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El fracaso de TV Martí: Capítulo final

El propósito de nuestros enemigos es descarrilar a la Voz del CID y a TeleCid. Si las armas apuntan en este momento hacia mí, es una cuestión estrictamente circunstancial. Creen que eliminándome dejan a mi padre y al CID sin su brazo derecho. Podría parecer así, pero estoy seguro de que, aunque mi padre es el factor de cohesión, la organización no depende de una persona. Mi responsabilidad es la Secretaría de Prensa e Información, encargada de las transmisiones de radio y televisión hacia Cuba; cada grupo de trabajo funciona casi en forma independiente, con personas capaces y dedicadas.

No por eso podía pasar por alto la seriedad de la situación: La posibilidad de que la dictadura tuviera un agente secreto en Washington que nos estuviese perjudicando, o algo aun más serio. Jeane Kirkpatrick me había comentado sobre lo mismo cuando era embajadora de los Estados Unidos en la ONU y miembro del Consejo de Seguridad Nacional del gobierno de Ronald Reagan.

En una recepción la vi mirarme fijamente, como si tratara de comunicarme algo con urgencia. Caminé pasando cerca de donde estaba y se me acercó; con discreción y en voz casi imperceptible me dijo:

-Cuidado, tenemos la sospecha de que la persona con la que estás conversando puede estar trabajando para la otra parte. Cuando me veas salir sígueme, que quiero hablarte.

Cuando Kirkpatrick se despedía fui hasta el elevador. Allí, acompañada de dos guardaespaldas que parecían jugadores de futbol americano me dijo:

-Te pedí que vinieras porque no tenía tiempo de verte en la oficina y necesito un favor. ¿Conoces a …….? Se refería a un famoso personaje latinoamericano.

-No, no lo conozco.

-Necesito que lo vayas a ver, lo que tengo que transmitirle no puede hacerlo el embajador nuestro. Quiero que de parte mía le digas “………. ”

El mensaje era fuerte, la persona a quien iba dirigida era polémica y además ella exigía una respuesta. Pero era mi amiga y quería corresponderle. Kirkpatrick tenía roces en el Consejo de Seguridad Nacional; el mensaje que llevaría podía ser conflictivo si se conocía en el Departamento de Estado y si se filtraba a la prensa se haría un escándalo.

-Ok; yo voy y te traigo una respuesta.

Lo que me comentó después me sorprendió bastante más.

-Te voy a decir algo que debe quedar entre los dos: Lo de Cuba no es fácil y tú tienes un camino muy largo por delante, no lo olvides. Hay documentos en Washington relacionados con Cuba que a mí no me permiten leer, están en una caja de seguridad. Esto me preocupa y me disgusta.

Pasaron varios años. Ahora quien necesitaba ayuda era yo, pero Jeane Kirkpatrick ya no estaba en el gobierno. Había una conspiración para desmantelarnos y acusaciones personales contra mí.

Hice dos viajes a Washington. Esperaba que alguien me recriminara sobre el proyecto de TeleCID, pero nosotros no teníamos que pedir permiso y yo no iba a dar explicaciones. Además, cuando las autoridades norteamericanas amenazaron con mandarme a la cárcel por dos años, multarme con $200,000 y deportarme cuando cumpliera la condena, conseguimos el apoyo de un presidente latinoamericano para transmitir la televisión a Cuba, usando la bandera de su país en un barco.

Después de un encuentro en que inusitadamente se discutió la legalidad de las transmisiones de radio que no se hacían desde Estados Unidos, una persona que siempre me había demostrado una franqueza casi brutal y una amistad sincera me dijo en privado:

-Trata de sacar de los Estados Unidos lo que puedas de la programación de radio y vete, no demores. Huber… no te he dicho nada y no me preguntes nada.

Regresé a Miami rápidamente y viajé a Costa Rica. Con anterioridad la mayor parte de los programas de radio se habían hecho en San José. Luego se fueron haciendo en Miami, desde donde se enviaban por satélite al transmisor en otro lugar de Latinoamérica, y desde allí a Cuba.

De vuelta en Miami me esperaba una extraña sorpresa. En Cuba había un personaje importante del gobierno con quien yo quería establecer contacto. Meses atrás había conversado el asunto con un funcionario de alto nivel de la CIA, advirtiéndole que si ellos trataban de hacer el contacto fracasarían. Yo haría el trabajo y si había información que les sirviera podíamos compartirla. No quería ni el pago de los gastos, lo único que necesitaba era que me avisaran en qué país se encontraba, cuando la persona hiciera un viaje fuera de Cuba. En eso quedamos.

Pero en Miami, por una falla de un agente del FBI, me entero de que ellos estaban al tanto de lo del individuo en Cuba y de la forma en que nosotros lo pensábamos contactar. ¿Por qué un agente del FBI de Miami tenía que saber esto? El FBI no tiene nada que ver con inteligencia fuera de los Estados Unidos. Además, si lo sabía el FBI en Miami ¿que me garantizaba que no lo supiera ya el servicio de inteligencia castrista? ¿Cómo lo supo el FBI en Miami? ¿Se habrían enterado monitoreando un teléfono o habría sido la CIA? Que yo supiera, nada de este asunto se había conversado por teléfono. ¿Traición o descuido? Me prometí que nunca más esto me volvería a pasar. Hablé con la persona que serviría de contacto y le dije: “borra el asunto de tu memoria y si te vienen a chantajear mándalos al carajo, sea la CIA o sea el FBI, aquí hay una trampa y por error mío o de ellos van a fusilar un hombre en Cuba.” El objetivo era un alto oficial de las fuerzas armadas que luego murió.

Una semanas después, estando en Washington recibí una llamada de Miami. Había una crisis en un negocio médico en que yo era uno de los accionistas.

-Han llegado muchísimos agentes del FBI, vinieron con periodistas y con la televisión, preguntaron por las armas y el dinero. El único dinero que encontraron era el de la recepcionista, ella tenía $2000 para comprar un auto y casi se los quitan; por suerte pudo demostrarlo llamando al lugar donde iba a comprar el auto. Hay un caos, los pacientes están asustados y los médicos también. Se han llevado todos los expedientes y no podemos trabajar.

Me quedé estupefacto. Hacía menos de un mes un “amigo” me había ofrecido 400 libras de explosivo regalados. Aquella oferta me pareció fuera de lugar, nosotros no éramos terroristas y no la acepté.

En Miami un abogado experto estudió la situación. Sus comentarios no fueron nada esperanzadores: “Ustedes están en problemas y yo no creo que pueda ayudarlos; esto no es una cuestión legal, es un asunto político contra el Sr. Matos.” Le insistí en que vivíamos en los Estados Unidos y que allí se respetaban las leyes. “Si”, me respondió, “eso lo enseñan en las escuelas, pero en un caso así los únicos que tienen los recursos para enfrentarse con el gobierno federal son IBM o AT&T, y usted no es ninguna de las dos.”

La clínica continuó funcionado porque un juez obligó al FBI a permitir que se hicieran copias de los miles de expedientes médicos que se habían llevado. Poco tiempo después, por presiones del FBI, Medicare suspendió los pagos. Todavía no se había celebrado un juicio, pero ya el negocio estaba en la quiebra y con la reputación destruida.

Entre aquellos miles de expedientes se encontraron un grupo muy pequeño de procedimientos médicos que habían sido ordenados por doctores como diagnósticos preventivos, pero que podían parecer, a los ojos de un inexperto, hechos con la intención de estafar a Medicare. Era un asunto especializado que tenían que evaluar doctores en lugar de policías.

Otras acusaciones sobre pago de comisiones también eran debatibles, pero nuestro abogado insistía en que todo era un asunto político. Nunca aparecieron los millones de dólares de la supuesta estafa. En ninguna cuenta de banco, ni en ningún gasto de nadie. Pero el daño a mi reputación, e indirectamente al CID, estaba hecho. Silvino había tenido siempre la razón. Y lo peor era que no podía defenderme de las acusaciones.

Para defenderme tenía que hacer pública información confidencial y comprometedora: Cuáles eran mis verdaderas actividades, qué países, qué servicios secretos, qué presidentes, qué ministros nos ayudaban. Quiénes eran mis relaciones, de dónde venia el dinero, etc. Eran demasiadas personas y gobiernos que habían confiado en nuestra discreción y compromiso. ¿Les iba a pedir que vinieran de testigos? Yo no podía ponerlos al descubierto. Hablar equivalía a liquidar a la Voz del CID , a TeleCID y a la organización. Si hablaba, la dictadura armaría un escándalo mayúsculo.

Callar era mi única opción para intentar salvar las transmisiones a Cuba. Eso era mucho más importante que mi prestigio. Callé por quince años. Hoy lo que diga la dictadura ya no tiene ninguna credibilidad, muchas de las personas que nos ayudaron ya no están en posiciones claves y sobre lo que no debo hablar, seguiré guardando silencio.

Con el problema de la clínica en los medios, y mi reputación cuestionada, mi padre tendría que hacerse cargo de la operación de la Voz del CID; le sobraba capacidad para hacerlo. El proyecto de TeleCID era otro asunto. Empezamos a tener problemas económicos, los ingresos disminuyeron considerablemente y lo peor estaba por delante. Le dije a mi esposa que teníamos que poner aproximadamente $200,000 dólares, que era el ahorro de toda la vida, incluido lo que habíamos ganado de la venta de una casa en Miami y parte de un restaurante en Costa Rica, y los ahorros de las ganancias de la fábrica de ropa y de tres tiendas. Ella, que era otro soldado, estuvo de acuerdo. El dinero se gastó en el proyecto de radio.

Regresé a Costa Rica. La fábrica de ropa y las tres tiendas que había dejando doce años atrás estaban casi en la quiebra. Mi esposa y mis hijos no podían venir de Miami porque no teníamos dinero. Robert Wilkinson, el amigo y agente de la CIA, le prestó $5000 para que sobreviviera unos meses. El había tenido razón, algo terrible me habría de pasar. Quizás hasta supo lo que sucedería.

Entonces se apareció un agente de la CIA a conversar con mi esposa en Miami. Era un cubano de mediana edad que ya hace rato debe estar retirado; seguramente leerá estas líneas. Ya sabían que nuestros ahorros se habían evaporado, le ofreció darle $200,000 dólares a cambio de que yo le suministrara la lista de todas las personas que habían trabajado en los proyectos. Pero ella ni me consultó y le dijo: “Ustedes saben cómo es mi marido, y saben que no va a aceptar.”

La Voz del CID seguía transmitiendo, pero el no poder responder a las acusaciones contra mí me afectaba seriamente. Una tarde en San José, en el cuarto de la casa de mis suegros donde dormía, no pude contenerme más y lloré amargamente. Lloré como nunca lo había hecho en mi vida. Le reclamé a Dios por lo que me estaba sucediendo. Le dije que El mejor que nadie sabía cómo había cuidado el nombre de mi padre, que era mi más preciada herencia, que era lo que tenía para ayudar a mi pueblo y dejar a mis hijos. “Tú sabes –le dije entre sollozos- cuántas oportunidades tuve de hacer negocios turbios y nos lo hice; de quedarme con parte de los millones de dólares que había manejado con absoluta discreción y no lo hice. No lo hice porque eran recursos tuyos confiados a mí. ¿Por qué, Dios mío, por qué me está pasando esto?”

Cuando el llanto cedió no sé por que dirigí la vista hacia la mesa de noche; allí había una Biblia. Me pareció curioso, yo creía en Dios pero no era hombre de ir a la iglesia. Me senté en la cama, la tomé y la abrí al azar. Era la historia de Job, aquel personaje bíblico cuya lealtad Dios probó permitiendo que el diablo le quitara todos su bienes. En su desgracia Job siguió leal a Dios y por eso luego fue recompensado. Yo pensé, no voy a creerme que esto es una respuesta de Dios, no soy de los que creen oír Su voz o leer Su pensamiento, pero tal vez esto no es accidental. A lo mejor me está probando o me está entrenando. En ese instante decidí pasar la prueba; algo me llenó de tranquilidad y determinación.

La Voz del CID siguió transmitiendo por algunos meses, hasta que alguien dio la orden de apagar el transmisor. Mi padre pidió ayuda a los congresistas cubano-americanos Ileana Ross, Lincoln Díaz-Balart y Bob Menéndez. En Washington ellos y mi padre se reunieron con el presidente del país donde estaba el transmisor. Mi padre le explicó al presidente lo importante que era la programación de radio para la lucha por la libertad del pueblo cubano. Los congresistas lo apoyaron. El presidente les aseguró que tan pronto regresara a su país daría órdenes para que se nos permitiera comenzar a transmitir de nuevo.

Así fue. La Voz del CID salió al aire, pero después de varios días se presentó el embajador norteamericano en el Ministerio de Defensa con una amenaza: Si ustedes permiten que esa emisora sigua transmitiendo, nosotros les vamos a quitar a ustedes toda la ayuda militar y también la asistencia al gobierno. Unas horas después la Voz del CID fue silenciada para siempre. Bill Clinton era el presidente de los Estados Unidos.

Desde aquellos tiempos hasta hoy el gobierno norteamericano ha gastado en Radio y TV Martí cientos de millones de dólares. Una buena parte de esos recursos han sido dedicados a TV Martí, una estación que no se ve en Cuba, lo que viene a darle una especie de victoria permanente a la dictadura. TV Martí podría verse si utilizaran la técnica de propagación que fue un éxito para TeleCID. ¿Cuánto se podría haber hecho con 500 millones de dólares? Siempre recuerdo aquella expresión del amigo presidente latinoamericano: “Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en Cuba.”

En la década de los noventas el CID, Cuba Independiente y Democrática, era la única organización del exilio cubano con un mensaje de libertad, progreso, justicia social y soberanía nacional que había logrado dentro de Cuba credibilidad y respeto. Tenía los medios de comunicación –la Voz del CID– y estaba a punto de iniciar en forma regular las transmisiones de televisión a Cuba.

Esa credibilidad se basaba en cuatro pilares:

1) No se planteaba un mensaje contra-revolucionario ni anticastrista, sino demócrata y revolucionario


2) No predicábamos la violencia, sino la necesidad de que el pueblo y los militares cubanos llegaran a un acuerdo para lograr un cambio hacia una democracia solidaria con los más necesitados, respetuosa de los derechos humanos y capaz de brindar a la actividad privada el clima que permitiera el desarrollo económico del país, dentro de parámetros de responsabilidad social.


3) No éramos enemigos de los Estados Unidos ni tampoco sus incondicionales. Nos identificábamos principalmente con Latinoamérica, con los grandes problemas de exclusión en nuestros países, con la pobreza, el racismo etc. Repudiábamos las dictaduras y la corrupción de los políticos que debilitaban las democracias de la región.


4) La dirigía un comandante que se había destacado por su capacidad y audacia en la Sierra Maestra, y que a seis meses del triunfo de la revolución, en Octubre de 1959, había denunciado públicamente la traición de los ideales democráticos prometidos a la nación, arriesgándose al fusilamiento por tratar de abrirle los ojos a un pueblo que en ese momento creía ciegamente en Fidel Castro. Un hombre que durante dos décadas de prisión no claudicó un centímetro, no aceptó ofertas de liberación condicionada y hasta el último día mantuvo una rebeldía frontal contra el sistema y sus carceleros.



El régimen castrista, que desde su vuelco al marxismo leninismo se había convertido en parásito de la URSS, quedó sin su fuente de subsidio con el desplome del imperio soviético en 1990. Nunca el régimen había estado más vulnerable y el regreso a los niveles de vida anteriores era prácticamente imposible. Era el momento propicio para que el CID comenzara su crecimiento exponencial en la isla. Nosotros teníamos información de que la dictadura estaba completamente consciente de ese potencial. Tratarían de detenernos a cualquier costo.


Por otro lado, había en esos momentos una organización en el exilio, la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) dirigida por un cubano millonario hábil y trabajador: Jorge Mas Canosa. Con millones de dólares que recogían entre sus afiliados, los hombres más ricos del exilio, habían logrado desarrollar un poder de cabildeo formidable en Washington. Podían intimidar o persuadir a cualquier político en el congreso. Hasta el Presidente de los Estados Unidos prefería tenerlos de su lado. Controlaban Radio Martí, TV Martí y todo lo que tuviera que ver con Cuba de parte del gobierno federal. Hasta la Agencia Central de inteligencia -CIA- les temía. El hecho de que la Voz del CID tuviera más credibilidad que Radio Martí en Cuba les enfermaba y les preocupaba, principalmente a Mas Canosa, quien ambicionaba ser el próximo presidente de Cuba a cualquier costo.


Habían embarcado a Washington en el multimillonario proyecto de TV Martí, que desde el principio nosotros sabíamos que sería un fracaso. Cuando se dieron cuenta de que la señal de televisión de TeleCID sí llegaría a Cuba y sería difícil de bloquear, decidieron declararnos la guerra total, la guerra que hasta ese momento había sido sutil aunque efectiva. El preso político plantado Silvino Rodríguez Barrientos me lo advirtió. Él tenía información confidencial de la decisión. Cuando el representante de la Florida en el Congreso comenzó a señalar, en reuniones secretas en Washington, que Huber Matos hijo iba a hacer quedar en ridículo al gobierno federal, me di cuenta de que la ofensiva era a lo grande y a muerte.


La Fundación Cubano Americana tenía otro serio problema, el más grave: era una organización de cubanos millonarios del exilio aliados al gobierno norteamericano. Con esa imagen no tenían ninguna posibilidad de afinidad con el pueblo cubano en aquellas circunstancias.


La dictadura castrista y la Fundación Cubano Americana se lanzaron al ataque contra el CID. Era una cuestión de supervivencia para ambos. Tenían influencias y recursos casi ilimitados, y una absoluta falta de escrúpulos.


Como he relatado, el gobierno norteamericano amenazó con suspender la ayuda al país que nos amparó y asistió con las transmisiones de la Voz del CID si continuaba transmitiendo a Cuba. Eso es insólito pero real. Estoy seguro de que la dictadura le hizo una oferta al gobierno norteamericano y la aceptaron. No hay otra explicación que pueda justificar semejante amenaza a una república latinoamericana. Ya yo no dirigía la Voz del CID, yo estaba arrinconado, desprestigiado y sin recursos en Costa Rica. Mi padre era y siempre había sido el líder de nuestra organización, dirigía la Voz del CID, y su honestidad nunca había sido cuestionada.


Este relato no es una prédica contra los Estados Unidos. Admiro a ese país, su sistema de gobierno y su pueblo. Durante su historia han cometido grandes errores y logrado grandes aciertos. A la hora de la balanza, es un experimento democrático único en la historia de la humanidad. En vez de criticarlos debemos aprender de ellos. Por otra parte, no comparto la ausencia de solidaridad prevalente en la sociedad norteamericana con los marginados y los pobres; en ese sentido Costa Rica es un ejemplo muy superior.


Ni es este un relato contra los millonarios cubanos que apoyaron a la Fundación Cubano Americana. Entre ellos hay varios cínicos y unos cuantos patriotas. También mucha gente humilde y trabajadora que les creyó y los apoyó. Uno de los hombres más dedicados y capaces del exilio cubano es Frank Calzón, quien con su disciplina y tenacidad le abrió las puertas a la Fundación en Washington y luego se apartó, para seguir luchando hasta el día de hoy por la libertad de Cuba.


El CID está vivo, sus ideales son tan válidos hoy como ayer. En Cuba hay miles de compatriotas que serán parte de su partido político, inspirados en el propósito de alcanzar la realidad del sueño de José Martí, en los auténticos ideales democráticos de la Revolución Cubana y en el ejemplo de Huber Matos, el último de nuestros mambises. La organización participará en el cambio hacia la democracia y en la reconstrucción social y material de nuestra nación.


San José, Costa Rica, julio 25 del 2009.

Nota: Por breve, este recuento es incompleto. Lo he escrito con cuidado, tratando de no perjudicar a quienes fueron nuestros aliados y colaboradores. Anecdóticamente la historia de Job se repitió en mi vida, he vivido un milagro detrás de otro. Hasta mis hijos han sido bendecidos en una forma que nadie pudo imaginar. Tal vez algún día este relato continuará; por ahora parte de lo que sucedió está escrito y lo mejor para Cuba está por hacer.
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El fracaso de TV Martí: las nuevas realidades y la Voz del CID


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En el Estado Mayor me encontré a un personaje agradable a quien agradecí la forma en que me habían tratado. Me dijo que desde el primer momento el Presidente había autorizado toda la ayuda posible. Cuenten con nosotros y salúdenos a su padre, queremos conocerlo. Carro sí, chofer sí, le vamos a prestar un generador eléctrico de 250 Kw y las armas que necesiten para su protección.
Todo demasiado bueno para ser verdad, pero así era. Teníamos resuelto no sólo donde instalar los transmisores que usábamos en Miami sino también el que se estaba construyendo y que nos permitiría entrar en toda Cuba con una señal muy fuerte.
Este transmisor se fabricaba en Costa Rica; era uno de los más sofisticados de su tiempo, diseño de Roy Jiménez, un ingeniero brillante, un personaje positivo y un aliado incondicional de cuanta causa democrática necesitara su apoyo en Latinoamérica. Roy era el dueño de Electronic Corporation, (ELCOR) una fábrica de transmisores de radio que exportaba sus equipos a todas partes del mundo.
Había conocido a Roy muchos años antes por medio de Jorge Vilaplana, un español-costarricense que era el jefe de comunicaciones del Banco Nacional de Costa Rica. Jorge estaba casado con una cubana, Olga, amiga de mi madre de Manzanillo. Yo tenía en aquel entonces 16 años, aunque me sentía que andaba por los cuarenta. Él era un anti-norteamericano furibundo, que con la misma intensidad rechazaba a Fidel Castro por haber traicionado los ideales democráticos de la revolución. Jorge y Olga insistieron que me viniera a vivir con ellos, y ante tanta espontaneidad acepté. No compartí su anti-yanquismo exento de odio, que con el tiempo me pareció que, aunque sincero, le divertía.
Desde el primer día en aquella casa me di cuenta de que quien no supiera de comunicaciones y de transmisores de radio estaba perdido. Todos sus amigos eran o parecían expertos. Yo no me sentía ignorante sino estúpido. Me compré tres libros y los leí varias veces hasta que los entendí y dejé de sentirme incómodo en sus tertulias. En una de ellas conocí a Roy Jiménez. Inmediatamente me di cuenta de que estaba en presencia de un personaje excepcional. Quince años después le pedí un transmisor para la Voz del CID, un aparato muy potente, 50 Kw en onda corta, que pudiera cambiar de bandas y frecuencias en cuestión de segundos o minutos. Mi preocupación era la interferencia con que los castristas tratarían de bloquear la señal. No lo pensó dos veces y sonriendo me dijo: “Yo lo diseño y aquí lo fabricamos; ni a putas los rusos van a poder interferirlo”.
Cuando se hicieron las pruebas el transmisor funcionaba de maravilla y trasmitió por años durante 24 horas los siete días de la semana. La antena fue fabricada por una empresa en California, que era consideraba la mejor del mundo en ese campo. Cuando desde Cuba nos trataban de interferir, en cuestión de segundos cambiábamos un poco la frecuencia, burlando así la interferencia. Entonces la dictadura debe haber pedido ayuda a los rusos, porque empezaron a usar unos transmisores muy potentes de Radio Moscú, pero igualmente no podían bloquearnos. Roy había cumplido su palabra.
Después de casi diez años de transmisiones, la Voz del CID tenía una audiencia importante en Cuba. La disidente María Elena Cruz Varela había dicho que nuestra programación le gustaba más a la gente que la de Radio Martí. Era completamente lógico. Radio Martí era una emisora del gobierno norteamericano que tenía que seguir las directrices de su país. Nosotros, por el contrario, analizábamos con toda libertad la realidad cubana y responsabilizábamos a la dictadura por sus fracasos y abusos. Además, alentábamos y orientábamos políticamente a quienes nos escuchaban.
Ahora, la dictadura temía que replicáramos con la televisión lo que habíamos logrado con la radio. Lo que estaba en juego era la formación de opinión pública en Cuba. Si con las transmisiones seguíamos avanzando en ese sentido, reduciríamos la capacidad del régimen para mantener aislados a unos cubanos de otros. Tarde o temprano se presentaría una crisis que aceleraría el proceso. Tele CID era clave. Con la diferencia de que las imágenes unidas a las palabras eran mucho más persuasivas. Ellos harían lo imposible por detenernos.
Pero no solo ellos, lamentablemente, sino también otros cubanos del exilio, a quienes nuestro éxito les resultaba amenazante. Entendía el agresivo acoso de la FCC en la Florida como parte del esfuerzo de la Fundación para neutralizarnos. Era gente con mucho dinero, relaciones y ambiciones. Ahora no podía ignorar la información de Silvino Rodríguez, ni podía pasar por alto las preocupaciones de Robert Wilkinson. La Seguridad del Estado había entrado en la guerra contra nosotros en Washington, o tal vez lo estaba haciendo desde hacía mucho tiempo. Jeanne Kirkpatrick también me había hecho una advertencia.

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EL FRACASO DE TV MARTI: LAS NUEVAS REALIDADES Y EL CID (II)


Había llegado a un país amigo buscando respaldo para llevar los transmisores que usábamos en la Florida para transmitir la Voz del CID. El FCC (Comisión Federal de Comunicaciones) los incautaría en cualquier momento.

Un teniente había informado a su Coronel que yo estaba allí y me acompañaba hacia su oficina.

-Coronel, gracias por atenderme. Llevábamos varios meses transmitiendo a Cuba por radio desde Miami y ya los americanos están al confiscarnos los equipos…

Ando buscando un lugar para transmitir. Nosotros tenemos el respaldo del Presidente de…
Le dije el nombre del país.

-Ellos nos ayudan….

Me miró con simpatía y determinación. Era un hombre de mediana edad, todavía atlético y de pocas palabras.

-Venga conmigo, aquí los vamos a ayudar…

El Coronel conducía, yo iba de pasajero.

Juntos recorrimos la base en un jeep militar buscando un lugar apropiado.

-Coronel, este lugar es problemático, aquí va a terminar guindado un helicóptero. Usted se queda sin el aparato y yo sin las antenas. Con un poco de mala suerte también alguien se muere…

-Matos, y ¿qué le parece este otro…?

-Coronel, en este lugar tenemos el mismo problema, aquí usted pierde un avión…

La base no era pequeña, pero no encontramos nada seguro.

Al cabo de una hora nos tratábamos con más confianza.

-Matos, déjeme hacer una llamada…

-Me retiro…

-No, no, quédese…

Habó al teléfono:

-Coronel…le habla el Coronel……. Necesito que me atienda a un amigo, el le explicará lo que necesita...

Colgó después de escuchar la respuesta y se dirigió a mí:

-Matos, lo esperan mañana a las diez.

No dormí mucho esa noche, estaba emocionado. Creí que no solamente habíamos encontrado un país donde poner nuestros equipos, sino que por la disposición inicial parecía que tendríamos ayuda.

Al día siguiente antes de las diez estaba en la entrada de otra base.

Esta vez me esperaba un oficial, también en jeep, y fuimos directo a la jefatura donde conocí a un coronel más joven pero igualmente dispuesto.

Nos saludamos y después de un intercambio me dijo que no podría acompañarme, pero que buscara el lugar que necesitaba y que regresara a conversar con él.

Le dio instrucciones al oficial y otra vez subimos al jeep.

El oficial me iba dando una explicación de los diferentes departamentos y lugares de la base y entonces el corazón me dijo: aquí está el lugar.

En un momento ví una edificación que me llamó la atención, y le pregunté:

-¿Y eso que está ahí, qué es…?

-La lavandería, pero no está terminada…

-¿Podemos verla…?

-Sí, como no...

La inspección confirmó la corazonada.

La lavandería era un edificio de una sola planta, espacioso y ventilado. Cabría un transmisor grande, estudios, cuartos para el personal, etc.

Estaba un poco alejada de toda la actividad militar y al frente había un potrero donde por suerte no aterrizaban helicópteros.
Ese era el lugar de la antena, la súper antena que íbamos a poner.

-Regresemos, creo que este es el lugar…

También había visto otra construcción donde podíamos poner uno o dos de los transmisores que usábamos en Miami.

El coronel me recibió inmediatamente.

-Coronel, la lavandería nos servirá y si fuera posible también necesitamos el área del frente para poner la antena, es un rombo direccional muy grande...

-Ningún problema Matos, es de ustedes, empiecen cuando quieran…

-Coronel, hay cerca una casa que no están usando, nos serviría para nuestra gente mientras queda listo el otro sitio y además quisiéramos poner otro transmisor ahí…

-Si no la estamos usando también es suya…

-Gracias Coronel, de verdad que se lo agradezco...

Inmediatamente pregunté:

-¿Cree usted que podría hablar con alguien del Estado Mayor…?

-Matos, el… lo está esperando en el Estado Mayor, me dijo que cuando terminara aquí que lo llevaran hasta allá, quiere conocerlo... pídale un par de ametralladoras y los permisos… porque aquí es mejor andar listo...pídale también un carro y chofer… lo van a necesitar...

Nos despedimos afectuosamente, ya teníamos una buena relación con mi anfitrión.

Él moriría después en un atentado.

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El fracaso de TV Martí: las nuevas realidades y la Voz del CID

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EL FRACASO DE TV MARTI: LAS NUEVAS REALIDADES Y EL CID


Wilkinson acababa de irse de mi casa. Me había advertido que algo serio me podía pasar. 

Nunca le había hablado en detalle del proyecto de la Voz del CID ni de TeleCID, ni del fracaso de TV Martí, pero él siempre parecía saberlo todo.

Quedé preocupado. Cuando un agente de inteligencia te quiere decir algo de lo que no puede hablar, te lo dice indirectamente. El mensaje está en las preguntas o en los comentarios. Wilkinson implicaba que alguien había “plantado” la información en Washington de que yo era un agente castrista. 

Si me lo decía estaría traicionado a la CIA y a su país; si no me alertaba, estaría traicionando a un amigo. Esa desinformación tenía que haber sido cuidadosamente plantada para que no se dudara de su autenticidad. 

 Me parecía una acusación estúpida, pero no podía subestimarla, en un mundo en el que la duda es el arma de la supervivencia y la confianza el mayor de los peligros.

La Fundación Cubano-Americana podía ser el origen de esta patraña. Hasta ahora Mas Canosa nos había hecho la guerra acusándome con el FBI de que yo quería atentar en su contra, o usando al representante Dante Fascell y quién sabe a quién más en Washington, para descarrilar nuestros proyectos de radio y televisión a Cuba. 

 Aunque ellos habían decidido sacarme del medio, me inclinaba a pensar que lo de mi supuesta condición de espía era una operación de Seguridad del Estado de Cuba.

Tal vez usaron a alguien de la Fundación o a un doble agente en el FBI. No podría enterarme por el momento ni podía ponerme a divagar. Quienquiera que fuera, era el enemigo y se encontraba muy cerca.

Era una situación nueva en mi experiencia. Meses atrás, de Washington me habían solicitado permiso para estudiar la seguridad de mi casa. No me explicaron mucho. Tendrían sus razones, y en estos asuntos uno no anda preguntando; se agradece el interés por la seguridad de la familia y se espera los resultados. 

Al cabo de varios días me dieron sus recomendaciones. También me dijeron que alguien entraba y salía por la noche de la casa. Me alarmé hasta que descubrimos que el infractor era Esteban, el mayor de los hijos, que había inventado una forma de escabullirse sin permiso y salir y entrar cuando estábamos dormidos. 

¿Por qué les molestaba yo tanto a la Fundación y sus aliados en Estados Unidos? 

¿Qué importancia tenía Huber Matos hijo para justificar tanto asedio y tanta intriga? 

Para entenderlo hay que conocer la historia de nuestro movimiento político, Cuba Independiente y Democrática. (CID)

Por primera vez en el exilio una organización, el CID, había nucleado en forma organizada y disciplinada a miles de activistas cubanos, tanto en los Estados Unidos como en Latinoamérica, incluso en Europa. 

Eran gente con nivel, dedicada, idealista, que admiraba a mi padre y compartía con él el ideal de una Cuba con progreso y justicia social, una Cuba amiga de los Estados Unidos pero no sometida a Washington.

En 1979, al salir de la cárcel, mi padre había dicho que lo primero que teníamos que hacer era ganar la lucha ideológica, y que cuando llegara el momento las Fuerzas Armadas apoyarían al pueblo y el cambio vendría. 

Su prestigio dentro de Cuba y las transmisiones de la Voz del CID motivaban a miles de cubanos en la isla. La audiencia crecía y teníamos noticias de personas interesadas en organizarse, pero preferíamos que la gente trabajara en pequeños grupos aislados, o simplemente que fueran simpatizantes. Tenían que evitar la infiltración de la Seguridad del Estado porque en esos momentos lo importante era la siembra de ideas y de esperanza. 

La voz del CID había comenzado a transmitir sus programas de radio desde Miami en 1981. Mi hermano Rogelio, ingeniero eléctrico especializado en circuitos digitales, era quien la dirigía. Con otros compañeros del CID usaban transmisores que movían con frecuencia de un lugar a otro, donde ya tenían antenas dirigidas hacia Cuba. Era un juego de gato y ratón con la FCC (la Comisión Federal de Comunicaciones). Poco a poco la FCC iba cercando a Rogelio y a su grupo. Él me iba comentando que el espacio de maniobra se les reducía. Llegaron las notificaciones legales y Rogelio me dijo: hay que salir de los Estados Unidos.

Me monté en un avión hacia un país latinoamericano sin la menor idea de lo que iba a pasar. No teníamos el apoyo del gobierno estadounidense y hacia donde volaba solo conocía a algunas personas. Tenía el nombre de mi padre y eso abría las puertas mejor que nada.

Llegué temprano y un oficial me anunció por teléfono. 

-Mi coronel, aquí está un señor que se llama Huber Matos y dice que quiere hablar con usted.

-Huber Matos…el cubano.

-Sí mi coronel, dice que es el hijo mayor y que se llama igual.

- Teniente, tráiganlo a mi oficina.

Continua en EL FRACASO DE TV MARTI: LAS NUEVAS REALIDADES Y EL CID (II)
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Parte IV El fracaso de TV Martí …la CIA y Seguridad del Estado


Ahora contábamos con que un Presidente latinoamericano nos permitía poner la bandera de su país en el barco desde el que transmitiría TeleCID. Ya la jurisdicción del FCC quedaba más limitada, porque el barco langostero que usábamos hasta ese momento estaba registrado en la Florida. Por esa razón, aunque transmitiéramos desde aguas internacionales los guardacostas estadounidenses podrían detenernos.

Félix Toledo se encargaría de toda la logística, que consistía en mover el barco y su tripulación hacia las costas del país base y reiniciar las transmisiones. Así lo había sugerido el Presidente; luego nos acercaríamos más a Cuba. Había riesgos, pero al principio sería un solo barco; luego se sumarian cuatro más. Tampoco íbamos a ser un blanco fácil. Contra las instalaciones de la Voz del CID en Latinoamérica había habido planes. Nuestra gente estaba siempre bien protegida, lista y armada.

La Voz del CID transmitía las 24 horas los siete días de la semana y Ángel Defana llevaba un control muy eficiente de la calidad de la programación. Esto me permitía moverme de un lugar a otro. Ángel es un hombre de pocas palabras, siempre concreto y con un poder de concentración poco común. Preso político plantado por más de 20 años - practicaba mecanografía en la cárcel con un teclado que había pintado sobre un cartón.

Radio Martí gastaba en un mes más de lo que la Voz del CID gastaba en un año, porque el grupo de compatriotas que se encargaba de la emisora se sacrificaba, con un estipendio que apenas les permitía sobrevivir. Eran lo mejor de lo mejor, varios de ellos presos políticos que habían dejado en las cárceles su juventud, pero a los que les que sobraba patriotismo. Los demás, la mayoría, que eran jóvenes, estaban muy conscientes de la importancia de su trabajo.

Sin perder tiempo, pedí una cita en la fábrica de transmisores de televisión para comprar cuatro equipos. No creía que los norteamericanos se iban a quedar tranquilos por el hecho de que tuviéramos la protección de otro país, pero por lo menos tendríamos un tiempo. Había que aprovecharlo. Nuestro amigo Eduardo Palmer, el más prolífico productor de documentales del exilo, los puso todos a nuestra disposición. Era un magnifico material para transmitir.

Un día Robert Wilkinson llegó a mi casa en la 127 avenida del SW y Coral Way. Su cara estaba tensa, casi descompuesta; nunca lo había visto así.

-Tenemos que hablar, pero aquí no.

-Vamos al patio - le respondí.

Nos acercamos a la mata de aguacates que quedaba al fondo del jardín.

-Hijo, júrame que tú no eres un agente de la inteligencia cubana.

Me sorprendió y estuve a punto de reírme.

-No, yo no te lo voy a jurar, yo te lo voy a probar. Mira, yo podría ser un agente de la seguridad porque cuando mi padre estuvo preso me podían haber reclutado chantajeándome con que si no trabajaba para ellos mataban a mi padre. O simplemente me podrían haber comprado con dinero, ya que el dinero convence a mucha gente. Pero Bob, ¿sabes por qué yo no soy un agente? porque no soy un comemierda. El comunismo en Cuba se va a acabar, no sé cuándo pero se va a acabar, y todo los que ha pasado se va a saber y el que está con los perdedores es un estúpido y tú sabes que yo no lo soy.

Además, sabes que en Washington me conocen, sabes que no acepté la posición que me ofrecieron. He dicho que no porque los empleados reciben órdenes. Lo nuestro es luchar por Cuba y su libertad. Chico, yo soy el heredero del nombre de mi padre. Imagínate que un día el pueblo cubano se enterara de que yo había sido un agente de inteligencia de los Estados Unidos. Cualquier cubano puede ser un agente de la CIA, del Mossad, de los franceses, pero yo no, ni de ustedes ni de nadie.

Pero además, ¿a qué viene esto?. Hace unos meses Jorge Mas Canosa me acusó con el FBI aquí en Miami de que yo le estaba organizando un atentado. El FBI me visitó y en la segunda reunión, cuando me dijeron que Mas Canosa insistía en el asunto, les dije que para que Jorge no tuviera miedo, lo mejor era que me hicieran una prueba con el detector. Pasé la prueba y tenía la esperanza de que él estuviera durmiendo tranquilo, o que dejara de estar inventado cuentos.

Hace unos meses tú sabes que me sabotearon el avión; entonces no te di los detalles pero te los doy ahora. El avión se lo compramos a nuestro amigo Pedro Luis Díaz Lanz. Era un Cessna 310, como el de Camilo, y según la revisión, los motores estaban en perfecto estado. Lo volamos varias veces sin ningún problema porque lo íbamos a necesitar para monitorear las transmisiones de televisión.

Una mañana, de no ser por el piloto Roberto Solís nos hubiéramos matado al despegar del aeropuerto de Tamiami. Cuando llegamos al hangar, Roberto me dijo: “Huber, estoy seguro de aquí entró alguien …siempre dejo una seña y aquí entró alguien”. No le hice mucho caso pero antes de despegar, cuando hacia el chequeo de rutina, lo noté preocupado.

- Solís ¿qué pasa?

- Se caen las revoluciones demasiado cuando hago los cambios de magnetos, fíjate.

Entonces tomé el manual del avión rápidamente y lo revisé.

- Solís, ¿cómo vas a volar en esas condiciones?
-
- Porque yo te conozco, y si seguía con los comentarios me ibas a decir que yo era un maricón.

- Olvídate de eso, vamos para el hangar.

Unas horas después del lugar donde hacían el análisis del aceite avisaron: no vuelen el avión. Si se hubiera volado se habría desplomado.

Entonces, Bob, ¿qué está pasando aquí? Un cubano millonario me acusa de que lo quiero matar. Dante Fascell dice que no pueden dejar que el hijo de Huber Matos haga quedar en ridículo al gobierno Federal. El FCC me amenaza con mandarme dos años a la cárcel, multarme con $200,000 y después deportarme. Alguien sabotea el avión que uso.

Bob, ¿qué pasa? TV Martí no se ve en Cuba. La señal de TeleCID no es fácil de interferir y les vamos a dar un dolor de cabeza a los comunistas con varios transmisores. Seguro que ya saben que tenemos un país latinoamericano que nos va a ayudar. Ahora vienes tú con la cara descompuesta porque alguien de allá arriba, y debe ser de muy arriba para que vengas como has venido, que hasta te tiembla la cara, con la duda de que yo sea un agente. Bob, ustedes están penetrados por alguien de la inteligencia cubana, o a alguien tienen reclutado alto, pero muy alto, en el gobierno americano.

¿Por qué será que a todo el mundo les preocupa tanto que llegue la televisión a Cuba? ¿Entonces qué tengo que hacer yo, irme a Costa Rica a fabricar ropa como hacía antes de que mi padre saliera de la cárcel? Mira, ya yo quemé mis naves. Además no te hablo por mí solo, sino por todo nosotros: Olvídalo, diles que si nos quieren joder que nos jodan, pero que con miedo no nos paran.

-Hijo, creo te van a matar, y si no te matan te van a hacer algo terrible.

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El fracaso de TV Martí: “Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en Cuba.”




No estábamos dispuestos a capitular tan fácil. Recordé que una familia importante, muy cercana a un presidente latinoamericano, se había ofrecido a ayudarnos si alguna vez queríamos conversar con él. Los llamé y esa misma y el inmediatamente hizo los arreglos para que el presidente de Guatemala me atendiera.

Esa misma semana aterrizaba en el país amigo.

Era las siete y media de la noche y un oficial de la presidencia me esperaba en el aeropuerto. “Bienvenido a Guatemala, el Presidente lo va a recibir”. Me llevaron directo al palacio de gobierno.

Uno de los custodios que me acompañaban me dijo que esperara un momento. Cuando la puerta se abrió el presidente dio unos pasos y me extendió la mano:

 “Bienvenido señor Matos, mucho gusto en conocerlo; estamos terminado de ver una película ¿tendría el gusto de acompañarnos?”.

Entramos a un pequeño cine donde se encontraban algunas personas. Aproximadamente tres cuartos de hora después me volvió a desconcertar: “Tengo ahora una reunión con gente del partido, ¿le gustaría venir con nosotros?”

Salimos de palacio en varios autos, todos parecían idénticos. El trato no era el que esperaba, había imaginado una entrevista de 30 minutos durante el día. El presidente estaba interesado en conversar sobre Cuba y sobre mi padre. No mencionó la razón de mi visita y yo guardé discreción.

 Regresamos a palacio después de la 1 a.m., pidió y café y me dijo:

¿En qué podemos ayudarlos?

Señor Presidente, los norteamericanos están transmitiendo televisión a Cuba. TV Martí no puede verse en la isla porque fácilmente interfieren la señal. Nosotros usamos un transmisor más potente y otra técnica de transmisión. Sabemos que a la dictadura le es muy difícil evitar que nuestra señal se vea, pero hay gente importante en Miami que está moviendo sus influencias en Washington para frenar nuestro proyecto.

- ¿Qué necesita?

- Necesitamos que usted nos permita ponerle la bandera de su país al barco que usamos, porque vamos a continuar con las transmisiones.

Con cierta firmeza contestó: “Cuente con eso, pero le sugiero que se alejen de las costas de la Florida ¿algo más?”.

Agregué: “¿Podría usted llamar al presidente de los Estados Unidos y decirle que el barco nuestro tendrá la bandera de su país?”

Amablemente contestó: “Matos, yo soy el presidente de…., yo no tengo que darles explicaciones ni pedirles permiso a los americanos.”

 La respuesta era patriótica pero no quedé muy convencido.

 Me pidió que le explicara sobre la interferencia a TV Martí y lo hice; se quedó pensativo y me dijo: “Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en Cuba.”

Salí tan feliz de la reunión que no sé cuantas veces le di gracia a Dios por los resultados. Si transmitíamos la televisión a Cuba el régimen sería completamente vulnerable. No teníamos dinero para la programación, pero sí para comprar y operar varios transmisores más.

En todo caso, Héctor Pérez, un mexicano-americano productor de televisión de Chicago, me había dicho: “No te preocupes por el dinero de la programación, si TV Martí no te da los programas yo los hago.”

Al regresar a Miami tenía que conversar con Félix Toledo y planear con él los próximos pasos. Félix, además de patriotismo, tenía todo lo que hacía falta para hacer que las cosas funcionaran. Yo no tenía ni idea de lo que me esperaba en Miami.

Continua en
Parte IV El fracaso de TV Martí …la CIA y Seguridad del Estado


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