Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
En medio de la crisis del estrecho de Ormuz, un patrón se repite con
una claridad inquietante: mientras los diplomáticos iraníes negocian con
Omán una salida a la crisis, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC)
sostiene el bloqueo, ataca petroleros y condiciona cualquier acuerdo a
un ultimátum que Washington difícilmente aceptará. La pregunta de fondo
trasciende a Irán: en momentos de crisis y vacío de poder, ¿terminan
siempre imponiéndose quienes controlan las armas por sobre quienes
negocian?
El mecanismo detrás del patrón
La lógica tiene una base estructural simple. Quien controla la fuerza
armada no necesita ganar el debate político para imponer su voluntad:
le basta con crear hechos consumados. En Irán, el IRGC no depende de
convencer a nadie de que la negociación con Estados Unidos es un error —
simplemente puede disparar un misil contra un buque cisternero en pleno
proceso diplomático, como ocurrió recientemente contra una embarcación
vinculada a la petrolera estatal de Emiratos Árabes Unidos, y con eso
invalidar meses de trabajo diplomático en cuestión de horas.
A esto se suma un factor decisivo: el vacío de autoridad. Reportes
indican que el líder supremo Mojtaba Khamenei permanecería oculto y en
delicado estado de salud, una fragilidad que el IRGC habría capitalizado
para consolidar su control real sobre las decisiones del régimen.
Cuando no hay un árbitro civil o religioso con autoridad indiscutida,
gana casi siempre el actor con mayor disciplina organizativa y capacidad
coercitiva — típicamente el aparato militar, no el cuerpo diplomático.
Existe también una asimetría de incentivos que refuerza el patrón.
Los negociadores civiles arriesgan su carrera política si un acuerdo
fracasa o es percibido como una capitulación. Los sectores de línea
dura, en cambio, no cargan ese costo: la confrontación prolongada
aumenta su relevancia institucional y su presupuesto. El nombramiento
del general Mohsen Rezaei al frente del Consejo Supremo de Seguridad
Nacional de Irán, tras el ultimátum que rompió la mesa de negociación,
ilustra exactamente ese mecanismo: la escalada lo benefició directamente
a él y a su facción.
Lo que enseña la historia
Sin embargo, el patrón no es una ley inquebrantable, y la historia ofrece contraejemplos relevantes.
El más cercano es la propia Guerra Irán-Irak de 1988. Pese a la
resistencia de los sectores más duros del régimen, el ayatolá Jomeini
terminó aceptando el alto el fuego, describiendo esa decisión como
"beber de una copa envenenada". No fue una victoria de los moderados
sobre los radicales por argumentos, sino porque el costo humano y
económico de la guerra se volvió insostenible incluso para quienes la
sostenían.
Un caso más amplio es el colapso de la Unión Soviética bajo
Gorbachov. Los sectores militares y del aparato de seguridad (KGB)
resistieron la apertura hasta protagonizar un intento de golpe en 1991 —
pero el desgaste económico estructural del sistema terminó imponiéndose
sobre la capacidad coercitiva de los duros, que no lograron revertir el
curso de los acontecimientos.
Sudáfrica bajo el apartheid ofrece un tercer ejemplo: sectores de
seguridad y paramilitares afrikáners se opusieron ferozmente al
desmantelamiento del régimen racista, incluso con violencia organizada
en los años previos a 1994. Pero el aislamiento internacional y el
colapso económico terminaron doblegando esa resistencia armada,
permitiendo la transición negociada.
La pregunta abierta
El hilo común en estos tres casos no es que los moderados ganaran el
debate, sino que el costo de sostener la confrontación se volvió
insoportable para el sistema en su conjunto — incluyendo, eventualmente,
para los propios sectores duros. Ese es precisamente el interrogante
abierto en Irán hoy: la Guardia Revolucionaria tiene, por ahora, el
control de los hechos sobre el terreno. La incógnita es si el desgaste
económico —la pérdida de gas, los cortes eléctricos, la inflación—
alcanzará un punto de quiebre lo suficientemente doloroso como para que
ese poder de veto se erosione, tal como ocurrió en Teherán en 1988, en
Moscú en 1991 y en Pretoria en la década de 1990.
When Guns Speak Louder Than Diplomacy: The Veto Power of Radicals
Amid the Strait of Hormuz crisis, an unsettling pattern
keeps repeating: while Iranian diplomats negotiate with Oman for a way
out of the crisis, the Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC)
maintains the blockade, strikes tankers, and conditions any agreement on
an ultimatum that Washington is unlikely to accept. The underlying
question goes beyond Iran: in moments of crisis and power vacuum, do
those who control the weapons always end up prevailing over those who
negotiate?
The Mechanism Behind the Pattern
The logic rests on a simple structural foundation. Whoever
controls armed force doesn't need to win the political argument to
impose its will — it only needs to create facts on the ground. In Iran,
the IRGC doesn't need to convince anyone that negotiating with the
United States is a mistake; it can simply fire a missile at an oil
tanker in the middle of a diplomatic process, as recently happened
against a vessel linked to the UAE's state oil company, and thereby
invalidate months of diplomatic work within hours.
Add to this a decisive factor: the vacuum of authority.
Reports suggest Supreme Leader Mojtaba Khamenei has remained hidden and
in fragile health — a weakness the IRGC would have exploited to
consolidate real control over the regime's decisions. When there is no
civilian or religious arbiter with undisputed authority, the actor with
the greatest organizational discipline and coercive capacity almost
always wins — typically the military apparatus, not the diplomatic
corps.
There is also an asymmetry of incentives reinforcing the
pattern. Civilian negotiators risk their careers if a deal fails or is
perceived as capitulation. Hardline sectors bear no such cost —
prolonged confrontation actually increases their institutional relevance
and budget. General Mohsen Rezaei's appointment to head Iran's Supreme
National Security Council, following the ultimatum that broke off
negotiations, illustrates this mechanism perfectly: escalation directly
benefited him and his faction.
What History Teaches
Yet the pattern is not an ironclad law, and history offers relevant counterexamples.
The closest is the Iran-Iraq War of 1988 itself. Despite
resistance from the regime's hardest-line sectors, Ayatollah Khomeini
ultimately accepted the ceasefire, describing the decision as "drinking
from a poisoned chalice." It wasn't a victory of moderates over radicals
through argument, but because the human and economic cost of the war
had become unsustainable even for those sustaining it.
A broader case is the collapse of the Soviet Union under
Gorbachev. Military and security-apparatus (KGB) hardliners resisted the
opening, even staging a coup attempt in 1991 — but the system's
underlying economic exhaustion ultimately overcame the hardliners'
coercive capacity, which failed to reverse the course of events.
Apartheid-era South Africa offers a third example:
Afrikaner security and paramilitary sectors fiercely opposed dismantling
the racist regime, including organized violence in the years before
1994. But international isolation and economic collapse eventually
overcame that armed resistance, allowing for a negotiated transition.
The Open Question
The common thread in these three cases is not that
moderates won the argument, but that the cost of sustaining
confrontation became unbearable for the system as a whole — including,
eventually, for the hardliners themselves. That is precisely the open
question in Iran today: the Revolutionary Guard, for now, controls the
facts on the ground. The uncertainty is whether economic exhaustion —
lost gas supplies, power outages, inflation — will reach a breaking
point painful enough to erode that veto power, as happened in Tehran in
1988, Moscow in 1991, and Pretoria in the 1990s.
Quand les armes parlent plus fort que la diplomatie : le pouvoir de veto des radicaux
En pleine crise du détroit d'Ormuz, un schéma troublant se
répète : tandis que les diplomates iraniens négocient avec Oman une
issue à la crise, le Corps des gardiens de la révolution islamique
(CGRI) maintient le blocus, attaque des pétroliers et conditionne tout
accord à un ultimatum que Washington acceptera difficilement. La
question de fond dépasse l'Iran : dans les moments de crise et de vide
du pouvoir, ceux qui contrôlent les armes finissent-ils toujours par
l'emporter sur ceux qui négocient ?
Le mécanisme derrière ce schéma
La logique repose sur un fondement structurel simple. Celui
qui contrôle la force armée n'a pas besoin de gagner le débat politique
pour imposer sa volonté : il lui suffit de créer des faits accomplis.
En Iran, le CGRI n'a pas besoin de convaincre qui que ce soit que
négocier avec les États-Unis est une erreur — il peut simplement tirer
un missile sur un pétrolier en plein processus diplomatique, comme cela
s'est produit récemment contre un navire lié à la compagnie pétrolière
publique des Émirats arabes unis, invalidant ainsi des mois de travail
diplomatique en quelques heures.
À cela s'ajoute un facteur décisif : le vide d'autorité.
Selon certains rapports, le guide suprême Mojtaba Khamenei resterait
caché et en état de santé fragile — une faiblesse que le CGRI aurait
exploitée pour consolider son contrôle réel sur les décisions du régime.
En l'absence d'un arbitre civil ou religieux à l'autorité incontestée,
c'est presque toujours l'acteur disposant de la plus grande discipline
organisationnelle et de la plus grande capacité coercitive qui l'emporte
— typiquement l'appareil militaire, et non le corps diplomatique.
Il existe également une asymétrie des incitations qui
renforce ce schéma. Les négociateurs civils risquent leur carrière si un
accord échoue ou est perçu comme une capitulation. Les secteurs de la
ligne dure, eux, ne supportent pas ce coût — la confrontation prolongée
accroît au contraire leur importance institutionnelle et leur budget. La
nomination du général Mohsen Rezaei à la tête du Conseil suprême de
sécurité nationale iranien, après l'ultimatum qui a rompu la table des
négociations, illustre parfaitement ce mécanisme : l'escalade l'a
directement favorisé, lui et sa faction.
Ce qu'enseigne l'histoire
Ce schéma n'est cependant pas une loi absolue, et l'histoire offre des contre-exemples pertinents.
Le plus proche est la guerre Iran-Irak de 1988 elle-même.
Malgré la résistance des secteurs les plus radicaux du régime,
l'ayatollah Khomeiny a finalement accepté le cessez-le-feu, qualifiant
cette décision de « boire dans une coupe empoisonnée ». Il ne s'agissait
pas d'une victoire des modérés sur les radicaux par l'argumentation,
mais du fait que le coût humain et économique de la guerre était devenu
insoutenable, même pour ceux qui la menaient.
Un cas plus large est l'effondrement de l'Union soviétique
sous Gorbatchev. Les secteurs militaires et de l'appareil de sécurité
(KGB), hostiles à l'ouverture, sont allés jusqu'à tenter un coup d'État
en 1991 — mais l'épuisement économique structurel du système a fini par
l'emporter sur la capacité coercitive des durs, qui n'ont pas réussi à
inverser le cours des événements.
L'Afrique du Sud de l'apartheid offre un troisième exemple :
les secteurs sécuritaires et paramilitaires afrikaners se sont
farouchement opposés au démantèlement du régime raciste, allant jusqu'à
une violence organisée dans les années précédant 1994. Mais l'isolement
international et l'effondrement économique ont fini par vaincre cette
résistance armée, permettant une transition négociée.
La question ouverte
Le fil conducteur commun à ces trois cas n'est pas que les
modérés aient gagné le débat, mais que le coût du maintien de la
confrontation soit devenu insupportable pour le système dans son
ensemble — y compris, à terme, pour les durs eux-mêmes. C'est
précisément la question ouverte en Iran aujourd'hui : les Gardiens de la
révolution contrôlent, pour l'instant, les faits sur le terrain.
L'inconnue est de savoir si l'épuisement économique — pertes de gaz,
coupures d'électricité, inflation — atteindra un point de rupture
suffisamment douloureux pour éroder ce pouvoir de veto, comme ce fut le
cas à Téhéran en 1988, à Moscou en 1991 et à Pretoria dans les années
1990.
Quando le armi parlano più forte della diplomazia: il potere di veto dei radicali
Nel pieno della crisi dello Stretto di Hormuz si ripete uno
schema inquietante: mentre i diplomatici iraniani negoziano con l'Oman
una via d'uscita dalla crisi, il Corpo delle Guardie della Rivoluzione
Islamica (IRGC) mantiene il blocco, attacca petroliere e subordina
qualsiasi accordo a un ultimatum che Washington difficilmente accetterà.
La domanda di fondo va oltre l'Iran: nei momenti di crisi e di vuoto di
potere, chi controlla le armi finisce sempre per prevalere su chi
negozia?
Il meccanismo dietro lo schema
La logica si basa su un fondamento strutturale semplice.
Chi controlla la forza armata non ha bisogno di vincere il dibattito
politico per imporre la propria volontà: gli basta creare fatti
compiuti. In Iran, l'IRGC non ha bisogno di convincere nessuno che
negoziare con gli Stati Uniti sia un errore — può semplicemente lanciare
un missile contro una petroliera nel bel mezzo di un processo
diplomatico, come è accaduto di recente contro una nave collegata alla
compagnia petrolifera statale degli Emirati Arabi Uniti, invalidando
così mesi di lavoro diplomatico nel giro di poche ore.
A questo si aggiunge un fattore decisivo: il vuoto di
autorità. Secondo alcuni resoconti, la Guida Suprema Mojtaba Khamenei
resterebbe nascosta e in condizioni di salute precarie — una debolezza
che l'IRGC avrebbe sfruttato per consolidare il proprio controllo
effettivo sulle decisioni del regime. Quando manca un arbitro civile o
religioso dall'autorità indiscussa, a vincere è quasi sempre l'attore
con maggiore disciplina organizzativa e capacità coercitiva —
tipicamente l'apparato militare, non il corpo diplomatico.
Esiste anche un'asimmetria di incentivi che rafforza lo
schema. I negoziatori civili rischiano la carriera se un accordo
fallisce o viene percepito come una capitolazione. I settori della linea
dura, invece, non sopportano questo costo — anzi, il protrarsi dello
scontro accresce la loro rilevanza istituzionale e il loro budget. La
nomina del generale Mohsen Rezaei a capo del Consiglio Supremo per la
Sicurezza Nazionale iraniano, dopo l'ultimatum che ha interrotto il
tavolo negoziale, illustra perfettamente questo meccanismo: l'escalation
ha avvantaggiato direttamente lui e la sua fazione.
Ciò che insegna la storia
Tuttavia, lo schema non è una legge inderogabile, e la storia offre controesempi rilevanti.
Il caso più vicino è la stessa guerra Iran-Iraq del 1988.
Nonostante la resistenza dei settori più intransigenti del regime,
l'ayatollah Khomeini alla fine accettò il cessate il fuoco, descrivendo
quella decisione come "bere da un calice avvelenato". Non fu una
vittoria dei moderati sui radicali ottenuta con gli argomenti, ma perché
il costo umano ed economico della guerra era diventato insostenibile
persino per chi la sosteneva.
Un caso più ampio è il crollo dell'Unione Sovietica sotto
Gorbaciov. I settori militari e dell'apparato di sicurezza (KGB)
resistettero all'apertura, arrivando persino a tentare un colpo di stato
nel 1991 — ma l'esaurimento economico strutturale del sistema finì per
prevalere sulla capacità coercitiva dei falchi, che non riuscirono a
invertire il corso degli eventi.
Il Sudafrica dell'apartheid offre un terzo esempio: i
settori della sicurezza e i paramilitari afrikaner si opposero
ferocemente allo smantellamento del regime razzista, ricorrendo anche a
violenza organizzata negli anni precedenti il 1994. Ma l'isolamento
internazionale e il collasso economico finirono per piegare quella
resistenza armata, consentendo una transizione negoziata.
La domanda aperta
Il filo conduttore comune a questi tre casi non è che i
moderati abbiano vinto il dibattito, ma che il costo di sostenere lo
scontro sia diventato insopportabile per il sistema nel suo complesso —
inclusi, alla fine, gli stessi settori intransigenti. Questa è
esattamente la domanda aperta in Iran oggi: le Guardie della Rivoluzione
controllano, per ora, i fatti sul terreno. L'incognita è se
l'esaurimento economico — perdita di gas, blackout, inflazione —
raggiungerà un punto di rottura sufficientemente doloroso da erodere
quel potere di veto, come accadde a Teheran nel 1988, a Mosca nel 1991 e
a Pretoria negli anni '90.