

Lo stesso vale per la riconciliazione. Cuba ne avrà bisogno dopo tanti decenni di divisione, prigione ed esilio. Ma riconciliazione non significa impunità.

La responsabilità per le violazioni dei diritti umani deve essere individuale, dimostrata secondo la legge e determinata con tutte le garanzie di un giusto processo. Aver lavorato per lo Stato o appartenuto alle sue istituzioni non può rendere automaticamente una persona colpevole. Né la riconciliazione può essere usata per imporre l'oblio di crimini dimostrabili.

Qui sta il centro della discussione:

Una transizione non è ancora una democrazia.

Può cambiare il governante e rimanere il potere. Può scomparire un partito e sopravvivere i suoi meccanismi di controllo. Le leggi possono essere modificate mentre coloro che possiedono le armi, le risorse economiche e le istituzioni continuano a determinare le decisioni fondamentali.

Un regime può persino accettare trasformazioni quando scopre che cambiare è il modo migliore per preservare una parte del proprio potere.

Per questo una futura transizione cubana non dovrebbe essere giudicata soltanto da chi abbandona il potere, ma da chi lo riceve, secondo quali regole, per quanto tempo e davanti a chi deve rispondere.

Harvard ha dato un contributo importante aprendo questa discussione. Ariel Ruiz Urquiola ne offre un altro avvertendo che non basta definire correttamente la destinazione. Occorre anche garantire il percorso per raggiungerla.

Non si tratta di rifiutare il dialogo né di impedire accordi che possano evitare violenza e sofferenza. Si tratta di ricordare che nessun tavolo negoziale, gruppo economico, istituzione armata, partito o potenza straniera può sostituire la volontà sovrana dei cubani.

Perché l'obiettivo di una transizione democratica non consiste semplicemente nel sostituire chi governa.

Consiste nel restituire al popolo il diritto di governarsi.

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¿QUÉ APRENDIÓ LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL SOBRE CUBA?

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, historiador cubano, profesor e investigador, ha publicado en Diario de Cuba los dos primeros artículos de una investigación sobre Cuba y la Inteligencia Artificial que todavía no ha terminado. Faltan otros dos, según anuncia el propio autor.

Cañellas se propuso investigar qué parte del enorme volumen de información producido durante décadas alrededor de la Revolución cubana había llegado hasta la inteligencia artificial y podía haber influido en lo que esta aprendió sobre Cuba. Sus primeros resultados son sorprendentes.

La inteligencia artificial es un fenómeno relativamente nuevo, aunque sus raíces se remontan a varias décadas atrás. En 1956, un pequeño grupo de científicos reunidos en Dartmouth, Estados Unidos, comenzó a plantear formalmente la posibilidad de construir máquinas capaces de realizar tareas propias de la inteligencia humana. Aquellos pioneros disponían de computadoras extraordinariamente primitivas comparadas con las actuales. Sus ideas fueron desarrollándose durante décadas hasta que el enorme aumento de la capacidad de las computadoras, unido al trabajo de miles de científicos, ingenieros y desarrolladores, permitió alcanzar los extraordinarios resultados que estamos viendo hoy.

La inteligencia artificial no nació sabiendo quién era Fidel Castro, cómo era Cuba antes de 1959 o qué ocurrió después de la Revolución. Hubo que enseñárselo. En lenguaje técnico se dice que fue entrenada.

Para hacerlo, los sistemas de inteligencia artificial procesaron cantidades gigantescas de información producida anteriormente por los seres humanos: libros, periódicos, revistas, investigaciones académicas, páginas de Internet, transcripciones de videos y muchas otras fuentes. Y ese aprendizaje no se ha detenido. La inteligencia artificial continúa incorporando nueva información y aumentando extraordinariamente sus capacidades.

La magnitud de lo que puede llegar a conocer y procesar resulta difícil de imaginar. Una inteligencia artificial puede conversar sobre las teorías acerca del origen del universo, explicar la evolución de las especies, analizar los últimos avances de la medicina, discutir los errores estratégicos de Cartago durante las guerras púnicas contra Roma y, segundos después, comparar las mejores lavadoras de platos que existen en el mercado.

Y no se limita a localizar información. Puede relacionarla, analizarla, resumirla, traducirla, compararla y utilizarla para responder preguntas que nunca antes le habían formulado.

Podemos imaginar ese proceso como el de una persona que entra en una biblioteca gigantesca y lee millones de documentos. La inteligencia artificial no guarda simplemente cada libro para reproducirlo después, sino que durante su entrenamiento aprende patrones, relaciones entre conceptos, formas de describir acontecimientos y asociaciones entre personajes, ideas y hechos.

Y aquí aparece algo todavía más extraordinario.

Los sistemas más avanzados ya no se limitan a contestar preguntas. Pueden razonar sobre problemas complejos, escribir y analizar programas de computación, trabajar con enormes cantidades de información, utilizar herramientas y ejecutar tareas que requieren numerosos pasos. Su capacidad continúa avanzando a una velocidad que hace apenas unos años parecía difícil de imaginar.

Hasta dónde llegará ese proceso es objeto de una discusión mundial. Investigadores y las propias empresas que desarrollan estos sistemas estudian incluso la posibilidad de que futuras inteligencias artificiales alcancen capacidades intelectuales superiores a las humanas y los problemas que podrían surgir para mantenerlas bajo nuestro control. Otros especialistas están convencidos de que nos acercamos rápidamente al momento en que la Inteligencia Artificial superará la capacidad intelectual humana.

Ese es un tema que merece ser tratado por separado.

Por ahora nos interesa una pregunta mucho más sencilla: si la inteligencia artificial tuvo que aprender de la información que los seres humanos habíamos producido, ¿qué encontró cuando comenzó a aprender sobre Cuba?

Y es aquí donde las investigaciones de Aries Cañellas se convierten en un tema revelador. Sus dos primeros artículos muestran una presencia considerable de información relacionada con el castrismo en los materiales que ha podido rastrear.

Pero todavía falta una parte fundamental de su investigación: conocer qué presencia tuvieron quienes rompieron con el régimen, se exiliaron, lo combatieron o escribieron contra él.

Cañellas ha anunciado otros dos artículos dedicados precisamente a esa otra parte de la historia. Esperemos a conocer sus resultados antes de sacar conclusiones.

Mientras tanto, dejamos a nuestros lectores los enlaces a los dos primeros artículos de su investigación.

El rastro del discurso oficial cubano en los corpus de entrenamiento de la IA

El rastro del discurso oficial cubano en los corpus de entrenamiento de la IA (II)

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WHAT DID ARTIFICIAL INTELLIGENCE LEARN ABOUT CUBA?

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, a Cuban historian, professor and researcher, has published in Diario de Cuba the first two articles of an investigation into Cuba and Artificial Intelligence that is not yet complete. Two more articles remain, according to the author himself.

Cañellas set out to investigate how much of the enormous volume of information produced over decades around the Cuban Revolution had reached artificial intelligence and could have influenced what it learned about Cuba. His initial findings are surprising.

Artificial intelligence is a relatively new phenomenon, although its roots go back several decades. In 1956, a small group of scientists meeting at Dartmouth in the United States began formally exploring the possibility of building machines capable of performing tasks associated with human intelligence. Those pioneers had computers that were extraordinarily primitive compared with today's. Their ideas developed over decades until the enormous increase in computing power, combined with the work of thousands of scientists, engineers and developers, made possible the extraordinary results we are seeing today.

Artificial intelligence was not born knowing who Fidel Castro was, what Cuba was like before 1959, or what happened after the Revolution. It had to be taught. In technical language, we say it was trained.

To accomplish this, artificial intelligence systems processed gigantic amounts of information previously produced by human beings: books, newspapers, magazines, academic research, Internet pages, video transcripts and many other sources. And that learning has not stopped. Artificial intelligence continues to incorporate new information and dramatically increase its capabilities.

The scale of what it can come to know and process is difficult to imagine. An artificial intelligence can discuss theories about the origin of the universe, explain the evolution of species, analyze the latest advances in medicine, discuss Carthage's strategic mistakes during the Punic Wars against Rome and, seconds later, compare the best dishwashers available on the market.

And it does not merely locate information. It can relate it, analyze it, summarize it, translate it, compare it and use it to answer questions it has never been asked before.

We can imagine this process as a person entering a gigantic library and reading millions of documents. Artificial intelligence does not simply store each book in order to reproduce it later. During its training, it learns patterns, relationships between concepts, ways of describing events, and associations among people, ideas and facts.

And here something even more extraordinary appears.

The most advanced systems are no longer limited to answering questions. They can reason about complex problems, write and analyze computer programs, work with enormous amounts of information, use tools, and carry out tasks requiring numerous steps. Their capabilities continue to advance at a speed that only a few years ago would have seemed difficult to imagine.

How far this process will go is the subject of a worldwide debate. Researchers and the companies developing these systems are even studying the possibility that future artificial intelligences could achieve intellectual capabilities superior to those of humans, and the problems that could arise in keeping them under our control. Other specialists are convinced that we are rapidly approaching the moment when Artificial Intelligence will surpass human intellectual capacity.

That is a subject that deserves to be addressed separately.

For now, we are interested in a much simpler question: if artificial intelligence had to learn from the information human beings had produced, what did it find when it began learning about Cuba?

This is where Aries Cañellas's research becomes revealing. His first two articles show a considerable presence of information related to Castroism in the materials he has been able to trace.

But a fundamental part of his investigation is still missing: determining the presence of those who broke with the regime, went into exile, fought it, or wrote against it.

Cañellas has announced two additional articles devoted precisely to this other part of the story. Let us wait to see his results before drawing conclusions.

Meanwhile, we leave our readers the links to the first two articles of his investigation.

The Trace of Cuba's Official Discourse in AI Training Corpora

The Trace of Cuba's Official Discourse in AI Training Corpora (II)

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QU'A APPRIS L'INTELLIGENCE ARTIFICIELLE SUR CUBA ?

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, historien cubain, professeur et chercheur, a publié dans Diario de Cuba les deux premiers articles d'une enquête sur Cuba et l'Intelligence Artificielle qui n'est pas encore terminée. Deux autres articles restent à paraître, selon l'auteur lui-même.

Cañellas a entrepris d'étudier quelle partie de l'énorme volume d'informations produites pendant des décennies autour de la Révolution cubaine était parvenue jusqu'à l'intelligence artificielle et avait pu influencer ce qu'elle avait appris sur Cuba. Ses premiers résultats sont surprenants.

L'intelligence artificielle est un phénomène relativement nouveau, bien que ses racines remontent à plusieurs décennies. En 1956, un petit groupe de scientifiques réunis à Dartmouth, aux États-Unis, commença à envisager formellement la possibilité de construire des machines capables d'accomplir des tâches propres à l'intelligence humaine. Ces pionniers disposaient d'ordinateurs extraordinairement primitifs par rapport à ceux d'aujourd'hui. Leurs idées se sont développées pendant des décennies jusqu'à ce que l'augmentation considérable de la puissance des ordinateurs, associée au travail de milliers de scientifiques, d'ingénieurs et de développeurs, permette d'atteindre les résultats extraordinaires que nous observons aujourd'hui.

L'intelligence artificielle n'est pas née en sachant qui était Fidel Castro, à quoi ressemblait Cuba avant 1959 ou ce qui s'est passé après la Révolution. Il a fallu le lui apprendre. Dans le langage technique, on dit qu'elle a été entraînée.

Pour ce faire, les systèmes d'intelligence artificielle ont traité des quantités gigantesques d'informations produites auparavant par les êtres humains : livres, journaux, revues, recherches universitaires, pages Internet, transcriptions de vidéos et de nombreuses autres sources. Et cet apprentissage ne s'est pas arrêté. L'intelligence artificielle continue d'intégrer de nouvelles informations et d'accroître extraordinairement ses capacités.

L'ampleur de ce qu'elle peut parvenir à connaître et à traiter est difficile à imaginer. Une intelligence artificielle peut discuter des théories sur l'origine de l'univers, expliquer l'évolution des espèces, analyser les dernières avancées de la médecine, examiner les erreurs stratégiques de Carthage pendant les guerres puniques contre Rome et, quelques secondes plus tard, comparer les meilleurs lave-vaisselle disponibles sur le marché.

Et elle ne se limite pas à localiser des informations. Elle peut les mettre en relation, les analyser, les résumer, les traduire, les comparer et les utiliser pour répondre à des questions qui ne lui avaient jamais été posées auparavant.

Nous pouvons imaginer ce processus comme celui d'une personne qui entre dans une bibliothèque gigantesque et lit des millions de documents. L'intelligence artificielle ne conserve pas simplement chaque livre pour le reproduire ensuite ; au cours de son entraînement, elle apprend des schémas, des relations entre les concepts, des manières de décrire les événements et des associations entre les personnages, les idées et les faits.

Et c'est ici qu'apparaît quelque chose d'encore plus extraordinaire.

Les systèmes les plus avancés ne se limitent plus à répondre à des questions. Ils peuvent raisonner sur des problèmes complexes, écrire et analyser des programmes informatiques, travailler avec d'énormes quantités d'informations, utiliser des outils et exécuter des tâches nécessitant de nombreuses étapes. Leurs capacités continuent de progresser à une vitesse qui, il y a seulement quelques années, aurait semblé difficile à imaginer.

Jusqu'où ira ce processus fait l'objet d'un débat mondial. Les chercheurs et les entreprises qui développent ces systèmes étudient même la possibilité que de futures intelligences artificielles atteignent des capacités intellectuelles supérieures à celles des êtres humains, ainsi que les problèmes qui pourraient surgir pour les maintenir sous notre contrôle. D'autres spécialistes sont convaincus que nous approchons rapidement du moment où l'Intelligence Artificielle dépassera la capacité intellectuelle humaine.

C'est un sujet qui mérite d'être traité séparément.

Pour l'instant, une question beaucoup plus simple nous intéresse : si l'intelligence artificielle a dû apprendre à partir des informations que les êtres humains avaient produites, qu'a-t-elle trouvé lorsqu'elle a commencé à apprendre sur Cuba ?

C'est ici que les recherches d'Aries Cañellas deviennent révélatrices. Ses deux premiers articles montrent une présence considérable d'informations liées au castrisme dans les matériaux qu'il a pu retracer.

Mais il manque encore une partie fondamentale de son enquête : connaître la présence de ceux qui ont rompu avec le régime, se sont exilés, l'ont combattu ou ont écrit contre lui.

Cañellas a annoncé deux autres articles consacrés précisément à cette autre partie de l'histoire. Attendons d'en connaître les résultats avant de tirer des conclusions.

En attendant, nous proposons à nos lecteurs les liens vers les deux premiers articles de son enquête.

La trace du discours officiel cubain dans les corpus d'entraînement de l'IA

La trace du discours officiel cubain dans les corpus d'entraînement de l'IA (II)

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CHE COSA HA IMPARATO L'INTELLIGENZA ARTIFICIALE SU CUBA?

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, storico cubano, professore e ricercatore, ha pubblicato su Diario de Cuba i primi due articoli di una ricerca su Cuba e l'Intelligenza Artificiale che non è ancora terminata. Mancano altri due articoli, secondo quanto annunciato dallo stesso autore.

Cañellas si è proposto di indagare quale parte dell'enorme volume di informazioni prodotto nel corso di decenni intorno alla Rivoluzione cubana sia arrivata fino all'intelligenza artificiale e possa aver influenzato ciò che essa ha imparato su Cuba. I suoi primi risultati sono sorprendenti.

L'intelligenza artificiale è un fenomeno relativamente nuovo, anche se le sue radici risalgono a diversi decenni fa. Nel 1956, un piccolo gruppo di scienziati riuniti a Dartmouth, negli Stati Uniti, cominciò a considerare formalmente la possibilità di costruire macchine capaci di svolgere compiti propri dell'intelligenza umana. Quei pionieri disponevano di computer straordinariamente primitivi rispetto a quelli attuali. Le loro idee si svilupparono nel corso dei decenni fino a quando l'enorme aumento della capacità dei computer, unito al lavoro di migliaia di scienziati, ingegneri e sviluppatori, rese possibili gli straordinari risultati che stiamo vedendo oggi.

L'intelligenza artificiale non è nata sapendo chi fosse Fidel Castro, com'era Cuba prima del 1959 o che cosa accadde dopo la Rivoluzione. È stato necessario insegnarglielo. Nel linguaggio tecnico si dice che è stata addestrata.

Per farlo, i sistemi di intelligenza artificiale hanno elaborato quantità gigantesche di informazioni prodotte in precedenza dagli esseri umani: libri, giornali, riviste, ricerche accademiche, pagine Internet, trascrizioni di video e molte altre fonti. E questo apprendimento non si è fermato. L'intelligenza artificiale continua a incorporare nuove informazioni e ad aumentare straordinariamente le proprie capacità.

La vastità di ciò che può arrivare a conoscere ed elaborare è difficile da immaginare. Un'intelligenza artificiale può conversare sulle teorie relative all'origine dell'universo, spiegare l'evoluzione delle specie, analizzare gli ultimi progressi della medicina, discutere gli errori strategici di Cartagine durante le guerre puniche contro Roma e, pochi secondi dopo, confrontare le migliori lavastoviglie disponibili sul mercato.

E non si limita a localizzare informazioni. Può metterle in relazione, analizzarle, riassumerle, tradurle, confrontarle e utilizzarle per rispondere a domande che non le erano mai state poste prima.

Possiamo immaginare questo processo come quello di una persona che entra in una biblioteca gigantesca e legge milioni di documenti. L'intelligenza artificiale non conserva semplicemente ogni libro per riprodurlo in seguito, ma durante il suo addestramento apprende schemi, relazioni tra concetti, modi di descrivere gli avvenimenti e associazioni tra personaggi, idee e fatti.

E qui appare qualcosa di ancora più straordinario.

I sistemi più avanzati non si limitano più a rispondere alle domande. Possono ragionare su problemi complessi, scrivere e analizzare programmi informatici, lavorare con enormi quantità di informazioni, utilizzare strumenti ed eseguire compiti che richiedono numerosi passaggi. Le loro capacità continuano ad avanzare a una velocità che solo pochi anni fa sarebbe sembrata difficile da immaginare.

Fino a dove arriverà questo processo è oggetto di un dibattito mondiale. I ricercatori e le stesse aziende che sviluppano questi sistemi studiano persino la possibilità che future intelligenze artificiali raggiungano capacità intellettuali superiori a quelle umane e i problemi che potrebbero sorgere per mantenerle sotto il nostro controllo. Altri specialisti sono convinti che ci stiamo rapidamente avvicinando al momento in cui l'Intelligenza Artificiale supererà la capacità intellettuale umana.

Questo è un tema che merita di essere affrontato separatamente.

Per ora ci interessa una domanda molto più semplice: se l'intelligenza artificiale ha dovuto imparare dalle informazioni che gli esseri umani avevano prodotto, che cosa ha trovato quando ha cominciato a conoscere Cuba?

Ed è qui che le ricerche di Aries Cañellas diventano rivelatrici. I suoi primi due articoli mostrano una presenza considerevole di informazioni legate al castrismo nei materiali che è riuscito a rintracciare.

Ma manca ancora una parte fondamentale della sua ricerca: conoscere quale presenza abbiano avuto coloro che ruppero con il regime, andarono in esilio, lo combatterono o scrissero contro di esso.

Cañellas ha annunciato altri due articoli dedicati precisamente a quest'altra parte della storia. Aspettiamo di conoscerne i risultati prima di trarre conclusioni.

Nel frattempo, lasciamo ai nostri lettori i collegamenti ai primi due articoli della sua ricerca.

La traccia del discorso ufficiale cubano nei corpus di addestramento dell'IA

La traccia del discorso ufficiale cubano nei corpus di addestramento dell'IA (II)

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EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE


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EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Cuando vi el ataque contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, hacía muchos años que ya no vivía en Nueva York. Sin embargo, aquellas imágenes me devolvieron de golpe a una ciudad, a una época y a unos recuerdos que han permanecido grabados en mi memoria y en mi corazón.

Durante un tiempo trabajé en el distrito financiero de Manhattan, en el 80 Pine Street. Mi oficina estaba en el piso 22 y desde allí podía ver la Estatua de la Libertad.

Para millones de inmigrantes aquella estatua había sido el símbolo de su llegada a una tierra donde podían comenzar una nueva vida. Pero aun para quienes ya vivíamos allí, verla era como recibir todos los días el mismo saludo de bienvenida. Representaba algo profundamente americano: una nación que se había construido con personas llegadas de todas partes del mundo, diferentes en sus orígenes, religiones, costumbres e idiomas.

Nueva York era la expresión extraordinaria de aquella diversidad.

El área de Wall Street tenía además una personalidad propia. Era un mundo de gente interesante, bien vestida, lleno de jóvenes intensos, alegres y con energía. Se respiraba la sensación de que había mucho por hacer y de que el mundo ofrecía oportunidades especiales a quienes estuvieran dispuestos a trabajar para aprovecharlas.

Era una ciudad competitiva, pero también abierta. Allí podía llegar alguien de prácticamente cualquier lugar del planeta y sentirse parte de Nueva York. Allí había vivido José Martí.

CUANDO VI NACER LAS TORRES

Cuando comenzaron a levantarse las Torres Gemelas, algunas veces iba al trabajo en automóvil y pasaba cerca de la construcción. Lo que más me impresionaba era la extraordinaria cantidad de acero.

Veía aquellas columnas verticales tan próximas unas de otras y me hacía una pregunta muy sencilla: ¿de qué tamaño van a ser las ventanas de esos edificios?

Parecía que tendrían que ser muy pequeñas.

Y efectivamente lo fueron.

Yo no sabía entonces que estaba contemplando una de las características más novedosas del diseño de las Torres Gemelas. Su estructura era diferente de la de muchos de los edificios de oficinas que conocíamos.

Las Torres fueron concebidas como enormes tubos estructurales. Cada una de sus cuatro fachadas tenía 59 columnas de acero colocadas muy cerca unas de otras. Aquellas columnas que tanto me impresionaban no eran simplemente parte de la fachada: contribuían a sostener el edificio.

Por eso había tanto acero ante mis ojos. Y por eso las ventanas terminaron siendo tan estrechas.

Muchos años después conocería la explicación técnica. Pero nunca olvidé la impresión que me causaban aquellas estructuras cuando pasaba por allí camino al trabajo. Miraba hacia arriba y me preguntaba qué clase de edificios estaban construyendo.

Finalmente se levantaron dos torres de 110 pisos que transformaron para siempre el perfil de Nueva York.

Las había visto nacer. Nunca pude imaginar que un día también las vería morir.

EL DÍA EN QUE LAS VI CAER

Décadas después las estaba mirando nuevamente. Esta vez por televisión.

El 11 de septiembre de 2001 me uní a millones de personas alrededor del mundo que contemplaban, incrédulas, el impacto de los aviones, el fuego, a seres humanos atrapados en aquellos edificios y a policías y bomberos entrando mientras miles de personas trataban desesperadamente de salir.

No podía creer lo que estaba viendo.

Vi caer las Torres.

El primer dolor, el inmediato, fue por quienes estaban muriendo. Casi tres mil personas perdieron la vida aquel día en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Detrás de cada número había una persona, una familia, unos hijos, unos padres, unos amigos.

Tal vez uno de mis amigos o amigas estaba trabajando allí. Tal vez nunca lo sabré.

Mientras contemplaba aquella tragedia comenzaron también a regresar mis propios recuerdos.

Yo había conocido aquel lugar antes de que las Torres existieran. Había pasado junto a ellas mientras las construían. Había visto la cantidad de acero que las sostenía y me había preguntado por sus ventanas.

Había caminado y trabajado entre aquella multitud de personas de todas partes del mundo que llenaban diariamente las calles del Bajo Manhattan.

Y desde la ventana de mi oficina había contemplado la Estatua de la Libertad.

Por eso, cuando las Torres se desplomaron, sentí que algo más se estaba derrumbando.

UN PAÍS QUE CAMBIÓ

El 11 de septiembre llevó al territorio estadounidense una vulnerabilidad que para muchos parecía hasta entonces lejana.

Después vinieron controles que antes no existían, aeropuertos diferentes, nuevas medidas de seguridad, guerras y temor a nuevos atentados.

El país continuó adelante. Nueva York también.

Los terroristas pudieron destruir edificios y asesinar a miles de inocentes. No pudieron destruir aquello que la Estatua de la Libertad representaba ni la extraordinaria diversidad humana que yo había conocido en las calles de Nueva York.

Quizás por eso, cuando pienso en el 11 de septiembre, no quiero recordar solamente las imágenes de las Torres cayendo.

Prefiero recordar también cómo comenzaron.

Recuerdo el acero elevándose sobre Manhattan. Recuerdo mi curiosidad por aquellas ventanas que parecían demasiado pequeñas. Recuerdo Wall Street lleno de jóvenes convencidos de que tenían un futuro por delante.

El 11 de septiembre de 2001 comprendí que incluso aquello que parece inconmovible puede desaparecer en unas horas. Pero los edificios no son los que sostienen a una sociedad. La sostienen los principios en los que cree y la voluntad de sus ciudadanos de defenderlos.

Las Torres cayeron. Esos principios no.

Y cuando regreso con la memoria a aquel Nueva York de mi juventud, vuelvo a mirar desde mi oficina y allí está, a lo lejos, la Estatua de la Libertad.

Para millones de personas que llegaron a Estados Unidos, aquella estatua fue una bienvenida.

Para quienes ya estábamos allí, también.

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THE DAY NEW YORK CHANGED FOREVER

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

When I saw the attack on the Twin Towers on September 11, 2001, I had already been away from New York for many years. Yet those images suddenly carried me back to a city, a time, and memories that have remained engraved in my mind and in my heart.

For a time I worked in Manhattan's financial district, at 80 Pine Street. My office was on the 22nd floor, and from there I could see the Statue of Liberty.

For millions of immigrants, that statue had been the symbol of their arrival in a land where they could begin a new life. But even for those of us who already lived there, seeing it was like receiving the same welcome every day. It represented something profoundly American: a nation built by people who had come from every part of the world, different in their origins, religions, customs, and languages.

New York was the extraordinary expression of that diversity.

The Wall Street area also had a personality of its own. It was a world of interesting, well-dressed people, filled with intense, cheerful young men and women bursting with energy. There was a sense that much remained to be done and that the world offered special opportunities to those willing to work for them.

It was a competitive city, but also an open one. Someone could arrive there from practically anywhere on the planet and feel part of New York. José Martí had lived there.

WHEN I SAW THE TOWERS RISE

When construction of the Twin Towers began, I sometimes drove to work and passed near the site. What impressed me most was the extraordinary amount of steel.

I would look at those vertical columns standing so close together and ask myself a very simple question: how large are the windows in these buildings going to be?

It seemed that they would have to be very small.

And indeed they were.

I did not know then that I was looking at one of the most innovative features of the Twin Towers' design. Their structure was different from that of many office buildings we knew.

The Towers were designed as enormous structural tubes. Each of their four facades had 59 steel columns placed very close together. Those columns that impressed me so much were not simply part of the facade: they helped support the building.

That was why there was so much steel before my eyes. And that was why the windows ended up being so narrow.

Many years later I would learn the technical explanation. But I never forgot the impression those structures made on me when I passed them on my way to work. I would look upward and wonder what kind of buildings they were constructing.

Eventually, two 110-story towers rose and forever transformed the New York skyline.

I had seen them being born. I could never have imagined that one day I would also see them die.

THE DAY I SAW THEM FALL

Decades later, I was looking at them again. This time on television.

On September 11, 2001, I joined millions of people around the world who watched in disbelief as the planes struck, as fire consumed the buildings, as human beings were trapped inside, and as police officers and firefighters entered while thousands desperately tried to escape.

I could not believe what I was seeing.

I watched the Towers fall.

The first pain, the immediate one, was for those who were dying. Nearly three thousand people lost their lives that day in New York, at the Pentagon, and in Pennsylvania. Behind every number there was a person, a family, children, parents, friends.

Perhaps one of my friends was working there. Perhaps I will never know.

As I watched that tragedy, my own memories also began to return.

I had known that place before the Towers existed. I had passed beside them while they were being built. I had seen the amount of steel supporting them and had wondered about their windows.

I had walked and worked among that multitude of people from every part of the world who filled the streets of Lower Manhattan every day.

And from my office window I had looked out at the Statue of Liberty.

That is why, when the Towers collapsed, I felt that something more was collapsing with them.

A COUNTRY THAT CHANGED

September 11 brought to American soil a vulnerability that, until then, had seemed distant to many.

Then came controls that had not existed before, different airports, new security measures, wars, and fear of further attacks.

The country moved forward. New York did too.

The terrorists were able to destroy buildings and murder thousands of innocent people. They could not destroy what the Statue of Liberty represented or the extraordinary human diversity I had known in the streets of New York.

Perhaps that is why, when I think of September 11, I do not want to remember only the images of the Towers falling.

I also prefer to remember how they began.

I remember the steel rising above Manhattan. I remember my curiosity about those windows that seemed too small. I remember Wall Street filled with young people convinced that they had a future ahead of them.

On September 11, 2001, I understood that even what seems immovable can disappear in a matter of hours. But buildings are not what sustain a society. A society is sustained by the principles in which it believes and by the willingness of its citizens to defend them.

The Towers fell. Those principles did not.

And when my memory takes me back to the New York of my youth, I look again from my office and there, in the distance, stands the Statue of Liberty.

For millions of people who came to the United States, that statue was a welcome.

For those of us who were already there, it was too.

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LE JOUR OÙ NEW YORK A CHANGÉ POUR TOUJOURS

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Lorsque j'ai vu l'attaque contre les tours jumelles le 11 septembre 2001, cela faisait déjà de nombreuses années que je ne vivais plus à New York. Pourtant, ces images m'ont brusquement ramené vers une ville, une époque et des souvenirs qui sont restés gravés dans ma mémoire et dans mon cœur.

Pendant un certain temps, j'ai travaillé dans le quartier financier de Manhattan, au 80 Pine Street. Mon bureau se trouvait au 22e étage et, de là, je pouvais voir la Statue de la Liberté.

Pour des millions d'immigrants, cette statue avait été le symbole de leur arrivée dans une terre où ils pouvaient commencer une nouvelle vie. Mais même pour ceux d'entre nous qui y vivaient déjà, la voir revenait à recevoir chaque jour le même message de bienvenue. Elle représentait quelque chose de profondément américain : une nation construite par des personnes venues de toutes les parties du monde, différentes par leurs origines, leurs religions, leurs coutumes et leurs langues.

New York était l'expression extraordinaire de cette diversité.

Le secteur de Wall Street possédait en outre une personnalité qui lui était propre. C'était un monde de gens intéressants, élégamment vêtus, rempli de jeunes intenses, joyeux et débordants d'énergie. On y respirait le sentiment qu'il y avait beaucoup à faire et que le monde offrait des possibilités particulières à ceux qui étaient disposés à travailler pour les saisir.

C'était une ville compétitive, mais également ouverte. Quelqu'un pouvait y arriver de pratiquement n'importe quel endroit de la planète et se sentir membre de New York. José Martí y avait vécu.

QUAND J'AI VU NAÎTRE LES TOURS

Lorsque les tours jumelles commencèrent à s'élever, il m'arrivait d'aller travailler en voiture et de passer près du chantier. Ce qui m'impressionnait le plus était l'extraordinaire quantité d'acier.

Je regardais ces colonnes verticales si proches les unes des autres et je me posais une question très simple : quelle taille vont avoir les fenêtres de ces immeubles ?

Il semblait qu'elles devraient être très petites.

Et elles le furent effectivement.

Je ne savais pas alors que j'observais l'une des caractéristiques les plus novatrices de la conception des tours jumelles. Leur structure était différente de celle de nombreux immeubles de bureaux que nous connaissions.

Les Tours furent conçues comme d'immenses tubes structurels. Chacune de leurs quatre façades comptait 59 colonnes d'acier placées très près les unes des autres. Ces colonnes qui m'impressionnaient tant ne faisaient pas simplement partie de la façade : elles contribuaient à soutenir l'immeuble.

C'est pour cette raison qu'il y avait tant d'acier devant mes yeux. Et c'est pour cette raison que les fenêtres furent finalement si étroites.

Bien des années plus tard, j'en connaîtrais l'explication technique. Mais je n'ai jamais oublié l'impression que me faisaient ces structures lorsque je passais par là en allant travailler. Je levais les yeux et me demandais quel genre d'immeubles ils étaient en train de construire.

Finalement s'élevèrent deux tours de 110 étages qui transformèrent pour toujours la silhouette de New York.

Je les avais vues naître. Je n'aurais jamais pu imaginer qu'un jour je les verrais aussi mourir.

LE JOUR OÙ JE LES AI VUES TOMBER

Des décennies plus tard, je les regardais à nouveau. Cette fois à la télévision.

Le 11 septembre 2001, je me suis joint à des millions de personnes à travers le monde qui contemplaient, incrédules, l'impact des avions, le feu, des êtres humains prisonniers de ces immeubles, ainsi que des policiers et des pompiers qui entraient tandis que des milliers de personnes tentaient désespérément d'en sortir.

Je ne pouvais pas croire ce que je voyais.

J'ai vu tomber les Tours.

La première douleur, l'immédiate, fut pour ceux qui mouraient. Près de trois mille personnes perdirent la vie ce jour-là à New York, au Pentagone et en Pennsylvanie. Derrière chaque chiffre se trouvait une personne, une famille, des enfants, des parents, des amis.

Peut-être l'un de mes amis ou l'une de mes amies travaillait-il là. Peut-être ne le saurai-je jamais.

Alors que je contemplais cette tragédie, mes propres souvenirs commencèrent eux aussi à revenir.

J'avais connu cet endroit avant l'existence des Tours. J'étais passé près d'elles pendant leur construction. J'avais vu la quantité d'acier qui les soutenait et je m'étais interrogé sur leurs fenêtres.

J'avais marché et travaillé parmi cette multitude de personnes venues de toutes les parties du monde qui remplissaient chaque jour les rues du Lower Manhattan.

Et depuis la fenêtre de mon bureau, j'avais contemplé la Statue de la Liberté.

C'est pourquoi, lorsque les Tours se sont effondrées, j'ai senti que quelque chose d'autre s'effondrait également.

UN PAYS QUI A CHANGÉ

Le 11 septembre a apporté sur le territoire américain une vulnérabilité qui, jusque-là, semblait lointaine à beaucoup.

Sont ensuite venus des contrôles qui n'existaient pas auparavant, des aéroports différents, de nouvelles mesures de sécurité, des guerres et la peur de nouveaux attentats.

Le pays a continué d'avancer. New York aussi.

Les terroristes ont pu détruire des immeubles et assassiner des milliers d'innocents. Ils n'ont pas pu détruire ce que représentait la Statue de la Liberté ni l'extraordinaire diversité humaine que j'avais connue dans les rues de New York.

C'est peut-être pour cette raison que, lorsque je pense au 11 septembre, je ne veux pas me souvenir uniquement des images des Tours qui s'effondrent.

Je préfère également me souvenir de la manière dont elles ont commencé.

Je me souviens de l'acier s'élevant au-dessus de Manhattan. Je me souviens de ma curiosité devant ces fenêtres qui semblaient trop petites. Je me souviens de Wall Street rempli de jeunes convaincus qu'ils avaient un avenir devant eux.

Le 11 septembre 2001, j'ai compris que même ce qui paraît inébranlable peut disparaître en quelques heures. Mais ce ne sont pas les immeubles qui soutiennent une société. Ce sont les principes auxquels elle croit et la volonté de ses citoyens de les défendre.

Les Tours sont tombées. Ces principes, non.

Et lorsque ma mémoire me ramène au New York de ma jeunesse, je regarde à nouveau depuis mon bureau et elle est là, au loin, la Statue de la Liberté.

Pour des millions de personnes arrivées aux États-Unis, cette statue fut un message de bienvenue.

Pour ceux d'entre nous qui y étions déjà, elle l'était aussi.

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IL GIORNO IN CUI NEW YORK CAMBIÒ PER SEMPRE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Quando vidi l'attacco contro le Torri Gemelle l'11 settembre 2001, erano già molti anni che non vivevo più a New York. Eppure quelle immagini mi riportarono improvvisamente a una città, a un'epoca e a ricordi che sono rimasti impressi nella mia memoria e nel mio cuore.

Per un periodo lavorai nel distretto finanziario di Manhattan, all'80 Pine Street. Il mio ufficio era al ventiduesimo piano e da lì potevo vedere la Statua della Libertà.

Per milioni di immigrati quella statua era stata il simbolo del loro arrivo in una terra dove potevano cominciare una nuova vita. Ma anche per quelli di noi che già vivevano lì, vederla era come ricevere ogni giorno lo stesso saluto di benvenuto. Rappresentava qualcosa di profondamente americano: una nazione costruita da persone arrivate da ogni parte del mondo, diverse per origine, religione, costumi e lingua.

New York era l'espressione straordinaria di quella diversità.

La zona di Wall Street aveva inoltre una personalità propria. Era un mondo di persone interessanti, ben vestite, pieno di giovani intensi, allegri e pieni di energia. Si respirava la sensazione che ci fosse molto da fare e che il mondo offrisse opportunità speciali a chi fosse disposto a lavorare per coglierle.

Era una città competitiva, ma anche aperta. Una persona poteva arrivare praticamente da qualsiasi parte del pianeta e sentirsi parte di New York. José Martí vi aveva vissuto.

QUANDO VIDI NASCERE LE TORRI

Quando cominciarono a sorgere le Torri Gemelle, qualche volta andavo al lavoro in automobile e passavo vicino al cantiere. Ciò che mi impressionava maggiormente era la straordinaria quantità di acciaio.

Guardavo quelle colonne verticali così vicine le une alle altre e mi ponevo una domanda molto semplice: quanto saranno grandi le finestre di questi edifici?

Sembrava che dovessero essere molto piccole.

E infatti lo furono.

Allora non sapevo che stavo osservando una delle caratteristiche più innovative del progetto delle Torri Gemelle. La loro struttura era diversa da quella di molti edifici per uffici che conoscevamo.

Le Torri furono concepite come enormi tubi strutturali. Ognuna delle loro quattro facciate aveva 59 colonne d'acciaio collocate molto vicine tra loro. Quelle colonne che mi impressionavano tanto non erano semplicemente parte della facciata: contribuivano a sostenere l'edificio.

Per questo c'era tanto acciaio davanti ai miei occhi. E per questo le finestre finirono per essere così strette.

Molti anni dopo avrei conosciuto la spiegazione tecnica. Ma non dimenticai mai l'impressione che mi facevano quelle strutture quando passavo di lì andando al lavoro. Guardavo verso l'alto e mi chiedevo che tipo di edifici stessero costruendo.

Alla fine si innalzarono due torri di 110 piani che trasformarono per sempre il profilo di New York.

Le avevo viste nascere. Non avrei mai potuto immaginare che un giorno le avrei viste anche morire.

IL GIORNO IN CUI LE VIDI CADERE

Decenni dopo le stavo guardando di nuovo. Questa volta in televisione.

L'11 settembre 2001 mi unii a milioni di persone in tutto il mondo che contemplavano incredule l'impatto degli aerei, il fuoco, esseri umani intrappolati in quegli edifici e poliziotti e vigili del fuoco che entravano mentre migliaia di persone cercavano disperatamente di uscire.

Non riuscivo a credere a ciò che stavo vedendo.

Vidi cadere le Torri.

Il primo dolore, quello immediato, fu per coloro che stavano morendo. Quasi tremila persone persero la vita quel giorno a New York, al Pentagono e in Pennsylvania. Dietro ogni numero c'era una persona, una famiglia, dei figli, dei genitori, degli amici.

Forse uno dei miei amici o delle mie amiche stava lavorando lì. Forse non lo saprò mai.

Mentre contemplavo quella tragedia, cominciarono a tornare anche i miei ricordi.

Avevo conosciuto quel luogo prima che le Torri esistessero. Ero passato accanto a loro mentre le costruivano. Avevo visto la quantità di acciaio che le sosteneva e mi ero interrogato sulle loro finestre.

Avevo camminato e lavorato tra quella moltitudine di persone provenienti da ogni parte del mondo che ogni giorno riempivano le strade di Lower Manhattan.

E dalla finestra del mio ufficio avevo contemplato la Statua della Libertà.

Per questo, quando le Torri crollarono, sentii che qualcosa di più stava crollando.

UN PAESE CHE CAMBIÒ

L'11 settembre portò sul territorio americano una vulnerabilità che fino ad allora, per molti, era sembrata lontana.

Poi arrivarono controlli che prima non esistevano, aeroporti diversi, nuove misure di sicurezza, guerre e la paura di nuovi attentati.

Il paese andò avanti. Anche New York.

I terroristi riuscirono a distruggere edifici e ad assassinare migliaia di innocenti. Non riuscirono a distruggere ciò che la Statua della Libertà rappresentava né la straordinaria diversità umana che avevo conosciuto nelle strade di New York.

Forse è per questo che, quando penso all'11 settembre, non voglio ricordare soltanto le immagini delle Torri che crollano.

Preferisco ricordare anche come cominciarono.

Ricordo l'acciaio che si innalzava sopra Manhattan. Ricordo la mia curiosità per quelle finestre che sembravano troppo piccole. Ricordo Wall Street piena di giovani convinti di avere un futuro davanti a sé.

L'11 settembre 2001 compresi che perfino ciò che sembra incrollabile può scomparire in poche ore. Ma non sono gli edifici a sostenere una società. A sostenerla sono i principi in cui crede e la volontà dei suoi cittadini di difenderli.

Le Torri caddero. Quei principi no.

E quando con la memoria torno alla New York della mia giovinezza, guardo ancora una volta dal mio ufficio e là, in lontananza, c'è la Statua della Libertà.

Per milioni di persone arrivate negli Stati Uniti, quella statua fu un benvenuto.

Per quelli di noi che erano già lì, lo fu altrettanto.

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