CUANDO LA ESTABILIDAD RETRASA LA DEMOCRACIA
Por Francisco Condis y Troyano
Miembro del Comité Ejecutivo del Cuba Independiente y Democrática (CID)
"El ser humano aprende con sus errores y, como le gusta aprender, sigue cometiendo los mismos errores."
La política impulsada por Donald Trump y Marco Rubio parece partir de la premisa de que la estabilidad económica y política de los regímenes autoritarios constituye un paso previo para crear las condiciones de una futura transición democrática. Paralelamente, ese enfoque buscaría preservar y fortalecer los intereses estratégicos de Estados Unidos en esos países.
No es una política nueva. Distintas administraciones estadounidenses intentaron aplicarla anteriormente en Afganistán, Irak y Vietnam, con resultados ampliamente conocidos. Estados Unidos parece ser uno de los pocos países que insiste en repetir la misma estrategia, convencido de que, como decía un pensador húngaro cuyo nombre hoy no recuerdo: "El ser humano aprende con sus errores y, como le gusta aprender, sigue cometiendo los mismos errores."
Quisiera analizar esa política a la luz de mi propia experiencia en Polonia.
Durante las décadas de 1970 y 1980, las democracias occidentales observaron prácticamente en silencio cómo los polacos intentaban liberarse del dominio comunista. Al mismo tiempo, los gobiernos occidentales concedieron enormes préstamos al propio régimen comunista para estabilizar la economía del país. Cuando el sistema finalmente colapsó, la deuda externa ascendía a unos 40.000 millones de dólares.
En aquellos años, la prioridad era la estabilidad; la democracia podía esperar.
Incluso cuando en 1980 la Unión Soviética amenazó con intervenir militarmente para aplastar el naciente movimiento Solidaridad, la Administración de Ronald Reagan mostró firmeza frente a Moscú y el Kremlin prefirió dejar que fueran los propios comunistas polacos quienes resolvieran la crisis. El resultado fue el autogolpe del general Wojciech Witold Jaruzelski en diciembre de 1981, que impuso la ley marcial y prolongó durante varios años la supervivencia del régimen.
La ayuda financiera occidental permitió que el sistema comunista sobreviviera casi dos décadas más. Durante ese tiempo, la nomenclatura acumuló privilegios y recursos que posteriormente le facilitarían apropiarse legalmente de una parte importante de la economía polaca cuando llegó la democracia en 1989.
La estabilidad volvió a imponerse sobre la democracia, a costa del sufrimiento del pueblo polaco.
Sin embargo, Polonia tenía una circunstancia que hoy no existe ni en Cuba ni en Venezuela.
El general Wojciech Witold Jaruzelski —a quien tuve el honor de conocer y con quien conversé en dos ocasiones— era un militar profundamente patriota. De origen noble y católico, amaba sinceramente a Polonia y entendía que el país necesitaba encontrar una salida. Nada semejante puede decirse de las actuales cúpulas militares cubanas o venezolanas.
A finales de los años ochenta la economía polaca estaba destruida. Las huelgas crecían, la población había perdido toda confianza en el régimen y, además, la llegada de la perestroika impulsada por Mijaíl Gorbachov modificaba profundamente el escenario internacional. En ese contexto, Jaruzelski aceptó negociar con Lech Wałęsa, líder del movimiento Solidaridad, que ya reunía a más de dos millones de afiliados.
Así nació la Mesa Redonda de 1989.
De aquellas negociaciones surgió un acuerdo para celebrar elecciones parcialmente libres. Todos los escaños del Senado quedarían abiertos a la competencia electoral, mientras que únicamente el 35 % de los escaños del Sejm —la cámara que elegía al primer ministro— serían disputados libremente. El restante 65 % permanecería reservado al Partido Obrero Unificado Polaco y a sus aliados comunistas.
Los resultados sorprendieron a todos.
Solidaridad obtuvo el 99 % de los escaños del Senado y conquistó la totalidad de los puestos del Sejm que estaban abiertos a la oposición. Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó en el momento de elegir al nuevo jefe de gobierno. El Partido Campesino, aliado tradicional de los comunistas, rompió la coalición oficialista tras alcanzar un acuerdo con Bronisław Geremek y Lech Wałęsa. Gracias a ese cambio de alianzas, el intelectual católico Tadeusz Mazowiecki fue elegido primer ministro el 24 de agosto de 1989, convirtiéndose en el primer jefe de gobierno no comunista de todo el bloque soviético desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En enero de 1990 tuve el privilegio de recibir en mi universidad a varios ministros de ese nuevo gobierno.
La experiencia polaca deja una enseñanza clara. La pérdida de credibilidad de un régimen autoritario y su incapacidad para responder a las necesidades de la población no producen, por sí solas, una transición democrática. Es indispensable la existencia de una sociedad organizada, capaz de ejercer una presión sostenida sobre el poder y obligarlo a negociar cambios reales.
A esa misma conclusión llega el estudio de Izabela Tkocz y Jesús Adolfo Trujillo, publicado en 2020 por la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, titulado ¿Qué valió la pena? Treinta años de la Mesa Redonda en Polonia (1989-2019).
El llamado "milagro polaco" fue posible gracias a la coincidencia de cinco factores: un papa polaco (Juan Pablo II), un dirigente reformista en Moscú (Mijaíl Gorbachov), un general que antepuso su país a la ideología (Wojciech Witold Jaruzelski), un líder obrero con legitimidad nacional (Lech Wałęsa) y, por encima de todo, un pueblo decidido a recuperar su libertad.
La experiencia de Polonia demuestra que la estabilidad de un régimen autoritario no conduce automáticamente a la democracia. Cuando esa estabilidad no va acompañada del fortalecimiento de una oposición organizada y de una sociedad civil capaz de exigir cambios, termina prolongando la vida de la dictadura. La democracia no nace de la estabilidad del poder, sino de la voluntad de un pueblo decidido a conquistar su libertad.
¿Se cometerá ahora en Venezuela y Cuba el mismo error de priorizar la estabilidad dictatorial como supuesto camino hacia la democracia?


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