Por Huber Matos Araluce, San José, Costa
Rica
A enero de 2026, la aprobación de Donald
Trump se sitúa entre el 41 % y el 42 %, colocándolo claramente dentro de la franja
histórica de vulnerabilidad política que, de forma consistente, ha precedido
derrotas en las elecciones de medio término para varios presidentes de Estados
Unidos. En las últimas dos décadas, niveles de aprobación similares anticiparon
pérdidas significativas de poder legislativo: George W. Bush en 2006, Barack
Obama en 2014, el propio Trump en 2018 y Joe Biden en 2022. Todos ellos
llegaron a los comicios con apoyos en el rango bajo o medio del 40 % y
terminaron perdiendo terreno en el Congreso.
Lo que resulta llamativo —y casi
contraintuitivo— en el caso de Trump es su capacidad para mantener niveles de
aprobación comparables a los de presidentes más convencionales, pese a la
intensidad, visibilidad y naturaleza confrontacional de las políticas desplegadas
durante su primer año de regreso al poder. Tanto en el plano interno como en el
internacional, su administración ha apostado por rupturas abiertas con normas
establecidas, una diplomacia abiertamente transaccional y decisiones
estratégicas altamente controvertidas. En este contexto, la lógica tradicional
apunta a una erosión del capital político de cara a las elecciones de medio
término, con la consiguiente posibilidad de perder el control de una o ambas
cámaras del Congreso.
Sin embargo, Trump podría estar
posicionándose para lograr un resultado geopolítico de alto impacto capaz de
alterar ese guion.
Uno de esos resultados sería una expansión
decisiva de la influencia estadounidense sobre los flujos energéticos globales.
Bajo una alineación favorable de circunstancias, Washington podría llegar a
ejercer un control directo o indirecto sobre una parte sustancial del petróleo
y otros líquidos energéticos del planeta, potencialmente cercana a dos tercios
de las reservas y la producción estratégicamente relevantes. Alcanzar ese nivel
de influencia no requeriría una conquista militar, sino una transformación
política en un solo país clave: Irán.
Trump no tendría que invadir Irán. El
régimen atraviesa actualmente su crisis interna más profunda en décadas. Protestas
prolongadas a nivel nacional —reprimidas con extrema violencia y con miles de
muertos según organizaciones de derechos humanos— han puesto al descubierto
profundas fracturas dentro de la República Islámica. Las declaraciones públicas
de Trump alentando a los manifestantes a mantenerse en las calles, junto con
promesas de apoyo futuro por parte de su gobierno, crean un compromiso político
difícil de ignorar. Al mismo tiempo, la cúpula clerical sigue siendo el
principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo, mientras enfrenta un
colapso económico sin precedentes, un aislamiento diplomático creciente y
reveses estratégicos cada vez más visibles.
De forma significativa, incluso figuras
tradicionalmente asociadas al intervencionismo duro han comenzado a plantear
vías alternativas. John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional y frecuente
crítico de Trump, ha señalado que el momento para un cambio en Irán es
propicio, aunque no mediante exigencias de rendición incondicional. En su
lugar, Bolton y otros analistas han sugerido una salida transaccional para las
élites militares y de seguridad iraníes: preservación del Estado iraní,
levantamiento gradual de sanciones, reintegración económica y reconocimiento
internacional, a cambio de la neutralización política de la teocracia.
Tras años de sanciones, derrotas
indirectas, humillaciones estratégicas y deterioro económico, sectores
relevantes del liderazgo militar iraní —incluidos elementos pragmáticos dentro
del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— son conscientes de que la
continuidad del poder clerical conduce a un callejón sin salida: aislamiento
permanente, mayor vulnerabilidad frente a Israel, dependencia creciente de
Rusia y China y un riesgo personal elevado si el régimen colapsa de forma incontrolada.
Si Irán llegara a realinearse con Estados
Unidos, las consecuencias geopolíticas serían inéditas en la historia moderna.
Tal giro desmantelaría décadas de hostilidad estructural, expulsaría la
influencia rusa y china de uno de los nodos estratégicos más sensibles del
planeta y contribuiría a consolidar una nueva arquitectura energética global
que integraría a Estados Unidos, Venezuela, Medio Oriente y Europa dentro de un
mismo marco estratégico.
Este enfoque no es teórico ni carece de
precedentes. Venezuela ofrece un ejemplo claro de cómo Estados Unidos puede
obtener ventajas estratégicas enormes a un costo relativamente bajo. Sin una
invasión prolongada ni una ocupación clásica, Washington ha logrado condicionar
de forma decisiva el sector petrolero venezolano —el mayor del mundo en
reservas probadas—, regulando sus exportaciones, controlando el acceso a los
ingresos y determinando qué actores pueden operar dentro del sistema. Mientras
tanto, el régimen autoritario en Caracas sobrevive dentro de márgenes cada vez
más estrechos, dependiente de licencias, exenciones y tolerancia política por
parte de Estados Unidos.
Tanto en Venezuela como en un eventual Irán
post-teocrático, la estrategia adquiere legitimidad política y moral si el
beneficiario final es la población. En el caso venezolano, el objetivo
declarado de Washington ha sido que cualquier reactivación del sector
petrolero, bajo supervisión y reglas claras, se traduzca en recuperación
económica, estabilidad y una transición democrática real.
Si este esquema llegara a materializarse,
Trump no solo alteraría el equilibrio energético mundial. Demostraría que es
posible ejercer poder global sin guerras de ocupación, sin reconstrucciones
interminables y sin los costos humanos y políticos que han marcado a
administraciones anteriores. En ese escenario, la verdadera victoria no sería
meramente táctica o electoral, sino histórica: convertir el control de la
energía en el principal instrumento de poder del siglo XXI, debilitar a los
adversarios de Estados Unidos y crear condiciones reales de salida del
autoritarismo para sociedades atrapadas durante décadas bajo regímenes
represivos.
Más allá de simpatías o rechazos personales
hacia Donald Trump, un resultado de esta magnitud definiría de forma decisiva su
legado y la estructura del poder global en las próximas décadas.