EL MUNDO SEGÚN EL PRESIDENTE DE FINLANDIA


Una reflexión sobre el nuevo equilibrio del poder mundial

 

Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Las grandes potencias no empiezan a perder influencia cuando aparecen nuevos enemigos. Empiezan a descubrir los límites de su poder cuando sus propios aliados se sienten con la libertad de decirles «no».

 

Alexander Stubb no habla de geopolítica desde la teoría, sino desde la experiencia de un país que ha luchado durante más de un siglo por preservar su independencia frente a Rusia. Durante la Guerra de Invierno (1939-1940), un pequeño ejército finlandés resistió durante meses la invasión soviética y protagonizó una de las mayores sorpresas militares del siglo XX.

 

Hoy, con apenas 5,6 millones de habitantes, Finlandia mantiene uno de los sistemas de defensa más sólidos de Europa, basado en el servicio militar obligatorio, una reserva cercana a los 900.000 ciudadanos entrenados y una extraordinaria capacidad de movilización. Cuando el presidente de Finlandia reflexiona sobre el futuro del orden internacional, conviene escucharlo.

 

Los grandes cambios del sistema internacional rara vez se anuncian mediante discursos. Se revelan cuando un aliado decide actuar de manera distinta a la esperada. Eso fue precisamente lo que ocurrió cuando Arabia Saudita se negó inicialmente a facilitar una operación militar de Estados Unidos en el estrecho de Ormuz. Más que un incidente diplomático, aquel episodio puede interpretarse como una señal de que el mundo está entrando en una nueva etapa, una transformación que Alexander Stubb anticipó en su libro The Triangle of Power: Rebalancing the New World Order.

 

Durante más de tres décadas, tras el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos emergió como la única superpotencia capaz de proyectar simultáneamente poder militar, económico, tecnológico y diplomático a escala global. Muchos llegaron a pensar que aquel orden unipolar sería permanente.

 

Sin embargo, Stubb sostiene que estamos asistiendo al nacimiento de un sistema diferente. No necesariamente uno dominado por otra potencia, sino un mundo caracterizado por una distribución más amplia del poder y por una creciente autonomía de los Estados para definir y defender sus propios intereses nacionales.

 

La pregunta resulta inevitable: ¿está ocurriendo realmente esa transformación o se trata únicamente de una teoría atractiva?

 

El episodio revelado por The Wall Street Journal sobre el enfrentamiento diplomático entre Washington y Arabia Saudita ofrece una oportunidad excepcional para poner a prueba la tesis de Stubb.

 

El desacuerdo saudita no comenzó con la operación en Ormuz. Desde las primeras semanas de la crisis, Riad había advertido a Washington que una guerra contra Irán podía cerrar el estrecho, sacudir los mercados petroleros y poner en riesgo la estabilidad del Golfo. Arabia Saudita y otros países árabes defendieron públicamente que sus bases y su espacio aéreo no debían ser utilizados para atacar a Irán.

 

La guerra, sin embargo, comenzó junto a Israel, y los temores sauditas se confirmaron cuando Irán respondió con ataques contra centros urbanos, infraestructura energética y aeropuertos del Golfo.

 

Para el príncipe heredero, Mohammed bin Salman, el problema no era únicamente militar. Era estratégico. Washington había ignorado el cálculo de seguridad de uno de sus aliados más importantes.

 

LA PRUEBA DE STUBB

 

Esa diferencia de criterio explica lo ocurrido después.

 

Cuando Estados Unidos anunció la operación destinada a garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz, Arabia Saudita reaccionó con alarma. Consideró que la iniciativa podía provocar una nueva escalada iraní y volver a exponer la infraestructura energética del reino a nuevos ataques.

 

Por esa razón, Riad bloqueó inicialmente el acceso estadounidense a bases y espacio aéreo indispensables para la operación. No era una ruptura con Washington, pero sí una advertencia inequívoca: incluso un aliado histórico podía decir «no» cuando entendía que sus intereses vitales estaban en juego.

 

Si el episodio entre Washington y Riad hubiera sido un hecho aislado, podría explicarse como un desacuerdo circunstancial entre dos gobiernos. Pero observado a la luz de la interpretación de Alexander Stubb adquiere un significado mucho más profundo.

 

La negativa saudita no fue simplemente una diferencia táctica. Fue la expresión de un cambio en la forma en que los Estados entienden sus alianzas.

 

En The Triangle of Power: Rebalancing the New World Order, Stubb sostiene que el sistema internacional está dejando atrás la etapa unipolar surgida tras el colapso de la Unión Soviética. No afirma que Estados Unidos haya dejado de ser la principal potencia mundial ni que otra nación vaya a sustituirlo como centro exclusivo del poder.

 

Su tesis es más compleja y, probablemente, más realista.

 

El mundo está entrando en una etapa en la que el poder se distribuye entre varios centros de decisión y donde los Estados recuperan un margen creciente para definir y defender sus propios intereses nacionales.

 

Las alianzas no desaparecen.

 

La OTAN continúa siendo indispensable para la seguridad europea y la cooperación entre Estados Unidos y sus socios sigue siendo un elemento esencial del equilibrio internacional.

 

Lo que cambia es la naturaleza de esas relaciones.

 

Las alianzas dejan de funcionar por automatismo y pasan a sustentarse en decisiones cada vez más condicionadas por los intereses nacionales de cada uno de sus miembros.

 

El caso saudita ilustra con claridad esa evolución.

 

Riad no rompió su alianza con Washington. No expulsó a las fuerzas estadounidenses ni puso fin a décadas de cooperación militar.

 

Lo que hizo fue ejercer un derecho que durante muchos años parecía reservado únicamente a las grandes potencias: discrepar cuando consideró que la estrategia propuesta aumentaba los riesgos para su propia seguridad.

 

Ese «no» posee un significado que trasciende la crisis del estrecho de Ormuz.

 

Refleja la aparición de una nueva realidad internacional en la que incluso los aliados más cercanos se sienten hoy con la autoridad política suficiente para defender públicamente sus propios intereses cuando estos no coinciden plenamente con los de la potencia que encabeza la alianza.

 

La influencia continúa existiendo.

 

El liderazgo también.

 

Lo que parece haber terminado es la época en que una alianza implicaba obediencia automática.

 

Quizá ese sea el cambio más importante que Alexander Stubb intenta explicar: el poder no desaparece, pero empieza a ejercerse sobre aliados que han decidido pensar y actuar cada vez más por sí mismos.

 

EUROPA TAMBIÉN COMENZÓ A DECIDIR POR SÍ MISMA

 

Arabia Saudita no fue el único aliado que actuó siguiendo esa lógica.

 

Mientras Washington e Israel avanzaban hacia una confrontación militar con Irán, la mayoría de los gobiernos europeos adoptó una posición mucho más prudente. Respaldaron el derecho de Israel a defenderse y mantuvieron intactos sus compromisos con la OTAN, pero evitaron involucrarse directamente en una guerra regional que consideraban contraria a los intereses estratégicos del continente.

 

Europa comprendía que un conflicto prolongado en el Golfo amenazaba el suministro energético mundial, afectaba su economía y aumentaba el riesgo de una nueva desestabilización regional.

 

Su prioridad fue contener la escalada antes que ampliarla.

 

Ese comportamiento coincide plenamente con la interpretación de Alexander Stubb.

 

Las alianzas permanecen, pero funcionan de otra manera. La cooperación ya no excluye la discrepancia, y la solidaridad entre aliados deja espacio a una autonomía estratégica que hace apenas dos décadas habría parecido excepcional.

 

LA PARADOJA DE TRUMP

 

La transformación descrita por Stubb plantea un desafío para cualquier presidente estadounidense. En el caso de Donald Trump, ese desafío adquiere una dimensión especialmente interesante.

 

Trump ha insistido durante años en que los aliados deben asumir una mayor responsabilidad por su propia seguridad. Ha reclamado a los miembros de la OTAN un incremento de su gasto militar y ha pedido a Europa y a los países del Golfo depender menos del poder estadounidense.

 

Ese planteamiento responde a una lógica comprensible.

 

Estados Unidos ya no puede soportar en solitario el enorme costo político, económico y militar del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero esa estrategia contiene una paradoja.

 

A medida que los aliados adquieren mayores capacidades militares, económicas y políticas, también fortalecen su capacidad para decidir por sí mismos.

 

Y cuando esas decisiones no coinciden con las preferencias de Washington, surge inevitablemente la tensión.

 

Eso fue precisamente lo ocurrido con Arabia Saudita.

 

El reino actuó como Estados Unidos llevaba años pidiendo a sus aliados que actuaran: evaluó la situación desde la perspectiva de sus propios intereses nacionales.

 

Sin embargo, la conclusión a la que llegó fue distinta de la esperada por Washington.

 

La paradoja, en realidad, no pertenece únicamente a Trump.

 

Refleja un dilema histórico que probablemente marcará la política exterior estadounidense durante las próximas décadas:

 

¿Cómo mantener el liderazgo de una alianza cuyos miembros son cada vez más fuertes, más seguros de sí mismos y más autónomos?

 

EL DISCURSO QUE PUTIN NO QUERÍA ESCUCHAR

 

Recientemente Europa ofreció otra señal de esa misma transformación.

 

Durante la Conferencia para la Recuperación de Ucrania celebrada en Roma, el canciller alemán Friedrich Merz pronunció un discurso que trascendía ampliamente la guerra en Ucrania.

 

Más que anunciar nuevas medidas de apoyo, reveló un cambio profundo en la forma en que Europa empieza a concebir su propia seguridad.

 

Ese discurso merece una reflexión específica. Por esa razón le dediqué el ensayo "El discurso que Putin no quería escuchar", donde analizo cómo Europa comienza a asumir responsabilidades estratégicas que durante décadas descansaron principalmente sobre Estados Unidos.

 

Lo relevante para este artículo es que esa evolución confirma, desde un escenario completamente distinto, la tesis formulada por Alexander Stubb.

 

Merz no habló como el dirigente de un continente resignado a ser protegido.

 

Habló como representante de una Europa que empieza a comprender que su seguridad no puede depender exclusivamente de la voluntad de Washington.

 

Esa diferencia resulta decisiva.

 

Europa no está abandonando la alianza atlántica.

 

Está entendiendo que una alianza sólida exige socios capaces de asumir responsabilidades propias.

 

El punto central no es que Europa pretenda sustituir a Estados Unidos.

 

Es que comienza a comprender que su peso político dependerá cada vez más de su capacidad para actuar, invertir, defenderse y decidir.

 

Esa es precisamente la lógica de la nueva cultura estratégica.

 

Los aliados no dejan de ser aliados, pero ya no pueden permitirse actuar como simples dependencias estratégicas.

 

Si el discurso de Merz incomodó a Putin fue porque reveló que la guerra de Ucrania está produciendo un cambio que Moscú probablemente no esperaba: una Europa más consciente de sus vulnerabilidades, pero también más decidida a corregirlas.

 

Ese despertar europeo no contradice a Stubb.

 

Lo confirma.

 

El mundo que describe el presidente de Finlandia no es un mundo sin alianzas.

 

Es un mundo donde las alianzas solo podrán sobrevivir si están formadas por Estados que se respetan precisamente porque son capaces de decidir y asumir sus propias responsabilidades.

 

DEL GOLFO PÉRSICO A AMÉRICA LATINA

 

La tesis de Alexander Stubb no se agota en Europa ni en el Golfo Pérsico.

 

Si el orden internacional avanza hacia alianzas menos automáticas y más soberanas, América Latina tendrá que preguntarse cuál será su lugar en ese nuevo escenario.

 

Durante demasiado tiempo, nuestra región ha oscilado entre dos extremos igualmente estériles: la subordinación pasiva a una potencia externa o el antiamericanismo retórico que, con frecuencia, termina abriendo la puerta a nuevas formas de dependencia.

 

Ninguna de esas opciones responde a la lógica del mundo que Stubb describe.

 

La pregunta de fondo es otra.

 

¿Puede América Latina convertirse en una comunidad de naciones independientes, capaces de relacionarse con las principales potencias del mundo desde la dignidad de socios y no desde la fragilidad de protectorados?

 

Esa pregunta no es abstracta.

 

Afecta la seguridad, la economía, la tecnología, la energía, la migración y, sobre todo, la defensa de la democracia.

 

Un continente fragmentado, débil y sin una visión compartida seguirá siendo objeto de disputa entre las grandes potencias.

 

Un continente capaz de coordinar intereses, defender principios y construir alianzas responsables dispondrá de un margen mucho mayor para influir en su propio destino.

 

La nueva cultura estratégica no exige romper alianzas.

 

Exige algo más difícil y, al mismo tiempo, más valioso: construirlas desde la soberanía, la responsabilidad y el respeto mutuo.

 

CONCLUSIÓN

 

Alexander Stubb nos invita a mirar más allá de la guerra, más allá de la política cotidiana y más allá de los nombres de los gobernantes.

 

Su tesis no consiste en anunciar el fin de una potencia ni el ascenso inevitable de otra.

 

Consiste en advertir que el mundo está aprendiendo a funcionar de una manera diferente.

 

Si tiene razón, el episodio entre Washington y Arabia Saudita no será recordado únicamente por la crisis que provocó.

 

Será recordado porque puso de manifiesto algo mucho más profundo: las grandes potencias empiezan a descubrir los límites de su influencia cuando incluso sus propios aliados deciden ejercer plenamente su soberanía.

 

Las alianzas no desaparecen.

 

Pero dejan de descansar sobre la obediencia automática y comienzan a sostenerse sobre el respeto entre Estados que cooperan sin renunciar a decidir por sí mismos.

 

Esa reflexión trasciende a Europa, al Golfo Pérsico y a Estados Unidos.

 

También interpela a América Latina.

 

Porque, si el mundo avanza hacia alianzas entre Estados cada vez más soberanos, nuestra región tendrá que responder una pregunta que marcará buena parte de su futuro:

 

¿Quiere ser un conjunto de protectorados que gravitan alrededor de una gran potencia, o una comunidad de naciones independientes capaz de construir alianzas entre socios que se respetan mutuamente?

 

Hace más de un siglo, José Martí escribió una frase que hoy adquiere una sorprendente actualidad:

 

“La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.”

 

Martí pensaba en la libertad de los pueblos.

 

Pero su advertencia también ilumina la libertad de los Estados para decidir su propio destino.

 

Finlandia la defendió frente a la invasión soviética.

 

Arabia Saudita intentó ejercerla al anteponer su propia evaluación estratégica.

 

Europa comienza a reivindicarla al asumir mayores responsabilidades sobre su seguridad.

 

Y Alexander Stubb la convierte en una de las claves para comprender el nuevo equilibrio del poder mundial.


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CUBA: LA VERDADERA CAUSA DE LA CRISIS HUMANITARIA


Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

La misión de las Naciones Unidas no consiste en administrar las consecuencias de las dictaduras, sino en tener el valor de señalar las causas que las producen.

 

Francisco Pichón, coordinador residente de Naciones Unidas en Cuba, tiene razón al describir la gravedad de la crisis humanitaria que padecen millones de cubanos. Lo que resulta discutible es su explicación. Presentar las sanciones estadounidenses y la falta de combustible como la causa principal del desastre cubano equivale a confundir el síntoma con la enfermedad.

 

La emergencia humanitaria de Cuba no comenzó ahora. Es el resultado de décadas de decisiones tomadas por un monopolio político y económico que concentra la mayor parte de los recursos nacionales, fija las prioridades de inversión y opera sin controles públicos efectivos ni verdadera rendición de cuentas. Mientras esa estructura permanezca intacta, cualquier intento de explicar la crisis atribuyéndola principalmente a factores externos será, inevitablemente, una explicación incompleta.

 

Ese monopolio es GAESA, el conglomerado construido bajo la autoridad de Raúl Castro y administrado por un reducido grupo de sus incondicionales. En los hechos, GAESA controla una parte dominante de la economía cubana: turismo, comercio en divisas, puertos, zonas francas, inmobiliarias, servicios financieros y otros sectores estratégicos. Mientras ese aparato concentre las principales fuentes de divisas y decida las prioridades nacionales, ninguna explicación seria puede colocar a Estados Unidos como el origen principal del desastre.

 

Las propias estadísticas de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) respaldan esa conclusión. Durante varios años, la inversión en hoteles y restaurantes superó ampliamente la destinada a la agricultura, la industria alimentaria, la salud, los acueductos y otros servicios públicos esenciales. Esas cifras oficiales revelan cuáles fueron las prioridades del régimen: mientras el aparato económico controlado por el poder seguía expandiendo la infraestructura turística, la capacidad del país para producir alimentos, mantener hospitales y garantizar servicios básicos continuaba deteriorándose.

 

Durante años, el régimen destinó recursos enormes a inversiones turísticas, incluso cuando la ocupación hotelera caía y la población sufría una escasez creciente de alimentos, medicinas y servicios básicos. Mientras se construían hoteles, se reducía la prioridad de la agricultura, los hospitales, los acueductos, el alcantarillado, el transporte público, la compra de medicamentos y el control de plagas. Esa política de inversiones no fue un accidente; fue una decisión consciente del monopolio que controla la economía nacional.

 

La crisis alimentaria no puede explicarse por el embargo. Cuba dispone de tierras fértiles, abundante agua y condiciones climáticas privilegiadas. Lo que no tiene es libertad económica para producir. El monopolio estatal, los controles de precios, la inseguridad jurídica y la falta de incentivos destruyeron durante décadas la capacidad productiva del campo cubano. Paradójicamente, Estados Unidos ha sido durante años uno de los principales proveedores de alimentos y proteínas para Cuba, especialmente pollo, maíz y soya, vendidos bajo las excepciones humanitarias previstas en la legislación estadounidense.

 

Tampoco es cierto que las sanciones impidan la compra de medicamentos. La legislación de Estados Unidos contempla licencias para la exportación de medicamentos, equipos médicos y otros productos humanitarios. Si las farmacias cubanas permanecen vacías y los hospitales continúan deteriorándose, la explicación principal debe buscarse en las prioridades del monopolio económico que administra los recursos del país, no en Washington.

 

A ello se suma la deuda creciente con el Club de París, que alcanzó los 4.795 millones de dólares en 2025. Esa deuda no la contrajo Estados Unidos. Es el resultado de un Estado que durante años ha incumplido sus compromisos financieros mientras continuaba destinando cuantiosos recursos a sectores controlados por el propio monopolio. Ningún país puede aspirar a un desarrollo sostenido cuando pierde credibilidad financiera y utiliza las divisas disponibles para fortalecer la estructura del poder antes que el bienestar de sus ciudadanos.

 

La ayuda humanitaria internacional es necesaria y debe llegar al pueblo cubano. Pero la comunidad internacional no debe aceptar medias verdades. El problema central de Cuba no es que Estados Unidos le impida desarrollarse. El problema es que un monopolio económico y político decide qué se construye, qué se importa, quién recibe las divisas y qué sectores se abandonan.

 

La verdadera tragedia de Cuba no radica únicamente en la escasez de alimentos, medicinas o combustible. Reside en un sistema que durante más de seis décadas concentró el poder político y económico en un mismo monopolio, eliminó los mecanismos de control y convirtió las prioridades del Estado en las prioridades de quienes lo administran. Cuando desaparecen la transparencia y la rendición de cuentas, los recursos nacionales dejan de servir al bien común y terminan preservando el poder y los privilegios de una minoría, mientras la mayoría de la población se empobrece.

 

Francisco Pichón tiene una enorme responsabilidad ante la historia y ante el pueblo de Cuba. Como representante de las Naciones Unidas, no basta con describir el sufrimiento de los cubanos ni con repetir explicaciones parciales que desplazan la atención hacia factores externos. Su deber moral es señalar la causa estructural de esa tragedia: un monopolio político y económico que durante más de seis décadas ha desviado los recursos nacionales hacia la conservación del poder, mientras abandonaba la producción de alimentos, la salud pública, los servicios esenciales y el bienestar de los cubanos.

 

La misión de las Naciones Unidas no consiste en administrar las consecuencias de las dictaduras, sino en tener el valor de señalar las causas que las producen.

 


CUBA: THE TRUE CAUSE OF THE

 HUMANITARIAN CRISIS

The mission of the United Nations is not merely to manage the consequences of dictatorships, but to have the courage to identify the causes that create them.

By Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, the United Nations Resident Coordinator in Cuba, is right to describe the severity of the humanitarian crisis affecting millions of Cubans. What is open to question is his explanation. Presenting U.S. sanctions and fuel shortages as the primary cause of Cuba's collapse confuses the symptom with the disease.

 

Cuba's humanitarian emergency did not begin yesterday. It is the result of decades of decisions made by a political and economic monopoly that controls most of the nation's resources, determines investment priorities, and operates without effective public oversight or genuine accountability. As long as that structure remains intact, any attempt to explain the crisis primarily through external factors will inevitably be incomplete.

 

That monopoly is GAESA, the business conglomerate built under Raúl Castro's authority and managed by a small circle of his most trusted loyalists. In practice, GAESA dominates a substantial portion of the Cuban economy, including tourism, hard-currency retail, ports, free-trade zones, real estate, financial services, and other strategic sectors. As long as this apparatus controls the country's principal sources of revenue and determines national priorities, no serious analysis can portray the United States as the principal cause of Cuba's humanitarian disaster.

 

Official figures published by Cuba's National Office of Statistics and Information (ONEI) support this conclusion. For years, investment in hotels and restaurants vastly exceeded investment in agriculture, food production, healthcare, water infrastructure, and other essential public services. These official statistics reveal the regime's true priorities: while the economic apparatus controlled by those in power continued expanding the tourism sector, the country's ability to produce food, maintain hospitals, and provide basic services steadily deteriorated.

 

For years, the regime devoted enormous resources to tourism projects even as hotel occupancy declined and Cubans faced growing shortages of food, medicine, and essential services. While hotels continued to rise, agriculture, hospitals, water systems, sewage infrastructure, public transportation, medicine procurement, and pest-control programs were steadily neglected. This investment strategy was no accident; it reflected deliberate decisions made by the monopoly that controls Cuba's economy.

 

Cuba's food crisis cannot be explained by the U.S. embargo alone. The island possesses fertile land, abundant water, and favorable climatic conditions. What it lacks is economic freedom. State monopolies, price controls, legal insecurity, and the absence of incentives have destroyed agricultural productivity over several decades. Ironically, the United States has long been one of Cuba's principal suppliers of food and protein products—particularly chicken, corn, and soybeans—sold under humanitarian exemptions established in U.S. law.

 

Nor is it true that U.S. sanctions categorically prohibit the purchase of medicines. American legislation provides licenses for the export of medicines, medical equipment, and other humanitarian goods. If Cuban pharmacies remain empty and hospitals continue to deteriorate, the principal explanation lies not in Washington but in the priorities established by the monopoly that controls the country's economic resources.

 

Adding to this reality is Cuba's growing debt to the Paris Club, which reached $4.795 billion in 2025. The United States did not incur that debt. It is the consequence of a government that has repeatedly failed to honor its financial obligations while continuing to allocate vast resources to sectors controlled by that same monopoly. No nation can achieve sustainable development after losing financial credibility while directing scarce resources toward preserving its power structure instead of improving the well-being of its citizens.

 

International humanitarian assistance remains essential and should continue reaching the Cuban people. But the international community should not accept half-truths. Cuba's central problem is not that the United States prevents its development. The real problem is that a political and economic monopoly determines what gets built, what gets imported, who receives hard currency, and which sectors are abandoned.

 

Cuba's real tragedy is not merely the shortage of food, medicine, or fuel. It lies in a system that, for more than six decades, has concentrated political and economic power within a single monopoly, eliminated meaningful oversight, and transformed the priorities of the state into the priorities of those who control it. When transparency and accountability disappear, national resources cease serving the common good and instead preserve the power and privileges of a small minority while the overwhelming majority grows poorer.

 

Francisco Pichón bears a profound responsibility before history and before the Cuban people. As a representative of the United Nations, it is not enough to describe the suffering of Cubans while repeating partial explanations that shift attention toward external factors. His moral duty is to identify the structural cause of this tragedy: a political and economic monopoly that, for more than six decades, has diverted the nation's resources toward preserving its own power while neglecting food production, public health, essential services, and the welfare of the Cuban people.

 

The mission of the United Nations is not merely to manage the consequences of dictatorships, but to have the courage to identify the causes that create them.

 

 

CUBA : LA VÉRITABLE CAUSE DE LA 

CRISE HUMANITAIRE

La mission des Nations Unies ne consiste pas à gérer les conséquences des dictatures, mais à avoir le courage d'en dénoncer les causes.

 

Par Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, coordinateur résident des Nations Unies à Cuba, a raison de décrire la gravité de la crise humanitaire qui frappe des millions de Cubains. Ce qui est discutable, en revanche, c'est son explication. Présenter les sanctions américaines et la pénurie de carburant comme la principale cause de l'effondrement de Cuba revient à confondre le symptôme avec la maladie.

 

L'urgence humanitaire à Cuba n'a pas commencé aujourd'hui. Elle est le résultat de décennies de décisions prises par un monopole politique et économique qui concentre l'essentiel des ressources nationales, fixe les priorités d'investissement et fonctionne sans véritable contrôle public ni réelle obligation de rendre des comptes. Tant que cette structure demeurera intacte, toute tentative d'expliquer la crise principalement par des facteurs extérieurs restera inévitablement incomplète.

 

Ce monopole s'appelle GAESA, le conglomérat économique développé sous l'autorité de Raúl Castro et administré par un cercle restreint de ses plus fidèles collaborateurs. Dans les faits, GAESA contrôle une part dominante de l'économie cubaine : le tourisme, le commerce en devises, les ports, les zones franches, l'immobilier, les services financiers ainsi que d'autres secteurs stratégiques. Tant que cet appareil contrôlera les principales sources de devises du pays et déterminera les priorités nationales, aucune analyse sérieuse ne pourra désigner les États-Unis comme la principale cause de la catastrophe humanitaire cubaine.

 

Les statistiques officielles de l'Office national des statistiques et de l'information (ONEI) confirment cette réalité. Pendant plusieurs années, les investissements dans les hôtels et la restauration ont largement dépassé ceux consacrés à l'agriculture, à l'industrie alimentaire, à la santé, aux réseaux d'eau potable et aux autres services publics essentiels. Ces chiffres révèlent clairement les véritables priorités du régime : tandis que l'appareil économique contrôlé par le pouvoir poursuivait l'expansion de l'infrastructure touristique, la capacité du pays à produire des aliments, à entretenir ses hôpitaux et à assurer les services essentiels ne cessait de se dégrader.

 

Pendant des années, le régime a consacré des ressources considérables aux investissements touristiques, alors même que le taux d'occupation des hôtels diminuait et que la population faisait face à des pénuries croissantes de nourriture, de médicaments et de services essentiels. Pendant que de nouveaux hôtels étaient construits, l'agriculture, les hôpitaux, les réseaux d'eau, les infrastructures d'assainissement, les transports publics, l'achat de médicaments et la lutte contre les nuisibles perdaient progressivement toute priorité. Cette politique d'investissement n'était pas le fruit du hasard ; elle résultait d'un choix délibéré du monopole qui contrôle l'économie nationale.

 

La crise alimentaire ne peut être expliquée uniquement par l'embargo américain. Cuba dispose de terres fertiles, d'abondantes ressources en eau et de conditions climatiques favorables. Ce qui lui manque, c'est la liberté économique. Le monopole de l'État, le contrôle des prix, l'insécurité juridique et l'absence d'incitations ont détruit, au fil des décennies, la capacité productive de l'agriculture cubaine. Paradoxalement, les États-Unis comptent depuis longtemps parmi les principaux fournisseurs de produits alimentaires et de protéines à Cuba, notamment de poulet, de maïs et de soja, exportés dans le cadre des exceptions humanitaires prévues par la législation américaine.

 

Il est tout aussi inexact d'affirmer que les sanctions empêchent l'achat de médicaments. La législation américaine prévoit des licences autorisant l'exportation de médicaments, d'équipements médicaux et d'autres produits humanitaires. Si les pharmacies cubaines sont vides et que les hôpitaux continuent de se dégrader, la principale explication se trouve non pas à Washington, mais dans les priorités du monopole économique qui administre les ressources du pays.

 

À cela s'ajoute la dette croissante de Cuba envers le Club de Paris, qui atteignait 4,795 milliards de dollars en 2025. Cette dette n'a pas été contractée par les États-Unis. Elle résulte d'un État qui, depuis des années, ne respecte pas ses engagements financiers tout en continuant à consacrer des ressources considérables aux secteurs contrôlés par ce même monopole. Aucun pays ne peut espérer un développement durable lorsqu'il perd sa crédibilité financière et privilégie le maintien de son appareil de pouvoir au détriment du bien-être de ses citoyens.

 

L'aide humanitaire internationale est indispensable et doit continuer à parvenir au peuple cubain. Mais la communauté internationale ne peut se satisfaire de demi-vérités. Le problème fondamental de Cuba n'est pas que les États-Unis empêchent son développement. Le véritable problème est qu'un monopole politique et économique décide de ce qui est construit, de ce qui est importé, de ceux qui reçoivent les devises et des secteurs qui sont abandonnés.

 

La véritable tragédie de Cuba ne réside pas seulement dans la pénurie de nourriture, de médicaments ou de carburant. Elle réside dans un système qui, depuis plus de six décennies, concentre le pouvoir politique et économique entre les mains d'un seul monopole, a supprimé les mécanismes de contrôle et a transformé les priorités de l'État en celles de ceux qui l'administrent. Lorsque la transparence et la responsabilité disparaissent, les ressources nationales cessent de servir l'intérêt général et finissent par préserver le pouvoir et les privilèges d'une minorité, tandis que la majorité de la population s'appauvrit.

 

Francisco Pichón porte une immense responsabilité devant l'Histoire et devant le peuple cubain. En tant que représentant des Nations Unies, il ne suffit pas de décrire les souffrances des Cubains ni de reprendre des explications partielles qui détournent l'attention vers des facteurs extérieurs. Son devoir moral est de désigner la cause structurelle de cette tragédie : un monopole politique et économique qui, depuis plus de six décennies, détourne les ressources nationales vers la préservation du pouvoir, tout en abandonnant la production alimentaire, la santé publique, les services essentiels et le bien-être des Cubains.

 

La mission des Nations Unies ne consiste pas à gérer les conséquences des dictatures, mais à avoir le courage d'en dénoncer les causes.




 

CUBA: LA VERA CAUSA DELLA CRISI UMANITARIA

La missione delle Nazioni Unite non consiste nel gestire le conseguenze delle dittature, ma nell'avere il coraggio di denunciarne le cause.

 

Di Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, coordinatore residente delle Nazioni Unite a Cuba, ha ragione nel descrivere la gravità della crisi umanitaria che colpisce milioni di cubani. Ciò che invece è discutibile è la sua spiegazione. Presentare le sanzioni statunitensi e la carenza di carburante come la causa principale del disastro cubano significa confondere il sintomo con la malattia.

 

L'emergenza umanitaria a Cuba non è iniziata oggi. È il risultato di decenni di decisioni prese da un monopolio politico ed economico che concentra la maggior parte delle risorse nazionali, stabilisce le priorità degli investimenti e opera senza un effettivo controllo pubblico né una reale responsabilità istituzionale. Finché questa struttura rimarrà intatta, qualsiasi tentativo di spiegare la crisi attribuendola principalmente a fattori esterni sarà inevitabilmente incompleto.

 

Questo monopolio è GAESA, il conglomerato economico sviluppato sotto l'autorità di Raúl Castro e amministrato da un ristretto gruppo di suoi fedelissimi. Nei fatti, GAESA controlla una parte dominante dell'economia cubana: il turismo, il commercio in valuta estera, i porti, le zone franche, il settore immobiliare, i servizi finanziari e numerosi altri comparti strategici. Finché questo apparato controllerà le principali fonti di valuta del Paese e determinerà le priorità nazionali, nessuna analisi seria potrà indicare gli Stati Uniti come la causa principale della catastrofe umanitaria cubana.

 

Le stesse statistiche ufficiali dell'Ufficio Nazionale di Statistica e Informazione (ONEI) confermano questa realtà. Per diversi anni gli investimenti destinati agli alberghi e alla ristorazione hanno superato di gran lunga quelli destinati all'agricoltura, all'industria alimentare, alla sanità, alle infrastrutture idriche e agli altri servizi pubblici essenziali. Questi dati ufficiali mostrano con chiarezza quali fossero le vere priorità del regime: mentre l'apparato economico controllato dal potere continuava ad ampliare l'infrastruttura turistica, la capacità del Paese di produrre alimenti, mantenere gli ospedali e garantire i servizi essenziali continuava a deteriorarsi.

 

Per anni il regime ha destinato enormi risorse agli investimenti turistici, anche quando il tasso di occupazione alberghiera diminuiva e la popolazione soffriva una crescente scarsità di alimenti, medicinali e servizi fondamentali. Mentre si costruivano nuovi alberghi, agricoltura, ospedali, acquedotti, reti fognarie, trasporto pubblico, acquisto di medicinali e controllo dei parassiti perdevano progressivamente ogni priorità. Questa politica degli investimenti non è stata un caso, ma una scelta deliberata del monopolio che controlla l'economia nazionale.

 

La crisi alimentare non può essere spiegata soltanto con l'embargo americano. Cuba dispone di terre fertili, abbondanti risorse idriche e condizioni climatiche favorevoli. Ciò che manca è la libertà economica. Il monopolio statale, il controllo dei prezzi, l'insicurezza giuridica e la mancanza di incentivi hanno distrutto nel corso dei decenni la capacità produttiva dell'agricoltura cubana. Paradossalmente, gli Stati Uniti figurano da anni tra i principali fornitori di alimenti e proteine per Cuba, in particolare pollo, mais e soia, esportati nell'ambito delle eccezioni umanitarie previste dalla legislazione statunitense.

 

Non è nemmeno corretto affermare che le sanzioni impediscano l'acquisto di medicinali. La legislazione degli Stati Uniti prevede licenze per l'esportazione di medicinali, apparecchiature mediche e altri beni umanitari. Se le farmacie cubane restano vuote e gli ospedali continuano a deteriorarsi, la spiegazione principale va ricercata non a Washington, ma nelle priorità del monopolio economico che amministra le risorse del Paese.

 

A ciò si aggiunge il crescente debito di Cuba nei confronti del Club di Parigi, che nel 2025 ha raggiunto i 4,795 miliardi di dollari. Questo debito non è stato contratto dagli Stati Uniti. È il risultato di uno Stato che da anni non rispetta i propri impegni finanziari, continuando al tempo stesso a destinare ingenti risorse ai settori controllati dallo stesso monopolio. Nessun Paese può aspirare a uno sviluppo sostenibile quando perde credibilità finanziaria e utilizza le proprie risorse per rafforzare la struttura del potere anziché migliorare il benessere dei cittadini.

 

Gli aiuti umanitari internazionali sono indispensabili e devono continuare a raggiungere il popolo cubano. Tuttavia, la comunità internazionale non dovrebbe accontentarsi di mezze verità. Il problema fondamentale di Cuba non è che gli Stati Uniti ne impediscano lo sviluppo. Il vero problema è che un monopolio politico ed economico decide cosa costruire, cosa importare, chi riceve valuta estera e quali settori vengono abbandonati.

 

La vera tragedia di Cuba non consiste soltanto nella scarsità di alimenti, medicinali o carburante. Risiede in un sistema che, da oltre sei decenni, ha concentrato il potere politico ed economico in un unico monopolio, eliminando ogni effettivo meccanismo di controllo e trasformando le priorità dello Stato in quelle di chi lo amministra. Quando trasparenza e responsabilità vengono meno, le risorse nazionali cessano di servire il bene comune e finiscono per preservare il potere e i privilegi di una minoranza, mentre la maggioranza della popolazione sprofonda nella povertà.

 

Francisco Pichón porta una grande responsabilità nei confronti della storia e del popolo cubano. In qualità di rappresentante delle Nazioni Unite, non basta descrivere la sofferenza dei cubani né ripetere spiegazioni parziali che spostano l'attenzione verso fattori esterni. Il suo dovere morale è indicare la causa strutturale di questa tragedia: un monopolio politico ed economico che, da oltre sei decenni, devia le risorse nazionali verso la conservazione del potere, abbandonando la produzione alimentare, la sanità pubblica, i servizi essenziali e il benessere del popolo cubano.

 

La missione delle Nazioni Unite non consiste nel gestire le conseguenze delle dittature, ma nell'avere il coraggio di denunciarne le cause.

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EL DISCURSO QUE PUTIN NO QUERÍA ESCUCHAR

 


Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Hay ciudades destinadas a cambiar el curso de la historia. Gdansk, en el norte de Polonia, a orillas del mar Báltico, es una de ellas.

 

Fue allí donde, el 1 de septiembre de 1939, los cañones del acorazado alemán Schleswig-Holstein abrieron fuego contra la guarnición polaca de Westerplatte, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial en Europa. Cuarenta y un años después, en los astilleros Lenin de esa misma ciudad, un electricista llamado Lech Wałęsa encabezó las huelgas que dieron origen al sindicato Solidaridad, el movimiento que abrió la grieta definitiva en el bloque soviético y aceleró el derrumbe del comunismo en Europa Oriental.

 

Esta semana, Gdansk volvió a convertirse en escenario de un momento de enorme trascendencia al acoger la Ukraine Recovery Conference (URC 2026), la conferencia internacional dedicada a la reconstrucción de Ucrania. Aunque oficialmente estaba orientada a coordinar la recuperación económica del país, la reunión congregó a buena parte del liderazgo político y económico europeo. Allí estuvieron el presidente ucraniano Volodímir Zelenski; el primer ministro polaco Donald Tusk; el canciller alemán Friedrich Merz; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; el presidente del Consejo Europeo, António Costa; representantes del Banco Mundial, del Banco Europeo de Inversiones y del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, además de dirigentes empresariales e inversionistas llamados a participar en la recuperación de Ucrania.

 

No fue, por tanto, una conferencia cualquiera. Fue una reunión de quienes hoy están definiendo la Europa de la posguerra.

 

Fue en ese escenario donde Merz pronunció un discurso cuyo verdadero destinatario no era únicamente Ucrania. Era Europa. Y, de forma inevitable, también Moscú.

 

Durante más de tres décadas, el continente creyó haber encontrado una fórmula capaz de garantizar simultáneamente prosperidad y estabilidad. Rusia suministraría petróleo y gas abundantes y baratos; Alemania transformaría esa energía en automóviles, maquinaria, productos químicos y bienes industriales de alto valor añadido; y Europa reforzaría su competitividad frente a Estados Unidos y las economías asiáticas. Aquella interdependencia económica fue presentada como la mejor garantía de paz. Si todos dependían de todos, nadie tendría interés en una guerra.

 

La invasión rusa de Ucrania hizo añicos esa convicción.

 

Europa descubrió que la energía barata también podía convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Lo que durante años había sido considerado una ventaja competitiva terminó revelándose como una vulnerabilidad estratégica. La dependencia del gas y del petróleo rusos dejó de ser un asunto económico para convertirse en un problema de seguridad nacional.

 

El discurso de Merz simboliza el abandono definitivo de aquella forma de entender las relaciones con Moscú.

 

Recordando la historia compartida de Alemania y Polonia, el canciller afirmó: "Como europeos, permanecemos unidos... para defender la libertad en nuestro continente. Y por eso permanecemos firmemente al lado de Ucrania."

 

No era una frase retórica. Era la reafirmación de un principio político construido sobre las lecciones más dolorosas del siglo XX.

 

Merz evocó la reconciliación entre Alemania y Polonia tras la Segunda Guerra Mundial para recordar que la paz europea solo fue posible cuando el respeto al derecho internacional sustituyó a la lógica de la conquista. El reconocimiento de las fronteras internacionalmente aceptadas permitió cerrar heridas que parecían irreparables y construir el período de mayor estabilidad y prosperidad que ha conocido el continente.

 

Por eso el apoyo europeo a Ucrania trasciende la solidaridad con un país invadido. Lo que está en juego es un principio esencial del orden internacional: las fronteras no pueden modificarse mediante la fuerza. Si ese principio desaparece, también desaparece uno de los pilares sobre los que Europa edificó su paz después de 1945.

 

Merz resumió esa idea con otra frase que sintetiza el pensamiento estratégico europeo: "Al fortalecer la seguridad de Ucrania, fortalecemos la seguridad de Europa."

 

Quizá el momento más revelador de la conferencia no fueron únicamente las palabras del canciller, sino la reacción del auditorio. Los prolongados aplausos no procedían de un mitin político ni de una reunión partidista. Provenían de jefes de Estado y de Gobierno, dirigentes europeos, responsables de instituciones financieras internacionales, empresarios y especialistas en reconstrucción. Aquella respuesta reflejaba que el cambio estratégico ya no pertenece solo a Alemania. Es un consenso que comienza a extenderse por todo el continente.

 

Europa no renuncia a la diplomacia. Pero ha comprendido que la diplomacia solo puede prosperar cuando está respaldada por la credibilidad, la capacidad de disuasión y la determinación de defender los principios sobre los que descansa la paz.

 

Paradójicamente, Vladimir Putin buscaba debilitar a Europa. Aspiraba a fracturar la unidad occidental, erosionar el apoyo a Ucrania y restaurar la influencia rusa sobre el continente. Sin embargo, la invasión ha producido un efecto muy distinto. Suecia y Finlandia ingresaron en la OTAN. Alemania abandonó viejos tabúes sobre defensa. Polonia desarrolla uno de los programas de modernización militar más ambiciosos de Europa. La industria europea de defensa vuelve a expandirse y el continente asume, cada vez más, la responsabilidad de garantizar su propia seguridad.

 

Antes de concluir, Merz lanzó una afirmación que resume el espíritu de su intervención: "Rusia no ganará esta guerra." Más que una predicción militar, fue una declaración política. Expresaba la convicción de que Europa no aceptará que la agresión determine el futuro del continente ni que el derecho internacional sea sustituido por la ley del más fuerte.

 

Pocas ciudades europeas han simbolizado con tanta intensidad los grandes giros de la historia del continente como Gdansk. Allí comenzó la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Allí nació Solidaridad, el movimiento que contribuyó al derrumbe del imperio soviético. Y ha sido nuevamente en Gdansk donde los dirigentes europeos han proclamado que el continente no renunciará a los principios sobre los que reconstruyó la paz después de 1945: el respeto al derecho internacional, la inviolabilidad de las fronteras y la libertad de las naciones para decidir su propio destino.

 

La historia rara vez se repite, pero con frecuencia rima. Gdansk vuelve a recordarle a Europa que la paz nunca ha sido un regalo de la historia, sino una conquista política sostenida por la voluntad de defenderla.

 

Tal vez Vladimir Putin imaginó que su invasión fracturaría a Europa y devolvería a Rusia la influencia perdida tras la Guerra Fría. Sin embargo, la guerra ha despertado una Europa que durante demasiado tiempo creyó que el comercio bastaba para garantizar la seguridad. Ha impulsado el rearme del continente, ha fortalecido la cooperación entre las democracias europeas y ha devuelto a Alemania un liderazgo que pocos habrían imaginado hace apenas unos años.

 

En Gdansk, Friedrich Merz no presentó únicamente un programa para reconstruir Ucrania. Puso palabras a una transformación histórica que ya estaba en marcha.

 

Ese fue, probablemente, el verdadero mensaje que salió de Gdansk.

 

Y ese es, precisamente, el discurso que Putin no quería escuchar.

 


 

THE SPEECH PUTIN DIDN'T WANT TO HEAR

Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

There are cities destined to change the course of history. Gdańsk, in northern Poland on the shores of the Baltic Sea, is one of them.

 

It was there, on September 1, 1939, that the guns of the German battleship Schleswig-Holstein opened fire on the Polish garrison at Westerplatte, marking the beginning of the Second World War in Europe. Forty-one years later, in the Lenin Shipyard of that same city, an electrician named Lech Wałęsa led the strikes that gave birth to the Solidarity trade union, the movement that opened the decisive breach in the Soviet bloc and accelerated the collapse of communism in Eastern Europe.

 

This week, Gdańsk once again became the setting for a historic moment by hosting the Ukraine Recovery Conference (URC 2026), the international conference devoted to Ukraine's reconstruction. Although officially focused on coordinating the country's economic recovery, the meeting brought together much of Europe's political and economic leadership. Among those attending were Ukrainian President Volodymyr Zelenskyy, Polish Prime Minister Donald Tusk, German Chancellor Friedrich Merz, European Commission President Ursula von der Leyen, European Council President António Costa, representatives of the World Bank, the European Investment Bank and the European Bank for Reconstruction and Development, as well as business leaders and investors expected to play a major role in rebuilding Ukraine.

 

This was no ordinary conference.  It was a gathering of those who are shaping post-war Europe.

 

It was in this setting that Friedrich Merz delivered a speech whose true audience was not Ukraine alone. It was Europe. And, inevitably, Moscow as well.

 

For more than three decades, Europe believed it had discovered a formula capable of ensuring both prosperity and stability. Russia would supply abundant, inexpensive oil and natural gas; Germany would transform that energy into automobiles, machinery, chemicals and high-value industrial products; and Europe would strengthen its competitive position against the United States and the rapidly growing Asian economies. Economic interdependence was presented as the best guarantee of peace. If everyone depended on everyone else, no one would have an interest in war.

 

Russia's invasion of Ukraine shattered that conviction.

 

Europe discovered that cheap energy could also become an instrument of geopolitical coercion. What had long been regarded as a competitive advantage turned out to be a strategic vulnerability. Dependence on Russian oil and gas ceased to be merely an economic issue and became a matter of national security.

 

Merz's speech symbolizes the definitive end of that approach toward Moscow.

 

Recalling the shared history of Germany and Poland, the Chancellor declared: "As Europeans, we stand united... to defend freedom on our continent. And that is why we stand firmly by Ukraine."

 

This was not rhetorical language. It was the reaffirmation of a political principle built upon the painful lessons of the twentieth century.

 

Merz recalled that peace between Germany and Poland became possible only when respect for international law replaced the logic of conquest. The recognition of internationally accepted borders made it possible to heal wounds that had once seemed impossible to overcome and laid the foundation for the longest period of peace, stability and prosperity in modern European history.

 

For that reason, Europe's support for Ukraine goes far beyond solidarity with an invaded nation. What is at stake is one of the fundamental principles of the international order: borders cannot be changed by force. If that principle is abandoned, one of the pillars upon which Europe rebuilt itself after 1945 will disappear as well.

 

Merz captured this idea in another memorable statement: "By strengthening Ukraine's security, we are strengthening Europe's security."

 

Perhaps the most revealing moment of the conference was not the Chancellor's speech itself, but the audience's response. The prolonged applause did not come from a partisan gathering or a political rally. It came from heads of state and government, European leaders, executives of international financial institutions, business leaders and reconstruction specialists. Their reaction demonstrated that this strategic transformation is no longer Germany's alone. It reflects a growing European consensus.

 

Europe has not abandoned diplomacy. But it has learned that diplomacy can only succeed when supported by credibility, deterrence and the determination to defend the principles upon which peace depends.

 

Ironically, Vladimir Putin sought to weaken Europe. His objective was to divide the West, erode support for Ukraine and restore Russia's influence across the continent. Yet the invasion has produced the opposite result. Sweden and Finland joined NATO. Germany abandoned long-standing defense taboos. Poland is carrying out one of Europe's most ambitious military modernization programs. Europe's defense industry is expanding once again, and the continent is increasingly assuming responsibility for its own security.

 

Before concluding, Merz delivered a sentence that encapsulated the spirit of his address: "Russia will not win this war." More than a military prediction, it was a political declaration. It expressed Europe's determination not to allow aggression to shape the continent's future or replace international law with the rule of force.

 

Few European cities have symbolized the great turning points of the continent's history as powerfully as Gdańsk. It was there that the tragedy of the Second World War began. It was there that Solidarity emerged, helping bring about the collapse of the Soviet empire. And it is there that European leaders have once again proclaimed that the continent will not abandon the principles upon which peace was rebuilt after 1945: respect for international law, the inviolability of borders and the freedom of nations to determine their own future.

 

History rarely repeats itself, but it often rhymes. Once again, Gdańsk reminds Europe that peace has never been a gift from history. It has always been a political achievement sustained by the determination to defend it.

 

Perhaps Vladimir Putin believed that his invasion would fracture Europe and restore Russia's lost influence after the Cold War. Instead, the war has awakened a Europe that for too long believed that commerce alone could guarantee security. It has accelerated the continent's rearmament, strengthened cooperation among Europe's democracies and restored to Germany a leadership role that few would have imagined only a few years ago.

 

In Gdańsk, Friedrich Merz did more than present a plan for Ukraine's reconstruction.

 

He gave voice to a historic transformation already underway.

That was, perhaps, the true message that emerged from Gdańsk.

And that is precisely the speech Putin didn't want to hear.

 



LE DISCOURS QUE POUTINE NE VOULAIT PAS ENTENDRE

Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

Il est des villes qui semblent destinées à changer le cours de l'histoire. Gdańsk, dans le nord de la Pologne, sur les rives de la mer Baltique, est l'une d'entre elles.

 

C'est là que, le 1er septembre 1939, les canons du cuirassé allemand Schleswig-Holstein ouvrirent le feu contre la garnison polonaise de Westerplatte, marquant le début de la Seconde Guerre mondiale en Europe. Quarante et un ans plus tard, dans les chantiers navals Lénine de cette même ville, un électricien nommé Lech Wałęsa dirigea les grèves qui donnèrent naissance au syndicat Solidarność, le mouvement qui ouvrit la brèche décisive dans le bloc soviétique et accéléra l'effondrement du communisme en Europe de l'Est.

 

Cette semaine, Gdańsk est redevenue le théâtre d'un événement d'une portée historique en accueillant la Ukraine Recovery Conference (URC 2026), la conférence internationale consacrée à la reconstruction de l'Ukraine. Officiellement destinée à coordonner la relance économique du pays, cette réunion a rassemblé une grande partie des dirigeants politiques et économiques de l'Europe. Étaient notamment présents le président ukrainien Volodymyr Zelensky, le Premier ministre polonais Donald Tusk, le chancelier allemand Friedrich Merz, la présidente de la Commission européenne Ursula von der Leyen, le président du Conseil européen António Costa, des représentants de la Banque mondiale, de la Banque européenne d'investissement et de la Banque européenne pour la reconstruction et le développement, ainsi que des chefs d'entreprise et des investisseurs appelés à participer à la reconstruction de l'Ukraine.

 

Il ne s'agissait pas d'une conférence ordinaire.

C'était une réunion de ceux qui dessinent aujourd'hui l'Europe de l'après-guerre.

 

C'est dans ce contexte que Friedrich Merz a prononcé un discours dont le véritable destinataire n'était pas seulement l'Ukraine. Il s'adressait à l'Europe tout entière. Et, inévitablement, au Kremlin.

 

Pendant plus de trois décennies, l'Europe a cru avoir trouvé une formule capable d'assurer à la fois prospérité et stabilité. La Russie fournirait un pétrole et un gaz abondants et bon marché ; l'Allemagne transformerait cette énergie en automobiles, machines, produits chimiques et biens industriels à forte valeur ajoutée ; et l'Europe renforcerait sa compétitivité face aux États-Unis et aux économies asiatiques. Cette interdépendance économique était présentée comme la meilleure garantie de paix. Si chacun dépendait des autres, personne n'aurait intérêt à faire la guerre.

 

L'invasion russe de l'Ukraine a fait voler cette conviction en éclats.

L'Europe a découvert qu'une énergie bon marché pouvait aussi devenir un instrument de coercition géopolitique. Ce qui avait longtemps été considéré comme un avantage économique s'est révélé être une vulnérabilité stratégique. La dépendance au pétrole et au gaz russes a cessé d'être une simple question économique pour devenir un enjeu de sécurité nationale.

 

Le discours de Merz symbolise la rupture définitive avec cette vision des relations avec Moscou.

 

Évoquant l'histoire commune de l'Allemagne et de la Pologne, le chancelier a déclaré :

« En tant qu'Européens, nous restons unis... pour défendre la liberté sur notre continent. C'est pourquoi nous restons fermement aux côtés de l'Ukraine. »

Il ne s'agissait pas d'une formule de circonstance, mais de la réaffirmation d'un principe politique né des leçons les plus douloureuses du XXe siècle.

 

Merz a rappelé que la réconciliation entre l'Allemagne et la Pologne n'avait été possible qu'à partir du moment où le respect du droit international remplaça la logique de la conquête. La reconnaissance des frontières internationalement reconnues permit de refermer des blessures qui semblaient irréparables et ouvrit la plus longue période de paix, de stabilité et de prospérité de l'histoire moderne de l'Europe.

 

C'est pourquoi le soutien européen à l'Ukraine dépasse largement la solidarité envers un pays agressé. Ce qui est en jeu, c'est l'un des principes fondamentaux de l'ordre international : les frontières ne peuvent être modifiées par la force. Si ce principe disparaît, l'un des fondements sur lesquels l'Europe s'est reconstruite après 1945 disparaîtra également.

 

Merz résuma cette idée par une autre phrase forte :

« En renforçant la sécurité de l'Ukraine, nous renforçons la sécurité de l'Europe. »

 

Le moment le plus révélateur de la conférence ne fut peut-être pas le discours lui-même, mais la réaction de l'auditoire. Les longs applaudissements ne venaient pas d'un rassemblement partisan. Ils émanaient de chefs d'État et de gouvernement, de responsables européens, de dirigeants d'institutions financières internationales, d'entrepreneurs et de spécialistes de la reconstruction. Leur réaction démontrait que cette transformation stratégique ne concernait plus seulement l'Allemagne. Elle reflétait un consensus grandissant au sein de l'Europe.

 

L'Europe n'abandonne pas la diplomatie. Mais elle a compris que la diplomatie ne peut réussir que lorsqu'elle repose sur la crédibilité, la capacité de dissuasion et la volonté de défendre les principes qui garantissent la paix.

 

Paradoxalement, Vladimir Poutine cherchait à affaiblir l'Europe. Il espérait diviser l'Occident, réduire le soutien à l'Ukraine et restaurer l'influence de la Russie sur le continent. Pourtant, son invasion a produit l'effet inverse. La Suède et la Finlande ont rejoint l'OTAN. L'Allemagne a abandonné plusieurs tabous en matière de défense. La Pologne mène l'un des programmes de modernisation militaire les plus ambitieux d'Europe. L'industrie européenne de défense renaît et le continent assume de plus en plus sa propre sécurité.

 

Avant de conclure, Merz a lancé une phrase qui résume l'esprit de son intervention :

« La Russie ne gagnera pas cette guerre. »

Plus qu'une prévision militaire, c'était une déclaration politique. Elle exprimait la détermination de l'Europe à ne pas laisser l'agression redessiner la carte du continent ni remplacer le droit international par la loi du plus fort.

 

Peu de villes européennes ont symbolisé avec autant de force les grands tournants de l'histoire du continent que Gdańsk. C'est là que commença la tragédie de la Seconde Guerre mondiale. C'est là que naquit Solidarność, qui contribua à l'effondrement de l'empire soviétique. Et c'est là encore que les dirigeants européens ont proclamé que le continent ne renoncera pas aux principes sur lesquels il a reconstruit la paix après 1945 : le respect du droit international, l'inviolabilité des frontières et la liberté des nations de choisir leur propre destin.

 

L'histoire se répète rarement, mais elle rime souvent. Une fois de plus, Gdańsk rappelle à l'Europe que la paix n'a jamais été un cadeau de l'histoire. Elle est toujours le fruit d'une volonté politique de la défendre.

 

Peut-être Vladimir Poutine pensait-il que son invasion fracturerait l'Europe et rendrait à la Russie l'influence perdue après la Guerre froide. En réalité, cette guerre a réveillé une Europe qui avait trop longtemps cru que le commerce suffisait à garantir la sécurité. Elle a accéléré le réarmement du continent, renforcé la coopération entre les démocraties européennes et rendu à l'Allemagne un rôle de leadership que peu auraient imaginé il y a seulement quelques années.

 

À Gdańsk, Friedrich Merz n'a pas seulement présenté un plan pour reconstruire l'Ukraine.

Il a mis des mots sur une transformation historique déjà en marche. Tel fut, sans doute, le véritable message venu de Gdańsk.

 

Et c'est précisément le discours que Poutine ne voulait pas entendre.

 


  

IL DISCORSO CHE PUTIN NON VOLEVA ASCOLTARE

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Ci sono città destinate a cambiare il corso della storia. Danzica (Gdańsk), nel nord della Polonia, sulle rive del Mar Baltico, è una di esse.

Fu lì che, il 1° settembre 1939, i cannoni della corazzata tedesca Schleswig-Holstein aprirono il fuoco contro la guarnigione polacca di Westerplatte, segnando l'inizio della Seconda guerra mondiale in Europa. Quarantuno anni dopo, nei cantieri navali Lenin della stessa città, un elettricista di nome Lech Wałęsa guidò gli scioperi che diedero vita al sindacato Solidarność, il movimento che aprì la breccia decisiva nel blocco sovietico e accelerò il crollo del comunismo nell'Europa orientale.

 

Questa settimana Danzica è tornata a essere il palcoscenico di un momento di grande importanza storica ospitando la Ukraine Recovery Conference (URC 2026), la conferenza internazionale dedicata alla ricostruzione dell'Ucraina. Sebbene ufficialmente fosse destinata a coordinare la ripresa economica del Paese, l'incontro ha riunito gran parte della leadership politica ed economica europea. Vi hanno partecipato il presidente ucraino Volodymyr Zelensky, il primo ministro polacco Donald Tusk, il cancelliere tedesco Friedrich Merz, la presidente della Commissione europea Ursula von der Leyen, il presidente del Consiglio europeo António Costa, rappresentanti della Banca Mondiale, della Banca Europea per gli Investimenti e della Banca Europea per la Ricostruzione e lo Sviluppo, oltre a dirigenti d'impresa e investitori chiamati a contribuire alla ricostruzione dell'Ucraina.

 

Non si è trattato di una conferenza qualunque.

È stata la riunione di coloro che stanno plasmando l'Europa del dopoguerra.

È stato in questo contesto che Friedrich Merz ha pronunciato un discorso il cui vero destinatario non era soltanto l'Ucraina. Era l'Europa. E, inevitabilmente, anche il Cremlino.

 

Per oltre tre decenni l'Europa ha creduto di aver trovato una formula capace di garantire contemporaneamente prosperità e stabilità. La Russia avrebbe fornito petrolio e gas abbondanti e a basso costo; la Germania avrebbe trasformato quell'energia in automobili, macchinari, prodotti chimici e beni industriali ad alto valore aggiunto; e l'Europa avrebbe rafforzato la propria competitività nei confronti degli Stati Uniti e delle economie asiatiche. L'interdipendenza economica veniva presentata come la migliore garanzia di pace. Se tutti dipendevano da tutti, nessuno avrebbe avuto interesse a una guerra.

 

L'invasione russa dell'Ucraina ha distrutto questa convinzione.

 

L'Europa ha scoperto che l'energia a basso costo poteva trasformarsi anche in uno strumento di coercizione geopolitica. Ciò che per anni era stato considerato un vantaggio competitivo si è rivelato una vulnerabilità strategica. La dipendenza dal petrolio e dal gas russi ha cessato di essere soltanto una questione economica per diventare un problema di sicurezza nazionale.

 

Il discorso di Merz simboleggia la fine definitiva di quel modo di concepire i rapporti con Mosca.

Richiamando la storia condivisa tra Germania e Polonia, il cancelliere ha dichiarato:

«Come europei restiamo uniti... per difendere la libertà nel nostro continente. Ed è per questo che restiamo fermamente al fianco dell'Ucraina.»

Non era una semplice frase retorica. Era la riaffermazione di un principio politico costruito sulle lezioni più dolorose del XX secolo.

 

Merz ha ricordato che la riconciliazione tra Germania e Polonia dopo la Seconda guerra mondiale è stata possibile solo quando il rispetto del diritto internazionale ha sostituito la logica della conquista. Il riconoscimento delle frontiere internazionalmente riconosciute ha permesso di sanare ferite che sembravano insanabili e ha posto le basi per il più lungo periodo di pace, stabilità e prosperità della storia moderna europea.

 

Per questo motivo il sostegno europeo all'Ucraina va ben oltre la solidarietà verso un Paese invaso. Ciò che è in gioco è uno dei principi fondamentali dell'ordine internazionale: le frontiere non possono essere cambiate con la forza. Se questo principio venisse meno, verrebbe meno anche uno dei pilastri sui quali l'Europa ha ricostruito la pace dopo il 1945.

 

Merz ha riassunto questo concetto con un'altra frase significativa:

«Rafforzando la sicurezza dell'Ucraina, rafforziamo la sicurezza dell'Europa.»

Forse il momento più significativo della conferenza non è stato soltanto il discorso del cancelliere, ma la reazione del pubblico. I lunghi applausi non provenivano da una manifestazione politica di parte. Provenivano da capi di Stato e di governo, dirigenti europei, rappresentanti delle istituzioni finanziarie internazionali, imprenditori ed esperti della ricostruzione. La loro risposta dimostrava che questa trasformazione strategica non riguarda più soltanto la Germania. Riflette un consenso sempre più diffuso in tutta Europa.

 

L'Europa non ha rinunciato alla diplomazia. Ma ha compreso che la diplomazia può avere successo solo quando è sostenuta dalla credibilità, dalla capacità di deterrenza e dalla volontà di difendere i principi sui quali si fonda la pace.

 

Paradossalmente, Vladimir Putin cercava di indebolire l'Europa. Puntava a dividere l'Occidente, a ridurre il sostegno all'Ucraina e a ristabilire l'influenza russa sul continente. L'invasione ha invece prodotto l'effetto opposto. Svezia e Finlandia sono entrate nella NATO. La Germania ha superato vecchi tabù in materia di difesa. La Polonia sta attuando uno dei più ambiziosi programmi di modernizzazione militare d'Europa. L'industria europea della difesa è tornata a espandersi e il continente si assume sempre più la responsabilità della propria sicurezza.

 

Prima di concludere, Merz ha pronunciato una frase che riassume lo spirito del suo intervento:

«La Russia non vincerà questa guerra.»

 

Più che una previsione militare, era una dichiarazione politica. Esprimeva la determinazione dell'Europa a non permettere che l'aggressione ridisegni il futuro del continente o sostituisca il diritto internazionale con la legge della forza.

 

Poche città europee hanno rappresentato con tanta intensità i grandi punti di svolta della storia del continente quanto Danzica. Lì ebbe inizio la tragedia della Seconda guerra mondiale. Lì nacque Solidarność, il movimento che contribuì al crollo dell'impero sovietico. Ed è ancora lì che i leader europei hanno proclamato che il continente non rinuncerà ai principi sui quali ha ricostruito la pace dopo il 1945: il rispetto del diritto internazionale, l'inviolabilità delle frontiere e la libertà delle nazioni di decidere il proprio destino.

 

La storia raramente si ripete, ma spesso fa rima. Ancora una volta Danzica ricorda all'Europa che la pace non è mai stata un dono della storia. È sempre stata una conquista politica sostenuta dalla volontà di difenderla.

 

Forse Vladimir Putin immaginava che la sua invasione avrebbe diviso l'Europa e restituito alla Russia l'influenza perduta dopo la Guerra Fredda. In realtà, questa guerra ha risvegliato un'Europa che per troppo tempo aveva creduto che il commercio fosse sufficiente a garantire la sicurezza. Ha accelerato il riarmo del continente, rafforzato la cooperazione tra le democrazie europee e restituito alla Germania un ruolo di leadership che pochi avrebbero immaginato solo pochi anni fa.

 

A Danzica, Friedrich Merz non ha semplicemente presentato un piano per la ricostruzione dell'Ucraina.

 

Ha dato voce a una trasformazione storica già in atto.

Questo è stato, probabilmente, il vero messaggio partito da Danzica.

Ed è proprio il discorso che Putin non voleva ascoltare.


 

 
 
 

 

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