La presión externa puede debilitar al régimen.
La ilusión de una salvación externa puede debilitar a la oposición.
Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
El reportaje de CBS News, reproducido por
Martí Noticias, según el cual el Pentágono ha revisado diversos planes de
contingencia relacionados con Cuba, merece una lectura que va más allá del
titular. Funcionarios estadounidenses aclararon que no existe una decisión de
intervenir militarmente y que se trata de ejercicios normales de planificación.
Sin embargo, el impacto político y psicológico de la información puede ser
considerable.
La noticia tampoco aparece en el vacío.
Durante los últimos meses, el presidente
Donald Trump ha endurecido progresivamente su discurso hacia el régimen
castrista. Ha afirmado que "liberará Cuba", que Estados Unidos
"puede hacer cualquier cosa" respecto a la isla y, recientemente,
advirtió que si se confirma la presencia de drones militares iraníes en
territorio cubano, "nos ocuparemos del asunto". A ello se suman las
sanciones económicas, las acusaciones judiciales contra Raúl Castro y otros
altos dirigentes, la presión sobre GAESA y una política exterior mucho más
agresiva hacia La Habana.
Vista en conjunto, esa secuencia proyecta un
mensaje claro: Washington quiere que el régimen castrista sepa que ninguna
opción ha sido descartada.
Desde el punto de vista estratégico, esa
percepción puede ser útil. Los gobiernos autoritarios no solo reaccionan ante
hechos consumados; también reaccionan ante la incertidumbre. Si la dirigencia
castrista cree que determinadas acciones —como profundizar una cooperación
militar con Irán o convertir a Cuba en una plataforma para intereses
estratégicos de potencias adversarias— podrían provocar una respuesta
estadounidense, es posible que modifique algunos de sus cálculos.
Pero aquí aparece un aspecto del que casi no
se habla.
La guerra psicológica no distingue entre
amigos y enemigos. Un mismo mensaje puede producir efectos completamente
distintos según quién lo reciba.
El régimen probablemente interpreta estas
señales como una advertencia. Millones de cubanos, en cambio, pueden
interpretarlas como una promesa.
Y ahí reside el verdadero peligro.
Después de más de seis décadas de dictadura,
resulta perfectamente comprensible que muchos cubanos deseen creer que la
libertad está cerca y que dependerá de una decisión tomada en Washington. Sin
embargo, esa esperanza puede transformarse en una peligrosa ilusión si conduce
a pensar que el destino de Cuba será decidido por otros.
Cuando un pueblo comienza a esperar que otro
haga por él lo que solo él puede consolidar, la iniciativa política se
debilita. La organización, la resistencia cívica, la preparación para una
transición y la construcción de una alternativa democrática pueden quedar
relegadas por la expectativa de una solución externa.
La historia demuestra que la presión
internacional puede acelerar la caída de una dictadura, pero rara vez sustituye
el papel de la sociedad que debe construir el país después.
Además, conviene no perder de vista el
contexto en el que opera la administración Trump. Estados Unidos enfrenta
simultáneamente desafíos en Irán, el Indo-Pacífico, Europa, la competencia
estratégica con China y la seguridad hemisférica. A ello se suma la política
interna: la oposición demócrata, el escrutinio del Congreso, el impacto sobre
la opinión pública y la proximidad de las elecciones de medio período, factores
que inevitablemente influyen en cualquier decisión de gran alcance. Cuba es un
asunto importante para Washington, pero forma parte de un tablero mucho más
amplio, donde las prioridades pueden cambiar rápidamente según evolucionen los
acontecimientos internacionales y las circunstancias políticas dentro de
Estados Unidos.
Por ello, interpretar las declaraciones de
Trump o los planes de contingencia del Pentágono como el anuncio de una intervención
inminente sería una conclusión apresurada. Es mucho más razonable entenderlas
como parte de una estrategia destinada a aumentar la presión sobre el régimen y
a mantener abiertas todas las opciones sin comprometerse públicamente con
ninguna de ellas.
Ese mensaje puede ser eficaz para aumentar la
incertidumbre dentro del aparato de poder castrista.
Pero no debería convertirse en un motivo para
que los cubanos deleguen su responsabilidad histórica.
La ayuda internacional puede ser decisiva.
Estados Unidos y las democracias occidentales pueden ejercer presión económica,
diplomática y política; pueden respaldar una transición, proteger a la
población frente a una represión masiva e incluso actuar en circunstancias
extraordinarias si estuvieran en juego intereses vitales para la seguridad
regional.
Sin embargo, ninguna potencia extranjera puede
sustituir la voluntad de un pueblo decidido a recuperar su libertad.
La noticia de CBS News debe entenderse, por
tanto, como un arma de dos filos. Puede fortalecer la presión sobre el régimen,
pero también alimentar la expectativa de una salvación externa.
Los cubanos harían bien en recibirla con
esperanza, pero también con realismo. Porque la libertad de Cuba podrá contar
con aliados poderosos, pero, en última instancia, dependerá de la decisión, el
valor y la perseverancia de los propios cubanos.
Creo que esta versión sitúa el debate en un
plano estratégico más que coyuntural. No cuestiona las intenciones de la
administración Trump ni desestima la importancia del apoyo de Estados Unidos,
pero recuerda un principio que ha acompañado a todos los procesos exitosos de
democratización: la ayuda externa puede crear condiciones favorables, pero la
libertad solo se consolida cuando un pueblo asume el protagonismo de su propia
historia.
CBS, TRUMP: A DOUBLE-EDGED SWORD
External pressure can weaken the regime. The illusion of external salvation can weaken the opposition.
By Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
The CBS News report, later republished by Martí Noticias, stating that the Pentagon has reviewed a range of contingency plans related to Cuba deserves to be read beyond the headline. U.S. officials emphasized that no decision has been made to intervene militarily and that such planning is part of the Pentagon's normal contingency process. Even so, the political and psychological impact of the report could be significant.
The story does not emerge in a vacuum.
Over the past several months, President Donald Trump has steadily intensified his rhetoric toward the Castro regime. He has declared that he will "free Cuba," that the United States "can do anything" regarding the island, and more recently warned that if reports of Iranian military drones in Cuba are confirmed, "we'll take care of it." These statements come alongside economic sanctions, criminal charges against Raúl Castro and other senior officials, mounting pressure on GAESA, and a much more assertive U.S. policy toward Havana.
Taken together, these developments send a clear message: Washington wants the Castro regime to understand that no option has been ruled out.
From a strategic standpoint, that perception may be useful. Authoritarian governments do not respond only to actions already taken; they also respond to uncertainty. If the Cuban leadership believes that certain moves—such as expanding military cooperation with Iran or turning Cuba into a platform for the strategic interests of hostile powers—could trigger an American response, it may adjust some of its calculations.
But there is another aspect that receives far less attention.
Psychological warfare does not distinguish between friends and enemies. The same message can produce entirely different effects depending on who receives it.
The regime is likely to interpret these signals as a warning. Millions of Cubans, however, may interpret them as a promise.
That is where the real danger lies.
After more than six decades of dictatorship, it is entirely understandable that many Cubans want to believe freedom is near and that it will result from a decision made in Washington. Yet that hope can become a dangerous illusion if it leads people to believe that Cuba's future will ultimately be decided by others.
When a people begin to expect someone else to accomplish what only they themselves can ultimately secure, political initiative begins to fade. Organization, civic resistance, preparation for democratic transition, and the construction of a viable alternative may all be displaced by the expectation of an external solution.
History shows that international pressure can accelerate the collapse of a dictatorship, but it rarely replaces the role of the society that must rebuild the nation afterward.
It is also important to keep in mind the broader context in which the Trump administration operates. The United States is simultaneously confronting challenges in Iran, the Indo-Pacific, Europe, strategic competition with China, and security throughout the Western Hemisphere. Domestic politics also play an important role: Democratic opposition, congressional oversight, public opinion, and the approaching midterm elections inevitably influence any major foreign policy decision. Cuba remains an important issue for Washington, but it is only one piece of a much larger strategic puzzle whose priorities can shift rapidly as international events and domestic political realities evolve.
For that reason, interpreting Trump's statements or the Pentagon's contingency planning as evidence of an imminent military intervention would be premature. It is far more reasonable to view them as part of a broader strategy designed to increase pressure on the regime while keeping every option available without publicly committing to any particular course of action.
Such a strategy may succeed in increasing uncertainty within the Castro regime's inner circle.
But it should not become a reason for Cubans to surrender their own historic responsibility.
International support can be decisive. The United States and the Western democracies can apply economic, diplomatic, and political pressure; they can support a democratic transition, protect civilians against large-scale repression, and even act under extraordinary circumstances if vital regional security interests are at stake.
Yet no foreign power can replace the determination of a people committed to reclaiming their own freedom.
The CBS News report should therefore be understood as a double-edged sword. It may strengthen pressure on the regime while simultaneously encouraging expectations of external salvation.
Cubans would do well to receive the news with hope—but also with realism. Cuba's future may well benefit from powerful allies, but in the end its freedom will depend upon the determination, courage, and perseverance of the Cuban people themselves.
This perspective places the discussion on a strategic rather than merely tactical level. It neither questions the intentions of the Trump administration nor minimizes the importance of U.S. support. Instead, it recalls a principle common to successful democratic transitions throughout history: external assistance can create favorable conditions, but freedom is secured only when a people assume responsibility for shaping their own destiny.
CBS, TRUMP : UNE ARME À DOUBLE TRANCHANT
La pression extérieure peut affaiblir le régime. L'illusion d'un salut venu de l'extérieur peut affaiblir l'opposition.
Par Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
Le reportage de CBS News, repris par Martí Noticias, selon lequel le Pentagone a récemment examiné plusieurs plans d'urgence concernant Cuba, mérite une lecture qui dépasse largement son titre. Des responsables américains ont précisé qu'aucune décision d'intervention militaire n'avait été prise et qu'il s'agissait d'exercices habituels de planification stratégique. Néanmoins, l'impact politique et psychologique de cette information pourrait être considérable.
Cette nouvelle n'apparaît pas dans un vide politique.
Au cours des derniers mois, le président Donald Trump a progressivement durci son discours à l'égard du régime castriste. Il a déclaré qu'il « libérerait Cuba », que les États-Unis « pouvaient faire tout ce qu'ils voulaient » concernant l'île et, plus récemment, il a averti que si la présence de drones militaires iraniens à Cuba était confirmée, « nous nous en occuperons ». À cela s'ajoutent les sanctions économiques, les poursuites judiciaires engagées contre Raúl Castro et d'autres hauts responsables, la pression exercée sur le groupe GAESA ainsi qu'une politique américaine beaucoup plus ferme à l'égard de La Havane.
Pris dans leur ensemble, ces éléments envoient un message clair : Washington veut que le régime castriste comprenne qu'aucune option n'est exclue.
D'un point de vue stratégique, cette perception peut être utile. Les régimes autoritaires ne réagissent pas uniquement aux faits accomplis ; ils réagissent également à l'incertitude. Si les dirigeants cubains pensent que certaines initiatives — comme un renforcement de la coopération militaire avec l'Iran ou la transformation de Cuba en plateforme stratégique au service de puissances hostiles — pourraient provoquer une réaction américaine, ils pourraient revoir une partie de leurs calculs.
Mais un autre aspect est rarement évoqué.
La guerre psychologique ne distingue pas les amis des ennemis. Un même message peut produire des effets totalement différents selon celui qui le reçoit.
Le régime interprète probablement ces signaux comme un avertissement. En revanche, des millions de Cubains risquent de les percevoir comme une promesse.
C'est là que réside le véritable danger.
Après plus de six décennies de dictature, il est parfaitement compréhensible que de nombreux Cubains souhaitent croire que la liberté est proche et qu'elle dépendra d'une décision prise à Washington. Pourtant, cet espoir peut se transformer en une dangereuse illusion s'il conduit à penser que le destin de Cuba sera décidé par d'autres.
Lorsqu'un peuple commence à attendre qu'un autre accomplisse à sa place ce que lui seul peut réellement conquérir, son initiative politique s'affaiblit. L'organisation, la résistance civique, la préparation d'une transition démocratique et la construction d'une véritable alternative risquent alors d'être reléguées au second plan par l'attente d'une solution extérieure.
L'histoire montre que la pression internationale peut accélérer la chute d'une dictature, mais qu'elle ne remplace presque jamais le rôle de la société qui devra reconstruire le pays.
Il convient également de garder à l'esprit le contexte dans lequel évolue l'administration Trump. Les États-Unis sont confrontés simultanément aux défis posés par l'Iran, l'Indo-Pacifique, l'Europe, la rivalité stratégique avec la Chine et la sécurité de l'hémisphère occidental. À cela s'ajoute la politique intérieure américaine : l'opposition démocrate, le contrôle exercé par le Congrès, l'influence de l'opinion publique et la proximité des élections de mi-mandat, autant de facteurs qui pèsent inévitablement sur toute décision d'envergure. Cuba constitue certes un dossier important pour Washington, mais il ne représente qu'un élément d'un échiquier stratégique beaucoup plus vaste, où les priorités peuvent évoluer rapidement en fonction des événements internationaux et des réalités politiques américaines.
Dans ces conditions, interpréter les déclarations de Donald Trump ou les plans de contingence du Pentagone comme l'annonce d'une intervention militaire imminente serait une conclusion hâtive. Il est beaucoup plus raisonnable d'y voir une stratégie destinée à accroître la pression sur le régime tout en laissant ouvertes toutes les options, sans s'engager publiquement sur l'une d'elles.
Cette stratégie peut effectivement accroître l'incertitude au sein de l'appareil de pouvoir castriste.
Mais elle ne devrait pas devenir un prétexte pour que les Cubains renoncent à leur propre responsabilité historique.
Le soutien international peut être déterminant. Les États-Unis et les démocraties occidentales peuvent exercer des pressions économiques, diplomatiques et politiques ; ils peuvent accompagner une transition démocratique, protéger la population contre une répression massive et, dans des circonstances exceptionnelles, intervenir si des intérêts essentiels pour la sécurité régionale sont en jeu.
Cependant, aucune puissance étrangère ne peut remplacer la volonté d'un peuple décidé à reconquérir sa liberté.
Le reportage de CBS News doit donc être compris comme une arme à double tranchant. Il peut renforcer la pression exercée sur le régime, mais aussi nourrir l'attente d'un salut venu de l'extérieur.
Les Cubains auraient tout intérêt à accueillir cette
CBS, TRUMP: UN'ARMA A DOPPIO TAGLIO
La pressione esterna può indebolire il regime. L'illusione di una salvezza proveniente dall'esterno può indebolire l'opposizione.
Di Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
Il servizio di CBS News, successivamente ripreso da Martí Noticias, secondo cui il Pentagono ha esaminato diversi piani di emergenza relativi a Cuba, merita una lettura che vada oltre il titolo. I funzionari statunitensi hanno precisato che non è stata presa alcuna decisione di intervenire militarmente e che tali valutazioni rientrano nella normale pianificazione strategica del Dipartimento della Difesa. Tuttavia, l'impatto politico e psicologico di questa notizia potrebbe essere considerevole.
La notizia, inoltre, non nasce nel vuoto.
Negli ultimi mesi il presidente Donald Trump ha progressivamente inasprito il proprio linguaggio nei confronti del regime castrista. Ha dichiarato che "libererà Cuba", che gli Stati Uniti "possono fare qualsiasi cosa" riguardo all'isola e, più recentemente, ha avvertito che, se verrà confermata la presenza di droni militari iraniani a Cuba, "ce ne occuperemo". A ciò si aggiungono le sanzioni economiche, le incriminazioni nei confronti di Raúl Castro e di altri alti dirigenti, la crescente pressione su GAESA e una politica estera molto più decisa nei confronti dell'Avana.
Considerati nel loro insieme, questi elementi trasmettono un messaggio chiaro: Washington vuole che il regime castrista comprenda che nessuna opzione è stata esclusa.
Da un punto di vista strategico, questa percezione può essere utile. I regimi autoritari non reagiscono soltanto ai fatti compiuti; reagiscono anche all'incertezza. Se la leadership cubana ritiene che determinate iniziative — come rafforzare la cooperazione militare con l'Iran o trasformare Cuba in una piattaforma strategica al servizio di potenze ostili — possano provocare una risposta degli Stati Uniti, è possibile che riveda parte dei propri calcoli.
Ma c'è un altro aspetto di cui si parla molto meno.
La guerra psicologica non distingue tra amici e nemici. Lo stesso messaggio può produrre effetti completamente diversi a seconda di chi lo riceve.
Il regime probabilmente interpreta questi segnali come un avvertimento. Milioni di cubani, invece, potrebbero interpretarli come una promessa.
Ed è qui che risiede il vero pericolo.
Dopo oltre sessant'anni di dittatura, è perfettamente comprensibile che molti cubani desiderino credere che la libertà sia vicina e che dipenda da una decisione presa a Washington. Tuttavia, questa speranza può trasformarsi in una pericolosa illusione se porta a credere che il destino di Cuba sarà deciso da altri.
Quando un popolo comincia ad aspettarsi che siano altri a realizzare ciò che solo esso stesso può conquistare e consolidare, l'iniziativa politica si indebolisce. L'organizzazione, la resistenza civile, la preparazione di una transizione democratica e la costruzione di un'alternativa credibile rischiano di essere sostituite dall'attesa di una soluzione proveniente dall'esterno.
La storia dimostra che la pressione internazionale può accelerare la caduta di una dittatura, ma raramente sostituisce il ruolo della società che dovrà ricostruire il Paese.
È inoltre importante considerare il contesto nel quale opera l'amministrazione Trump. Gli Stati Uniti si trovano contemporaneamente ad affrontare le sfide poste dall'Iran, dall'Indo-Pacifico, dall'Europa, dalla competizione strategica con la Cina e dalla sicurezza dell'emisfero occidentale. A questo si aggiunge la politica interna: l'opposizione democratica, il controllo esercitato dal Congresso, il peso dell'opinione pubblica e l'avvicinarsi delle elezioni di medio termine, fattori che inevitabilmente influenzano qualsiasi decisione di grande portata. Cuba rappresenta certamente una questione importante per Washington, ma è soltanto uno degli elementi di uno scenario strategico molto più ampio, nel quale le priorità possono cambiare rapidamente in funzione degli sviluppi internazionali e delle dinamiche politiche interne degli Stati Uniti.
Per questo motivo, interpretare le dichiarazioni di Donald Trump o i piani di emergenza del Pentagono come l'annuncio di un'imminente operazione militare sarebbe una conclusione affrettata. È molto più ragionevole considerarli parte di una strategia destinata ad aumentare la pressione sul regime, mantenendo allo stesso tempo aperte tutte le opzioni senza impegnarsi pubblicamente in nessuna di esse.
Questo messaggio può effettivamente aumentare l'incertezza all'interno dell'apparato di potere castrista.
Ma non dovrebbe diventare una ragione affinché i cubani rinuncino alla propria responsabilità storica.
Il sostegno internazionale può essere decisivo. Gli Stati Uniti e le democrazie occidentali possono esercitare pressioni economiche, diplomatiche e politiche; possono sostenere una transizione democratica, proteggere la popolazione da una repressione di massa e persino intervenire in circostanze straordinarie qualora fossero in gioco interessi vitali per la sicurezza regionale.
Tuttavia, nessuna potenza straniera può sostituire la volontà di un popolo determinato a riconquistare la propria libertà.
Il servizio di CBS News deve quindi essere interpretato come un'arma a doppio taglio. Può rafforzare la pressione sul regime, ma può anche alimentare l'aspettativa di una salvezza proveniente dall'esterno.
I cubani farebbero bene ad accogliere questa notizia con speranza, ma anche con realismo. La libertà di Cuba potrà certamente contare su alleati potenti, ma alla fine dipenderà dalla determinazione, dal coraggio e dalla perseveranza del popolo cubano.
Questa prospettiva colloca il dibattito su un piano strategico piuttosto che puramente contingente. Non mette in discussione le intenzioni dell'amministrazione Trump né minimizza l'importanza del sostegno degli Stati Uniti. Ricorda semplicemente un principio che accomuna tutte le transizioni democratiche di successo: l'aiuto esterno può creare condizioni favorevoli, ma la libertà si consolida soltanto quando un popolo assume il ruolo di protagonista della propria storia.