ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

 


ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD Y EL FUTURO DE CUBA

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

El informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba merece atención y respeto. Durante seis meses, académicos y especialistas estudiaron posibles caminos para superar la crisis cubana. El resultado se presenta como un documento abierto a consultas, revisiones y modificaciones.

El destino que propone es difícil de objetar: una Cuba democrática y pluralista, un Estado de derecho, una nueva Asamblea Constituyente y una economía social de mercado que reconozca distintas formas de propiedad, incluida la privada.

Pero Ariel Ruiz Urquiola ha señalado una cuestión fundamental que merece ser discutida.

El científico y activista cubano cuestiona la premisa de que quienes sostienen actualmente el sistema puedan tomar la iniciativa y convertirse en facilitadores de la transición. Su pregunta es sencilla y difícil de eludir: ¿quién posee realmente el poder y qué razones tendría para entregarlo?

Ruiz Urquiola no rechaza necesariamente una negociación. La historia demuestra que muchos procesos de cambio han necesitado acuerdos. Su argumento es otro: una negociación no crea por sí misma una democracia si quienes controlaban el poder antes de sentarse a la mesa continúan controlándolo después de levantarse de ella.

Una dictadura no consiste solamente en un gobernante, un partido o una Constitución. Se sostiene porque determinadas estructuras controlan las instituciones, los recursos económicos, los cuerpos armados y los mecanismos de coerción.

El propio informe de Harvard reconoce la posición dominante del Partido Comunista y describe a GAESA como una especie de “Estado dentro del Estado”. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo impedir que esas estructuras sobrevivan a una transición y conserven, bajo otras formas, una parte decisiva del poder?

No es una cuestión exclusivamente cubana.

Lo que ocurre actualmente en Venezuela ofrece una razón adicional para reflexionar. María Corina Machado, al referirse al acuerdo petrolero alcanzado entre Estados Unidos y el interinato encabezado por Delcy Rodríguez, no ha rechazado la participación estadounidense ni la inversión extranjera. Por el contrario, ha defendido una relación de beneficio mutuo.

Su objeción se refiere a algo más elemental: la legitimidad para decidir sobre el patrimonio de una nación. Machado ha sostenido que los recursos venezolanos pertenecen al pueblo venezolano y que decisiones de semejante trascendencia necesitan instituciones legítimas, transparencia, seguridad jurídica y un gobierno democrático.

Es una advertencia que los cubanos deberíamos escuchar.

Una transición puede necesitar negociaciones, compromisos y garantías para quienes estén dispuestos a contribuir pacíficamente al establecimiento de una democracia. Pero negociar las condiciones de una transición es muy diferente de negociar la soberanía de un pueblo.

También resulta acertada la observación de Ruiz Urquiola sobre los presos políticos. Su liberación no puede considerarse una concesión equivalente a lo que otra parte entrega a cambio. Quien ha sido encarcelado injustamente por ejercer derechos fundamentales no pertenece al Estado que lo encarceló. Liberarlo significa poner fin a una injusticia.

Lo mismo ocurre con la reconciliación. Cuba la necesitará después de tantas décadas de división, prisión y exilio. Pero reconciliación no significa impunidad.

La responsabilidad por violaciones de los derechos humanos debe ser individual, demostrada conforme a la ley y determinada con todas las garantías de un proceso judicial. Haber trabajado para el Estado o pertenecido a sus instituciones no puede convertir automáticamente a una persona en culpable. Tampoco puede utilizarse la reconciliación para imponer el olvido de delitos demostrables.

Aquí está el centro de la discusión:

Una transición no es todavía una democracia.

Puede cambiar el gobernante y permanecer el poder. Puede desaparecer un partido y sobrevivir sus mecanismos de control. Pueden modificarse las leyes mientras quienes poseen las armas, los recursos económicos y las instituciones continúan determinando las decisiones fundamentales.

Incluso un régimen puede aceptar transformaciones cuando descubre que cambiar es la mejor manera de preservar una parte de su poder.

Por eso una futura transición cubana no debería juzgarse solamente por quién abandona el poder, sino por quién lo recibe, bajo qué reglas, por cuánto tiempo y ante quién responde.

Harvard ha hecho una contribución importante al abrir esta discusión. Ariel Ruiz Urquiola hace otra al advertir que no basta con definir correctamente el destino. También hay que asegurar el camino para llegar a él.

No se trata de rechazar el diálogo ni de impedir acuerdos que puedan evitar violencia y sufrimiento. Se trata de recordar que ninguna mesa de negociación, grupo económico, institución armada, partido o potencia extranjera puede sustituir la voluntad soberana de los cubanos.

Porque el objetivo de una transición democrática no consiste simplemente en sustituir a quienes gobiernan.

Consiste en devolver al pueblo el derecho a gobernarse.

Documentos relacionados:

Informe del Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba

Ariel Ruiz Urquiola cuestiona el plan de Harvard para Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD AND CUBA'S FUTURE

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

The report by Harvard's Working Group on the Future of Cuba deserves attention and respect. For six months, academics and specialists studied possible paths for overcoming the Cuban crisis. The result is presented as a document open to consultation, revision and modification.

The destination it proposes is difficult to object to: a democratic and pluralistic Cuba, the rule of law, a new Constituent Assembly and a social market economy that recognizes different forms of property, including private property.

But Ariel Ruiz Urquiola has raised a fundamental issue that deserves discussion.

The Cuban scientist and activist questions the premise that those who currently sustain the system can take the initiative and become facilitators of the transition. His question is simple and difficult to evade: who really holds power, and what reasons would they have to surrender it?

Ruiz Urquiola does not necessarily reject negotiation. History shows that many processes of change have required agreements. His argument is different: negotiation by itself does not create democracy if those who controlled power before sitting down at the table continue to control it after leaving the table.

A dictatorship does not consist only of a ruler, a party or a Constitution. It is sustained because certain structures control institutions, economic resources, armed bodies and mechanisms of coercion.

Harvard's own report recognizes the dominant position of the Communist Party and describes GAESA as a kind of “state within the state.” An unavoidable question therefore arises: how can those structures be prevented from surviving a transition and retaining, under other forms, a decisive share of power?

This is not exclusively a Cuban issue.

What is currently happening in Venezuela offers another reason for reflection. María Corina Machado, referring to the oil agreement reached between the United States and the interim administration headed by Delcy Rodríguez, has not rejected U.S. participation or foreign investment. On the contrary, she has defended a relationship of mutual benefit.

Her objection concerns something more elementary: the legitimacy to decide over a nation's patrimony. Machado has maintained that Venezuela's resources belong to the Venezuelan people and that decisions of such importance require legitimate institutions, transparency, legal certainty and a democratic government.

It is a warning Cubans should heed.

A transition may require negotiations, compromises and guarantees for those willing to contribute peacefully to the establishment of democracy. But negotiating the conditions of a transition is very different from negotiating the sovereignty of a people.

Ruiz Urquiola's observation about political prisoners is also well taken. Their release cannot be treated as a concession equivalent to what another party gives in return. A person unjustly imprisoned for exercising fundamental rights does not belong to the state that imprisoned him. Releasing that person means ending an injustice.

The same applies to reconciliation. Cuba will need it after so many decades of division, imprisonment and exile. But reconciliation does not mean impunity.

Responsibility for human rights violations must be individual, proven according to law and determined with all the guarantees of due process. Having worked for the state or belonged to its institutions cannot automatically make a person guilty. Nor can reconciliation be used to impose the forgetting of demonstrable crimes.

Here lies the center of the discussion:

A transition is not yet a democracy.

The ruler may change while power remains. A party may disappear while its mechanisms of control survive. Laws may be modified while those who possess the weapons, economic resources and institutions continue determining the fundamental decisions.

A regime may even accept transformations when it discovers that changing is the best way to preserve part of its power.

That is why a future Cuban transition should not be judged only by who leaves power, but by who receives it, under what rules, for how long and to whom they are accountable.

Harvard has made an important contribution by opening this discussion. Ariel Ruiz Urquiola makes another by warning that it is not enough to define the destination correctly. The path to reach it must also be secured.

This is not about rejecting dialogue or preventing agreements that could avoid violence and suffering. It is about remembering that no negotiating table, economic group, armed institution, party or foreign power can replace the sovereign will of Cubans.

Because the purpose of a democratic transition is not simply to replace those who govern.

It is to return to the people the right to govern themselves.

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Harvard Working Group Report on Cuba's Future

Ariel Ruiz Urquiola Questions Harvard's Plan for Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD ET L'AVENIR DE CUBA

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le rapport du Groupe de travail de Harvard sur l'avenir de Cuba mérite attention et respect. Pendant six mois, des universitaires et des spécialistes ont étudié les voies possibles pour surmonter la crise cubaine. Le résultat est présenté comme un document ouvert aux consultations, aux révisions et aux modifications.

L'objectif proposé est difficile à contester : une Cuba démocratique et pluraliste, un État de droit, une nouvelle Assemblée constituante et une économie sociale de marché reconnaissant différentes formes de propriété, y compris la propriété privée.

Mais Ariel Ruiz Urquiola a soulevé une question fondamentale qui mérite d'être débattue.

Le scientifique et militant cubain remet en question l'idée que ceux qui soutiennent actuellement le système puissent prendre l'initiative et devenir les facilitateurs de la transition. Sa question est simple et difficile à éluder : qui détient réellement le pouvoir et quelles raisons aurait-il de le céder ?

Ruiz Urquiola ne rejette pas nécessairement une négociation. L'histoire montre que de nombreux processus de changement ont nécessité des accords. Son argument est autre : une négociation ne crée pas à elle seule une démocratie si ceux qui contrôlaient le pouvoir avant de s'asseoir à la table continuent de le contrôler après s'en être levés.

Une dictature ne se résume pas à un dirigeant, un parti ou une Constitution. Elle se maintient parce que certaines structures contrôlent les institutions, les ressources économiques, les corps armés et les mécanismes de coercition.

Le propre rapport de Harvard reconnaît la position dominante du Parti communiste et décrit GAESA comme une sorte d'« État dans l'État ». Une question inévitable se pose alors : comment empêcher que ces structures survivent à une transition et conservent, sous d'autres formes, une part décisive du pouvoir ?

Ce n'est pas une question exclusivement cubaine.

Ce qui se passe actuellement au Venezuela offre une raison supplémentaire de réfléchir. María Corina Machado, à propos de l'accord pétrolier conclu entre les États-Unis et l'intérim dirigé par Delcy Rodríguez, n'a rejeté ni la participation américaine ni l'investissement étranger. Au contraire, elle a défendu une relation mutuellement bénéfique.

Son objection concerne quelque chose de plus élémentaire : la légitimité pour décider du patrimoine d'une nation. Machado a soutenu que les ressources du Venezuela appartiennent au peuple vénézuélien et que des décisions d'une telle importance nécessitent des institutions légitimes, de la transparence, de la sécurité juridique et un gouvernement démocratique.

C'est un avertissement que les Cubains devraient entendre.

Une transition peut nécessiter des négociations, des compromis et des garanties pour ceux qui sont disposés à contribuer pacifiquement à l'établissement d'une démocratie. Mais négocier les conditions d'une transition est très différent de négocier la souveraineté d'un peuple.

L'observation de Ruiz Urquiola sur les prisonniers politiques est également juste. Leur libération ne peut être considérée comme une concession équivalente à ce que l'autre partie accorde en échange. Une personne emprisonnée injustement pour avoir exercé des droits fondamentaux n'appartient pas à l'État qui l'a emprisonnée. La libérer signifie mettre fin à une injustice.

Il en va de même de la réconciliation. Cuba en aura besoin après tant de décennies de division, de prison et d'exil. Mais réconciliation ne signifie pas impunité.

La responsabilité pour les violations des droits de l'homme doit être individuelle, prouvée conformément à la loi et déterminée avec toutes les garanties d'un procès équitable. Avoir travaillé pour l'État ou appartenu à ses institutions ne peut rendre automatiquement une personne coupable. La réconciliation ne peut pas non plus servir à imposer l'oubli de crimes démontrables.

Voici le cœur du débat :

Une transition n'est pas encore une démocratie.

Le dirigeant peut changer et le pouvoir rester. Un parti peut disparaître tandis que ses mécanismes de contrôle survivent. Les lois peuvent être modifiées alors que ceux qui possèdent les armes, les ressources économiques et les institutions continuent de déterminer les décisions fondamentales.

Un régime peut même accepter des transformations lorsqu'il découvre que changer est le meilleur moyen de préserver une partie de son pouvoir.

C'est pourquoi une future transition cubaine ne devrait pas être jugée uniquement selon celui qui abandonne le pouvoir, mais selon celui qui le reçoit, les règles auxquelles il est soumis, la durée de son mandat et devant qui il doit rendre des comptes.

Harvard a apporté une contribution importante en ouvrant ce débat. Ariel Ruiz Urquiola en apporte une autre en avertissant qu'il ne suffit pas de définir correctement la destination. Il faut également garantir le chemin pour y parvenir.

Il ne s'agit pas de rejeter le dialogue ni d'empêcher des accords susceptibles d'éviter la violence et la souffrance. Il s'agit de rappeler qu'aucune table de négociation, aucun groupe économique, aucune institution armée, aucun parti et aucune puissance étrangère ne peut se substituer à la volonté souveraine des Cubains.

Car l'objectif d'une transition démocratique ne consiste pas simplement à remplacer ceux qui gouvernent.

Il consiste à rendre au peuple le droit de se gouverner lui-même.

Documents connexes :

Rapport du Groupe de travail de Harvard sur l'avenir de Cuba

Ariel Ruiz Urquiola remet en question le plan de Harvard pour Cuba

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ARIEL RUIZ URQUIOLA, HARVARD E IL FUTURO DI CUBA

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Il rapporto del Gruppo di lavoro di Harvard sul futuro di Cuba merita attenzione e rispetto. Per sei mesi, accademici e specialisti hanno studiato possibili strade per superare la crisi cubana. Il risultato viene presentato come un documento aperto a consultazioni, revisioni e modifiche.

L'obiettivo che propone è difficile da contestare: una Cuba democratica e pluralista, uno Stato di diritto, una nuova Assemblea Costituente e un'economia sociale di mercato che riconosca diverse forme di proprietà, compresa quella privata.

Ma Ariel Ruiz Urquiola ha sollevato una questione fondamentale che merita di essere discussa.

Lo scienziato e attivista cubano mette in discussione la premessa secondo cui coloro che oggi sostengono il sistema possano prendere l'iniziativa e diventare facilitatori della transizione. La sua domanda è semplice e difficile da eludere: chi possiede realmente il potere e quali ragioni avrebbe per cederlo?

Ruiz Urquiola non rifiuta necessariamente una negoziazione. La storia dimostra che molti processi di cambiamento hanno richiesto accordi. Il suo argomento è un altro: una negoziazione non crea da sola una democrazia se coloro che controllavano il potere prima di sedersi al tavolo continuano a controllarlo dopo essersi alzati.

Una dittatura non consiste soltanto in un governante, un partito o una Costituzione. Si sostiene perché determinate strutture controllano le istituzioni, le risorse economiche, i corpi armati e i meccanismi di coercizione.

Lo stesso rapporto di Harvard riconosce la posizione dominante del Partito Comunista e descrive GAESA come una sorta di “Stato nello Stato”. Sorge quindi una domanda inevitabile: come impedire che queste strutture sopravvivano a una transizione e conservino, sotto altre forme, una parte decisiva del potere?

Non è una questione esclusivamente cubana.

Ciò che sta accadendo attualmente in Venezuela offre un'ulteriore ragione per riflettere. María Corina Machado, riferendosi all'accordo petrolifero raggiunto tra gli Stati Uniti e l'interinato guidato da Delcy Rodríguez, non ha respinto né la partecipazione statunitense né gli investimenti stranieri. Al contrario, ha difeso una relazione di reciproco beneficio.

La sua obiezione riguarda qualcosa di più elementare: la legittimità di decidere sul patrimonio di una nazione. Machado ha sostenuto che le risorse venezuelane appartengono al popolo venezuelano e che decisioni di tale importanza richiedono istituzioni legittime, trasparenza, certezza giuridica e un governo democratico.

È un avvertimento che i cubani dovrebbero ascoltare.

Una transizione può richiedere negoziati, compromessi e garanzie per coloro che sono disposti a contribuire pacificamente all'instaurazione di una democrazia. Ma negoziare le condizioni di una transizione è molto diverso dal negoziare la sovranità di un popolo.

È giusta anche l'osservazione di Ruiz Urquiola sui prigionieri politici. La loro liberazione non può essere considerata una concessione equivalente a ciò che un'altra parte offre in cambio. Chi è stato incarcerato ingiustamente per aver esercitato diritti fondamentali non appartiene allo Stato che lo ha imprigionato. Liberarlo significa porre fine a un'ingiustizia.

Lo stesso vale per la riconciliazione. Cuba ne avrà bisogno dopo tanti decenni di divisione, prigione ed esilio. Ma riconciliazione non significa impunità.

La responsabilità per le violazioni dei diritti umani deve essere individuale, dimostrata secondo la legge e determinata con tutte le garanzie di un giusto processo. Aver lavorato per lo Stato o appartenuto alle sue istituzioni non può rendere automaticamente una persona colpevole. Né la riconciliazione può essere usata per imporre l'oblio di crimini dimostrabili.

Qui sta il centro della discussione:

Una transizione non è ancora una democrazia.

Può cambiare il governante e rimanere il potere. Può scomparire un partito e sopravvivere i suoi meccanismi di controllo. Le leggi possono essere modificate mentre coloro che possiedono le armi, le risorse economiche e le istituzioni continuano a determinare le decisioni fondamentali.

Un regime può persino accettare trasformazioni quando scopre che cambiare è il modo migliore per preservare una parte del proprio potere.

Per questo una futura transizione cubana non dovrebbe essere giudicata soltanto da chi abbandona il potere, ma da chi lo riceve, secondo quali regole, per quanto tempo e davanti a chi deve rispondere.

Harvard ha dato un contributo importante aprendo questa discussione. Ariel Ruiz Urquiola ne offre un altro avvertendo che non basta definire correttamente la destinazione. Occorre anche garantire il percorso per raggiungerla.

Non si tratta di rifiutare il dialogo né di impedire accordi che possano evitare violenza e sofferenza. Si tratta di ricordare che nessun tavolo negoziale, gruppo economico, istituzione armata, partito o potenza straniera può sostituire la volontà sovrana dei cubani.

Perché l'obiettivo di una transizione democratica non consiste semplicemente nel sostituire chi governa.

Consiste nel restituire al popolo il diritto di governarsi.

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Ariel Ruiz Urquiola mette in discussione il piano di Harvard per Cuba

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¿QUÉ APRENDIÓ LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL SOBRE CUBA?

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, historiador cubano, profesor e investigador, ha publicado en Diario de Cuba los dos primeros artículos de una investigación sobre Cuba y la Inteligencia Artificial que todavía no ha terminado. Faltan otros dos, según anuncia el propio autor.

Cañellas se propuso investigar qué parte del enorme volumen de información producido durante décadas alrededor de la Revolución cubana había llegado hasta la inteligencia artificial y podía haber influido en lo que esta aprendió sobre Cuba. Sus primeros resultados son sorprendentes.

La inteligencia artificial es un fenómeno relativamente nuevo, aunque sus raíces se remontan a varias décadas atrás. En 1956, un pequeño grupo de científicos reunidos en Dartmouth, Estados Unidos, comenzó a plantear formalmente la posibilidad de construir máquinas capaces de realizar tareas propias de la inteligencia humana. Aquellos pioneros disponían de computadoras extraordinariamente primitivas comparadas con las actuales. Sus ideas fueron desarrollándose durante décadas hasta que el enorme aumento de la capacidad de las computadoras, unido al trabajo de miles de científicos, ingenieros y desarrolladores, permitió alcanzar los extraordinarios resultados que estamos viendo hoy.

La inteligencia artificial no nació sabiendo quién era Fidel Castro, cómo era Cuba antes de 1959 o qué ocurrió después de la Revolución. Hubo que enseñárselo. En lenguaje técnico se dice que fue entrenada.

Para hacerlo, los sistemas de inteligencia artificial procesaron cantidades gigantescas de información producida anteriormente por los seres humanos: libros, periódicos, revistas, investigaciones académicas, páginas de Internet, transcripciones de videos y muchas otras fuentes. Y ese aprendizaje no se ha detenido. La inteligencia artificial continúa incorporando nueva información y aumentando extraordinariamente sus capacidades.

La magnitud de lo que puede llegar a conocer y procesar resulta difícil de imaginar. Una inteligencia artificial puede conversar sobre las teorías acerca del origen del universo, explicar la evolución de las especies, analizar los últimos avances de la medicina, discutir los errores estratégicos de Cartago durante las guerras púnicas contra Roma y, segundos después, comparar las mejores lavadoras de platos que existen en el mercado.

Y no se limita a localizar información. Puede relacionarla, analizarla, resumirla, traducirla, compararla y utilizarla para responder preguntas que nunca antes le habían formulado.

Podemos imaginar ese proceso como el de una persona que entra en una biblioteca gigantesca y lee millones de documentos. La inteligencia artificial no guarda simplemente cada libro para reproducirlo después, sino que durante su entrenamiento aprende patrones, relaciones entre conceptos, formas de describir acontecimientos y asociaciones entre personajes, ideas y hechos.

Y aquí aparece algo todavía más extraordinario.

Los sistemas más avanzados ya no se limitan a contestar preguntas. Pueden razonar sobre problemas complejos, escribir y analizar programas de computación, trabajar con enormes cantidades de información, utilizar herramientas y ejecutar tareas que requieren numerosos pasos. Su capacidad continúa avanzando a una velocidad que hace apenas unos años parecía difícil de imaginar.

Hasta dónde llegará ese proceso es objeto de una discusión mundial. Investigadores y las propias empresas que desarrollan estos sistemas estudian incluso la posibilidad de que futuras inteligencias artificiales alcancen capacidades intelectuales superiores a las humanas y los problemas que podrían surgir para mantenerlas bajo nuestro control. Otros especialistas están convencidos de que nos acercamos rápidamente al momento en que la Inteligencia Artificial superará la capacidad intelectual humana.

Ese es un tema que merece ser tratado por separado.

Por ahora nos interesa una pregunta mucho más sencilla: si la inteligencia artificial tuvo que aprender de la información que los seres humanos habíamos producido, ¿qué encontró cuando comenzó a aprender sobre Cuba?

Y es aquí donde las investigaciones de Aries Cañellas se convierten en un tema revelador. Sus dos primeros artículos muestran una presencia considerable de información relacionada con el castrismo en los materiales que ha podido rastrear.

Pero todavía falta una parte fundamental de su investigación: conocer qué presencia tuvieron quienes rompieron con el régimen, se exiliaron, lo combatieron o escribieron contra él.

Cañellas ha anunciado otros dos artículos dedicados precisamente a esa otra parte de la historia. Esperemos a conocer sus resultados antes de sacar conclusiones.

Mientras tanto, dejamos a nuestros lectores los enlaces a los dos primeros artículos de su investigación.

El rastro del discurso oficial cubano en los corpus de entrenamiento de la IA

El rastro del discurso oficial cubano en los corpus de entrenamiento de la IA (II)

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WHAT DID ARTIFICIAL INTELLIGENCE LEARN ABOUT CUBA?

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, a Cuban historian, professor and researcher, has published in Diario de Cuba the first two articles of an investigation into Cuba and Artificial Intelligence that is not yet complete. Two more articles remain, according to the author himself.

Cañellas set out to investigate how much of the enormous volume of information produced over decades around the Cuban Revolution had reached artificial intelligence and could have influenced what it learned about Cuba. His initial findings are surprising.

Artificial intelligence is a relatively new phenomenon, although its roots go back several decades. In 1956, a small group of scientists meeting at Dartmouth in the United States began formally exploring the possibility of building machines capable of performing tasks associated with human intelligence. Those pioneers had computers that were extraordinarily primitive compared with today's. Their ideas developed over decades until the enormous increase in computing power, combined with the work of thousands of scientists, engineers and developers, made possible the extraordinary results we are seeing today.

Artificial intelligence was not born knowing who Fidel Castro was, what Cuba was like before 1959, or what happened after the Revolution. It had to be taught. In technical language, we say it was trained.

To accomplish this, artificial intelligence systems processed gigantic amounts of information previously produced by human beings: books, newspapers, magazines, academic research, Internet pages, video transcripts and many other sources. And that learning has not stopped. Artificial intelligence continues to incorporate new information and dramatically increase its capabilities.

The scale of what it can come to know and process is difficult to imagine. An artificial intelligence can discuss theories about the origin of the universe, explain the evolution of species, analyze the latest advances in medicine, discuss Carthage's strategic mistakes during the Punic Wars against Rome and, seconds later, compare the best dishwashers available on the market.

And it does not merely locate information. It can relate it, analyze it, summarize it, translate it, compare it and use it to answer questions it has never been asked before.

We can imagine this process as a person entering a gigantic library and reading millions of documents. Artificial intelligence does not simply store each book in order to reproduce it later. During its training, it learns patterns, relationships between concepts, ways of describing events, and associations among people, ideas and facts.

And here something even more extraordinary appears.

The most advanced systems are no longer limited to answering questions. They can reason about complex problems, write and analyze computer programs, work with enormous amounts of information, use tools, and carry out tasks requiring numerous steps. Their capabilities continue to advance at a speed that only a few years ago would have seemed difficult to imagine.

How far this process will go is the subject of a worldwide debate. Researchers and the companies developing these systems are even studying the possibility that future artificial intelligences could achieve intellectual capabilities superior to those of humans, and the problems that could arise in keeping them under our control. Other specialists are convinced that we are rapidly approaching the moment when Artificial Intelligence will surpass human intellectual capacity.

That is a subject that deserves to be addressed separately.

For now, we are interested in a much simpler question: if artificial intelligence had to learn from the information human beings had produced, what did it find when it began learning about Cuba?

This is where Aries Cañellas's research becomes revealing. His first two articles show a considerable presence of information related to Castroism in the materials he has been able to trace.

But a fundamental part of his investigation is still missing: determining the presence of those who broke with the regime, went into exile, fought it, or wrote against it.

Cañellas has announced two additional articles devoted precisely to this other part of the story. Let us wait to see his results before drawing conclusions.

Meanwhile, we leave our readers the links to the first two articles of his investigation.

The Trace of Cuba's Official Discourse in AI Training Corpora

The Trace of Cuba's Official Discourse in AI Training Corpora (II)

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QU'A APPRIS L'INTELLIGENCE ARTIFICIELLE SUR CUBA ?

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, historien cubain, professeur et chercheur, a publié dans Diario de Cuba les deux premiers articles d'une enquête sur Cuba et l'Intelligence Artificielle qui n'est pas encore terminée. Deux autres articles restent à paraître, selon l'auteur lui-même.

Cañellas a entrepris d'étudier quelle partie de l'énorme volume d'informations produites pendant des décennies autour de la Révolution cubaine était parvenue jusqu'à l'intelligence artificielle et avait pu influencer ce qu'elle avait appris sur Cuba. Ses premiers résultats sont surprenants.

L'intelligence artificielle est un phénomène relativement nouveau, bien que ses racines remontent à plusieurs décennies. En 1956, un petit groupe de scientifiques réunis à Dartmouth, aux États-Unis, commença à envisager formellement la possibilité de construire des machines capables d'accomplir des tâches propres à l'intelligence humaine. Ces pionniers disposaient d'ordinateurs extraordinairement primitifs par rapport à ceux d'aujourd'hui. Leurs idées se sont développées pendant des décennies jusqu'à ce que l'augmentation considérable de la puissance des ordinateurs, associée au travail de milliers de scientifiques, d'ingénieurs et de développeurs, permette d'atteindre les résultats extraordinaires que nous observons aujourd'hui.

L'intelligence artificielle n'est pas née en sachant qui était Fidel Castro, à quoi ressemblait Cuba avant 1959 ou ce qui s'est passé après la Révolution. Il a fallu le lui apprendre. Dans le langage technique, on dit qu'elle a été entraînée.

Pour ce faire, les systèmes d'intelligence artificielle ont traité des quantités gigantesques d'informations produites auparavant par les êtres humains : livres, journaux, revues, recherches universitaires, pages Internet, transcriptions de vidéos et de nombreuses autres sources. Et cet apprentissage ne s'est pas arrêté. L'intelligence artificielle continue d'intégrer de nouvelles informations et d'accroître extraordinairement ses capacités.

L'ampleur de ce qu'elle peut parvenir à connaître et à traiter est difficile à imaginer. Une intelligence artificielle peut discuter des théories sur l'origine de l'univers, expliquer l'évolution des espèces, analyser les dernières avancées de la médecine, examiner les erreurs stratégiques de Carthage pendant les guerres puniques contre Rome et, quelques secondes plus tard, comparer les meilleurs lave-vaisselle disponibles sur le marché.

Et elle ne se limite pas à localiser des informations. Elle peut les mettre en relation, les analyser, les résumer, les traduire, les comparer et les utiliser pour répondre à des questions qui ne lui avaient jamais été posées auparavant.

Nous pouvons imaginer ce processus comme celui d'une personne qui entre dans une bibliothèque gigantesque et lit des millions de documents. L'intelligence artificielle ne conserve pas simplement chaque livre pour le reproduire ensuite ; au cours de son entraînement, elle apprend des schémas, des relations entre les concepts, des manières de décrire les événements et des associations entre les personnages, les idées et les faits.

Et c'est ici qu'apparaît quelque chose d'encore plus extraordinaire.

Les systèmes les plus avancés ne se limitent plus à répondre à des questions. Ils peuvent raisonner sur des problèmes complexes, écrire et analyser des programmes informatiques, travailler avec d'énormes quantités d'informations, utiliser des outils et exécuter des tâches nécessitant de nombreuses étapes. Leurs capacités continuent de progresser à une vitesse qui, il y a seulement quelques années, aurait semblé difficile à imaginer.

Jusqu'où ira ce processus fait l'objet d'un débat mondial. Les chercheurs et les entreprises qui développent ces systèmes étudient même la possibilité que de futures intelligences artificielles atteignent des capacités intellectuelles supérieures à celles des êtres humains, ainsi que les problèmes qui pourraient surgir pour les maintenir sous notre contrôle. D'autres spécialistes sont convaincus que nous approchons rapidement du moment où l'Intelligence Artificielle dépassera la capacité intellectuelle humaine.

C'est un sujet qui mérite d'être traité séparément.

Pour l'instant, une question beaucoup plus simple nous intéresse : si l'intelligence artificielle a dû apprendre à partir des informations que les êtres humains avaient produites, qu'a-t-elle trouvé lorsqu'elle a commencé à apprendre sur Cuba ?

C'est ici que les recherches d'Aries Cañellas deviennent révélatrices. Ses deux premiers articles montrent une présence considérable d'informations liées au castrisme dans les matériaux qu'il a pu retracer.

Mais il manque encore une partie fondamentale de son enquête : connaître la présence de ceux qui ont rompu avec le régime, se sont exilés, l'ont combattu ou ont écrit contre lui.

Cañellas a annoncé deux autres articles consacrés précisément à cette autre partie de l'histoire. Attendons d'en connaître les résultats avant de tirer des conclusions.

En attendant, nous proposons à nos lecteurs les liens vers les deux premiers articles de son enquête.

La trace du discours officiel cubain dans les corpus d'entraînement de l'IA

La trace du discours officiel cubain dans les corpus d'entraînement de l'IA (II)

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CHE COSA HA IMPARATO L'INTELLIGENZA ARTIFICIALE SU CUBA?

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Aries Cañellas, storico cubano, professore e ricercatore, ha pubblicato su Diario de Cuba i primi due articoli di una ricerca su Cuba e l'Intelligenza Artificiale che non è ancora terminata. Mancano altri due articoli, secondo quanto annunciato dallo stesso autore.

Cañellas si è proposto di indagare quale parte dell'enorme volume di informazioni prodotto nel corso di decenni intorno alla Rivoluzione cubana sia arrivata fino all'intelligenza artificiale e possa aver influenzato ciò che essa ha imparato su Cuba. I suoi primi risultati sono sorprendenti.

L'intelligenza artificiale è un fenomeno relativamente nuovo, anche se le sue radici risalgono a diversi decenni fa. Nel 1956, un piccolo gruppo di scienziati riuniti a Dartmouth, negli Stati Uniti, cominciò a considerare formalmente la possibilità di costruire macchine capaci di svolgere compiti propri dell'intelligenza umana. Quei pionieri disponevano di computer straordinariamente primitivi rispetto a quelli attuali. Le loro idee si svilupparono nel corso dei decenni fino a quando l'enorme aumento della capacità dei computer, unito al lavoro di migliaia di scienziati, ingegneri e sviluppatori, rese possibili gli straordinari risultati che stiamo vedendo oggi.

L'intelligenza artificiale non è nata sapendo chi fosse Fidel Castro, com'era Cuba prima del 1959 o che cosa accadde dopo la Rivoluzione. È stato necessario insegnarglielo. Nel linguaggio tecnico si dice che è stata addestrata.

Per farlo, i sistemi di intelligenza artificiale hanno elaborato quantità gigantesche di informazioni prodotte in precedenza dagli esseri umani: libri, giornali, riviste, ricerche accademiche, pagine Internet, trascrizioni di video e molte altre fonti. E questo apprendimento non si è fermato. L'intelligenza artificiale continua a incorporare nuove informazioni e ad aumentare straordinariamente le proprie capacità.

La vastità di ciò che può arrivare a conoscere ed elaborare è difficile da immaginare. Un'intelligenza artificiale può conversare sulle teorie relative all'origine dell'universo, spiegare l'evoluzione delle specie, analizzare gli ultimi progressi della medicina, discutere gli errori strategici di Cartagine durante le guerre puniche contro Roma e, pochi secondi dopo, confrontare le migliori lavastoviglie disponibili sul mercato.

E non si limita a localizzare informazioni. Può metterle in relazione, analizzarle, riassumerle, tradurle, confrontarle e utilizzarle per rispondere a domande che non le erano mai state poste prima.

Possiamo immaginare questo processo come quello di una persona che entra in una biblioteca gigantesca e legge milioni di documenti. L'intelligenza artificiale non conserva semplicemente ogni libro per riprodurlo in seguito, ma durante il suo addestramento apprende schemi, relazioni tra concetti, modi di descrivere gli avvenimenti e associazioni tra personaggi, idee e fatti.

E qui appare qualcosa di ancora più straordinario.

I sistemi più avanzati non si limitano più a rispondere alle domande. Possono ragionare su problemi complessi, scrivere e analizzare programmi informatici, lavorare con enormi quantità di informazioni, utilizzare strumenti ed eseguire compiti che richiedono numerosi passaggi. Le loro capacità continuano ad avanzare a una velocità che solo pochi anni fa sarebbe sembrata difficile da immaginare.

Fino a dove arriverà questo processo è oggetto di un dibattito mondiale. I ricercatori e le stesse aziende che sviluppano questi sistemi studiano persino la possibilità che future intelligenze artificiali raggiungano capacità intellettuali superiori a quelle umane e i problemi che potrebbero sorgere per mantenerle sotto il nostro controllo. Altri specialisti sono convinti che ci stiamo rapidamente avvicinando al momento in cui l'Intelligenza Artificiale supererà la capacità intellettuale umana.

Questo è un tema che merita di essere affrontato separatamente.

Per ora ci interessa una domanda molto più semplice: se l'intelligenza artificiale ha dovuto imparare dalle informazioni che gli esseri umani avevano prodotto, che cosa ha trovato quando ha cominciato a conoscere Cuba?

Ed è qui che le ricerche di Aries Cañellas diventano rivelatrici. I suoi primi due articoli mostrano una presenza considerevole di informazioni legate al castrismo nei materiali che è riuscito a rintracciare.

Ma manca ancora una parte fondamentale della sua ricerca: conoscere quale presenza abbiano avuto coloro che ruppero con il regime, andarono in esilio, lo combatterono o scrissero contro di esso.

Cañellas ha annunciato altri due articoli dedicati precisamente a quest'altra parte della storia. Aspettiamo di conoscerne i risultati prima di trarre conclusioni.

Nel frattempo, lasciamo ai nostri lettori i collegamenti ai primi due articoli della sua ricerca.

La traccia del discorso ufficiale cubano nei corpus di addestramento dell'IA

La traccia del discorso ufficiale cubano nei corpus di addestramento dell'IA (II)

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EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE


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EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Cuando vi el ataque contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, hacía muchos años que ya no vivía en Nueva York. Sin embargo, aquellas imágenes me devolvieron de golpe a una ciudad, a una época y a unos recuerdos que han permanecido grabados en mi memoria y en mi corazón.

Durante un tiempo trabajé en el distrito financiero de Manhattan, en el 80 Pine Street. Mi oficina estaba en el piso 22 y desde allí podía ver la Estatua de la Libertad.

Para millones de inmigrantes aquella estatua había sido el símbolo de su llegada a una tierra donde podían comenzar una nueva vida. Pero aun para quienes ya vivíamos allí, verla era como recibir todos los días el mismo saludo de bienvenida. Representaba algo profundamente americano: una nación que se había construido con personas llegadas de todas partes del mundo, diferentes en sus orígenes, religiones, costumbres e idiomas.

Nueva York era la expresión extraordinaria de aquella diversidad.

El área de Wall Street tenía además una personalidad propia. Era un mundo de gente interesante, bien vestida, lleno de jóvenes intensos, alegres y con energía. Se respiraba la sensación de que había mucho por hacer y de que el mundo ofrecía oportunidades especiales a quienes estuvieran dispuestos a trabajar para aprovecharlas.

Era una ciudad competitiva, pero también abierta. Allí podía llegar alguien de prácticamente cualquier lugar del planeta y sentirse parte de Nueva York. Allí había vivido José Martí.

CUANDO VI NACER LAS TORRES

Cuando comenzaron a levantarse las Torres Gemelas, algunas veces iba al trabajo en automóvil y pasaba cerca de la construcción. Lo que más me impresionaba era la extraordinaria cantidad de acero.

Veía aquellas columnas verticales tan próximas unas de otras y me hacía una pregunta muy sencilla: ¿de qué tamaño van a ser las ventanas de esos edificios?

Parecía que tendrían que ser muy pequeñas.

Y efectivamente lo fueron.

Yo no sabía entonces que estaba contemplando una de las características más novedosas del diseño de las Torres Gemelas. Su estructura era diferente de la de muchos de los edificios de oficinas que conocíamos.

Las Torres fueron concebidas como enormes tubos estructurales. Cada una de sus cuatro fachadas tenía 59 columnas de acero colocadas muy cerca unas de otras. Aquellas columnas que tanto me impresionaban no eran simplemente parte de la fachada: contribuían a sostener el edificio.

Por eso había tanto acero ante mis ojos. Y por eso las ventanas terminaron siendo tan estrechas.

Muchos años después conocería la explicación técnica. Pero nunca olvidé la impresión que me causaban aquellas estructuras cuando pasaba por allí camino al trabajo. Miraba hacia arriba y me preguntaba qué clase de edificios estaban construyendo.

Finalmente se levantaron dos torres de 110 pisos que transformaron para siempre el perfil de Nueva York.

Las había visto nacer. Nunca pude imaginar que un día también las vería morir.

EL DÍA EN QUE LAS VI CAER

Décadas después las estaba mirando nuevamente. Esta vez por televisión.

El 11 de septiembre de 2001 me uní a millones de personas alrededor del mundo que contemplaban, incrédulas, el impacto de los aviones, el fuego, a seres humanos atrapados en aquellos edificios y a policías y bomberos entrando mientras miles de personas trataban desesperadamente de salir.

No podía creer lo que estaba viendo.

Vi caer las Torres.

El primer dolor, el inmediato, fue por quienes estaban muriendo. Casi tres mil personas perdieron la vida aquel día en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Detrás de cada número había una persona, una familia, unos hijos, unos padres, unos amigos.

Tal vez uno de mis amigos o amigas estaba trabajando allí. Tal vez nunca lo sabré.

Mientras contemplaba aquella tragedia comenzaron también a regresar mis propios recuerdos.

Yo había conocido aquel lugar antes de que las Torres existieran. Había pasado junto a ellas mientras las construían. Había visto la cantidad de acero que las sostenía y me había preguntado por sus ventanas.

Había caminado y trabajado entre aquella multitud de personas de todas partes del mundo que llenaban diariamente las calles del Bajo Manhattan.

Y desde la ventana de mi oficina había contemplado la Estatua de la Libertad.

Por eso, cuando las Torres se desplomaron, sentí que algo más se estaba derrumbando.

UN PAÍS QUE CAMBIÓ

El 11 de septiembre llevó al territorio estadounidense una vulnerabilidad que para muchos parecía hasta entonces lejana.

Después vinieron controles que antes no existían, aeropuertos diferentes, nuevas medidas de seguridad, guerras y temor a nuevos atentados.

El país continuó adelante. Nueva York también.

Los terroristas pudieron destruir edificios y asesinar a miles de inocentes. No pudieron destruir aquello que la Estatua de la Libertad representaba ni la extraordinaria diversidad humana que yo había conocido en las calles de Nueva York.

Quizás por eso, cuando pienso en el 11 de septiembre, no quiero recordar solamente las imágenes de las Torres cayendo.

Prefiero recordar también cómo comenzaron.

Recuerdo el acero elevándose sobre Manhattan. Recuerdo mi curiosidad por aquellas ventanas que parecían demasiado pequeñas. Recuerdo Wall Street lleno de jóvenes convencidos de que tenían un futuro por delante.

El 11 de septiembre de 2001 comprendí que incluso aquello que parece inconmovible puede desaparecer en unas horas. Pero los edificios no son los que sostienen a una sociedad. La sostienen los principios en los que cree y la voluntad de sus ciudadanos de defenderlos.

Las Torres cayeron. Esos principios no.

Y cuando regreso con la memoria a aquel Nueva York de mi juventud, vuelvo a mirar desde mi oficina y allí está, a lo lejos, la Estatua de la Libertad.

Para millones de personas que llegaron a Estados Unidos, aquella estatua fue una bienvenida.

Para quienes ya estábamos allí, también.

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THE DAY NEW YORK CHANGED FOREVER

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

When I saw the attack on the Twin Towers on September 11, 2001, I had already been away from New York for many years. Yet those images suddenly carried me back to a city, a time, and memories that have remained engraved in my mind and in my heart.

For a time I worked in Manhattan's financial district, at 80 Pine Street. My office was on the 22nd floor, and from there I could see the Statue of Liberty.

For millions of immigrants, that statue had been the symbol of their arrival in a land where they could begin a new life. But even for those of us who already lived there, seeing it was like receiving the same welcome every day. It represented something profoundly American: a nation built by people who had come from every part of the world, different in their origins, religions, customs, and languages.

New York was the extraordinary expression of that diversity.

The Wall Street area also had a personality of its own. It was a world of interesting, well-dressed people, filled with intense, cheerful young men and women bursting with energy. There was a sense that much remained to be done and that the world offered special opportunities to those willing to work for them.

It was a competitive city, but also an open one. Someone could arrive there from practically anywhere on the planet and feel part of New York. José Martí had lived there.

WHEN I SAW THE TOWERS RISE

When construction of the Twin Towers began, I sometimes drove to work and passed near the site. What impressed me most was the extraordinary amount of steel.

I would look at those vertical columns standing so close together and ask myself a very simple question: how large are the windows in these buildings going to be?

It seemed that they would have to be very small.

And indeed they were.

I did not know then that I was looking at one of the most innovative features of the Twin Towers' design. Their structure was different from that of many office buildings we knew.

The Towers were designed as enormous structural tubes. Each of their four facades had 59 steel columns placed very close together. Those columns that impressed me so much were not simply part of the facade: they helped support the building.

That was why there was so much steel before my eyes. And that was why the windows ended up being so narrow.

Many years later I would learn the technical explanation. But I never forgot the impression those structures made on me when I passed them on my way to work. I would look upward and wonder what kind of buildings they were constructing.

Eventually, two 110-story towers rose and forever transformed the New York skyline.

I had seen them being born. I could never have imagined that one day I would also see them die.

THE DAY I SAW THEM FALL

Decades later, I was looking at them again. This time on television.

On September 11, 2001, I joined millions of people around the world who watched in disbelief as the planes struck, as fire consumed the buildings, as human beings were trapped inside, and as police officers and firefighters entered while thousands desperately tried to escape.

I could not believe what I was seeing.

I watched the Towers fall.

The first pain, the immediate one, was for those who were dying. Nearly three thousand people lost their lives that day in New York, at the Pentagon, and in Pennsylvania. Behind every number there was a person, a family, children, parents, friends.

Perhaps one of my friends was working there. Perhaps I will never know.

As I watched that tragedy, my own memories also began to return.

I had known that place before the Towers existed. I had passed beside them while they were being built. I had seen the amount of steel supporting them and had wondered about their windows.

I had walked and worked among that multitude of people from every part of the world who filled the streets of Lower Manhattan every day.

And from my office window I had looked out at the Statue of Liberty.

That is why, when the Towers collapsed, I felt that something more was collapsing with them.

A COUNTRY THAT CHANGED

September 11 brought to American soil a vulnerability that, until then, had seemed distant to many.

Then came controls that had not existed before, different airports, new security measures, wars, and fear of further attacks.

The country moved forward. New York did too.

The terrorists were able to destroy buildings and murder thousands of innocent people. They could not destroy what the Statue of Liberty represented or the extraordinary human diversity I had known in the streets of New York.

Perhaps that is why, when I think of September 11, I do not want to remember only the images of the Towers falling.

I also prefer to remember how they began.

I remember the steel rising above Manhattan. I remember my curiosity about those windows that seemed too small. I remember Wall Street filled with young people convinced that they had a future ahead of them.

On September 11, 2001, I understood that even what seems immovable can disappear in a matter of hours. But buildings are not what sustain a society. A society is sustained by the principles in which it believes and by the willingness of its citizens to defend them.

The Towers fell. Those principles did not.

And when my memory takes me back to the New York of my youth, I look again from my office and there, in the distance, stands the Statue of Liberty.

For millions of people who came to the United States, that statue was a welcome.

For those of us who were already there, it was too.

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LE JOUR OÙ NEW YORK A CHANGÉ POUR TOUJOURS

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Lorsque j'ai vu l'attaque contre les tours jumelles le 11 septembre 2001, cela faisait déjà de nombreuses années que je ne vivais plus à New York. Pourtant, ces images m'ont brusquement ramené vers une ville, une époque et des souvenirs qui sont restés gravés dans ma mémoire et dans mon cœur.

Pendant un certain temps, j'ai travaillé dans le quartier financier de Manhattan, au 80 Pine Street. Mon bureau se trouvait au 22e étage et, de là, je pouvais voir la Statue de la Liberté.

Pour des millions d'immigrants, cette statue avait été le symbole de leur arrivée dans une terre où ils pouvaient commencer une nouvelle vie. Mais même pour ceux d'entre nous qui y vivaient déjà, la voir revenait à recevoir chaque jour le même message de bienvenue. Elle représentait quelque chose de profondément américain : une nation construite par des personnes venues de toutes les parties du monde, différentes par leurs origines, leurs religions, leurs coutumes et leurs langues.

New York était l'expression extraordinaire de cette diversité.

Le secteur de Wall Street possédait en outre une personnalité qui lui était propre. C'était un monde de gens intéressants, élégamment vêtus, rempli de jeunes intenses, joyeux et débordants d'énergie. On y respirait le sentiment qu'il y avait beaucoup à faire et que le monde offrait des possibilités particulières à ceux qui étaient disposés à travailler pour les saisir.

C'était une ville compétitive, mais également ouverte. Quelqu'un pouvait y arriver de pratiquement n'importe quel endroit de la planète et se sentir membre de New York. José Martí y avait vécu.

QUAND J'AI VU NAÎTRE LES TOURS

Lorsque les tours jumelles commencèrent à s'élever, il m'arrivait d'aller travailler en voiture et de passer près du chantier. Ce qui m'impressionnait le plus était l'extraordinaire quantité d'acier.

Je regardais ces colonnes verticales si proches les unes des autres et je me posais une question très simple : quelle taille vont avoir les fenêtres de ces immeubles ?

Il semblait qu'elles devraient être très petites.

Et elles le furent effectivement.

Je ne savais pas alors que j'observais l'une des caractéristiques les plus novatrices de la conception des tours jumelles. Leur structure était différente de celle de nombreux immeubles de bureaux que nous connaissions.

Les Tours furent conçues comme d'immenses tubes structurels. Chacune de leurs quatre façades comptait 59 colonnes d'acier placées très près les unes des autres. Ces colonnes qui m'impressionnaient tant ne faisaient pas simplement partie de la façade : elles contribuaient à soutenir l'immeuble.

C'est pour cette raison qu'il y avait tant d'acier devant mes yeux. Et c'est pour cette raison que les fenêtres furent finalement si étroites.

Bien des années plus tard, j'en connaîtrais l'explication technique. Mais je n'ai jamais oublié l'impression que me faisaient ces structures lorsque je passais par là en allant travailler. Je levais les yeux et me demandais quel genre d'immeubles ils étaient en train de construire.

Finalement s'élevèrent deux tours de 110 étages qui transformèrent pour toujours la silhouette de New York.

Je les avais vues naître. Je n'aurais jamais pu imaginer qu'un jour je les verrais aussi mourir.

LE JOUR OÙ JE LES AI VUES TOMBER

Des décennies plus tard, je les regardais à nouveau. Cette fois à la télévision.

Le 11 septembre 2001, je me suis joint à des millions de personnes à travers le monde qui contemplaient, incrédules, l'impact des avions, le feu, des êtres humains prisonniers de ces immeubles, ainsi que des policiers et des pompiers qui entraient tandis que des milliers de personnes tentaient désespérément d'en sortir.

Je ne pouvais pas croire ce que je voyais.

J'ai vu tomber les Tours.

La première douleur, l'immédiate, fut pour ceux qui mouraient. Près de trois mille personnes perdirent la vie ce jour-là à New York, au Pentagone et en Pennsylvanie. Derrière chaque chiffre se trouvait une personne, une famille, des enfants, des parents, des amis.

Peut-être l'un de mes amis ou l'une de mes amies travaillait-il là. Peut-être ne le saurai-je jamais.

Alors que je contemplais cette tragédie, mes propres souvenirs commencèrent eux aussi à revenir.

J'avais connu cet endroit avant l'existence des Tours. J'étais passé près d'elles pendant leur construction. J'avais vu la quantité d'acier qui les soutenait et je m'étais interrogé sur leurs fenêtres.

J'avais marché et travaillé parmi cette multitude de personnes venues de toutes les parties du monde qui remplissaient chaque jour les rues du Lower Manhattan.

Et depuis la fenêtre de mon bureau, j'avais contemplé la Statue de la Liberté.

C'est pourquoi, lorsque les Tours se sont effondrées, j'ai senti que quelque chose d'autre s'effondrait également.

UN PAYS QUI A CHANGÉ

Le 11 septembre a apporté sur le territoire américain une vulnérabilité qui, jusque-là, semblait lointaine à beaucoup.

Sont ensuite venus des contrôles qui n'existaient pas auparavant, des aéroports différents, de nouvelles mesures de sécurité, des guerres et la peur de nouveaux attentats.

Le pays a continué d'avancer. New York aussi.

Les terroristes ont pu détruire des immeubles et assassiner des milliers d'innocents. Ils n'ont pas pu détruire ce que représentait la Statue de la Liberté ni l'extraordinaire diversité humaine que j'avais connue dans les rues de New York.

C'est peut-être pour cette raison que, lorsque je pense au 11 septembre, je ne veux pas me souvenir uniquement des images des Tours qui s'effondrent.

Je préfère également me souvenir de la manière dont elles ont commencé.

Je me souviens de l'acier s'élevant au-dessus de Manhattan. Je me souviens de ma curiosité devant ces fenêtres qui semblaient trop petites. Je me souviens de Wall Street rempli de jeunes convaincus qu'ils avaient un avenir devant eux.

Le 11 septembre 2001, j'ai compris que même ce qui paraît inébranlable peut disparaître en quelques heures. Mais ce ne sont pas les immeubles qui soutiennent une société. Ce sont les principes auxquels elle croit et la volonté de ses citoyens de les défendre.

Les Tours sont tombées. Ces principes, non.

Et lorsque ma mémoire me ramène au New York de ma jeunesse, je regarde à nouveau depuis mon bureau et elle est là, au loin, la Statue de la Liberté.

Pour des millions de personnes arrivées aux États-Unis, cette statue fut un message de bienvenue.

Pour ceux d'entre nous qui y étions déjà, elle l'était aussi.

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IL GIORNO IN CUI NEW YORK CAMBIÒ PER SEMPRE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Quando vidi l'attacco contro le Torri Gemelle l'11 settembre 2001, erano già molti anni che non vivevo più a New York. Eppure quelle immagini mi riportarono improvvisamente a una città, a un'epoca e a ricordi che sono rimasti impressi nella mia memoria e nel mio cuore.

Per un periodo lavorai nel distretto finanziario di Manhattan, all'80 Pine Street. Il mio ufficio era al ventiduesimo piano e da lì potevo vedere la Statua della Libertà.

Per milioni di immigrati quella statua era stata il simbolo del loro arrivo in una terra dove potevano cominciare una nuova vita. Ma anche per quelli di noi che già vivevano lì, vederla era come ricevere ogni giorno lo stesso saluto di benvenuto. Rappresentava qualcosa di profondamente americano: una nazione costruita da persone arrivate da ogni parte del mondo, diverse per origine, religione, costumi e lingua.

New York era l'espressione straordinaria di quella diversità.

La zona di Wall Street aveva inoltre una personalità propria. Era un mondo di persone interessanti, ben vestite, pieno di giovani intensi, allegri e pieni di energia. Si respirava la sensazione che ci fosse molto da fare e che il mondo offrisse opportunità speciali a chi fosse disposto a lavorare per coglierle.

Era una città competitiva, ma anche aperta. Una persona poteva arrivare praticamente da qualsiasi parte del pianeta e sentirsi parte di New York. José Martí vi aveva vissuto.

QUANDO VIDI NASCERE LE TORRI

Quando cominciarono a sorgere le Torri Gemelle, qualche volta andavo al lavoro in automobile e passavo vicino al cantiere. Ciò che mi impressionava maggiormente era la straordinaria quantità di acciaio.

Guardavo quelle colonne verticali così vicine le une alle altre e mi ponevo una domanda molto semplice: quanto saranno grandi le finestre di questi edifici?

Sembrava che dovessero essere molto piccole.

E infatti lo furono.

Allora non sapevo che stavo osservando una delle caratteristiche più innovative del progetto delle Torri Gemelle. La loro struttura era diversa da quella di molti edifici per uffici che conoscevamo.

Le Torri furono concepite come enormi tubi strutturali. Ognuna delle loro quattro facciate aveva 59 colonne d'acciaio collocate molto vicine tra loro. Quelle colonne che mi impressionavano tanto non erano semplicemente parte della facciata: contribuivano a sostenere l'edificio.

Per questo c'era tanto acciaio davanti ai miei occhi. E per questo le finestre finirono per essere così strette.

Molti anni dopo avrei conosciuto la spiegazione tecnica. Ma non dimenticai mai l'impressione che mi facevano quelle strutture quando passavo di lì andando al lavoro. Guardavo verso l'alto e mi chiedevo che tipo di edifici stessero costruendo.

Alla fine si innalzarono due torri di 110 piani che trasformarono per sempre il profilo di New York.

Le avevo viste nascere. Non avrei mai potuto immaginare che un giorno le avrei viste anche morire.

IL GIORNO IN CUI LE VIDI CADERE

Decenni dopo le stavo guardando di nuovo. Questa volta in televisione.

L'11 settembre 2001 mi unii a milioni di persone in tutto il mondo che contemplavano incredule l'impatto degli aerei, il fuoco, esseri umani intrappolati in quegli edifici e poliziotti e vigili del fuoco che entravano mentre migliaia di persone cercavano disperatamente di uscire.

Non riuscivo a credere a ciò che stavo vedendo.

Vidi cadere le Torri.

Il primo dolore, quello immediato, fu per coloro che stavano morendo. Quasi tremila persone persero la vita quel giorno a New York, al Pentagono e in Pennsylvania. Dietro ogni numero c'era una persona, una famiglia, dei figli, dei genitori, degli amici.

Forse uno dei miei amici o delle mie amiche stava lavorando lì. Forse non lo saprò mai.

Mentre contemplavo quella tragedia, cominciarono a tornare anche i miei ricordi.

Avevo conosciuto quel luogo prima che le Torri esistessero. Ero passato accanto a loro mentre le costruivano. Avevo visto la quantità di acciaio che le sosteneva e mi ero interrogato sulle loro finestre.

Avevo camminato e lavorato tra quella moltitudine di persone provenienti da ogni parte del mondo che ogni giorno riempivano le strade di Lower Manhattan.

E dalla finestra del mio ufficio avevo contemplato la Statua della Libertà.

Per questo, quando le Torri crollarono, sentii che qualcosa di più stava crollando.

UN PAESE CHE CAMBIÒ

L'11 settembre portò sul territorio americano una vulnerabilità che fino ad allora, per molti, era sembrata lontana.

Poi arrivarono controlli che prima non esistevano, aeroporti diversi, nuove misure di sicurezza, guerre e la paura di nuovi attentati.

Il paese andò avanti. Anche New York.

I terroristi riuscirono a distruggere edifici e ad assassinare migliaia di innocenti. Non riuscirono a distruggere ciò che la Statua della Libertà rappresentava né la straordinaria diversità umana che avevo conosciuto nelle strade di New York.

Forse è per questo che, quando penso all'11 settembre, non voglio ricordare soltanto le immagini delle Torri che crollano.

Preferisco ricordare anche come cominciarono.

Ricordo l'acciaio che si innalzava sopra Manhattan. Ricordo la mia curiosità per quelle finestre che sembravano troppo piccole. Ricordo Wall Street piena di giovani convinti di avere un futuro davanti a sé.

L'11 settembre 2001 compresi che perfino ciò che sembra incrollabile può scomparire in poche ore. Ma non sono gli edifici a sostenere una società. A sostenerla sono i principi in cui crede e la volontà dei suoi cittadini di difenderli.

Le Torri caddero. Quei principi no.

E quando con la memoria torno alla New York della mia giovinezza, guardo ancora una volta dal mio ufficio e là, in lontananza, c'è la Statua della Libertà.

Per milioni di persone arrivate negli Stati Uniti, quella statua fu un benvenuto.

Per quelli di noi che erano già lì, lo fu altrettanto.

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EL RÉGIMEN OFRECE LAS BODEGAS A PRIVADOS Y EXTRANJEROS Y SE QUEDA COMO SOCIO


EL RÉGIMEN OFRECE LAS BODEGAS A PRIVADOS Y EXTRANJEROS Y SE QUEDA COMO SOCIO

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Mientras los productos de la canasta básica son cada vez más escasos e irregulares y muchas bodegas se encuentran prácticamente vacías o deterioradas, el régimen castrista ha comenzado a ofrecer esos establecimientos para que sean administrados por mipymes, cooperativas, trabajadores por cuenta propia, empresas, inversionistas extranjeros y una categoría cuya amplitud resulta reveladora: “otros autorizados”.

El proyecto, denominado Mercado de Barrio, no significa que el Estado esté privatizando las bodegas. Los inmuebles continúan siendo propiedad estatal. Quienes reciban la administración de esos locales mediante las licitaciones deberán recuperarlos, abastecerlos y administrarlos, mientras la empresa estatal propietaria participa de las utilidades. En la práctica, el régimen busca empresarios que aporten capital, mercancías y gestión, pero se queda como socio.

Ya no se trata de un proyecto futuro. En distintas provincias se han comenzado a ofrecer bodegas mediante licitaciones para convertirlas en Mercados de Barrio. Incluso se contemplan incentivos para atraer a los nuevos administradores, entre ellos períodos iniciales sin pago de arrendamiento.

Para la población, sin embargo, el problema es muy diferente.

Durante décadas, la bodega fue el establecimiento donde las familias cubanas compraban a precios subsidiados o regulados los productos asignados mediante la libreta de abastecimiento. Aquella canasta, que nunca fue gratuita, se ha reducido y llega cada vez con menor regularidad.

Ahora el régimen propone transformar parte de esos establecimientos en comercios que pueden tener alimentos y otros productos, pero vendidos a precios que una gran parte de la población, con sus salarios y pensiones, sencillamente no puede pagar.

De ahí el descontento que está provocando la medida. Para muchos cubanos, el problema ya no será encontrarse una bodega vacía, sino una antigua bodega llena de alimentos que no pueden comprar.

La propia disposición permite que participen mipymes, cooperativas, trabajadores por cuenta propia, modalidades de inversión extranjera y “otros autorizados”. Estas dos últimas palabras merecen atención.

En Cuba no existe un mercado libre ni instituciones independientes que garanticen a todos los ciudadanos igualdad de oportunidades. El mismo régimen que controla las licitaciones decide quién puede operar un negocio, quién recibe autorización y quién puede perderla.

Los cubanos saben además que la condición política importa. Los opositores al régimen han sufrido durante décadas represalias que incluyen la pérdida del empleo y obstáculos para ganarse la vida. También existen casos en que las autoridades presionan a propietarios de pequeños negocios privados para que no empleen a personas identificadas con la oposición. Pretender que estas licitaciones funcionarán al margen de ese sistema sería ignorar la realidad cubana.

Hay además una contradicción difícil de ocultar. Durante décadas el régimen monopolizó el comercio, administró las bodegas y fue responsable de su progresivo deterioro. Ahora ofrece esos mismos establecimientos a particulares y hasta al capital extranjero para que los reparen, los abastezcan y los hagan funcionar.

Pero no se retira.

Conserva la propiedad, decide quiénes están autorizados y participa de las utilidades.

El experimento de los Mercados de Barrio puede terminar produciendo una de las imágenes más reveladoras de la Cuba actual: una antigua bodega estatal nuevamente abastecida, administrada por un empresario autorizado por el régimen y con el Estado como socio, mientras muchos de los vecinos que durante décadas compraron allí contemplan desde afuera productos que sus ingresos no les permiten llevar a casa.

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THE REGIME OFFERS BODEGAS TO PRIVATE AND FOREIGN OPERATORS — AND REMAINS A PARTNER

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

As basic-ration products become increasingly scarce and irregular and many bodegas stand virtually empty or deteriorated, the Castro regime has begun offering these establishments to be managed by MSMEs, cooperatives, self-employed workers, companies, foreign investors and a category whose breadth is revealing: “other authorized parties.”

The project, called Mercado de Barrio (Neighborhood Market), does not mean that the State is privatizing the bodegas. The properties remain state-owned. Those who receive the management of these premises through the bidding process will be responsible for restoring, supplying and operating them, while the state company that owns the property receives a share of the profits. In practice, the regime is looking for entrepreneurs to provide capital, merchandise and management, while it remains a partner.

This is no longer a future project. In different provinces, bodegas are already being offered through bidding processes for conversion into Neighborhood Markets. Incentives are also being offered to attract new operators, including initial periods during which no rent is charged.

For the population, however, the problem is very different.

For decades, the bodega was the establishment where Cuban families bought, at subsidized or regulated prices, the products allocated through the ration book. That basic basket, which was never free, has been reduced and arrives with increasing irregularity.

Now the regime proposes transforming some of these establishments into shops that may have food and other products available, but at prices that a large part of the population, living on Cuban wages and pensions, simply cannot afford.

That explains the discontent the measure is generating. For many Cubans, the problem may no longer be finding an empty bodega, but finding a former bodega full of food they cannot afford to buy.

The regulation itself allows MSMEs, cooperatives, self-employed workers, forms of foreign investment and “other authorized parties” to participate. Those last two words deserve attention.

Cuba has neither a free market nor independent institutions that guarantee equal opportunity to all citizens. The same regime that controls the bidding process decides who may operate a business, who receives authorization and who can lose it.

Cubans also know that political status matters. For decades, opponents of the regime have suffered reprisals that include losing their jobs and facing obstacles to earning a living. There have also been cases in which authorities pressure owners of small private businesses not to employ people identified with the opposition. To pretend that these bidding processes will operate outside that system would be to ignore Cuban reality.

There is also a contradiction that is difficult to hide. For decades, the regime monopolized commerce, administered the bodegas and was responsible for their progressive deterioration. Now it is offering those same establishments to private operators and even foreign capital to repair them, supply them and make them work.

But it is not withdrawing.

It retains ownership, decides who is authorized and takes a share of the profits.

The Neighborhood Market experiment may end up producing one of the most revealing images of Cuba today: a former state bodega once again stocked with goods, managed by an entrepreneur authorized by the regime and with the State as a partner, while many of the neighbors who shopped there for decades look in from outside at products their incomes do not allow them to take home.

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LE RÉGIME OFFRE LES BODEGAS AU SECTEUR PRIVÉ ET AUX INVESTISSEURS ÉTRANGERS ET RESTE LEUR ASSOCIÉ

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Alors que les produits du panier de base sont de plus en plus rares et irréguliers et que de nombreuses bodegas sont pratiquement vides ou détériorées, le régime castriste a commencé à proposer ces établissements à des MPME, des coopératives, des travailleurs indépendants, des entreprises, des investisseurs étrangers ainsi qu'à une catégorie dont l'ampleur est révélatrice : « autres personnes autorisées ».

Le projet, appelé Mercado de Barrio (Marché de quartier), ne signifie pas que l'État privatise les bodegas. Les immeubles restent propriété de l'État. Ceux qui en obtiennent la gestion par le biais des appels d'offres devront les remettre en état, les approvisionner et les administrer, tandis que l'entreprise publique propriétaire participe aux bénéfices. En pratique, le régime recherche des entrepreneurs qui apportent capitaux, marchandises et gestion, mais reste leur associé.

Il ne s'agit plus d'un projet pour l'avenir. Dans différentes provinces, des bodegas ont commencé à être proposées par appel d'offres afin d'être transformées en Marchés de quartier. Des incitations sont même prévues pour attirer de nouveaux gestionnaires, notamment des périodes initiales sans paiement de loyer.

Pour la population, cependant, le problème est tout autre.

Pendant des décennies, la bodega était l'établissement où les familles cubaines achetaient, à des prix subventionnés ou réglementés, les produits attribués par le carnet de rationnement. Ce panier de base, qui n'a jamais été gratuit, s'est réduit et arrive de façon de plus en plus irrégulière.

Aujourd'hui, le régime propose de transformer une partie de ces établissements en commerces susceptibles de disposer d'aliments et d'autres produits, mais vendus à des prix qu'une grande partie de la population, avec ses salaires et ses pensions, ne peut tout simplement pas payer.

C'est ce qui explique le mécontentement suscité par cette mesure. Pour de nombreux Cubains, le problème ne sera peut-être plus de trouver une bodega vide, mais une ancienne bodega pleine d'aliments qu'ils ne peuvent pas acheter.

La disposition elle-même permet la participation des MPME, des coopératives, des travailleurs indépendants, des différentes modalités d'investissement étranger et des « autres personnes autorisées ». Ces deux derniers mots méritent attention.

À Cuba, il n'existe ni marché libre ni institutions indépendantes garantissant à tous les citoyens l'égalité des chances. Le même régime qui contrôle les appels d'offres décide qui peut exploiter une entreprise, qui reçoit une autorisation et qui peut la perdre.

Les Cubains savent également que la position politique compte. Depuis des décennies, les opposants au régime subissent des représailles qui comprennent la perte de leur emploi et des obstacles pour gagner leur vie. Il existe également des cas où les autorités font pression sur les propriétaires de petites entreprises privées afin qu'ils n'emploient pas des personnes identifiées à l'opposition. Prétendre que ces appels d'offres fonctionneront en dehors de ce système reviendrait à ignorer la réalité cubaine.

Il existe en outre une contradiction difficile à dissimuler. Pendant des décennies, le régime a monopolisé le commerce, administré les bodegas et été responsable de leur détérioration progressive. Aujourd'hui, il offre ces mêmes établissements à des particuliers et même au capital étranger afin qu'ils les réparent, les approvisionnent et les fassent fonctionner.

Mais il ne se retire pas.

Il conserve la propriété, décide qui est autorisé et participe aux bénéfices.

L'expérience des Marchés de quartier pourrait finir par produire l'une des images les plus révélatrices du Cuba actuel : une ancienne bodega d'État de nouveau approvisionnée, administrée par un entrepreneur autorisé par le régime et avec l'État comme associé, tandis que nombre des habitants du quartier qui y ont fait leurs achats pendant des décennies contemplent depuis l'extérieur des produits que leurs revenus ne leur permettent pas d'emporter chez eux.

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IL REGIME OFFRE LE BODEGAS AI PRIVATI E AGLI INVESTITORI STRANIERI E RIMANE SOCIO

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Mentre i prodotti del paniere di base diventano sempre più scarsi e irregolari e molte bodegas si trovano praticamente vuote o deteriorate, il regime castrista ha cominciato a offrire questi esercizi affinché siano gestiti da MPMI, cooperative, lavoratori autonomi, imprese, investitori stranieri e da una categoria la cui ampiezza è rivelatrice: «altri autorizzati».

Il progetto, denominato Mercado de Barrio (Mercato di quartiere), non significa che lo Stato stia privatizzando le bodegas. Gli immobili continuano a essere di proprietà statale. Coloro che ne riceveranno la gestione attraverso le gare dovranno recuperarli, rifornirli e amministrarli, mentre l'impresa statale proprietaria partecipa agli utili. In pratica, il regime cerca imprenditori che apportino capitale, merci e capacità gestionale, ma rimane socio.

Non si tratta più di un progetto futuro. In diverse province sono già state messe a gara bodegas da trasformare in Mercati di quartiere. Sono previsti anche incentivi per attirare i nuovi gestori, tra cui periodi iniziali senza pagamento dell'affitto.

Per la popolazione, tuttavia, il problema è molto diverso.

Per decenni, la bodega è stata l'esercizio dove le famiglie cubane acquistavano, a prezzi sovvenzionati o regolamentati, i prodotti assegnati attraverso la tessera di razionamento. Quel paniere di base, che non è mai stato gratuito, si è ridotto e arriva con sempre minore regolarità.

Ora il regime propone di trasformare parte di questi esercizi in negozi che possono disporre di alimenti e altri prodotti, ma venduti a prezzi che gran parte della popolazione, con i propri salari e pensioni, semplicemente non può permettersi.

Da qui nasce il malcontento provocato dalla misura. Per molti cubani, il problema potrebbe non essere più quello di trovare una bodega vuota, ma una vecchia bodega piena di alimenti che non possono comprare.

La stessa disposizione consente la partecipazione di MPMI, cooperative, lavoratori autonomi, modalità di investimento straniero e «altri autorizzati». Queste ultime due parole meritano attenzione.

A Cuba non esistono né un libero mercato né istituzioni indipendenti che garantiscano a tutti i cittadini pari opportunità. Lo stesso regime che controlla le gare decide chi può gestire un'attività, chi riceve l'autorizzazione e chi può perderla.

I cubani sanno inoltre che la posizione politica conta. Da decenni gli oppositori del regime subiscono rappresaglie che comprendono la perdita del lavoro e ostacoli alla possibilità di guadagnarsi da vivere. Esistono anche casi in cui le autorità fanno pressione sui proprietari di piccole attività private affinché non assumano persone identificate con l'opposizione. Pretendere che queste gare funzionino al di fuori di tale sistema significherebbe ignorare la realtà cubana.

Esiste inoltre una contraddizione difficile da nascondere. Per decenni il regime ha monopolizzato il commercio, amministrato le bodegas ed è stato responsabile del loro progressivo deterioramento. Ora offre quegli stessi esercizi a privati e persino al capitale straniero affinché li riparino, li riforniscano e li facciano funzionare.

Ma non si ritira.

Mantiene la proprietà, decide chi è autorizzato e partecipa agli utili.

L'esperimento dei Mercati di quartiere potrebbe finire per produrre una delle immagini più rivelatrici della Cuba di oggi: una vecchia bodega statale nuovamente rifornita, amministrata da un imprenditore autorizzato dal regime e con lo Stato come socio, mentre molti dei vicini che per decenni hanno fatto acquisti lì guardano dall'esterno prodotti che i loro redditi non consentono loro di portare a casa.

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