miércoles, 13 de mayo de 2026

EL VERDADERO DESAFÍO DE CUBA NO SON LOS TRAUMAS, SINO EL ENTORNO DONDE LOS CUBANOS TENDRÁN QUE RECONSTRUIRSE


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Durante años se ha repetido una idea profundamente pesimista sobre el futuro de Cuba: que el castrismo destruyó moral y psicológicamente a la población hasta el punto de hacer casi imposible la reconstrucción de una sociedad democrática y funcional. Nadie puede negar el daño provocado por más de seis décadas de represión, pobreza, miedo, doble moral y supervivencia cotidiana. Pero concluir que esos traumas convierten al cubano en incapaz de reconstruirse no parece sostenerse ni históricamente ni frente a la experiencia de la emigración cubana.

El verdadero problema de Cuba no parece ser la existencia de traumas colectivos, sino el entorno político, económico e institucional que surgirá cuando desaparezca el castrismo. La historia demuestra que las sociedades traumatizadas pueden recuperarse cuando cambian las condiciones que produjeron esos traumas. Y la propia historia cubana es prueba de ello.

Cuando terminó la guerra de independencia en 1898, Cuba era un país devastado. La economía estaba destruida, los campos arrasados y cientos de miles de personas habían muerto durante la guerra y la reconcentración de Weyler. Sin embargo, apenas unas décadas después, Cuba se convirtió en una de las economías más dinámicas de América Latina, con crecimiento urbano, universidades, asociaciones cívicas y una creciente clase media.

La República tuvo defectos graves: corrupción, clientelismo, fraude electoral, caudillismo, violencia política e intervenciones extranjeras. Muchos de esos males terminaron debilitando las instituciones y facilitaron posteriormente el ascenso del castrismo. Pero aun así, el cubano demostró una enorme capacidad de reconstrucción nacional después de un trauma colectivo gigantesco.

La experiencia de la diáspora cubana moderna refuerza todavía más esa realidad. Millones de cubanos han salido de la Isla desde contextos marcados por la escasez, la represión y el deterioro social. Muchos llegaron sin recursos y con niveles educativos muy distintos. Sin embargo, cuando se integran en sociedades donde el trabajo tiene recompensa y existen oportunidades reales de progreso, la mayoría logra adaptarse rápidamente.

Los cubanos crean negocios, estudian, trabajan, compran viviendas y educan a sus hijos dentro de sistemas democráticos completamente diferentes al entorno donde crecieron. Eso demuestra algo esencial: muchos de los comportamientos deformados dentro de Cuba no son rasgos permanentes del carácter nacional, sino mecanismos de adaptación a un sistema profundamente anormal.

En Cuba, durante décadas, el esfuerzo personal rara vez garantizó progreso. La honestidad muchas veces fue castigada y la simulación política se convirtió en protección. Pero cuando cambian las reglas y aparecen oportunidades reales, las conductas también comienzan a cambiar.

Por eso, el gran desafío de una futura transición cubana no será “reparar” a un pueblo supuestamente destruido moralmente, sino evitar que el nuevo sistema repita los errores históricos que debilitaron la República y facilitaron el totalitarismo posterior. Si después del castrismo reaparecen la corrupción, el caudillismo, el fraude electoral o nuevas formas de concentración del poder, muchos hábitos de supervivencia podrían perpetuarse.

Afortunadamente, la Cuba actual posee ventajas que antes no existían. Millones de cubanos han vivido durante décadas en democracias funcionales. Existe una diáspora preparada y conectada con el mundo. Internet y las redes sociales destruyeron el aislamiento psicológico que sostuvo durante años al régimen.

Y quizás el factor más importante sea precisamente la esperanza. A pesar de la pobreza y el desgaste acumulado, en Cuba crece la percepción de que el sistema no es eterno. Cuando una sociedad deja de creer en la permanencia del modelo que la oprime, comienza también a cambiar su psicología colectiva.

Los traumas existen. Las heridas son reales. Pero ni la historia de Cuba ni la experiencia de millones de cubanos fuera de la Isla respaldan la idea de que el pueblo cubano esté condenado a la degradación permanente. El futuro dependerá menos de los traumas heredados que de la calidad del nuevo entorno político, económico e institucional que logre construirse después del castrismo.


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