LA CAPTURA DE MADURO Y EL GOLPE MORTAL AL MITO DE LA INTELIGENCIA CASTRISTA


Por Patria Pueblo y Libertad

Fuente original: The Wall Street Journal – Santiago Pérez

5 de enero de 2026

 

Durante décadas, el régimen cubano cultivó con celo el mito de un aparato de inteligencia omnipresente, infalible y temida, capaz de sobrevivir al colapso soviético, infiltrarse en gobiernos extranjeros y sostener dictaduras aliadas. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos ha demolido ese mito de forma abrupta y pública.

 

La operación militar estadounidense en Caracas, ejecutada con precisión quirúrgica en la madrugada del sábado, no solo terminó con el principal sostén político del castrismo en América Latina, sino que expuso una verdad incómoda para La Habana: su sistema de inteligencia y seguridad, considerado durante años uno de los pilares del poder revolucionario, mostró fallas graves, vulnerabilidades estructurales y una alarmante incapacidad de respuesta.

 

Según confirmó el propio régimen cubano, 32 oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior murieron mientras integraban el dispositivo de seguridad personal de Maduro. Se trata de una cifra extraordinaria para una operación de protección que, en teoría, debía anticipar amenazas, neutralizar riesgos y garantizar rutas de escape. Nada de eso ocurrió.

 

Durante la Guerra Fría, los servicios de inteligencia cubanos fueron aliados estratégicos de la KGB soviética, construyendo extensas redes de informantes en América Latina y África, desarticulando conspiraciones internas y exportando “know-how” represivo a gobiernos afines. Tras la caída de la Unión Soviética, esa maquinaria encontró en Venezuela su tabla de salvación: petróleo subsidiado a cambio de control político, militar e institucional.

 

Maduro no era un protegido más. Era la joya de la corona del castrismo en el continente. Por eso, el hecho de que fuerzas estadounidenses lograran capturarlo junto a su esposa, antes incluso de que alcanzara una sala segura, representa una humillación estratégica sin precedentes para La Habana.

 

Expertos citados por The Wall Street Journal coinciden en que lo más grave no fue solo la incapacidad de proteger a Maduro, sino la total imposibilidad de infligir daño alguno a las fuerzas estadounidenses. No hubo bajas norteamericanas, no se perdió equipamiento, y el factor sorpresa se mantuvo intacto hasta el final. En términos de inteligencia, el fracaso fue absoluto.

 

Este golpe llega en el peor momento posible para el régimen cubano. La isla atraviesa una implosión económica sin precedentes, sostenida únicamente por la represión y por los restos de alianzas externas cada vez más frágiles. Venezuela era la última gran fuente de oxígeno económico y energético. Su pérdida no es solo simbólica: es existencial.

 

Como señalan antiguos oficiales de inteligencia cubanos citados en el reportaje, los regímenes autoritarios pueden permitir que la población pase hambre, pero no que su aparato represivo se debilite. Sin recursos, sin petróleo subsidiado y ahora sin la aura de invulnerabilidad, el sistema comienza a mostrar grietas internas peligrosas.

 

Las declaraciones del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio no dejan dudas sobre la lectura estratégica de Washington: Cuba ya no es el titiritero silencioso de Venezuela, sino un régimen en retroceso, obligado a enfrentar las consecuencias de décadas de intervención, control y dependencia.

 

La captura de Maduro no marca solo el fin de un hombre fuerte. Marca el principio del colapso del eje La Habana–Caracas y deja al descubierto una verdad que el castrismo intentó ocultar durante años: su poder no era eterno, su inteligencia no era infalible y su control sobre la región tenía fecha de caducidad.

Leer más

NI RUSIA NI CHINA NECESITAN EXCUSAS


Por Huber Matos Araluce, San Jos
é, Costa Rica 

Por qué una acción de Estados Unidos en Venezuela no legitima Ucrania ni Taiwán

 

La idea de que una acción de Estados Unidos en Venezuela podría servir a Rusia o a China para “justificar” sus propias agresiones estratégicas parte de una premisa errónea. Ni Moscú ni Pekín han basado jamás sus decisiones fundamentales de guerra o coerción en el comportamiento legal o ilegal de Washington en otras regiones del mundo. Ambos regímenes actúan cuando el equilibrio de poder, la oportunidad política y sus propias necesidades internas así lo dictan, no cuando encuentran precedentes convenientes en América Latina.

 

La trayectoria histórica de Rusia confirma esta lógica. Moscú ha utilizado de manera reiterada la supuesta “protección” de minorías rusófonas como pretexto para intervenir militarmente en Estados soberanos, independientemente de la conducta estadounidense en otros escenarios. En 2008, Rusia invadió Georgia y ocupó Abjasia y Osetia del Sur, un conflicto que dejó más de 850 muertos y cerca de 192.000 desplazados. En 2014, se anexó ilegalmente Crimea y fomentó la insurrección armada en el Donbás, una guerra que ya había causado más de 14.000 muertes antes de la invasión a gran escala iniciada en febrero de 2022. Desde entonces, la ofensiva rusa ha provocado cientos de miles de bajas, más de seis millones de refugiados y la deportación forzada de decenas de miles de niños ucranianos, hechos documentados por Naciones Unidas y por la Corte Penal Internacional, que en 2023 emitió una orden de arresto contra Vladimir Putin.

 

Esta lógica de coerción no se limita al exterior. Dentro de sus propias fronteras, el Estado ruso ha recurrido a la violencia masiva para someter a minorías consideradas desafiantes. Las dos guerras de Chechenia (1994–1996 y 1999–2009) dejaron entre 80.000 y 160.000 muertos, en su mayoría civiles, y concluyeron con la imposición de un régimen local autoritario sostenido por la represión sistemática y la lealtad personal al Kremlin. Lejos de ser una excepción, Ucrania representa la continuación de un patrón histórico de dominación por la fuerza.

 

China ha seguido una trayectoria comparable, basada en la expansión territorial, la asimilación forzada y la supresión sistemática de identidades no alineadas con el poder central. El Tíbet, ocupado militarmente desde 1950, ha sido sometido durante décadas a políticas de control religioso y cultural que, según estimaciones de organizaciones tibetanas y estudios académicos, han causado más de un millón de muertes. En Xinjiang, desde al menos 2017, entre uno y dos millones de uigures y otros musulmanes túrquicos han sido internados en campos de “reeducación”, sometidos a vigilancia masiva, trabajos forzados y adoctrinamiento político, prácticas calificadas como crímenes contra la humanidad por múltiples parlamentos y organismos internacionales.

 

En Hong Kong, China violó abiertamente el tratado internacional firmado con el Reino Unido al imponer en 2020 la Ley de Seguridad Nacional. Desde entonces, más de 1.500 personas han sido detenidas por motivos políticos, los principales medios independientes han sido cerrados y la oposición democrática ha sido prácticamente eliminada, sin que mediara provocación militar ni legal alguna por parte de actores externos.

 

Estos hechos desmontan de forma concluyente la noción de que una operación estadounidense en Venezuela pueda servir de “excusa” a Moscú o Pekín. Rusia y China no buscan legitimaciones externas para actuar: actúan cuando perciben debilidad, oportunidad o impunidad. Vincular sus agresiones en Ucrania o Taiwán a decisiones tomadas por Washington en América Latina ignora décadas de conducta consistente y proyecta una sensibilidad jurídica que estos regímenes nunca han demostrado.

Leer más

El futuro de América latina: Claudia Sheinbaum o María Corina Machado


 Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

El contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es solo personal ni ideológico, sino profundamente político y regional. Sheinbaum llegó al poder en México como sucesora designada de Andrés Manuel López Obrador, el presidente que hizo de “abrazos, no balazos” el eje de una política de seguridad que, lejos de debilitar al crimen organizado, consolidó el poder territorial y financiero del narcotráfico en México. Esa herencia define su proyección internacional: fuera de su país es vista como continuidad del proyecto de López Obrador, más que como una líder con agenda propia.

María Corina Machado, en cambio, forjó su liderazgo sin padrinos ni estructuras de poder, pagando costos personales altísimos en su lucha contra la dictadura venezolana. Su reconocimiento internacional —coronado con el Premio Nobel de la Paz— no surge del aparato del Estado, sino del sacrificio, el valor y la coherencia en la defensa de la democracia. A diferencia de Sheinbaum, Machado concibe la democracia como una causa regional y ha asumido un compromiso explícito de apoyar a quienes luchan por ella no solo en Venezuela, sino también en Cuba y Nicaragua, donde persisten dictaduras sostenidas por la represión y el crimen organizado.

América Latina atraviesa un punto de inflexión que trasciende los debates ideológicos tradicionales. Hoy, el principal desafío regional no es la disputa entre modelos económicos, sino la expansión del crimen organizado transnacional incrustado en estructuras estatales. En este contexto, el contraste entre la presidenta de México y la líder democrática venezolana revela dos visiones opuestas sobre soberanía, seguridad y democracia, con proyectos incompatibles para el futuro del continente.

El gobierno mexicano entregó este año a Estados Unidos 55 narcotraficantes de alto perfil, una decisión de claro significado político y estratégico. Refleja una realidad que pocos gobiernos reconocen abiertamente: México enfrenta una amenaza estructural del narcotráfico que supera su capacidad de control interno. Los cárteles operan con control territorial, enormes recursos financieros y una profunda penetración institucional.

Desde una perspectiva de seguridad nacional, esta cooperación con Estados Unidos no representa una pérdida voluntaria de soberanía, sino una respuesta pragmática ante un fenómeno criminal transnacional. México no ejerce plenamente su soberanía en amplias zonas de su territorio, donde el poder efectivo lo disputan organizaciones criminales.

Aquí emerge la paradoja central de la política exterior de Claudia Sheinbaum. Mientras su gobierno coopera con Estados Unidos contra el narcotráfico, se opone a la política estadounidense orientada a desmontar la estructura criminal del régimen de Nicolás Maduro, invocando el principio de no intervención.

Esta posición resulta difícil de sostener. Si el narcotráfico cruza fronteras, financia violencia regional, genera migración forzada y desestabiliza Estados, no puede tratarse como un asunto interno cuando constituye el núcleo de un régimen político. En el caso venezolano, múltiples informes internacionales han documentado la convergencia entre poder político, crimen organizado y redes ilícitas transnacionales.

María Corina Machado ha formulado con claridad una premisa incómoda pero fundamental: Venezuela es un Estado capturado por una estructura criminal. El régimen de Maduro ha sido señalado por facilitar rutas de narcotráfico, operar esquemas de lavado de dinero y establecer alianzas con actores hostiles al orden democrático occidental, incluidos Rusia e Irán.

Estas características convierten a Venezuela en un problema de seguridad regional. Desde esta perspectiva, la presión internacional no constituye injerencia, sino un mecanismo legítimo de defensa colectiva frente a un narcoestado que exporta inestabilidad.

Machado evita el refugio retórico del soberanismo abstracto. Su respaldo a la política de presión de Estados Unidos responde a una lectura estratégica clara: las narcodictaduras no caen mediante neutralidad diplomática ni diálogos indefinidos. Caen cuando el costo de sostenerlas se vuelve insostenible.

El contraste entre ambas líderes proyecta dos mensajes opuestos a América Latina. Claudia Sheinbaum defiende una soberanía formal mientras su país enfrenta una soberanía real erosionada por el crimen organizado, y normaliza la coexistencia con un régimen señalado como narcoestado. María Corina Machado propone una soberanía sustantiva, basada en el control efectivo del territorio, el Estado de derecho y la cooperación internacional.

La región enfrenta hoy una disyuntiva clara: o se protege la soberanía de los pueblos, o se protege, en su nombre, la impunidad de las mafias. En ese dilema histórico, el contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es anecdótico: es el reflejo de dos proyectos antagónicos para la seguridad, la democracia y el futuro político de América Latina.


Leer más

MADURO Y CLAUDIA SHEINBAUM SOSTIENEN A DICTADURA CASTRISTA

 


Huber Matos Araluce, San Jose, Costa Rica

El régimen castrista y la economía de la supervivencia: petróleo, intermediación opaca y dinero ilícito

 

Cuba —la nación, su pueblo y su historia— no es responsable del sistema que hoy la mantiene empobrecida y al borde del colapso. El desastre económico, humanitario y demográfico que vive la isla es consecuencia directa de un régimen autoritario que, durante décadas, ha sustituido la productividad, la legitimidad política y la soberanía económica por la dependencia externa, la represión interna y la opacidad financiera.

La dictadura castrista ha sobrevivido no gracias a reformas reales ni a eficiencia económica, sino mediante un modelo de subsidios políticos, la exportación de servicios de control y represion, y —cada vez con mayor claridad— la utilización indirecta de recursos provenientes del petróleo venezolano sancionado y de flujos financieros ilícitos asociados al narcotráfico.

 

Venezuela: petróleo para sostener al régimen, no al país

Desde 1999, la alianza entre las dictaduras chavista y castrista no ha beneficiado a los pueblos cubano y venezolano, sino a sus respectivos aparatos de poder. El acuerdo fue explícito y funcional:

El régimen castrista aportaría inteligencia, asesoramiento en control social y estructuras de contrainteligencia.

El régimen venezolano suministraría petróleo altamente subsidiado, durante años en volúmenes que llegaron a superar los 100.000 barriles diarios, un poco más del 70% del consumo nacional en Cuba.

Con el colapso de la producción venezolana, el flujo petrolero se redujo de forma drástica, pero la relación no se rompió; se transformó. El apoyo dejó de basarse exclusivamente en el suministro energético regular y pasó a sostenerse en mecanismos financieros opacos y compensaciones políticas.

Investigaciones judiciales en Estados Unidos y testimonios de exfuncionarios venezolanos han documentado la participación de altos niveles del régimen de Nicolás Maduro en redes de narcotráfico internacional, utilizando estructuras estatales para facilitar rutas, protección y lavado de activos. Parte de esos recursos no se limita al enriquecimiento personal del grupo en el poder: sirve para sostener alianzas estratégicas, entre ellas la que mantiene en pie al régimen castrista.

El razonamiento es difícil de eludir:

La dictadura castrista no paga el petróleo venezolano a precios de mercado.

No dispone de divisas suficientes para hacerlo.

Sin embargo, mantiene una presencia decisiva de inteligencia y seguridad y represión en Venezuela, considerada vital para la supervivencia del régimen chavista.

 

El papel del régimen castrista como intermediario petrolero

Un aspecto aún poco abordado por la prensa internacional es la función del aparato estatal cubano como intermediario informal en la comercialización del petróleo venezolano sancionado.

Diversas fuentes del sector energético y del ámbito de cumplimiento de sanciones han señalado patrones consistentes:

Cargamentos de crudo venezolano que llegan a Cuba no siempre se destinan íntegramente al consumo interno.

Parte del petróleo es reexportado, mezclado o redistribuido mediante esquemas de difícil trazabilidad.

Se emplean empresas pantalla, cambios de bandera y triangulación logística para diluir el origen del crudo y reducir la exposición a sanciones.

En este entramado, el régimen castrista no actúa como un Estado soberano normal, sino como operador político y logístico:

Facilita la colocación del crudo venezolano en mercados secundarios.

Reduce el impacto práctico de las sanciones internacionales.

Obtiene a cambio combustible, divisas o garantías para la continuidad de su aparato represivo.

Nada de este esquema beneficia al ciudadano cubano común, que sigue enfrentando apagones prolongados, escasez de alimentos, colapso sanitario y deterioro acelerado de los servicios básicos.

 

México: los envíos del actual gobierno y la falsa solidaridad

A esta ecuación se suman los envíos realizados por el actual gobierno de México, que en los últimos años ha actuado como proveedor energético de emergencia a través de PEMEX, mediante cargamentos de crudo y combustibles enviados a la isla.

El gobierno mexicano ha presentado estas operaciones como un gesto de solidaridad con el pueblo cubano. Sin embargo, en la práctica, estos envíos no se traducen en alivio directo para la población, sino que contribuyen a mantener operativo al aparato estatal de una dictadura que viola de forma sistemática los derechos humanos del pueblo cubano.

No existe evidencia de que este apoyo esté condicionado a mejoras en libertades civiles, liberación de presos políticos o reformas económicas reales. Por el contrario, los envíos energéticos refuerzan la capacidad del régimen para sostener su sistema de control político y represión interna.

Resulta además legítimo plantear —aunque no pueda probarse de manera concluyente— que esta política responde también a una lógica de reciprocidad política. Durante décadas, el castrismo brindó respaldo ideológico, asesoría y apoyo a movimientos y figuras de la izquierda latinoamericana, incluido el entorno político del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Los envíos actuales pueden interpretarse, al menos en parte, como el pago diferido de antiguos favores, más que como un acto genuino de ayuda humanitaria.

Este respaldo, además, es estructuralmente frágil. PEMEX atraviesa una profunda crisis financiera y la política energética hacia la dictadura castrsita genera crecientes costos internos y externos para México. Un cambio de gobierno o una modificación en el contexto internacional podría interrumpir estos envíos de forma abrupta, dejando en evidencia que no constituyen una solución, sino un parche político temporal.

 

Un régimen que solo sobrevive en la oscuridad

El régimen castrista actual no es viable bajo condiciones de transparencia, legalidad y economía abierta. Su supervivencia depende de:

Petróleo subsidiado o sancionado

Flujos financieros fuera de los sistemas normales

Intermediación opaca en mercados restringidos

 

Complicidades políticas regionales

Por ello, cualquier interrupción sostenida del petróleo venezolano —y de los mecanismos clandestinos que lo acompañan—, sumada a la interrupción de los envíos de petróleo del actual gobierno de México a la dictadura en la isla, no produciría simplemente una nueva crisis, sino el colapso funcional del régimen, no de Cuba como nación.

Cuba pertenece a todos los cubanos.
Lo que hoy se desmorona no es el país, sino un sistema de poder que ha hipotecado su futuro para garantizar su propia supervivencia.

Leer más

La salida silenciosa de Rubén Remigio Ferro tras el juicio a Alejandro Gil


 Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La “liberación” de Rubén Remigio Ferro como presidente del Tribunal Supremo Popular, después de 27 años al frente del máximo órgano judicial de Cuba, no puede ser leída como un simple movimiento administrativo. Su salida se produce 10 días después del juicio secreto contra Alejandro Gil, ex ministro de Economia, acusado y condenado a cadena perpetua entre otros supuestos delitos por espionaje, cohecho y "actos en perjuicio de la actividad económica". El Tribunal Supremo Popular de La Habana también le impuso 20 años de prisión adicionales y ordenó la confiscación de sus bienes.

 

Como presidente del Tribunal Supremo Popular, Rubén Remigio Ferro no era un funcionario menor ni decorativo. Era la máxima autoridad institucional del sistema judicial cubano, responsable de dirigir, supervisar y garantizar el funcionamiento de los tribunales, así como de velar por la correcta aplicación de la ley. Aunque no haya presidido personalmente las audiencias del caso Gil, su responsabilidad institucional era ineludible.

 

El juicio contra Alejandro Gil fue cerrado, opaco y presentado al país como un hecho consumado, sin acceso a pruebas, sin versiones contrastadas y sin posibilidad de escrutinio ciudadano. En ese contexto, surgen preguntas legítimas que el régimen ha decidido no responder:


¿Estuvo Rubén Remigio Ferro de acuerdo con el secretismo del proceso?


¿Avaló la acusación, los cargos y la condena impuesta?


¿O, por el contrario, expresó reservas internas que hoy explicarían su salida silenciosa?

 

La ausencia total de explicaciones oficiales no despeja las dudas; las profundiza. En un sistema donde la justicia no es independiente del poder político, el relevo abrupto del jefe del aparato judicial tras un juicio de alto perfil sugiere tensiones internas, desacuerdos o la necesidad de cerrar filas y borrar rastros incómodos.

 

Si Ferro estuvo de acuerdo con el proceso, su salida carece de lógica institucional. Y si no lo estuvo, entonces el silencio que rodea su “liberación” confirma hasta qué punto la justicia en Cuba no admite disenso ni siquiera en sus niveles más altos.

 

En ambos casos, la renuncia de Rubén Remigio Ferro no es un hecho menor. Es una señal inquietante de que incluso quienes garantizan formalmente la legalidad pueden ser desplazados sin explicación cuando el poder decide reescribir su propio relato.


Leer más

A TRUMP EL MUNDO LO ESTA MIRANDO Y LA HISTORIA TAMBIÉN


Trump en una encrucijada: negocios con Rusia, abandono de Ucrania o defensa real de Occidente

 

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La discusión internacional sobre el futuro de la guerra en Ucrania ha dado un giro profundo en los últimos días. Primero Europa comprendió que no podía depender de un eventual apoyo de Donald Trump para sostener la defensa ucraniana. Después se hizo evidente que Putin no podía detener la guerra sin arriesgar su poder e incluso su vida. Y ahora, con la revelación del Wall Street Journal sobre el trasfondo económico del llamado “plan de paz” impulsado por allegados a Trump, la dimensión del problema se ha vuelto mucho más clara: no se trataba de una estrategia diplomática, sino de un gigantesco proyecto de negocios con Rusia, disfrazado de acuerdo político.

 

El reportaje describe cómo un reducido círculo de empresarios estadounidenses, encabezado por Steve Witkoff, actuó durante meses en paralelo —y a veces fuera— del aparato institucional de seguridad de Estados Unidos, negociando directamente con Kirill Dmitriev, uno de los hombres de confianza de Putin. El objetivo: construir una “paz comercial” basada en el acceso a los 300.000 millones de dólares en activos rusos congelados en Europa y en la participación estadounidense en ambiciosos proyectos de energía, gas, minería y hasta cooperación espacial. Era, en esencia, un rediseño económico de Eurasia que colocaba a Rusia nuevamente en el centro del tablero, esta vez de la mano de inversores estadounidenses.

 

La reacción fue explosiva. Europa denunció que el documento reproducía casi al pie de la letra la narrativa rusa, exigiendo a Ucrania concesiones territoriales y renuncias estratégicas que ninguna sociedad libre podría aceptar. Ucrania, que ha pagado la defensa de su existencia con decenas de miles de vidas, vio en el plan un intento de convertir su sufrimiento en moneda de negociación. Y líderes de la OTAN advirtieron que esta visión empresarial premiaba al agresor y castigaba al agredido.

 

En este contexto, Trump enfrenta una encrucijada histórica. La filtración del plan lo coloca en una posición en la que no puede evitar definirse. Y los caminos que tiene delante no son fáciles ni cómodos.

 

Si insiste en respaldar el plan de negocios con Rusia, se enfrentará directamente a Europa y a Ucrania. Ese plan ya no es un borrador secreto: se ha convertido en un símbolo de hasta qué punto los intereses comerciales pueden distorsionar la seguridad internacional. Apoyarlo ahora significaría asumir como propio un esquema que legitima la agresión rusa y debilita la arquitectura de seguridad europea construida desde 1945. Sería visto como un intento de imponer sobre los aliados una paz artificial que favorece a Putin a cambio de acceso a mercados y proyectos multimillonarios. Y aunque parte de su base electoral podría celebrarlo, las repercusiones geopolíticas serían enormes.

 

Si, por el contrario, decide distanciarse del plan, también deberá elegir entre dos rutas costosas.

Una es el aislacionismo: decir que la guerra de Ucrania no es un problema de Estados Unidos y que la responsabilidad recae plenamente en Europa. Pero ese camino significaría abandonar la influencia histórica de Estados Unidos en el continente, acelerar la autonomía estratégica europea y enviar una señal de debilidad que China y otros actores hostiles interpretarían como una luz verde.

 

La otra opción es apoyar realmente a Ucrania. Esto implicaría comprometer recursos, asumir una postura firme frente al Kremlin y reconocer que la guerra no se resuelve con inversiones, sino con una estrategia de defensa clara. Pero apoyar plenamente a Ucrania choca con la posición de una parte importante de su base política, que rechaza el gasto en conflictos extranjeros.

 

La realidad, sin embargo, es más simple que los dilemas políticos. La guerra de Ucrania no es un problema que pueda resolverse con contratos, gasoductos o promesas de inversión. Putin no busca prosperidad comercial: busca territorio, control y la destrucción de la voluntad europea. Y solo retrocede cuando enfrenta límites que no puede romper.

 

Trump puede intentar redefinir la guerra como una oportunidad económica, pero al final deberá decidir qué tipo de liderazgo quiere ejercer: uno que premie a un dictador agresor con acceso a nuevos negocios, uno que abandone a una nación invadida, o uno que respalde la defensa de Europa y la libertad ucraniana.

 

El mundo lo está mirando. Y la historia también.

Leer más

“NEGOCIOS NO GUERRA: EL VERDADERO PLAN DE TRUMP PARA LOGRAR LA PAZ EN UCRANIA”

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Por Drew Hinshaw, Benoit Faucon, Rebecca Ballhaus, Thomas Grove, Joe Parkinson y Annie Ng. Publicado en la edición del domingo 29 de diciembre de The Wall Street Journal.

 

El domingo 29 de noviembre he leído este artículo:  “Negocios no guerra: el verdadero plan de Trump para lograr la paz en ucrania”que describe una versión desconocida de cómo un reducido círculo de empresarios influyentes y figuras cercanas a la administración Trump ha intentado redefinir la política estadounidense hacia Rusia y la guerra en Ucrania, concibiendo la paz como un gran acuerdo empresarial más que como un proceso diplomático tradicional.

 

En el centro de esta estrategia se encuentra el magnate inmobiliario Steve Witkoff, designado por Trump como su enviado especial para Rusia y Ucrania. En su mansión de Miami Beach, Witkoff recibió al ruso Kirill Dmitriev —jefe del fondo soberano de Rusia y estrecho aliado de Putin— junto con Jared Kushner. Allí trabajaron en la revisión de un plan de paz de 28 puntos, redactado en gran parte por Dmitriev. Pero la propuesta iba mucho más allá de un alto al fuego: buscaba desbloquear cerca de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso congelados en Europa, para financiar proyectos conjuntos entre compañías estadounidenses y rusas, así como una reconstrucción de Ucrania liderada por Estados Unidos. También contemplaba grandes proyectos energéticos y mineros en el Ártico e incluso cooperación espacial, como una misión conjunta a Marte con SpaceX.

 

Para el Kremlin, estas conversaciones forman parte de una estrategia diseñada antes de que Trump asumiera el cargo: evadir al aparato tradicional de seguridad nacional de Estados Unidos y presentar a Rusia no como una amenaza, sino como una oportunidad económica gigantesca. Al ofrecer acuerdos de recursos naturales y energía a inversionistas estadounidenses, Moscú aspira a reconfigurar el mapa económico europeo y, al mismo tiempo, debilitar los vínculos entre Washington y sus aliados de la OTAN. Witkoff y Kushner comparten la visión de Trump de que los negocios pueden resolver conflictos que los diplomáticos han considerado intratables durante décadas.

 

Cuando el plan se filtró, las reacciones en Europa y Ucrania fueron inmediatas y contundentes. Líderes europeos y ucranianos denunciaron que reflejaba principalmente los argumentos de Rusia y violaba casi todas las líneas rojas de Kyiv, recompensando la agresión de Putin con beneficios comerciales. El primer ministro polaco Donald Tusk lo resumió así: “Esto no trata de paz. Trata de negocios.”

 

Dentro de la Casa Blanca de Trump, sin embargo, muchos asesores consideran que esa mezcla de negocios y geopolítica es precisamente el objetivo. Creen que permitir que empresas estadounidenses entren rápidamente en una Rusia “postguerra” podría convertirlas en garantes comerciales de la estabilidad. Interlocutores rusos han señalado que prefieren que sean compañías estadounidenses —y no europeas— las que obtengan los beneficios.

 

Mientras tanto, oligarcas cercanos a Putin, como Gennady Timchenko, Yuri Kovalchuk y los hermanos Rotenberg, han contactado discretamente a empresas estadounidenses para ofrecer concesiones de gas y minería de tierras raras. Grandes firmas como Exxon Mobil también han estudiado formas de volver a proyectos energéticos en Rusia, si las sanciones se alivianan.

 

En paralelo, Witkoff ha mantenido durante meses una diplomacia altamente personalizada con Putin y Dmitriev, a menudo dejando a agencias como la CIA y el Departamento de Estado solo parcialmente informadas. Esto alarmó a servicios de inteligencia europeos, que descubrieron que importantes acuerdos económicos estaban siendo ligados al proceso de paz. Un intento de cumbre en Alaska entre Trump y Putin fracasó rápidamente tras una larga disertación histórica de Putin. Más tarde, cuando Zelensky visitó Washington pidiendo misiles de largo alcance, Trump —tras hablar con Putin— rechazó la solicitud, y Witkoff propuso a los ucranianos incentivos económicos como una exención arancelaria por 10 años.

 

En conjunto, el artículo describe un experimento polémico y sin precedentes: empresarios operando fuera de los canales diplomáticos tradicionales para intentar poner fin a una guerra devastadora —o, como temen algunos europeos, para permitir que Putin prolongue el conflicto mientras seduce a Estados Unidos con promesas de negocios futuros.

Leer más

PUTIN NECESITA LA GUERRA PARA NO PERDER LA VIDA

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

EL plan de 28 puntos para poner fin a la invasión rusa a Ucrania ha desatado intensas reacciones en el mundo porque reproduce casi al pie de la letra los intereses estratégicos del Kremlin sin exigirle retiradas ni compromisos verificables. No es un marco de paz, sino un marco de concesiones. Exige a Ucrania entregar territorios a Rusia y limita severamente la capacidad militar de Ucrania, incluso condiciona su derecho a establecer alianzas defensivas, incluida su futura incorporación a la OTAN.

 

La Unión Europea diplomáticamente ha trabajado sobre el texto, pero afirma que la soberanía territorial de Ucrania no es negociable y que Kiev conserva el derecho pleno a la defensa y a las alianzas que considere necesarias. Al Secretario de Estado, Marco Rubio le ha tocado la tarea de tratar de equilibrarlo para que los países que señalan a Putin como el agresor de Ucrania estén dispuestos a mantener una alianza política con los Estados Unidos en su busca de un eventual consenso.

 

Desde Moscú, Putin reaccionó con desdén afirmando que Rusia “no participó en la formulación de la propuesta”, aunque está probado que Kirill Dmitriev —uno de sus colaboradores más cercanos y figura clave en sus operaciones de influencia— tuvo un rol activo en la elaboración del borrador. 

 

Putin está en un callejón sin salida.  No puede parar la guerra. Hace tres años se embarcó en una invasión creyendo que en cuestión de días las tropas rusas estarían tomando la capital ucraniana pero no ha podido lograr más que la toma del 20% del territorio ucraniano al costo de un millón y medio de muertos y heridos. Continuado la invasión Putin puede mantener a Rusia en un estado de guerra por un tiempo indefinido y evitar perder el poder y su vida.  

 

Zelensky, como su pueblo y sus soldados, no cederá. Él encarna el llamado a la dignidad, la libertad y la resistencia contra la injusticia que proclamó el inmortal poeta nacional ucraniano Tarás Shevchenko cuando, ante la opresión rusa en 1845, escribió en su poema “El Cáucaso”: “¡Luchad y venceréis!”.

Leer más

EUROPA NO PUEDE ESPERAR POR TRUMP


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica 

 Ucrania sí puede obligar a Rusia a retirarse de su territorio. Tiene, como reconoció recientemente el presidente de Finlandia, el mejor ejército del mundo: el más innovador, el más resiliente y el más probado en combate real. Pero para transformar esa capacidad en victoria necesita algo que ningún ejército moderno puede generar por sí solo: apoyo material sostenido. Y ese apoyo no vendrá de Estados Unidos, porque simplemente no está en la agenda de Donald Trump. Si Ucrania va a ganar —y si Europa quiere evitar una guerra mucho mayor— ese apoyo solo puede venir de los países europeos y de aliados de otras regiones que comprenden una verdad elemental: el triunfo de Putin sobre Ucrania sería el preludio de una nueva catástrofe continental. Putin es hoy para Europa lo que Hitler fue en su momento: un agresor que sólo entiende la fuerza y que interpreta la debilidad como una invitación.

 

Trump quiere en ucraniana un acuerdo que satisfaga a su base política en Estados Unidos. Mientras Ucrania demuestra cada día su superioridad táctica y estratégica, Washington envía señales contradictorias. Su prioridad no es Europa sino la narrativa interna. Por eso Ucrania no puede basar su victoria en un apoyo estadounidense que depende de circunstancias  electorales.

 

Europa empieza a comprender el riesgo: si Ucrania cae, la guerra se acerca. Cada capital europea que observa el frente entiende ahora algo fundamental: si Ucrania pierde, no habrá paz. Habrá una guerra más cercana, más directa y más peligrosa. Una Rusia “victoriosa” saldría reforzada, expandida y convencida de que las invasiones funcionan, que las amenazas nucleares detienen a Occidente y que las democracias europeas carecen de voluntad estratégica. Eso abriría la puerta a nuevas agresiones en Moldavia, los países bálticos, Polonia o el Mar Negro. Europa enfrenta una simple disyuntiva: ayudar decisivamente a Ucrania hoy o enfrentar frontalmente a Rusia mañana.

 

Europa y sus aliados SÍ pueden darle a Ucrania lo necesario para ganar. La Unión Europea, el Reino Unido, los países bálticos y nórdicos, junto con aliados como Canadá, Japón y Corea del Sur, poseen la economía para superar a Rusia, la industria militar más avanzada del mundo después de Estados Unidos, misiles de precisión, defensa aérea moderna, capacidad para producir millones de municiones y voluntad creciente de actuar. No necesitan la aprobación de Washington. Lo que necesitan es decisión, coordinación y claridad estratégica. Con ese esfuerzo, Ucrania —el mejor ejército del mundo— puede expulsar a Rusia, destruir su maquinaria ofensiva y forzar una paz justa.

 

Conclusión: la victoria depende de esa parte de Occidente en peligro inminente. Ucrania no pide soldados extranjeros. Pide las herramientas para terminar una guerra que, si la pierde, no se detendrá en Kyiv, sino que llegará al corazón de Europa. Europa ya vivió con Hitler lo que ocurre cuando un agresor es subestimado. Putin es su prueba actual. Y Ucrania es su primera línea de defensa.

 

Leer más

CUBA Y UN TRATADO DE LIBRE COMERCIO CON CANADÁ, ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO

 

 Por Huber Matos Araluce, San Jose, Costa Rica

La transición hacia una Cuba democrática abriría una oportunidad histórica sin precedentes: incorporarse a un tratado de libre comercio con Canadá, Estados Unidos y México, un espacio económico conocido hoy como T-MEC (USMCA). Para Cuba, integrarse a este esquema significaría mucho más que reducir aranceles. Representaría el mayor salto económico y geopolítico de toda su historia republicana. Sería, literalmente, el punto de inflexión entre un país estancado durante seis décadas y una nación con capacidad real de prosperar.

 

Desde el primer día, una Cuba democrática obtendría acceso preferencial al mercado más grande del planeta, un bloque que concentra más del 28% del PIB mundial. Esta apertura permitiría que productos agrícolas, bienes industriales, servicios digitales y oferta turística cubana ingresaran sin barreras a un mercado de más de 500 millones de consumidores. Para un país cuya economía ha sido asfixiada por la improductividad estatal, la falta de inversión, este acceso equivaldría a abrir las compuertas del crecimiento.

 

Pero las ventajas no se detienen ahí. La integración al T-MEC impulsaría una avalancha de inversión extranjera directa, no como concesión política, sino por simple lógica económica. Con reglas claras, propiedad privada protegida y un sistema judicial independiente, Cuba se convertiría en uno de los destinos más atractivos del hemisferio para empresas canadiense-americanas. 

 

Sectores como la energía, la minería, el turismo, la manufactura ligera y la agroindustria recibirían inversiones que hoy resultan imposibles bajo un régimen autoritario y opaco. El resultado sería empleo masivo, salarios crecientes y la reconstrucción acelerada de una clase media cubana.

 

La ubicación geográfica de Cuba, a apenas minutos de Florida y con conexiones privilegiadas hacia México y Canadá, la convertiría además en un nodo natural de las nuevas cadenas de suministro norteamericanas. En un mundo que reduce su dependencia de China, Cuba podría atraer plantas ensambladoras y procesos industriales hoy ubicados en Asia. Desde textiles y autopartes simples hasta componentes electrónicos, el país pasaría a formar parte de una red productiva en pleno proceso de expansión y relocalización.

 

El impacto en el sector agrícola sería igualmente revolucionario. Por primera vez desde 1959, la agricultura cubana podría operar bajo un modelo competitivo, privado y tecnológicamente moderno. Frutas tropicales, hortalizas, pesca y derivados agroindustriales encontrarían un mercado inmediato —y cercano— en la región de Florida, uno de los mayores polos de consumo agrícola del continente. Esto permitiría no solo exportar, sino también garantizar el abastecimiento interno, poner fin al racionamiento y devolver prosperidad al campo cubano.

 

La dimensión institucional es igual de decisiva. Los tratados de libre comercio incluyen compromisos estrictos sobre transparencia, normas laborales, anticorrupción, medio ambiente y seguridad jurídica. Para un país que sale de una dictadura militar-partidista, estas exigencias operan como un ancla democrática: previenen retrocesos, limitan el poder estatal y consolidan un orden económico basado en la libertad, la legalidad y la competencia. En otras palabras, integrarse a un tratado de libre comercio con Canadá, Estados Unidos y México es también una garantía para que la democracia cubana no sea efímera.

 

En el plano geopolítico, una Cuba democrática e integrada económicamente a Norteamérica transformaría por completo la correlación de fuerzas en el Caribe. La isla dejaría de ser un enclave autoritario alineado con Rusia, Irán y China, para convertirse en un socio estratégico del hemisferio occidental. La cooperación en seguridad marítima, combate al narcotráfico, ayuda humanitaria y estabilidad regional se vería enormemente fortalecida. Cuba recuperaría su posición natural: la de un país libre, próspero y aliado de las democracias occidentales.

 

Finalmente, el impacto social sería profundo. La creación de oportunidades reales para la juventud, y el renacer de una economía abierta devolverían esperanza a una población que ha sido despojada de futuro durante generaciones. Un tratado de libre comercio con América del Norte no es solo una herramienta económica: es una plataforma de transformación nacional.

 

Cuba necesita de un milagro económico en el menor tiempo posible porque una parte de su población maltratada y envejecida requerirá asistencia inmediata una vez que llegue la libertad. Este sector de la sociedad no puede esperar un desarrollo paulatino. 

 

Si Cuba se democratizara mañana, integrarse al T-MEC sería una de las decisiones más inteligentes, pragmáticas y estratégicas que podría tomar su nuevo gobierno. Significaría abandonar décadas de pobreza inducida, ideología tóxica y aislamiento, para abrazar un modelo basado en la libertad económica, la cooperación regional y la prosperidad compartida. Cuba tiene el talento, la ubicación y los recursos para lograrlo. Lo que nos falta —por ahora— es la libertad.

Leer más

La estrategia de oportunidad calculada de Donald Trump


 Por Huber Matos Araluce — San José, Costa Rica


He buscado definir la estrategia de Donald Trump para poder entender sus acciones, que fácilmente desconciertan. La más reciente ha sido cómo logró llevar a Hamás e Israel a la mesa de negociaciones, así como su enfrentamiento con la narco dictadura venezolana. Estas son mis conclusiones, que someto al análisis, la crítica y el debate. La he definido como la estrategia de oportunidad calculada.



Esta estrategia describe el modo en que Donald Trump concibe y ejerce el poder, tanto en el ámbito político interno como en el internacional. No se trata de una doctrina formal ni de un sistema ideológico cerrado, sino de una forma de acción basada en la lectura pragmática del contexto y en la explotación de coyunturas favorables. En esta visión, las decisiones no se subordinan a principios morales o a compromisos permanentes, sino a una evaluación constante de quién posee la iniciativa, qué correlación de fuerzas predomina y qué beneficio puede obtenerse en cada momento.



El núcleo de esta estrategia es la flexibilidad instrumental, entendida no como vacilación, sino como método. Trump mantiene abiertas todas las opciones —negociar, presionar, amenazar o actuar— y evita comprometerse de antemano con una línea fija. Su lógica no es la de la confrontación perpetua ni la del apaciguamiento ingenuo, sino la del cálculo frío: intervenir cuando el costo de actuar es menor que el de no hacerlo.



Otro componente esencial es la ambigüedad deliberada, utilizada como recurso de poder. Las advertencias vagas, los silencios prolongados o los gestos contradictorios no son errores de comunicación, sino instrumentos para generar incertidumbre y mantener el control psicológico del adversario. Desde esta perspectiva, el poder más eficaz no es el que se ejerce abiertamente, sino el que se insinúa y se hace sentir sin necesidad de desplegarlo.



En suma, la estrategia de oportunidad calculada —tal como la encarna Trump— consiste en mantener la iniciativa mediante la administración del riesgo, el uso estratégico del tiempo y la manipulación de las percepciones. Es una práctica política que privilegia la sorpresa, la presión y la flexibilidad táctica sobre la coherencia doctrinal, y que convierte la imprevisibilidad en un instrumento de dominio y negociación.



Conclusión — Una síntesis moderna del oportunismo estratégico

Donald Trump representa una síntesis moderna del oportunismo estratégico, heredera de las tradiciones de Maquiavelo, Sun Tzu, Bismarck y Kissinger, reinterpretadas bajo las condiciones tecnológicas, mediáticas y políticas del siglo XXI. Su estilo de liderazgo no surge de la improvisación, sino de una lectura instintiva del poder como relación dinámica, donde la percepción y el tiempo son tan importantes como los hechos.



Trump combina la astucia maquiavélica de adaptar la acción a la oportunidad; la ambigüedad calculada de Sun Tzu como instrumento de dominio psicológico; el pragmatismo sin ideología de Bismarck en la búsqueda de resultados inmediatos; y la flexibilidad diplomática de Kissinger en el manejo de los equilibrios de poder. Sin embargo, su aporte distintivo consiste en haber trasladado esos principios a un escenario caracterizado por la hipercomunicación, la inmediatez y la exposición mediática constante.



En este nuevo contexto, la estrategia de Trump se expresa mediante:


- Una comunicación directa y emocional, que prescinde de las mediaciones institucionales tradicionales y apela al vínculo personal con su base de apoyo.

- El uso deliberado del caos y la incertidumbre como herramientas políticas para desorientar tanto a adversarios como a aliados, manteniendo el control de la narrativa.

- Un cálculo permanente del costo-beneficio de cada acción, donde las decisiones se toman no por principios, sino por rentabilidad política o económica inmediata.

- El rechazo de los compromisos morales y multilaterales, sustituido por una lógica transaccional centrada en los intereses nacionales y personales.



En síntesis, la estrategia de oportunidad calculada que define su comportamiento político no es una invención nueva, sino una versión contemporánea del arte clásico de aprovechar la ocasión: una práctica que ha acompañado a los grandes estrategas pragmáticos de la historia y que hoy encuentra en Trump una de sus manifestaciones más visibles, audaces y polémicas.

Leer más

Hannah Arendt y el miedo en Cuba


Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

 

Hace muchos años, en mi época de estudiante en Nueva York, y tratando de entender el poder del totalitarismo sobre los pueblos, tuve la fortuna de leer a Hannah Arendt, una pensadora cuya lucidez transformó para siempre mi forma de comprender la libertad. Durante el ascenso del nazismo, Arendt —exiliada y marcada por la experiencia del horror— convirtió su vida en una búsqueda intelectual por entender cómo las sociedades modernas podían caer en la barbarie totalitaria.


En su monumental obra *Los orígenes del totalitarismo*, Arendt advirtió que estos regímenes no se sostienen únicamente por la fuerza, sino por un fenómeno más sutil y devastador: la desintegración moral y social que convierte a las víctimas en piezas funcionales del propio sistema que las oprime. Antes de dominar los cuerpos, el totalitarismo destruye el espíritu público, el pensamiento crítico y la confianza entre los ciudadanos. Desde entonces comprendí al pueblo cubano; entendí la verdadera profundidad de su esclavitud, donde la obediencia se convierte en virtud y el valor en delito.

Leer más

¿QUIÉN MANDA EN VENEZUELA, RAÚL O MADURO?


 

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


El poder detrás de Maduro

Desde hace algunas semanas el tema venezolano ocupa la atención de millones de personas. El gobierno de Donald Trump ha declarado la guerra al Cartel de los Soles, al Tren de Aragua y a otros grupos vinculados al narcotráfico y el terrorismo. Washington ha planteado que detrás de estas organizaciones criminales no solo hay estructuras delictivas, sino la propia cúpula que controla el poder político en Venezuela. Según esta visión, los verdaderos jefes de esos carteles y bandas armadas son los mismos que hoy detentan el poder: Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, señalados como responsables de haber convertido al Estado venezolano en un instrumento del narcoterrorismo.

Leer más

RUSIA, EL TIGRE DE PAPEL


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


Los cubanos —y en general el mundo democrático— se han acostumbrado a la idea de que Rusia sigue siendo una gran potencia, comparable con las democracias más avanzadas del planeta. No es así. Rusia es, en realidad, un país subdesarrollado que, a pesar de su enorme extensión geográfica, depende casi por completo de la exportación de combustibles fósiles para sostener su economía. El ya fallecido senador John McCain comparó a Rusia con “una gasolinera que se hace pasar por país”.

 

Economía: una potencia inflada


En términos económicos, Rusia no es una superpotencia. Su PIB ronda los 2,1 billones de dólares, comparable al de Italia (≈2,3 billones) o Brasil (≈2,2 billones), y muy por debajo de Alemania (≈4,5 billones), Japón (≈4,2 billones) o el Reino Unido (≈3,9 billones). Incluso Canadá (≈2,01 billones en 2021) y España (≈1,46 billones en 2021) tienen un desempeño más diversificado. Esto evidencia el atraso de su modelo productivo y la dependencia estructural de su economía del gas y el petróleo.

 

Poder militar: muy lejos de la OTAN


La diferencia es aún más clara en el terreno militar. El gasto de defensa de Rusia en 2024 fue de unos 109 000 millones de USD, mientras que solo los países europeos de la OTAN sumaron más de 380 000 millones en el mismo año. Aun sin contar a Estados Unidos, Europa invierte más de tres veces lo que Moscú destina a su ejército, y lo hace con industrias tecnológicamente más avanzadas y cadenas de suministro más resilientes.

 

Energía: el mundo puede prescindir de Rusia


En 2023, Rusia representó el 12,4 % de la producción mundial de petróleo (crudo y condensados) y fue el segundo mayor productor de gas natural, con cerca del 17 % de la producción global. Sin embargo, el mundo ha demostrado que puede sustituir gran parte de esa oferta.

- Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo y gas, con capacidad de seguir incrementando producción gracias al shale oil.

- Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos tienen capacidad excedente para aumentar el bombeo.

- Irak y Brasil continúan expandiendo su producción.

- Canadá posee vastas reservas en arenas bituminosas.

- Qatar, líder en exportaciones de GNL, está ampliando sus proyectos.

- Noruega ha sustituido gran parte del gas ruso que llegaba a Europa, y Australia puede redirigir oferta hacia mercados deficitarios.

 Estos países ya demostraron desde 2022 que pueden compensar el déficit ruso sin provocar un colapso energético global. El impacto inicial puede ser un aumento temporal de precios, pero la oferta mundial es suficientemente flexible para reemplazar el petróleo y gas de Moscú sin consecuencias estratégicas de largo plazo.

 

Rusia empobrece a su propio pueblo


Entre 29 y 36 millones de rusos (20–25 % de la población) viven con menos de 4 USD al día. A diferencia de países europeos como Italia, donde los más pobres tienen acceso a sanidad pública y subsidios básicos, en Rusia el apoyo social es desigual y muchas veces ficticio. La mayoría de los pobres no recibe un ingreso garantizado, y el sistema está marcado por corrupción, burocracia y falta de recursos.

Diversos estudios estiman que Rusia ha gastado más de 200 000 millones de USD en la invasión de Ucrania y destina entre el 8 % y el 10 % de su PIB a su maquinaria militar, incluyendo propaganda y apoyo a grupos proxi en el extranjero. Mantiene reservas de oro y divisas por más de 500 000 millones de USD y un fondo soberano de otros 130 000 millones. Si esos recursos se hubieran usado de manera transparente para resolver problemas sociales, Rusia podría haber reducido drásticamente la pobreza de sus millones de ciudadanos.

El contraste es aún más escandaloso si consideramos que Moscú ha destinado en los últimos 65 años más de 160 000 millones de USD para sostener al castrismo en Cuba, un régimen que mantiene a su pueblo sin electricidad, comida ni medicinas. Con esa cifra, Rusia habría podido garantizar alimentación, vivienda y servicios básicos a sus ciudadanos más pobres durante décadas.

 

La guerra en Ucrania: un espejo de su debilidad


Tras tres años de guerra, Rusia solo ha logrado ocupar el 20 % del territorio ucraniano, a pesar de contar con una economía nueve veces mayor y una población más de tres veces superior. Esto confirma que su capacidad militar es muy limitada y que su fama se debe, principalmente, a su arsenal nuclear heredado de la URSS.

 

Conclusión: el verdadero rostro del “Tigre de Papel”


Rusia no es la superpotencia que aparenta ser. Es un país con una economía comparable a la de Italia, con una parte importante de su población viviendo en la pobreza y una maquinaria militar menos efectiva de lo que su propaganda sugiere. Su dictador es un criminal de guerra, responsable de asesinatos, del secuestro de 20 000 niños ucranianos y de la promoción del terrorismo en el mundo.

La realidad es que Rusia es un tigre de papel, que mantiene su influencia a través del miedo nuclear y la represión interna, pero que está cada vez más aislada en la escena internacional. Si Occidente mantiene su unidad, la maquinaria de Putin puede agotarse. Un futuro sin el imperialismo ruso permitiría redirigir los recursos de ese país a resolver sus propios problemas sociales, abrirse al mundo y dejar de sostener regímenes dictatoriales como el cubano.

🇬🇧 English

RUSSIA, THE PAPER TIGER
By Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Cubans—and, in general, the democratic world—have grown accustomed to the idea that Russia remains a great power, comparable to the most advanced democracies on the planet. This is not the case. Russia is, in reality, an underdeveloped country that, despite its vast geographical expanse, depends almost entirely on the export of fossil fuels to sustain its economy. The late Senator John McCain compared Russia to “a gas station masquerading as a country.”

Economy: an inflated power
In economic terms, Russia is not a superpower. Its GDP is about $2.1 trillion, comparable to Italy (≈$2.3 trillion) or Brazil (≈$2.2 trillion), and far below Germany (≈$4.5 trillion), Japan (≈$4.2 trillion), or the United Kingdom (≈$3.9 trillion). Even Canada (≈$2.01 trillion in 2021) and Spain (≈$1.46 trillion in 2021) have a more diversified performance. This reflects the backwardness of its productive model and the structural dependence of its economy on oil and gas.

Military power: far behind NATO
The gap is even clearer in the military sphere. Russia’s defense spending in 2024 was about $109 billion, while European NATO countries alone totaled more than $380 billion in the same year. Even without the United States, Europe invests more than three times what Moscow spends on its army, and it does so with more advanced industries and more resilient supply chains.

Energy: the world can do without Russia
In 2023, Russia accounted for 12.4% of global oil production (crude and condensates) and was the second-largest producer of natural gas, with about 17% of global output. Yet the world has shown it can replace much of that supply.

  • The United States is the world’s largest oil and gas producer, with capacity to keep increasing production thanks to shale oil.

  • Saudi Arabia and the UAE have spare capacity to pump more.

  • Iraq and Brazil continue to expand production.

  • Canada holds vast reserves in oil sands.

  • Qatar, the leading LNG exporter, is expanding its projects.

  • Norway has replaced much of the Russian gas that once flowed to Europe, and Australia can redirect supply to deficit markets.

These countries have already proven since 2022 that they can offset Russia’s deficit without triggering global energy collapse. The initial effect may be temporary price increases, but global supply is flexible enough to replace Moscow’s oil and gas without long-term strategic consequences.

Russia impoverishes its own people
Between 29 and 36 million Russians (20–25% of the population) live on less than $4 a day. Unlike in European countries such as Italy, where the poorest have access to public healthcare and basic subsidies, in Russia social support is uneven and often fictitious. Most of the poor receive no guaranteed income, and the system is marked by corruption, bureaucracy, and lack of resources.

Studies estimate that Russia has spent more than $200 billion on the invasion of Ukraine and allocates between 8% and 10% of its GDP to its military machinery, including propaganda and support for proxy groups abroad. It holds over $500 billion in gold and foreign currency reserves and another $130 billion in a sovereign wealth fund. If those resources had been transparently used to address social problems, Russia could have drastically reduced poverty among millions of its citizens.

The contrast is even more outrageous if we consider that Moscow has spent more than $160 billion over the last 65 years to sustain Castroism in Cuba, a regime that keeps its people without electricity, food, or medicine. With that figure, Russia could have guaranteed food, housing, and basic services for its poorest citizens for decades.

The war in Ukraine: a mirror of its weakness
After three years of war, Russia has managed to occupy only 20% of Ukrainian territory, despite having an economy nine times larger and a population more than three times greater. This confirms that its military capacity is very limited and that its reputation rests mainly on its nuclear arsenal inherited from the USSR.

Conclusion: the true face of the “Paper Tiger”
Russia is not the superpower it pretends to be. It is a country with an economy comparable to Italy’s, with a large portion of its population living in poverty, and a military machine less effective than its propaganda suggests. Its dictator is a war criminal, responsible for murders, the abduction of 20,000 Ukrainian children, and the promotion of terrorism worldwide.

The reality is that Russia is a paper tiger, maintaining its influence through nuclear fear and internal repression, but increasingly isolated on the international stage. If the West remains united, Putin’s machinery may collapse. A future without Russian imperialism would allow the country’s resources to be redirected to solving its own social problems, opening to the world, and ceasing to sustain dictatorial regimes such as Cuba’s.


🇫🇷 Français

RUSSIE, LE TIGRE DE PAPIER
Par Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Les Cubains—et, en général, le monde démocratique—se sont habitués à l’idée que la Russie demeure une grande puissance, comparable aux démocraties les plus avancées de la planète. Ce n’est pas le cas. La Russie est en réalité un pays sous-développé qui, malgré son immense territoire, dépend presque entièrement de l’exportation des combustibles fossiles pour soutenir son économie. Le défunt sénateur John McCain a comparé la Russie à « une station-service déguisée en pays ».

Économie : une puissance gonflée
Sur le plan économique, la Russie n’est pas une superpuissance. Son PIB est d’environ 2,1 billions de dollars, comparable à celui de l’Italie (≈2,3 billions) ou du Brésil (≈2,2 billions), et bien en dessous de l’Allemagne (≈4,5 billions), du Japon (≈4,2 billions) ou du Royaume-Uni (≈3,9 billions). Même le Canada (≈2,01 billions en 2021) et l’Espagne (≈1,46 billion en 2021) ont une performance plus diversifiée. Cela met en évidence le retard de son modèle productif et la dépendance structurelle de son économie au gaz et au pétrole.

Puissance militaire : loin derrière l’OTAN
La différence est encore plus évidente dans le domaine militaire. Les dépenses de défense de la Russie en 2024 ont atteint environ 109 milliards de dollars, tandis que les seuls pays européens de l’OTAN ont totalisé plus de 380 milliards la même année. Même sans les États-Unis, l’Europe investit plus de trois fois ce que Moscou consacre à son armée, et le fait avec des industries plus avancées et des chaînes d’approvisionnement plus résilientes.

Énergie : le monde peut se passer de la Russie
En 2023, la Russie représentait 12,4 % de la production mondiale de pétrole (brut et condensats) et était le deuxième producteur mondial de gaz naturel, avec environ 17 % de la production mondiale. Pourtant, le monde a montré qu’il pouvait remplacer une grande partie de cette offre.

  • Les États-Unis sont le premier producteur mondial de pétrole et de gaz, avec la capacité d’augmenter encore grâce au pétrole de schiste.

  • L’Arabie saoudite et les Émirats arabes unis disposent d’une capacité excédentaire pour accroître leur production.

  • L’Irak et le Brésil poursuivent l’expansion de leur production.

  • Le Canada possède d’immenses réserves de sables bitumineux.

  • Le Qatar, leader des exportations de GNL, développe ses projets.

  • La Norvège a remplacé une grande partie du gaz russe qui arrivait en Europe, et l’Australie peut réorienter son offre vers les marchés déficitaires.

Ces pays ont déjà démontré depuis 2022 qu’ils peuvent compenser le déficit russe sans provoquer un effondrement énergétique mondial. L’effet initial peut être une hausse temporaire des prix, mais l’offre mondiale est suffisamment flexible pour remplacer le pétrole et le gaz de Moscou sans conséquences stratégiques à long terme.

La Russie appauvrit son propre peuple
Entre 29 et 36 millions de Russes (20–25 % de la population) vivent avec moins de 4 dollars par jour. Contrairement aux pays européens comme l’Italie, où les plus pauvres ont accès à la santé publique et aux aides de base, en Russie le soutien social est inégal et souvent fictif. La majorité des pauvres ne reçoit aucun revenu garanti, et le système est marqué par la corruption, la bureaucratie et le manque de ressources.

Diverses études estiment que la Russie a dépensé plus de 200 milliards de dollars dans l’invasion de l’Ukraine et consacre entre 8 % et 10 % de son PIB à sa machine militaire, y compris la propagande et le soutien à des groupes proxi à l’étranger. Elle détient plus de 500 milliards de dollars en réserves d’or et de devises, ainsi qu’un fonds souverain de 130 milliards. Si ces ressources avaient été utilisées de manière transparente pour résoudre les problèmes sociaux, la Russie aurait pu réduire considérablement la pauvreté de millions de ses citoyens.

Le contraste est encore plus scandaleux si l’on considère que Moscou a consacré, au cours des 65 dernières années, plus de 160 milliards de dollars pour soutenir le castrisme à Cuba, un régime qui maintient son peuple sans électricité, sans nourriture ni médicaments. Avec cette somme, la Russie aurait pu garantir alimentation, logement et services de base à ses citoyens les plus pauvres pendant des décennies.

La guerre en Ukraine : un miroir de sa faiblesse
Après trois ans de guerre, la Russie n’a réussi à occuper que 20 % du territoire ukrainien, malgré une économie neuf fois plus importante et une population plus de trois fois supérieure. Cela confirme que sa capacité militaire est très limitée et que sa réputation repose principalement sur son arsenal nucléaire hérité de l’URSS.

Conclusion : le véritable visage du “Tigre de Papier”
La Russie n’est pas la superpuissance qu’elle prétend être. C’est un pays dont l’économie est comparable à celle de l’Italie, avec une part importante de la population vivant dans la pauvreté et une machine militaire moins efficace que ne le suggère sa propagande. Son dictateur est un criminel de guerre, responsable d’assassinats, de l’enlèvement de 20 000 enfants ukrainiens et de la promotion du terrorisme dans le monde.

La réalité est que la Russie est un tigre de papier, qui maintient son influence par la peur nucléaire et la répression interne, mais qui est de plus en plus isolée sur la scène internationale. Si l’Occident maintient son unité, la machine de Poutine peut s’épuiser. Un avenir sans impérialisme russe permettrait de rediriger les ressources de ce pays vers la résolution de ses propres problèmes sociaux, de s’ouvrir au monde et de cesser de soutenir des régimes dictatoriaux comme celui de Cuba.


🇮🇹 Italiano

RUSSIA, LA TIGRE DI CARTA
Di Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

I cubani—e, in generale, il mondo democratico—si sono abituati all’idea che la Russia sia ancora una grande potenza, paragonabile alle democrazie più avanzate del pianeta. Non è così. La Russia è, in realtà, un paese sottosviluppato che, nonostante la sua immensa estensione geografica, dipende quasi interamente dall’esportazione di combustibili fossili per sostenere la propria economia. Il defunto senatore John McCain paragonò la Russia a «una stazione di servizio travestita da paese».

Economia: una potenza gonfiata
In termini economici, la Russia non è una superpotenza. Il suo PIL si aggira intorno ai 2,1 trilioni di dollari, paragonabile a quello dell’Italia (≈2,3 trilioni) o del Brasile (≈2,2 trilioni), e molto al di sotto della Germania (≈4,5 trilioni), del Giappone (≈4,2 trilioni) o del Regno Unito (≈3,9 trilioni). Anche il Canada (≈2,01 trilioni nel 2021) e la Spagna (≈1,46 trilioni nel 2021) hanno una performance più diversificata. Ciò evidenzia l’arretratezza del suo modello produttivo e la dipendenza strutturale della sua economia dal gas e dal petrolio.

Potere militare: molto lontano dalla NATO
La differenza è ancora più evidente nel campo militare. La spesa per la difesa della Russia nel 2024 è stata di circa 109 miliardi di dollari, mentre i soli paesi europei della NATO hanno totalizzato oltre 380 miliardi nello stesso anno. Anche senza gli Stati Uniti, l’Europa investe più di tre volte quanto Mosca destina al proprio esercito, e lo fa con industrie tecnologicamente più avanzate e catene di approvvigionamento più resilienti.

Energia: il mondo può fare a meno della Russia
Nel 2023, la Russia ha rappresentato il 12,4 % della produzione mondiale di petrolio (greggio e condensati) ed è stato il secondo produttore di gas naturale, con circa il 17 % della produzione globale. Tuttavia, il mondo ha dimostrato di poter sostituire gran parte di quell’offerta.

  • Gli Stati Uniti sono il maggior produttore mondiale di petrolio e gas, con la capacità di aumentare ulteriormente la produzione grazie allo shale oil.

  • L’Arabia Saudita e gli Emirati Arabi Uniti dispongono di capacità in eccesso per aumentare l’estrazione.

  • L’Iraq e il Brasile continuano ad espandere la produzione.

  • Il Canada possiede vaste riserve nelle sabbie bituminose.

  • Il Qatar, leader nelle esportazioni di GNL, sta ampliando i suoi progetti.

  • La Norvegia ha sostituito gran parte del gas russo destinato all’Europa, e l’Australia può dirottare l’offerta verso mercati in deficit.

Questi paesi hanno già dimostrato dal 2022 di poter compensare il deficit russo senza provocare un collasso energetico globale. L’impatto iniziale può essere un aumento temporaneo dei prezzi, ma l’offerta mondiale è sufficientemente flessibile per sostituire il petrolio e il gas di Mosca senza conseguenze strategiche a lungo termine.

La Russia impoverisce il proprio popolo
Tra 29 e 36 milioni di russi (20–25 % della popolazione) vivono con meno di 4 dollari al giorno. A differenza di paesi europei come l’Italia, dove i più poveri hanno accesso alla sanità pubblica e a sussidi di base, in Russia il sostegno sociale è diseguale e spesso fittizio. La maggior parte dei poveri non riceve alcun reddito garantito e il sistema è segnato da corruzione, burocrazia e mancanza di risorse.

Studi diversi stimano che la Russia abbia speso oltre 200 miliardi di dollari per l’invasione dell’Ucraina e destini tra l’8 % e il 10 % del PIL alla propria macchina militare, compresa la propaganda e il sostegno a gruppi proxi all’estero. Mantiene riserve in oro e valute per oltre 500 miliardi di dollari e un fondo sovrano di altri 130 miliardi. Se tali risorse fossero state utilizzate in modo trasparente per risolvere i problemi sociali, la Russia avrebbe potuto ridurre drasticamente la povertà di milioni di suoi cittadini.

Il contrasto è ancora più scandaloso se consideriamo che Mosca ha destinato, negli ultimi 65 anni, oltre 160 miliardi di dollari per sostenere il castrismo a Cuba, un regime che tiene il suo popolo senza elettricità, cibo o medicine. Con quella cifra, la Russia avrebbe potuto garantire alimentazione, abitazioni e servizi di base ai suoi cittadini più poveri per decenni.

La guerra in Ucraina: uno specchio della sua debolezza
Dopo tre anni di guerra, la Russia è riuscita a occupare solo il 20 % del territorio ucraino, nonostante un’economia nove volte più grande e una popolazione più di tre volte superiore. Questo conferma che la sua capacità militare è molto limitata e che la sua fama si deve principalmente all’arsenale nucleare ereditato dall’URSS.

Conclusione: il vero volto della “Tigre di Carta”
La Russia non è la superpotenza che pretende di essere. È un paese con un’economia paragonabile a quella dell’Italia, con una parte importante della popolazione che vive nella povertà e una macchina militare meno efficace di quanto suggerisca la sua propaganda. Il suo dittatore è un criminale di guerra, responsabile di omicidi, del rapimento di 20 000 bambini ucraini e della promozione del terrorismo nel mondo.

La realtà è che la Russia è una tigre di carta, che mantiene la propria influenza attraverso la paura nucleare e la repressione interna, ma che è sempre più isolata sulla scena internazionale. Se l’Occidente mantiene la propria unità, la macchina di Putin può esaurirsi. Un futuro senza imperialismo russo permetterebbe di reindirizzare le risorse del paese alla risoluzione dei propri problemi sociali, all’apertura verso il mondo e alla fine del sostegno a regimi dittatoriali come quello cubano.

 

Leer más

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com