EL GIGANTE CHINO TAMBIÉN TIENE PIES DE BARRO
EL GIGANTE CHINO TAMBIÉN TIENE PIES DE BARRO
Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Durante años China ha proyectado al mundo la imagen de una potencia económica arrolladora: construye ciudades, ferrocarriles y fábricas a una velocidad extraordinaria, domina sectores industriales enteros, conquista mercados y acumula reservas. Para muchos, parece una maquinaria económica que todo lo planifica y casi nunca se equivoca.
Pero detrás de esa imagen ha comenzado a aparecer una realidad diferente. China continúa siendo una formidable potencia económica, pero enfrenta un problema que demuestra que tampoco existe planificación capaz de evitar las consecuencias de los errores: los chinos no están comprando lo suficiente para sostener todo lo que su país se ha preparado para producir.
Una de las causas está en la vivienda.
Durante décadas, millones de familias compraron apartamentos no solamente para vivir en ellos, sino como una forma de ahorro. Mientras los precios aumentaban, sus propietarios se sentían cada vez más ricos. Alrededor de aquella expansión crecieron constructoras, bancos, gobiernos locales y numerosas industrias.
El problema comenzó cuando se construyeron más viviendas de las que el mercado podía absorber y los precios dejaron de subir. Grandes empresas constructoras entraron en dificultades y muchas familias descubrieron que los apartamentos donde habían colocado buena parte de sus ahorros ya no valían lo que esperaban.
Una persona cuyo apartamento pierde valor se siente más pobre aunque siga cobrando el mismo salario. Si además teme por su empleo o sus ingresos futuros, hace algo perfectamente comprensible: gasta menos y ahorra más.
Multiplicada por cientos de millones de consumidores, esa reacción se convierte en un problema para toda la economía.
China construyó una extraordinaria capacidad para producir automóviles, maquinaria, acero, electrodomésticos, baterías, paneles solares y muchos otros bienes.
Pero esas fábricas necesitan compradores. Y los chinos no están comprando todo lo que sus fábricas necesitan vender.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones del modelo.
Durante décadas China creció invirtiendo enormes cantidades de dinero. Construyó carreteras, ferrocarriles, puertos, viviendas y fábricas a una escala que pocos países podían igualar. Ese proceso contribuyó a convertir una nación relativamente pobre en la segunda economía del mundo.
Pero llega un momento en que seguir construyendo no produce los mismos beneficios.
Una carretera necesaria facilita el comercio. Construir otra donde ya existen suficientes carreteras aporta mucho menos. Una fábrica genera riqueza cuando existen compradores. Ampliarla cuando ya produce más de lo que puede vender crea otro problema.
Y Beijing no puede sencillamente detener esa maquinaria. Reducir bruscamente las inversiones significaría menos construcción, menos pedidos, menos empleos y menor crecimiento. Por eso el gobierno continúa tratando de mantener la actividad facilitando crédito y promoviendo nuevas inversiones.
Pero aparece una dificultad que ni siquiera Beijing puede resolver mediante una orden: que haya dinero disponible para invertir no significa que existan suficientes buenos negocios donde invertirlo.
China puede ordenar a un banco que conceda más crédito. Puede financiar otra carretera o ayudar a construir otra fábrica.
Lo que no puede ordenar es que 1.400 millones de chinos se sientan más ricos y salgan a comprar.
Entonces queda otra salida: vender fuera.
Las exportaciones se convierten así en una válvula cada vez más importante: lo que los chinos no compran tiene que encontrar compradores en otros países.
Aquí comienza a cambiar la imagen del gigante económico invulnerable.
La extraordinaria capacidad exportadora de China continúa siendo una de sus mayores fortalezas. Pero cuando necesita que otros países compren una parte creciente de lo que sus fábricas producen, esa fortaleza comienza también a convertirse en una dependencia.
China puede producir más automóviles, baterías, maquinaria y paneles solares.
No puede producir los compradores que necesita.
Estados Unidos, Europa, América Latina y el resto de Asia tienen que querer —y permitir— que esos productos entren en sus mercados.
Esto no significa que China esté al borde del colapso. Sería absurdo subestimar una economía de semejante tamaño y poder industrial y tecnológico.
Significa algo más interesante.
China no es la maquinaria económica infalible que durante años muchos imaginaron.
También construye demasiado. También invierte mal enormes cantidades de dinero. También comete errores que después tiene que corregir. Y también comprueba que ni siquiera un gobierno autoritario con extraordinario poder sobre bancos y empresas puede eliminar las leyes básicas de la economía.
China sorprendió al mundo demostrando cuánto podía producir.
Ahora enfrenta una pregunta bastante más incómoda:
¿Quién va a comprar todo lo que China necesita producir para mantener funcionando su gigantesca maquinaria económica?
THE CHINESE GIANT ALSO HAS FEET OF CLAY
By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
For years, China has projected to the world the image of an unstoppable economic power: it builds cities, railways and factories at extraordinary speed, dominates entire industrial sectors, conquers markets and accumulates reserves. To many, it looks like an economic machine that plans everything and almost never makes mistakes.
But behind that image, a different reality has begun to emerge. China remains a formidable economic power, yet it faces a problem showing that no amount of planning can prevent the consequences of mistakes: Chinese consumers are not buying enough to sustain everything their country has prepared itself to produce.
One of the causes lies in housing.
For decades, millions of families bought apartments not only to live in, but also as a form of savings. As prices rose, owners felt increasingly wealthy. Around that expansion grew construction companies, banks, local governments and numerous industries.
The problem began when more homes were built than the market could absorb and prices stopped rising. Large property developers ran into trouble, and many families discovered that the apartments in which they had placed much of their savings were no longer worth what they had expected.
A person whose apartment loses value feels poorer even if the same salary keeps coming in. If that person also worries about future employment or income, the response is perfectly understandable: spend less and save more.
Multiplied by hundreds of millions of consumers, that reaction becomes a problem for the entire economy.
China built an extraordinary capacity to produce automobiles, machinery, steel, appliances, batteries, solar panels and many other goods.
But those factories need buyers. And Chinese consumers are not buying everything their factories need to sell.
That is where one of the model's great contradictions appears.
For decades, China grew by investing enormous sums of money. It built roads, railways, ports, housing and factories on a scale few countries could match. That process helped transform a relatively poor nation into the world's second-largest economy.
But there comes a point when continuing to build no longer produces the same benefits.
A needed road facilitates trade. Building another where enough roads already exist contributes much less. A factory creates wealth when there are buyers for its products. Expanding it when it already produces more than it can sell creates a different problem.
And Beijing cannot simply stop that machine. A sudden reduction in investment would mean less construction, fewer orders, fewer jobs and slower growth. That is why the government keeps trying to sustain activity by making credit available and encouraging new investment.
But there is a difficulty that even Beijing cannot solve by decree: having money available to invest does not mean there are enough good businesses in which to invest it.
China can order a bank to extend more credit. It can finance another road or help build another factory.
What it cannot order is for 1.4 billion Chinese people to feel richer and go out and spend.
That leaves another outlet: sell abroad.
Exports therefore become an increasingly important release valve: what Chinese consumers do not buy must find buyers in other countries.
This is where the image of an invulnerable economic giant begins to change.
China's extraordinary export capacity remains one of its greatest strengths. But when it needs other countries to buy a growing share of what its factories produce, that strength also begins to become a dependency.
China can produce more automobiles, batteries, machinery and solar panels.
It cannot produce the buyers it needs.
The United States, Europe, Latin America and the rest of Asia have to want—and allow—those products into their markets.
This does not mean China is on the verge of collapse. It would be absurd to underestimate an economy of such size and industrial and technological power.
It means something more interesting.
China is not the infallible economic machine that many imagined for years.
It also builds too much. It also invests enormous amounts of money badly. It also makes mistakes that it later has to correct. And it also discovers that not even an authoritarian government with extraordinary power over banks and companies can abolish the basic laws of economics.
China surprised the world by showing how much it could produce.
Now it faces a much more uncomfortable question:
Who is going to buy everything China needs to produce to keep its gigantic economic machine running?
LE GÉANT CHINOIS A LUI AUSSI DES PIEDS D’ARGILE
Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Pendant des années, la Chine a projeté dans le monde l’image d’une puissance économique irrésistible : elle construit des villes, des chemins de fer et des usines à une vitesse extraordinaire, domine des secteurs industriels entiers, conquiert des marchés et accumule des réserves. Pour beaucoup, elle ressemble à une machine économique qui planifie tout et ne se trompe presque jamais.
Mais derrière cette image commence à apparaître une réalité différente. La Chine demeure une formidable puissance économique, mais elle affronte un problème qui montre qu’aucune planification ne peut éviter les conséquences des erreurs : les Chinois n’achètent pas suffisamment pour soutenir tout ce que leur pays s’est préparé à produire.
L’une des causes se trouve dans le logement.
Pendant des décennies, des millions de familles ont acheté des appartements non seulement pour y vivre, mais aussi comme forme d’épargne. Tant que les prix augmentaient, les propriétaires se sentaient de plus en plus riches. Autour de cette expansion se sont développés des entreprises de construction, des banques, des gouvernements locaux et de nombreuses industries.
Le problème a commencé lorsque davantage de logements ont été construits que le marché ne pouvait en absorber et que les prix ont cessé de monter. De grands promoteurs immobiliers se sont retrouvés en difficulté et de nombreuses familles ont découvert que les appartements dans lesquels elles avaient placé une grande partie de leur épargne ne valaient plus ce qu’elles espéraient.
Une personne dont l’appartement perd de la valeur se sent plus pauvre même si elle continue de toucher le même salaire. Si elle craint en outre pour son emploi ou ses revenus futurs, elle fait quelque chose de parfaitement compréhensible : elle dépense moins et épargne davantage.
Multipliée par des centaines de millions de consommateurs, cette réaction devient un problème pour l’ensemble de l’économie.
La Chine s’est dotée d’une capacité extraordinaire pour produire des automobiles, des machines, de l’acier, des appareils électroménagers, des batteries, des panneaux solaires et de nombreux autres biens.
Mais ces usines ont besoin d’acheteurs. Et les Chinois n’achètent pas tout ce que leurs usines doivent vendre.
C’est là qu’apparaît l’une des grandes contradictions du modèle.
Pendant des décennies, la Chine a grandi en investissant d’énormes sommes d’argent. Elle a construit des routes, des chemins de fer, des ports, des logements et des usines à une échelle que peu de pays pouvaient égaler. Ce processus a contribué à transformer une nation relativement pauvre en deuxième économie mondiale.
Mais il arrive un moment où continuer à construire ne produit plus les mêmes bénéfices.
Une route nécessaire facilite le commerce. En construire une autre là où il y en a déjà suffisamment apporte beaucoup moins. Une usine crée de la richesse lorsqu’il existe des acheteurs pour ses produits. L’agrandir alors qu’elle produit déjà plus qu’elle ne peut vendre crée un autre problème.
Et Pékin ne peut pas simplement arrêter cette machine. Réduire brutalement les investissements signifierait moins de construction, moins de commandes, moins d’emplois et moins de croissance. C’est pourquoi le gouvernement continue d’essayer de soutenir l’activité en facilitant le crédit et en encourageant de nouveaux investissements.
Mais une difficulté apparaît que même Pékin ne peut résoudre par décret : le fait qu’il y ait de l’argent disponible pour investir ne signifie pas qu’il existe suffisamment de bonnes affaires dans lesquelles l’investir.
La Chine peut ordonner à une banque d’accorder davantage de crédit. Elle peut financer une autre route ou aider à construire une autre usine.
Ce qu’elle ne peut pas ordonner, c’est que 1,4 milliard de Chinois se sentent plus riches et se mettent à acheter.
Il reste alors une autre sortie : vendre à l’étranger.
Les exportations deviennent ainsi une soupape de plus en plus importante : ce que les Chinois n’achètent pas doit trouver des acheteurs dans d’autres pays.
C’est ici que commence à changer l’image du géant économique invulnérable.
L’extraordinaire capacité exportatrice de la Chine demeure l’une de ses plus grandes forces. Mais lorsqu’elle a besoin que d’autres pays achètent une part croissante de ce que produisent ses usines, cette force commence aussi à devenir une dépendance.
La Chine peut produire davantage d’automobiles, de batteries, de machines et de panneaux solaires.
Elle ne peut pas produire les acheteurs dont elle a besoin.
Les États-Unis, l’Europe, l’Amérique latine et le reste de l’Asie doivent vouloir — et permettre — que ces produits entrent sur leurs marchés.
Cela ne signifie pas que la Chine soit au bord de l’effondrement. Il serait absurde de sous-estimer une économie d’une telle taille et d’une telle puissance industrielle et technologique.
Cela signifie quelque chose de plus intéressant.
La Chine n’est pas la machine économique infaillible que beaucoup ont imaginée pendant des années.
Elle aussi construit trop. Elle aussi investit mal d’énormes sommes d’argent. Elle aussi commet des erreurs qu’elle doit ensuite corriger. Et elle découvre également que même un gouvernement autoritaire disposant d’un pouvoir extraordinaire sur les banques et les entreprises ne peut abolir les lois fondamentales de l’économie.
La Chine a surpris le monde en montrant combien elle pouvait produire.
Elle fait maintenant face à une question beaucoup plus inconfortable :
Qui va acheter tout ce que la Chine doit produire pour maintenir en marche sa gigantesque machine économique ?
ANCHE IL GIGANTE CINESE HA I PIEDI D’ARGILLA
Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Per anni la Cina ha proiettato nel mondo l’immagine di una potenza economica travolgente: costruisce città, ferrovie e fabbriche a una velocità straordinaria, domina interi settori industriali, conquista mercati e accumula riserve. Per molti sembra una macchina economica che pianifica tutto e quasi non sbaglia mai.
Ma dietro quell’immagine ha cominciato a emergere una realtà diversa. La Cina continua a essere una formidabile potenza economica, ma affronta un problema che dimostra che nessuna pianificazione può evitare le conseguenze degli errori: i cinesi non stanno comprando abbastanza da sostenere tutto ciò che il loro paese si è preparato a produrre.
Una delle cause si trova nel settore abitativo.
Per decenni milioni di famiglie hanno comprato appartamenti non soltanto per viverci, ma anche come forma di risparmio. Finché i prezzi aumentavano, i proprietari si sentivano sempre più ricchi. Intorno a quella espansione sono cresciute imprese di costruzione, banche, governi locali e numerose industrie.
Il problema è iniziato quando sono state costruite più abitazioni di quante il mercato potesse assorbire e i prezzi hanno smesso di salire. Grandi società immobiliari sono entrate in difficoltà e molte famiglie hanno scoperto che gli appartamenti nei quali avevano collocato gran parte dei loro risparmi non valevano più quanto si aspettavano.
Una persona il cui appartamento perde valore si sente più povera anche se continua a ricevere lo stesso stipendio. Se inoltre teme per il proprio lavoro o per i redditi futuri, fa qualcosa di perfettamente comprensibile: spende meno e risparmia di più.
Moltiplicata per centinaia di milioni di consumatori, questa reazione diventa un problema per l’intera economia.
La Cina ha costruito una straordinaria capacità di produrre automobili, macchinari, acciaio, elettrodomestici, batterie, pannelli solari e molti altri beni.
Ma quelle fabbriche hanno bisogno di compratori. E i cinesi non stanno comprando tutto ciò che le loro fabbriche devono vendere.
È qui che appare una delle grandi contraddizioni del modello.
Per decenni la Cina è cresciuta investendo enormi quantità di denaro. Ha costruito strade, ferrovie, porti, abitazioni e fabbriche su una scala che pochi paesi potevano eguagliare. Questo processo ha contribuito a trasformare una nazione relativamente povera nella seconda economia del mondo.
Ma arriva un momento in cui continuare a costruire non produce più gli stessi benefici.
Una strada necessaria facilita il commercio. Costruirne un’altra dove ce ne sono già abbastanza apporta molto meno. Una fabbrica crea ricchezza quando esistono compratori per i suoi prodotti. Ampliarla quando produce già più di quanto riesce a vendere crea un altro problema.
E Pechino non può semplicemente fermare quella macchina. Ridurre bruscamente gli investimenti significherebbe meno costruzioni, meno ordini, meno posti di lavoro e minore crescita. Per questo il governo continua a cercare di sostenere l’attività facilitando il credito e promuovendo nuovi investimenti.
Ma emerge una difficoltà che nemmeno Pechino può risolvere con un ordine: il fatto che ci sia denaro disponibile da investire non significa che esistano abbastanza buoni affari in cui investirlo.
La Cina può ordinare a una banca di concedere più credito. Può finanziare un’altra strada o contribuire a costruire un’altra fabbrica.
Quello che non può ordinare è che 1,4 miliardi di cinesi si sentano più ricchi e escano a comprare.
Resta allora un’altra via d’uscita: vendere all’estero.
Le esportazioni diventano così una valvola sempre più importante: ciò che i cinesi non comprano deve trovare compratori in altri paesi.
È qui che comincia a cambiare l’immagine del gigante economico invulnerabile.
La straordinaria capacità esportatrice della Cina continua a essere uno dei suoi maggiori punti di forza. Ma quando ha bisogno che altri paesi acquistino una quota crescente di ciò che producono le sue fabbriche, quella forza comincia anche a trasformarsi in una dipendenza.
La Cina può produrre più automobili, batterie, macchinari e pannelli solari.
Non può produrre i compratori di cui ha bisogno.
Stati Uniti, Europa, America Latina e il resto dell’Asia devono voler — e permettere — che quei prodotti entrino nei loro mercati.
Questo non significa che la Cina sia sull’orlo del collasso. Sarebbe assurdo sottovalutare un’economia di tali dimensioni e potenza industriale e tecnologica.
Significa qualcosa di più interessante.
La Cina non è la macchina economica infallibile che molti hanno immaginato per anni.
Anche la Cina costruisce troppo. Anche la Cina investe male enormi quantità di denaro. Anche la Cina commette errori che poi deve correggere. E scopre anche che nemmeno un governo autoritario con un potere straordinario su banche e imprese può eliminare le leggi fondamentali dell’economia.
La Cina ha sorpreso il mondo dimostrando quanto poteva produrre.
Ora si trova davanti a una domanda molto più scomoda:
Chi comprerà tutto ciò che la Cina deve produrre per mantenere in funzione la sua gigantesca macchina economica?




