EL MENSAJE DE RATCLIFFE EN LA HABANA: “SE ESTÁ ACABANDO EL TIEMPO”

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica. Fuente Patria Pueblo y Libertad

 

La visita pública del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana no parece un gesto diplomático rutinario ni una simple reunión técnica sobre seguridad. Ocurre en medio de la peor crisis energética cubana en décadas, bajo una nueva ola de sanciones estadounidenses, y después de una secuencia de señales políticas que apuntan todas en la misma dirección: Washington considera que la situación cubana ha entrado en una fase crítica.

 

Nadie fuera de un pequeño círculo conoce el contenido exacto de las conversaciones sostenidas en La Habana. Pero las señales públicas acumuladas permiten construir una conclusión razonable: Ratcliffe llegó con un mensaje claro de Donald Trump y Marco Rubio. Y ese mensaje parece ser que el tiempo político, económico y social del actual modelo cubano se está agotando rápidamente.

Durante meses, Marco Rubio ha endurecido el lenguaje oficial hacia Cuba. Ha declarado públicamente que Estados Unidos no puede aceptar a 90 millas de su territorio un régimen asociado con enemigos estratégicos de Washington. Paralelamente, sectores del Pentágono han comenzado a tratar abiertamente a Cuba como un problema de seguridad nacional y no únicamente como un asunto ideológico o humanitario.

 

La presión no ha sido solo verbal. Las nuevas sanciones estadounidenses apuntan directamente al núcleo económico y militar del sistema cubano, especialmente a las estructuras controladas por GAESA. Al mismo tiempo, bancos, empresas y gobiernos extranjeros observan con creciente cautela cualquier operación económica vinculada con La Habana.

 

En medio de ese escenario ocurrió otro hecho llamativo: la conversación entre Lula da Silva y Donald Trump. Oficialmente casi no hubo detalles públicos. Pero Lula sí mencionó un tema extraordinariamente sensible: afirmó que Trump le había dicho que no iba a invadir Cuba. Y agregó algo igualmente significativo: “Eso fue lo que me dijo la traductora”.

 

Ese detalle parece menor, pero no lo es. Ningún presidente latinoamericano introduce espontáneamente el tema de una invasión a Cuba si el asunto no fue tratado explícitamente durante la conversación. La frase de Lula pareció funcionar como un mensaje político cuidadosamente transmitido: Washington quería presión máxima, pero no deseaba que La Habana interpretara que enfrentaba una invasión inmediata.

 

Esa aclaración pudo haber sido decisiva. Porque ningún gobierno negocia racionalmente si cree que está a horas de una operación militar. Lula pudo haber actuado como canal preliminar para reducir tensiones y abrir espacio a conversaciones más directas entre Washington y la cúpula cubana.

 

Poco después apareció Ratcliffe en La Habana.

Y no llegó discretamente. Llegó en un avión militar estadounidense procedente de una base militar en Florida. Fue recibido al más alto nivel por el aparato de seguridad cubano. Y el propio régimen permitió que la visita se hiciera pública.

 

Eso es extraordinario.

La CIA normalmente trabaja en silencio. Cuando una visita de este nivel se expone públicamente, es porque ambas partes quieren enviar mensajes. Washington quería demostrar que tiene acceso directo al núcleo de poder cubano. La Habana quería demostrar que todavía mantiene interlocución con Estados Unidos y que la situación no está fuera de control.

 

Pero el contexto económico hace que todo esto adquiera un significado mucho más profundo.

 

Un ministro cubano reconoció públicamente hace pocos días: “Nos quedamos sin petróleo”.

 

En un sistema altamente controlado como el cubano, una declaración así no es accidental. Los regímenes autoritarios no admiten públicamente debilidades críticas si no existe una necesidad política detrás. El mensaje parece dirigido simultáneamente: a la población, a las estructuras internas del poder, y a actores internacionales.

 

Porque el petróleo en Cuba no es solo combustible. Es electricidad, transporte, distribución de alimentos, funcionamiento institucional y control social. Cuando un régimen empieza a quedarse sin energía, empieza también a quedarse sin tiempo.

 

Y aquí aparece uno de los elementos más importantes de toda esta secuencia.

 

Marco Rubio declaró públicamente que quienes hoy gobiernan Cuba no tienen capacidad para producir los cambios que necesita el país. Esa afirmación modifica completamente el sentido de la política estadounidense actual. Implica que Washington ya no cree en una reforma gradual administrada por la actual estructura de poder.

 

La discusión parece haber cambiado.

 

Ya no se trata de cuáles son las condiciones de Washington. Las condiciones llevan meses siendo expuestas públicamente:

alejamiento de actores hostiles a Estados Unidos,

transformaciones políticas reales,

reducción del control militar sobre la economía,

apertura institucional,

y reorganización del poder.

Tampoco parece tratarse de una negociación abierta sobre si habrá cambios o no.

 

Todo indica que Ratcliffe no viajó a La Habana para preguntar qué desea hacer el régimen cubano. La visita parece haber tenido otro propósito: comunicar directamente que las condiciones ya fueron definidas por Donald Trump y Marco Rubio y que el tiempo para aceptarlas podría estar reduciéndose rápidamente.

 

La verdadera discusión parece ser ahora: cómo se implementarán esos cambios, quién los administrará,y cuánto margen queda antes de que la situación se vuelva incontrolable. 

 

Y Washington ya tiene las respuestas a esas consideraciones.

 

Y aquí la experiencia venezolana resulta fundamental.

La experiencia venezolana resulta clave para entender el significado político de la presencia de Ratcliffe en La Habana. En Venezuela, Trump, Rubio y Ratcliffe ya dejaron claro que Washington no pretendía limitarse a observar una transición desde la distancia. La política pública anunciada allí habló abiertamente de estabilización, supervisión y control del proceso para evitar caos, violencia o colapso institucional.

 

Trump incluso declaró públicamente, refiriéndose a Venezuela:

“We are going to run the country until such time as we can do a safe, proper and judicious transition.”

 

Rubio habló después de fases de estabilización y recuperación bajo supervisión estadounidense. Y Ratcliffe formó parte visible de ese núcleo estratégico.

 

Por eso su presencia en La Habana tiene un enorme significado político.

Washington probablemente llegó a una conclusión simple: permitir que el deterioro cubano siga avanzando sin control puede conducir al caos, violencia, corrupción interna, fracturas dentro del aparato estatal o una explosión social imposible de manejar.

 

Y existe además otro factor decisivo: Florida.

El exilio cubano tiene un peso político enorme dentro del Partido Republicano y en la política estadounidense en general. Una masacre televisada en Cuba tendría consecuencias políticas inmediatas para cualquier administración estadounidense, especialmente para Trump y Rubio.

Washington probablemente no quiere una intervención militar abierta. Pero tampoco parece dispuesto a tolerar indefinidamente un deterioro que termine en colapso violento a 90 millas de sus costas.

Por eso la visita de Ratcliffe puede interpretarse como algo mucho más serio que una misión diplomática convencional.

 

La presencia pública del director de la CIA en La Habana parece indicar que Washington considera que el tiempo de los mensajes indirectos ya terminó.

Ratcliffe no parece haber llegado para abrir conversaciones abstractas sobre el futuro de Cuba. Las condiciones ya fueron anunciadas públicamente. Las sanciones ya están golpeando al núcleo económico del sistema. El aislamiento internacional aumenta. Incluso gobiernos tradicionalmente cercanos a La Habana muestran crecientes límites para seguir sosteniendo económicamente al régimen.

La visita parece haber tenido un objetivo mucho más concreto:

hablar de tiempos, implementación, estabilidad, riesgos y consecuencias.

Tal vez nunca sepamos exactamente qué se dijo dentro de esas reuniones. Pero las señales públicas acumuladas apuntan hacia una conclusión difícil de ignorar:

Washington parece actuar bajo la premisa de que el actual modelo cubano ha entrado en una fase irreversible de agotamiento.

 

La visita de Ratcliffe a La Habana pudo haber sido el momento en que Washington dejó claro a la cúpula cubana que el debate ya no gira alrededor de si habrá cambios, sino alrededor de quién los ejecutará, bajo qué condiciones y cuánto tiempo queda para evitar que los acontecimientos se salgan completamente de control.

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El verdadero desafío en Cuba no son los traumas, sino el entorno donde Cuba se reconstruirá


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Durante años se ha repetido una idea profundamente pesimista sobre el futuro de Cuba: que el castrismo destruyó moral y psicológicamente a la población hasta el punto de hacer casi imposible la reconstrucción de una sociedad democrática y funcional. Nadie puede negar el daño provocado por más de seis décadas de represión, pobreza, miedo, doble moral y supervivencia cotidiana. Pero concluir que esos traumas convierten al cubano en incapaz de reconstruirse no parece sostenerse ni históricamente ni frente a la experiencia de la emigración cubana.

El verdadero problema de Cuba no parece ser la existencia de traumas colectivos, sino el entorno político, económico e institucional que surgirá cuando desaparezca el castrismo. La historia demuestra que las sociedades traumatizadas pueden recuperarse cuando cambian las condiciones que produjeron esos traumas. Y la propia historia cubana es prueba de ello.

Cuando terminó la guerra de independencia en 1898, Cuba era un país devastado. La economía estaba destruida, los campos arrasados y cientos de miles de personas habían muerto durante la guerra y la reconcentración de Weyler. Sin embargo, apenas unas décadas después, Cuba se convirtió en una de las economías más dinámicas de América Latina, con crecimiento urbano, universidades, asociaciones cívicas y una creciente clase media.

La República tuvo defectos graves: corrupción, clientelismo, fraude electoral, caudillismo, violencia política e intervenciones extranjeras. Muchos de esos males terminaron debilitando las instituciones y facilitaron posteriormente el ascenso del castrismo. Pero aun así, el cubano demostró una enorme capacidad de reconstrucción nacional después de un trauma colectivo gigantesco.

La experiencia de la diáspora cubana moderna refuerza todavía más esa realidad. Millones de cubanos han salido de la Isla desde contextos marcados por la escasez, la represión y el deterioro social. Muchos llegaron sin recursos y con niveles educativos muy distintos. Sin embargo, cuando se integran en sociedades donde el trabajo tiene recompensa y existen oportunidades reales de progreso, la mayoría logra adaptarse rápidamente.

Los cubanos crean negocios, estudian, trabajan, compran viviendas y educan a sus hijos dentro de sistemas democráticos completamente diferentes al entorno donde crecieron. Eso demuestra algo esencial: muchos de los comportamientos deformados dentro de Cuba no son rasgos permanentes del carácter nacional, sino mecanismos de adaptación a un sistema profundamente anormal.

En Cuba, durante décadas, el esfuerzo personal rara vez garantizó progreso. La honestidad muchas veces fue castigada y la simulación política se convirtió en protección. Pero cuando cambian las reglas y aparecen oportunidades reales, las conductas también comienzan a cambiar.

Por eso, el gran desafío de una futura transición cubana no será “reparar” a un pueblo supuestamente destruido moralmente, sino evitar que el nuevo sistema repita los errores históricos que debilitaron la República y facilitaron el totalitarismo posterior. Si después del castrismo reaparecen la corrupción, el caudillismo, el fraude electoral o nuevas formas de concentración del poder, muchos hábitos de supervivencia podrían perpetuarse.

Afortunadamente, la Cuba actual posee ventajas que antes no existían. Millones de cubanos han vivido durante décadas en democracias funcionales. Existe una diáspora preparada y conectada con el mundo. Internet y las redes sociales destruyeron el aislamiento psicológico que sostuvo durante años al régimen.

Y quizás el factor más importante sea precisamente la esperanza. A pesar de la pobreza y el desgaste acumulado, en Cuba crece la percepción de que el sistema no es eterno. Cuando una sociedad deja de creer en la permanencia del modelo que la oprime, comienza también a cambiar su psicología colectiva.

Los traumas existen. Las heridas son reales. Pero ni la historia de Cuba ni la experiencia de millones de cubanos fuera de la Isla respaldan la idea de que el pueblo cubano esté condenado a la degradación permanente. El futuro dependerá menos de los traumas heredados que de la calidad del nuevo entorno político, económico e institucional que logre construirse después del castrismo.


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“EL GUERRILLERO GANA SI NO PIERDE”

 

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

En 1969, mientras reflexionaba sobre el fracaso de Estados Unidos en Vietnam, Henry Kissinger formuló uno de los principios más importantes de la guerra asimétrica moderna:

“El guerrillero gana si no pierde. El ejército convencional pierde si no gana.”

Kissinger entendió algo que muchos estrategas militares no lograron comprender durante la Guerra de Vietnam: los regímenes revolucionarios y los movimientos guerrilleros no necesitan una victoria militar decisiva para triunfar. La supervivencia misma se convierte en victoria.

Una potencia militar convencional como Estados Unidos necesita producir resultados visibles:

  • destruir al enemigo,
  • imponer resultados políticos,
  • estabilizar la situación,
  • y terminar el conflicto de manera convincente.

Pero los regímenes revolucionarios operan bajo reglas completamente diferentes.

Solo necesitan:

  • sobrevivir,
  • evitar el colapso,
  • permanecer en pie el tiempo suficiente para que la potencia más fuerte pierda paciencia,
  • voluntad política,
  • o claridad estratégica.

Esto no es solo teoría militar.
Es uno de los patrones recurrentes de la historia moderna.

Eso fue exactamente lo que ocurrió en Vietnam.

Y también fue exactamente lo que ocurrió después de la fallida invasión de Bahía de Cochinos en Cuba.

Antes de la invasión, el régimen de Fidel Castro todavía enfrentaba incertidumbre. Existían grupos opositores activos. Muchos cubanos desconfiaban de la revolución. La dictadura aún no estaba completamente consolidada.

Pero una vez que Castro sobrevivió a la confrontación directa con Estados Unidos, todo cambió.

La invasión fallida se convirtió en el fundamento político del régimen:

  • la represión se intensificó,
  • el nacionalismo se fusionó con la ideología revolucionaria,
  • desapareció la oposición moderada,
  • y la dictadura ganó décadas de legitimidad al presentarse como el gobierno que había derrotado a Estados Unidos.

Los Castro transformaron la supervivencia en mito.

Y esa lección histórica tiene enorme importancia hoy al discutir un posible acuerdo nuclear con Irán.

Muchos en Washington continúan viendo el problema principalmente desde una perspectiva técnica:

  • centrifugadoras,
  • enriquecimiento de uranio,
  • inspecciones,
  • desmantelamiento,
  • porcentajes,
  • mecanismos de verificación.

Pero los regímenes revolucionarios no piensan solamente en términos técnicos.
Piensan políticamente e históricamente.

Para la dictadura iraní, la supervivencia es el objetivo estratégico.

Por eso incluso firmar un acuerdo con Estados Unidos podría convertirse en una gran victoria para la República Islámica, incluso antes de implementar una sola cláusula.

Un acuerdo negociado le daría inmediatamente al régimen algo que hoy necesita desesperadamente:
legitimidad y oxígeno político.

El régimen iraní enfrenta actualmente:

  • agotamiento económico,
  • rebelión generacional,
  • profundo descontento social,
  • aislamiento internacional,
  • y crecientes tensiones internas.

Pero un acuerdo firmado con Washington cambiaría instantáneamente el panorama psicológico y geopolítico.

El régimen podría afirmar:

  • que sobrevivió a la presión militar estadounidense e israelí,
  • que obligó a Estados Unidos a negociar,
  • que preservó la República Islámica,
  • y que continúa siendo el gobierno legítimo de Irán.

Eso por sí solo podría:

  • desmoralizar a la oposición democrática,
  • fracturar movimientos de protesta,
  • restaurar la cohesión de la élite,
  • fortalecer a la Guardia Revolucionaria,
  • y reforzar el miedo dentro de la sociedad iraní.

Los regímenes autoritarios frecuentemente emergen más fuertes después de sobrevivir a confrontaciones con enemigos más poderosos.

La República Islámica ya aprendió esta lección durante la guerra entre Irán e Irak, cuando enormes niveles de destrucción y sacrificio terminaron consolidando internamente al régimen en lugar de debilitarlo.

Y luego aparece la parte más peligrosa:
el tiempo.

Las democracias y las dictaduras revolucionarias experimentan el tiempo de manera diferente.

Los sistemas democráticos:

  • cambian presidentes,
  • modifican prioridades,
  • pierden enfoque estratégico,
  • se cansan de confrontaciones prolongadas,
  • y eventualmente prefieren estabilidad antes que escalada.

Los regímenes revolucionarios piensan en décadas.

Sobreviven crisis.
Esperan.
Se adaptan.
Sobreviven a los ciclos políticos.

Irán entiende esto perfectamente.

Por eso el régimen no necesita necesariamente una ruptura nuclear inmediata.
Solo necesita:

  • supervivencia,
  • conocimiento científico preservado,
  • paciencia estratégica,
  • respaldo geopolítico,
  • y tiempo.

Mientras tanto, Rusia y China podrían continuar ayudando indirectamente a Teherán mediante:

  • tecnología,
  • cooperación industrial,
  • redes de adquisición,
  • intercambio de inteligencia,
  • evasión de sanciones,
  • y protección diplomática.

La capacidad nuclear moderna no depende solamente de centrifugadoras.
Depende de ecosistemas científicos, infraestructura industrial, experiencia técnica y alianzas geopolíticas.

Y una vez que una dictadura sobrevive a una confrontación directa con una superpotencia, la historia demuestra que frecuentemente emerge políticamente fortalecida.

Por eso el principal peligro de un acuerdo con Irán puede no ser únicamente el engaño técnico.

El verdadero peligro podría ser que el propio acuerdo permita a la dictadura sobrevivir el tiempo suficiente para consolidar el poder, estabilizarse internamente, desmoralizar a la oposición y esperar a una futura administración estadounidense que no esté dispuesta a reiniciar una guerra que un presidente anterior decidió no terminar.

Porque los futuros presidentes heredan los costos políticos de los acuerdos firmados por administraciones anteriores, pero no necesariamente la determinación política detrás de ellos.

¿Por qué un futuro presidente estadounidense iniciaría otra guerra en Medio Oriente debido a un acuerdo firmado por un presidente anterior principalmente para escapar de una crisis geopolítica inmediata?

Esa pregunta es fundamental.

Una futura administración — republicana o demócrata — enfrentaría enormes presiones para evitar una escalada militar:

  • inestabilidad petrolera,
  • disrupción económica,
  • resistencia del Congreso,
  • oposición europea,
  • fatiga de guerra,
  • y temor al caos regional.

Irán lo sabe.

Por eso la supervivencia misma puede ser el mayor objetivo estratégico del régimen.

Kissinger comprendió perfectamente esta dinámica cuando escribió:

“Nosotros libramos una guerra militar; nuestros adversarios libraron una guerra política.”

Y esa podría terminar siendo la lección central de cualquier futuro acuerdo con Irán.

Para los regímenes revolucionarios, sobrevivir es vencer.

Y cada acuerdo que permite la supervivencia sin transformación puede simplemente posponer un conflicto mayor para otra generación.



“THE GUERRILLA WINS IF HE DOES NOT LOSE”

 Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

In 1969, while reflecting on the failure of the United States in Vietnam, Henry Kissinger formulated one of the most important principles of modern asymmetric warfare:

“The guerrilla wins if he does not lose. The conventional army loses if it does not win.”

Kissinger understood something that many military planners failed to grasp during the Vietnam War: revolutionary regimes and guerrilla movements do not need decisive military victory to succeed. Survival itself becomes victory.

A conventional military power like the United States must produce visible results:

  • destroy the enemy,
  • impose political outcomes,
  • stabilize the situation,
  • and end the conflict convincingly.

But revolutionary regimes operate under completely different rules.

They only need:

  • to survive,
  • to avoid collapse,
  • to remain standing long enough for the stronger power to lose patience,
  • political will,
  • or strategic clarity.

This is not merely military theory.
It is one of the recurring patterns of modern history.

That is exactly what happened in Vietnam.

And it is exactly what happened after the failed Bay of Pigs invasion in Cuba.

Before the invasion, Fidel Castro’s regime still faced uncertainty. Opposition groups remained active. Many Cubans distrusted the revolution. The dictatorship was not yet fully consolidated.

But once Castro survived direct confrontation with the United States, everything changed.

The failed invasion became the political foundation of the regime:

  • repression intensified,
  • nationalism fused with revolutionary ideology,
  • moderate opposition disappeared,
  • and the dictatorship gained decades of legitimacy by presenting itself as the government that had defeated the United States.

The Castros transformed survival into myth.

And that historical lesson matters enormously today when discussing a possible nuclear agreement with Iran.

Many in Washington continue to view the issue primarily through a technical lens:

  • centrifuges,
  • uranium enrichment,
  • inspections,
  • dismantlement,
  • percentages,
  • verification mechanisms.

But revolutionary regimes do not think only in technical terms.
They think politically and historically.

For the Iranian dictatorship, survival is the strategic objective.

That is why even signing a deal with the United States could become a major victory for the Islamic Republic — before implementing a single clause.

A negotiated agreement would immediately give the regime something it desperately lacks today:
legitimacy and political oxygen.

The Iranian regime currently faces:

  • economic exhaustion,
  • generational rebellion,
  • deep social unrest,
  • international isolation,
  • and growing internal dissatisfaction.

But a signed agreement with Washington would instantly change the psychological and geopolitical landscape.

The regime could claim:

  • it survived American and Israeli military pressure,
  • it forced the United States to negotiate,
  • it preserved the Islamic Republic,
  • and it remains the legitimate ruler of Iran.

That alone could:

  • demoralize democratic opposition movements,
  • fracture protest coalitions,
  • restore elite cohesion,
  • strengthen the Revolutionary Guards,
  • and reinforce fear throughout Iranian society.

Authoritarian regimes frequently emerge stronger after surviving confrontation with more powerful enemies.

The Islamic Republic already learned this lesson during the Iran-Iraq War, when enormous destruction and sacrifice ultimately consolidated the regime internally rather than weakening it.

And then comes the most dangerous part:
time.

Democracies and revolutionary dictatorships experience time differently.

Democratic systems:

  • change presidents,
  • shift priorities,
  • lose strategic focus,
  • become exhausted by prolonged confrontation,
  • and eventually seek stability over escalation.

Revolutionary regimes think in decades.

They survive crises.
They wait.
They adapt.
They outlast political cycles.

Iran understands this perfectly.

That is why the regime does not necessarily need immediate nuclear breakout capability.
It only needs:

  • survival,
  • preserved scientific knowledge,
  • strategic patience,
  • geopolitical backing,
  • and time.

Meanwhile, Russia and China could continue helping Tehran indirectly through:

  • technology,
  • industrial cooperation,
  • procurement networks,
  • intelligence sharing,
  • sanctions evasion,
  • and diplomatic protection.

Modern nuclear capability is not merely about centrifuges.
It is about scientific ecosystems, industrial infrastructure, engineering expertise, and geopolitical alliances.

And once a dictatorship survives direct confrontation with a superpower, history shows it often emerges politically stronger.

That is why the central danger of a deal with Iran may not be technical cheating alone.

The real danger may be that the agreement itself allows the dictatorship to survive long enough to consolidate power, stabilize internally, demoralize its opposition, and wait for a future American administration unwilling to restart a war that an earlier president chose not to finish.

Because future presidents inherit the political costs of agreements signed by previous administrations — but not necessarily the determination behind them.

Why would a future American president launch another Middle East war because a previous president signed an agreement designed primarily to escape an immediate geopolitical crisis?

That question matters enormously.

A future administration — Republican or Democrat — would face overwhelming pressure to avoid military escalation:

  • oil market instability,
  • economic disruption,
  • congressional resistance,
  • European opposition,
  • war fatigue,
  • and fear of regional chaos.

Iran knows this.

That is why survival itself may be the regime’s greatest strategic objective.

Kissinger understood this dynamic perfectly when he wrote:

“We fought a military war; our opponents fought a political one.”

And that may ultimately become the central lesson of any future agreement with Iran.

For revolutionary regimes, survival is victory.

And every agreement that allows survival without transformation may simply postpone a larger conflict for another generation.

 

 

« LE GUÉRILLERO GAGNE S’IL NE PERD PAS »

  Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

En 1969, alors qu’il réfléchissait à l’échec des États-Unis au Vietnam, Henry Kissinger formula l’un des principes les plus importants de la guerre asymétrique moderne :

« Le guérillero gagne s’il ne perd pas. L’armée conventionnelle perd si elle ne gagne pas. »

Kissinger comprenait quelque chose que de nombreux stratèges militaires n’avaient pas saisi pendant la guerre du Vietnam : les régimes révolutionnaires et les mouvements de guérilla n’ont pas besoin d’une victoire militaire décisive pour triompher. La simple survie devient une victoire.

Une puissance militaire conventionnelle comme les États-Unis doit obtenir des résultats visibles :

  • détruire l’ennemi,
  • imposer des résultats politiques,
  • stabiliser la situation,
  • et terminer le conflit de manière convaincante.

Mais les régimes révolutionnaires fonctionnent selon des règles complètement différentes.

Ils doivent seulement :

  • survivre,
  • éviter l’effondrement,
  • rester debout suffisamment longtemps pour que la puissance la plus forte perde patience,
  • volonté politique,
  • ou clarté stratégique.

Ce n’est pas seulement une théorie militaire.
C’est l’un des modèles récurrents de l’histoire moderne.

C’est exactement ce qui s’est produit au Vietnam.

Et c’est également ce qui s’est produit après l’échec de l’invasion de la Baie des Cochons à Cuba.

Avant l’invasion, le régime de Fidel Castro faisait encore face à des incertitudes. Des groupes d’opposition existaient toujours. Beaucoup de Cubains se méfiaient de la révolution. La dictature n’était pas encore totalement consolidée.

Mais une fois que Castro eut survécu à la confrontation directe avec les États-Unis, tout changea.

L’invasion ratée devint le fondement politique du régime :

  • la répression s’intensifia,
  • le nationalisme fusionna avec l’idéologie révolutionnaire,
  • l’opposition modérée disparut,
  • et la dictature gagna des décennies de légitimité en se présentant comme le gouvernement ayant vaincu les États-Unis.

Les Castro transformèrent la survie en mythe.

Et cette leçon historique est aujourd’hui essentielle lorsqu’on discute d’un éventuel accord nucléaire avec l’Iran.

Pour les régimes révolutionnaires, survivre signifie vaincre.

Et chaque accord qui permet la survie sans transformation peut simplement repousser un conflit plus grand à une autre génération.

 


 

“IL GUERRIGLIERO VINCE SE NON PERDE”

  Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Nel 1969, riflettendo sul fallimento degli Stati Uniti in Vietnam, Henry Kissinger formulò uno dei principi più importanti della guerra asimmetrica moderna:

“Il guerrigliero vince se non perde. L’esercito convenzionale perde se non vince.”

Kissinger comprese qualcosa che molti strateghi militari non riuscirono a capire durante la guerra del Vietnam: i regimi rivoluzionari e i movimenti guerriglieri non hanno bisogno di una vittoria militare decisiva per trionfare. La sopravvivenza stessa diventa una vittoria.

Una potenza militare convenzionale come gli Stati Uniti deve ottenere risultati visibili:

  • distruggere il nemico,
  • imporre risultati politici,
  • stabilizzare la situazione,
  • e concludere il conflitto in modo convincente.

Ma i regimi rivoluzionari operano secondo regole completamente diverse.

Devono soltanto:

  • sopravvivere,
  • evitare il collasso,
  • rimanere in piedi abbastanza a lungo perché la potenza più forte perda pazienza,
  • volontà politica,
  • o chiarezza strategica.

Questa non è soltanto teoria militare.
È uno dei modelli ricorrenti della storia moderna.

È esattamente ciò che accadde in Vietnam.

Ed è esattamente ciò che accadde dopo il fallimento dell’invasione della Baia dei Porci a Cuba.

Prima dell’invasione, il regime di Fidel Castro affrontava ancora incertezze. Esistevano gruppi di opposizione attivi. Molti cubani diffidavano della rivoluzione. La dittatura non era ancora completamente consolidata.

Ma una volta che Castro sopravvisse al confronto diretto con gli Stati Uniti, tutto cambiò.

La fallita invasione divenne il fondamento politico del regime:

  • la repressione si intensificò,
  • il nazionalismo si fuse con l’ideologia rivoluzionaria,
  • l’opposizione moderata scomparve,
  • e la dittatura ottenne decenni di legittimità presentandosi come il governo che aveva sconfitto gli Stati Uniti.

I Castro trasformarono la sopravvivenza in un mito.

E questa lezione storica è oggi di enorme importanza quando si discute di un possibile accordo nucleare con l’Iran.

Molti a Washington continuano a vedere il problema principalmente da una prospettiva tecnica:

  • centrifughe,
  • arricchimento dell’uranio,
  • ispezioni,
  • smantellamento,
  • percentuali,
  • meccanismi di verifica.

Ma i regimi rivoluzionari non pensano soltanto in termini tecnici.
Pensano politicamente e storicamente.

Per la dittatura iraniana, la sopravvivenza è l’obiettivo strategico.

Per questo motivo, persino firmare un accordo con gli Stati Uniti potrebbe trasformarsi in una grande vittoria per la Repubblica Islamica, ancora prima di applicare una sola clausola.

Un accordo negoziato darebbe immediatamente al regime qualcosa di cui oggi ha disperatamente bisogno:
legittimità e ossigeno politico.

Il regime iraniano affronta attualmente:

  • esaurimento economico,
  • ribellione generazionale,
  • profondo malcontento sociale,
  • isolamento internazionale,
  • e crescenti tensioni interne.

Ma un accordo firmato con Washington cambierebbe immediatamente il panorama psicologico e geopolitico.

Il regime potrebbe affermare:

  • di essere sopravvissuto alla pressione militare americana e israeliana,
  • di aver costretto gli Stati Uniti a negoziare,
  • di aver preservato la Repubblica Islamica,
  • e di continuare a essere il governo legittimo dell’Iran.

Questo da solo potrebbe:

  • demoralizzare l’opposizione democratica,
  • frammentare i movimenti di protesta,
  • ristabilire la coesione dell’élite,
  • rafforzare le Guardie Rivoluzionarie,
  • e rafforzare la paura all’interno della società iraniana.

I regimi autoritari spesso emergono più forti dopo essere sopravvissuti a confronti con nemici più potenti.

La Repubblica Islamica ha già imparato questa lezione durante la guerra Iran-Iraq, quando enormi livelli di distruzione e sacrificio finirono per consolidare internamente il regime invece di indebolirlo.

E poi arriva la parte più pericolosa:
il tempo.

Le democrazie e le dittature rivoluzionarie vivono il tempo in modo diverso.

I sistemi democratici:

  • cambiano presidenti,
  • modificano priorità,
  • perdono concentrazione strategica,
  • si stancano di confronti prolungati,
  • e alla fine preferiscono la stabilità all’escalation.

I regimi rivoluzionari pensano in termini di decenni.

Sopravvivono alle crisi.
Aspettano.
Si adattano.
Superano i cicli politici.

L’Iran lo capisce perfettamente.

Per questo il regime non ha necessariamente bisogno di una capacità nucleare immediata.
Ha bisogno soltanto di:

  • sopravvivenza,
  • conoscenza scientifica preservata,
  • pazienza strategica,
  • sostegno geopolitico,
  • e tempo.

Nel frattempo, Russia e Cina potrebbero continuare ad aiutare indirettamente Teheran attraverso:

  • tecnologia,
  • cooperazione industriale,
  • reti di approvvigionamento,
  • condivisione d’intelligence,
  • evasione delle sanzioni,
  • e protezione diplomatica.

La capacità nucleare moderna non dipende soltanto dalle centrifughe.
Dipende da ecosistemi scientifici, infrastrutture industriali, esperienza tecnica e alleanze geopolitiche.

E una volta che una dittatura sopravvive a un confronto diretto con una superpotenza, la storia dimostra che spesso emerge politicamente rafforzata.

Per questo il principale pericolo di un accordo con l’Iran potrebbe non essere soltanto l’inganno tecnico.

Il vero pericolo potrebbe essere che l’accordo stesso permetta alla dittatura di sopravvivere abbastanza a lungo da consolidare il potere, stabilizzarsi internamente, demoralizzare l’opposizione e attendere una futura amministrazione americana non disposta a riaprire una guerra che un presidente precedente aveva scelto di non concludere.

Perché i futuri presidenti ereditano i costi politici degli accordi firmati dalle amministrazioni precedenti, ma non necessariamente la determinazione politica che li aveva sostenuti.

Perché un futuro presidente americano dovrebbe iniziare un’altra guerra in Medio Oriente a causa di un accordo firmato da un presidente precedente principalmente per uscire da una crisi geopolitica immediata?

Questa domanda è fondamentale.

Una futura amministrazione — repubblicana o democratica — si troverebbe di fronte a enormi pressioni per evitare un’escalation militare:

  • instabilità dei mercati petroliferi,
  • disordini economici,
  • resistenza del Congresso,
  • opposizione europea,
  • stanchezza della guerra,
  • e timore del caos regionale.

L’Iran lo sa.

Per questo la sopravvivenza stessa potrebbe essere il più grande obiettivo strategico del regime.

Kissinger comprese perfettamente questa dinamica quando scrisse:

“Noi combattevamo una guerra militare; i nostri avversari combattevano una guerra politica.”

E questa potrebbe diventare la lezione centrale di qualsiasi futuro accordo con l’Iran.

Per i regimi rivoluzionari, sopravvivere significa vincere.

E ogni accordo che consente la sopravvivenza senza trasformazione potrebbe semplicemente rinviare un conflitto più grande a un’altra generazione.

 


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MÉXICO, EL PETRÓLEO Y LO QUE ESTÁ CAMBIANDO EN CUBA


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El cambio de nombre de Gasolinas Bienestar por parte de Pemex no es un simple detalle administrativo. Es una señal política. Durante años, esa empresa fue el canal mediante el cual México enviaba petróleo a Cuba, ayudando a sostener uno de los pilares más importantes del sistema castrista: la energía y la movilidad mínima del país.

 

Cuando ese nombre desaparece, lo que realmente está desapareciendo es un mecanismo que ya no puede seguir funcionando como antes. Es, en esencia, una forma de decir que ese apoyo se está retirando.

 

Y esto es mucho más importante de lo que parece.

 

México llegó a enviar alrededor de 17,000 barriles diarios de petróleo a Cuba. Puede parecer poco en comparación con otros países, pero para el funcionamiento del sistema castrista es vital. Ese petróleo no estaba destinado principalmente a la generación eléctrica, que en gran medida se sostiene con los aproximadamente 40,000 barriles diarios de crudo pesado que produce la propia isla. Su función era otra, igual de estratégica: evitar el colapso total del transporte y mantener operativas, aunque de forma muy precaria, las capacidades mínimas del país. En la práctica, incluso con ese suministro, la distribución de alimentos era limitada, el movimiento de mercancías escaso y el transporte público funcionaba de manera intermitente o semiparalizada. Sin embargo, ese combustible sí resultaba crucial para sostener la movilidad indispensable del aparato estatal, especialmente en lo relacionado con la seguridad, el control interno y la capacidad represiva. En un sistema como el castrista, no se trata de que el país funcione bien, sino de que no se detenga completamente. Y eso era precisamente lo que garantizaba México.

 

Pero hay otro dato aún más revelador: Cuba no pagó ese petróleo como lo haría cualquier país. La deuda acumulada supera los 1,400 millones de dólares. Eso significa que no era un negocio normal. México no solo estaba vendiendo petróleo, estaba financiando indirectamente al régimen castrista. Y ese tipo de relación no puede mantenerse indefinidamente.

 

Cuando México se retira, el sistema castrista pierde su fuente más estable para sostener el transporte y su capacidad operativa interna. Y el problema es que no tiene un reemplazo claro. Venezuela ya no puede sostener esos niveles de suministro, Rusia solo envía petróleo de forma puntual y no constante, y no hay otro país dispuesto a asumir ese costo en las condiciones actuales.

 

Al mismo tiempo, Estados Unidos está aumentando la presión. No solo con sanciones directas, sino tratando de impedir que otros países ocupen el lugar que dejó México. Esto hace que el problema no sea solo interno, sino también externo: cada vez es más difícil para el régimen castrista encontrar quién le garantice ese flujo continuo de combustible.

 

Y aun el poco combustible que llega no se utiliza de manera eficiente. Parte de él se filtra a través de redes internas, estructuras de privilegio y mercado negro. Eso agrava la situación, porque reduce la capacidad del Estado para garantizar servicios básicos incluso en condiciones de escasez.

 

Todo esto tiene consecuencias visibles. Apagones largos, problemas en el transporte, caída de la actividad económica. Pero hay un efecto aún más importante: la población empieza a percibir que la situación no tiene solución. Y cuando una sociedad llega a ese punto, la estabilidad de cualquier sistema comienza a debilitarse.

 

Mientras tanto, desde Washington se envían mensajes cada vez más claros. Se habla abiertamente de presión, de cambio y de nuevas medidas. No son declaraciones aisladas. Forman parte de una misma dirección.

 

Por eso, lo que estamos viendo no es una crisis más. Es algo distinto.

 

La posible salida de México del suministro de petróleo, la deuda acumulada, la falta de alternativas y la presión internacional están ocurriendo al mismo tiempo. Eso no es casualidad.

 

Es el inicio de un cambio cuyo resultado todavía no conocemos, pero cuyas condiciones ya están creadas.

 

Porque cuando un sistema depende de un flujo constante para funcionar, y ese flujo se corta, lo que queda no es estabilidad. Lo que queda es tiempo… hasta que lo poco que queda se agote.

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