Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Durante más de seis décadas,
millones de cubanos salieron de la Isla en busca de libertad y oportunidades.
Lejos de constituir una pérdida para la nación, se han convertido, junto con
sus hijos y nietos, en un extraordinario activo para Cuba. En sociedades
democráticas encontraron libertades, respeto a las leyes y oportunidades para
desarrollar sus capacidades. Al mismo tiempo, mantuvieron vínculos con
familiares y amigos en la Isla que permitieron a generaciones de cubanos
conocer directamente otra realidad. La nación cubana se extendió por el mundo y
hoy es mucho más amplia que el territorio donde nació.
Quienes pudieron
establecerse en sociedades democráticas encontraron condiciones para trabajar,
estudiar, emprender, expresarse libremente y decidir su propio futuro. Muchos
prosperaron, formaron familias y sus descendientes crecieron disfrutando de
esas mismas libertades y oportunidades.
De haberse quedado en Cuba,
varias generaciones habrían vivido bajo un sistema caracterizado por el
adoctrinamiento político, la vigilancia del Estado, la ausencia de libertades
fundamentales y la persecución de quienes disentían. También habrían encontrado
enormes limitaciones para emprender y desarrollar libremente sus capacidades.
Eso no significa que Cuba los haya perdido.
Tampoco debemos medir su
relación con Cuba por la decisión de regresar o no a vivir en la Isla. Volver a
Cuba no es una medida de patriotismo. Después de décadas en el exterior,
millones de cubanos y sus descendientes tienen familias, carreras, empresas,
propiedades, amistades y comunidades en los países donde viven.
Algunos regresarán a una
Cuba democrática. Otros invertirán, enseñarán, colaborarán profesionalmente o
pasarán temporadas allí. Muchos solamente la visitarán y otros quizás nunca
regresen. Cada uno decidirá libremente qué relación quiere mantener con el país
donde nació o con la tierra de sus padres y abuelos.
Ninguna de esas decisiones
disminuye su valor para Cuba. Sus conocimientos, experiencia profesional,
recursos, relaciones internacionales y, sobre todo, su experiencia viviendo
bajo instituciones democráticas constituyen un enorme capital humano
distribuido por el mundo.
Además, su propia presencia
en otras sociedades proyecta a Cuba más allá de sus fronteras. En mayor o menor
grado, ellos y sus descendientes llevan consigo una cultura, unas tradiciones y
la memoria de una historia marcada por las luchas por la independencia y la
libertad. Son embajadores naturales de Cuba en el mundo, no porque alguien les
haya encomendado esa misión, sino porque sus raíces forman parte de quienes
son.
La Operación Pedro Pan fue
una temprana demostración de este fenómeno. Más de 14.000 menores salieron de
Cuba hacia Estados Unidos entre 1960 y 1962. Entre ellos hubo posteriormente
senadores, embajadores, profesores universitarios, empresarios y artistas.
Pero Pedro Pan representa
solamente una pequeña parte de una historia mucho mayor. Durante décadas
salieron niños y jóvenes con sus familias y después nacieron nuevas
generaciones en el exterior. Algunos alcanzaron posiciones extraordinarias;
muchos otros construyeron vidas de éxito menos conocidas: compraron viviendas,
crearon pequeños negocios, ejercieron profesiones y enviaron a sus hijos a
universidades.
Y todo eso se sabía en Cuba.
La dictadura podía controlar
la prensa, la televisión, la radio y las escuelas, pero nunca logró controlar
completamente las comunicaciones entre los cubanos de dentro y los de fuera.
Primero fueron las cartas y
fotografías. Después las llamadas telefónicas, las visitas, los paquetes y las
remesas. Finalmente llegaron Internet, las videollamadas y las redes sociales.
Durante más de seis décadas,
el pueblo cubano tuvo así millones de ventanas hacia el mundo democrático. El
hermano que había llegado sin dinero encontraba trabajo; el primo compraba una
casa; los hijos estudiaban; un amigo abría un negocio. Y desde las economías
capitalistas que condenaba la propaganda oficial llegaba el dinero que permitía
comprar alimentos y medicinas en Cuba.
Cada remesa llevaba dinero, pero también información.
No hacía falta estudiar
economía para comprender la contradicción. La experiencia de familiares y
amigos mostraba diariamente lo que los cubanos podían alcanzar cuando disponían
de libertad, derechos, iniciativa privada y oportunidades.
La diáspora mantuvo así
abierta una comunicación entre el pueblo cubano y el mundo libre que el régimen
nunca pudo cerrar.
Una futura democracia
heredará ese extraordinario patrimonio: cubanos, hijos y nietos de cubanos
establecidos en numerosos países, con conocimientos, experiencia, recursos,
relaciones internacionales y una cultura formada en sociedades libres.
No será necesario que regresen
para demostrar su patriotismo ni para seguir formando parte de Cuba.
Participarán en su futuro en la medida que cada uno libremente decida.
Son parte de una Cuba que
creció más allá de sus fronteras y de una nación que ninguna dictadura pudo
esclavizar para siempre.
CUBA ALSO GREW BEYOND
CUBA
Emigrants,
their children and their grandchildren are an asset to the homeland of José
Martí
For more than six decades,
millions of Cubans left the Island in search of freedom and opportunity. Far
from constituting a loss to the nation, they have become, together with their
children and grandchildren, an extraordinary asset for Cuba. In democratic
societies they found freedoms, respect for the law, and opportunities to
develop their abilities. At the same time, they maintained ties with relatives
and friends on the Island that allowed generations of Cubans to learn directly
about another reality. The Cuban nation spread across the world and today is
much broader than the territory where it was born.
Those who were able to
settle in democratic societies found the conditions to work, study, start
businesses, express themselves freely, and decide their own future. Many
prospered, formed families, and their descendants grew up enjoying those same
freedoms and opportunities.
Had they remained in Cuba,
several generations would have lived under a system characterized by political
indoctrination, state surveillance, the absence of fundamental freedoms, and
the persecution of dissenters. They would also have faced enormous limitations
on entrepreneurship and on the free development of their abilities.
That does not mean Cuba lost them.
Nor should we measure their
relationship with Cuba by whether or not they decide to return to live on the
Island. Returning to Cuba is not a measure of patriotism. After decades abroad,
millions of Cubans and their descendants have families, careers, businesses,
property, friendships, and communities in the countries where they live.
Some will return to a
democratic Cuba. Others will invest, teach, collaborate professionally, or
spend periods of time there. Many will only visit, and others may never return.
Each person will freely decide what relationship to maintain with the country
where they were born or with the land of their parents and grandparents.
None of those decisions
diminishes their value to Cuba. Their knowledge, professional experience,
resources, international relationships and, above all, their experience living
under democratic institutions constitute an enormous body of human capital
distributed throughout the world.
In addition, their very
presence in other societies projects Cuba beyond its borders. To a greater or
lesser degree, they and their descendants carry with them a culture,
traditions, and the memory of a history marked by struggles for independence
and freedom. They are natural ambassadors of Cuba in the world, not because
anyone assigned them that mission, but because their roots are part of who they
are.
Operation Pedro Pan was an
early demonstration of this phenomenon. More than 14,000 minors left Cuba for
the United States between 1960 and 1962. Among them were future senators,
ambassadors, university professors, business leaders, and artists.
But Pedro Pan represents
only a small part of a much larger story. For decades, children and young
people left with their families, and later new generations were born abroad.
Some reached extraordinary positions; many others built less celebrated
successful lives: they bought homes, created small businesses, practiced
professions, and sent their children to universities.
And all of that was known in Cuba.
The dictatorship could
control the press, television, radio, and schools, but it never managed to
completely control communications between Cubans inside and outside the
country.
First came letters and
photographs. Then telephone calls, visits, packages, and remittances. Finally
came the Internet, video calls, and social networks.
For more than six decades,
the Cuban people thus had millions of windows onto the democratic world. The
brother who had arrived without money found a job; the cousin bought a house;
the children studied; a friend opened a business. And from the capitalist
economies condemned by official propaganda came the money that made it possible
to buy food and medicines in Cuba.
Every remittance carried money, but also information.
One did not need to study
economics to understand the contradiction. The experience of relatives and
friends showed every day what Cubans could achieve when they had freedom, rights,
private initiative, and opportunity.
The diaspora thus kept open
a channel of communication between the Cuban people and the free world that the
regime could never close.
A future democracy will
inherit that extraordinary heritage: Cubans, children and grandchildren of
Cubans established in many countries, with knowledge, experience, resources,
international relationships, and a culture shaped in free societies.
They will not need to return
to prove their patriotism or to remain part of Cuba. They will participate in
its future to the extent that each freely chooses.
They are part of a Cuba that
grew beyond its borders and of a nation that no dictatorship could enslave
forever.
CUBA A AUSSI GRANDI
AU-DELÀ DE CUBA
Les
émigrés, leurs enfants et leurs petits-enfants sont un atout pour la patrie de
José Martí
Pendant plus de six
décennies, des millions de Cubains ont quitté l’île à la recherche de liberté
et d’opportunités. Loin de constituer une perte pour la nation, ils sont
devenus, avec leurs enfants et leurs petits-enfants, un atout extraordinaire
pour Cuba. Dans des sociétés démocratiques, ils ont trouvé des libertés, le
respect des lois et des possibilités de développer leurs capacités. Dans le
même temps, ils ont maintenu des liens avec leurs parents et amis restés sur
l’île, permettant à des générations de Cubains de connaître directement une
autre réalité. La nation cubaine s’est étendue dans le monde et elle est
aujourd’hui bien plus vaste que le territoire où elle est née.
Ceux qui ont pu s’établir
dans des sociétés démocratiques ont trouvé les conditions nécessaires pour
travailler, étudier, entreprendre, s’exprimer librement et décider de leur
propre avenir. Beaucoup ont prospéré, fondé des familles, et leurs descendants
ont grandi en bénéficiant de ces mêmes libertés et opportunités.
S’ils étaient restés à Cuba,
plusieurs générations auraient vécu sous un système caractérisé par
l’endoctrinement politique, la surveillance de l’État, l’absence de libertés
fondamentales et la persécution de ceux qui exprimaient leur désaccord. Ils
auraient également rencontré d’énormes obstacles pour entreprendre et
développer librement leurs capacités.
Cela ne signifie pas que Cuba les ait perdus.
Nous ne devons pas non plus
mesurer leur relation avec Cuba selon qu’ils décident ou non de revenir vivre
sur l’île. Revenir à Cuba n’est pas une mesure du patriotisme. Après des
décennies à l’étranger, des millions de Cubains et leurs descendants ont des
familles, des carrières, des entreprises, des biens, des amitiés et des
communautés dans les pays où ils vivent.
Certains retourneront dans
une Cuba démocratique. D’autres investiront, enseigneront, collaboreront
professionnellement ou y passeront des périodes de temps. Beaucoup ne feront
que la visiter et d’autres ne reviendront peut-être jamais. Chacun décidera
librement de la relation qu’il souhaite entretenir avec le pays où il est né ou
avec la terre de ses parents et de ses grands-parents.
Aucune de ces décisions ne
diminue leur valeur pour Cuba. Leurs connaissances, leur expérience
professionnelle, leurs ressources, leurs relations internationales et, surtout,
leur expérience de la vie sous des institutions démocratiques constituent un
immense capital humain réparti dans le monde entier.
En outre, leur présence même
dans d’autres sociétés projette Cuba au-delà de ses frontières. À des degrés
divers, eux et leurs descendants portent avec eux une culture, des traditions
et la mémoire d’une histoire marquée par les luttes pour l’indépendance et la
liberté. Ils sont des ambassadeurs naturels de Cuba dans le monde, non parce
que quelqu’un leur a confié cette mission, mais parce que leurs racines font
partie de ce qu’ils sont.
L’Opération Pedro Pan fut
une première démonstration de ce phénomène. Plus de 14 000 mineurs quittèrent
Cuba pour les États-Unis entre 1960 et 1962. Parmi eux se trouvèrent plus tard
des sénateurs, des ambassadeurs, des professeurs d’université, des chefs
d’entreprise et des artistes.
Mais Pedro Pan ne représente
qu’une petite partie d’une histoire beaucoup plus vaste. Pendant des décennies,
des enfants et des jeunes ont quitté le pays avec leurs familles, puis de
nouvelles générations sont nées à l’étranger. Certains ont atteint des
positions extraordinaires ; beaucoup d’autres ont construit des vies réussies,
moins connues : ils ont acheté des logements, créé de petites entreprises,
exercé des professions et envoyé leurs enfants à l’université.
Et tout cela se savait à Cuba.
La dictature pouvait
contrôler la presse, la télévision, la radio et les écoles, mais elle n’a
jamais réussi à contrôler complètement les communications entre les Cubains de
l’intérieur et ceux de l’extérieur.
D’abord vinrent les lettres
et les photographies. Puis les appels téléphoniques, les visites, les colis et
les envois d’argent. Enfin arrivèrent Internet, les appels vidéo et les réseaux
sociaux.
Pendant plus de six
décennies, le peuple cubain a ainsi disposé de millions de fenêtres ouvertes
sur le monde démocratique. Le frère arrivé sans argent trouvait du travail ; le
cousin achetait une maison ; les enfants étudiaient ; un ami ouvrait une
entreprise. Et des économies capitalistes condamnées par la propagande
officielle venait l’argent qui permettait d’acheter à Cuba de la nourriture et
des médicaments.
Chaque envoi d’argent
apportait de l’argent, mais aussi de l’information.
Il n’était pas nécessaire
d’étudier l’économie pour comprendre la contradiction. L’expérience des parents
et des amis montrait chaque jour ce que les Cubains pouvaient accomplir
lorsqu’ils disposaient de liberté, de droits, d’initiative privée et
d’opportunités.
La diaspora a ainsi maintenu
ouverte une communication entre le peuple cubain et le monde libre que le
régime n’a jamais pu fermer.
Une future démocratie
héritera de ce patrimoine extraordinaire : des Cubains, des enfants et des
petits-enfants de Cubains établis dans de nombreux pays, dotés de
connaissances, d’expérience, de ressources, de relations internationales et
d’une culture formée dans des sociétés libres.
Ils n’auront pas besoin de
revenir pour prouver leur patriotisme ni pour continuer à faire partie de Cuba.
Ils participeront à son avenir dans la mesure que chacun choisira librement.
Ils font partie d’une Cuba
qui a grandi au-delà de ses frontières et d’une nation qu’aucune dictature n’a
pu réduire en esclavage pour toujours.
CUBA È CRESCIUTA
ANCHE FUORI DA CUBA
Gli
emigrati, i loro figli e i loro nipoti sono una risorsa per la patria di José
Martí
Per più di sei decenni,
milioni di cubani hanno lasciato l’Isola in cerca di libertà e opportunità.
Lungi dal costituire una perdita per la nazione, sono diventati, insieme ai
loro figli e nipoti, una straordinaria risorsa per Cuba. Nelle società
democratiche hanno trovato libertà, rispetto delle leggi e opportunità per
sviluppare le proprie capacità. Allo stesso tempo, hanno mantenuto legami con
familiari e amici sull’Isola, consentendo a generazioni di cubani di conoscere
direttamente un’altra realtà. La nazione cubana si è estesa nel mondo e oggi è
molto più ampia del territorio in cui è nata.
Coloro che hanno potuto
stabilirsi in società democratiche hanno trovato le condizioni per lavorare,
studiare, intraprendere, esprimersi liberamente e decidere il proprio futuro.
Molti hanno prosperato, formato famiglie e i loro discendenti sono cresciuti
godendo delle stesse libertà e opportunità.
Se fossero rimasti a Cuba,
diverse generazioni avrebbero vissuto sotto un sistema caratterizzato
dall’indottrinamento politico, dalla sorveglianza dello Stato, dall’assenza di
libertà fondamentali e dalla persecuzione di chi dissentiva. Avrebbero inoltre
incontrato enormi limitazioni nell’intraprendere e nello sviluppare liberamente
le proprie capacità.
Questo non significa che Cuba li abbia perduti.
Non dobbiamo neppure
misurare il loro rapporto con Cuba in base alla decisione di tornare o meno a
vivere sull’Isola. Tornare a Cuba non è una misura del patriottismo. Dopo
decenni all’estero, milioni di cubani e i loro discendenti hanno famiglie,
carriere, imprese, proprietà, amicizie e comunità nei paesi in cui vivono.
Alcuni torneranno in una
Cuba democratica. Altri investiranno, insegneranno, collaboreranno
professionalmente o vi trascorreranno periodi di tempo. Molti si limiteranno a
visitarla e altri forse non torneranno mai. Ognuno deciderà liberamente quale
rapporto mantenere con il paese in cui è nato o con la terra dei propri
genitori e nonni.
Nessuna di queste decisioni
diminuisce il loro valore per Cuba. Le loro conoscenze, l’esperienza
professionale, le risorse, le relazioni internazionali e, soprattutto,
l’esperienza di vita sotto istituzioni democratiche costituiscono un enorme
capitale umano distribuito nel mondo.
Inoltre, la loro stessa
presenza in altre società proietta Cuba oltre i suoi confini. In misura
maggiore o minore, essi e i loro discendenti portano con sé una cultura, delle
tradizioni e la memoria di una storia segnata dalle lotte per l’indipendenza e
la libertà. Sono ambasciatori naturali di Cuba nel mondo, non perché qualcuno
abbia affidato loro questa missione, ma perché le loro radici fanno parte di
ciò che sono.
L’Operazione Pedro Pan fu
una prima dimostrazione di questo fenomeno. Più di 14.000 minori lasciarono
Cuba diretti negli Stati Uniti tra il 1960 e il 1962. Tra loro vi furono in
seguito senatori, ambasciatori, professori universitari, imprenditori e
artisti.
Ma Pedro Pan rappresenta
soltanto una piccola parte di una storia molto più grande. Per decenni bambini
e giovani partirono con le loro famiglie e successivamente nacquero nuove
generazioni all’estero. Alcuni raggiunsero posizioni straordinarie; molti altri
costruirono vite di successo meno conosciute: acquistarono case, crearono
piccole imprese, esercitarono professioni e mandarono i propri figli
all’università.
E tutto questo si sapeva a Cuba.
La dittatura poteva
controllare la stampa, la televisione, la radio e le scuole, ma non riuscì mai
a controllare completamente le comunicazioni tra i cubani dentro e fuori dal
paese.
Prima furono le lettere e le
fotografie. Poi le telefonate, le visite, i pacchi e le rimesse. Infine
arrivarono Internet, le videochiamate e i social network.
Per più di sei decenni, il
popolo cubano ebbe così milioni di finestre sul mondo democratico. Il fratello
arrivato senza denaro trovava lavoro; il cugino comprava una casa; i figli studiavano;
un amico apriva un’attività. E dalle economie capitaliste condannate dalla
propaganda ufficiale arrivava il denaro che permetteva di comprare cibo e
medicine a Cuba.
Ogni rimessa portava denaro, ma anche informazioni.
Non era necessario studiare economia
per comprendere la contraddizione. L’esperienza di familiari e amici mostrava
ogni giorno ciò che i cubani potevano realizzare quando disponevano di libertà,
diritti, iniziativa privata e opportunità.
La diaspora mantenne così
aperta una comunicazione tra il popolo cubano e il mondo libero che il regime
non riuscì mai a chiudere.
Una futura democrazia
erediterà questo straordinario patrimonio: cubani, figli e nipoti di cubani
stabiliti in numerosi paesi, con conoscenze, esperienza, risorse, relazioni
internazionali e una cultura formata in società libere.
Non sarà necessario che
tornino per dimostrare il loro patriottismo né per continuare a far parte di
Cuba. Parteciperanno al suo futuro nella misura che ciascuno sceglierà
liberamente.
Fanno parte di una Cuba che
è cresciuta oltre i suoi confini e di una nazione che nessuna dittatura ha
potuto rendere schiava per sempre.