Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
La información que hoy circula como si fuera
una revelación reciente sobre supuestas conversaciones en México entre
representantes del régimen cubano y Estados Unidos no es nueva. El 4 de
febrero, el diario español ABC Premium informó que agentes de inteligencia
estadounidenses habrían sostenido reuniones en Ciudad de México con Alejandro
Castro Espín, El Cangrejo, figura central del aparato de seguridad del
castrismo y miembro directo del núcleo familiar del poder.
Han pasado días desde esa publicación.
No estamos ante un hecho nuevo. Estamos ante
su reempaque.
Pero lo más grave no es la repetición. Es la
omisión deliberada del contexto más reciente.
Días después de aquella publicación, durante
la Conferencia de Seguridad de Múnich, en una conversación pública con John
Micklethwait, editor en jefe de Bloomberg, el Secretario de Estado Marco Rubio
afirmó claramente que el régimen cubano se niega a negociar lo que debe
negociarse, pese al colapso económico que atraviesa la Isla.
No fue una declaración privada. No fue un comentario filtrado.
Fue una afirmación pública, en un foro
internacional de alto nivel, frente a uno de los periodistas más influyentes
del mundo financiero y político.
Además, el propio presidente Donald Trump ha
reconocido públicamente que existen conversaciones. Cuando el presidente admite
contactos, el debate ya no es si existieron, sino qué resultado tuvieron.
Y según las palabras de Rubio en Múnich, el
resultado fue que el régimen no quiso ceder.
Entonces surge la pregunta inevitable:
¿por qué reaparece ahora esta historia como si
se tratara de negociaciones activas?
¿por qué se omite que, según Washington, el
régimen rechazó lo esencial?
Esa omisión no es inocente. Cambia la
percepción pública.
Al eliminar el contexto de Múnich, se
construye una narrativa peligrosa: la de un Estados Unidos negociando para
salvar al castrismo. Esa percepción impacta directamente en la comunidad cubana
en el exilio, donde la memoria histórica de negociaciones opacas sigue viva. Y
dentro de la Isla refuerza el desaliento, la idea de que todo se decide entre
élites mientras el pueblo permanece excluido.
No se trata de negar que existan contactos
exploratorios. En política internacional, los canales de inteligencia existen
para medir escenarios antes de cualquier paso formal. Eso es práctica habitual.
Pero explorar no es conceder. Conversar no es pactar. Y medir no es legitimar.
La dictadura está en bancarrota. El régimen
necesita oxígeno. Lo que está en juego no es una transición democrática, sino
la supervivencia de una estructura de poder que durante décadas ha reprimido y
empobrecido a la nación.
Reactivar una noticia vieja ignorando
declaraciones recientes del Secretario de Estado en Múnich no es análisis
estratégico. Es construcción narrativa orientada a generar confusión.
Y el encuadre importa.
Porque define quién parece fuerte, quién
parece ceder y quién parece traicionar.
Si Washington afirma que el régimen no quiso
negociar lo esencial, entonces la historia no es que Estados Unidos esté
salvando al castrismo. La historia es que el castrismo, incluso al borde del
colapso económico, se aferra al poder y rechaza cualquier concesión política
real.
No aceptamos relatos diseñados para sembrar
desconfianza. No aceptamos que se juegue
con la esperanza del pueblo cubano.
Y no aceptamos que se distorsione el contexto
para fabricar la percepción de traición.
La libertad de Cuba no nacerá de titulares
reciclados ni de rumores sensacionalistas.
Nacerá de claridad, firmeza y presión sostenida.
Y hoy la verdad es clara: dicen que régimen se
niega a ceder, también Maduro matoneaba y hasta se reía de Trump. El castrismo sabe que está perdido, lo sabe
el pueblo, lo saben los militares, los burócratas y hasta Díaz-Canel y su jefe Raúl.