DE KENNEDY A TRUMP: CUÁNDO UNA CRISIS DEJA DE SER NEGOCIABLE
Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Hay momentos en la historia en los que negociar ya no basta. No porque la diplomacia falle en su intención, sino porque deja de cambiar la realidad.
Eso fue exactamente lo que enfrentó John F. Kennedy en 1962 durante la crisis de los misiles en Cuba. Y, aunque el contexto es distinto, es una lógica que hoy vuelve a aparecer en la relación de Estados Unidos con Irán.
Kennedy no actuó de inmediato. No bombardeó Cuba, no invadió. Eligió el bloqueo, presionó y mantuvo abiertas las conversaciones. Pero no lo hizo para ganar tiempo indefinidamente. Lo hizo para evaluar si el tiempo jugaba a su favor o en su contra.
El punto decisivo llegó cuando entendió tres cosas: la amenaza se estaba volviendo permanente, la negociación no daba resultados y no actuar empezaba a ser más peligroso que actuar. En ese momento, la acción dejó de ser una opción y pasó a ser una necesidad.
Hoy, Donald Trump enfrenta una situación que, aunque diferente, sigue una lógica parecida. Irán continúa con su desarrollo nuclear, el Golfo Pérsico se ha convertido en un punto de tensión con impacto económico global, y las negociaciones no logran producir resultados claros.
La diferencia es importante: Kennedy enfrentaba una amenaza inmediata. Trump enfrenta una amenaza progresiva. Pero el fondo es el mismo: una situación que, si no cambia, se consolida.
El Golfo Pérsico no es solo una zona de conflicto. Es una pieza clave del sistema económico mundial. Por el estrecho de Ormuz pasa una parte enorme del petróleo del planeta. Cuando ese flujo se ve afectado, suben los precios, se alteran los mercados y se transmite inestabilidad a toda la economía global.
Por eso, garantizar que ese flujo continúe no es solo una cuestión militar. Es una demostración de poder. Quien logra mantener abierto el Golfo no solo controla una ruta: influye en la economía del mundo.
En este contexto, Estados Unidos no está eligiendo entre negociar o presionar. Está haciendo ambas cosas al mismo tiempo. Habla de negociación, pero mantiene presión económica, presencia militar y capacidad de acción inmediata. Eso no es contradicción, es estrategia.
Desde el lado iraní, la situación se ve de otra forma. No hay confianza. Estados Unidos ha roto acuerdos antes, ha mantenido presión constante y combina discurso con acción. Para Irán, la negociación no es garantía de nada. Es, en el mejor de los casos, una fase dentro de algo mayor.
Y eso endurece su postura.
Toda crisis tiene un punto crítico. No es un día específico, sino una acumulación de factores. Llega cuando la amenaza se vuelve estable, la negociación deja de funcionar y el costo de no actuar supera al de actuar.
Kennedy llegó a ese punto en Cuba. La pregunta hoy es si Trump se está acercando a ese mismo momento.
Pero aquí hay una diferencia fundamental. Kennedy tenía un país más unido, más confianza institucional y más margen para esperar. Trump no. Trump gobierna en un entorno polarizado, con presión constante y con una necesidad clara de mostrar resultados.
Eso cambia todo.
Significa que Trump tiene menos tiempo político para sostener una crisis sin resolverla. Donde Kennedy podía esperar más, Trump tiene incentivos para actuar antes, si cree que puede controlar el resultado.
Y ahí está la clave de todo.
No se trata de evitar el riesgo. Eso es imposible. Se trata de elegir el riesgo que se cree manejable. Si Trump considera que puede controlar el Golfo, minimizar las bajas y mejorar la situación económica, entonces el riesgo de actuar puede parecer menor que el riesgo de no hacerlo.
Hoy no estamos en guerra abierta. Pero tampoco estamos en estabilidad. Estamos en un punto intermedio: presión creciente, posicionamiento estratégico y evaluación constante.
Trump no ha cruzado todavía el punto de acción. Pero está cada vez más cerca.
La historia no se repite, pero muchas veces rima. Kennedy demostró que la fuerza puede usarse sin perder el control. Pero también dejó una lección clara: llega un momento en que no actuar deja de ser prudente y pasa a ser peligroso.
La verdadera pregunta hoy no es si todavía se puede negociar.
La pregunta es cuánto tiempo más esa negociación seguirá siendo suficiente.


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