Ni sueños ajenos ni resignación: sobre el agotamiento real del sistema castrista

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El análisis reciente que pretende refutar la idea de un colapso inminente del régimen castrista parte de un error metodológico esencial: se construye como respuesta a una tesis que no ha sido formulada con rigor por ningún actor político relevante, centro de análisis estratégico ni evaluación seria de inteligencia. No existe, en el debate público informado, una argumentación estructurada que afirme que el sistema de poder vigente en La Habana vaya a colapsar automáticamente antes de que finalice el año.


 
Conviene comenzar, por tanto, con una pregunta básica: ¿quién ha sostenido, con respaldo empírico y razonamiento lógico, que ese colapso inmediato es inevitable? ¿Dónde está esa tesis, quién la formula y sobre qué datos se apoya? Hasta donde alcanza la evidencia disponible, no existe tal planteamiento. Lo que sí aparece es una expectativa emocional atribuida de manera genérica a “sectores del exilio”, convertida luego en objeto de refutación. Estamos ante una falacia clásica del hombre de paja: se combate un estado de ánimo atribuido a otros, no un argumento analítico real.

 

Rechazar la idea de un colapso automático no implica, sin embargo, negar la excepcionalidad del momento actual. El segundo error del análisis criticado consiste en equiparar mecánicamente la coyuntura presente con crisis anteriores —como 1991 o las protestas de julio de 2021— para concluir que, dado que el régimen sobrevivió entonces, sobrevivirá ahora sin transformaciones profundas. Ese razonamiento ignora la especificidad histórica del contexto actual.

 

Nunca antes, desde 1959, el aparato de poder castrista había enfrentado una paralización simultánea y progresiva de sectores estratégicos fundamentales: energía, transporte, producción alimentaria, generación de divisas y servicios básicos. Nunca antes se había combinado de forma tan aguda el colapso funcional del modelo económico con una migración masiva que opera como válvula de escape social y, al mismo tiempo, como evidencia del agotamiento estructural del Estado. Ni siquiera durante el denominado Período Especial se alcanzó un nivel comparable de desarticulación sostenida.

 

Este deterioro no significa que Cuba esté colapsando como nación. Significa algo distinto y más grave: que el sistema castrista conserva el poder mientras vacía al país. La nación cubana resiste; lo que se descompone es la capacidad del régimen para sostener una sociedad funcional sin recurrir al éxodo, la represión y la inercia.

 

A esta crisis interna se suma un entorno geopolítico cualitativamente distinto. Por primera vez, existe una definición explícita desde la presidencia y la Secretaría de Estado de Estados Unidos según la cual no se permitirá en el hemisferio la consolidación de gobiernos alineados estratégicamente con los adversarios globales de Occidente. Este marco doctrinal no existía en 1991, no estuvo presente durante el deshielo diplomático ni fue formulado tras las protestas de 2021.

 

El precedente venezolano refuerza esta lectura, no como ejemplo de colapso rápido, sino como advertencia. Un régimen autoritario puede sobrevivir durante años a costa de su viabilidad económica, su soberanía efectiva y su capacidad real de gobernanza. Puede seguir mandando mientras el país se empobrece, se fragmenta y se vacía. Es hacia ese modelo de deterioro crónico —no hacia una estabilidad duradera— donde el sistema castrista parece desplazarse.

 

Aquí se comete el error conceptual más grave: confundir la ausencia de colapso inmediato con estabilidad. Confundir la continuidad del poder con la salud del país. Confundir que el régimen no caiga con que la nación resista gracias a él, cuando en realidad resiste a pesar de él.

 

Resulta indispensable distinguir entre dos conceptos distintos: colapso del régimen y deterioro estructural terminal. El primero supone una ruptura abrupta del aparato coercitivo; el segundo describe una degradación profunda, acumulativa e irreversible que no necesita manifestarse en plazos cortos ni mediante escenas espectaculares. La historia demuestra que muchos sistemas autoritarios no caen de golpe, sino que se pudren lentamente mientras destruyen el tejido nacional.

 

El error no está en dudar del colapso inmediato. El error está en utilizar esa duda para normalizar el agotamiento, justificar la resignación o presentar la descomposición como repetición del pasado. Entre la fantasía del derrumbe automático y la idea de una dictadura eterna existe una realidad mucho más inquietante: la de un poder que sobrevive sin gobernar, de un Estado que manda sin funcionar, de un sistema que se perpetúa vaciando a la nación que dice representar.

 

Patria, pueblo y libertad no se defienden ni con sueños prestados ni con resignaciones disfrazadas de realismo. Se defienden nombrando el agotamiento del poder que oprime y separándolo con claridad de la nación que sufre. Cuba no es el sistema castrista. Cuba es la víctima de ese sistema.

 

Un régimen que necesita vaciar al país para sobrevivir, que gobierna expulsando, empobreciendo y paralizando, no es estable: es terminal, aunque no caiga de inmediato. Confundir la continuidad del mando con viabilidad histórica es el error que ha permitido a la dictadura prolongarse mientras destruye el futuro nacional.

 

No hay aquí profecías ni consuelos. Hay una constatación: ningún poder que solo puede sostenerse destruyendo a su pueblo puede eternizarse sin pagar un precio histórico. Reconocerlo no es soñar. Es asumir, con responsabilidad política, que la libertad no llega por inercia, pero tampoco se extingue porque los opresores lo deseen.

Leer más

CUBA NO NECESITA UN PACTO PARA SALVAR AL CASTRISMO


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

A propósito del artículo de ABC sobre supuestas negociaciones con Estados Unidos

El diario ABC publicó el 4 de febrero de 2026 un artículo que merece una reflexión profunda y serena. Según ese reporte, el castrismo estaría negociando con Estados Unidos —con mediación del Gobierno mexicano— un acuerdo para no ser derrocado, a cambio de abrir sectores estratégicos de la economía cubana a empresas estadounidenses.

Aunque el texto utiliza términos como “transición” o “salida del castrismo”, lo que realmente describe es un pacto de supervivencia del régimen, no una transición democrática auténtica. Y esa diferencia no es semántica: es histórica, moral y política.

 

Negociar la continuidad no es transitar a la democracia

El castrismo no estaría ofreciendo devolver el poder al pueblo cubano, sino administrar una apertura económica sin perder el control político, militar y represivo. No se menciona en ningún punto la legalización del pluralismo político, la liberación incondicional de los presos políticos, el desmontaje de la Seguridad del Estado, elecciones libres y verificables ni un proceso de justicia transicional.

Lo que se ofrece, según ABC, es estabilidad a cambio de negocios. Eso no es una transición: es una reconversión del autoritarismo.

 

El riesgo de un “castrismo 2.0”

Un acuerdo como el que sugiere ABC legitimaría internacionalmente a una dictadura responsable de más de seis décadas de represión, garantizaría impunidad a la élite gobernante y permitiría al mundo declarar “resuelto” el problema cubano mientras el pueblo seguiría sin derechos.

 

La diferencia esencial: ruptura o continuidad

Frente a esa lógica, el Proyecto de la Nueva República impulsado por Cuba Independiente y Democrática (CID) establece una línea clara: no se trata de reformar el castrismo, sino de ponerle fin.

Una transición real no comienza por los negocios, sino por el poder. Ese poder debe regresar al pueblo cubano.

 

Estabilidad sin libertad no es solución

Una dictadura “abierta a los negocios” sigue siendo una dictadura. Cuba no necesita un castrismo reciclado, sino libertad, derechos, justicia y soberanía ciudadana.

 

Conclusión

El artículo de ABC debe leerse como una advertencia. Frente a cualquier pacto de élites que busque salvar al régimen, la respuesta democrática debe ser clara: no hay transición sin ruptura, no hay reconciliación sin justicia, no hay futuro sin libertad.

 

Patria, Pueblo y Libertad

Leer más

LA ESTRATEGIA DE DONALD TRUMP: EL CONTROL GLOBAL DE LA ENERGÍA COMO INSTRUMENTO DE PODER

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

A enero de 2026, la aprobación de Donald Trump se sitúa entre el 41 % y el 42 %, colocándolo claramente dentro de la franja histórica de vulnerabilidad política que, de forma consistente, ha precedido derrotas en las elecciones de medio término para varios presidentes de Estados Unidos. En las últimas dos décadas, niveles de aprobación similares anticiparon pérdidas significativas de poder legislativo: George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2014, el propio Trump en 2018 y Joe Biden en 2022. Todos ellos llegaron a los comicios con apoyos en el rango bajo o medio del 40 % y terminaron perdiendo terreno en el Congreso.

 

Lo que resulta llamativo —y casi contraintuitivo— en el caso de Trump es su capacidad para mantener niveles de aprobación comparables a los de presidentes más convencionales, pese a la intensidad, visibilidad y naturaleza confrontacional de las políticas desplegadas durante su primer año de regreso al poder. Tanto en el plano interno como en el internacional, su administración ha apostado por rupturas abiertas con normas establecidas, una diplomacia abiertamente transaccional y decisiones estratégicas altamente controvertidas. En este contexto, la lógica tradicional apunta a una erosión del capital político de cara a las elecciones de medio término, con la consiguiente posibilidad de perder el control de una o ambas cámaras del Congreso.

 

Sin embargo, Trump podría estar posicionándose para lograr un resultado geopolítico de alto impacto capaz de alterar ese guion.

 

Uno de esos resultados sería una expansión decisiva de la influencia estadounidense sobre los flujos energéticos globales. Bajo una alineación favorable de circunstancias, Washington podría llegar a ejercer un control directo o indirecto sobre una parte sustancial del petróleo y otros líquidos energéticos del planeta, potencialmente cercana a dos tercios de las reservas y la producción estratégicamente relevantes. Alcanzar ese nivel de influencia no requeriría una conquista militar, sino una transformación política en un solo país clave: Irán.

 

Trump no tendría que invadir Irán. El régimen atraviesa actualmente su crisis interna más profunda en décadas. Protestas prolongadas a nivel nacional —reprimidas con extrema violencia y con miles de muertos según organizaciones de derechos humanos— han puesto al descubierto profundas fracturas dentro de la República Islámica. Las declaraciones públicas de Trump alentando a los manifestantes a mantenerse en las calles, junto con promesas de apoyo futuro por parte de su gobierno, crean un compromiso político difícil de ignorar. Al mismo tiempo, la cúpula clerical sigue siendo el principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo, mientras enfrenta un colapso económico sin precedentes, un aislamiento diplomático creciente y reveses estratégicos cada vez más visibles.

 

De forma significativa, incluso figuras tradicionalmente asociadas al intervencionismo duro han comenzado a plantear vías alternativas. John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional y frecuente crítico de Trump, ha señalado que el momento para un cambio en Irán es propicio, aunque no mediante exigencias de rendición incondicional. En su lugar, Bolton y otros analistas han sugerido una salida transaccional para las élites militares y de seguridad iraníes: preservación del Estado iraní, levantamiento gradual de sanciones, reintegración económica y reconocimiento internacional, a cambio de la neutralización política de la teocracia.

 

Tras años de sanciones, derrotas indirectas, humillaciones estratégicas y deterioro económico, sectores relevantes del liderazgo militar iraní —incluidos elementos pragmáticos dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— son conscientes de que la continuidad del poder clerical conduce a un callejón sin salida: aislamiento permanente, mayor vulnerabilidad frente a Israel, dependencia creciente de Rusia y China y un riesgo personal elevado si el régimen colapsa de forma incontrolada.

 

Si Irán llegara a realinearse con Estados Unidos, las consecuencias geopolíticas serían inéditas en la historia moderna. Tal giro desmantelaría décadas de hostilidad estructural, expulsaría la influencia rusa y china de uno de los nodos estratégicos más sensibles del planeta y contribuiría a consolidar una nueva arquitectura energética global que integraría a Estados Unidos, Venezuela, Medio Oriente y Europa dentro de un mismo marco estratégico.

 

Este enfoque no es teórico ni carece de precedentes. Venezuela ofrece un ejemplo claro de cómo Estados Unidos puede obtener ventajas estratégicas enormes a un costo relativamente bajo. Sin una invasión prolongada ni una ocupación clásica, Washington ha logrado condicionar de forma decisiva el sector petrolero venezolano —el mayor del mundo en reservas probadas—, regulando sus exportaciones, controlando el acceso a los ingresos y determinando qué actores pueden operar dentro del sistema. Mientras tanto, el régimen autoritario en Caracas sobrevive dentro de márgenes cada vez más estrechos, dependiente de licencias, exenciones y tolerancia política por parte de Estados Unidos.

 

Tanto en Venezuela como en un eventual Irán post-teocrático, la estrategia adquiere legitimidad política y moral si el beneficiario final es la población. En el caso venezolano, el objetivo declarado de Washington ha sido que cualquier reactivación del sector petrolero, bajo supervisión y reglas claras, se traduzca en recuperación económica, estabilidad y una transición democrática real.

 

Si este esquema llegara a materializarse, Trump no solo alteraría el equilibrio energético mundial. Demostraría que es posible ejercer poder global sin guerras de ocupación, sin reconstrucciones interminables y sin los costos humanos y políticos que han marcado a administraciones anteriores. En ese escenario, la verdadera victoria no sería meramente táctica o electoral, sino histórica: convertir el control de la energía en el principal instrumento de poder del siglo XXI, debilitar a los adversarios de Estados Unidos y crear condiciones reales de salida del autoritarismo para sociedades atrapadas durante décadas bajo regímenes represivos.

 

Más allá de simpatías o rechazos personales hacia Donald Trump, un resultado de esta magnitud definiría de forma decisiva su legado y la estructura del poder global en las próximas décadas.

Leer más

Zelensky en Davos 2026: por qué Ucrania ya no puede depender de Estados Unidos


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Cuando escuché el discurso de Volodymyr Zelensky en Davos, se me encogió el corazón. El propio Zelensky comenzó su intervención evocando la película Groundhog Day, esa historia en la que el mismo día se repite una y otra vez sin salida aparente. No era una referencia ligera ni anecdótica. En su voz se percibía cansancio, frustración y, sobre todo, la sensación de estar atrapado en un ciclo político que se repite mientras la guerra continúa cobrando vidas. Esa imagen inicial decía más que cualquier consigna. Durante los primeros años de la invasión rusa, Zelensky habló al mundo desde una premisa que parecía inamovible: Estados Unidos era el eje del sistema occidental y el garante último de la supervivencia de Ucrania. Sus discursos de 2022 y 2023 estuvieron construidos sobre esa certeza, apelando directamente a Washington, a su historia, a su identidad como líder del mundo libre y a la obligación moral de no permitir que una democracia fuera destruida por la fuerza.

 

Ese marco ha cambiado. El discurso de Zelensky en Davos no rompe con Estados Unidos, pero sí deja claro que ha dejado de confiar en él como pilar automático del orden occidental. No hay reproches abiertos ni gestos de confrontación, pero sí un desplazamiento evidente del centro de gravedad. Zelensky ya no habla a Washington como árbitro natural del conflicto, ni articula su mensaje en torno a la promesa de un apoyo indefinido. En su lugar, interpela a Europa con una crudeza inusual y la obliga a mirarse al espejo: o asume su responsabilidad estratégica o acepta su propia irrelevancia.

 

La referencia al llamado “modo Groenlandia” europeo no es una ocurrencia retórica ni una frase diseñada para titulares. Zelensky utilizó esa expresión para describir la actitud de un continente que se comporta como si observara los grandes movimientos geopolíticos desde la distancia, esperando que otros —principalmente Estados Unidos— decidan por él. Es la Europa que aguarda instrucciones, garantías y consensos externos antes de actuar, incluso cuando la guerra se libra en su propio vecindario. En el contexto actual, ese “modo Groenlandia” equivale a aceptar la parálisis. La política exterior estadounidense ha dejado de responder a una lógica estratégica estable y se encuentra subordinada a disputas internas, ciclos electorales y cálculos domésticos que poco tienen que ver con la realidad del frente de batalla o con el costo humano de la guerra.

 

A esa parálisis se suma una contradicción aún más incómoda. Mientras Ucrania espera decisiones políticas, los misiles y drones que destruyen sus ciudades siguen llegando. Y muchos de ellos contienen componentes fabricados por empresas de Estados Unidos, de Europa y de Taiwán. Microchips, sistemas de navegación, sensores y piezas electrónicas que, pese a las sanciones, continúan filtrándose hacia la maquinaria de guerra rusa a través de intermediarios, mercados grises y una cadena global que nadie parece dispuesto a cortar del todo. Occidente debate, pero su tecnología mata. La guerra se prolonga no solo por la falta de decisiones estratégicas, sino por la hipocresía de un sistema que condena en los discursos lo que tolera en la práctica.

 

Estados Unidos sigue siendo un actor indispensable, pero ha dejado de ser una constante. Zelensky no lo expulsa del tablero —sería irresponsable hacerlo—, pero tampoco construye la supervivencia de Ucrania sobre una dependencia absoluta. El tono épico de los primeros años, cargado de apelaciones morales y referencias históricas dirigidas al Congreso estadounidense, ha sido sustituido por un realismo incómodo: ningún país en guerra puede atar su destino a la voluntad cambiante de una potencia cuya política exterior oscila al ritmo de su política interna, mientras su propio ecosistema económico alimenta indirectamente al agresor.

 

El mensaje de Davos no es una queja ni un lamento. Es una advertencia. En 2022, Zelensky pedía liderazgo; en 2026, exige responsabilidad. No desde la ideología ni desde el resentimiento, sino desde la necesidad. Si Europa no asume el peso estratégico que Estados Unidos ya no quiere o no puede sostener de forma estable, el vacío no lo pagará Washington, sino Ucrania, en vidas humanas, territorios perdidos y una guerra innecesariamente prolongada.

 

La referencia inicial a Groundhog Day cobra entonces todo su sentido. No es solo una metáfora de la frustración diplomática, sino del fracaso moral del sistema. Cada día que se repite sin decisiones reales es un día en el que nuevos misiles caen, nuevos drones atacan y nuevas vidas se pierden, muchas veces con tecnología diseñada y producida en los mismos países que prometen apoyo. Zelensky no habló en Davos para conmover; habló para advertir que seguir repitiendo el mismo día ya no es una opción. Porque en esta guerra, a diferencia de la película, cada repetición tiene consecuencias irreversibles.

Leer más

RUSIA PROMETE Y NO CUMPLE MIENTRAS EL CASTRISMO COLAPSA

La triste vida del caballo de tiro - OnCubaNews 

 

Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Autos, apagones y propaganda en la relación ruso-castrista

 

Según una nota divulgada por el portal CubitaNow basada en un despacho de la agencia estatal rusa TASS difundido por la Embajada de Cuba en Rusia, el gobierno ruso anunció planes para aumentar en 2026 el ensamblaje de vehículos UAZ en la Isla. "En diciembre de 2024, Rusia entregó un lote de 16 vehículos".Aunque, "En fases iniciales del proyecto se mencionó una capacidad potencial de hasta 500 vehículos anuales" ahora no se menciona ni esa cantidad. A pesar de esta cifra ridícula comparada con los 10 segundos que demora ensamblar un vehículo en la fabrica de Hyundai en Ulsan, Corea del Sur, alardear sobre la ampliación de este proyecto roza el absurdo en el contexto actual del país. Cuba atraviesa una crisis profunda de combustible que mantiene paralizados el transporte público, la agricultura y buena parte de la actividad económica. En esas condiciones, hablar de fabricar o ensamblar automóviles carece de sentido práctico: no existe energía estable, no hay combustible para operar los vehículos y no hay una red logística funcional. Más que un proyecto industrial viable, el ensamblaje de autos UAZ en Cuba se presenta como un gesto propagandístico, desconectado de las necesidades urgentes de la población y de la realidad material del país.

 

Este tipo de anuncios no es nuevo y se inscribe en un patrón reiterado de promesas económicas que no se traducen en soluciones reales. En los últimos años, proyectos presentados como ejemplos de cooperación estratégica entre Moscú y La Habana han terminado reducidos a entregas simbólicas, plantas subutilizadas o simples titulares sin impacto estructural. La ausencia de cifras concretas, plazos verificables y compromisos exigibles refuerza la percepción de que estos convenios responden más a intereses políticos y diplomáticos que a un verdadero plan de recuperación económica para Cuba.

 

La experiencia en el sector energético ilustra con claridad este patrón de promesas incumplidas. Desde 2015, cuando Rusia concedió a Cuba un crédito estatal de 1 200 millones de euros para construir y modernizar unidades termoeléctricas, los compromisos han sido reiterados sin resultados tangibles. Ese proyecto nunca se ejecutó porque el régimen cubano no pudo cumplir ni siquiera con los requisitos financieros iniciales. En 2019 y 2020 se renovaron acuerdos de modernización, y en 2024 y 2025 Moscú volvió a anunciar planes de inversión por más de 1 000 millones de dólares, incluyendo el sector energético, mientras el país sigue sumido en apagones crónicos. Tras una década de anuncios, la realidad es que el sistema eléctrico cubano continúa colapsado.

 

En este contexto, anuncios como el del ensamblaje de vehículos UAZ no representan una estrategia de desarrollo, sino una puesta en escena política. Mientras no se resuelvan los problemas básicos de energía, combustible y funcionamiento económico, estos proyectos seguirán siendo promesas recicladas que no cambian la realidad cotidiana de los cubanos ni ofrecen una salida creíble a la crisis estructural del país.

Leer más

LA CHARLATANERÍA DE FIDEL CASTRO PARA ESCONDER EL MIEDO DEL RÉGIMEN

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La “Guerra de todo el Pueblo”, una doctrina obsoleta para un país sin petróleo ni defensa real


La llamada “doctrina militar” de Fidel Castro, conocida como Guerra de todo el Pueblo, no constituye en sentido estricto una doctrina militar auténtica, sino una exageración ideológica que raya en la charlatanería estratégica. Se trata de un conjunto de ideas formuladas hace más de medio siglo, ancladas en la lógica de la guerrilla rural, el sacrificio humano masivo y la movilización permanente de la población civil, propias de un mundo bipolar que ya no existe. En las condiciones del siglo XXI —marcadas por la supremacía tecnológica, la guerra aérea, los sistemas de precisión, la inteligencia satelital y la guerra electrónica— estas concepciones no solo están superadas, sino que resultan irrelevantes desde el punto de vista militar y peligrosas desde el punto de vista político, al confundir defensa nacional con propaganda y resistencia con inmolación colectiva.

 

Esta construcción ideológica cumple, sin embargo, una función clara: no la de defender al país, sino la de encubrir la extrema vulnerabilidad del régimen en un momento de profundo temor estratégico. Tras los recientes acontecimientos en Venezuela y el colapso del suministro de petróleo subvencionado que durante años sostuvo artificialmente a la economía cubana, la dictadura se enfrenta a una realidad inédita: carece de recursos energéticos, de divisas y de aliados dispuestos a sostenerla indefinidamente. En ese contexto de fragilidad, la retórica militar se reactiva como mecanismo de supervivencia política. La Guerra de todo el Pueblo convierte la escasez, el apagón y la precariedad en supuestas virtudes patrióticas, trasladando el costo del fracaso estructural del Estado a una población exhausta, obligada a asumir el sacrificio como destino histórico.

 

Comparada con doctrinas militares auténticas —como las de Estados Unidos, la OTAN o Israel— la brecha es abismal. Las doctrinas modernas se orientan a disuadir o ganar conflictos con rapidez, minimizar bajas, proteger a la población civil y alcanzar objetivos políticos claramente definidos mediante superioridad tecnológica, control del espacio aéreo e integración efectiva de fuerzas. Son doctrinas dinámicas, sometidas a revisión constante, que reconocen que la guerra moderna se decide por información, precisión y velocidad. La doctrina castrista, en cambio, carece de concepto de victoria, no define condiciones de finalización del conflicto y no incorpora ninguna respuesta creíble a las amenazas contemporáneas. No evoluciona porque no es el resultado de análisis profesional, sino de un dogma ideológico congelado, concebido para perpetuar la obediencia y no para enfrentar la realidad.

 

La obsolescencia de esta supuesta doctrina queda finalmente expuesta al analizar el armamento real de la dictadura castrista. Las Fuerzas Armadas cubanas dependen casi por completo de equipos soviéticos de la Guerra Fría: aviones de combate anticuados, sistemas de defensa aérea incapaces de enfrentar drones o misiles modernos, blindados sin protección activa y una marina limitada a funciones costeras. Cuba no posee superioridad aérea, ni defensa antimisiles creíble, ni capacidades avanzadas de guerra electrónica. En estas condiciones, hablar de una resistencia eficaz frente a un adversario moderno no es estrategia ni disuasión: es propaganda. Una propaganda que revela la verdad esencial del régimen: incapaz de defenderse frente a amenazas reales, pero siempre dispuesto a recurrir a mitos del pasado y al sacrificio del propio pueblo para aferrarse al poder.
Leer más

ALBERTO MÜLLER Y SU LUCHA POR LA LIBERTAD DE CUBA




Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 "Se nos trata de enseñar, desde que podemosentender las palabras, que existe un deber que todo hombre debe cumplir y ese deber es con la tierra que nos vio nacer. Con la Patria, que sin que se lo pidamos, nos da el primer apellido"

Alberto Muller,  primer editorial de Trinchera
La Habana, septiembre de 1959


Alberto Müller es una de las figuras más coherentes y sacrificadas de la lucha por la libertad de Cuba, representante de una generación que combatió primero la dictadura de Fulgencio Batista y luego se enfrentó, con igual firmeza, a la traición totalitaria del régimen instaurado por Fidel Castro. Su vida es testimonio de una revolución democrática frustrada y de una resistencia que no se rindió ante la cárcel ni el exilio.

 

Como líder estudiantil en la Universidad de La Habana, Müller participó activamente en la oposición al batistato y, tras el triunfo de enero de 1959, fue de los primeros en advertir el giro autoritario del nuevo poder. En febrero de 1960, coorganizó la histórica protesta estudiantil contra la visita a Cuba de Anastás Mikoyán, alto dirigente soviético vinculado a la represión en Hungría. Aquella acción pacífica y profundamente simbólica marcó una ruptura temprana con el rumbo comunista del régimen.

 

Como represalia directa, Alberto Müller fue expulsado de la Universidad de La Habana en 1960, convirtiéndose en uno de los primeros estudiantes sancionados por razones ideológicas bajo el castrismo. Ese mismo año salió al exilio y se estableció inicialmente en Miami, donde un grupo de jóvenes universitarios decidió reorganizar la lucha contra la nueva dictadura.

 

El 23 de septiembre de 1960, en la ciudad de Miami, Alberto Müller fue fundador del Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE), organización que retomaba la tradición histórica del movimiento estudiantil cubano en la lucha contra las dictaduras. Nombrado Secretario General del Directorio, Müller asumió una decisión que marcaría su destino: regresar a Cuba para organizar la resistencia desde el interior.

 

En noviembre de 1960 regresó clandestinamente a la Isla para dirigir y estructurar el Directorio Revolucionario Estudiantil dentro de Cuba. Desde el interior participó en tareas de propaganda, organización clandestina y preparación de acciones de resistencia, consciente del alto riesgo que implicaba enfrentar al nuevo régimen.

 

El 21 de abril de 1961 fue arrestado por la Seguridad del Estado. Comenzaba así uno de los períodos más duros de su vida. Pasó quince años en prisión política, entre 1961 y 1976, sometido a torturas, simulacros de fusilamiento, aislamiento prolongado y trabajos forzados. Durante su cautiverio fue compañero de prisión del Comandante Huber Matos, uno de los primeros grandes acusadores del carácter totalitario del régimen castrista. Ambos encarnan una misma línea moral: revolucionarios democráticos que se negaron a traicionar sus principios y pagaron por ello con años de presidio.

 

Liberado en 1976 y salido al exilio definitivo en 1979, Alberto Müller continuó su lucha desde el periodismo, la literatura y la memoria histórica. Fue columnista durante más de dos décadas y una de las voces más constantes del exilio cubano.

 

Su obra escrita constituye un legado imprescindible para comprender la represión y la desilusión de una generación traicionada. Entre sus libros destacan los poemarios Tierra condenada y Tierra metalizada; el libro de cuentos Todos heridos por el Norte y por el Sur; la novela Monólogo con Yolanda; los ensayos Cuba entre dos extremos, El Proyecto Varela y Retos del periodismo; los libros de investigación Che Guevara: valgo más vivo que muerto y ¿Por qué Fidel abandonó al Che?; y sus memorias ¡Pobre Cuba!.

 

La trayectoria de Alberto Müller es la de un hombre que nunca claudicó. Su lucha no fue por el poder, sino por la libertad; no por una ideología, sino por la dignidad humana. Junto a figuras como Huber Matos, su nombre ocupa un lugar indeleble en la historia moral de Cuba.

Leer más

ENGAÑO A INVERSIONISTAS: MÉXICO REPORTA ENVÍOS Al RÉGIMEN CASTRISTA POR VALOR DE 400 MILLONES, FUERON 2.600 MILLONES DE DÓLARES


Por Huber Matos Araluce 
 

 La conducta denunciada constituye una estafa informativa al mercado financiero: PEMEX comunicó a los compradores de bonos, títulos de deuda y demás instrumentos financieros negociados en Estados Unidos que sus envíos de petróleo y derivados al gobierno en Cuba ascendían a 400 millones de dólares, cuando los registros aduanales oficiales y las bases de datos internacionales de comercio internacional demuestran que el volumen real de esas exportaciones superó los 3.048 millones de dólares en el mismo período. La ocultación de más de 2.600 millones de dólares, equivalente a aproximadamente el 87 % del valor real de los envíos, privó a los inversionistas de información material esencial para evaluar correctamente los riesgos financieros, regulatorios y legales asociados a su inversión.

 

 Este hecho adquiere una gravedad adicional porque la presidenta de México ha declarado públicamente que dichos envíos constituyen "ayuda humanitaria", lo que implica que no se trató de una operación accidental ni desconocida por el Ejecutivo, sino de una decisión consciente y políticamente asumida. En ese contexto, no es jurídicamente sostenible afirmar que el Gobierno mexicano o PEMEX desconocían la naturaleza, el volumen o las consecuencias financieras de esos envíos.

 

La revelación de esta discrepancia sustancial entre las exportaciones de combustible de Petróleos Mexicanos (PEMEX) al gobierno en Cuba reportadas ante autoridades estadounidenses y las registradas por las propias autoridades aduanales mexicanas plantea así un problema de extrema gravedad jurídica, con implicaciones directas bajo el derecho de valores de Estados Unidos.

 

De acuerdo con una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), PEMEX informó a la Securities and Exchange Commission (SEC) —la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos— que entre enero y septiembre de 2025 exportó petróleo crudo y derivados al gobierno en Cuba por aproximadamente 400 millones de dólares. Sin embargo, los registros aduanales oficiales de México y las plataformas internacionales de comercio exterior documentan envíos por más de 3.048 millones de dólares durante ese mismo período, una discrepancia que no puede considerarse marginal ni atribuible a un simple error administrativo.

 

La SEC es la autoridad federal encargada de regular los mercados de valores en Estados Unidos y de proteger a los inversionistas frente a prácticas engañosas. Toda entidad —incluidas empresas estatales extranjeras— que emite valores, bonos o instrumentos financieros en dichos mercados está legalmente obligada a divulgar información completa, veraz y coherente, en particular aquella que afecte la evaluación de riesgo por parte de los inversionistas.

 

En el derecho bursátil estadounidense, la información es material cuando su conocimiento habría influido razonablemente en la decisión de un inversionista. Una diferencia superior a 2.600 millones de dólares en exportaciones internacionales cumple de forma inequívoca ese criterio.

 

El hecho de que el destinatario de los envíos sea el gobierno en Cuba, ampliamente reconocido como insolvente y sometido a un régimen de sanciones, refuerza aún más la obligación de divulgación. Ocultar o minimizar operaciones de gran escala con un gobierno sancionado impide a los inversionistas valorar riesgos legales, financieros y regulatorios evidentes, y agrava la responsabilidad del emisor.

 

La declaración pública de la presidenta de México calificando estos envíos como "ayuda humanitaria" tiene un efecto jurídico decisivo: anula prácticamente cualquier intento de justificar la omisión como un error involuntario. Una ayuda humanitaria no es una venta comercial, no genera expectativa de pago y responde a una decisión política deliberada. Por tanto, no puede confundirse contablemente ni omitirse por descuido.

 

Desde el punto de vista jurídico, la conclusión es clara: cuando una operación es deliberada, políticamente asumida y de alto impacto financiero, su omisión en los informes regulatorios no constituye un error, sino un engaño al mercado de valores. La cuestión ya no es si el hecho resulta políticamente incómodo, sino si los reguladores estadounidenses permitirán que un emisor extranjero que se financia en sus mercados oculte miles de millones de dólares en operaciones materiales sin consecuencias legales.

 

San José, Costa Rica


Leer más

MARÍA CORINA NO FUE A WASHINGTON A BUSCAR APOYO, SINO A DARLO


Por Huber Matos Araluce

 María Corina Machado no necesita el respaldo de ningún actor político externo para triunfar en unas futuras elecciones libres y supervisadas internacionalmente en Venezuela, ya que su liderazgo y legitimidad se sostienen en un amplio apoyo interno y en una capacidad demostrada de movilización electoral. Su victoria abrumadora en las primarias opositoras de 2023, donde obtuvo más del 92 % de los votos, la consolidó como la principal figura de agregación del electorado opositor. Posteriormente, aun impedida de competir formalmente, su respaldo explícito a la candidatura de Edmundo González Urrutia resultó determinante para articular una mayoría electoral contraria al oficialismo, lo que confirma que su influencia política trasciende su participación directa en la contienda. En un escenario de elecciones auténticamente libres, con garantías institucionales y supervisión internacional, la combinación de liderazgo reconocido, apoyo popular previo y capacidad de transferencia de capital político posiciona a Machado como una candidata con alta probabilidad de victoria, independientemente de avales o apoyos externos.

 

María Corina Machado no viajó a Washington para solicitar el apoyo político de Donald Trump, porque no lo necesita para consolidar su liderazgo ni para ganar unas futuras elecciones libres en Venezuela. Tampoco fue a competir con Delcy Rodríguez —actual “presidenta interina” de una dictadura electoralmente derrotada y ampliamente rechazada por la mayoría del pueblo venezolano— por reconocimiento o legitimidad internacional. Su visita respondió a un objetivo distinto y más estratégico: transmitirle a los venezolanos y al mundo democrático que Donald Trump apoya una transición hacia la democracia en Venezuela, despejando así las dudas que determinados articulistas y comentaristas han intentado sembrar sobre la supuesta indiferencia o ambigüedad de Trump frente a la causa democrática venezolana. En ese sentido, Machado fue a respaldar políticamente a Trump, que en ese momento enfrentaba cuestionamientos sobre su enfoque hacia Venezuela, y no al revés.

 

En coherencia con ese propósito, María Corina Machado no “entregó” el Premio Nobel de la Paz —que es intransferible—, sino que ofreció voluntariamente la medalla que recibió como laureada, un gesto plenamente legítimo y personal. Machado fue clara al explicar el significado histórico del acto, al evocar cómo el marqués de Lafayette entregó a Simón Bolívar una medalla con la efigie de George Washington, y cómo, al presentar su propia medalla a Trump, devolvía simbólicamente ese honor como reconocimiento a su papel en la lucha contra la dictadura venezolana. Lejos de ser un gesto de subordinación, el acto buscó reforzar un vínculo histórico, político y moral entre la causa democrática venezolana y la tradición republicana estadounidense.



Sobre el presente y el futuro de Venezuela, el presidente Donald Trump ha declarado que Estados Unidos asumirá la conducción del proceso político en el país “hasta que se pueda hacer una transición segura y apropiada”, estableciendo explícitamente que la salida hacia la democracia será supervisada desde Washington y no inmediata. En términos operativos, esa responsabilidad ha recaído en el secretario de Estado, Marco Rubio, quien ha delineado públicamente un esquema secuencial basado en tres etapas: una fase inicial de estabilización, orientada a evitar el colapso institucional y garantizar el control del territorio; una segunda fase de recuperación económica y social; y una tercera fase de transición política hacia un orden democrático mediante la reconstrucción institucional y un proceso electoral.



Ante la insistencia de comentaristas y supuestos “expertos” en afirmar que no se conocen las verdaderas intenciones de Trump respecto a Venezuela, la visita de María Corina Machado a Washington y su declaración expresa de confianza en el compromiso de Trump con la democracia venezolana constituyen una contribución política extraordinaria, tanto para el debate internacional como para la claridad que hoy necesita el pueblo venezolano.

 

María Corina Machado no fue a Washington a pedir legitimidad, sino a ejercerla; no a recibir apoyo, sino a darlo; y no a representar una ambición personal, sino a afirmar que la causa democrática venezolana ya tiene liderazgo, rumbo y mayoría.

 

San José, Costa Rica 

Leer más

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com