EL VERDADERO RIESGO NO ES EL COLAPSO DE CUBA
Respuesta al artículo de Walter Russell Mead “The Perils of a Cuban Collapse”, publicado en The Wall Street Journal el 8 de junio de 2026
Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
En su artículo publicado el 8 de junio de 2026 en The Wall Street Journal, titulado “The Perils of a Cuban Collapse”, Walter Russell Mead plantea una pregunta importante: ¿qué ocurriría si finalmente cae el régimen comunista cubano?
Sus preocupaciones merecen ser tomadas en serio. La inestabilidad política, las presiones migratorias, la criminalidad y la debilidad institucional son desafíos que pueden acompañar cualquier transición democrática. La historia ofrece numerosos ejemplos de sistemas autoritarios cuyo colapso generó períodos difíciles de ajuste.
Sin embargo, el análisis de Mead parte de una premisa que merece ser examinada con más detenimiento: que la Cuba actual representa estabilidad y que el principal peligro reside en lo que podría ocurrir después de la desaparición del régimen.
La realidad es muy distinta. Cuba no se acerca al colapso. Cuba ya lo está viviendo.
El sistema eléctrico nacional se encuentra al borde del fracaso. Provincias enteras pasan gran parte de sus días en la oscuridad. El transporte público apenas funciona. Los hospitales sufren una escasez crónica de medicamentos e insumos. La producción de alimentos continúa deteriorándose. La infraestructura del país se desmorona. Cientos de miles de cubanos han abandonado la Isla en una de las mayores oleadas migratorias de la historia moderna del hemisferio occidental.
El caos social y económico que Mead teme como una posibilidad futura es cada vez más visible en la realidad presente de Cuba.
El argumento de que la caída del régimen podría generar inestabilidad parte de la idea de que el sistema actual todavía proporciona estabilidad. Cada día resulta más difícil sostener esa afirmación.
Durante décadas, la dirigencia comunista sobrevivió gracias a una combinación de represión política, subsidios extranjeros, remesas familiares y aperturas económicas cuidadosamente controladas. Primero fue la Unión Soviética. Más tarde fue Venezuela. Los inversionistas extranjeros aportaron divisas. Los exiliados cubanos enviaron miles de millones de dólares para sostener a sus familiares atrapados en la Isla.
Pero sobrevivir no es lo mismo que tener éxito.
El principal logro del régimen cubano no ha sido la creación de prosperidad, oportunidades o instituciones sólidas. Su principal logro ha sido preservar su propio poder político mientras la capacidad productiva de la nación se deterioraba año tras año.
Mead señala correctamente que las instituciones cubanas se han debilitado de manera dramática. Donde muchos cubanos discreparían es en la causa de ese deterioro.
Las instituciones no se debilitaron porque la democracia llegara demasiado pronto.
Se debilitaron porque la democracia nunca llegó.
Un gobierno puede silenciar las protestas, encarcelar opositores y restringir la información. Lo que no puede hacer indefinidamente es suprimir la realidad económica. El deterioro que hoy se observa en Cuba no es consecuencia de una transición democrática fallida. Es el resultado acumulado de más de seis décadas de monopolio político.
Tampoco debe verse a la diáspora cubana únicamente como una fuente potencial de presión migratoria. La diáspora constituye uno de los mayores activos estratégicos de una futura Cuba democrática.
Millones de cubanos en el exterior poseen capital, experiencia empresarial, conocimientos profesionales, capacidad de gestión y profundos vínculos familiares con la Isla. A diferencia de muchos países que enfrentan procesos de transición, Cuba cuenta con una extensa red global capaz de contribuir a la reconstrucción económica, la inversión productiva y el fortalecimiento institucional.
La experiencia de Europa del Este ofrece una lección importante. Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, la República Checa y otros países enfrentaron enormes incertidumbres tras el colapso del comunismo. Sin embargo, la transición democrática terminó produciendo instituciones más fuertes, mayores niveles de prosperidad, más libertad política y una soberanía nacional más sólida.
El mayor peligro que enfrenta Cuba hoy no es la incertidumbre del cambio.
Es la certeza de la decadencia continua.
Cada año que transcurre bajo el modelo actual significa más emigración, más deterioro de la infraestructura, más empobrecimiento y menos jóvenes dispuestos a construir su futuro en el país.
El debate no debería plantearse como una elección entre estabilidad y cambio.
La verdadera elección es entre una transición democrática ordenada y una decadencia nacional descontrolada.
Walter Russell Mead tiene razón al preguntar qué ocurrirá después del comunismo.
Pero los cubanos también debemos preguntarnos qué ocurrirá si el comunismo nunca termina.
Después de más de seis décadas de fracaso económico, represión política, deterioro institucional y empobrecimiento nacional, esa puede ser la pregunta más urgente de todas.
El verdadero peligro no es que Cuba colapse después del comunismo.
El verdadero peligro es que Cuba siga colapsando bajo él.









