A TRUMP EL MUNDO LO ESTA MIRANDO Y LA HISTORIA TAMBIÉN


Trump en una encrucijada: negocios con Rusia, abandono de Ucrania o defensa real de Occidente

 

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La discusión internacional sobre el futuro de la guerra en Ucrania ha dado un giro profundo en los últimos días. Primero Europa comprendió que no podía depender de un eventual apoyo de Donald Trump para sostener la defensa ucraniana. Después se hizo evidente que Putin no podía detener la guerra sin arriesgar su poder e incluso su vida. Y ahora, con la revelación del Wall Street Journal sobre el trasfondo económico del llamado “plan de paz” impulsado por allegados a Trump, la dimensión del problema se ha vuelto mucho más clara: no se trataba de una estrategia diplomática, sino de un gigantesco proyecto de negocios con Rusia, disfrazado de acuerdo político.

 

El reportaje describe cómo un reducido círculo de empresarios estadounidenses, encabezado por Steve Witkoff, actuó durante meses en paralelo —y a veces fuera— del aparato institucional de seguridad de Estados Unidos, negociando directamente con Kirill Dmitriev, uno de los hombres de confianza de Putin. El objetivo: construir una “paz comercial” basada en el acceso a los 300.000 millones de dólares en activos rusos congelados en Europa y en la participación estadounidense en ambiciosos proyectos de energía, gas, minería y hasta cooperación espacial. Era, en esencia, un rediseño económico de Eurasia que colocaba a Rusia nuevamente en el centro del tablero, esta vez de la mano de inversores estadounidenses.

 

La reacción fue explosiva. Europa denunció que el documento reproducía casi al pie de la letra la narrativa rusa, exigiendo a Ucrania concesiones territoriales y renuncias estratégicas que ninguna sociedad libre podría aceptar. Ucrania, que ha pagado la defensa de su existencia con decenas de miles de vidas, vio en el plan un intento de convertir su sufrimiento en moneda de negociación. Y líderes de la OTAN advirtieron que esta visión empresarial premiaba al agresor y castigaba al agredido.

 

En este contexto, Trump enfrenta una encrucijada histórica. La filtración del plan lo coloca en una posición en la que no puede evitar definirse. Y los caminos que tiene delante no son fáciles ni cómodos.

 

Si insiste en respaldar el plan de negocios con Rusia, se enfrentará directamente a Europa y a Ucrania. Ese plan ya no es un borrador secreto: se ha convertido en un símbolo de hasta qué punto los intereses comerciales pueden distorsionar la seguridad internacional. Apoyarlo ahora significaría asumir como propio un esquema que legitima la agresión rusa y debilita la arquitectura de seguridad europea construida desde 1945. Sería visto como un intento de imponer sobre los aliados una paz artificial que favorece a Putin a cambio de acceso a mercados y proyectos multimillonarios. Y aunque parte de su base electoral podría celebrarlo, las repercusiones geopolíticas serían enormes.

 

Si, por el contrario, decide distanciarse del plan, también deberá elegir entre dos rutas costosas.

Una es el aislacionismo: decir que la guerra de Ucrania no es un problema de Estados Unidos y que la responsabilidad recae plenamente en Europa. Pero ese camino significaría abandonar la influencia histórica de Estados Unidos en el continente, acelerar la autonomía estratégica europea y enviar una señal de debilidad que China y otros actores hostiles interpretarían como una luz verde.

 

La otra opción es apoyar realmente a Ucrania. Esto implicaría comprometer recursos, asumir una postura firme frente al Kremlin y reconocer que la guerra no se resuelve con inversiones, sino con una estrategia de defensa clara. Pero apoyar plenamente a Ucrania choca con la posición de una parte importante de su base política, que rechaza el gasto en conflictos extranjeros.

 

La realidad, sin embargo, es más simple que los dilemas políticos. La guerra de Ucrania no es un problema que pueda resolverse con contratos, gasoductos o promesas de inversión. Putin no busca prosperidad comercial: busca territorio, control y la destrucción de la voluntad europea. Y solo retrocede cuando enfrenta límites que no puede romper.

 

Trump puede intentar redefinir la guerra como una oportunidad económica, pero al final deberá decidir qué tipo de liderazgo quiere ejercer: uno que premie a un dictador agresor con acceso a nuevos negocios, uno que abandone a una nación invadida, o uno que respalde la defensa de Europa y la libertad ucraniana.

 

El mundo lo está mirando. Y la historia también.

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“NEGOCIOS NO GUERRA: EL VERDADERO PLAN DE TRUMP PARA LOGRAR LA PAZ EN UCRANIA”

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Por Drew Hinshaw, Benoit Faucon, Rebecca Ballhaus, Thomas Grove, Joe Parkinson y Annie Ng. Publicado en la edición del domingo 29 de diciembre de The Wall Street Journal.

 

El domingo 29 de noviembre he leído este artículo:  “Negocios no guerra: el verdadero plan de Trump para lograr la paz en ucrania”que describe una versión desconocida de cómo un reducido círculo de empresarios influyentes y figuras cercanas a la administración Trump ha intentado redefinir la política estadounidense hacia Rusia y la guerra en Ucrania, concibiendo la paz como un gran acuerdo empresarial más que como un proceso diplomático tradicional.

 

En el centro de esta estrategia se encuentra el magnate inmobiliario Steve Witkoff, designado por Trump como su enviado especial para Rusia y Ucrania. En su mansión de Miami Beach, Witkoff recibió al ruso Kirill Dmitriev —jefe del fondo soberano de Rusia y estrecho aliado de Putin— junto con Jared Kushner. Allí trabajaron en la revisión de un plan de paz de 28 puntos, redactado en gran parte por Dmitriev. Pero la propuesta iba mucho más allá de un alto al fuego: buscaba desbloquear cerca de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso congelados en Europa, para financiar proyectos conjuntos entre compañías estadounidenses y rusas, así como una reconstrucción de Ucrania liderada por Estados Unidos. También contemplaba grandes proyectos energéticos y mineros en el Ártico e incluso cooperación espacial, como una misión conjunta a Marte con SpaceX.

 

Para el Kremlin, estas conversaciones forman parte de una estrategia diseñada antes de que Trump asumiera el cargo: evadir al aparato tradicional de seguridad nacional de Estados Unidos y presentar a Rusia no como una amenaza, sino como una oportunidad económica gigantesca. Al ofrecer acuerdos de recursos naturales y energía a inversionistas estadounidenses, Moscú aspira a reconfigurar el mapa económico europeo y, al mismo tiempo, debilitar los vínculos entre Washington y sus aliados de la OTAN. Witkoff y Kushner comparten la visión de Trump de que los negocios pueden resolver conflictos que los diplomáticos han considerado intratables durante décadas.

 

Cuando el plan se filtró, las reacciones en Europa y Ucrania fueron inmediatas y contundentes. Líderes europeos y ucranianos denunciaron que reflejaba principalmente los argumentos de Rusia y violaba casi todas las líneas rojas de Kyiv, recompensando la agresión de Putin con beneficios comerciales. El primer ministro polaco Donald Tusk lo resumió así: “Esto no trata de paz. Trata de negocios.”

 

Dentro de la Casa Blanca de Trump, sin embargo, muchos asesores consideran que esa mezcla de negocios y geopolítica es precisamente el objetivo. Creen que permitir que empresas estadounidenses entren rápidamente en una Rusia “postguerra” podría convertirlas en garantes comerciales de la estabilidad. Interlocutores rusos han señalado que prefieren que sean compañías estadounidenses —y no europeas— las que obtengan los beneficios.

 

Mientras tanto, oligarcas cercanos a Putin, como Gennady Timchenko, Yuri Kovalchuk y los hermanos Rotenberg, han contactado discretamente a empresas estadounidenses para ofrecer concesiones de gas y minería de tierras raras. Grandes firmas como Exxon Mobil también han estudiado formas de volver a proyectos energéticos en Rusia, si las sanciones se alivianan.

 

En paralelo, Witkoff ha mantenido durante meses una diplomacia altamente personalizada con Putin y Dmitriev, a menudo dejando a agencias como la CIA y el Departamento de Estado solo parcialmente informadas. Esto alarmó a servicios de inteligencia europeos, que descubrieron que importantes acuerdos económicos estaban siendo ligados al proceso de paz. Un intento de cumbre en Alaska entre Trump y Putin fracasó rápidamente tras una larga disertación histórica de Putin. Más tarde, cuando Zelensky visitó Washington pidiendo misiles de largo alcance, Trump —tras hablar con Putin— rechazó la solicitud, y Witkoff propuso a los ucranianos incentivos económicos como una exención arancelaria por 10 años.

 

En conjunto, el artículo describe un experimento polémico y sin precedentes: empresarios operando fuera de los canales diplomáticos tradicionales para intentar poner fin a una guerra devastadora —o, como temen algunos europeos, para permitir que Putin prolongue el conflicto mientras seduce a Estados Unidos con promesas de negocios futuros.

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PUTIN NECESITA LA GUERRA PARA NO PERDER LA VIDA

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

EL plan de 28 puntos para poner fin a la invasión rusa a Ucrania ha desatado intensas reacciones en el mundo porque reproduce casi al pie de la letra los intereses estratégicos del Kremlin sin exigirle retiradas ni compromisos verificables. No es un marco de paz, sino un marco de concesiones. Exige a Ucrania entregar territorios a Rusia y limita severamente la capacidad militar de Ucrania, incluso condiciona su derecho a establecer alianzas defensivas, incluida su futura incorporación a la OTAN.

 

La Unión Europea diplomáticamente ha trabajado sobre el texto, pero afirma que la soberanía territorial de Ucrania no es negociable y que Kiev conserva el derecho pleno a la defensa y a las alianzas que considere necesarias. Al Secretario de Estado, Marco Rubio le ha tocado la tarea de tratar de equilibrarlo para que los países que señalan a Putin como el agresor de Ucrania estén dispuestos a mantener una alianza política con los Estados Unidos en su busca de un eventual consenso.

 

Desde Moscú, Putin reaccionó con desdén afirmando que Rusia “no participó en la formulación de la propuesta”, aunque está probado que Kirill Dmitriev —uno de sus colaboradores más cercanos y figura clave en sus operaciones de influencia— tuvo un rol activo en la elaboración del borrador. 

 

Putin está en un callejón sin salida.  No puede parar la guerra. Hace tres años se embarcó en una invasión creyendo que en cuestión de días las tropas rusas estarían tomando la capital ucraniana pero no ha podido lograr más que la toma del 20% del territorio ucraniano al costo de un millón y medio de muertos y heridos. Continuado la invasión Putin puede mantener a Rusia en un estado de guerra por un tiempo indefinido y evitar perder el poder y su vida.  

 

Zelensky, como su pueblo y sus soldados, no cederá. Él encarna el llamado a la dignidad, la libertad y la resistencia contra la injusticia que proclamó el inmortal poeta nacional ucraniano Tarás Shevchenko cuando, ante la opresión rusa en 1845, escribió en su poema “El Cáucaso”: “¡Luchad y venceréis!”.

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EUROPA NO PUEDE ESPERAR POR TRUMP


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica 

 Ucrania sí puede obligar a Rusia a retirarse de su territorio. Tiene, como reconoció recientemente el presidente de Finlandia, el mejor ejército del mundo: el más innovador, el más resiliente y el más probado en combate real. Pero para transformar esa capacidad en victoria necesita algo que ningún ejército moderno puede generar por sí solo: apoyo material sostenido. Y ese apoyo no vendrá de Estados Unidos, porque simplemente no está en la agenda de Donald Trump. Si Ucrania va a ganar —y si Europa quiere evitar una guerra mucho mayor— ese apoyo solo puede venir de los países europeos y de aliados de otras regiones que comprenden una verdad elemental: el triunfo de Putin sobre Ucrania sería el preludio de una nueva catástrofe continental. Putin es hoy para Europa lo que Hitler fue en su momento: un agresor que sólo entiende la fuerza y que interpreta la debilidad como una invitación.

 

Trump quiere en ucraniana un acuerdo que satisfaga a su base política en Estados Unidos. Mientras Ucrania demuestra cada día su superioridad táctica y estratégica, Washington envía señales contradictorias. Su prioridad no es Europa sino la narrativa interna. Por eso Ucrania no puede basar su victoria en un apoyo estadounidense que depende de circunstancias  electorales.

 

Europa empieza a comprender el riesgo: si Ucrania cae, la guerra se acerca. Cada capital europea que observa el frente entiende ahora algo fundamental: si Ucrania pierde, no habrá paz. Habrá una guerra más cercana, más directa y más peligrosa. Una Rusia “victoriosa” saldría reforzada, expandida y convencida de que las invasiones funcionan, que las amenazas nucleares detienen a Occidente y que las democracias europeas carecen de voluntad estratégica. Eso abriría la puerta a nuevas agresiones en Moldavia, los países bálticos, Polonia o el Mar Negro. Europa enfrenta una simple disyuntiva: ayudar decisivamente a Ucrania hoy o enfrentar frontalmente a Rusia mañana.

 

Europa y sus aliados SÍ pueden darle a Ucrania lo necesario para ganar. La Unión Europea, el Reino Unido, los países bálticos y nórdicos, junto con aliados como Canadá, Japón y Corea del Sur, poseen la economía para superar a Rusia, la industria militar más avanzada del mundo después de Estados Unidos, misiles de precisión, defensa aérea moderna, capacidad para producir millones de municiones y voluntad creciente de actuar. No necesitan la aprobación de Washington. Lo que necesitan es decisión, coordinación y claridad estratégica. Con ese esfuerzo, Ucrania —el mejor ejército del mundo— puede expulsar a Rusia, destruir su maquinaria ofensiva y forzar una paz justa.

 

Conclusión: la victoria depende de esa parte de Occidente en peligro inminente. Ucrania no pide soldados extranjeros. Pide las herramientas para terminar una guerra que, si la pierde, no se detendrá en Kyiv, sino que llegará al corazón de Europa. Europa ya vivió con Hitler lo que ocurre cuando un agresor es subestimado. Putin es su prueba actual. Y Ucrania es su primera línea de defensa.

 

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CUBA Y UN TRATADO DE LIBRE COMERCIO CON CANADÁ, ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO

 

 Por Huber Matos Araluce, San Jose, Costa Rica

La transición hacia una Cuba democrática abriría una oportunidad histórica sin precedentes: incorporarse a un tratado de libre comercio con Canadá, Estados Unidos y México, un espacio económico conocido hoy como T-MEC (USMCA). Para Cuba, integrarse a este esquema significaría mucho más que reducir aranceles. Representaría el mayor salto económico y geopolítico de toda su historia republicana. Sería, literalmente, el punto de inflexión entre un país estancado durante seis décadas y una nación con capacidad real de prosperar.

 

Desde el primer día, una Cuba democrática obtendría acceso preferencial al mercado más grande del planeta, un bloque que concentra más del 28% del PIB mundial. Esta apertura permitiría que productos agrícolas, bienes industriales, servicios digitales y oferta turística cubana ingresaran sin barreras a un mercado de más de 500 millones de consumidores. Para un país cuya economía ha sido asfixiada por la improductividad estatal, la falta de inversión, este acceso equivaldría a abrir las compuertas del crecimiento.

 

Pero las ventajas no se detienen ahí. La integración al T-MEC impulsaría una avalancha de inversión extranjera directa, no como concesión política, sino por simple lógica económica. Con reglas claras, propiedad privada protegida y un sistema judicial independiente, Cuba se convertiría en uno de los destinos más atractivos del hemisferio para empresas canadiense-americanas. 

 

Sectores como la energía, la minería, el turismo, la manufactura ligera y la agroindustria recibirían inversiones que hoy resultan imposibles bajo un régimen autoritario y opaco. El resultado sería empleo masivo, salarios crecientes y la reconstrucción acelerada de una clase media cubana.

 

La ubicación geográfica de Cuba, a apenas minutos de Florida y con conexiones privilegiadas hacia México y Canadá, la convertiría además en un nodo natural de las nuevas cadenas de suministro norteamericanas. En un mundo que reduce su dependencia de China, Cuba podría atraer plantas ensambladoras y procesos industriales hoy ubicados en Asia. Desde textiles y autopartes simples hasta componentes electrónicos, el país pasaría a formar parte de una red productiva en pleno proceso de expansión y relocalización.

 

El impacto en el sector agrícola sería igualmente revolucionario. Por primera vez desde 1959, la agricultura cubana podría operar bajo un modelo competitivo, privado y tecnológicamente moderno. Frutas tropicales, hortalizas, pesca y derivados agroindustriales encontrarían un mercado inmediato —y cercano— en la región de Florida, uno de los mayores polos de consumo agrícola del continente. Esto permitiría no solo exportar, sino también garantizar el abastecimiento interno, poner fin al racionamiento y devolver prosperidad al campo cubano.

 

La dimensión institucional es igual de decisiva. Los tratados de libre comercio incluyen compromisos estrictos sobre transparencia, normas laborales, anticorrupción, medio ambiente y seguridad jurídica. Para un país que sale de una dictadura militar-partidista, estas exigencias operan como un ancla democrática: previenen retrocesos, limitan el poder estatal y consolidan un orden económico basado en la libertad, la legalidad y la competencia. En otras palabras, integrarse a un tratado de libre comercio con Canadá, Estados Unidos y México es también una garantía para que la democracia cubana no sea efímera.

 

En el plano geopolítico, una Cuba democrática e integrada económicamente a Norteamérica transformaría por completo la correlación de fuerzas en el Caribe. La isla dejaría de ser un enclave autoritario alineado con Rusia, Irán y China, para convertirse en un socio estratégico del hemisferio occidental. La cooperación en seguridad marítima, combate al narcotráfico, ayuda humanitaria y estabilidad regional se vería enormemente fortalecida. Cuba recuperaría su posición natural: la de un país libre, próspero y aliado de las democracias occidentales.

 

Finalmente, el impacto social sería profundo. La creación de oportunidades reales para la juventud, y el renacer de una economía abierta devolverían esperanza a una población que ha sido despojada de futuro durante generaciones. Un tratado de libre comercio con América del Norte no es solo una herramienta económica: es una plataforma de transformación nacional.

 

Cuba necesita de un milagro económico en el menor tiempo posible porque una parte de su población maltratada y envejecida requerirá asistencia inmediata una vez que llegue la libertad. Este sector de la sociedad no puede esperar un desarrollo paulatino. 

 

Si Cuba se democratizara mañana, integrarse al T-MEC sería una de las decisiones más inteligentes, pragmáticas y estratégicas que podría tomar su nuevo gobierno. Significaría abandonar décadas de pobreza inducida, ideología tóxica y aislamiento, para abrazar un modelo basado en la libertad económica, la cooperación regional y la prosperidad compartida. Cuba tiene el talento, la ubicación y los recursos para lograrlo. Lo que nos falta —por ahora— es la libertad.

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