DICTADURA DENUNCIA BLOQUEO PERO COMPRA 23 MILLONES EN MEDICINAS A ESTADOS UNIDOS


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Empresas vinculadas a la dictadura castrista compraron 23 millones de dólares en medicamentos en EEUU pese al discurso del “bloqueo”

 

Documentos oficiales del Departamento de Comercio de Estados Unidos revelan que empresas vinculadas al aparato de la dictadura castrista adquirieron al menos 23 millones de dólares en medicamentos y suministros médicos en 2024. Las compras, autorizadas mediante licencias del Buró de Industria y Seguridad (BIS), contradicen el discurso oficial de La Habana según el cual el embargo impide la importación de productos sanitarios.

 

Las licencias, publicadas por la Oficina del Recaudador de Impuestos del Condado Miami-Dade, incluyen exportaciones por millones de dólares en medicamentos de venta libre, insumos de primeros auxilios y equipos médicos.

 

La licencia D1365735, válida desde junio de 2024, permitió la compra de:

3 millones de dólares en medicamentos para adultos y niños (analgésicos, vitaminas, medicamentos para la tos, alergias, afecciones gastrointestinales y pastillas para dormir).

1 millón en insumos de primeros auxilios (gasas, vendajes, guantes, antisépticos).

15 millones en equipos y suministros médicos (termómetros, monitores de presión arterial, oxímetros, jeringuillas, medias de compresión y aparatos ortopédicos).

Otra licencia posterior autorizó compras adicionales por 4 millones de dólares en productos similares.

 

¿Quiénes recibieron estos productos?

Llama la atención que el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) no aparece como destinatario directo en las licencias.

En cambio, figuran como intermediarios y receptores finales empresas estatales de comercio exterior, entidades del Ministerio de Turismo, corporaciones vinculadas a GECOMEX y compañías asociadas al conglomerado militar GAESA, incluyendo cadenas de tiendas en divisas como Caribe y CIMEX.

Esto plantea interrogantes sobre el destino final de los productos sanitarios adquiridos en EEUU. ¿Fueron destinados al sistema público de salud que atiende a la población general? ¿O abastecieron clínicas internacionales, circuitos turísticos y tiendas en moneda libremente convertible?

 

Una contradicción política

El dato central es que las exportaciones de medicamentos desde Estados Unidos hacia Cuba están permitidas y de hecho se realizan por montos millonarios. Sin embargo, mientras el gobierno cubano denuncia que el embargo es la causa principal del desabastecimiento hospitalario, estas compras documentadas muestran que el acceso a productos médicos no está prohibido.

La cuestión de fondo no es si pueden comprarse medicamentos en EEUU —las licencias demuestran que sí— sino a qué circuitos de la dictadura castrista se destinan y quiénes terminan beneficiándose de ellos.

En definitiva, esta información desplaza el debate hacia un terreno más profundo: el de las prioridades, la transparencia y la rendición de cuentas. Cuando se trata de recursos destinados a la salud, el país merece claridad sobre cómo se asignan y a quiénes llegan primero. Sin información pública verificable, cualquier explicación sobre la escasez queda incompleta. Y sin transparencia en la gestión de bienes esenciales, la confianza ciudadana se debilita inevitablemente.

 

Fuente: https://diariodecuba.com/economia/1771962142_65491.html


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DOS CUBAS Y UN MISMO PRESENTE


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Entre la escasez disciplinaria y la posibilidad democrática


Cuba no vive solamente una crisis económica. Vive una encrucijada histórica.

No es un debate abstracto. No es una discusión de pueblo contra oficialismo. No es una consigna contra otra. Es una bifurcación concreta, visible en la vida cotidiana, en los apagones, en los aeropuertos, en los hospitales, en el ánimo de la juventud y en el cálculo silencioso de quienes ejercen el poder.

Hoy conviven dos Cubas. No en el futuro. Ahora.



I. La Cuba que se contrae

La primera es la Cuba de los duros. La de quienes creen que el poder puede sostenerse aun cuando el país se reduzca materialmente.

En esa Cuba la prioridad no es prosperar. Es mantenerse.

La consigna central no habla de crecimiento, habla de disciplina. La escasez no es excusa para la desobediencia. La crisis no otorga licencia. El hambre no autoriza el desafío.

El Estado no desaparece; se concentra. Reduce funciones complejas y protege el núcleo: fuerzas armadas, seguridad, puertos, telecomunicaciones estratégicas. La electricidad se convierte en herramienta política. Hay circuitos protegidos y circuitos sacrificados. La capital recibe más horas que las provincias. No por benevolencia, sino por cálculo.

La ciudad no estalla; se apaga por turnos. La electricidad deja de ser normalidad y se convierte en evento. Cuando llega la corriente, el barrio entero se activa. Cuando se va, regresa el humo del carbón y la penumbra.

Los aeropuertos siguen abiertos, pero con menos vuelos. El combustible es estratégico y escaso. Algunos hoteles permanecen iluminados como vitrinas mientras otros cierran discretamente. Hay dos países superpuestos: el enclave que funciona y el resto que se adapta.

La economía formal pierde densidad. Fábricas detenidas por falta de piezas, transporte intermitente, servicios públicos mínimos. El país se encoge. Moverse cuesta demasiado. La vida se reorganiza por barrios.

La economía real es la informal. Baterías reparadas. Paneles solares traídos por redes familiares. Medicinas que circulan por contactos. Alimentos que cambian de manos por trueque. El mercado negro no es excepción; es estructura. El poder lo vigila y lo tolera selectivamente porque sin él la supervivencia sería imposible.

Los hospitales funcionan en emergencia permanente. Se atiende lo urgente; lo demás espera. Aumentan las muertes silenciosas, no espectaculares. La salud deja de ser promesa y se convierte en administración de carencias.

La juventud aprende el idioma del pragmatismo. No hay grandes consignas, hay “resolver”. Algunos se adaptan. Otros se desconectan. Otros intentan irse. La política pesa más de lo que entusiasma.

En esta Cuba, el horizonte se reduce. No hay promesa de mejora cercana. Solo continuidad administrada.

Es una resistencia empobrecida que apuesta a la disciplina, al acostumbramiento y al tiempo.



II. La Cuba que respira

La segunda Cuba no existe aún plenamente, pero empieza a imaginarse. No nace de una fantasía, sino de una posibilidad política real: una transición ordenada que cambie la dirección del país.

No comienza con euforia. Comienza con señal.

Liberaciones. Un calendario. Reformas anunciadas con precisión. No retórica, sino hechos verificables.

En esa Cuba la electricidad deja de ser sorpresa. No vuelve perfecta de inmediato, pero vuelve suficiente. Los apagones dejan de organizar la vida. El agua sube con regularidad. La normalidad reaparece como experiencia cotidiana.

En los aeropuertos el movimiento ya no es solo salida, también regreso. Cubanos que vuelven a mirar. Aerolíneas que amplían rutas. Turistas cautelosos pero presentes. El sonido de maletas deja de significar únicamente despedida.

Los hospitales comienzan a recibir insumos básicos con regularidad. Equipos reparados. Medicamentos disponibles. La emergencia deja de ser permanente.

La economía empieza a moverse desde abajo. Lo que antes era clandestino comienza a formalizarse. Talleres, cafeterías, importadores, técnicos. El “resolver” se transforma en emprendimiento legal.

La política regresa al espacio público. Se habla sin susurros. La crítica deja de ser delito automático. La democracia no aparece completa, pero comienza como práctica diaria.

La juventud se hace una pregunta distinta: no solo “¿cómo me voy?”, sino “¿qué puedo construir aquí?”.

La diferencia fundamental no es riqueza inmediata. Es previsibilidad.

En esa Cuba el horizonte reaparece.



III. La verdadera diferencia

La distancia entre ambas Cubas no es ideológica. Es psicológica.

En la primera, la escasez se convierte en disciplina. En la segunda, la previsibilidad se convierte en confianza.

En la primera, el tiempo es resistencia. En la segunda, el tiempo vuelve a ser proyecto.

Un sistema puede sostener hambre. Puede sostener apagones. Puede sostener sacrificio.

Lo que no siempre puede sostener es la pérdida total de horizonte.

Cuando la población deja de creer que existe un futuro posible dentro del sistema, el desgaste ya no es solo material; es estructural.



IV. El punto de decisión

Cuba no está condenada a una economía primitiva. Tampoco está garantizada una transición ordenada.

Lo que está en juego no es solo el nivel de consumo, sino la dirección histórica.

¿Puede sostenerse indefinidamente una sociedad donde la escasez es regla y la obediencia es condición? ¿O terminará imponiéndose la lógica de la posibilidad, no por idealismo, sino por simple necesidad de viabilidad?

La respuesta no está escrita.

Pero hoy, en medio de apagones y conversaciones en voz baja, ambas Cubas existen.

Y la más poderosa no será necesariamente la que grite más fuerte, sino la que ofrezca horizonte.

Porque en política, como en la vida, no siempre vence quien resiste más, sino quien ofrece futuro.

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EL CANGREJO, LA CIA Y EL REEMPAQUE


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La información que hoy circula como si fuera una revelación reciente sobre supuestas conversaciones en México entre representantes del régimen cubano y Estados Unidos no es nueva. El 4 de febrero, el diario español ABC Premium informó que agentes de inteligencia estadounidenses habrían sostenido reuniones en Ciudad de México con Alejandro Castro Espín, El Cangrejo, figura central del aparato de seguridad del castrismo y miembro directo del núcleo familiar del poder.

 

Han pasado días desde esa publicación.

 

No estamos ante un hecho nuevo. Estamos ante su reempaque.

 

Pero lo más grave no es la repetición. Es la omisión deliberada del contexto más reciente.

 

Días después de aquella publicación, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, en una conversación pública con John Micklethwait, editor en jefe de Bloomberg, el Secretario de Estado Marco Rubio afirmó claramente que el régimen cubano se niega a negociar lo que debe negociarse, pese al colapso económico que atraviesa la Isla.

 

No fue una declaración privada.  No fue un comentario filtrado.

 

Fue una afirmación pública, en un foro internacional de alto nivel, frente a uno de los periodistas más influyentes del mundo financiero y político.

 

Además, el propio presidente Donald Trump ha reconocido públicamente que existen conversaciones. Cuando el presidente admite contactos, el debate ya no es si existieron, sino qué resultado tuvieron.

 

Y según las palabras de Rubio en Múnich, el resultado fue que el régimen no quiso ceder.

 

Entonces surge la pregunta inevitable:

¿por qué reaparece ahora esta historia como si se tratara de negociaciones activas?

¿por qué se omite que, según Washington, el régimen rechazó lo esencial?

 

Esa omisión no es inocente. Cambia la percepción pública.

 

Al eliminar el contexto de Múnich, se construye una narrativa peligrosa: la de un Estados Unidos negociando para salvar al castrismo. Esa percepción impacta directamente en la comunidad cubana en el exilio, donde la memoria histórica de negociaciones opacas sigue viva. Y dentro de la Isla refuerza el desaliento, la idea de que todo se decide entre élites mientras el pueblo permanece excluido.

 

No se trata de negar que existan contactos exploratorios. En política internacional, los canales de inteligencia existen para medir escenarios antes de cualquier paso formal. Eso es práctica habitual. Pero explorar no es conceder. Conversar no es pactar. Y medir no es legitimar.

 

La dictadura está en bancarrota. El régimen necesita oxígeno. Lo que está en juego no es una transición democrática, sino la supervivencia de una estructura de poder que durante décadas ha reprimido y empobrecido a la nación.

 

Reactivar una noticia vieja ignorando declaraciones recientes del Secretario de Estado en Múnich no es análisis estratégico. Es construcción narrativa orientada a generar confusión.

 

Y el encuadre importa.

 

Porque define quién parece fuerte, quién parece ceder y quién parece traicionar.

 

Si Washington afirma que el régimen no quiso negociar lo esencial, entonces la historia no es que Estados Unidos esté salvando al castrismo. La historia es que el castrismo, incluso al borde del colapso económico, se aferra al poder y rechaza cualquier concesión política real.

 

No aceptamos relatos diseñados para sembrar desconfianza.  No aceptamos que se juegue con la esperanza del pueblo cubano.

 

Y no aceptamos que se distorsione el contexto para fabricar la percepción de traición.

 

La libertad de Cuba no nacerá de titulares reciclados ni de rumores sensacionalistas.  Nacerá de claridad, firmeza y presión sostenida.

 

Y hoy la verdad es clara: dicen que régimen se niega a ceder, también Maduro matoneaba y hasta se reía de Trump.  El castrismo sabe que está perdido, lo sabe el pueblo, lo saben los militares, los burócratas y hasta Díaz-Canel y su jefe Raúl.

 

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EL PATRIOTA QUE PRESERVANDO EL PASADO ESTÁ SEMBRANDO EL FUTURO


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Antonio Gómez Sotolongo (Aguada de Pasajeros, Cuba, 1954) es mucho más que un músico e investigador: es uno de esos cubanos que, desde el rigor intelectual y la pasión por la cultura, ha dedicado su vida a preservar la memoria musical de la nación. Formado como contrabajista en la Escuela Nacional de Arte y graduado en el Instituto Superior de Arte de La Habana, inició su trayectoria en los escenarios, pero muy pronto comprendió que su misión no se limitaba a interpretar la música, sino también a estudiarla, documentarla y defenderla del olvido.

 

Radicado desde 1991 en la República Dominicana, donde ha sido Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, Gómez Sotolongo ha desarrollado una obra investigativa que constituye un verdadero acto de patriotismo cultural. Sus libros y ensayos no solo describen géneros, fechas y nombres; reconstruyen procesos históricos, explican contextos sociales y revelan cómo la música ayudó a forjar la conciencia nacional cubana.

 

En obras como Historia de la música popular cubana y, especialmente, en su más reciente libro La música del Tacón en el Diario de la Marina (1844-1851), rescata un período esencial en la conformación de la cultura cubana. Al estudiar la relación entre el Gran Teatro de Tacón y el Diario de la Marina, demuestra cómo la escena musical habanera del siglo XIX contribuyó decisivamente a moldear el gusto estético, la sensibilidad colectiva y el sentido de pertenencia que terminó por definir a Cuba y a La Habana como espacio cultural propio.

 

Antonio es, sin duda, uno de los cubanos que con su trabajo ha preservado el pasado para que no se diluya en la desmemoria. Su labor confirma que proteger la herencia cultural no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de construir identidad y proyectar futuro.

 

Mis más sinceras felicitaciones por este nuevo libro. Tu investigación sobre el Tacón y el Diario de la Marina no solo reconstruye una etapa esencial de nuestra historia cultural, sino que nos ayuda a comprender cómo se fue gestando el sentido de pertenencia que define a Cuba y a La Habana. Al preservar esas riquezas del pasado, estás sembrando conciencia para las generaciones futuras.

 


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Ni sueños ajenos ni resignación: sobre el agotamiento real del sistema castrista

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El análisis reciente que pretende refutar la idea de un colapso inminente del régimen castrista parte de un error metodológico esencial: se construye como respuesta a una tesis que no ha sido formulada con rigor por ningún actor político relevante, centro de análisis estratégico ni evaluación seria de inteligencia. No existe, en el debate público informado, una argumentación estructurada que afirme que el sistema de poder vigente en La Habana vaya a colapsar automáticamente antes de que finalice el año.


 
Conviene comenzar, por tanto, con una pregunta básica: ¿quién ha sostenido, con respaldo empírico y razonamiento lógico, que ese colapso inmediato es inevitable? ¿Dónde está esa tesis, quién la formula y sobre qué datos se apoya? Hasta donde alcanza la evidencia disponible, no existe tal planteamiento. Lo que sí aparece es una expectativa emocional atribuida de manera genérica a “sectores del exilio”, convertida luego en objeto de refutación. Estamos ante una falacia clásica del hombre de paja: se combate un estado de ánimo atribuido a otros, no un argumento analítico real.

 

Rechazar la idea de un colapso automático no implica, sin embargo, negar la excepcionalidad del momento actual. El segundo error del análisis criticado consiste en equiparar mecánicamente la coyuntura presente con crisis anteriores —como 1991 o las protestas de julio de 2021— para concluir que, dado que el régimen sobrevivió entonces, sobrevivirá ahora sin transformaciones profundas. Ese razonamiento ignora la especificidad histórica del contexto actual.

 

Nunca antes, desde 1959, el aparato de poder castrista había enfrentado una paralización simultánea y progresiva de sectores estratégicos fundamentales: energía, transporte, producción alimentaria, generación de divisas y servicios básicos. Nunca antes se había combinado de forma tan aguda el colapso funcional del modelo económico con una migración masiva que opera como válvula de escape social y, al mismo tiempo, como evidencia del agotamiento estructural del Estado. Ni siquiera durante el denominado Período Especial se alcanzó un nivel comparable de desarticulación sostenida.

 

Este deterioro no significa que Cuba esté colapsando como nación. Significa algo distinto y más grave: que el sistema castrista conserva el poder mientras vacía al país. La nación cubana resiste; lo que se descompone es la capacidad del régimen para sostener una sociedad funcional sin recurrir al éxodo, la represión y la inercia.

 

A esta crisis interna se suma un entorno geopolítico cualitativamente distinto. Por primera vez, existe una definición explícita desde la presidencia y la Secretaría de Estado de Estados Unidos según la cual no se permitirá en el hemisferio la consolidación de gobiernos alineados estratégicamente con los adversarios globales de Occidente. Este marco doctrinal no existía en 1991, no estuvo presente durante el deshielo diplomático ni fue formulado tras las protestas de 2021.

 

El precedente venezolano refuerza esta lectura, no como ejemplo de colapso rápido, sino como advertencia. Un régimen autoritario puede sobrevivir durante años a costa de su viabilidad económica, su soberanía efectiva y su capacidad real de gobernanza. Puede seguir mandando mientras el país se empobrece, se fragmenta y se vacía. Es hacia ese modelo de deterioro crónico —no hacia una estabilidad duradera— donde el sistema castrista parece desplazarse.

 

Aquí se comete el error conceptual más grave: confundir la ausencia de colapso inmediato con estabilidad. Confundir la continuidad del poder con la salud del país. Confundir que el régimen no caiga con que la nación resista gracias a él, cuando en realidad resiste a pesar de él.

 

Resulta indispensable distinguir entre dos conceptos distintos: colapso del régimen y deterioro estructural terminal. El primero supone una ruptura abrupta del aparato coercitivo; el segundo describe una degradación profunda, acumulativa e irreversible que no necesita manifestarse en plazos cortos ni mediante escenas espectaculares. La historia demuestra que muchos sistemas autoritarios no caen de golpe, sino que se pudren lentamente mientras destruyen el tejido nacional.

 

El error no está en dudar del colapso inmediato. El error está en utilizar esa duda para normalizar el agotamiento, justificar la resignación o presentar la descomposición como repetición del pasado. Entre la fantasía del derrumbe automático y la idea de una dictadura eterna existe una realidad mucho más inquietante: la de un poder que sobrevive sin gobernar, de un Estado que manda sin funcionar, de un sistema que se perpetúa vaciando a la nación que dice representar.

 

Patria, pueblo y libertad no se defienden ni con sueños prestados ni con resignaciones disfrazadas de realismo. Se defienden nombrando el agotamiento del poder que oprime y separándolo con claridad de la nación que sufre. Cuba no es el sistema castrista. Cuba es la víctima de ese sistema.

 

Un régimen que necesita vaciar al país para sobrevivir, que gobierna expulsando, empobreciendo y paralizando, no es estable: es terminal, aunque no caiga de inmediato. Confundir la continuidad del mando con viabilidad histórica es el error que ha permitido a la dictadura prolongarse mientras destruye el futuro nacional.

 

No hay aquí profecías ni consuelos. Hay una constatación: ningún poder que solo puede sostenerse destruyendo a su pueblo puede eternizarse sin pagar un precio histórico. Reconocerlo no es soñar. Es asumir, con responsabilidad política, que la libertad no llega por inercia, pero tampoco se extingue porque los opresores lo deseen.

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CUBA NO NECESITA UN PACTO PARA SALVAR AL CASTRISMO


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

A propósito del artículo de ABC sobre supuestas negociaciones con Estados Unidos

El diario ABC publicó el 4 de febrero de 2026 un artículo que merece una reflexión profunda y serena. Según ese reporte, el castrismo estaría negociando con Estados Unidos —con mediación del Gobierno mexicano— un acuerdo para no ser derrocado, a cambio de abrir sectores estratégicos de la economía cubana a empresas estadounidenses.

Aunque el texto utiliza términos como “transición” o “salida del castrismo”, lo que realmente describe es un pacto de supervivencia del régimen, no una transición democrática auténtica. Y esa diferencia no es semántica: es histórica, moral y política.

 

Negociar la continuidad no es transitar a la democracia

El castrismo no estaría ofreciendo devolver el poder al pueblo cubano, sino administrar una apertura económica sin perder el control político, militar y represivo. No se menciona en ningún punto la legalización del pluralismo político, la liberación incondicional de los presos políticos, el desmontaje de la Seguridad del Estado, elecciones libres y verificables ni un proceso de justicia transicional.

Lo que se ofrece, según ABC, es estabilidad a cambio de negocios. Eso no es una transición: es una reconversión del autoritarismo.

 

El riesgo de un “castrismo 2.0”

Un acuerdo como el que sugiere ABC legitimaría internacionalmente a una dictadura responsable de más de seis décadas de represión, garantizaría impunidad a la élite gobernante y permitiría al mundo declarar “resuelto” el problema cubano mientras el pueblo seguiría sin derechos.

 

La diferencia esencial: ruptura o continuidad

Frente a esa lógica, el Proyecto de la Nueva República impulsado por Cuba Independiente y Democrática (CID) establece una línea clara: no se trata de reformar el castrismo, sino de ponerle fin.

Una transición real no comienza por los negocios, sino por el poder. Ese poder debe regresar al pueblo cubano.

 

Estabilidad sin libertad no es solución

Una dictadura “abierta a los negocios” sigue siendo una dictadura. Cuba no necesita un castrismo reciclado, sino libertad, derechos, justicia y soberanía ciudadana.

 

Conclusión

El artículo de ABC debe leerse como una advertencia. Frente a cualquier pacto de élites que busque salvar al régimen, la respuesta democrática debe ser clara: no hay transición sin ruptura, no hay reconciliación sin justicia, no hay futuro sin libertad.

 

Patria, Pueblo y Libertad

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LA ESTRATEGIA DE DONALD TRUMP: EL CONTROL GLOBAL DE LA ENERGÍA COMO INSTRUMENTO DE PODER

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

A enero de 2026, la aprobación de Donald Trump se sitúa entre el 41 % y el 42 %, colocándolo claramente dentro de la franja histórica de vulnerabilidad política que, de forma consistente, ha precedido derrotas en las elecciones de medio término para varios presidentes de Estados Unidos. En las últimas dos décadas, niveles de aprobación similares anticiparon pérdidas significativas de poder legislativo: George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2014, el propio Trump en 2018 y Joe Biden en 2022. Todos ellos llegaron a los comicios con apoyos en el rango bajo o medio del 40 % y terminaron perdiendo terreno en el Congreso.

 

Lo que resulta llamativo —y casi contraintuitivo— en el caso de Trump es su capacidad para mantener niveles de aprobación comparables a los de presidentes más convencionales, pese a la intensidad, visibilidad y naturaleza confrontacional de las políticas desplegadas durante su primer año de regreso al poder. Tanto en el plano interno como en el internacional, su administración ha apostado por rupturas abiertas con normas establecidas, una diplomacia abiertamente transaccional y decisiones estratégicas altamente controvertidas. En este contexto, la lógica tradicional apunta a una erosión del capital político de cara a las elecciones de medio término, con la consiguiente posibilidad de perder el control de una o ambas cámaras del Congreso.

 

Sin embargo, Trump podría estar posicionándose para lograr un resultado geopolítico de alto impacto capaz de alterar ese guion.

 

Uno de esos resultados sería una expansión decisiva de la influencia estadounidense sobre los flujos energéticos globales. Bajo una alineación favorable de circunstancias, Washington podría llegar a ejercer un control directo o indirecto sobre una parte sustancial del petróleo y otros líquidos energéticos del planeta, potencialmente cercana a dos tercios de las reservas y la producción estratégicamente relevantes. Alcanzar ese nivel de influencia no requeriría una conquista militar, sino una transformación política en un solo país clave: Irán.

 

Trump no tendría que invadir Irán. El régimen atraviesa actualmente su crisis interna más profunda en décadas. Protestas prolongadas a nivel nacional —reprimidas con extrema violencia y con miles de muertos según organizaciones de derechos humanos— han puesto al descubierto profundas fracturas dentro de la República Islámica. Las declaraciones públicas de Trump alentando a los manifestantes a mantenerse en las calles, junto con promesas de apoyo futuro por parte de su gobierno, crean un compromiso político difícil de ignorar. Al mismo tiempo, la cúpula clerical sigue siendo el principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo, mientras enfrenta un colapso económico sin precedentes, un aislamiento diplomático creciente y reveses estratégicos cada vez más visibles.

 

De forma significativa, incluso figuras tradicionalmente asociadas al intervencionismo duro han comenzado a plantear vías alternativas. John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional y frecuente crítico de Trump, ha señalado que el momento para un cambio en Irán es propicio, aunque no mediante exigencias de rendición incondicional. En su lugar, Bolton y otros analistas han sugerido una salida transaccional para las élites militares y de seguridad iraníes: preservación del Estado iraní, levantamiento gradual de sanciones, reintegración económica y reconocimiento internacional, a cambio de la neutralización política de la teocracia.

 

Tras años de sanciones, derrotas indirectas, humillaciones estratégicas y deterioro económico, sectores relevantes del liderazgo militar iraní —incluidos elementos pragmáticos dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— son conscientes de que la continuidad del poder clerical conduce a un callejón sin salida: aislamiento permanente, mayor vulnerabilidad frente a Israel, dependencia creciente de Rusia y China y un riesgo personal elevado si el régimen colapsa de forma incontrolada.

 

Si Irán llegara a realinearse con Estados Unidos, las consecuencias geopolíticas serían inéditas en la historia moderna. Tal giro desmantelaría décadas de hostilidad estructural, expulsaría la influencia rusa y china de uno de los nodos estratégicos más sensibles del planeta y contribuiría a consolidar una nueva arquitectura energética global que integraría a Estados Unidos, Venezuela, Medio Oriente y Europa dentro de un mismo marco estratégico.

 

Este enfoque no es teórico ni carece de precedentes. Venezuela ofrece un ejemplo claro de cómo Estados Unidos puede obtener ventajas estratégicas enormes a un costo relativamente bajo. Sin una invasión prolongada ni una ocupación clásica, Washington ha logrado condicionar de forma decisiva el sector petrolero venezolano —el mayor del mundo en reservas probadas—, regulando sus exportaciones, controlando el acceso a los ingresos y determinando qué actores pueden operar dentro del sistema. Mientras tanto, el régimen autoritario en Caracas sobrevive dentro de márgenes cada vez más estrechos, dependiente de licencias, exenciones y tolerancia política por parte de Estados Unidos.

 

Tanto en Venezuela como en un eventual Irán post-teocrático, la estrategia adquiere legitimidad política y moral si el beneficiario final es la población. En el caso venezolano, el objetivo declarado de Washington ha sido que cualquier reactivación del sector petrolero, bajo supervisión y reglas claras, se traduzca en recuperación económica, estabilidad y una transición democrática real.

 

Si este esquema llegara a materializarse, Trump no solo alteraría el equilibrio energético mundial. Demostraría que es posible ejercer poder global sin guerras de ocupación, sin reconstrucciones interminables y sin los costos humanos y políticos que han marcado a administraciones anteriores. En ese escenario, la verdadera victoria no sería meramente táctica o electoral, sino histórica: convertir el control de la energía en el principal instrumento de poder del siglo XXI, debilitar a los adversarios de Estados Unidos y crear condiciones reales de salida del autoritarismo para sociedades atrapadas durante décadas bajo regímenes represivos.

 

Más allá de simpatías o rechazos personales hacia Donald Trump, un resultado de esta magnitud definiría de forma decisiva su legado y la estructura del poder global en las próximas décadas.

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Zelensky en Davos 2026: por qué Ucrania ya no puede depender de Estados Unidos


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Cuando escuché el discurso de Volodymyr Zelensky en Davos, se me encogió el corazón. El propio Zelensky comenzó su intervención evocando la película Groundhog Day, esa historia en la que el mismo día se repite una y otra vez sin salida aparente. No era una referencia ligera ni anecdótica. En su voz se percibía cansancio, frustración y, sobre todo, la sensación de estar atrapado en un ciclo político que se repite mientras la guerra continúa cobrando vidas. Esa imagen inicial decía más que cualquier consigna. Durante los primeros años de la invasión rusa, Zelensky habló al mundo desde una premisa que parecía inamovible: Estados Unidos era el eje del sistema occidental y el garante último de la supervivencia de Ucrania. Sus discursos de 2022 y 2023 estuvieron construidos sobre esa certeza, apelando directamente a Washington, a su historia, a su identidad como líder del mundo libre y a la obligación moral de no permitir que una democracia fuera destruida por la fuerza.

 

Ese marco ha cambiado. El discurso de Zelensky en Davos no rompe con Estados Unidos, pero sí deja claro que ha dejado de confiar en él como pilar automático del orden occidental. No hay reproches abiertos ni gestos de confrontación, pero sí un desplazamiento evidente del centro de gravedad. Zelensky ya no habla a Washington como árbitro natural del conflicto, ni articula su mensaje en torno a la promesa de un apoyo indefinido. En su lugar, interpela a Europa con una crudeza inusual y la obliga a mirarse al espejo: o asume su responsabilidad estratégica o acepta su propia irrelevancia.

 

La referencia al llamado “modo Groenlandia” europeo no es una ocurrencia retórica ni una frase diseñada para titulares. Zelensky utilizó esa expresión para describir la actitud de un continente que se comporta como si observara los grandes movimientos geopolíticos desde la distancia, esperando que otros —principalmente Estados Unidos— decidan por él. Es la Europa que aguarda instrucciones, garantías y consensos externos antes de actuar, incluso cuando la guerra se libra en su propio vecindario. En el contexto actual, ese “modo Groenlandia” equivale a aceptar la parálisis. La política exterior estadounidense ha dejado de responder a una lógica estratégica estable y se encuentra subordinada a disputas internas, ciclos electorales y cálculos domésticos que poco tienen que ver con la realidad del frente de batalla o con el costo humano de la guerra.

 

A esa parálisis se suma una contradicción aún más incómoda. Mientras Ucrania espera decisiones políticas, los misiles y drones que destruyen sus ciudades siguen llegando. Y muchos de ellos contienen componentes fabricados por empresas de Estados Unidos, de Europa y de Taiwán. Microchips, sistemas de navegación, sensores y piezas electrónicas que, pese a las sanciones, continúan filtrándose hacia la maquinaria de guerra rusa a través de intermediarios, mercados grises y una cadena global que nadie parece dispuesto a cortar del todo. Occidente debate, pero su tecnología mata. La guerra se prolonga no solo por la falta de decisiones estratégicas, sino por la hipocresía de un sistema que condena en los discursos lo que tolera en la práctica.

 

Estados Unidos sigue siendo un actor indispensable, pero ha dejado de ser una constante. Zelensky no lo expulsa del tablero —sería irresponsable hacerlo—, pero tampoco construye la supervivencia de Ucrania sobre una dependencia absoluta. El tono épico de los primeros años, cargado de apelaciones morales y referencias históricas dirigidas al Congreso estadounidense, ha sido sustituido por un realismo incómodo: ningún país en guerra puede atar su destino a la voluntad cambiante de una potencia cuya política exterior oscila al ritmo de su política interna, mientras su propio ecosistema económico alimenta indirectamente al agresor.

 

El mensaje de Davos no es una queja ni un lamento. Es una advertencia. En 2022, Zelensky pedía liderazgo; en 2026, exige responsabilidad. No desde la ideología ni desde el resentimiento, sino desde la necesidad. Si Europa no asume el peso estratégico que Estados Unidos ya no quiere o no puede sostener de forma estable, el vacío no lo pagará Washington, sino Ucrania, en vidas humanas, territorios perdidos y una guerra innecesariamente prolongada.

 

La referencia inicial a Groundhog Day cobra entonces todo su sentido. No es solo una metáfora de la frustración diplomática, sino del fracaso moral del sistema. Cada día que se repite sin decisiones reales es un día en el que nuevos misiles caen, nuevos drones atacan y nuevas vidas se pierden, muchas veces con tecnología diseñada y producida en los mismos países que prometen apoyo. Zelensky no habló en Davos para conmover; habló para advertir que seguir repitiendo el mismo día ya no es una opción. Porque en esta guerra, a diferencia de la película, cada repetición tiene consecuencias irreversibles.

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