Una reflexión sobre el nuevo equilibrio del
poder mundial
Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Las grandes potencias no empiezan a perder
influencia cuando aparecen nuevos enemigos. Empiezan a descubrir los límites de
su poder cuando sus propios aliados se sienten con la libertad de decirles
«no».
Alexander Stubb no habla de geopolítica desde
la teoría, sino desde la experiencia de un país que ha luchado durante más de
un siglo por preservar su independencia frente a Rusia. Durante la Guerra de
Invierno (1939-1940), un pequeño ejército finlandés resistió durante meses la
invasión soviética y protagonizó una de las mayores sorpresas militares del
siglo XX.
Hoy, con apenas 5,6 millones de habitantes,
Finlandia mantiene uno de los sistemas de defensa más sólidos de Europa, basado
en el servicio militar obligatorio, una reserva cercana a los 900.000
ciudadanos entrenados y una extraordinaria capacidad de movilización. Cuando el
presidente de Finlandia reflexiona sobre el futuro del orden internacional,
conviene escucharlo.
Los grandes cambios del sistema internacional
rara vez se anuncian mediante discursos. Se revelan cuando un aliado decide
actuar de manera distinta a la esperada. Eso fue precisamente lo que ocurrió
cuando Arabia Saudita se negó inicialmente a facilitar una operación militar de
Estados Unidos en el estrecho de Ormuz. Más que un incidente diplomático, aquel
episodio puede interpretarse como una señal de que el mundo está entrando en
una nueva etapa, una transformación que Alexander Stubb anticipó en su libro
The Triangle of Power: Rebalancing the New World Order.
Durante más de tres décadas, tras el colapso
de la Unión Soviética, Estados Unidos emergió como la única superpotencia capaz
de proyectar simultáneamente poder militar, económico, tecnológico y
diplomático a escala global. Muchos llegaron a pensar que aquel orden unipolar
sería permanente.
Sin embargo, Stubb sostiene que estamos
asistiendo al nacimiento de un sistema diferente. No necesariamente uno
dominado por otra potencia, sino un mundo caracterizado por una distribución
más amplia del poder y por una creciente autonomía de los Estados para definir
y defender sus propios intereses nacionales.
La pregunta resulta inevitable: ¿está
ocurriendo realmente esa transformación o se trata únicamente de una teoría
atractiva?
El episodio revelado por The Wall Street
Journal sobre el enfrentamiento diplomático entre Washington y Arabia Saudita
ofrece una oportunidad excepcional para poner a prueba la tesis de Stubb.
El desacuerdo saudita no comenzó con la
operación en Ormuz. Desde las primeras semanas de la crisis, Riad había
advertido a Washington que una guerra contra Irán podía cerrar el estrecho,
sacudir los mercados petroleros y poner en riesgo la estabilidad del Golfo.
Arabia Saudita y otros países árabes defendieron públicamente que sus bases y
su espacio aéreo no debían ser utilizados para atacar a Irán.
La guerra, sin embargo, comenzó junto a
Israel, y los temores sauditas se confirmaron cuando Irán respondió con ataques
contra centros urbanos, infraestructura energética y aeropuertos del Golfo.
Para el príncipe heredero, Mohammed bin
Salman, el problema no era únicamente militar. Era estratégico. Washington
había ignorado el cálculo de seguridad de uno de sus aliados más importantes.
LA PRUEBA DE STUBB
Esa diferencia de criterio explica lo ocurrido
después.
Cuando Estados Unidos anunció la operación
destinada a garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz, Arabia Saudita
reaccionó con alarma. Consideró que la iniciativa podía provocar una nueva
escalada iraní y volver a exponer la infraestructura energética del reino a
nuevos ataques.
Por esa razón, Riad bloqueó inicialmente el
acceso estadounidense a bases y espacio aéreo indispensables para la operación.
No era una ruptura con Washington, pero sí una advertencia inequívoca: incluso
un aliado histórico podía decir «no» cuando entendía que sus intereses vitales
estaban en juego.
Si el episodio entre Washington y Riad hubiera
sido un hecho aislado, podría explicarse como un desacuerdo circunstancial
entre dos gobiernos. Pero observado a la luz de la interpretación de Alexander
Stubb adquiere un significado mucho más profundo.
La negativa saudita no fue simplemente una
diferencia táctica. Fue la expresión de un cambio en la forma en que los
Estados entienden sus alianzas.
En The Triangle of Power: Rebalancing the New
World Order, Stubb sostiene que el sistema internacional está dejando atrás la
etapa unipolar surgida tras el colapso de la Unión Soviética. No afirma que
Estados Unidos haya dejado de ser la principal potencia mundial ni que otra
nación vaya a sustituirlo como centro exclusivo del poder.
Su tesis es más compleja y, probablemente, más
realista.
El mundo está entrando en una etapa en la que
el poder se distribuye entre varios centros de decisión y donde los Estados
recuperan un margen creciente para definir y defender sus propios intereses
nacionales.
Las alianzas no desaparecen.
La OTAN continúa siendo indispensable para la
seguridad europea y la cooperación entre Estados Unidos y sus socios sigue siendo
un elemento esencial del equilibrio internacional.
Lo que cambia es la naturaleza de esas
relaciones.
Las alianzas dejan de funcionar por
automatismo y pasan a sustentarse en decisiones cada vez más condicionadas por
los intereses nacionales de cada uno de sus miembros.
El caso saudita ilustra con claridad esa
evolución.
Riad no rompió su alianza con Washington. No
expulsó a las fuerzas estadounidenses ni puso fin a décadas de cooperación
militar.
Lo que hizo fue ejercer un derecho que durante
muchos años parecía reservado únicamente a las grandes potencias: discrepar
cuando consideró que la estrategia propuesta aumentaba los riesgos para su
propia seguridad.
Ese «no» posee un significado que trasciende
la crisis del estrecho de Ormuz.
Refleja la aparición de una nueva realidad
internacional en la que incluso los aliados más cercanos se sienten hoy con la
autoridad política suficiente para defender públicamente sus propios intereses
cuando estos no coinciden plenamente con los de la potencia que encabeza la
alianza.
La influencia continúa existiendo.
El liderazgo también.
Lo que parece haber terminado es la época en
que una alianza implicaba obediencia automática.
Quizá ese sea el cambio más importante que
Alexander Stubb intenta explicar: el poder no desaparece, pero empieza a
ejercerse sobre aliados que han decidido pensar y actuar cada vez más por sí
mismos.
EUROPA TAMBIÉN COMENZÓ A DECIDIR POR SÍ MISMA
Arabia Saudita no fue el único aliado que
actuó siguiendo esa lógica.
Mientras Washington e Israel avanzaban hacia
una confrontación militar con Irán, la mayoría de los gobiernos europeos adoptó
una posición mucho más prudente. Respaldaron el derecho de Israel a defenderse
y mantuvieron intactos sus compromisos con la OTAN, pero evitaron involucrarse
directamente en una guerra regional que consideraban contraria a los intereses
estratégicos del continente.
Europa comprendía que un conflicto prolongado
en el Golfo amenazaba el suministro energético mundial, afectaba su economía y
aumentaba el riesgo de una nueva desestabilización regional.
Su prioridad fue contener la escalada antes
que ampliarla.
Ese comportamiento coincide plenamente con la
interpretación de Alexander Stubb.
Las alianzas permanecen, pero funcionan de
otra manera. La cooperación ya no excluye la discrepancia, y la solidaridad
entre aliados deja espacio a una autonomía estratégica que hace apenas dos
décadas habría parecido excepcional.
LA PARADOJA DE TRUMP
La transformación descrita por Stubb plantea
un desafío para cualquier presidente estadounidense. En el caso de Donald
Trump, ese desafío adquiere una dimensión especialmente interesante.
Trump ha insistido durante años en que los
aliados deben asumir una mayor responsabilidad por su propia seguridad. Ha
reclamado a los miembros de la OTAN un incremento de su gasto militar y ha
pedido a Europa y a los países del Golfo depender menos del poder
estadounidense.
Ese planteamiento responde a una lógica
comprensible.
Estados Unidos ya no puede soportar en
solitario el enorme costo político, económico y militar del orden internacional
construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Pero esa estrategia contiene una paradoja.
A medida que los aliados adquieren mayores
capacidades militares, económicas y políticas, también fortalecen su capacidad
para decidir por sí mismos.
Y cuando esas decisiones no coinciden con las
preferencias de Washington, surge inevitablemente la tensión.
Eso fue precisamente lo ocurrido con Arabia
Saudita.
El reino actuó como Estados Unidos llevaba
años pidiendo a sus aliados que actuaran: evaluó la situación desde la
perspectiva de sus propios intereses nacionales.
Sin embargo, la conclusión a la que llegó fue
distinta de la esperada por Washington.
La paradoja, en realidad, no pertenece
únicamente a Trump.
Refleja un dilema histórico que probablemente
marcará la política exterior estadounidense durante las próximas décadas:
¿Cómo mantener el liderazgo de una alianza
cuyos miembros son cada vez más fuertes, más seguros de sí mismos y más
autónomos?
EL DISCURSO QUE PUTIN NO QUERÍA ESCUCHAR
Recientemente Europa ofreció otra señal de esa
misma transformación.
Durante la Conferencia para la Recuperación de
Ucrania celebrada en Roma, el canciller alemán Friedrich Merz pronunció un
discurso que trascendía ampliamente la guerra en Ucrania.
Más que anunciar nuevas medidas de apoyo,
reveló un cambio profundo en la forma en que Europa empieza a concebir su
propia seguridad.
Ese discurso merece una reflexión específica.
Por esa razón le dediqué el ensayo "El
discurso que Putin no quería escuchar", donde analizo cómo Europa
comienza a asumir responsabilidades estratégicas que durante décadas
descansaron principalmente sobre Estados Unidos.
Lo relevante para este artículo es que esa
evolución confirma, desde un escenario completamente distinto, la tesis
formulada por Alexander Stubb.
Merz no habló como el dirigente de un
continente resignado a ser protegido.
Habló como representante de una Europa que
empieza a comprender que su seguridad no puede depender exclusivamente de la
voluntad de Washington.
Esa diferencia resulta decisiva.
Europa no está abandonando la alianza
atlántica.
Está entendiendo que una alianza sólida exige
socios capaces de asumir responsabilidades propias.
El punto central no es que Europa pretenda
sustituir a Estados Unidos.
Es que comienza a comprender que su peso
político dependerá cada vez más de su capacidad para actuar, invertir,
defenderse y decidir.
Esa es precisamente la lógica de la nueva
cultura estratégica.
Los aliados no dejan de ser aliados, pero ya
no pueden permitirse actuar como simples dependencias estratégicas.
Si el discurso de Merz incomodó a Putin fue
porque reveló que la guerra de Ucrania está produciendo un cambio que Moscú
probablemente no esperaba: una Europa más consciente de sus vulnerabilidades,
pero también más decidida a corregirlas.
Ese despertar europeo no contradice a Stubb.
Lo confirma.
El mundo que describe el presidente de
Finlandia no es un mundo sin alianzas.
Es un mundo donde las alianzas solo podrán
sobrevivir si están formadas por Estados que se respetan precisamente porque
son capaces de decidir y asumir sus propias responsabilidades.
DEL GOLFO PÉRSICO A AMÉRICA LATINA
La tesis de Alexander Stubb no se agota en
Europa ni en el Golfo Pérsico.
Si el orden internacional avanza hacia
alianzas menos automáticas y más soberanas, América Latina tendrá que
preguntarse cuál será su lugar en ese nuevo escenario.
Durante demasiado tiempo, nuestra región ha
oscilado entre dos extremos igualmente estériles: la subordinación pasiva a una
potencia externa o el antiamericanismo retórico que, con frecuencia, termina
abriendo la puerta a nuevas formas de dependencia.
Ninguna de esas opciones responde a la lógica
del mundo que Stubb describe.
La pregunta de fondo es otra.
¿Puede América Latina convertirse en una
comunidad de naciones independientes, capaces de relacionarse con las
principales potencias del mundo desde la dignidad de socios y no desde la
fragilidad de protectorados?
Esa pregunta no es abstracta.
Afecta la seguridad, la economía, la
tecnología, la energía, la migración y, sobre todo, la defensa de la
democracia.
Un continente fragmentado, débil y sin una
visión compartida seguirá siendo objeto de disputa entre las grandes potencias.
Un continente capaz de coordinar intereses,
defender principios y construir alianzas responsables dispondrá de un margen
mucho mayor para influir en su propio destino.
La nueva cultura estratégica no exige romper
alianzas.
Exige algo más difícil y, al mismo tiempo, más
valioso: construirlas desde la soberanía, la responsabilidad y el respeto
mutuo.
CONCLUSIÓN
Alexander Stubb nos invita a mirar más allá de
la guerra, más allá de la política cotidiana y más allá de los nombres de los
gobernantes.
Su tesis no consiste en anunciar el fin de una
potencia ni el ascenso inevitable de otra.
Consiste en advertir que el mundo está
aprendiendo a funcionar de una manera diferente.
Si tiene razón, el episodio entre Washington y
Arabia Saudita no será recordado únicamente por la crisis que provocó.
Será recordado porque puso de manifiesto algo
mucho más profundo: las grandes potencias empiezan a descubrir los límites de
su influencia cuando incluso sus propios aliados deciden ejercer plenamente su
soberanía.
Las alianzas no desaparecen.
Pero dejan de descansar sobre la obediencia
automática y comienzan a sostenerse sobre el respeto entre Estados que cooperan
sin renunciar a decidir por sí mismos.
Esa reflexión trasciende a Europa, al Golfo
Pérsico y a Estados Unidos.
También interpela a América Latina.
Porque, si el mundo avanza hacia alianzas
entre Estados cada vez más soberanos, nuestra región tendrá que responder una
pregunta que marcará buena parte de su futuro:
¿Quiere ser un conjunto de protectorados que
gravitan alrededor de una gran potencia, o una comunidad de naciones
independientes capaz de construir alianzas entre socios que se respetan
mutuamente?
Hace más de un siglo, José Martí escribió una
frase que hoy adquiere una sorprendente actualidad:
“La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse
a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.”
Martí pensaba en la libertad de los pueblos.
Pero su advertencia también ilumina la
libertad de los Estados para decidir su propio destino.
Finlandia la defendió frente a la invasión soviética.
Arabia Saudita intentó ejercerla al anteponer
su propia evaluación estratégica.
Europa comienza a reivindicarla al asumir
mayores responsabilidades sobre su seguridad.
Y Alexander Stubb la convierte en una de las
claves para comprender el nuevo equilibrio del poder mundial.