DIME CUÁNDO Y CÓMO — ¿LO DICES TÚ O LO DIGO YO?

 

DIME CUÁNDO Y CÓMO — ¿LO DICES TÚ O LO DIGO YO?

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Delcy Rodríguez dice que habrá elecciones en Venezuela. Donald Trump dice que Venezuela todavía no está preparada para celebrarlas.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cuándo y cómo?

Pero antes hay otra mucho más importante: ¿quién tiene derecho a responderla?

¿Puede un interinato decidir cuándo los venezolanos están preparados para elegir a su gobierno? ¿Puede una potencia extranjera, aunque haya desempeñado un papel decisivo en los acontecimientos venezolanos, determinar cuándo y bajo qué condiciones debe votar otro pueblo?

La respuesta no tenemos que inventarla. Hace más de dos siglos la dio un venezolano.

El 15 de febrero de 1819, en plena guerra de independencia, Simón Bolívar compareció ante el Congreso de Angostura. Había ejercido poderes extraordinarios y comandaba los ejércitos independentistas. Sin embargo, al reunirse los representantes del pueblo, puso en sus manos el Poder Supremo.

Bolívar llamó a aquel Congreso “fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana”.

No consideró que haber conducido la guerra le otorgara el derecho permanente de decidir por Venezuela. Reconoció que la autoridad pertenecía al pueblo. El Congreso volvió después a elegirlo presidente. Bolívar no abandonaba su responsabilidad; reconocía de dónde provenía su autoridad.

Estados Unidos nació de un principio semejante. Su Declaración de Independencia afirma que los gobiernos derivan sus poderes legítimos del “consentimiento de los gobernados”.

Ochenta y siete años después, Abraham Lincoln lo resumió en Gettysburg: gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Lincoln hablaba de algo fundamental: el poder pertenece al pueblo y el gobierno recibe de él su autoridad. Nadie puede sustituir su voluntad alegando que sabe lo que más le conviene.

El artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reafirma el mismo principio: “la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”.

Aplicado a Venezuela es sencillo. Estados Unidos puede ayudar a crear las condiciones para que esa voluntad se exprese y sea respetada. Puede presionar para que se libere a los presos políticos, reclamar garantías electorales y contribuir a impedir que nuevamente se desconozcan los votos.

Pero ayudar no es sustituir.

La Casa Blanca no es propietaria de la soberanía venezolana.

Tampoco lo es un interinato.

Y aquí llegamos a un hecho que no puede ignorarse.

Los venezolanos ya demostraron el 28 de julio de 2024 que estaban preparados para votar.

María Corina Machado había sido inhabilitada. La oposición tuvo que buscar otro candidato. El régimen controlaba el Consejo Nacional Electoral y las instituciones fundamentales del Estado. A pesar de los obstáculos, millones de venezolanos acudieron a las urnas.

Y no solamente votaron.

Una extraordinaria organización ciudadana consiguió recoger, proteger y publicar las actas electorales. El Centro Carter verificó posteriormente datos correspondientes al 81,7 por ciento de las mesas. Esas actas daban a Edmundo González Urrutia 67,1 por ciento de los votos y a Nicolás Maduro 30,4 por ciento.

La diferencia era tan grande que las actas faltantes no podían revertir el resultado.

Eso no fue teoría democrática. Fue democracia practicada bajo condiciones extraordinariamente difíciles.

María Corina Machado no es propietaria de la soberanía venezolana. Nadie lo es. La soberanía pertenece al pueblo.

Pero ella y millones de venezolanos demostraron en 2024 que podían organizarse, votar y defender documentalmente el resultado. Por eso su voz y la de quienes participaron en aquel esfuerzo no pueden convertirse en elementos secundarios mientras otros deciden el calendario y las condiciones de una nueva elección.

Delcy Rodríguez puede negociar. Donald Trump puede presionar. Marco Rubio puede ayudar a construir garantías. Estados Unidos puede contribuir decisivamente a que unas elecciones sean respetadas.

Pero el cuándo y el cómo deben surgir de la voluntad de los venezolanos.

Hace 207 años Bolívar puso el Poder Supremo en manos de los representantes del pueblo porque entendió una verdad que sigue vigente: el poder político no pertenece a quien circunstancialmente lo ejerce.

Lincoln lo dijo de otra manera: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Por eso, cuando alguien pregunte cuándo y cómo habrá elecciones en Venezuela, corresponde responder con otra pregunta:

¿Lo dices tú o lo digo yo?

Y ese yo no es Delcy Rodríguez.

Tampoco es Donald Trump.

Es el pueblo venezolano.

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TELL ME WHEN AND HOW — DO YOU SAY IT, OR DO I?

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Delcy Rodríguez says there will be elections in Venezuela. Donald Trump says Venezuela is not yet ready to hold them.

An inevitable question therefore arises: when and how?

But first there is a much more important one: who has the right to answer that question?

Can an interim government decide when Venezuelans are ready to elect their government? Can a foreign power, even one that has played a decisive role in Venezuelan events, determine when and under what conditions another people should vote?

We do not have to invent the answer. More than two centuries ago, a Venezuelan gave it.

On February 15, 1819, in the middle of the war of independence, Simón Bolívar appeared before the Congress of Angostura. He had exercised extraordinary powers and commanded the independence armies. Yet when the representatives of the people assembled, he placed the Supreme Power in their hands.

Bolívar called that Congress the “source of legitimate authority, repository of the sovereign will.”

He did not consider that having led the war gave him a permanent right to decide for Venezuela. He recognized that authority belonged to the people. Congress later elected him president again. Bolívar was not abandoning his responsibility; he was recognizing where his authority came from.

The United States was born from a similar principle. Its Declaration of Independence states that governments derive their legitimate powers from the “consent of the governed.”

Eighty-seven years later, Abraham Lincoln summarized it at Gettysburg: government “of the people, by the people, for the people.”

Lincoln was speaking about something fundamental: power belongs to the people, and government receives its authority from them. No one can replace their will by claiming to know what is best for them.

Article 21 of the Universal Declaration of Human Rights reaffirms the same principle: “The will of the people shall be the basis of the authority of government.”

Applied to Venezuela, the principle is simple. The United States can help create the conditions for that will to be expressed and respected. It can press for the release of political prisoners, demand electoral guarantees and help prevent votes from being disregarded again.

But helping is not the same as substituting.

The White House does not own Venezuelan sovereignty.

Neither does an interim government.

And here we come to a fact that cannot be ignored.

Venezuelans already demonstrated on July 28, 2024, that they were ready to vote.

María Corina Machado had been barred from running. The opposition had to find another candidate. The regime controlled the National Electoral Council and the fundamental institutions of the state. Despite the obstacles, millions of Venezuelans went to the polls.

And they did more than vote.

An extraordinary citizen organization managed to collect, protect and publish the polling-station tally sheets. The Carter Center later verified data corresponding to 81.7 percent of polling stations. Those tally sheets gave Edmundo González Urrutia 67.1 percent of the vote and Nicolás Maduro 30.4 percent.

The margin was so large that the missing tally sheets could not reverse the result.

That was not democratic theory. It was democracy practiced under extraordinarily difficult conditions.

María Corina Machado does not own Venezuelan sovereignty. No one does. Sovereignty belongs to the people.

But she and millions of Venezuelans demonstrated in 2024 that they could organize, vote and defend the documented result. Their voices, and those of the citizens who participated in that effort, cannot therefore be treated as secondary while others decide the timetable and conditions of a new election.

Delcy Rodríguez can negotiate. Donald Trump can apply pressure. Marco Rubio can help build guarantees. The United States can contribute decisively to ensuring that an election is respected.

But the when and the how must arise from the will of Venezuelans.

Two hundred and seven years ago, Bolívar placed the Supreme Power in the hands of the representatives of the people because he understood a truth that remains valid: political power does not belong to whoever happens to exercise it.

Lincoln said it another way: government of the people, by the people and for the people.

So when someone asks when and how elections will be held in Venezuela, perhaps the proper response is another question:

Do you say it, or do I?

And that “I” is not Delcy Rodríguez.

Nor is it Donald Trump.

It is the Venezuelan people.

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DIS-MOI QUAND ET COMMENT — C’EST TOI QUI LE DIS OU C’EST MOI ?

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Delcy Rodríguez affirme qu’il y aura des élections au Venezuela. Donald Trump affirme que le Venezuela n’est pas encore prêt à les organiser.

Une question inévitable se pose alors : quand et comment ?

Mais auparavant, il en existe une autre, beaucoup plus importante : qui a le droit d’y répondre ?

Un gouvernement intérimaire peut-il décider quand les Vénézuéliens sont prêts à élire leur gouvernement ? Une puissance étrangère, même si elle a joué un rôle décisif dans les événements vénézuéliens, peut-elle déterminer quand et dans quelles conditions un autre peuple doit voter ?

Nous n’avons pas besoin d’inventer la réponse. Il y a plus de deux siècles, un Vénézuélien l’a donnée.

Le 15 février 1819, en pleine guerre d’indépendance, Simón Bolívar se présenta devant le Congrès d’Angostura. Il avait exercé des pouvoirs extraordinaires et commandait les armées indépendantistes. Pourtant, lorsque les représentants du peuple furent réunis, il remit entre leurs mains le Pouvoir suprême.

Bolívar qualifia ce Congrès de « source de l’autorité légitime, dépositaire de la volonté souveraine ».

Il ne considérait pas que le fait d’avoir conduit la guerre lui conférait le droit permanent de décider pour le Venezuela. Il reconnaissait que l’autorité appartenait au peuple. Le Congrès l’élut ensuite de nouveau président. Bolívar n’abandonnait pas sa responsabilité ; il reconnaissait d’où provenait son autorité.

Les États-Unis sont nés d’un principe semblable. Leur Déclaration d’indépendance affirme que les gouvernements tirent leurs pouvoirs légitimes du « consentement des gouvernés ».

Quatre-vingt-sept ans plus tard, Abraham Lincoln le résuma à Gettysburg : un gouvernement « du peuple, par le peuple et pour le peuple ».

Lincoln parlait de quelque chose de fondamental : le pouvoir appartient au peuple et le gouvernement reçoit de lui son autorité. Personne ne peut se substituer à sa volonté en prétendant savoir ce qui lui convient le mieux.

L’article 21 de la Déclaration universelle des droits de l’homme réaffirme le même principe : « La volonté du peuple est le fondement de l’autorité des pouvoirs publics ».

Appliqué au Venezuela, le principe est simple. Les États-Unis peuvent contribuer à créer les conditions permettant à cette volonté de s’exprimer et d’être respectée. Ils peuvent faire pression pour la libération des prisonniers politiques, réclamer des garanties électorales et contribuer à empêcher que les votes soient de nouveau ignorés.

Mais aider ne signifie pas se substituer.

La Maison-Blanche n’est pas propriétaire de la souveraineté vénézuélienne.

Un gouvernement intérimaire ne l’est pas davantage.

Et nous arrivons ici à un fait qu’on ne peut ignorer.

Les Vénézuéliens ont déjà démontré, le 28 juillet 2024, qu’ils étaient prêts à voter.

María Corina Machado avait été déclarée inéligible. L’opposition dut trouver un autre candidat. Le régime contrôlait le Conseil national électoral et les institutions fondamentales de l’État. Malgré les obstacles, des millions de Vénézuéliens se rendirent aux urnes.

Et ils ne se contentèrent pas de voter.

Une extraordinaire organisation citoyenne réussit à recueillir, protéger et publier les procès-verbaux électoraux. Le Centre Carter vérifia par la suite des données correspondant à 81,7 % des bureaux de vote. Ces procès-verbaux attribuaient 67,1 % des voix à Edmundo González Urrutia et 30,4 % à Nicolás Maduro.

L’écart était si important que les procès-verbaux manquants ne pouvaient pas inverser le résultat.

Ce n’était pas de la théorie démocratique. C’était la démocratie pratiquée dans des conditions extraordinairement difficiles.

María Corina Machado n’est pas propriétaire de la souveraineté vénézuélienne. Personne ne l’est. La souveraineté appartient au peuple.

Mais elle et des millions de Vénézuéliens ont démontré en 2024 qu’ils pouvaient s’organiser, voter et défendre le résultat avec des preuves documentaires. Leur voix et celle de ceux qui participèrent à cet effort ne peuvent donc pas devenir secondaires pendant que d’autres décident du calendrier et des conditions d’une nouvelle élection.

Delcy Rodríguez peut négocier. Donald Trump peut exercer des pressions. Marco Rubio peut contribuer à construire des garanties. Les États-Unis peuvent jouer un rôle décisif pour que le résultat d’une élection soit respecté.

Mais le quand et le comment doivent découler de la volonté des Vénézuéliens.

Il y a 207 ans, Bolívar remit le Pouvoir suprême entre les mains des représentants du peuple parce qu’il comprenait une vérité toujours valable : le pouvoir politique n’appartient pas à celui qui l’exerce momentanément.

Lincoln l’a dit autrement : gouvernement du peuple, par le peuple et pour le peuple.

Ainsi, lorsque quelqu’un demande quand et comment auront lieu les élections au Venezuela, il convient peut-être de répondre par une autre question :

C’est toi qui le dis ou c’est moi ?

Et ce « moi » n’est pas Delcy Rodríguez.

Ce n’est pas non plus Donald Trump.

C’est le peuple vénézuélien.

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DIMMI QUANDO E COME — LO DICI TU O LO DICO IO?

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Delcy Rodríguez dice che in Venezuela ci saranno elezioni. Donald Trump dice che il Venezuela non è ancora pronto a celebrarle.

Sorge allora una domanda inevitabile: quando e come?

Ma prima ce n’è un’altra, molto più importante: chi ha il diritto di rispondere?

Può un governo ad interim decidere quando i venezuelani sono pronti a eleggere il proprio governo? Può una potenza straniera, anche se ha svolto un ruolo decisivo negli avvenimenti venezuelani, stabilire quando e a quali condizioni debba votare un altro popolo?

Non dobbiamo inventare la risposta. Più di due secoli fa la diede un venezuelano.

Il 15 febbraio 1819, nel pieno della guerra d’indipendenza, Simón Bolívar comparve davanti al Congresso di Angostura. Aveva esercitato poteri straordinari e comandava gli eserciti indipendentisti. Tuttavia, quando si riunirono i rappresentanti del popolo, mise nelle loro mani il Potere Supremo.

Bolívar definì quel Congresso “fonte dell’autorità legittima, depositario della volontà sovrana”.

Non ritenne che l’aver guidato la guerra gli conferisse il diritto permanente di decidere per il Venezuela. Riconobbe che l’autorità apparteneva al popolo. Il Congresso lo elesse poi nuovamente presidente. Bolívar non abbandonava la propria responsabilità; riconosceva da dove proveniva la sua autorità.

Gli Stati Uniti nacquero da un principio simile. La loro Dichiarazione d’Indipendenza afferma che i governi derivano i loro legittimi poteri dal “consenso dei governati”.

Ottantasette anni dopo, Abraham Lincoln lo riassunse a Gettysburg: governo “del popolo, dal popolo e per il popolo”.

Lincoln parlava di qualcosa di fondamentale: il potere appartiene al popolo e il governo riceve da esso la propria autorità. Nessuno può sostituirsi alla sua volontà sostenendo di sapere ciò che gli conviene di più.

L’articolo 21 della Dichiarazione Universale dei Diritti Umani riafferma lo stesso principio: “La volontà popolare è il fondamento dell’autorità del governo”.

Applicato al Venezuela, il principio è semplice. Gli Stati Uniti possono contribuire a creare le condizioni affinché quella volontà possa esprimersi ed essere rispettata. Possono fare pressione per la liberazione dei prigionieri politici, chiedere garanzie elettorali e contribuire a impedire che i voti vengano nuovamente ignorati.

Ma aiutare non significa sostituirsi.

La Casa Bianca non è proprietaria della sovranità venezuelana.

E non lo è nemmeno un governo ad interim.

E qui arriviamo a un fatto che non può essere ignorato.

I venezuelani hanno già dimostrato il 28 luglio 2024 di essere pronti a votare.

María Corina Machado era stata esclusa dalla candidatura. L’opposizione dovette trovare un altro candidato. Il regime controllava il Consiglio Nazionale Elettorale e le istituzioni fondamentali dello Stato. Nonostante gli ostacoli, milioni di venezuelani andarono alle urne.

E non si limitarono a votare.

Una straordinaria organizzazione cittadina riuscì a raccogliere, proteggere e pubblicare i verbali elettorali. Il Carter Center verificò successivamente dati corrispondenti all’81,7 per cento dei seggi. Quei verbali attribuivano a Edmundo González Urrutia il 67,1 per cento dei voti e a Nicolás Maduro il 30,4 per cento.

Il margine era così ampio che i verbali mancanti non potevano ribaltare il risultato.

Questa non era teoria democratica. Era democrazia praticata in condizioni straordinariamente difficili.

María Corina Machado non è proprietaria della sovranità venezuelana. Nessuno lo è. La sovranità appartiene al popolo.

Ma lei e milioni di venezuelani hanno dimostrato nel 2024 di sapersi organizzare, votare e difendere documentalmente il risultato. Per questo la loro voce e quella di chi partecipò a quello sforzo non possono diventare elementi secondari mentre altri decidono il calendario e le condizioni di una nuova elezione.

Delcy Rodríguez può negoziare. Donald Trump può esercitare pressione. Marco Rubio può contribuire a costruire garanzie. Gli Stati Uniti possono contribuire in modo decisivo affinché il risultato di un’elezione venga rispettato.

Ma il quando e il come devono nascere dalla volontà dei venezuelani.

Duecentosette anni fa Bolívar mise il Potere Supremo nelle mani dei rappresentanti del popolo perché aveva compreso una verità che rimane valida: il potere politico non appartiene a chi lo esercita momentaneamente.

Lincoln lo disse in un altro modo: governo del popolo, dal popolo e per il popolo.

Per questo, quando qualcuno domanda quando e come si terranno le elezioni in Venezuela, forse è opportuno rispondere con un’altra domanda:

Lo dici tu o lo dico io?

E quell’“io” non è Delcy Rodríguez.

Non è nemmeno Donald Trump.

È il popolo venezuelano.

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RUSIA TIENE PETRÓLEO, PERO LE FALTA COMBUSTIBLE

 

RUSIA TIENE PETRÓLEO, PERO LE FALTA COMBUSTIBLE

“Rusia, lamentablemente, ha perdido el control de su industria del diésel.”

Donald Trump, 21 de septiembre de 2026

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Hace apenas unos días publiqué “Putin no puede ganar la guerra terrestre en Ucrania”. Allí comenté cómo, después de más de cuatro años de guerra, Rusia continúa pagando un extraordinario costo humano para conseguir avances territoriales muy pequeños.

Pero mientras esa guerra continúa en las trincheras, otra batalla está produciendo consecuencias cada vez más difíciles de ocultar.

Ucrania está golpeando sistemáticamente las refinerías que convierten el petróleo ruso en gasolina, diésel y combustible de aviación. Cómo ha conseguido atacar instalaciones situadas a cientos y hasta miles de kilómetros es otra historia.

La historia de hoy es lo que está ocurriendo con el combustible ruso.

Rusia tiene 32 grandes refinerías y aproximadamente 6,5 millones de barriles diarios de capacidad de refinación. Sin embargo, en junio procesaron solamente 3,8 millones de barriles diarios, el nivel más bajo en más de veinte años y alrededor de 30% menos que un año antes.

La producción de gasolina ha caído aproximadamente 20% respecto a 2025. La de diésel, casi 30%.

El petróleo que sale de un pozo no puede utilizarse directamente en un camión, tractor, automóvil o vehículo militar. Primero tiene que pasar por una refinería.

Rusia no se está quedando sin petróleo. Está teniendo crecientes dificultades para convertirlo en los combustibles que necesita.

La historia demuestra la importancia que esto puede tener durante una guerra.

En 1944 los Aliados concentraron sus bombardeos sobre las refinerías y plantas de combustible sintético de Alemania. La producción alemana de combustible de aviación se desplomó. Alemania todavía tenía tanques y aviones, pero cada vez encontraba mayores dificultades para proporcionarles combustible.

Durante la ofensiva de las Ardenas, en diciembre de 1944, la escasez era tan grave que los planes alemanes dependían en parte de capturar depósitos estadounidenses para mantener avanzando sus tanques.

Alemania no perdió la guerra solamente por falta de combustible. Pero quedó una lección: una potencia militar puede tener soldados, tanques y aviones; sin suficiente combustible, su capacidad para utilizarlos disminuye.

Ochenta y dos años después, Ucrania ha comprendido la misma vulnerabilidad.

Durante los primeros ocho meses de 2026, una refinería rusa fue alcanzada, como promedio, una vez cada tres días. A finales de agosto, solamente cinco de las 32 grandes refinerías rusas no habían sido alcanzadas.

Las consecuencias comienzan a sentirse.

Rusia, que exportaba aproximadamente la mitad del diésel y gasóleo que producía, ha restringido las exportaciones de gasolina, combustible de aviación y diésel para proteger el abastecimiento interno.

También ha comenzado a importar gasolina desde países como Bielorrusia y Kazajistán.

La paradoja es extraordinaria: uno de los mayores productores de petróleo del mundo está importando gasolina.

Para finales de agosto, el precio promedio de la gasolina había aumentado más de 19% desde comienzos del año y el diésel aproximadamente 18%.

El problema ya ha trascendido las fronteras rusas.

Donald Trump ha pedido públicamente a Volodímir Zelensky que deje de atacar las instalaciones rusas que producen diésel. “Zelensky tiene que hacer una cosa”, declaró Trump el 13 de septiembre. “Tiene que dejar de destruir el combustible diésel en Rusia”.

Trump argumenta que la reducción de los suministros rusos está contribuyendo a elevar los precios internacionales.

Zelensky ha respondido planteando una reciprocidad: Ucrania está dispuesta a dejar de atacar las instalaciones energéticas rusas si Rusia deja de atacar la infraestructura energética y crítica de Ucrania.

Durante años Rusia ha lanzado misiles y drones contra ciudades ucranianas, causando numerosas víctimas civiles y destruyendo viviendas, hospitales y otras instalaciones. También ha atacado sistemáticamente la infraestructura energética, dejando a millones de personas expuestas a cortes de electricidad, calefacción y agua.

Ahora Ucrania golpea una vulnerabilidad rusa diferente: las refinerías que abastecen de combustible a su economía y contribuyen a sostener su esfuerzo militar.

Rusia continúa siendo uno de los mayores productores de petróleo del mundo. Pero disponer de petróleo crudo no garantiza disponer de los combustibles necesarios.

Necesita gasolina. Necesita diésel. Necesita combustible de aviación.

Y está produciendo cada vez menos.

Cómo un país mucho más pequeño ha conseguido alcanzar repetidamente instalaciones situadas a cientos y hasta miles de kilómetros de sus fronteras es la pregunta que queda pendiente.

Esa es otra historia.

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RUSSIA HAS OIL, BUT IT IS RUNNING SHORT OF FUEL

“Russia, unfortunately, has lost control of its diesel industry.”

Donald Trump, September 21, 2026

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Just a few days ago I published “Putin Cannot Win the Ground War in Ukraine.” There I discussed how, after more than four years of war, Russia continues to pay an extraordinary human cost for very small territorial gains.

But while that war continues in the trenches, another battle is producing consequences that are becoming increasingly difficult to hide.

Ukraine is systematically striking the refineries that turn Russian oil into gasoline, diesel and aviation fuel. How it has managed to attack facilities located hundreds and even thousands of kilometers away is another story.

Today's story is what is happening to Russian fuel.

Russia has 32 major refineries and approximately 6.5 million barrels per day of refining capacity. Yet in June they processed only 3.8 million barrels per day, the lowest level in more than twenty years and about 30% less than a year earlier.

Gasoline production has fallen approximately 20% compared with 2025. Diesel production, nearly 30%.

Oil coming out of a well cannot be used directly in a truck, tractor, automobile or military vehicle. It first has to pass through a refinery.

Russia is not running out of oil. It is having growing difficulty turning it into the fuels it needs.

History shows how important this can become during a war.

In 1944 the Allies concentrated their bombing on Germany's refineries and synthetic-fuel plants. German aviation-fuel production collapsed. Germany still had tanks and aircraft, but it found it increasingly difficult to provide them with fuel.

During the Battle of the Bulge in December 1944, the shortage was so severe that German plans depended in part on capturing American fuel depots to keep their tanks moving.

Germany did not lose the war solely because of a lack of fuel. But one lesson remained: a military power can have soldiers, tanks and aircraft; without enough fuel, its ability to use them declines.

Eighty-two years later, Ukraine has understood the same vulnerability.

During the first eight months of 2026, a Russian refinery was hit, on average, once every three days. By the end of August, only five of Russia's 32 major refineries had not been hit.

The consequences are beginning to be felt.

Russia, which exported approximately half of the diesel and gas oil it produced, has restricted exports of gasoline, aviation fuel and diesel in order to protect domestic supplies.

It has also begun importing gasoline from countries such as Belarus and Kazakhstan.

The paradox is extraordinary: one of the world's largest oil producers is importing gasoline.

By the end of August, the average price of gasoline had risen more than 19% since the beginning of the year and diesel by approximately 18%.

The problem has already moved beyond Russia's borders.

Donald Trump has publicly asked Volodymyr Zelensky to stop attacking Russian facilities that produce diesel. “Zelensky has to do one thing,” Trump said on September 13. “He has to stop destroying the diesel fuel in Russia.”

Trump argues that the reduction in Russian supplies is helping drive international prices higher.

Zelensky has responded by proposing reciprocity: Ukraine is willing to stop attacking Russian energy facilities if Russia stops attacking Ukraine's energy and critical infrastructure.

For years Russia has launched missiles and drones against Ukrainian cities, causing numerous civilian casualties and destroying homes, hospitals and other facilities. It has also systematically attacked energy infrastructure, leaving millions of people exposed to cuts in electricity, heating and water.

Ukraine is now striking a different Russian vulnerability: the refineries that supply fuel to its economy and help sustain its war effort.

Russia remains one of the world's largest oil producers. But having crude oil does not guarantee having the fuels that are needed.

It needs gasoline. It needs diesel. It needs aviation fuel.

And it is producing less and less of them.

How a much smaller country has managed to repeatedly strike facilities located hundreds and even thousands of kilometers from its borders is the question that remains.

That is another story.

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LA RUSSIE A DU PÉTROLE, MAIS ELLE MANQUE DE CARBURANT

« La Russie, malheureusement, a perdu le contrôle de son industrie du diesel. »

Donald Trump, 21 septembre 2026

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il y a quelques jours à peine, j'ai publié « Poutine ne peut pas gagner la guerre terrestre en Ukraine ». J'y expliquais comment, après plus de quatre années de guerre, la Russie continue de payer un coût humain extraordinaire pour obtenir de très faibles gains territoriaux.

Mais tandis que cette guerre se poursuit dans les tranchées, une autre bataille produit des conséquences de plus en plus difficiles à dissimuler.

L'Ukraine frappe systématiquement les raffineries qui transforment le pétrole russe en essence, diesel et carburant d'aviation. La manière dont elle a réussi à attaquer des installations situées à des centaines, voire des milliers de kilomètres, est une autre histoire.

L'histoire d'aujourd'hui est celle de ce qui arrive au carburant russe.

La Russie possède 32 grandes raffineries et une capacité de raffinage d'environ 6,5 millions de barils par jour. Pourtant, en juin, elles n'ont traité que 3,8 millions de barils par jour, le niveau le plus bas depuis plus de vingt ans et environ 30 % de moins qu'un an auparavant.

La production d'essence a chuté d'environ 20 % par rapport à 2025. Celle de diesel, de près de 30 %.

Le pétrole qui sort d'un puits ne peut pas être utilisé directement dans un camion, un tracteur, une automobile ou un véhicule militaire. Il doit d'abord passer par une raffinerie.

La Russie ne manque pas de pétrole. Elle éprouve des difficultés croissantes à le transformer en carburants dont elle a besoin.

L'histoire montre l'importance que cela peut avoir pendant une guerre.

En 1944, les Alliés concentrèrent leurs bombardements sur les raffineries et les usines allemandes de carburant synthétique. La production allemande de carburant d'aviation s'effondra. L'Allemagne disposait encore de chars et d'avions, mais elle avait de plus en plus de mal à leur fournir du carburant.

Pendant l'offensive des Ardennes, en décembre 1944, la pénurie était si grave que les plans allemands dépendaient en partie de la capture de dépôts américains pour permettre à leurs chars de continuer à avancer.

L'Allemagne n'a pas perdu la guerre uniquement par manque de carburant. Mais une leçon demeure : une puissance militaire peut disposer de soldats, de chars et d'avions ; sans suffisamment de carburant, sa capacité à les utiliser diminue.

Quatre-vingt-deux ans plus tard, l'Ukraine a compris la même vulnérabilité.

Au cours des huit premiers mois de 2026, une raffinerie russe a été touchée, en moyenne, une fois tous les trois jours. À la fin du mois d'août, seules cinq des 32 grandes raffineries russes n'avaient pas été touchées.

Les conséquences commencent à se faire sentir.

La Russie, qui exportait environ la moitié du diesel et du gazole qu'elle produisait, a restreint les exportations d'essence, de carburant d'aviation et de diesel afin de protéger l'approvisionnement intérieur.

Elle a également commencé à importer de l'essence depuis des pays comme la Biélorussie et le Kazakhstan.

Le paradoxe est extraordinaire : l'un des plus grands producteurs de pétrole au monde importe de l'essence.

À la fin du mois d'août, le prix moyen de l'essence avait augmenté de plus de 19 % depuis le début de l'année et celui du diesel d'environ 18 %.

Le problème a déjà dépassé les frontières russes.

Donald Trump a publiquement demandé à Volodymyr Zelensky de cesser d'attaquer les installations russes qui produisent du diesel. « Zelensky doit faire une chose », a déclaré Trump le 13 septembre. « Il doit arrêter de détruire le diesel en Russie. »

Trump affirme que la diminution des approvisionnements russes contribue à faire monter les prix internationaux.

Zelensky a répondu en proposant la réciprocité : l'Ukraine est disposée à cesser d'attaquer les installations énergétiques russes si la Russie cesse d'attaquer les infrastructures énergétiques et critiques de l'Ukraine.

Pendant des années, la Russie a lancé des missiles et des drones contre des villes ukrainiennes, faisant de nombreuses victimes civiles et détruisant des habitations, des hôpitaux et d'autres installations. Elle a également attaqué systématiquement les infrastructures énergétiques, exposant des millions de personnes à des coupures d'électricité, de chauffage et d'eau.

L'Ukraine frappe maintenant une autre vulnérabilité russe : les raffineries qui fournissent le carburant à son économie et contribuent à soutenir son effort de guerre.

La Russie reste l'un des plus grands producteurs de pétrole au monde. Mais disposer de pétrole brut ne garantit pas de disposer des carburants nécessaires.

Elle a besoin d'essence. Elle a besoin de diesel. Elle a besoin de carburant d'aviation.

Et elle en produit de moins en moins.

Comment un pays beaucoup plus petit a-t-il réussi à frapper à plusieurs reprises des installations situées à des centaines, voire des milliers de kilomètres de ses frontières ? C'est la question qui reste en suspens.

C'est une autre histoire.

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LA RUSSIA HA PETROLIO, MA LE MANCA IL CARBURANTE

“La Russia, purtroppo, ha perso il controllo della sua industria del diesel.”

Donald Trump, 21 settembre 2026

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Solo pochi giorni fa ho pubblicato “Putin non può vincere la guerra terrestre in Ucraina”. In quell'articolo spiegavo come, dopo più di quattro anni di guerra, la Russia continui a pagare un costo umano straordinario per ottenere progressi territoriali molto limitati.

Ma mentre quella guerra continua nelle trincee, un'altra battaglia sta producendo conseguenze sempre più difficili da nascondere.

L'Ucraina sta colpendo sistematicamente le raffinerie che trasformano il petrolio russo in benzina, diesel e carburante per l'aviazione. Come sia riuscita ad attaccare impianti situati a centinaia e perfino migliaia di chilometri di distanza è un'altra storia.

La storia di oggi è ciò che sta accadendo al carburante russo.

La Russia dispone di 32 grandi raffinerie e di una capacità di raffinazione di circa 6,5 milioni di barili al giorno. Tuttavia, a giugno ne hanno lavorati soltanto 3,8 milioni al giorno, il livello più basso da oltre vent'anni e circa il 30% in meno rispetto a un anno prima.

La produzione di benzina è diminuita di circa il 20% rispetto al 2025. Quella di diesel, di quasi il 30%.

Il petrolio che esce da un pozzo non può essere utilizzato direttamente in un camion, un trattore, un'automobile o un veicolo militare. Prima deve passare attraverso una raffineria.

La Russia non sta esaurendo il petrolio. Sta incontrando crescenti difficoltà nel trasformarlo nei carburanti di cui ha bisogno.

La storia dimostra quanto questo possa essere importante durante una guerra.

Nel 1944 gli Alleati concentrarono i bombardamenti sulle raffinerie e sugli impianti tedeschi di carburante sintetico. La produzione tedesca di carburante per l'aviazione crollò. La Germania disponeva ancora di carri armati e aerei, ma incontrava sempre maggiori difficoltà a rifornirli di carburante.

Durante l'offensiva delle Ardenne, nel dicembre 1944, la scarsità era così grave che i piani tedeschi dipendevano in parte dalla conquista di depositi americani per mantenere in movimento i loro carri armati.

La Germania non perse la guerra soltanto per mancanza di carburante. Ma rimase una lezione: una potenza militare può avere soldati, carri armati e aerei; senza carburante sufficiente, la sua capacità di utilizzarli diminuisce.

Ottantadue anni dopo, l'Ucraina ha compreso la stessa vulnerabilità.

Durante i primi otto mesi del 2026, una raffineria russa è stata colpita, in media, una volta ogni tre giorni. Alla fine di agosto, soltanto cinque delle 32 grandi raffinerie russe non erano state colpite.

Le conseguenze cominciano a farsi sentire.

La Russia, che esportava circa la metà del diesel e del gasolio che produceva, ha limitato le esportazioni di benzina, carburante per l'aviazione e diesel per proteggere le forniture interne.

Ha anche cominciato a importare benzina da paesi come Bielorussia e Kazakistan.

Il paradosso è straordinario: uno dei maggiori produttori di petrolio al mondo sta importando benzina.

Alla fine di agosto, il prezzo medio della benzina era aumentato di oltre il 19% dall'inizio dell'anno e quello del diesel di circa il 18%.

Il problema ha ormai superato i confini russi.

Donald Trump ha chiesto pubblicamente a Volodymyr Zelensky di smettere di attaccare gli impianti russi che producono diesel. “Zelensky deve fare una cosa”, ha dichiarato Trump il 13 settembre. “Deve smettere di distruggere il carburante diesel in Russia”.

Trump sostiene che la riduzione delle forniture russe contribuisce all'aumento dei prezzi internazionali.

Zelensky ha risposto proponendo reciprocità: l'Ucraina è disposta a smettere di attaccare gli impianti energetici russi se la Russia smette di attaccare le infrastrutture energetiche e critiche dell'Ucraina.

Per anni la Russia ha lanciato missili e droni contro città ucraine, causando numerose vittime civili e distruggendo abitazioni, ospedali e altre strutture. Ha inoltre attaccato sistematicamente le infrastrutture energetiche, lasciando milioni di persone esposte a interruzioni di elettricità, riscaldamento e acqua.

Ora l'Ucraina colpisce una diversa vulnerabilità russa: le raffinerie che forniscono carburante alla sua economia e contribuiscono a sostenere il suo sforzo bellico.

La Russia continua a essere uno dei maggiori produttori di petrolio al mondo. Ma disporre di petrolio greggio non garantisce di disporre dei carburanti necessari.

Ha bisogno di benzina. Ha bisogno di diesel. Ha bisogno di carburante per l'aviazione.

E ne sta producendo sempre meno.

Come abbia fatto un paese molto più piccolo a colpire ripetutamente impianti situati a centinaia e perfino migliaia di chilometri dai propri confini è la domanda che rimane aperta.

Questa è un'altra storia.

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PUTIN NO PUEDE GANAR LA GUERRA TERRESTRE EN UCRANIA




PUTIN NO PUEDE GANAR LA GUERRA TERRESTRE EN UCRANIA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin no puede ganar la guerra terrestre en Ucrania. No puede ganarla y su ejército continúa debilitándose. Lo que les falta a los soldados y oficiales rusos les sobra a los ucranianos. Putin, por el momento, no tiene posibilidades de alcanzar una victoria en ese escenario.

A Rusia, al ritmo actual, cada kilómetro cuadrado de avance neto le está costando aproximadamente 500 soldados muertos o heridos. En los últimos seis meses, entre 180.000 y 200.000 soldados rusos han muerto o resultado heridos para conseguir un avance territorial neto de apenas unos 360 kilómetros cuadrados. Si ese ritmo se mantuviera hasta finales de 2027, Rusia sufriría alrededor de medio millón de bajas adicionales para avanzar menos de 1.000 kilómetros cuadrados.

¿Cómo se explica que un ejército considerado al comenzar la invasión como uno de los más poderosos del mundo avance tan poco después de cuatro años de guerra y pague un precio tan extraordinario por cada kilómetro conquistado?

Una primera explicación es que Putin desconocía el verdadero estado del ejército que envió a conquistar Ucrania.

Los problemas del soldado ruso no comenzaron en Ucrania. En Afganistán, el ejército soviético ya padeció abusos contra los reclutas, corrupción, problemas de disciplina y desmoralización. En Chechenia reaparecieron soldados deficientemente entrenados, fallas de mando y logística y condiciones miserables en el frente.

Décadas después, testimonios e investigaciones sobre la guerra en Ucrania describen problemas semejantes: agotamiento, abusos de los superiores y métodos brutales para imponer la disciplina, incluidas palizas, privación de alimentos y agua, confinamientos, amenazas y el envío de soldados a misiones de asalto de altísimo riesgo. Incluso hombres heridos o enfermos han sido devueltos al frente. A ello se sumó la incorporación de miles de condenados sacados de las cárceles para combatir.

La demostración más reveladora de la gravedad de los problemas que arrastra el ejército ruso se produjo cuando, en agosto de 2024, las fuerzas ucranianas cruzaron la frontera y penetraron en la región de Kursk. Llegaron a controlar aproximadamente 1.376 kilómetros cuadrados de territorio ruso, además de alrededor de un centenar de poblaciones. Rusia, que había invadido Ucrania, se encontró de pronto incapaz de expulsar rápidamente a fuerzas ucranianas de su propio territorio.

Cuando las fuerzas rusas no consiguieron desalojarlas, Putin tuvo que recurrir también a tropas de Corea del Norte para ayudar a recuperar el territorio.

Los norcoreanos aportaron disciplina, cohesión y disposición al combate. Pero tuvieron que enfrentarse a soldados ucranianos experimentados y motivados, y el costo fue extraordinario: estimaciones occidentales calculan más de 6.000 norcoreanos muertos o heridos entre aproximadamente 11.000 inicialmente desplegados, más de la mitad de aquella fuerza.

A esos problemas se suma una tradición militar profundamente vertical, en la que el soldado ha sido tratado con frecuencia como un recurso reemplazable. El subordinado cumple la orden y difícilmente cuestiona a quien está por encima. El sistema puede producir obediencia, pero también permite aceptar enormes pérdidas humanas y hace que los errores asciendan intactos por la cadena de mando.

En un sistema político autoritario, esa misma verticalidad militar puede prolongarse hasta la cúspide del poder. Los altos mandos pueden terminar diciéndole al dirigente lo que este quiere escuchar. Putin podía disponer de informes, generales y servicios de inteligencia y, sin embargo, desconocer el verdadero estado del ejército que estaba enviando a la guerra.

La invasión de Ucrania mostró las consecuencias. La llamada “operación militar especial” fue preparada por Putin y un círculo extraordinariamente reducido. Incluso altos oficiales rusos desconocieron hasta poco antes de la invasión la magnitud de lo que se preparaba. El Royal United Services Institute (RUSI), centro británico especializado en estudios militares y de defensa, encontró que el plan prácticamente no contemplaba qué hacer si sus premisas iniciales resultaban equivocadas y que la cultura militar rusa tendía a continuar reforzando operaciones fallidas mientras no llegara desde arriba la orden de cambiarlas.

Ahí puede encontrarse una de las debilidades fundamentales del ejército ruso. El mismo sistema que convierte al soldado en un recurso reemplazable exige obediencia al oficial y termina exigiéndola también al general. Putin creyó conocer el ejército que mandaba. La guerra demostró hasta qué punto lo desconocía.

Putin tampoco comprendió al país que pretendía conquistar.

La aparición de un líder como Volodímir Zelensky no fue un accidente histórico. Cuando las fuerzas rusas avanzaban sobre Kyiv en los primeros días de la invasión y Estados Unidos le ofreció la posibilidad de abandonar la capital, decidió permanecer. Su respuesta se haría famosa: necesitaba municiones, no que lo sacaran del país.

Pero aquella decisión representaba algo que iba mucho más allá de Zelensky. Los ucranianos tenían una larga historia de lucha por conservar o recuperar su independencia.

Desde el siglo IX, Kyiv había sido el centro de un poderoso Estado medieval, siglos antes del ascenso de Moscú. En 1648, los cosacos ucranianos se rebelaron contra el dominio polaco y establecieron un gobierno propio que posteriormente perdió su autonomía ante Rusia. En 1918 los ucranianos proclamaron nuevamente su independencia, pero el Ejército Rojo terminó imponiendo el poder soviético. En 1991 la recuperaron. En el referendo del 1 de diciembre, el 90,32% de quienes votaron respaldó la independencia, que obtuvo mayoría en todas las regiones del país, incluidas Crimea y Sebastopol.

Esa historia ayuda a explicar una diferencia fundamental entre los dos ejércitos. Un soldado ruso puede perder esta guerra y regresar a Rusia. Para el ucraniano, detrás del frente están su familia, su ciudad y su propio país. Una derrota puede significar perder aquello que está defendiendo.

La participación de las mujeres ofrece una medida concreta de esa movilización. A comienzos de 2025, más de 70.000 mujeres servían en las Fuerzas Armadas de Ucrania y más de 5.500 estaban directamente en el frente, según el Ministerio de Defensa ucraniano.

Los ucranianos han unido su patriotismo y la lucha por su supervivencia a una extraordinaria capacidad de innovación. En pocos años han desarrollado drones y misiles propios y acumulado una experiencia de combate que ha convertido a sus fuerzas armadas en un referente de la guerra moderna.

Putin inició la invasión creyendo conocer el ejército que enviaba a combatir y el país que pretendía conquistar. Se equivocó en ambos cálculos.

Sobreestimó a su ejército y subestimó a los ucranianos.

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PUTIN CANNOT WIN THE GROUND WAR IN UKRAINE

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin cannot win the ground war in Ukraine. He cannot win it, and his army continues to weaken. What Russian soldiers and officers lack, the Ukrainians possess. For the moment, Putin has no prospect of achieving victory on that battlefield.

At the current pace, every square kilometer of net Russian advance is costing approximately 500 soldiers killed or wounded. During the last six months, between 180,000 and 200,000 Russian soldiers have been killed or wounded to achieve a net territorial gain of only about 360 square kilometers. If that pace continued through the end of 2027, Russia would suffer roughly another half-million casualties to advance less than 1,000 square kilometers.

How can an army regarded at the beginning of the invasion as one of the most powerful in the world advance so little after four years of war and pay such an extraordinary price for every kilometer it captures?

One explanation is that Putin did not know the true condition of the army he sent to conquer Ukraine.

The problems of the Russian soldier did not begin in Ukraine. In Afghanistan, the Soviet army already suffered from abuse of recruits, corruption, disciplinary problems and demoralization. In Chechnya, poorly trained soldiers, command and logistical failures and miserable conditions at the front reappeared.

Decades later, testimony and investigations into the war in Ukraine describe similar problems: exhaustion, abuse by superiors and brutal methods of enforcing discipline, including beatings, deprivation of food and water, confinement, threats and the deployment of soldiers on extremely dangerous assault missions. Even wounded or sick men have been returned to the front. Thousands of convicts taken from prisons were also incorporated into the fighting.

The most revealing demonstration of the seriousness of the problems affecting the Russian army came when, in August 2024, Ukrainian forces crossed the border and entered Russia's Kursk region. They eventually controlled approximately 1,376 square kilometers of Russian territory and around one hundred settlements. Russia, which had invaded Ukraine, suddenly found itself unable to expel Ukrainian forces quickly from its own territory.

When Russian forces failed to dislodge them, Putin also had to turn to North Korean troops to help recover the territory.

The North Koreans brought discipline, cohesion and willingness to fight. But they confronted experienced and highly motivated Ukrainian soldiers, and the cost was extraordinary: Western estimates put North Korean casualties at more than 6,000 killed or wounded out of approximately 11,000 initially deployed, more than half of that force.

These problems are compounded by a deeply vertical military tradition in which the soldier has often been treated as a replaceable resource. A subordinate carries out an order and rarely challenges the person above him. The system can produce obedience, but it can also tolerate enormous human losses and allow errors to travel intact up the chain of command.

In an authoritarian political system, that same military verticality can extend all the way to the summit of power. Senior commanders may end up telling the leader what he wants to hear. Putin could have reports, generals and intelligence services at his disposal and still fail to understand the true condition of the army he was sending to war.

The invasion of Ukraine demonstrated the consequences. The so-called “special military operation” was prepared by Putin and an extraordinarily small circle. Even senior Russian officers did not know until shortly before the invasion the full scale of what was being prepared. The Royal United Services Institute (RUSI), a British defense and military studies institution, found that the plan provided almost no guidance for what to do if its initial assumptions proved wrong and that Russian military culture tended to continue reinforcing failed operations until an order to change course came from above.

There lies one of the Russian army's fundamental weaknesses. The same system that turns the soldier into a replaceable resource demands obedience from the officer and ultimately demands it from the general as well. Putin believed he knew the army he commanded. The war demonstrated just how little he understood it.

Putin also failed to understand the country he intended to conquer.

The emergence of a leader like Volodymyr Zelensky was not a historical accident. When Russian forces were advancing on Kyiv during the first days of the invasion and the United States offered him the possibility of leaving the capital, he chose to remain. His response became famous: he needed ammunition, not a ride out of the country.

But that decision represented something that went far beyond Zelensky. Ukrainians had a long history of struggling to preserve or recover their independence.

Since the ninth century, Kyiv had been the center of a powerful medieval state, centuries before the rise of Moscow. In 1648, Ukrainian Cossacks rebelled against Polish rule and established their own government, which later lost its autonomy to Russia. In 1918, Ukrainians once again proclaimed independence, but the Red Army ultimately imposed Soviet rule. In 1991 they recovered it. In the December 1 referendum, 90.32% of those who voted supported independence, which won a majority in every region of the country, including Crimea and Sevastopol.

That history helps explain a fundamental difference between the two armies. A Russian soldier can lose this war and return to Russia. For a Ukrainian, behind the front are his family, his city and his own country. Defeat can mean losing what he is defending.

The participation of women provides a concrete measure of that mobilization. At the beginning of 2025, more than 70,000 women were serving in the Armed Forces of Ukraine and more than 5,500 were directly on the front line, according to the Ukrainian Ministry of Defense.

Ukrainians have combined their patriotism and struggle for survival with an extraordinary capacity for innovation. In just a few years, they have developed their own drones and missiles and accumulated combat experience that has made their armed forces a reference point in modern warfare.

Putin began the invasion believing he understood both the army he was sending to fight and the country he intended to conquer. He miscalculated both.

He overestimated his army and underestimated the Ukrainians.

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POUTINE NE PEUT PAS GAGNER LA GUERRE TERRESTRE EN UKRAINE

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Poutine ne peut pas gagner la guerre terrestre en Ukraine. Il ne peut pas la gagner et son armée continue de s'affaiblir. Ce qui manque aux soldats et aux officiers russes, les Ukrainiens le possèdent. Pour le moment, Poutine n'a aucune possibilité d'obtenir une victoire sur ce théâtre de guerre.

Au rythme actuel, chaque kilomètre carré d'avancée nette coûte à la Russie environ 500 soldats tués ou blessés. Au cours des six derniers mois, entre 180 000 et 200 000 soldats russes ont été tués ou blessés pour obtenir un gain territorial net d'à peine 360 kilomètres carrés. Si ce rythme se maintenait jusqu'à la fin de 2027, la Russie subirait environ un demi-million de pertes supplémentaires pour avancer de moins de 1 000 kilomètres carrés.

Comment expliquer qu'une armée considérée au début de l'invasion comme l'une des plus puissantes du monde avance si peu après quatre années de guerre et paie un prix aussi extraordinaire pour chaque kilomètre conquis ?

Une première explication est que Poutine ignorait l'état réel de l'armée qu'il avait envoyée conquérir l'Ukraine.

Les problèmes du soldat russe n'ont pas commencé en Ukraine. En Afghanistan, l'armée soviétique souffrait déjà d'abus contre les recrues, de corruption, de problèmes de discipline et de démoralisation. En Tchétchénie sont réapparus des soldats mal entraînés, des défaillances de commandement et de logistique ainsi que des conditions misérables sur le front.

Des décennies plus tard, les témoignages et les enquêtes sur la guerre en Ukraine décrivent des problèmes semblables : épuisement, abus de la part des supérieurs et méthodes brutales pour imposer la discipline, notamment des passages à tabac, la privation de nourriture et d'eau, l'enfermement, les menaces et l'envoi de soldats dans des missions d'assaut extrêmement dangereuses. Même des hommes blessés ou malades ont été renvoyés au front. À cela s'est ajoutée l'incorporation de milliers de condamnés sortis des prisons pour combattre.

La démonstration la plus révélatrice de la gravité des problèmes qui affectent l'armée russe s'est produite lorsqu'en août 2024 les forces ukrainiennes ont franchi la frontière et pénétré dans la région russe de Koursk. Elles sont parvenues à contrôler environ 1 376 kilomètres carrés de territoire russe ainsi qu'une centaine de localités. La Russie, qui avait envahi l'Ukraine, s'est soudain retrouvée incapable d'expulser rapidement les forces ukrainiennes de son propre territoire.

Lorsque les forces russes n'ont pas réussi à les déloger, Poutine a également dû faire appel à des troupes nord-coréennes pour aider à reconquérir le territoire.

Les Nord-Coréens ont apporté discipline, cohésion et disposition au combat. Mais ils ont dû affronter des soldats ukrainiens expérimentés et motivés, et le coût a été extraordinaire : les estimations occidentales font état de plus de 6 000 Nord-Coréens tués ou blessés sur environ 11 000 initialement déployés, soit plus de la moitié de cette force.

À ces problèmes s'ajoute une tradition militaire profondément verticale, dans laquelle le soldat a souvent été traité comme une ressource remplaçable. Le subordonné exécute l'ordre et remet rarement en question celui qui se trouve au-dessus de lui. Le système peut produire de l'obéissance, mais il peut également accepter d'énormes pertes humaines et permettre aux erreurs de remonter intactes toute la chaîne de commandement.

Dans un système politique autoritaire, cette même verticalité militaire peut se prolonger jusqu'au sommet du pouvoir. Les hauts commandements peuvent finir par dire au dirigeant ce qu'il souhaite entendre. Poutine pouvait disposer de rapports, de généraux et de services de renseignement et pourtant ignorer l'état réel de l'armée qu'il envoyait à la guerre.

L'invasion de l'Ukraine en a montré les conséquences. La prétendue « opération militaire spéciale » a été préparée par Poutine et un cercle extraordinairement restreint. Même de hauts officiers russes ignoraient jusqu'à peu de temps avant l'invasion l'ampleur de ce qui se préparait. Le Royal United Services Institute (RUSI), centre britannique spécialisé dans les études militaires et de défense, a constaté que le plan ne prévoyait pratiquement pas ce qu'il fallait faire si ses hypothèses initiales se révélaient erronées et que la culture militaire russe avait tendance à continuer de renforcer des opérations qui échouaient tant qu'un ordre de changement ne venait pas d'en haut.

C'est là que l'on peut trouver l'une des faiblesses fondamentales de l'armée russe. Le même système qui transforme le soldat en ressource remplaçable exige l'obéissance de l'officier et finit par l'exiger également du général. Poutine croyait connaître l'armée qu'il commandait. La guerre a démontré à quel point il la connaissait mal.

Poutine n'a pas davantage compris le pays qu'il voulait conquérir.

L'apparition d'un dirigeant comme Volodymyr Zelensky n'était pas un accident historique. Lorsque les forces russes avançaient sur Kyiv dans les premiers jours de l'invasion et que les États-Unis lui ont offert la possibilité de quitter la capitale, il a décidé de rester. Sa réponse allait devenir célèbre : il avait besoin de munitions, pas qu'on le fasse sortir du pays.

Mais cette décision représentait quelque chose qui allait bien au-delà de Zelensky. Les Ukrainiens avaient une longue histoire de lutte pour conserver ou reconquérir leur indépendance.

Depuis le IXe siècle, Kyiv avait été le centre d'un puissant État médiéval, plusieurs siècles avant l'ascension de Moscou. En 1648, les cosaques ukrainiens se révoltèrent contre la domination polonaise et établirent leur propre gouvernement, qui perdit ensuite son autonomie au profit de la Russie. En 1918, les Ukrainiens proclamèrent de nouveau leur indépendance, mais l'Armée rouge finit par imposer le pouvoir soviétique. En 1991, ils la recouvrèrent. Lors du référendum du 1er décembre, 90,32 % des votants approuvèrent l'indépendance, qui obtint une majorité dans toutes les régions du pays, y compris en Crimée et à Sébastopol.

Cette histoire contribue à expliquer une différence fondamentale entre les deux armées. Un soldat russe peut perdre cette guerre et retourner en Russie. Pour l'Ukrainien, derrière le front se trouvent sa famille, sa ville et son propre pays. Une défaite peut signifier perdre ce qu'il défend.

La participation des femmes offre une mesure concrète de cette mobilisation. Au début de 2025, plus de 70 000 femmes servaient dans les Forces armées ukrainiennes et plus de 5 500 se trouvaient directement sur le front, selon le ministère ukrainien de la Défense.

Les Ukrainiens ont uni leur patriotisme et leur lutte pour la survie à une extraordinaire capacité d'innovation. En quelques années, ils ont développé leurs propres drones et missiles et accumulé une expérience du combat qui a fait de leurs forces armées une référence dans la guerre moderne.

Poutine a commencé l'invasion en croyant connaître l'armée qu'il envoyait combattre et le pays qu'il voulait conquérir. Il s'est trompé dans les deux calculs.

Il a surestimé son armée et sous-estimé les Ukrainiens.

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PUTIN NON PUÒ VINCERE LA GUERRA TERRESTRE IN UCRAINA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Putin non può vincere la guerra terrestre in Ucraina. Non può vincerla e il suo esercito continua a indebolirsi. Ciò che manca ai soldati e agli ufficiali russi, gli ucraini lo possiedono. Per il momento Putin non ha possibilità di ottenere una vittoria su questo campo di battaglia.

Al ritmo attuale, ogni chilometro quadrato di avanzata netta costa alla Russia circa 500 soldati morti o feriti. Negli ultimi sei mesi, tra 180.000 e 200.000 soldati russi sono morti o rimasti feriti per ottenere un guadagno territoriale netto di appena 360 chilometri quadrati. Se questo ritmo continuasse fino alla fine del 2027, la Russia subirebbe circa mezzo milione di ulteriori perdite per avanzare meno di 1.000 chilometri quadrati.

Come si spiega che un esercito considerato all'inizio dell'invasione uno dei più potenti del mondo avanzi così poco dopo quattro anni di guerra e paghi un prezzo tanto straordinario per ogni chilometro conquistato?

Una prima spiegazione è che Putin ignorava il vero stato dell'esercito che aveva inviato a conquistare l'Ucraina.

I problemi del soldato russo non sono cominciati in Ucraina. In Afghanistan, l'esercito sovietico soffriva già di abusi contro le reclute, corruzione, problemi disciplinari e demoralizzazione. In Cecenia ricomparvero soldati scarsamente addestrati, carenze di comando e logistica e condizioni miserabili al fronte.

Decenni dopo, testimonianze e indagini sulla guerra in Ucraina descrivono problemi simili: esaurimento, abusi da parte dei superiori e metodi brutali per imporre la disciplina, comprese percosse, privazione di cibo e acqua, confinamento, minacce e l'invio di soldati in missioni d'assalto ad altissimo rischio. Persino uomini feriti o malati sono stati rimandati al fronte. A ciò si è aggiunta l'incorporazione di migliaia di detenuti prelevati dalle carceri per combattere.

La dimostrazione più rivelatrice della gravità dei problemi che affliggono l'esercito russo si è avuta quando, nell'agosto 2024, le forze ucraine hanno attraversato il confine e sono penetrate nella regione russa di Kursk. Arrivarono a controllare circa 1.376 chilometri quadrati di territorio russo e un centinaio di località. La Russia, che aveva invaso l'Ucraina, si trovò improvvisamente incapace di espellere rapidamente le forze ucraine dal proprio territorio.

Quando le forze russe non riuscirono a sloggiarle, Putin dovette ricorrere anche alle truppe della Corea del Nord per contribuire a riconquistare il territorio.

I nordcoreani portarono disciplina, coesione e disponibilità al combattimento. Ma dovettero affrontare soldati ucraini esperti e motivati, e il costo fu straordinario: le stime occidentali calcolano oltre 6.000 nordcoreani morti o feriti su circa 11.000 inizialmente schierati, più della metà di quella forza.

A questi problemi si aggiunge una tradizione militare profondamente verticale, nella quale il soldato è stato spesso trattato come una risorsa sostituibile. Il subordinato esegue l'ordine e difficilmente mette in discussione chi si trova sopra di lui. Il sistema può produrre obbedienza, ma può anche accettare enormi perdite umane e permettere agli errori di risalire intatti lungo la catena di comando.

In un sistema politico autoritario, quella stessa verticalità militare può estendersi fino al vertice del potere. Gli alti comandanti possono finire per dire al leader ciò che vuole sentirsi dire. Putin poteva disporre di rapporti, generali e servizi di intelligence e tuttavia ignorare il vero stato dell'esercito che stava mandando in guerra.

L'invasione dell'Ucraina ne mostrò le conseguenze. La cosiddetta “operazione militare speciale” fu preparata da Putin e da una cerchia straordinariamente ristretta. Persino alti ufficiali russi ignorarono fino a poco prima dell'invasione la portata di ciò che si stava preparando. Il Royal United Services Institute (RUSI), centro britannico specializzato in studi militari e di difesa, ha rilevato inoltre che il piano praticamente non prevedeva cosa fare nel caso in cui le sue premesse iniziali si fossero rivelate errate e che la cultura militare russa tendeva a continuare a rafforzare operazioni fallimentari finché dall'alto non arrivava l'ordine di cambiarle.

Qui può trovarsi una delle debolezze fondamentali dell'esercito russo. Lo stesso sistema che trasforma il soldato in una risorsa sostituibile esige obbedienza dall'ufficiale e finisce per esigerla anche dal generale. Putin credeva di conoscere l'esercito che comandava. La guerra ha dimostrato fino a che punto non lo conoscesse.

Putin non comprese neppure il paese che intendeva conquistare.

L'emergere di un leader come Volodymyr Zelensky non fu un incidente storico. Quando le forze russe avanzavano su Kyiv nei primi giorni dell'invasione e gli Stati Uniti gli offrirono la possibilità di lasciare la capitale, decise di restare. La sua risposta sarebbe diventata famosa: aveva bisogno di munizioni, non che lo portassero fuori dal paese.

Ma quella decisione rappresentava qualcosa che andava ben oltre Zelensky. Gli ucraini avevano una lunga storia di lotta per conservare o riconquistare la propria indipendenza.

Dal IX secolo Kyiv era stata il centro di un potente Stato medievale, secoli prima dell'ascesa di Mosca. Nel 1648 i cosacchi ucraini si ribellarono al dominio polacco e stabilirono un proprio governo, che successivamente perse la sua autonomia a favore della Russia. Nel 1918 gli ucraini proclamarono nuovamente l'indipendenza, ma l'Armata Rossa finì per imporre il potere sovietico. Nel 1991 la recuperarono. Nel referendum del 1º dicembre, il 90,32% dei votanti sostenne l'indipendenza, che ottenne la maggioranza in tutte le regioni del paese, comprese la Crimea e Sebastopoli.

Questa storia aiuta a spiegare una differenza fondamentale tra i due eserciti. Un soldato russo può perdere questa guerra e tornare in Russia. Per l'ucraino, dietro il fronte ci sono la sua famiglia, la sua città e il suo stesso paese. Una sconfitta può significare perdere ciò che sta difendendo.

La partecipazione delle donne offre una misura concreta di questa mobilitazione. All'inizio del 2025, più di 70.000 donne prestavano servizio nelle Forze Armate dell'Ucraina e più di 5.500 si trovavano direttamente al fronte, secondo il Ministero della Difesa ucraino.

Gli ucraini hanno unito il loro patriottismo e la lotta per la sopravvivenza a una straordinaria capacità di innovazione. In pochi anni hanno sviluppato droni e missili propri e accumulato un'esperienza di combattimento che ha reso le loro forze armate un punto di riferimento nella guerra moderna.

Putin iniziò l'invasione credendo di conoscere sia l'esercito che mandava a combattere sia il paese che intendeva conquistare. Sbagliò entrambi i calcoli.

Sopravvalutò il proprio esercito e sottovalutò gli ucraini.

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

 


ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

El informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba merece atención y respeto. Durante seis meses, académicos y especialistas estudiaron posibles caminos para superar la crisis cubana. El resultado se presenta como un documento abierto a consultas, revisiones y modificaciones.

El destino que propone es difícil de objetar: una Cuba democrática y pluralista, un Estado de derecho, una nueva Asamblea Constituyente y una economía social de mercado que reconozca distintas formas de propiedad, incluida la privada.

Pero Ariel Ruiz Urquiola ha señalado una cuestión fundamental que merece ser discutida.

El científico y activista cubano cuestiona la premisa de que quienes sostienen actualmente el sistema puedan tomar la iniciativa y convertirse en facilitadores de la transición. Su pregunta es sencilla y difícil de eludir: ¿quién posee realmente el poder y qué razones tendría para entregarlo?

Ruiz Urquiola no rechaza necesariamente una negociación. La historia demuestra que muchos procesos de cambio han necesitado acuerdos. Su argumento es otro: una negociación no crea por sí misma una democracia si quienes controlaban el poder antes de sentarse a la mesa continúan controlándolo después de levantarse de ella.

Una dictadura no consiste solamente en un gobernante, un partido o una Constitución. Se sostiene porque determinadas estructuras controlan las instituciones, los recursos económicos, los cuerpos armados y los mecanismos de coerción.

El propio informe de Harvard reconoce la posición dominante del Partido Comunista y describe a GAESA como una especie de “Estado dentro del Estado”. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo impedir que esas estructuras sobrevivan a una transición y conserven, bajo otras formas, una parte decisiva del poder?

No es una cuestión exclusivamente cubana.

Lo que ocurre actualmente en Venezuela ofrece una razón adicional para reflexionar. María Corina Machado, al referirse al acuerdo petrolero alcanzado entre Estados Unidos y el interinato encabezado por Delcy Rodríguez, no ha rechazado la participación estadounidense ni la inversión extranjera. Por el contrario, ha defendido una relación de beneficio mutuo.

Su objeción se refiere a algo más elemental: la legitimidad para decidir sobre el patrimonio de una nación. Machado ha sostenido que los recursos venezolanos pertenecen al pueblo venezolano y que decisiones de semejante trascendencia necesitan instituciones legítimas, transparencia, seguridad jurídica y un gobierno democrático.

Es una advertencia que los cubanos deberíamos escuchar.

Una transición puede necesitar negociaciones, compromisos y garantías para quienes estén dispuestos a contribuir pacíficamente al establecimiento de una democracia. Pero negociar las condiciones de una transición es muy diferente de negociar la soberanía de un pueblo.

También resulta acertada la observación de Ruiz Urquiola sobre los presos políticos. Su liberación no puede considerarse una concesión equivalente a lo que otra parte entrega a cambio. Quien ha sido encarcelado injustamente por ejercer derechos fundamentales no pertenece al Estado que lo encarceló. Liberarlo significa poner fin a una injusticia.

Lo mismo ocurre con la reconciliación. Cuba la necesitará después de tantas décadas de división, prisión y exilio. Pero reconciliación no significa impunidad.

La responsabilidad por violaciones de los derechos humanos debe ser individual, demostrada conforme a la ley y determinada con todas las garantías de un proceso judicial. Haber trabajado para el Estado o pertenecido a sus instituciones no puede convertir automáticamente a una persona en culpable. Tampoco puede utilizarse la reconciliación para imponer el olvido de delitos demostrables.

Aquí está el centro de la discusión:

Una transición no es todavía una democracia.

Puede cambiar el gobernante y permanecer el poder. Puede desaparecer un partido y sobrevivir sus mecanismos de control. Pueden modificarse las leyes mientras quienes poseen las armas, los recursos económicos y las instituciones continúan determinando las decisiones fundamentales.

Incluso un régimen puede aceptar transformaciones cuando descubre que cambiar es la mejor manera de preservar una parte de su poder.

Por eso una futura transición cubana no debería juzgarse solamente por quién abandona el poder, sino por quién lo recibe, bajo qué reglas, por cuánto tiempo y ante quién responde.

Harvard ha hecho una contribución importante al abrir esta discusión. Ariel Ruiz Urquiola hace otra al advertir que no basta con definir correctamente el destino. También hay que asegurar el camino para llegar a él.

No se trata de rechazar el diálogo ni de impedir acuerdos que puedan evitar violencia y sufrimiento. Se trata de recordar que ninguna mesa de negociación, grupo económico, institución armada, partido o potencia extranjera puede sustituir la voluntad soberana de los cubanos.

Porque el objetivo de una transición democrática no consiste simplemente en sustituir a quienes gobiernan.

Consiste en devolver al pueblo el derecho a gobernarse.

Documentos relacionados:

Informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba

Ariel Ruiz Urquiola cuestiona el plan de Harvard para Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD AND CUBA'S FUTURE

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

The report by Harvard's Working Group on the Future of Cuba deserves attention and respect. For six months, academics and specialists studied possible paths for overcoming the Cuban crisis. The result is presented as a document open to consultation, revision and modification.

The destination it proposes is difficult to object to: a democratic and pluralistic Cuba, the rule of law, a new Constituent Assembly and a social market economy that recognizes different forms of property, including private property.

But Ariel Ruiz Urquiola has raised a fundamental issue that deserves discussion.

The Cuban scientist and activist questions the premise that those who currently sustain the system can take the initiative and become facilitators of the transition. His question is simple and difficult to evade: who really holds power, and what reasons would they have to surrender it?

Ruiz Urquiola does not necessarily reject negotiation. History shows that many processes of change have required agreements. His argument is different: negotiation by itself does not create democracy if those who controlled power before sitting down at the table continue to control it after leaving the table.

A dictatorship does not consist only of a ruler, a party or a Constitution. It is sustained because certain structures control institutions, economic resources, armed bodies and mechanisms of coercion.

Harvard's own report recognizes the dominant position of the Communist Party and describes GAESA as a kind of “state within the state.” An unavoidable question therefore arises: how can those structures be prevented from surviving a transition and retaining, under other forms, a decisive share of power?

This is not exclusively a Cuban issue.

What is currently happening in Venezuela offers another reason for reflection. María Corina Machado, referring to the oil agreement reached between the United States and the interim administration headed by Delcy Rodríguez, has not rejected U.S. participation or foreign investment. On the contrary, she has defended a relationship of mutual benefit.

Her objection concerns something more elementary: the legitimacy to decide over a nation's patrimony. Machado has maintained that Venezuela's resources belong to the Venezuelan people and that decisions of such importance require legitimate institutions, transparency, legal certainty and a democratic government.

It is a warning Cubans should heed.

A transition may require negotiations, compromises and guarantees for those willing to contribute peacefully to the establishment of democracy. But negotiating the conditions of a transition is very different from negotiating the sovereignty of a people.

Ruiz Urquiola's observation about political prisoners is also well taken. Their release cannot be treated as a concession equivalent to what another party gives in return. A person unjustly imprisoned for exercising fundamental rights does not belong to the state that imprisoned him. Releasing that person means ending an injustice.

The same applies to reconciliation. Cuba will need it after so many decades of division, imprisonment and exile. But reconciliation does not mean impunity.

Responsibility for human rights violations must be individual, proven according to law and determined with all the guarantees of due process. Having worked for the state or belonged to its institutions cannot automatically make a person guilty. Nor can reconciliation be used to impose the forgetting of demonstrable crimes.

Here lies the center of the discussion:

A transition is not yet a democracy.

The ruler may change while power remains. A party may disappear while its mechanisms of control survive. Laws may be modified while those who possess the weapons, economic resources and institutions continue determining the fundamental decisions.

A regime may even accept transformations when it discovers that changing is the best way to preserve part of its power.

That is why a future Cuban transition should not be judged only by who leaves power, but by who receives it, under what rules, for how long and to whom they are accountable.

Harvard has made an important contribution by opening this discussion. Ariel Ruiz Urquiola makes another by warning that it is not enough to define the destination correctly. The path to reach it must also be secured.

This is not about rejecting dialogue or preventing agreements that could avoid violence and suffering. It is about remembering that no negotiating table, economic group, armed institution, party or foreign power can replace the sovereign will of Cubans.

Because the purpose of a democratic transition is not simply to replace those who govern.

It is to return to the people the right to govern themselves.

Related documents:

Harvard Working Group Report on Cuba's Future

Ariel Ruiz Urquiola Questions Harvard's Plan for Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD ET L'AVENIR DE CUBA

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le rapport du Groupe de travail de Harvard sur l'avenir de Cuba mérite attention et respect. Pendant six mois, des universitaires et des spécialistes ont étudié les voies possibles pour surmonter la crise cubaine. Le résultat est présenté comme un document ouvert aux consultations, aux révisions et aux modifications.

L'objectif proposé est difficile à contester : une Cuba démocratique et pluraliste, un État de droit, une nouvelle Assemblée constituante et une économie sociale de marché reconnaissant différentes formes de propriété, y compris la propriété privée.

Mais Ariel Ruiz Urquiola a soulevé une question fondamentale qui mérite d'être débattue.

Le scientifique et militant cubain remet en question l'idée que ceux qui soutiennent actuellement le système puissent prendre l'initiative et devenir les facilitateurs de la transition. Sa question est simple et difficile à éluder : qui détient réellement le pouvoir et quelles raisons aurait-il de le céder ?

Ruiz Urquiola ne rejette pas nécessairement une négociation. L'histoire montre que de nombreux processus de changement ont nécessité des accords. Son argument est autre : une négociation ne crée pas à elle seule une démocratie si ceux qui contrôlaient le pouvoir avant de s'asseoir à la table continuent de le contrôler après s'en être levés.

Une dictature ne se résume pas à un dirigeant, un parti ou une Constitution. Elle se maintient parce que certaines structures contrôlent les institutions, les ressources économiques, les corps armés et les mécanismes de coercition.

Le propre rapport de Harvard reconnaît la position dominante du Parti communiste et décrit GAESA comme une sorte d'« État dans l'État ». Une question inévitable se pose alors : comment empêcher que ces structures survivent à une transition et conservent, sous d'autres formes, une part décisive du pouvoir ?

Ce n'est pas une question exclusivement cubaine.

Ce qui se passe actuellement au Venezuela offre une raison supplémentaire de réfléchir. María Corina Machado, à propos de l'accord pétrolier conclu entre les États-Unis et l'intérim dirigé par Delcy Rodríguez, n'a rejeté ni la participation américaine ni l'investissement étranger. Au contraire, elle a défendu une relation mutuellement bénéfique.

Son objection concerne quelque chose de plus élémentaire : la légitimité pour décider du patrimoine d'une nation. Machado a soutenu que les ressources du Venezuela appartiennent au peuple vénézuélien et que des décisions d'une telle importance nécessitent des institutions légitimes, de la transparence, de la sécurité juridique et un gouvernement démocratique.

C'est un avertissement que les Cubains devraient entendre.

Une transition peut nécessiter des négociations, des compromis et des garanties pour ceux qui sont disposés à contribuer pacifiquement à l'établissement d'une démocratie. Mais négocier les conditions d'une transition est très différent de négocier la souveraineté d'un peuple.

L'observation de Ruiz Urquiola sur les prisonniers politiques est également juste. Leur libération ne peut être considérée comme une concession équivalente à ce que l'autre partie accorde en échange. Une personne emprisonnée injustement pour avoir exercé des droits fondamentaux n'appartient pas à l'État qui l'a emprisonnée. La libérer signifie mettre fin à une injustice.

Il en va de même de la réconciliation. Cuba en aura besoin après tant de décennies de division, de prison et d'exil. Mais réconciliation ne signifie pas impunité.

La responsabilité pour les violations des droits de l'homme doit être individuelle, prouvée conformément à la loi et déterminée avec toutes les garanties d'un procès équitable. Avoir travaillé pour l'État ou appartenu à ses institutions ne peut rendre automatiquement une personne coupable. La réconciliation ne peut pas non plus servir à imposer l'oubli de crimes démontrables.

Voici le cœur du débat :

Une transition n'est pas encore une démocratie.

Le dirigeant peut changer et le pouvoir rester. Un parti peut disparaître tandis que ses mécanismes de contrôle survivent. Les lois peuvent être modifiées alors que ceux qui possèdent les armes, les ressources économiques et les institutions continuent de déterminer les décisions fondamentales.

Un régime peut même accepter des transformations lorsqu'il découvre que changer est le meilleur moyen de préserver une partie de son pouvoir.

C'est pourquoi une future transition cubaine ne devrait pas être jugée uniquement selon celui qui abandonne le pouvoir, mais selon celui qui le reçoit, les règles auxquelles il est soumis, la durée de son mandat et devant qui il doit rendre des comptes.

Harvard a apporté une contribution importante en ouvrant ce débat. Ariel Ruiz Urquiola en apporte une autre en avertissant qu'il ne suffit pas de définir correctement la destination. Il faut également garantir le chemin pour y parvenir.

Il ne s'agit pas de rejeter le dialogue ni d'empêcher des accords susceptibles d'éviter la violence et la souffrance. Il s'agit de rappeler qu'aucune table de négociation, aucun groupe économique, aucune institution armée, aucun parti et aucune puissance étrangère ne peut se substituer à la volonté souveraine des Cubains.

Car l'objectif d'une transition démocratique ne consiste pas simplement à remplacer ceux qui gouvernent.

Il consiste à rendre au peuple le droit de se gouverner lui-même.

Documents connexes :

Rapport du Groupe de travail de Harvard sur l'avenir de Cuba

Ariel Ruiz Urquiola remet en question le plan de Harvard pour Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD E IL FUTURO DI CUBA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il rapporto del Gruppo di lavoro di Harvard sul futuro di Cuba merita attenzione e rispetto. Per sei mesi, accademici e specialisti hanno studiato possibili strade per superare la crisi cubana. Il risultato viene presentato come un documento aperto a consultazioni, revisioni e modifiche.

L'obiettivo che propone è difficile da contestare: una Cuba democratica e pluralista, uno Stato di diritto, una nuova Assemblea Costituente e un'economia sociale di mercato che riconosca diverse forme di proprietà, compresa quella privata.

Ma Ariel Ruiz Urquiola ha sollevato una questione fondamentale che merita di essere discussa.

Lo scienziato e attivista cubano mette in discussione la premessa secondo cui coloro che oggi sostengono il sistema possano prendere l'iniziativa e diventare facilitatori della transizione. La sua domanda è semplice e difficile da eludere: chi possiede realmente il potere e quali ragioni avrebbe per cederlo?

Ruiz Urquiola non rifiuta necessariamente una negoziazione. La storia dimostra che molti processi di cambiamento hanno richiesto accordi. Il suo argomento è un altro: una negoziazione non crea da sola una democrazia se coloro che controllavano il potere prima di sedersi al tavolo continuano a controllarlo dopo essersi alzati.

Una dittatura non consiste soltanto in un governante, un partito o una Costituzione. Si sostiene perché determinate strutture controllano le istituzioni, le risorse economiche, i corpi armati e i meccanismi di coercizione.

Lo stesso rapporto di Harvard riconosce la posizione dominante del Partito Comunista e descrive GAESA come una sorta di “Stato nello Stato”. Sorge quindi una domanda inevitabile: come impedire che queste strutture sopravvivano a una transizione e conservino, sotto altre forme, una parte decisiva del potere?

Non è una questione esclusivamente cubana.

Ciò che sta accadendo attualmente in Venezuela offre un'ulteriore ragione per riflettere. María Corina Machado, riferendosi all'accordo petrolifero raggiunto tra gli Stati Uniti e l'interinato guidato da Delcy Rodríguez, non ha respinto né la partecipazione statunitense né gli investimenti stranieri. Al contrario, ha difeso una relazione di reciproco beneficio.

La sua obiezione riguarda qualcosa di più elementare: la legittimità di decidere sul patrimonio di una nazione. Machado ha sostenuto che le risorse venezuelane appartengono al popolo venezuelano e che decisioni di tale importanza richiedono istituzioni legittime, trasparenza, certezza giuridica e un governo democratico.

È un avvertimento che i cubani dovrebbero ascoltare.

Una transizione può richiedere negoziati, compromessi e garanzie per coloro che sono disposti a contribuire pacificamente all'instaurazione di una democrazia. Ma negoziare le condizioni di una transizione è molto diverso dal negoziare la sovranità di un popolo.

È giusta anche l'osservazione di Ruiz Urquiola sui prigionieri politici. La loro liberazione non può essere considerata una concessione equivalente a ciò che un'altra parte offre in cambio. Chi è stato incarcerato ingiustamente per aver esercitato diritti fondamentali non appartiene allo Stato che lo ha imprigionato. Liberarlo significa porre fine a un'ingiustizia.

Lo stesso vale per la riconciliazione. Cuba ne avrà bisogno dopo tanti decenni di divisione, prigione ed esilio. Ma riconciliazione non significa impunità.

La responsabilità per le violazioni dei diritti umani deve essere individuale, dimostrata secondo la legge e determinata con tutte le garanzie di un giusto processo. Aver lavorato per lo Stato o appartenuto alle sue istituzioni non può rendere automaticamente una persona colpevole. Né la riconciliazione può essere usata per imporre l'oblio di crimini dimostrabili.

Qui sta il centro della discussione:

Una transizione non è ancora una democrazia.

Può cambiare il governante e rimanere il potere. Può scomparire un partito e sopravvivere i suoi meccanismi di controllo. Le leggi possono essere modificate mentre coloro che possiedono le armi, le risorse economiche e le istituzioni continuano a determinare le decisioni fondamentali.

Un regime può persino accettare trasformazioni quando scopre che cambiare è il modo migliore per preservare una parte del proprio potere.

Per questo una futura transizione cubana non dovrebbe essere giudicata soltanto da chi abbandona il potere, ma da chi lo riceve, secondo quali regole, per quanto tempo e davanti a chi deve rispondere.

Harvard ha dato un contributo importante aprendo questa discussione. Ariel Ruiz Urquiola ne offre un altro avvertendo che non basta definire correttamente la destinazione. Occorre anche garantire il percorso per raggiungerla.

Non si tratta di rifiutare il dialogo né di impedire accordi che possano evitare violenza e sofferenza. Si tratta di ricordare che nessun tavolo negoziale, gruppo economico, istituzione armata, partito o potenza straniera può sostituire la volontà sovrana dei cubani.

Perché l'obiettivo di una transizione democratica non consiste semplicemente nel sostituire chi governa.

Consiste nel restituire al popolo il diritto di governarsi.

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Rapporto del Gruppo di lavoro di Harvard sul futuro di Cuba

Ariel Ruiz Urquiola mette in discussione il piano di Harvard per Cuba

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