DESPUÉS DE IRÁN: LA GUERRA DEL FUTURO YA COMENZÓ


Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

En un artículo anterior sostuve que el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no respondía a los esquemas tradicionales de guerra, sino a una lógica distinta: una guerra de degradación estratégica a distancia, en la que el objetivo no era ocupar territorio, sino destruir la capacidad del adversario.

Los hechos recientes no solo confirman esa tesis. La consolidan.

Irán ha aceptado un cese al fuego de dos semanas, condicionado a la reapertura del estrecho de Ormuz y a negociaciones directas con Estados Unidos. Sin embargo, la implementación de ese acuerdo revela una realidad más compleja: el tránsito marítimo se ha reanudado solo parcialmente, bajo control operativo iraní, con buques obligados a coordinar su paso con fuerzas militares de Teherán, mientras continúan incidentes armados en la región.

Hoy, la realidad es otra.

Irán ha pasado de la confrontación abierta a una negociación bajo presión, pero sin haber abandonado su capacidad de perturbación estratégica.

La coerción funcionó

El cambio no fue político. Fue militar.

Estados Unidos e Israel ejecutaron una campaña sostenida de ataques de precisión contra objetivos estratégicos iraníes, incluyendo infraestructura energética, capacidades logísticas y nodos operativos clave.

Bajo esa presión, Washington impuso una condición clara:
reabrir el estrecho de Ormuz o enfrentar una escalada devastadora.

La respuesta iraní fue aceptar el cese al fuego y abrir la puerta a negociaciones. Pero lo hizo bajo una fórmula intermedia: permitir el paso, sin renunciar completamente al control del estrecho, manteniendo capacidad de inspección, coordinación y presión indirecta sobre el tráfico marítimo.

Esto no es diplomacia convencional.

Es coerción efectiva, en un entorno aún inestable.

De la inmolación a la supervivencia

Durante décadas, el régimen iraní construyó una narrativa basada en la resistencia absoluta, incluso en la disposición al sacrificio extremo.

Esa narrativa ha sido forzada a adaptarse.

Irán no ha sido derrotado en una batalla decisiva. Ha sido llevado a una situación en la que continuar el conflicto implica un riesgo existencial inmediato.

Y frente a ese riesgo, ha optado por negociar, sin dejar de ejercer presión.

Ese es el punto de inflexión.

La verdadera lección: una invasión sin tropas

Durante semanas, analistas, periodistas y comentaristas repitieron una idea que parecía incuestionable: sin una invasión terrestre, esta guerra no podía ganarse ni consolidarse.

Ese argumento partía de un modelo de guerra que ya no corresponde a la realidad.

Desde el inicio rechacé esa premisa por considerarla no solo anticuada, sino profundamente equivocada. Lo ocurrido en Irán lo confirma de manera definitiva.

No hubo divisiones cruzando fronteras. No hubo ocupación territorial. Y, sin embargo, el resultado se impuso.

Irán no fue invadido en los términos clásicos.

Fue penetrado tecnológicamente.

  • Su espacio aéreo dejó de ser seguro
  • Su infraestructura dejó de ser invulnerable
  • Su cadena de mando quedó expuesta
  • Su economía energética fue colocada bajo presión directa

Esto constituye una forma nueva de invasión:

una invasión funcional, no territorial.

La superioridad tecnológica hizo innecesaria la presencia de tropas. Lo que antes requería ocupación física hoy se logra mediante dominio operativo.

El fin del paradigma clásico de guerra

Lo ocurrido en Irán demuestra algo que muchos aún no terminan de aceptar:

Las guerras del siglo XXI no requieren ocupación para imponerse.

Requieren:

  • superioridad tecnológica
  • inteligencia en tiempo real
  • capacidad de ataque de precisión
  • dominio del espacio aéreo y electrónico

El objetivo ya no es conquistar territorio.

El objetivo es neutralizar al adversario como sistema.

Ormuz: el símbolo del cambio

El estrecho de Ormuz fue presentado durante semanas como el arma estratégica de Irán.

Hoy es el símbolo de su límite… y también de su última capacidad de presión.

Bajo presión militar directa, Teherán pasó de intentar bloquear el paso a permitir una reapertura condicionada, manteniendo presencia militar y capacidad de control parcial sobre el tránsito.

Esto revela una verdad más profunda:

Irán no controla el equilibrio estratégico de forma permanente.

Pero aún puede alterarlo de manera táctica.

La guerra del futuro cercano

Lo ocurrido no es un caso aislado. Es un modelo.

Estados Unidos e Israel han demostrado que es posible:

  • imponer condiciones estratégicas
  • forzar concesiones políticas
  • evitar el costo de una invasión terrestre

todo ello mediante el uso de superioridad tecnológica.

Pero también ha quedado claro que el adversario, aun bajo presión, puede conservar capacidades asimétricas suficientes para prolongar la inestabilidad.

Esto redefine la guerra.

Las guerras del futuro cercano no se decidirán por el número de soldados desplegados, sino por la capacidad de un actor para penetrar, desorganizar y presionar al adversario sin exponerse plenamente.

Drones, inteligencia artificial, guerra electrónica y precisión quirúrgica no son herramientas complementarias.

Son el nuevo núcleo del poder militar.

Conclusión

Irán no ha sido eliminado como Estado.

Pero ha sido obligado a retroceder.

No por la ocupación de su territorio, sino por la imposibilidad de defender su funcionamiento como sistema frente a una presión tecnológica superior.

Y, sin embargo, tampoco ha sido neutralizado completamente.

Mantiene capacidad de respuesta, de disrupción y de negociación bajo tensión.

Ese es el verdadero cambio.

La guerra ya no exige conquistar.

Exige dominar… y sostener ese dominio frente a un adversario que aún puede resistir de formas no convencionales.

Y en Irán, ese dominio no se logró con tropas en tierra.

Se logró desde el aire, desde la tecnología y desde la capacidad de imponer un costo que el adversario no podía ignorar.

Lo que estamos viendo no es el final de un conflicto.

Es el comienzo de una nueva forma de guerra.

AFTER IRAN: THE WAR OF THE FUTURE HAS ALREADY BEGUN

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

In a previous article, I argued that the conflict between the United States, Israel, and Iran did not follow traditional models of warfare, but rather a different logic: a form of remote strategic degradation, where the objective is not to occupy territory, but to destroy the adversary’s operational capacity.

Recent events have not only confirmed that thesis. They have reinforced it.

Iran has accepted a two-week cease-fire, conditioned on the reopening of the Strait of Hormuz and direct negotiations with the United States. However, the implementation of this agreement reveals a more complex reality: maritime traffic has only partially resumed, under Iranian operational control, with vessels required to coordinate passage with Tehran’s military forces, while armed incidents continue across the region.

The situation has changed.

Iran has shifted from open confrontation to negotiation under pressure, without abandoning its capacity for strategic disruption.

Coercion worked

The shift was not political. It was military.

The United States and Israel carried out a sustained campaign of precision strikes against key Iranian strategic targets, including energy infrastructure, logistical capabilities, and operational nodes.

Under that pressure, Washington imposed a clear condition:
reopen the Strait of Hormuz or face a devastating escalation.

Iran’s response was to accept the cease-fire and open the door to negotiations. But it did so under an intermediate formula: allowing passage without fully relinquishing control, maintaining the ability to coordinate, monitor, and exert indirect pressure over maritime traffic.

This is not conventional diplomacy.

This is effective coercion, in an unstable environment.

From martyrdom to survival

For decades, the Iranian regime built a narrative based on absolute resistance, including a willingness for extreme sacrifice.

That narrative has now been forced to adapt.

Iran has not been defeated in a decisive battle. It has been pushed into a position where continuing the conflict implies an immediate existential risk.

Faced with that risk, it has chosen to negotiate—while still applying pressure.

That is the turning point.

The real lesson: an invasion without troops

For weeks, analysts, journalists, and commentators repeated what seemed to be an unquestionable idea: without a ground invasion, this war could not be won or consolidated.

That argument was based on a model of warfare that no longer reflects reality.

From the beginning, I rejected that premise as not only outdated, but fundamentally wrong. What has happened in Iran confirms this definitively.

There were no divisions crossing borders. No territorial occupation. And yet, the outcome was imposed.

Iran was not invaded in classical terms.

It was penetrated technologically.

  • Its airspace ceased to be secure
  • Its infrastructure ceased to be invulnerable
  • Its chain of command was exposed
  • Its energy economy was placed under direct pressure

This constitutes a new form of invasion:

a functional, not territorial, invasion.

Technological superiority made the presence of troops unnecessary. What once required physical occupation can now be achieved through operational dominance.

The end of the classical war paradigm

What happened in Iran demonstrates something many still refuse to accept:

Wars in the 21st century do not require occupation to impose outcomes.

They require:

  • technological superiority
  • real-time intelligence
  • precision strike capability
  • dominance of air and electronic space

The objective is no longer to conquer territory.

The objective is to neutralize the adversary as a system.

Hormuz: the symbol of change

The Strait of Hormuz was presented for weeks as Iran’s strategic weapon.

Today, it is the symbol of its limits… and also of its remaining leverage.

Under direct military pressure, Tehran shifted from attempting to block the passage to allowing a conditional reopening, while maintaining military presence and partial control over transit.

This reveals a deeper truth:

Iran does not control the strategic balance in a permanent way.

But it can still disrupt it tactically.

The war of the near future

What we are witnessing is not an isolated case. It is a model.

The United States and Israel have demonstrated that it is possible to:

  • impose strategic conditions
  • force political concessions
  • avoid the cost of a ground invasion

all through the use of technological superiority.

At the same time, it has become clear that even under pressure, an adversary can retain asymmetric capabilities sufficient to prolong instability.

This redefines warfare.

The wars of the near future will not be decided by the number of troops deployed, but by the ability of one actor to penetrate, disrupt, and pressure the adversary without full exposure.

Drones, artificial intelligence, electronic warfare, and surgical precision are not auxiliary tools.

They are the new core of military power.

Conclusion

Iran has not been eliminated as a state.

But it has been forced to retreat.

Not through territorial occupation, but through the inability to defend its functioning as a system against superior technological pressure.

And yet, it has not been fully neutralized.

It retains the capacity to respond, to disrupt, and to negotiate under pressure.

That is the real transformation.

War no longer requires conquest.

It requires dominance… and the ability to sustain that dominance against an adversary that can still resist in unconventional ways.

And in Iran, that dominance was not achieved with troops on the ground.

It was achieved from the air, through technology, and through the ability to impose a cost the adversary could not ignore.

What we are witnessing is not the end of a conflict.

It is the beginning of a new form of warfare.


Leer más

LA GUERRA QUE IRÁN NO PUEDE GANAR


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


El conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán no responde a los esquemas tradicionales de guerra que durante décadas han dominado el análisis estratégico. No estamos ante Vietnam, ni ante Irak en 2003, ni ante Afganistán. No hay invasión terrestre masiva ni intención de ocupación prolongada. Lo que estamos presenciando es algo distinto, más preciso y más implacable: una guerra de degradación estratégica a distancia.

En este tipo de guerra no se busca conquistar territorio. Se busca algo más decisivo: destruir la capacidad del adversario para seguir siendo una amenaza.


Una asimetría que define el resultado

La diferencia de poder entre los contendientes no es una percepción, es un hecho verificable. Estados Unidos e Israel poseen una superioridad aérea, tecnológica y logística abrumadora. Esa superioridad se traduce en control absoluto del ritmo del conflicto.

Son ellos quienes deciden cuándo atacar, cómo escalar, qué objetivos destruir y cuándo imponer condiciones.

Irán, por el contrario, no tiene capacidad para revertir esa dinámica. No puede detener la campaña aérea, no puede proteger su infraestructura crítica de forma efectiva, y no puede trasladar el conflicto a un terreno donde equilibre fuerzas.

Esto no es una guerra equilibrada. Es una guerra decidida desde el punto de vista militar.


Irán bajo presión: capacidad condicionada, no control real

El caso del estrecho de Ormuz ilustra con claridad la situación actual.

Irán ha demostrado que puede interferir el tráfico marítimo. Sin embargo, no puede sostener esa interferencia libremente. La apertura selectiva del paso a buques bajo presión militar directa revela una realidad incómoda: Teherán ya no controla plenamente el escenario, sino que actúa bajo amenaza.

No estamos ante un actor que domina su entorno estratégico, sino ante uno que administra riesgos para evitar una destrucción mayor.


Capacidad residual, no capacidad decisiva

Es importante precisar este punto para evitar confusiones.

Irán aún puede lanzar ataques puntuales, generar disrupciones temporales o afectar de forma limitada el entorno energético. Pero esa capacidad no es estratégica. No cambia el resultado de la guerra ni altera el balance de poder.

Más aún, cada intento de acción se enfrenta a una respuesta inmediata que incrementa el costo para el propio Irán.

En términos claros: Irán todavía puede responder, pero ya no puede decidir.


El objetivo real: degradación sostenida

No existe una declaración oficial definitiva sobre los objetivos políticos finales de esta guerra. Sin embargo, lo que sí es evidente —por los hechos sobre el terreno— es una estrategia sistemática de degradación.

Infraestructura energética, capacidades militares, redes de mando, ingresos económicos: todo está siendo atacado de forma sostenida.

El objetivo observable no es una victoria simbólica ni una represalia puntual. Es algo mucho más concreto: reducir de forma significativa la capacidad actual de Irán como actor militar relevante.

No hace falta especular sobre el futuro. Basta con observar el presente.


Una guerra ya decidida en el plano militar

Desde el punto de vista estrictamente militar, el resultado no está en duda.

Estados Unidos e Israel dominan el conflicto. Controlan la iniciativa, imponen las condiciones y mantienen la presión constante. Irán no dispone de herramientas para revertir esa situación.

Lo que queda por definir no es quién gana la guerra, sino hasta dónde llegará esa victoria y qué forma adoptará el escenario posterior.


Conclusión

Estamos ante una guerra que no se mide por territorios conquistados, sino por capacidades destruidas.

Irán no ha sido eliminado como Estado, pero está siendo degradado de forma progresiva como amenaza militar. Su margen de acción se reduce cada día, su capacidad de respuesta es cada vez más limitada y su influencia estratégica se encuentra bajo presión constante.

La realidad es clara:

No se trata de si Irán puede responder, sino de que ya no puede hacerlo en términos que cambien el resultado de la guerra.


THE WAR IRAN CANNOT WIN

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


The current conflict between the United States, Israel, and Iran does not follow the traditional models of warfare that have shaped strategic thinking for decades. This is not Vietnam, nor Iraq in 2003, nor Afghanistan. There is no massive ground invasion, nor a prolonged occupation. What we are witnessing is something different, more precise and more relentless: a war of strategic degradation at a distance.

In this type of war, the objective is not to seize territory. The objective is far more decisive: to destroy the adversary’s ability to remain a threat.


An asymmetry that defines the outcome

The difference in power between the parties is not a perception—it is a verifiable fact. The United States and Israel possess overwhelming air, technological, and logistical superiority. That superiority translates into full control over the pace of the conflict.

They decide when to strike, how to escalate, which targets to destroy, and when to impose conditions.

Iran, by contrast, lacks the capacity to reverse that dynamic. It cannot stop the air campaign, it cannot effectively protect its critical infrastructure, and it cannot shift the conflict into a domain where it can balance forces.

This is not an even war. It is a war decided at the military level.


Iran under pressure: conditioned capability, not real control

The case of the Strait of Hormuz clearly illustrates the current situation.

Iran has shown that it can interfere with maritime traffic. However, it cannot sustain that interference freely. The selective reopening of passage under direct military pressure reveals an uncomfortable reality: Tehran no longer fully controls the strategic environment, but instead operates under threat.

This is not an actor exercising sovereign dominance, but one managing risks to avoid greater destruction.


Residual capability, not decisive capability

This point must be clarified to avoid confusion.

Iran can still launch isolated attacks, generate temporary disruptions, or affect the energy environment in limited ways. But that capability is not strategic. It does not change the outcome of the war nor alter the balance of power.

Moreover, every attempt at action is met with immediate retaliation, increasing the cost for Iran itself.

In clear terms: Iran can still respond, but it can no longer decide.


The real objective: sustained degradation

There is no definitive public statement regarding the ultimate political goals of this war. However, what is evident—based on observable facts—is a systematic strategy of degradation.

Energy infrastructure, military capabilities, command networks, and economic resources are all being targeted continuously.

The observable objective is not symbolic victory nor limited retaliation. It is something far more concrete: to significantly reduce Iran’s current capacity as a relevant military actor.

There is no need to speculate about the future. The present is sufficient.


A war already decided at the military level

From a strictly military standpoint, the outcome is not in doubt.

The United States and Israel dominate the conflict. They control the initiative, impose conditions, and maintain constant pressure. Iran does not possess the tools to reverse this situation.

What remains to be determined is not who wins the war, but how far that victory will go and what form the post-conflict reality will take.


Conclusion

This is a war measured not by territory conquered, but by capabilities destroyed.

Iran has not been eliminated as a state, but it is being progressively degraded as a military threat. Its room for maneuver shrinks daily, its capacity to respond is increasingly limited, and its strategic influence is under constant pressure.

The reality is clear:

This is no longer about whether Iran can respond, but about the fact that it can no longer do so in ways that change the outcome of the war.



Leer más

CÓMO LA DICTADURA IRANÍ SE DERROTÓ A SÍ MISMA Y LE ENTREGÓ A TRUMP UNA VICTORIA INESPERADA

 



Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La guerra entre la dictadura iraní y Estados Unidos e Israel no se ha definido únicamente en el campo militar. Se ha definido, sobre todo, en el terreno de las decisiones.

Y en ese terreno, el régimen iraní cometió un error tras otro.

Errores que no solo debilitaron su posición, sino que terminaron produciendo un resultado que nadie anticipaba: una victoria política para Donald Trump que ni siquiera estaba en sus cálculos iniciales.

Porque esta no es la historia de una derrota por falta de fuerza.

Es la historia de una derrota por errores.


El primer error: confundir resistencia con victoria

El régimen iraní creyó que podía resistir indefinidamente a Estados Unidos.

Pensó que mantenerse en el poder, sin colapsar, ya era una forma de victoria.

Ese cálculo era equivocado.

Estados Unidos no necesitaba invadir el país para ganar. Le bastaba con degradar, paso a paso, la capacidad militar del régimen.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

La dictadura iraní no desapareció. Pero salió debilitada.

Y en una guerra de este tipo, debilitarse no es resistir. Es empezar a perder.


El segundo error: atacar a quienes no debía

Lejos de corregir su posición, el régimen decidió escalar el conflicto.

Atacó a países árabes vecinos. Golpeó infraestructura civil y energética.

Creyó que así impondría miedo y dividiría a sus adversarios.

Pero logró lo contrario.

Los países del Golfo cerraron filas. Se acercaron aún más a Estados Unidos. Y reforzaron su coordinación militar.

Al mismo tiempo, el régimen apostó por sus aliados: los hutíes y Hezbolá.

Pero esos actores, útiles en conflictos limitados, no podían cambiar el curso de una confrontación directa contra Estados Unidos e Israel.

El resultado fue claro: la dictadura iraní dejó de proyectar poder y empezó a mostrar sus límites.


El tercer error: convertir el petróleo en un arma

Aquí es donde el error se vuelve decisivo.

El régimen decidió bloquear el flujo de petróleo por el Golfo Pérsico.

Una decisión que revela no fuerza, sino desesperación.

Porque ese paso no afecta solo a Estados Unidos. Afecta al mundo entero.

Europa, Asia, los países árabes, las cadenas de suministro globales.

El régimen creyó que estaba aumentando su capacidad de presión.

En realidad, estaba cometiendo su mayor error.

Transformó un conflicto regional en una crisis global.

Y al hacerlo, se enfrentó no a un adversario, sino al sistema económico internacional.


El error de Estados Unidos que abrió la puerta

Estados Unidos también cometió un error.

Diseñó una guerra para destruir la capacidad ofensiva de la dictadura iraní.

Pero no incorporó en su cálculo una posibilidad clave: que el régimen, aun debilitado, intentaría bloquear el flujo de petróleo.

Ese vacío estratégico permitió la escalada.

Pero esa escalada no fortaleció al régimen iraní.

Lo empujó a su peor decisión.


El resultado: aislamiento total

La consecuencia fue inevitable.

El régimen atacó a demasiados actores, afectó intereses globales y perdió cualquier margen de legitimidad.

Se quedó solo.

Y en geopolítica, quedarse solo es perder.

Porque el control del Golfo Pérsico no puede sostenerse contra el mundo.


La victoria que no vio venir

En su intento de resistir, escalar y presionar, la dictadura iraní terminó creando las condiciones para lo contrario.

Le dio a Estados Unidos —y a Trump— el espacio político perfecto.

Ahora Washington puede presentarse como garante del comercio global, defensor del suministro energético y líder necesario ante una crisis internacional.

Y lo más importante: con legitimidad.


La dictadura iraní no fue derrotada en un solo momento.

Fue debilitándose con cada decisión equivocada.

Primero, al creer que resistir era ganar.
Luego, al ampliar el conflicto innecesariamente.
Y finalmente, al usar el petróleo como instrumento de presión global.

Cada paso fue peor que el anterior.

Hasta llegar al punto en que su última jugada se convirtió en su mayor error.

La dictadura iraní no perdió por falta de fuerza.

Perdió porque eligió mal.

Y en esa cadena de errores, terminó construyendo, por sí misma, una victoria política para su adversario.


HOW THE IRANIAN DICTATORSHIP DEFEATED ITSELF AND HANDED TRUMP AN UNEXPECTED VICTORY

By Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

The war between the Iranian dictatorship and the United States and Israel has not been defined solely on the battlefield. It has been defined, above all, by decisions.

And in that arena, the Iranian regime made one mistake after another.

Mistakes that not only weakened its position, but ultimately produced an outcome no one anticipated: a political victory for Donald Trump that was not even part of his original calculations.

Because this is not a story of defeat due to lack of strength.

It is a story of defeat caused by errors.


The first mistake: confusing survival with victory

The Iranian regime believed it could resist the United States indefinitely.

It assumed that simply staying in power, without collapsing, was already a form of victory.

That calculation was wrong.

The United States did not need to invade the country to win. It only needed to gradually degrade the regime’s military capacity.

And that is exactly what happened.

The Iranian dictatorship did not disappear. But it was significantly weakened.

And in this kind of war, weakening is not surviving. It is the beginning of defeat.


The second mistake: attacking the wrong targets

Instead of correcting its position, the regime escalated the conflict.

It attacked neighboring Arab countries and struck civilian and energy infrastructure.

It believed this would intimidate and divide its adversaries.

It achieved the opposite.

Gulf countries closed ranks, moved closer to the United States, and strengthened military coordination.

At the same time, the regime relied on its proxies: the Houthis and Hezbollah.

But these actors, effective in limited conflicts, could not alter the course of a direct confrontation with the United States and Israel.

The result was clear: the Iranian dictatorship stopped projecting power and began exposing its limits.


The third mistake: turning oil into a weapon

This is where the decisive mistake occurs.

The regime chose to block the flow of oil through the Persian Gulf.

A decision that reflects not strength, but desperation.

Because this does not affect only the United States. It affects the entire world.

Europe, Asia, Arab countries, global supply chains.

The regime believed it was increasing its leverage.

In reality, it was committing its greatest mistake.

It turned a regional conflict into a global crisis.

And in doing so, it confronted not just an adversary, but the entire international economic system.


The U.S. mistake that opened the door

The United States also made a miscalculation.

It designed a war aimed at destroying the offensive capacity of the Iranian dictatorship.

But it failed to account for a key possibility: that even weakened, the regime would attempt to block oil flows.

That strategic gap allowed escalation.

But that escalation did not strengthen Iran.

It pushed the regime into its worst decision.


The result: total isolation

The outcome was inevitable.

The regime attacked too many actors, affected global interests, and lost any remaining legitimacy.

It stood alone.

And in geopolitics, standing alone is losing.

Because control of the Persian Gulf cannot be sustained against the world.


The victory it never saw coming

In its attempt to resist, escalate, and pressure, the Iranian dictatorship created the opposite outcome.

It gave the United States—and Trump—the perfect political space.

Washington can now present itself as the guarantor of global trade, the defender of energy supply, and the necessary leader in a global crisis.

And most importantly: with legitimacy.


The Iranian dictatorship was not defeated in a single moment.

It was weakened by every wrong decision.

First, by believing survival meant victory.
Then, by unnecessarily expanding the conflict.
And finally, by using oil as a global pressure tool.

Each step was worse than the last.

Until its final move became its greatest mistake.

The Iranian dictatorship did not lose for lack of strength.

It lost because it chose poorly.

And in that chain of errors, it ultimately built, by itself, a political victory for its adversary.

Leer más

ESTADOS UNIDOS, CUBA Y EL PETRÓLEO: UNA DECISIÓN POLÍTICA, NO UNA LIMITACIÓN


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La decisión de Estados Unidos de permitir la entrada de un petrolero ruso a Cuba ha sido interpretada a través de dos argumentos recurrentes: el supuesto temor a una confrontación con Rusia y el miedo a una migración masiva hacia territorio estadounidense. Sin embargo, más allá de estas explicaciones superficiales, este episodio obliga a un análisis más profundo: Washington no está actuando por incapacidad, sino por cálculo político. En esencia, busca evitar dos escenarios simultáneos: un estallido social inmediato en Cuba y ser señalado como responsable directo del colapso del país.

 

Estados Unidos no ha tenido ni tiene limitaciones reales para frenar a cualquier embarcación que transporte petróleo hacia Cuba. La evidencia está en los propios hechos recientes: varios buques han evitado llegar a la isla o han cambiado de ruta por temor a sanciones o acciones directas, lo que confirma que la capacidad de disuasión de Washington es efectiva y creíble. Además, la presencia de unidades de la Guardia Costera y la autoridad legal para aplicar sanciones a barcos, compañías y países involucrados refuerzan que, de existir una decisión política firme, el flujo de petróleo podría reducirse aún más o incluso interrumpirse. Por tanto, la llegada puntual de este petrolero no responde a una falta de poder o capacidad, sino a una elección deliberada.

 

El argumento de una posible migración masiva hacia Estados Unidos como factor determinante tampoco se sostiene a la luz de la experiencia histórica. Washington ha enfrentado y controlado crisis migratorias mucho más intensas mediante el uso combinado de vigilancia marítima, acuerdos migratorios y medidas de contención. En la actualidad, las capacidades tecnológicas, operativas y legales de Estados Unidos para controlar sus fronteras son muy superiores a las de entonces. Presentar la migración como un factor limitante no refleja el verdadero margen de acción del gobierno estadounidense, sino que simplifica una decisión que es, en realidad, estratégica.

 

Lo que sí resulta coherente con los hechos es que la administración Trump busca evitar un escenario de estallido inmediato dentro de Cuba. Un levantamiento popular, en las condiciones actuales, podría desencadenar desde sus primeras horas una represión violenta por parte del régimen, con un número elevado de víctimas en muy poco tiempo. Esa realidad generaría una fuerte presión del propio electorado estadounidense, que difícilmente aceptaría que su gobierno permanezca pasivo ante imágenes de represión y muertes en las calles. Esto colocaría a Washington ante la necesidad de reaccionar de forma inmediata, posiblemente sin haber definido previamente una estrategia clara. La experiencia reciente en otros escenarios internacionales demuestra que estos procesos pueden desarrollarse en cuestión de horas, sin dar margen a respuestas calibradas. Evitar ese punto de ruptura implica no empujar la situación hacia un colapso súbito e incontrolable.

 

De forma paralela, Washington también busca evitar ser señalado como responsable del desastre que vive hoy Cuba. Se trata de una crisis que no nace de decisiones recientes ni de acciones externas puntuales, sino de un colapso estructural profundo que precede incluso a la pérdida del apoyo venezolano, aunque se haya agravado con ella. Durante décadas, la economía cubana dependió de subsidios externos —primero soviéticos y luego venezolanos— y, al desaparecer ese flujo de recursos, quedó expuesta la inviabilidad interna del modelo. El sistema ha demostrado ser incapaz de sostener su propio consumo energético, generar divisas suficientes o mantener niveles básicos de producción. Permitir hoy la entrada puntual de petróleo no altera esa realidad estructural: simplemente evita que, en el momento final del colapso, se construya una narrativa que responsabilice a Estados Unidos de una crisis que es, en esencia, consecuencia directa del propio modelo castrista.

 

Leer más

CUANDO LA AYUDA HUMANITARIA ES COMPLICIDAD POLÍTICA

 Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Cuando se habla de ayuda humanitaria real, hay un elemento que no admite manipulación: el volumen. En una crisis como la de Gaza, con una población aproximada de 2.2 millones de personas, organismos internacionales estiman que se necesitan alrededor de 62,000 toneladas de alimentos al mes para sostener a la población. Esa cifra se basa en estándares humanitarios como los del Programa Mundial de Alimentos (WFP) y el Proyecto Esfera, que establecen un mínimo de 2,100 calorías diarias por persona para garantizar la supervivencia.

Eso es ayuda humanitaria auténtica.

 

Ahora bien, comparemos. Cuba tiene hoy una población estimada cercana a los 9 millones de habitantes, tras años de emigración masiva. Bajo esos mismos estándares internacionales, necesitaría alrededor de 131,000 toneladas de alimentos al mes para cubrir un mínimo de supervivencia. Sin embargo, la ayuda internacional confirmada que ha llegado en los últimos meses apenas suma 2,007 toneladas en total.

No por mes.
No por semana.
En varios meses.

 

La diferencia no es menor. Es abismal.

En términos prácticos, toda esa ayuda —si se distribuyera de forma perfectamente equitativa— alcanzaría apenas para unas pocas horas de consumo nacional. No resuelve el problema, no lo mitiga y ni siquiera lo alivia de forma perceptible. Es, literalmente, insignificante frente a la escala de la crisis.

 

Y es aquí donde surge la pregunta incómoda: si esa ayuda no puede resolver el problema, entonces qué pretende realmente.

 

En el caso de México, la responsabilidad política es evidente. La actual presidenta, Claudia Sheinbaum, y el liderazgo político del partido gobernante MORENA, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, no pueden ignorar estos números. No pueden desconocer que los envíos realizados son, en términos reales, una gota en el mar frente a la magnitud de la crisis cubana. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué se busca realmente con esta ayuda? ¿Aliviar el hambre del pueblo cubano, o proyectar una imagen de solidaridad hacia un régimen aliado?

 

La misma interrogante se extiende a otros gobiernos. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha mantenido una postura política de cercanía con La Habana, mientras su país anuncia o promueve iniciativas de ayuda que, en términos reales, no alcanzan a cubrir ni una fracción significativa de las necesidades del pueblo cubano. ¿Se trata de una política humanitaria efectiva, o de un posicionamiento ideológico en el escenario internacional?

 

Anunciar cargamentos, organizar convoyes, desplegar visitas políticas: todo ello genera visibilidad, pero no cambia la realidad material de millones de cubanos. Cuando la ayuda no guarda proporción con la necesidad, deja de ser un instrumento humanitario y pasa a ser un gesto político.

 

Más aún, en el caso cubano, esa ayuda no llega a una población libre, sino a través de un Estado que controla su distribución. Un sistema que decide quién recibe y quién no, y que históricamente ha utilizado los recursos como mecanismo de control social.

 

Por eso, lo que estamos viendo no es simplemente ayuda insuficiente. Es algo más grave: una forma de instrumentalizar la tragedia cubana.

 

Una ayuda que no busca resolver, sino mostrar.
Que no pretende transformar, sino posicionarse.
Que no alimenta a un pueblo, sino que alimenta una narrativa.

 

Y en ese punto, la línea se vuelve clara: cuando la ayuda no cambia la realidad de quienes la necesitan, pero sí fortalece al sistema que los oprime, deja de ser ayuda.

Se convierte en complicidad política.


🇺🇸 ENGLISH

WHEN HUMANITARIAN AID BECOMES POLITICAL COMPLICITY

When discussing real humanitarian aid, there is one factor that cannot be manipulated: volume. In a crisis like Gaza, with a population of approximately 2.2 million people, international organizations estimate that around 62,000 tons of food per month are required to sustain the population. These figures are based on humanitarian standards such as those established by the World Food Programme (WFP) and the Sphere Project, which define a minimum of 2,100 calories per person per day to ensure basic survival.

 That is genuine humanitarian aid.

 

Now, let’s compare. Cuba’s population is currently estimated at around 9 million people, after years of mass emigration. Under the same international standards, the country would require approximately 131,000 tons of food per month to meet minimum survival needs. However, the total confirmed international food aid that has arrived in recent months amounts to just 2,007 tons.

Not per month.
Not per week.
Over several months.

 

The difference is not small. It is enormous.

In practical terms, even if that aid were distributed perfectly and equitably, it would only cover a few hours of national consumption. It does not solve the problem, it does not mitigate it, and it does not even provide meaningful relief. It is, quite literally, insignificant compared to the scale of the crisis.

 

This leads to an uncomfortable but necessary question: if this aid cannot solve the problem, what is its real purpose?

 

In the case of Mexico, the political responsibility is evident. The current president, Claudia Sheinbaum, along with the political leadership of the ruling party MORENA, headed by Andrés Manuel López Obrador, cannot ignore these figures. They cannot fail to recognize that the aid delivered represents, in real terms, a drop in the ocean compared to the magnitude of Cuba’s crisis. The question is unavoidable: is the goal to relieve the suffering of the Cuban people, or to project political solidarity toward an allied regime?

 

The same question applies to other governments. Brazil’s president, Luiz Inácio Lula da Silva, has maintained political alignment with Havana while promoting or announcing aid initiatives that, in reality, do not come close to addressing even a fraction of the Cuban population’s needs. Is this effective humanitarian policy, or ideological positioning on the global stage?

 

Announcing shipments, organizing convoys, staging political visits—these actions generate visibility, but they do not change the material reality of millions of Cubans. When aid is not proportional to need, it ceases to be a humanitarian tool and becomes a political gesture.

Moreover, in Cuba’s case, aid does not reach a free population but is funneled through a state that controls distribution. A system that decides who receives assistance and who does not, and that has historically used resources as a mechanism of social control.

 

What we are witnessing, therefore, is not simply insufficient aid. It is something more troubling: the instrumentalization of the Cuban tragedy.

 

Aid that does not aim to solve, but to display.
That does not seek transformation, but positioning.
That does not feed a people, but feeds a narrative.

 

And at that point, the line becomes clear: when aid does not change the reality of those in need but instead strengthens the system that oppresses them, it ceases to be aid.

It becomes political complicity.


Leer más

EL NEW YORK TIMES INFORMA SOBRE PROTESTAS EN CUBA

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Un reciente reportaje del periodista José de Córdoba, publicado el 16 de marzo de 2026 en The New York Times, describe un fenómeno que podría marcar una nueva etapa en la crisis cubana: el aumento acelerado de las protestas nocturnas en varias ciudades del país.

 

Que uno de los periódicos más influyentes del mundo dedique un análisis detallado a estas manifestaciones no es un hecho menor. The New York Times no solo informa; también ayuda a establecer la agenda del debate internacional. Cuando este medio dirige su atención hacia la situación interna de Cuba, suele significar que la crisis ha alcanzado un nivel de gravedad que comienza a preocupar seriamente a gobiernos, analistas y centros de poder en el mundo.

 

El reportaje describe cómo, cada vez con mayor frecuencia, los cubanos salen a protestar después del anochecer. En muchos barrios de La Habana y otras ciudades, los ciudadanos golpean ollas y sartenes —una forma de protesta conocida como cacerolazo— para expresar su frustración por los apagones prolongados, la escasez de alimentos y el deterioro general de las condiciones de vida.

 

La noche ofrece una cierta protección. En un país donde el Estado mantiene una extensa red de vigilancia y control social, la oscuridad reduce la capacidad de identificación de los manifestantes. Los apagones, que ya son parte de la vida cotidiana de millones de cubanos, terminan convirtiéndose paradójicamente en un aliado involuntario de la protesta.

 

El episodio más dramático ocurrió en la ciudad de Morón, en la provincia de Ciego de Ávila. Según el reportaje, cientos de manifestantes se enfrentaron a la policía y posteriormente atacaron la sede local del Partido Comunista de Cuba, institución que constituye el verdadero centro del poder político en el país.

 

Los manifestantes lanzaron piedras contra el edificio, subieron al segundo piso y comenzaron a arrojar documentos y muebles por las ventanas. Luego prendieron fuego a parte del mobiliario en la calle. En el momento de la protesta, la ciudad llevaba más de 30 horas sin electricidad.

 

Este detalle es significativo. Durante décadas, el régimen cubano ha logrado mantener el control político incluso en medio de profundas crisis económicas. Sin embargo, el ataque directo a una sede del Partido Comunista representa algo más que una simple protesta por los apagones. Significa que una parte de la población ha comenzado a perder el miedo a desafiar directamente a la estructura política del régimen.

 

El detonante inmediato de la crisis es la situación energética. El sistema eléctrico cubano se encuentra al borde del colapso tras décadas de falta de inversión y mantenimiento. Muchas de las plantas termoeléctricas del país tienen más de cuarenta años de antigüedad y funcionan con equipos deteriorados. Como resultado, grandes regiones del país quedan a oscuras durante largas horas casi todas las noches.

 

El gobierno cubano atribuye gran parte de la crisis a las sanciones de Estados Unidos. El reportaje señala que la situación se ha agravado después de nuevas medidas adoptadas por la administración de Donald Trump destinadas a restringir el suministro de combustible a la isla mediante sanciones contra países que envíen petróleo a Cuba.

 

Sin embargo, incluso analistas citados en el artículo reconocen que la crisis cubana tiene raíces mucho más profundas. Décadas de control estatal de la economía, la eliminación del sector privado, la falta de inversión productiva y la dependencia de subsidios externos han debilitado gravemente la capacidad económica del país.

 

Durante años, el régimen logró sobrevivir gracias a ayudas externas primero de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela. Pero el colapso del modelo venezolano y la crisis económica regional han reducido drásticamente esos apoyos.

 

Las cifras recopiladas por la organización de derechos humanos Cubalex muestran que las protestas están creciendo rápidamente. Según sus registros, se produjeron 31 protestas en enero, 60 en febrero y 130 en la primera mitad de marzo. Esta tendencia sugiere un aumento acelerado del malestar social en la isla.

 

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel ha reconocido públicamente la frustración de la población, pero al mismo tiempo ha advertido que el gobierno no tolerará protestas violentas. Varias personas han sido arrestadas tras los disturbios en Morón y podrían enfrentar cargos graves como insurrección o terrorismo, acusaciones que el régimen ha utilizado en el pasado para reprimir manifestaciones.

 

Al mismo tiempo, el gobierno parece intentar aliviar parcialmente las tensiones. Las autoridades anunciaron la liberación de 51 prisioneros, entre ellos algunos activistas encarcelados en protestas anteriores. También se espera que el gobierno anuncie nuevas medidas económicas que permitirían a miembros de la diáspora cubana invertir en empresas o propiedades en la isla.

 

Estas decisiones podrían estar vinculadas a conversaciones preliminares entre La Habana y Washington. Históricamente, el régimen cubano ha utilizado liberaciones de presos políticos y reformas económicas limitadas como gestos destinados a facilitar negociaciones con Estados Unidos.

 

Sin embargo, la situación económica continúa deteriorándose rápidamente. La escasez de combustible ha reducido el transporte público, afectado la producción agrícola y paralizado gran parte del turismo. Mientras tanto, los apagones prolongados se han convertido en una experiencia cotidiana para millones de cubanos.

 

Los expertos citados en el reportaje advierten que un solo episodio violento no significa necesariamente que el sistema político esté a punto de colapsar. La historia demuestra que muchos regímenes autoritarios pueden sobrevivir durante años incluso en medio de profundas crisis económicas.

 

Pero también es cierto que las protestas nocturnas, los apagones generalizados y el aumento constante del descontento social han sido, en otros países, señales tempranas de cambios políticos importantes.

 

Hoy Cuba enfrenta una de las crisis más graves desde el colapso de la Unión Soviética. Si la situación energética continúa deteriorándose y las protestas siguen multiplicándose, el país podría estar entrando en una etapa de creciente inestabilidad cuyo desenlace aún es imposible de prever.

 


Leer más

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com