VIMA: UN ASCENSO QUE MERECE EXPLICACIÓN


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VIMA: UN ASCENSO QUE MERECE EXPLICACIÓN

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

El 1 de septiembre de 2026, la firma estadounidense Continental Strategy puso fin a su representación de Vima World en Washington. Apenas cinco semanas antes, el 24 de julio, Vima la había contratado para realizar gestiones ante el Gobierno federal de Estados Unidos en asuntos relacionados con comercio, industria alimentaria, relaciones exteriores y oportunidades de negocios en América Latina. El documento presentado para registrar la terminación de esa relación no explica el motivo. ¿Qué ocurrió en esas cinco semanas para que Continental Strategy decidiera dejar de representar a Vima?

La historia de Vima hace que la pregunta resulte todavía más inquietante. Vima ha tenido desde sus orígenes una extraña vinculación con el régimen castrista. Vima nació en La Habana en 1994. Desde allí comenzó posteriormente su expansión hacia otros mercados hasta convertirse, tres décadas después, en un grupo internacional que emplea a más de 500 personas y factura más de 200 millones de euros anuales. Lo extraordinario ocurrió al principio: apenas siete años después de su nacimiento, La Voz de Galicia informó que Vima controlaba el 15% de la distribución alimentaria de Cuba y el 25% de la destinada al sector hotelero. No fue una multinacional que llegó a conquistar el mercado cubano: fue una empresa que nació en la Cuba de Fidel Castro, creció vertiginosamente dentro de su economía controlada y desde allí se convirtió en una compañía internacional.

Las circunstancias difícilmente pudieron alinearse mejor. Vima comenzó a operar precisamente cuando el régimen castrista, golpeado por la desaparición de la Unión Soviética, apostaba por el turismo internacional como una de sus principales fuentes de divisas. La empresa estableció una parte fundamental de su infraestructura en Berroa, en La Habana del Este, donde el régimen había desarrollado un complejo de almacenes y depósitos aduanales para el comercio exterior. Allí funcionaba Havana in Bond, una operación desarrollada por CIMEX. Al frente de Havana in Bond estuvo Víctor Peña Blanco, identificado por antiguos integrantes de CIMEX como un oficial procedente de las Tropas Especiales del Ministerio del Interior que posteriormente pasó a las estructuras económicas del régimen. En pocos años, aquella empresa recién nacida se había convertido en uno de los grandes distribuidores de alimentos de una economía donde el Estado decidía quién podía importar, almacenar, distribuir y vender.

Y surge una pregunta elemental: ¿para qué hacía falta Vima? Meliá, uno de sus principales clientes, era ya una gran cadena hotelera internacional que disponía de experiencia, proveedores y estructuras de compra para abastecer sus establecimientos en diferentes países. No necesitaba que una empresa recién creada le enseñara dónde comprar pescado, carne, vegetales o conservas. El régimen castrista tampoco necesitaba a Víctor Moro para localizar alimentos en el mercado mundial: disponía de empresas importadoras propias y compraba directamente en numerosos países. Si Meliá sabía comprar sus alimentos y el régimen también podía comprarlos directamente, ¿qué justificaba colocar a Vima en medio de aquel negocio? Y, sobre todo, ¿por qué Víctor Moro?

La Venezuela chavista ofrece una pista sobre cómo funcionan estos negocios en sistemas donde el poder político decide quién puede enriquecerse. El colombiano Alex Saab no llegó a Venezuela encabezando una gran multinacional de alimentos. Se abrió camino en los negocios con el gobierno de Hugo Chávez y posteriormente se convirtió, bajo Nicolás Maduro, en intermediario de enormes operaciones estatales. En el negocio de los alimentos de los CLAP, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos documentó un mecanismo en el que sociedades privadas obtenían contratos sin licitación, compraban alimentos en el exterior y los revendían al Estado venezolano. Según el Tesoro, Saab y sus socios obtuvieron cientos de millones de dólares mediante contratos sobrevalorados y parte de esos beneficios fue utilizada para pagar sobornos y mantener el acceso a funcionarios que concedían los contratos. El Estado venezolano podía comprar aquellos alimentos directamente. El intermediario existía porque el sistema necesitaba al intermediario.

El fenómeno tampoco es exclusivamente venezolano. En la Rusia de Vladimir Putin, la relación entre poder político y grandes fortunas ha sido estudiada durante años: empresarios favorecidos reciben contratos, activos y oportunidades extraordinarias mientras su permanencia depende de la lealtad al Kremlin. Quienes permanecen dentro del sistema prosperan y comparten; quienes dejan de ser considerados confiables pueden perder negocios y propiedades.

Cuba fue durante décadas mucho más hermética que Venezuela y Rusia. No conocemos las cuentas privadas de sus gobernantes, los acuerdos secretos ni los beneficiarios finales de muchas operaciones realizadas bajo el castrismo. Pero conocemos el sistema político que decidía quién podía hacer negocios y conocemos los resultados. Vima nació en La Habana y siete años después controlaba porcentajes extraordinarios de la distribución de alimentos. La explicación de semejante ascenso no puede limitarse a que Víctor Moro era un empresario hábil.

Y Víctor Moro no permaneció simplemente como el propietario extranjero de una distribuidora de alimentos. Llegó a presidir la Asociación de Empresarios Españoles en Cuba, la única organización patronal legalmente reconocida por el régimen, convirtiéndose en interlocutor de algunas de las principales compañías españolas establecidas en la Isla. Existe además una referencia periodística de 2006 según la cual Moro se relacionaba personalmente con Fidel Castro. El empresario cuya compañía había nacido en La Habana y prosperado extraordinariamente dentro del sistema había terminado también extraordinariamente cerca del poder que controlaba ese sistema.

En la Cuba de Fidel Castro nadie alcanzaba semejante posición económica por casualidad. El régimen decidía quién podía entrar en sus negocios, quién podía crecer y hasta dónde podía hacerlo. Un empresario extranjero que llegó a controlar una parte extraordinaria de la distribución de alimentos no había sido escogido por simpático: tenía que ser alguien útil y confiable para el poder. En una dictadura, esa confianza convierte al empresario privilegiado en un incondicional, porque su prosperidad depende precisamente de quienes le concedieron el privilegio.

Treinta y dos años después del nacimiento de Vima en La Habana, algo ocurrió en Washington. Continental Strategy aceptó representarla y cinco semanas después rompió la relación. El documento de terminación no dice por qué. Después de recorrer la historia de Vima, queda una pregunta inevitable: ¿Se enteró Continental Strategy de la trastienda de Vima?

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VIMA: A RISE THAT DEMANDS AN EXPLANATION

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

On September 1, 2026, the U.S. firm Continental Strategy ended its representation of Vima World in Washington. Barely five weeks earlier, on July 24, Vima had hired the firm to lobby the U.S. federal government on matters related to trade, the food industry, foreign relations, and business opportunities in Latin America. The document filed to register the termination of that relationship gives no reason for it. What happened during those five weeks that led Continental Strategy to stop representing Vima?

Vima's history makes the question even more unsettling. From its origins, Vima has had an unusual connection with the Castro regime. Vima was born in Havana in 1994. From there it later expanded into other markets until, three decades later, it became an international group employing more than 500 people and generating more than 200 million euros in annual revenue. The extraordinary part came at the beginning: barely seven years after its birth, La Voz de Galicia reported that Vima controlled 15% of Cuba's food distribution and 25% of the distribution destined for the hotel sector. It was not a multinational that arrived to conquer the Cuban market: it was a company born in Fidel Castro's Cuba, grew at breakneck speed inside its controlled economy, and from there became an international company.

The circumstances could hardly have aligned more favorably. Vima began operating precisely when the Castro regime, battered by the disappearance of the Soviet Union, was betting on international tourism as one of its main sources of hard currency. The company established a fundamental part of its infrastructure in Berroa, in eastern Havana, where the regime had developed a complex of warehouses and bonded facilities for foreign trade. Havana in Bond operated there, an operation developed by CIMEX. At the head of Havana in Bond was Víctor Peña Blanco, identified by former CIMEX insiders as an officer from the Interior Ministry's Special Troops who later moved into the regime's economic structures. Within a few years, that newly created company had become one of the major food distributors in an economy where the state decided who could import, store, distribute, and sell.

And an elementary question arises: why was Vima needed? Meliá, one of its main clients, was already a major international hotel chain with the experience, suppliers, and purchasing structures needed to supply its properties in different countries. It did not need a newly created company to teach it where to buy fish, meat, vegetables, or canned goods. Nor did the Castro regime need Víctor Moro to locate food on the world market: it had its own importing companies and bought directly from numerous countries. If Meliá knew how to buy its food and the regime could also buy it directly, what justified placing Vima in the middle of that business? And above all, why Víctor Moro?

Chavista Venezuela offers a clue to how these businesses work in systems where political power decides who is allowed to become rich. Colombian businessman Alex Saab did not arrive in Venezuela at the head of a major food multinational. He made his way into business with Hugo Chávez's government and later became, under Nicolás Maduro, an intermediary in enormous state operations. In the CLAP food business, the U.S. Department of the Treasury documented a mechanism in which private companies obtained no-bid contracts, bought food abroad, and resold it to the Venezuelan state. According to Treasury, Saab and his partners obtained hundreds of millions of dollars through overpriced contracts, and part of those profits was used to pay bribes and maintain access to the officials who awarded the contracts. The Venezuelan state could have bought that food directly. The intermediary existed because the system needed the intermediary.

Nor is the phenomenon exclusively Venezuelan. In Vladimir Putin's Russia, the relationship between political power and great fortunes has been studied for years: favored businessmen receive contracts, assets, and extraordinary opportunities while their continued position depends on loyalty to the Kremlin. Those who remain inside the system prosper and share; those who cease to be considered reliable can lose businesses and property.

For decades, Cuba was far more opaque than Venezuela and Russia. We do not know the private accounts of its rulers, the secret agreements, or the ultimate beneficiaries of many operations carried out under Castroism. But we know the political system that decided who could do business, and we know the results. Vima was born in Havana and seven years later controlled extraordinary shares of food distribution. An ascent of that kind cannot be explained simply by saying that Víctor Moro was a skillful businessman.

And Víctor Moro did not remain simply the foreign owner of a food distribution company. He went on to preside over the Association of Spanish Businessmen in Cuba, the only employers' organization legally recognized by the regime, becoming an interlocutor for some of the leading Spanish companies established on the island. There is also a 2006 press reference according to which Moro had personal relations with Fidel Castro. The businessman whose company had been born in Havana and prospered extraordinarily within the system had also ended up extraordinarily close to the power that controlled that system.

In Fidel Castro's Cuba, nobody reached such an economic position by chance. The regime decided who could enter its businesses, who could grow, and how far they could go. A foreign businessman who came to control an extraordinary share of food distribution had not been chosen because he was likable: he had to be someone useful and trustworthy to those in power. In a dictatorship, that trust turns the privileged businessman into a loyalist, because his prosperity depends precisely on those who granted him the privilege.

Thirty-two years after Vima was born in Havana, something happened in Washington. Continental Strategy agreed to represent it and five weeks later broke off the relationship. The termination filing does not say why. After reviewing Vima's history, one unavoidable question remains: Did Continental Strategy learn what was going on behind the scenes at Vima?

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VIMA : UNE ASCENSION QUI MÉRITE UNE EXPLICATION

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le 1er septembre 2026, le cabinet américain Continental Strategy a mis fin à sa représentation de Vima World à Washington. À peine cinq semaines plus tôt, le 24 juillet, Vima l'avait engagé pour effectuer des démarches auprès du gouvernement fédéral des États-Unis sur des questions liées au commerce, à l'industrie alimentaire, aux relations extérieures et aux possibilités d'affaires en Amérique latine. Le document déposé pour enregistrer la fin de cette relation n'en explique pas le motif. Que s'est-il passé pendant ces cinq semaines pour que Continental Strategy décide de ne plus représenter Vima ?

L'histoire de Vima rend la question encore plus inquiétante. Depuis ses origines, Vima entretient un lien étrange avec le régime castriste. Vima est née à La Havane en 1994. C'est depuis Cuba qu'elle a ensuite commencé son expansion vers d'autres marchés jusqu'à devenir, trois décennies plus tard, un groupe international qui emploie plus de 500 personnes et réalise plus de 200 millions d'euros de chiffre d'affaires annuel. L'extraordinaire s'est produit au début : à peine sept ans après sa naissance, La Voz de Galicia rapportait que Vima contrôlait 15 % de la distribution alimentaire à Cuba et 25 % de celle destinée au secteur hôtelier. Il ne s'agissait donc pas d'une multinationale venue conquérir le marché cubain : c'était une entreprise née dans le Cuba de Fidel Castro, qui a connu une croissance vertigineuse au sein de son économie contrôlée et qui, depuis là, est devenue une entreprise internationale.

Les circonstances pouvaient difficilement être plus favorables. Vima a commencé ses activités précisément au moment où le régime castriste, frappé par la disparition de l'Union soviétique, misait sur le tourisme international comme l'une de ses principales sources de devises. L'entreprise a installé une partie essentielle de son infrastructure à Berroa, dans l'est de La Havane, où le régime avait développé un complexe d'entrepôts et de dépôts sous douane destinés au commerce extérieur. Havana in Bond y opérait, une structure développée par CIMEX. À la tête de Havana in Bond se trouvait Víctor Peña Blanco, identifié par d'anciens membres de CIMEX comme un officier issu des Troupes spéciales du ministère de l'Intérieur, ensuite transféré vers les structures économiques du régime. En quelques années, cette entreprise à peine créée était devenue l'un des grands distributeurs alimentaires d'une économie dans laquelle l'État décidait qui pouvait importer, stocker, distribuer et vendre.

Une question élémentaire se pose alors : à quoi servait Vima ? Meliá, l'un de ses principaux clients, était déjà une grande chaîne hôtelière internationale disposant de l'expérience, des fournisseurs et des structures d'achat nécessaires pour approvisionner ses établissements dans différents pays. Elle n'avait pas besoin qu'une entreprise nouvellement créée lui apprenne où acheter du poisson, de la viande, des légumes ou des conserves. Le régime castriste, de son côté, n'avait pas besoin de Víctor Moro pour trouver des aliments sur le marché mondial : il disposait de ses propres entreprises importatrices et achetait directement dans de nombreux pays. Si Meliá savait acheter les aliments dont ses hôtels avaient besoin et si le régime pouvait lui aussi les acheter directement, qu'est-ce qui justifiait de placer Vima au milieu de cette affaire ? Et surtout, pourquoi Víctor Moro ?

Le Venezuela chaviste offre une piste sur la manière dont fonctionnent ces affaires dans les systèmes où le pouvoir politique décide qui peut s'enrichir. Le Colombien Alex Saab n'est pas arrivé au Venezuela à la tête d'une grande multinationale alimentaire. Il s'est fait une place dans les affaires avec le gouvernement de Hugo Chávez et est ensuite devenu, sous Nicolás Maduro, l'intermédiaire d'énormes opérations de l'État. Dans le commerce des aliments des CLAP, le département du Trésor des États-Unis a documenté un mécanisme dans lequel des sociétés privées obtenaient des contrats sans appel d'offres, achetaient des aliments à l'étranger et les revendaient à l'État vénézuélien. Selon le Trésor, Saab et ses associés ont obtenu des centaines de millions de dollars grâce à des contrats surévalués, et une partie de ces bénéfices a servi à verser des pots-de-vin et à conserver l'accès aux fonctionnaires qui accordaient les contrats. L'État vénézuélien pouvait acheter ces aliments directement. L'intermédiaire existait parce que le système avait besoin de l'intermédiaire.

Le phénomène n'est pas exclusivement vénézuélien. Dans la Russie de Vladimir Poutine, la relation entre le pouvoir politique et les grandes fortunes est étudiée depuis des années : des hommes d'affaires favorisés reçoivent des contrats, des actifs et des possibilités extraordinaires, tandis que leur maintien dans le système dépend de leur loyauté envers le Kremlin. Ceux qui restent dans le système prospèrent et partagent ; ceux qui cessent d'être considérés comme fiables peuvent perdre leurs entreprises et leurs biens.

Pendant des décennies, Cuba a été beaucoup plus hermétique que le Venezuela et la Russie. Nous ne connaissons ni les comptes privés de ses dirigeants, ni les accords secrets, ni les bénéficiaires finaux de nombreuses opérations réalisées sous le castrisme. Mais nous connaissons le système politique qui décidait qui pouvait faire des affaires et nous en connaissons les résultats. Vima est née à La Havane et, sept ans plus tard, contrôlait des parts extraordinaires de la distribution alimentaire. Une telle ascension ne peut pas s'expliquer simplement en disant que Víctor Moro était un homme d'affaires habile.

Et Víctor Moro n'est pas resté simplement le propriétaire étranger d'une entreprise de distribution alimentaire. Il est devenu président de l'Association des entrepreneurs espagnols à Cuba, la seule organisation patronale légalement reconnue par le régime, devenant ainsi l'interlocuteur de certaines des principales entreprises espagnoles établies dans l'île. Il existe en outre une référence journalistique de 2006 selon laquelle Moro entretenait des relations personnelles avec Fidel Castro. L'homme d'affaires dont l'entreprise était née à La Havane et avait prospéré de façon extraordinaire au sein du système avait également fini par se retrouver extraordinairement proche du pouvoir qui contrôlait ce système.

Dans le Cuba de Fidel Castro, personne n'atteignait une telle position économique par hasard. Le régime décidait qui pouvait entrer dans ses affaires, qui pouvait grandir et jusqu'où il pouvait aller. Un homme d'affaires étranger qui en était arrivé à contrôler une part extraordinaire de la distribution alimentaire n'avait pas été choisi parce qu'il était sympathique : il devait être utile et digne de confiance aux yeux du pouvoir. Dans une dictature, cette confiance transforme l'entrepreneur privilégié en inconditionnel, car sa prospérité dépend précisément de ceux qui lui ont accordé ce privilège.

Trente-deux ans après la naissance de Vima à La Havane, quelque chose s'est passé à Washington. Continental Strategy a accepté de la représenter et, cinq semaines plus tard, a rompu la relation. Le document de résiliation n'explique pas pourquoi. Après avoir parcouru l'histoire de Vima, une question inévitable demeure : Continental Strategy a-t-elle découvert les dessous de Vima ?

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VIMA: UN'ASCESA CHE MERITA UNA SPIEGAZIONE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il 1º settembre 2026, la società statunitense Continental Strategy ha posto fine alla sua rappresentanza di Vima World a Washington. Appena cinque settimane prima, il 24 luglio, Vima l'aveva incaricata di svolgere attività presso il governo federale degli Stati Uniti su questioni legate al commercio, all'industria alimentare, alle relazioni estere e alle opportunità d'affari in America Latina. Il documento depositato per registrare la cessazione di quel rapporto non ne spiega il motivo. Che cosa è accaduto in quelle cinque settimane perché Continental Strategy decidesse di smettere di rappresentare Vima?

La storia di Vima rende la domanda ancora più inquietante. Fin dalle sue origini, Vima ha avuto uno strano legame con il regime castrista. Vima è nata all'Avana nel 1994. Da lì ha poi iniziato la sua espansione verso altri mercati fino a diventare, tre decenni dopo, un gruppo internazionale che impiega più di 500 persone e fattura oltre 200 milioni di euro all'anno. L'aspetto straordinario si verificò all'inizio: appena sette anni dopo la sua nascita, La Voz de Galicia riferì che Vima controllava il 15% della distribuzione alimentare di Cuba e il 25% di quella destinata al settore alberghiero. Non era una multinazionale arrivata a conquistare il mercato cubano: era un'azienda nata nella Cuba di Fidel Castro, cresciuta vertiginosamente all'interno della sua economia controllata e da lì diventata una società internazionale.

Le circostanze difficilmente avrebbero potuto allinearsi meglio. Vima iniziò a operare proprio quando il regime castrista, colpito dalla scomparsa dell'Unione Sovietica, puntava sul turismo internazionale come una delle sue principali fonti di valuta estera. L'azienda stabilì una parte fondamentale della propria infrastruttura a Berroa, nella zona orientale dell'Avana, dove il regime aveva sviluppato un complesso di magazzini e depositi doganali per il commercio estero. Lì operava Havana in Bond, un'operazione sviluppata da CIMEX. Alla guida di Havana in Bond vi fu Víctor Peña Blanco, identificato da ex membri di CIMEX come un ufficiale proveniente dalle Truppe Speciali del Ministero dell'Interno, successivamente trasferito nelle strutture economiche del regime. In pochi anni, quella società appena nata era diventata uno dei grandi distributori di alimenti di un'economia in cui lo Stato decideva chi poteva importare, immagazzinare, distribuire e vendere.

E sorge una domanda elementare: a che cosa serviva Vima? Meliá, uno dei suoi principali clienti, era già una grande catena alberghiera internazionale dotata di esperienza, fornitori e strutture d'acquisto per rifornire i propri hotel in diversi paesi. Non aveva bisogno che un'azienda appena creata le insegnasse dove comprare pesce, carne, verdure o conserve. Neppure il regime castrista aveva bisogno di Víctor Moro per trovare alimenti sul mercato mondiale: disponeva delle proprie imprese importatrici e acquistava direttamente in numerosi paesi. Se Meliá sapeva comprare gli alimenti di cui aveva bisogno e il regime poteva anch'esso acquistarli direttamente, che cosa giustificava la presenza di Vima in mezzo a quell'affare? E soprattutto, perché Víctor Moro?

Il Venezuela chavista offre un indizio su come funzionano questi affari nei sistemi in cui il potere politico decide chi può arricchirsi. Il colombiano Alex Saab non arrivò in Venezuela alla guida di una grande multinazionale alimentare. Si fece strada negli affari con il governo di Hugo Chávez e successivamente divenne, sotto Nicolás Maduro, intermediario di enormi operazioni statali. Nel business degli alimenti dei CLAP, il Dipartimento del Tesoro degli Stati Uniti documentò un meccanismo in cui società private ottenevano contratti senza gara, acquistavano alimenti all'estero e li rivendevano allo Stato venezuelano. Secondo il Tesoro, Saab e i suoi soci ottennero centinaia di milioni di dollari attraverso contratti gonfiati e una parte di quei profitti venne utilizzata per pagare tangenti e mantenere l'accesso ai funzionari che assegnavano i contratti. Lo Stato venezuelano poteva comprare direttamente quegli alimenti. L'intermediario esisteva perché il sistema aveva bisogno dell'intermediario.

Il fenomeno non è esclusivamente venezuelano. Nella Russia di Vladimir Putin, il rapporto tra potere politico e grandi fortune è studiato da anni: imprenditori favoriti ricevono contratti, beni e opportunità straordinarie mentre la loro permanenza nel sistema dipende dalla lealtà al Cremlino. Chi rimane nel sistema prospera e condivide; chi smette di essere considerato affidabile può perdere affari e proprietà.

Per decenni Cuba è stata molto più ermetica del Venezuela e della Russia. Non conosciamo i conti privati dei suoi governanti, gli accordi segreti né i beneficiari finali di molte operazioni realizzate sotto il castrismo. Ma conosciamo il sistema politico che decideva chi poteva fare affari e ne conosciamo i risultati. Vima è nata all'Avana e sette anni dopo controllava quote straordinarie della distribuzione alimentare. Una simile ascesa non può essere spiegata semplicemente dicendo che Víctor Moro era un imprenditore abile.

E Víctor Moro non rimase semplicemente il proprietario straniero di un'impresa di distribuzione alimentare. Arrivò a presiedere l'Associazione degli Imprenditori Spagnoli a Cuba, l'unica organizzazione datoriale legalmente riconosciuta dal regime, diventando interlocutore di alcune delle principali società spagnole presenti sull'isola. Esiste inoltre un riferimento giornalistico del 2006 secondo cui Moro aveva rapporti personali con Fidel Castro. L'imprenditore la cui società era nata all'Avana e aveva prosperato in modo straordinario all'interno del sistema era finito anche straordinariamente vicino al potere che controllava quel sistema.

Nella Cuba di Fidel Castro nessuno raggiungeva una simile posizione economica per caso. Il regime decideva chi poteva entrare nei suoi affari, chi poteva crescere e fino a che punto poteva farlo. Un imprenditore straniero arrivato a controllare una parte straordinaria della distribuzione alimentare non era stato scelto perché simpatico: doveva essere qualcuno utile e affidabile per il potere. In una dittatura, quella fiducia trasforma l'imprenditore privilegiato in un incondizionato, perché la sua prosperità dipende precisamente da coloro che gli hanno concesso il privilegio.

Trentadue anni dopo la nascita di Vima all'Avana, qualcosa è accaduto a Washington. Continental Strategy ha accettato di rappresentarla e cinque settimane dopo ha interrotto il rapporto. Il documento di cessazione non spiega perché. Dopo aver ripercorso la storia di Vima, resta una domanda inevitabile: Continental Strategy ha scoperto il retroscena di Vima?

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EL GIGANTE CHINO TAMBIÉN TIENE PIES DE BARRO

EL GIGANTE CHINO TAMBIÉN TIENE PIES DE BARRO

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Durante años China ha proyectado al mundo la imagen de una potencia económica arrolladora: construye ciudades, ferrocarriles y fábricas a una velocidad extraordinaria, domina sectores industriales enteros, conquista mercados y acumula reservas. Para muchos, parece una maquinaria económica que todo lo planifica y casi nunca se equivoca.

Pero detrás de esa imagen ha comenzado a aparecer una realidad diferente. China continúa siendo una formidable potencia económica, pero enfrenta un problema que demuestra que tampoco existe planificación capaz de evitar las consecuencias de los errores: los chinos no están comprando lo suficiente para sostener todo lo que su país se ha preparado para producir.

Una de las causas está en la vivienda.

Durante décadas, millones de familias compraron apartamentos no solamente para vivir en ellos, sino como una forma de ahorro. Mientras los precios aumentaban, sus propietarios se sentían cada vez más ricos. Alrededor de aquella expansión crecieron constructoras, bancos, gobiernos locales y numerosas industrias.

El problema comenzó cuando se construyeron más viviendas de las que el mercado podía absorber y los precios dejaron de subir. Grandes empresas constructoras entraron en dificultades y muchas familias descubrieron que los apartamentos donde habían colocado buena parte de sus ahorros ya no valían lo que esperaban.

Una persona cuyo apartamento pierde valor se siente más pobre aunque siga cobrando el mismo salario. Si además teme por su empleo o sus ingresos futuros, hace algo perfectamente comprensible: gasta menos y ahorra más.

Multiplicada por cientos de millones de consumidores, esa reacción se convierte en un problema para toda la economía.

China construyó una extraordinaria capacidad para producir automóviles, maquinaria, acero, electrodomésticos, baterías, paneles solares y muchos otros bienes.

Pero esas fábricas necesitan compradores. Y los chinos no están comprando todo lo que sus fábricas necesitan vender.

Ahí aparece una de las grandes contradicciones del modelo.

Durante décadas China creció invirtiendo enormes cantidades de dinero. Construyó carreteras, ferrocarriles, puertos, viviendas y fábricas a una escala que pocos países podían igualar. Ese proceso contribuyó a convertir una nación relativamente pobre en la segunda economía del mundo.

Pero llega un momento en que seguir construyendo no produce los mismos beneficios.

Una carretera necesaria facilita el comercio. Construir otra donde ya existen suficientes carreteras aporta mucho menos. Una fábrica genera riqueza cuando existen compradores. Ampliarla cuando ya produce más de lo que puede vender crea otro problema.

Y Beijing no puede sencillamente detener esa maquinaria. Reducir bruscamente las inversiones significaría menos construcción, menos pedidos, menos empleos y menor crecimiento. Por eso el gobierno continúa tratando de mantener la actividad facilitando crédito y promoviendo nuevas inversiones.

Pero aparece una dificultad que ni siquiera Beijing puede resolver mediante una orden: que haya dinero disponible para invertir no significa que existan suficientes buenos negocios donde invertirlo.

China puede ordenar a un banco que conceda más crédito. Puede financiar otra carretera o ayudar a construir otra fábrica.

Lo que no puede ordenar es que 1.400 millones de chinos se sientan más ricos y salgan a comprar.

Entonces queda otra salida: vender fuera.

Las exportaciones se convierten así en una válvula cada vez más importante: lo que los chinos no compran tiene que encontrar compradores en otros países.

Aquí comienza a cambiar la imagen del gigante económico invulnerable.

La extraordinaria capacidad exportadora de China continúa siendo una de sus mayores fortalezas. Pero cuando necesita que otros países compren una parte creciente de lo que sus fábricas producen, esa fortaleza comienza también a convertirse en una dependencia.

China puede producir más automóviles, baterías, maquinaria y paneles solares.

No puede producir los compradores que necesita.

Estados Unidos, Europa, América Latina y el resto de Asia tienen que querer —y permitir— que esos productos entren en sus mercados.

Esto no significa que China esté al borde del colapso. Sería absurdo subestimar una economía de semejante tamaño y poder industrial y tecnológico.

Significa algo más interesante.

China no es la maquinaria económica infalible que durante años muchos imaginaron.

También construye demasiado. También invierte mal enormes cantidades de dinero. También comete errores que después tiene que corregir. Y también comprueba que ni siquiera un gobierno autoritario con extraordinario poder sobre bancos y empresas puede eliminar las leyes básicas de la economía.

China sorprendió al mundo demostrando cuánto podía producir.

Ahora enfrenta una pregunta bastante más incómoda:

¿Quién va a comprar todo lo que China necesita producir para mantener funcionando su gigantesca maquinaria económica?

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THE CHINESE GIANT ALSO HAS FEET OF CLAY

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

For years, China has projected to the world the image of an unstoppable economic power: it builds cities, railways and factories at extraordinary speed, dominates entire industrial sectors, conquers markets and accumulates reserves. To many, it looks like an economic machine that plans everything and almost never makes mistakes.

But behind that image, a different reality has begun to emerge. China remains a formidable economic power, yet it faces a problem showing that no amount of planning can prevent the consequences of mistakes: Chinese consumers are not buying enough to sustain everything their country has prepared itself to produce.

One of the causes lies in housing.

For decades, millions of families bought apartments not only to live in, but also as a form of savings. As prices rose, owners felt increasingly wealthy. Around that expansion grew construction companies, banks, local governments and numerous industries.

The problem began when more homes were built than the market could absorb and prices stopped rising. Large property developers ran into trouble, and many families discovered that the apartments in which they had placed much of their savings were no longer worth what they had expected.

A person whose apartment loses value feels poorer even if the same salary keeps coming in. If that person also worries about future employment or income, the response is perfectly understandable: spend less and save more.

Multiplied by hundreds of millions of consumers, that reaction becomes a problem for the entire economy.

China built an extraordinary capacity to produce automobiles, machinery, steel, appliances, batteries, solar panels and many other goods.

But those factories need buyers. And Chinese consumers are not buying everything their factories need to sell.

That is where one of the model's great contradictions appears.

For decades, China grew by investing enormous sums of money. It built roads, railways, ports, housing and factories on a scale few countries could match. That process helped transform a relatively poor nation into the world's second-largest economy.

But there comes a point when continuing to build no longer produces the same benefits.

A needed road facilitates trade. Building another where enough roads already exist contributes much less. A factory creates wealth when there are buyers for its products. Expanding it when it already produces more than it can sell creates a different problem.

And Beijing cannot simply stop that machine. A sudden reduction in investment would mean less construction, fewer orders, fewer jobs and slower growth. That is why the government keeps trying to sustain activity by making credit available and encouraging new investment.

But there is a difficulty that even Beijing cannot solve by decree: having money available to invest does not mean there are enough good businesses in which to invest it.

China can order a bank to extend more credit. It can finance another road or help build another factory.

What it cannot order is for 1.4 billion Chinese people to feel richer and go out and spend.

That leaves another outlet: sell abroad.

Exports therefore become an increasingly important release valve: what Chinese consumers do not buy must find buyers in other countries.

This is where the image of an invulnerable economic giant begins to change.

China's extraordinary export capacity remains one of its greatest strengths. But when it needs other countries to buy a growing share of what its factories produce, that strength also begins to become a dependency.

China can produce more automobiles, batteries, machinery and solar panels.

It cannot produce the buyers it needs.

The United States, Europe, Latin America and the rest of Asia have to want—and allow—those products into their markets.

This does not mean China is on the verge of collapse. It would be absurd to underestimate an economy of such size and industrial and technological power.

It means something more interesting.

China is not the infallible economic machine that many imagined for years.

It also builds too much. It also invests enormous amounts of money badly. It also makes mistakes that it later has to correct. And it also discovers that not even an authoritarian government with extraordinary power over banks and companies can abolish the basic laws of economics.

China surprised the world by showing how much it could produce.

Now it faces a much more uncomfortable question:

Who is going to buy everything China needs to produce to keep its gigantic economic machine running?

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LE GÉANT CHINOIS A LUI AUSSI DES PIEDS D’ARGILE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Pendant des années, la Chine a projeté dans le monde l’image d’une puissance économique irrésistible : elle construit des villes, des chemins de fer et des usines à une vitesse extraordinaire, domine des secteurs industriels entiers, conquiert des marchés et accumule des réserves. Pour beaucoup, elle ressemble à une machine économique qui planifie tout et ne se trompe presque jamais.

Mais derrière cette image commence à apparaître une réalité différente. La Chine demeure une formidable puissance économique, mais elle affronte un problème qui montre qu’aucune planification ne peut éviter les conséquences des erreurs : les Chinois n’achètent pas suffisamment pour soutenir tout ce que leur pays s’est préparé à produire.

L’une des causes se trouve dans le logement.

Pendant des décennies, des millions de familles ont acheté des appartements non seulement pour y vivre, mais aussi comme forme d’épargne. Tant que les prix augmentaient, les propriétaires se sentaient de plus en plus riches. Autour de cette expansion se sont développés des entreprises de construction, des banques, des gouvernements locaux et de nombreuses industries.

Le problème a commencé lorsque davantage de logements ont été construits que le marché ne pouvait en absorber et que les prix ont cessé de monter. De grands promoteurs immobiliers se sont retrouvés en difficulté et de nombreuses familles ont découvert que les appartements dans lesquels elles avaient placé une grande partie de leur épargne ne valaient plus ce qu’elles espéraient.

Une personne dont l’appartement perd de la valeur se sent plus pauvre même si elle continue de toucher le même salaire. Si elle craint en outre pour son emploi ou ses revenus futurs, elle fait quelque chose de parfaitement compréhensible : elle dépense moins et épargne davantage.

Multipliée par des centaines de millions de consommateurs, cette réaction devient un problème pour l’ensemble de l’économie.

La Chine s’est dotée d’une capacité extraordinaire pour produire des automobiles, des machines, de l’acier, des appareils électroménagers, des batteries, des panneaux solaires et de nombreux autres biens.

Mais ces usines ont besoin d’acheteurs. Et les Chinois n’achètent pas tout ce que leurs usines doivent vendre.

C’est là qu’apparaît l’une des grandes contradictions du modèle.

Pendant des décennies, la Chine a grandi en investissant d’énormes sommes d’argent. Elle a construit des routes, des chemins de fer, des ports, des logements et des usines à une échelle que peu de pays pouvaient égaler. Ce processus a contribué à transformer une nation relativement pauvre en deuxième économie mondiale.

Mais il arrive un moment où continuer à construire ne produit plus les mêmes bénéfices.

Une route nécessaire facilite le commerce. En construire une autre là où il y en a déjà suffisamment apporte beaucoup moins. Une usine crée de la richesse lorsqu’il existe des acheteurs pour ses produits. L’agrandir alors qu’elle produit déjà plus qu’elle ne peut vendre crée un autre problème.

Et Pékin ne peut pas simplement arrêter cette machine. Réduire brutalement les investissements signifierait moins de construction, moins de commandes, moins d’emplois et moins de croissance. C’est pourquoi le gouvernement continue d’essayer de soutenir l’activité en facilitant le crédit et en encourageant de nouveaux investissements.

Mais une difficulté apparaît que même Pékin ne peut résoudre par décret : le fait qu’il y ait de l’argent disponible pour investir ne signifie pas qu’il existe suffisamment de bonnes affaires dans lesquelles l’investir.

La Chine peut ordonner à une banque d’accorder davantage de crédit. Elle peut financer une autre route ou aider à construire une autre usine.

Ce qu’elle ne peut pas ordonner, c’est que 1,4 milliard de Chinois se sentent plus riches et se mettent à acheter.

Il reste alors une autre sortie : vendre à l’étranger.

Les exportations deviennent ainsi une soupape de plus en plus importante : ce que les Chinois n’achètent pas doit trouver des acheteurs dans d’autres pays.

C’est ici que commence à changer l’image du géant économique invulnérable.

L’extraordinaire capacité exportatrice de la Chine demeure l’une de ses plus grandes forces. Mais lorsqu’elle a besoin que d’autres pays achètent une part croissante de ce que produisent ses usines, cette force commence aussi à devenir une dépendance.

La Chine peut produire davantage d’automobiles, de batteries, de machines et de panneaux solaires.

Elle ne peut pas produire les acheteurs dont elle a besoin.

Les États-Unis, l’Europe, l’Amérique latine et le reste de l’Asie doivent vouloir — et permettre — que ces produits entrent sur leurs marchés.

Cela ne signifie pas que la Chine soit au bord de l’effondrement. Il serait absurde de sous-estimer une économie d’une telle taille et d’une telle puissance industrielle et technologique.

Cela signifie quelque chose de plus intéressant.

La Chine n’est pas la machine économique infaillible que beaucoup ont imaginée pendant des années.

Elle aussi construit trop. Elle aussi investit mal d’énormes sommes d’argent. Elle aussi commet des erreurs qu’elle doit ensuite corriger. Et elle découvre également que même un gouvernement autoritaire disposant d’un pouvoir extraordinaire sur les banques et les entreprises ne peut abolir les lois fondamentales de l’économie.

La Chine a surpris le monde en montrant combien elle pouvait produire.

Elle fait maintenant face à une question beaucoup plus inconfortable :

Qui va acheter tout ce que la Chine doit produire pour maintenir en marche sa gigantesque machine économique ?

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ANCHE IL GIGANTE CINESE HA I PIEDI D’ARGILLA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Per anni la Cina ha proiettato nel mondo l’immagine di una potenza economica travolgente: costruisce città, ferrovie e fabbriche a una velocità straordinaria, domina interi settori industriali, conquista mercati e accumula riserve. Per molti sembra una macchina economica che pianifica tutto e quasi non sbaglia mai.

Ma dietro quell’immagine ha cominciato a emergere una realtà diversa. La Cina continua a essere una formidabile potenza economica, ma affronta un problema che dimostra che nessuna pianificazione può evitare le conseguenze degli errori: i cinesi non stanno comprando abbastanza da sostenere tutto ciò che il loro paese si è preparato a produrre.

Una delle cause si trova nel settore abitativo.

Per decenni milioni di famiglie hanno comprato appartamenti non soltanto per viverci, ma anche come forma di risparmio. Finché i prezzi aumentavano, i proprietari si sentivano sempre più ricchi. Intorno a quella espansione sono cresciute imprese di costruzione, banche, governi locali e numerose industrie.

Il problema è iniziato quando sono state costruite più abitazioni di quante il mercato potesse assorbire e i prezzi hanno smesso di salire. Grandi società immobiliari sono entrate in difficoltà e molte famiglie hanno scoperto che gli appartamenti nei quali avevano collocato gran parte dei loro risparmi non valevano più quanto si aspettavano.

Una persona il cui appartamento perde valore si sente più povera anche se continua a ricevere lo stesso stipendio. Se inoltre teme per il proprio lavoro o per i redditi futuri, fa qualcosa di perfettamente comprensibile: spende meno e risparmia di più.

Moltiplicata per centinaia di milioni di consumatori, questa reazione diventa un problema per l’intera economia.

La Cina ha costruito una straordinaria capacità di produrre automobili, macchinari, acciaio, elettrodomestici, batterie, pannelli solari e molti altri beni.

Ma quelle fabbriche hanno bisogno di compratori. E i cinesi non stanno comprando tutto ciò che le loro fabbriche devono vendere.

È qui che appare una delle grandi contraddizioni del modello.

Per decenni la Cina è cresciuta investendo enormi quantità di denaro. Ha costruito strade, ferrovie, porti, abitazioni e fabbriche su una scala che pochi paesi potevano eguagliare. Questo processo ha contribuito a trasformare una nazione relativamente povera nella seconda economia del mondo.

Ma arriva un momento in cui continuare a costruire non produce più gli stessi benefici.

Una strada necessaria facilita il commercio. Costruirne un’altra dove ce ne sono già abbastanza apporta molto meno. Una fabbrica crea ricchezza quando esistono compratori per i suoi prodotti. Ampliarla quando produce già più di quanto riesce a vendere crea un altro problema.

E Pechino non può semplicemente fermare quella macchina. Ridurre bruscamente gli investimenti significherebbe meno costruzioni, meno ordini, meno posti di lavoro e minore crescita. Per questo il governo continua a cercare di sostenere l’attività facilitando il credito e promuovendo nuovi investimenti.

Ma emerge una difficoltà che nemmeno Pechino può risolvere con un ordine: il fatto che ci sia denaro disponibile da investire non significa che esistano abbastanza buoni affari in cui investirlo.

La Cina può ordinare a una banca di concedere più credito. Può finanziare un’altra strada o contribuire a costruire un’altra fabbrica.

Quello che non può ordinare è che 1,4 miliardi di cinesi si sentano più ricchi e escano a comprare.

Resta allora un’altra via d’uscita: vendere all’estero.

Le esportazioni diventano così una valvola sempre più importante: ciò che i cinesi non comprano deve trovare compratori in altri paesi.

È qui che comincia a cambiare l’immagine del gigante economico invulnerabile.

La straordinaria capacità esportatrice della Cina continua a essere uno dei suoi maggiori punti di forza. Ma quando ha bisogno che altri paesi acquistino una quota crescente di ciò che producono le sue fabbriche, quella forza comincia anche a trasformarsi in una dipendenza.

La Cina può produrre più automobili, batterie, macchinari e pannelli solari.

Non può produrre i compratori di cui ha bisogno.

Stati Uniti, Europa, America Latina e il resto dell’Asia devono voler — e permettere — che quei prodotti entrino nei loro mercati.

Questo non significa che la Cina sia sull’orlo del collasso. Sarebbe assurdo sottovalutare un’economia di tali dimensioni e potenza industriale e tecnologica.

Significa qualcosa di più interessante.

La Cina non è la macchina economica infallibile che molti hanno immaginato per anni.

Anche la Cina costruisce troppo. Anche la Cina investe male enormi quantità di denaro. Anche la Cina commette errori che poi deve correggere. E scopre anche che nemmeno un governo autoritario con un potere straordinario su banche e imprese può eliminare le leggi fondamentali dell’economia.

La Cina ha sorpreso il mondo dimostrando quanto poteva produrre.

Ora si trova davanti a una domanda molto più scomoda:

Chi comprerà tutto ciò che la Cina deve produrre per mantenere in funzione la sua gigantesca macchina economica?

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PRIMERO LA GASOLINA, AHORA LOS CIELOS DE RUSIA

PRIMERO LA GASOLINA, AHORA LOS CIELOS DE RUSIA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Durante años Vladimir Putin pudo hacer la guerra en Ucrania mientras la mayoría de los rusos continuaba viviendo relativamente lejos de sus consecuencias. Esa situación está cambiando. Ucrania ha comenzado a demostrar que puede llevar sistemáticamente el costo de la guerra al territorio ruso, y dos sectores estratégicos permiten apreciar hasta dónde puede llegar: el combustible y la aviación civil.

El primer ejemplo ya está a la vista. Los ataques ucranianos contra las refinerías rusas han dejado de ser episodios aislados para convertirse en una campaña sostenida. En las últimas semanas fueron alcanzadas grandes instalaciones en Perm, Nizhni Nóvgorod, Kirishi y Yaroslavl, importantes productoras de gasolina. A finales de agosto, la producción rusa de gasolina había caído hasta aproximadamente el 70% del consumo interno.

El resultado habría parecido insólito hace poco tiempo: Rusia, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, está importando gasolina.

Solamente en agosto recibió por sus puertos unas 460.000 toneladas de combustibles para motores. La mayor parte de la gasolina llegó desde India, Turquía y Marruecos. Moscú también ha recurrido a suministros desde Bielorrusia y Kazajistán, mientras limita las exportaciones y trata de mantener funcionando las refinerías que todavía pueden producir.

El problema para Putin no consiste solamente en reparar las instalaciones atacadas. Ucrania puede volver a atacarlas o escoger otra refinería. Rusia tiene que proteger un enorme territorio y numerosas instalaciones estratégicas, mientras los drones ucranianos son cada vez más numerosos y alcanzan objetivos cada vez más distantes.

Ahora aparece una segunda amenaza.

El presidente Volodymyr Zelensky advirtió el 1 de septiembre a las aerolíneas y compañías aseguradoras que utilizan aeropuertos y espacio aéreo ruso que deben comenzar a considerar seriamente el peligro. No amenazó con atacar aviones civiles. Advirtió algo diferente y posiblemente más trascendente: habrá tantos drones ucranianos operando sobre Rusia que la aviación comercial tendrá crecientes dificultades para funcionar normalmente.

“El espacio aéreo ruso efectivamente se irá cerrando”, afirmó Zelensky.

No es una amenaza vacía. Durante junio, julio y agosto las autoridades rusas dijeron haber interceptado más de 43.300 drones ucranianos sobre Rusia y Crimea, casi seis veces la cantidad registrada durante el mismo período del año anterior. Los ataques ya han provocado cierres temporales de aeropuertos, vuelos cancelados, retrasos y desvíos.

Ucrania dio además un paso que aumenta la presión: notificó formalmente a la Organización de Aviación Civil Internacional que considera que el espacio aéreo ruso no es seguro para la aviación civil.

Esto introduce otro elemento que Putin no controla completamente: las compañías aéreas y las aseguradoras. Ucrania no necesita destruir un aeropuerto para perjudicar seriamente el tráfico aéreo. Si los ataques obligan a cerrar repetidamente los aeropuertos, desviar vuelos y mantener aviones en tierra, llegará un momento en que las propias aerolíneas y aseguradoras tendrán que calcular si vale la pena asumir el riesgo y el costo.

Eso es precisamente lo que hace particularmente peligrosa para Putin la estrategia ucraniana.

Las refinerías demuestran que los ataques repetidos pueden convertir una molestia en un problema económico nacional. La gasolina escasea, Rusia importa combustible y los ciudadanos hacen filas para conseguirlo. La advertencia de Zelensky indica cuál puede ser el próximo paso: conseguir que la guerra comience también a interferir seriamente con la aviación civil dentro de Rusia.

Putin quiso demostrar que podía destruir la infraestructura ucraniana sin que los rusos pagaran un precio comparable.

Ucrania está intentando demostrarle que se equivocó.

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FIRST GASOLINE, NOW RUSSIA'S SKIES

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

For years Vladimir Putin was able to wage war in Ukraine while most Russians continued to live relatively far from its consequences. That is changing. Ukraine has begun to demonstrate that it can systematically bring the cost of the war onto Russian territory, and two strategic sectors show how far this can go: fuel and civil aviation.

The first example is already visible. Ukrainian attacks on Russian refineries have ceased to be isolated episodes and have become a sustained campaign. In recent weeks, major facilities in Perm, Nizhny Novgorod, Kirishi and Yaroslavl—important gasoline producers—have been hit. By the end of August, Russian gasoline production had fallen to roughly 70% of domestic consumption.

The result would have seemed extraordinary not long ago: Russia, one of the world's largest oil producers, is importing gasoline.

In August alone, about 460,000 metric tons of motor fuels arrived through Russian ports. Most of the gasoline came from India, Turkey and Morocco. Moscow has also turned to supplies from Belarus and Kazakhstan while restricting exports and trying to keep the refineries that can still produce operating.

Putin's problem is not simply repairing the facilities that have been hit. Ukraine can strike them again or choose another refinery. Russia must protect an enormous territory and numerous strategic installations while Ukrainian drones are becoming more numerous and reaching increasingly distant targets.

Now a second threat is emerging.

President Volodymyr Zelensky warned on September 1 that airlines and insurance companies using Russian airports and airspace should begin to take the danger seriously. He did not threaten to attack civilian aircraft. He warned of something different and potentially more consequential: so many Ukrainian drones will be operating over Russia that commercial aviation will face growing difficulty functioning normally.

“Russian airspace will effectively be closing,” Zelensky said.

It is not an empty warning. During June, July and August, Russian authorities said they intercepted more than 43,300 Ukrainian drones over Russia and Crimea, almost six times the number recorded during the same period a year earlier. The attacks have already caused temporary airport closures, cancellations, delays and diversions.

Ukraine has taken another step that increases the pressure: it formally notified the International Civil Aviation Organization that it considers Russian airspace unsafe for civil aviation.

This introduces another factor Putin does not fully control: airlines and insurers. Ukraine does not need to destroy an airport to seriously disrupt air traffic. If attacks repeatedly force airports to close, flights to divert and aircraft to remain on the ground, airlines and insurers themselves will eventually have to decide whether the risk and cost are worth accepting.

That is precisely what makes the Ukrainian strategy particularly dangerous for Putin.

The refineries show that repeated attacks can turn a nuisance into a national economic problem. Gasoline becomes scarce, Russia imports fuel and citizens line up to obtain it. Zelensky's warning suggests what the next step may be: making the war seriously interfere with civilian aviation inside Russia as well.

Putin wanted to demonstrate that he could destroy Ukrainian infrastructure without Russians paying a comparable price.

Ukraine is trying to prove him wrong.

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D'ABORD L'ESSENCE, MAINTENANT LE CIEL RUSSE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Pendant des années, Vladimir Poutine a pu mener la guerre en Ukraine tandis que la majorité des Russes continuaient à vivre relativement loin de ses conséquences. Cette situation est en train de changer. L'Ukraine commence à démontrer qu'elle peut transférer systématiquement le coût de la guerre sur le territoire russe, et deux secteurs stratégiques permettent de mesurer jusqu'où cela peut aller : le carburant et l'aviation civile.

Le premier exemple est déjà visible. Les attaques ukrainiennes contre les raffineries russes ont cessé d'être des épisodes isolés pour devenir une campagne soutenue. Ces dernières semaines, de grandes installations à Perm, Nijni Novgorod, Kirichi et Iaroslavl, importantes productrices d'essence, ont été frappées. À la fin du mois d'août, la production russe d'essence était tombée à environ 70 % de la consommation intérieure.

Le résultat aurait semblé inimaginable il y a encore peu de temps : la Russie, l'un des plus grands producteurs de pétrole au monde, importe de l'essence.

Au seul mois d'août, environ 460 000 tonnes de carburants pour moteurs sont arrivées par les ports russes. La majeure partie de l'essence provenait d'Inde, de Turquie et du Maroc. Moscou s'est également tourné vers la Biélorussie et le Kazakhstan, tout en limitant ses exportations et en essayant de maintenir en fonctionnement les raffineries encore capables de produire.

Le problème de Poutine ne consiste pas seulement à réparer les installations touchées. L'Ukraine peut les frapper de nouveau ou choisir une autre raffinerie. La Russie doit protéger un territoire immense et de nombreuses installations stratégiques, tandis que les drones ukrainiens sont de plus en plus nombreux et atteignent des cibles toujours plus éloignées.

Une deuxième menace apparaît maintenant.

Le président Volodymyr Zelensky a averti le 1er septembre les compagnies aériennes et les assureurs qui utilisent les aéroports et l'espace aérien russes qu'ils doivent commencer à prendre sérieusement le danger en considération. Il n'a pas menacé d'attaquer des avions civils. Il a averti de quelque chose de différent et peut-être plus important : il y aura tellement de drones ukrainiens opérant au-dessus de la Russie que l'aviation commerciale aura de plus en plus de difficultés à fonctionner normalement.

« L'espace aérien russe finira effectivement par se fermer », a déclaré Zelensky.

Ce n'est pas un avertissement vide de sens. En juin, juillet et août, les autorités russes ont affirmé avoir intercepté plus de 43 300 drones ukrainiens au-dessus de la Russie et de la Crimée, presque six fois plus que pendant la même période de l'année précédente. Les attaques ont déjà provoqué des fermetures temporaires d'aéroports, des annulations de vols, des retards et des déroutements.

L'Ukraine a également franchi une étape supplémentaire qui augmente la pression : elle a officiellement informé l'Organisation de l'aviation civile internationale qu'elle considère l'espace aérien russe comme dangereux pour l'aviation civile.

Cela introduit un autre élément que Poutine ne contrôle pas entièrement : les compagnies aériennes et les assureurs. L'Ukraine n'a pas besoin de détruire un aéroport pour perturber sérieusement le trafic aérien. Si les attaques obligent régulièrement les aéroports à fermer, les vols à être déroutés et les avions à rester au sol, les compagnies et les assureurs devront tôt ou tard décider si le risque et le coût valent la peine d'être assumés.

C'est précisément ce qui rend la stratégie ukrainienne particulièrement dangereuse pour Poutine.

Les raffineries démontrent que des attaques répétées peuvent transformer une nuisance en problème économique national. L'essence se raréfie, la Russie importe du carburant et les citoyens font la queue pour en obtenir. L'avertissement de Zelensky indique ce que pourrait être l'étape suivante : faire en sorte que la guerre commence également à perturber sérieusement l'aviation civile à l'intérieur de la Russie.

Poutine voulait démontrer qu'il pouvait détruire les infrastructures ukrainiennes sans que les Russes aient à payer un prix comparable.

L'Ukraine tente de lui prouver qu'il s'est trompé.

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PRIMA LA BENZINA, ORA I CIELI DELLA RUSSIA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Per anni Vladimir Putin ha potuto condurre la guerra in Ucraina mentre la maggior parte dei russi continuava a vivere relativamente lontano dalle sue conseguenze. Questa situazione sta cambiando. L'Ucraina ha cominciato a dimostrare di poter portare sistematicamente il costo della guerra sul territorio russo, e due settori strategici permettono di capire fino a dove può arrivare: il carburante e l'aviazione civile.

Il primo esempio è già sotto gli occhi di tutti. Gli attacchi ucraini contro le raffinerie russe hanno smesso di essere episodi isolati e sono diventati una campagna sostenuta. Nelle ultime settimane sono stati colpiti grandi impianti a Perm, Nizhny Novgorod, Kirishi e Yaroslavl, importanti produttori di benzina. Alla fine di agosto, la produzione russa di benzina era scesa a circa il 70% del consumo interno.

Il risultato sarebbe sembrato incredibile fino a poco tempo fa: la Russia, uno dei maggiori produttori di petrolio del mondo, sta importando benzina.

Solo in agosto sono arrivate attraverso i porti russi circa 460.000 tonnellate di carburanti per motori. Gran parte della benzina proveniva da India, Turchia e Marocco. Mosca ha inoltre fatto ricorso a forniture dalla Bielorussia e dal Kazakistan, mentre limita le esportazioni e cerca di mantenere in funzione le raffinerie ancora in grado di produrre.

Il problema per Putin non consiste soltanto nel riparare gli impianti colpiti. L'Ucraina può attaccarli di nuovo oppure scegliere un'altra raffineria. La Russia deve proteggere un territorio enorme e numerose installazioni strategiche, mentre i droni ucraini diventano sempre più numerosi e raggiungono obiettivi sempre più lontani.

Ora emerge una seconda minaccia.

Il presidente Volodymyr Zelensky ha avvertito il 1° settembre le compagnie aeree e assicurative che utilizzano aeroporti e spazio aereo russo che devono cominciare a considerare seriamente il pericolo. Non ha minacciato di attaccare aerei civili. Ha avvertito di qualcosa di diverso e forse più importante: ci saranno così tanti droni ucraini in azione sopra la Russia che l'aviazione commerciale avrà crescenti difficoltà a funzionare normalmente.

«Lo spazio aereo russo finirà di fatto per chiudersi», ha affermato Zelensky.

Non è un avvertimento vuoto. Durante giugno, luglio e agosto, le autorità russe hanno dichiarato di aver intercettato più di 43.300 droni ucraini sopra la Russia e la Crimea, quasi sei volte il numero registrato nello stesso periodo dell'anno precedente. Gli attacchi hanno già causato chiusure temporanee di aeroporti, cancellazioni, ritardi e deviazioni.

L'Ucraina ha inoltre compiuto un altro passo che aumenta la pressione: ha notificato formalmente all'Organizzazione Internazionale dell'Aviazione Civile che considera lo spazio aereo russo non sicuro per l'aviazione civile.

Questo introduce un altro elemento che Putin non controlla completamente: le compagnie aeree e le assicurazioni. L'Ucraina non ha bisogno di distruggere un aeroporto per danneggiare seriamente il traffico aereo. Se gli attacchi costringono ripetutamente gli aeroporti a chiudere, i voli a essere deviati e gli aerei a restare a terra, arriverà il momento in cui compagnie e assicuratori dovranno decidere se vale la pena assumersi il rischio e il costo.

È proprio questo che rende la strategia ucraina particolarmente pericolosa per Putin.

Le raffinerie dimostrano che attacchi ripetuti possono trasformare un problema limitato in un problema economico nazionale. La benzina scarseggia, la Russia importa carburante e i cittadini fanno la fila per ottenerlo. L'avvertimento di Zelensky indica quale potrebbe essere il prossimo passo: fare in modo che la guerra cominci a interferire seriamente anche con l'aviazione civile all'interno della Russia.

Putin voleva dimostrare di poter distruggere le infrastrutture ucraine senza che i russi pagassero un prezzo comparabile.

L'Ucraina sta cercando di dimostrargli che si sbagliava.

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MARÍA CORINA LO PLANTEÓ Y ADVIRTIÓ QUINCE AÑOS ANTES

MARÍA CORINA LO PLANTEÓ Y ADVIRTIÓ QUINCE AÑOS ANTES

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

En 2011, más de cinco años antes de que Donald Trump asumiera por primera vez la presidencia de Estados Unidos, María Corina Machado estaba convencida de que Venezuela debía explotar intensamente su enorme riqueza petrolera. Y advirtió sobre un riesgo que entonces parecía lejano: los avances tecnológicos y los cambios en las fuentes de energía podían reducir la importancia del petróleo y dejar bajo tierra una parte considerable de aquella riqueza. El 3 de noviembre de 2011 lo explicó así: “Tenemos crudo para 200 años, pero mucho antes puede encontrarse un sustituto y esa riqueza se quedaría en el subsuelo. Aumentemos, entonces, la producción”.

No estaba reaccionando a Trump, que todavía tardaría más de cinco años en llegar a la Casa Blanca. Mucho menos podía anticipar la crisis provocada quince años después por el cierre del estrecho de Ormuz. Estaba pensando en algo mucho más amplio: el futuro de la energía y la urgencia de que Venezuela aprovechara su extraordinaria riqueza petrolera.

Aquella visión no era una reflexión aislada. En su programa presidencial de 2012, María Corina proponía abrir la industria petrolera a la inversión privada nacional y extranjera, multiplicar la producción y transformar el papel del Estado. La inversión extranjera aportaría el capital, la tecnología y la capacidad de ejecución necesarios para desarrollar rápidamente las enormes reservas venezolanas. El objetivo no era solamente producir más petróleo, sino convertir esa riqueza en inversión, empleos e ingresos que impulsaran el desarrollo de toda la economía.

Quince años después, la crisis de Ormuz ha vuelto a demostrar la importancia estratégica del petróleo. En este escenario, Venezuela posee ventajas excepcionales: tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y está situada en una región geográficamente alejada de los conflictos del Medio Oriente. Para Estados Unidos existe además una ventaja fundamental: esa gigantesca reserva energética se encuentra en el hemisferio occidental y relativamente cerca de su mercado.

Estas ventajas adquieren especial importancia en momentos en que el precio de los combustibles se ha convertido en un serio asunto político para el electorado estadounidense. En ese contexto, el gobierno de Donald Trump ha anunciado un acuerdo con el interinato encabezado por Delcy Rodríguez para desarrollar parte de las reservas venezolanas.

La objeción de María Corina no es al desarrollo petrolero ni a la participación de Estados Unidos, sino a la forma en que se pretende hacerlo. Un acuerdo de semejante magnitud, que puede comprometer recursos y obligaciones durante décadas, debe ser negociado por un gobierno democráticamente elegido y dentro de un marco jurídico transparente que proteja el patrimonio de los venezolanos y, al mismo tiempo, ofrezca seguridad y garantías a quienes inviertan en el país.

“El patrimonio de nuestro suelo no le pertenece a un régimen ilegítimo”, ha advertido.

Por eso María Corina propone transparencia, instituciones independientes, licitaciones competitivas, estabilidad jurídica y arbitraje internacional. Son garantías para los venezolanos y también para quienes inviertan en Venezuela.

La conclusión es clara: Venezuela necesita elecciones democráticas cuanto antes. Son un derecho de los venezolanos y una garantía para quienes están dispuestos a invertir en el futuro del país.

Un gobierno respaldado por la voluntad popular podrá negociar acuerdos de largo plazo con legitimidad nacional y seguridad jurídica. Postergar las elecciones puede prolongar la incertidumbre, aumentar el riesgo de las inversiones y crear una inestabilidad política capaz de atrasar nuevamente el progreso del país.

Venezuela tiene una oportunidad extraordinaria y no debe perder tiempo. Sus enormes reservas, su ubicación geográfica y la renovada importancia estratégica del petróleo le ofrecen condiciones excepcionales que debe aprovechar con inteligencia. Para hacerlo hay que comprender que democracia, estabilidad y seguridad jurídica no son obstáculos para el desarrollo: son las condiciones para hacerlo posible.

María Corina lo planteó y lo advirtió hace quince años.

NOTA: Ver también: TRUMP VENDE EL FUTURO Y DELCY PAGA EL PRECIO

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MARÍA CORINA PROPOSED IT AND WARNED ABOUT IT FIFTEEN YEARS AGO

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

In 2011, more than five years before Donald Trump first became president of the United States, María Corina Machado was convinced that Venezuela should intensively develop its enormous oil wealth. She also warned of a risk that seemed distant at the time: technological advances and changes in energy sources could diminish the importance of oil and leave a considerable portion of that wealth underground. On November 3, 2011, she explained it this way: “We have crude oil for 200 years, but a substitute may be found long before then and that wealth would remain underground. Let us increase production, then.”

She was not reacting to Trump, who was still more than five years away from entering the White House. Much less could she have anticipated the crisis caused fifteen years later by the closure of the Strait of Hormuz. She was thinking about something much broader: the future of energy and the urgency for Venezuela to take advantage of its extraordinary oil wealth.

That vision was not an isolated reflection. In her 2012 presidential program, María Corina proposed opening the oil industry to domestic and foreign private investment, multiplying production and transforming the role of the state. Foreign investment would provide the capital, technology and execution capacity needed to rapidly develop Venezuela’s enormous reserves. The objective was not merely to produce more oil, but to transform that wealth into investment, jobs and income capable of driving the development of the entire economy.

Fifteen years later, the Hormuz crisis has once again demonstrated oil’s strategic importance. In this environment, Venezuela possesses exceptional advantages: it has the world’s largest proven oil reserves and is located in a region geographically distant from the conflicts of the Middle East. For the United States there is another fundamental advantage: this enormous energy reserve is located in the Western Hemisphere and relatively close to its market.

These advantages become particularly important at a time when fuel prices have become a serious political issue for American voters. In that context, the Donald Trump administration has announced an agreement with the interim government headed by Delcy Rodríguez to develop part of Venezuela’s reserves.

María Corina’s objection is not to oil development or to the participation of the United States, but to the way it is intended to be carried out. An agreement of such magnitude, which could commit resources and obligations for decades, must be negotiated by a democratically elected government and within a transparent legal framework that protects the patrimony of Venezuelans while providing security and guarantees to those who invest in the country.

“The patrimony beneath our soil does not belong to an illegitimate regime,” she has warned.

That is why María Corina proposes transparency, independent institutions, competitive bidding, legal stability and international arbitration. These are guarantees for Venezuelans and also for those who invest in Venezuela.

The conclusion is clear: Venezuela needs democratic elections as soon as possible. They are a right of the Venezuelan people and a guarantee for those willing to invest in the country’s future.

A government backed by the popular will can negotiate long-term agreements with national legitimacy and legal certainty. Postponing elections can prolong uncertainty, increase investment risk and create political instability capable of once again delaying the country’s progress.

Venezuela has an extraordinary opportunity and must not waste time. Its enormous reserves, its geographic location and oil’s renewed strategic importance offer exceptional conditions that the country must use intelligently. To do so, it must understand that democracy, stability and legal certainty are not obstacles to development: they are the conditions that make development possible.

María Corina proposed it and warned about it fifteen years ago.

NOTE: See also: TRUMP SELLS THE FUTURE AND DELCY PAYS THE PRICE

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MARÍA CORINA L’A PROPOSÉ ET EN A AVERTI IL Y A QUINZE ANS

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

En 2011, plus de cinq ans avant que Donald Trump n’accède pour la première fois à la présidence des États-Unis, María Corina Machado était convaincue que le Venezuela devait exploiter intensivement son immense richesse pétrolière. Elle avait également averti d’un risque qui semblait alors lointain : les progrès technologiques et les changements dans les sources d’énergie pouvaient réduire l’importance du pétrole et laisser sous terre une part considérable de cette richesse. Le 3 novembre 2011, elle l’expliquait ainsi : « Nous avons du pétrole brut pour 200 ans, mais un substitut pourrait être trouvé bien avant et cette richesse resterait dans le sous-sol. Augmentons donc la production. »

Elle ne réagissait pas à Trump, qui n’entrerait à la Maison-Blanche que plus de cinq ans plus tard. Elle pouvait encore moins anticiper la crise provoquée quinze ans après par la fermeture du détroit d’Ormuz. Elle pensait à quelque chose de beaucoup plus vaste : l’avenir de l’énergie et l’urgence pour le Venezuela de tirer parti de son extraordinaire richesse pétrolière.

Cette vision n’était pas une réflexion isolée. Dans son programme présidentiel de 2012, María Corina proposait d’ouvrir l’industrie pétrolière aux investissements privés nationaux et étrangers, de multiplier la production et de transformer le rôle de l’État. Les investissements étrangers apporteraient le capital, la technologie et la capacité d’exécution nécessaires au développement rapide des immenses réserves vénézuéliennes. L’objectif n’était pas seulement de produire davantage de pétrole, mais de transformer cette richesse en investissements, emplois et revenus capables de stimuler le développement de toute l’économie.

Quinze ans plus tard, la crise d’Ormuz a de nouveau démontré l’importance stratégique du pétrole. Dans ce contexte, le Venezuela possède des avantages exceptionnels : il détient les plus importantes réserves prouvées de pétrole au monde et se situe dans une région géographiquement éloignée des conflits du Moyen-Orient. Pour les États-Unis, il existe en outre un avantage fondamental : cette gigantesque réserve énergétique se trouve dans l’hémisphère occidental et relativement près de leur marché.

Ces avantages prennent une importance particulière à un moment où le prix des carburants est devenu une question politique sérieuse pour l’électorat américain. Dans ce contexte, le gouvernement de Donald Trump a annoncé un accord avec l’intérim dirigé par Delcy Rodríguez afin de développer une partie des réserves vénézuéliennes.

L’objection de María Corina ne porte ni sur le développement pétrolier ni sur la participation des États-Unis, mais sur la manière dont on entend procéder. Un accord d’une telle ampleur, susceptible d’engager des ressources et des obligations pendant des décennies, doit être négocié par un gouvernement démocratiquement élu et dans un cadre juridique transparent qui protège le patrimoine des Vénézuéliens tout en offrant sécurité et garanties à ceux qui investissent dans le pays.

« Le patrimoine de notre sous-sol n’appartient pas à un régime illégitime », a-t-elle averti.

C’est pourquoi María Corina propose la transparence, des institutions indépendantes, des appels d’offres concurrentiels, la stabilité juridique et l’arbitrage international. Ce sont des garanties pour les Vénézuéliens, mais également pour ceux qui investissent au Venezuela.

La conclusion est claire : le Venezuela a besoin d’élections démocratiques le plus rapidement possible. Elles constituent un droit pour les Vénézuéliens et une garantie pour ceux qui sont disposés à investir dans l’avenir du pays.

Un gouvernement soutenu par la volonté populaire pourra négocier des accords à long terme avec une légitimité nationale et une sécurité juridique. Reporter les élections peut prolonger l’incertitude, accroître le risque des investissements et créer une instabilité politique susceptible de retarder une nouvelle fois le progrès du pays.

Le Venezuela dispose d’une occasion extraordinaire et ne doit pas perdre de temps. Ses immenses réserves, sa situation géographique et l’importance stratégique renouvelée du pétrole lui offrent des conditions exceptionnelles qu’il doit exploiter intelligemment. Pour cela, il faut comprendre que la démocratie, la stabilité et la sécurité juridique ne sont pas des obstacles au développement : elles sont les conditions qui le rendent possible.

María Corina l’a proposé et en a averti il y a quinze ans.

NOTE : Voir également : TRUMP VEND L’AVENIR ET DELCY EN PAIE LE PRIX

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MARÍA CORINA LO PROPOSE E LO AVVERTÌ QUINDICI ANNI FA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Nel 2011, più di cinque anni prima che Donald Trump assumesse per la prima volta la presidenza degli Stati Uniti, María Corina Machado era convinta che il Venezuela dovesse sfruttare intensamente la sua enorme ricchezza petrolifera. Avvertì inoltre di un rischio che allora sembrava lontano: i progressi tecnologici e i cambiamenti nelle fonti energetiche avrebbero potuto ridurre l’importanza del petrolio e lasciare sottoterra una parte considerevole di quella ricchezza. Il 3 novembre 2011 lo spiegò così: «Abbiamo petrolio greggio per 200 anni, ma molto prima potrebbe essere trovato un sostituto e quella ricchezza rimarrebbe nel sottosuolo. Aumentiamo, dunque, la produzione».

Non stava reagendo a Trump, che sarebbe arrivato alla Casa Bianca solo più di cinque anni dopo. Tanto meno poteva prevedere la crisi provocata quindici anni più tardi dalla chiusura dello stretto di Hormuz. Stava pensando a qualcosa di molto più ampio: al futuro dell’energia e all’urgenza che il Venezuela sfruttasse la sua straordinaria ricchezza petrolifera.

Quella visione non era una riflessione isolata. Nel suo programma presidenziale del 2012, María Corina proponeva di aprire l’industria petrolifera agli investimenti privati nazionali e stranieri, moltiplicare la produzione e trasformare il ruolo dello Stato. Gli investimenti stranieri avrebbero fornito il capitale, la tecnologia e la capacità di esecuzione necessari per sviluppare rapidamente le enormi riserve venezuelane. L’obiettivo non era soltanto produrre più petrolio, ma trasformare quella ricchezza in investimenti, posti di lavoro e redditi capaci di promuovere lo sviluppo dell’intera economia.

Quindici anni dopo, la crisi di Hormuz ha dimostrato ancora una volta l’importanza strategica del petrolio. In questo scenario, il Venezuela possiede vantaggi eccezionali: dispone delle maggiori riserve petrolifere accertate del mondo e si trova in una regione geograficamente lontana dai conflitti del Medio Oriente. Per gli Stati Uniti esiste inoltre un vantaggio fondamentale: questa gigantesca riserva energetica si trova nell’emisfero occidentale e relativamente vicina al loro mercato.

Questi vantaggi assumono particolare importanza in un momento in cui il prezzo dei carburanti è diventato una seria questione politica per l’elettorato statunitense. In questo contesto, il governo di Donald Trump ha annunciato un accordo con l’interim guidato da Delcy Rodríguez per sviluppare una parte delle riserve venezuelane.

L’obiezione di María Corina non riguarda lo sviluppo petrolifero né la partecipazione degli Stati Uniti, ma il modo in cui si intende procedere. Un accordo di tale portata, che può impegnare risorse e obblighi per decenni, deve essere negoziato da un governo democraticamente eletto e all’interno di un quadro giuridico trasparente che protegga il patrimonio dei venezuelani e, allo stesso tempo, offra sicurezza e garanzie a chi investe nel paese.

«Il patrimonio del nostro sottosuolo non appartiene a un regime illegittimo», ha avvertito.

Per questo María Corina propone trasparenza, istituzioni indipendenti, gare competitive, stabilità giuridica e arbitrato internazionale. Sono garanzie per i venezuelani e anche per coloro che investono in Venezuela.

La conclusione è chiara: il Venezuela ha bisogno di elezioni democratiche quanto prima. Sono un diritto dei venezuelani e una garanzia per coloro che sono disposti a investire nel futuro del paese.

Un governo sostenuto dalla volontà popolare potrà negoziare accordi a lungo termine con legittimità nazionale e certezza giuridica. Rinviare le elezioni può prolungare l’incertezza, aumentare il rischio degli investimenti e creare un’instabilità politica capace di ritardare nuovamente il progresso del paese.

Il Venezuela ha davanti a sé un’opportunità straordinaria e non deve perdere tempo. Le sue enormi riserve, la sua posizione geografica e la rinnovata importanza strategica del petrolio gli offrono condizioni eccezionali che deve sfruttare con intelligenza. Per farlo bisogna comprendere che democrazia, stabilità e certezza giuridica non sono ostacoli allo sviluppo: sono le condizioni che lo rendono possibile.

María Corina lo propose e lo avvertì quindici anni fa.

NOTA: Vedi anche: TRUMP VENDE IL FUTURO E DELCY NE PAGA IL PREZZO

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