CUANDO LOS PRIVILEGIADOS TAMBIÉN HUYEN
Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
El 16 de julio de 2026, al concluir la III Copa del Mundo de Canotaje Sprint y el Campeonato Panamericano celebrados en Montreal, Canadá, nueve de los doce integrantes de la selección cubana de canotaje decidieron no regresar a la Isla. En pocas horas, una de las disciplinas que debía aportar medallas a la delegación cubana quedó prácticamente desmantelada, apenas días antes de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo.
No es la primera deserción de deportistas cubanos, pero sí una de las más significativas por su magnitud. La noticia, sin embargo, trasciende el ámbito deportivo. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué deciden abandonar el país precisamente quienes durante décadas fueron presentados como uno de los mayores éxitos del sistema?
Desde los primeros años de la dictadura, Fidel Castro convirtió el deporte en un instrumento político siguiendo el modelo desarrollado por la Unión Soviética y perfeccionado por Alemania Oriental. En plena Guerra Fría, cada medalla debía demostrar la supuesta superioridad del socialismo sobre las democracias occidentales. Los atletas dejaron de ser únicamente competidores para convertirse en embajadores ideológicos del régimen.
Para sostener esa imagen, el Estado creó una élite deportiva. Los atletas de alto rendimiento disfrutaban de mejor alimentación, atención médica preferencial, instalaciones especializadas, reconocimiento público y, sobre todo, la posibilidad de viajar al extranjero, un privilegio reservado para muy pocos cubanos. Mientras millones sobrevivían entre la escasez y los apagones, ellos representaban la vitrina del sistema.
Pero aquellos privilegios tenían un precio: la obediencia absoluta. El deportista pertenecía al Estado. Su carrera, sus ingresos y hasta sus oportunidades dependían de su utilidad política. Mientras ganaba medallas era celebrado como un héroe; cuando dejaba de ser útil, descubría que el reconocimiento oficial tenía fecha de vencimiento.
La historia del boxeador Ariel Hernández Azcuy resume esa realidad. Bicampeón olímpico y tres veces campeón mundial, fue uno de los mayores símbolos del deporte cubano. Tras su retiro denunció el abandono en que vivía y lanzó una pregunta que retrata el destino de muchos campeones: “Cuando estaba en la cima me lo daban todo. ¿Ahora qué?” Su caso demuestra que el régimen premia mientras obtiene propaganda, pero olvida a quienes ya no le sirven.
Paradójicamente, el privilegio que debía fortalecer la fidelidad de los atletas terminó debilitándola. Gracias a sus viajes internacionales pudieron comparar su realidad con la de otros países. Conocieron sociedades donde un deportista puede decidir libremente su futuro, negociar sus contratos y vivir de su esfuerzo sin depender de la voluntad del Estado. La propaganda dejó de competir con la experiencia.
Por eso resulta insuficiente explicar estas deserciones únicamente por razones económicas. Los nueve canoístas que permanecieron en Canadá pertenecían precisamente al sector mejor tratado del deporte cubano. Si hasta ellos concluyen que no desean regresar, el problema es mucho más profundo.
No están huyendo de Cuba. Están huyendo de un sistema que exige lealtad absoluta mientras ofrece privilegios temporales y termina abandonando incluso a quienes más contribuyeron a su prestigio internacional.
Lo ocurrido en Montreal constituye una derrota política para la dictadura castrista. Durante más de seis décadas utilizó a sus campeones para demostrar el supuesto éxito de la Revolución. Hoy son esos mismos deportistas quienes emiten el juicio más contundente sobre ese modelo. No lo hacen mediante discursos ni manifiestos. Lo hacen con un gesto infinitamente más elocuente: cuando tienen la oportunidad de elegir libremente, simplemente deciden no regresar.
Cada atleta que permanece en libertad representa mucho más que una baja para una selección nacional. Representa una grieta en uno de los últimos grandes mitos sobre los que el castrismo intentó sostener su legitimidad. Porque cuando hasta los privilegiados deciden marcharse, el problema ya no está en los deportistas. El problema está en el sistema que los formó, los utilizó y, finalmente, dejó de convencerlos.
WHEN EVEN THE PRIVILEGED CHOOSE TO FLEE
By Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
On July 16, 2026, at the conclusion of the III Canoe Sprint World Cup and the Pan American Canoe and Paracanoe Championships in Montreal, Canada, nine of the twelve members of Cuba's national canoe team chose not to return to the island. Within hours, one of the country's most successful medal-producing sports was left virtually dismantled, just days before the Central American and Caribbean Games in Santo Domingo.
This is not the first time Cuban athletes have defected, but it is among the most significant because of its scale. Yet the story goes far beyond sports. The real question is this: why are those who for decades were portrayed as one of the greatest achievements of the system now choosing to leave it?
From the earliest years of the dictatorship, Fidel Castro turned sports into a political instrument, following a model developed by the Soviet Union and perfected by East Germany. During the Cold War, every Olympic medal was meant to demonstrate the supposed superiority of socialism over Western democracies. Athletes ceased to be merely competitors; they became ideological ambassadors of the regime.
To sustain that image, the state created a privileged athletic elite. High-performance athletes enjoyed better food, preferential medical care, specialized training facilities, public recognition, and, above all, the opportunity to travel abroad—a privilege denied to most Cubans. While millions endured shortages and blackouts, these athletes became the showcase of the system.
But those privileges came at a price: absolute obedience. The athlete belonged to the state. Careers, income, and opportunities depended on political usefulness. As long as they won medals, they were celebrated as national heroes. Once they ceased to be useful, they discovered that official recognition had an expiration date.
The story of boxer Ariel Hernández Azcuy illustrates this reality. A two-time Olympic champion and three-time world champion, he was one of the greatest symbols of Cuban sports. After retiring, he publicly described the abandonment he experienced and asked a question that captures the fate of many former champions: "When I was at the top, they gave me everything. What about now?" His story reveals a system that rewards athletes while they serve as propaganda, only to forget them when they no longer do.
Ironically, the very privilege that was supposed to secure athletes' loyalty ultimately undermined it. International travel allowed them to compare their lives with those in other countries. They saw societies where athletes are free to choose their future, negotiate their own contracts, and build careers based on merit rather than political loyalty. Propaganda could no longer compete with personal experience.
For that reason, it is insufficient to explain these defections solely in economic terms. The nine canoeists who remained in Canada belonged to one of the best-treated sectors of Cuban sports. If even they conclude that they do not want to return, the problem runs much deeper.
They are not fleeing Cuba as a nation. They are fleeing a political system that demands unconditional loyalty while offering only temporary privileges and ultimately abandons even those who contributed most to its international prestige.
What happened in Montreal represents a political defeat for the Castro dictatorship. For more than six decades, it used its champions to demonstrate the supposed success of the Revolution. Today, those very athletes are delivering the most powerful verdict on that model. They are not doing so through speeches or manifestos. They are doing it through a far more eloquent act: when given the freedom to choose, they simply decide not to return.
Every athlete who remains free represents far more than the loss of a member of a national team. Each one exposes another crack in one of the last great myths upon which the Castro regime sought to build its legitimacy. Because when even the privileged choose to leave, the problem no longer lies with the athletes. The problem lies with the system that trained them, used them, and ultimately failed to convince them to stay.
QUAND MÊME LES PRIVILÉGIÉS CHOISISSENT DE FUIR
Par Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Le 16 juillet 2026, à l'issue de la IIIe Coupe du monde de canoë-kayak sprint et des Championnats panaméricains de canoë et de paracanoë disputés à Montréal, au Canada, neuf des douze membres de l'équipe nationale cubaine de canoë ont décidé de ne pas retourner sur l'île. En quelques heures, l'une des disciplines censées rapporter des médailles à la délégation cubaine s'est retrouvée pratiquement démantelée, à quelques jours seulement des Jeux d'Amérique centrale et des Caraïbes de Saint-Domingue.
Il ne s'agit pas de la première défection d'athlètes cubains, mais c'est l'une des plus marquantes par son ampleur. Pourtant, cette affaire dépasse largement le cadre du sport. La véritable question est la suivante : pourquoi ceux qui, pendant des décennies, ont été présentés comme l'une des plus grandes réussites du système choisissent-ils aujourd'hui de l'abandonner ?
Dès les premières années de la dictature, Fidel Castro a fait du sport un instrument politique en s'inspirant du modèle développé par l'Union soviétique et perfectionné par l'Allemagne de l'Est. Pendant la Guerre froide, chaque médaille olympique devait démontrer la prétendue supériorité du socialisme sur les démocraties occidentales. Les athlètes ont cessé d'être de simples compétiteurs pour devenir des ambassadeurs idéologiques du régime.
Pour entretenir cette image, l'État a créé une véritable élite sportive. Les sportifs de haut niveau bénéficiaient d'une meilleure alimentation, de soins médicaux prioritaires, d'installations spécialisées, d'une reconnaissance publique et, surtout, de la possibilité de voyager à l'étranger, un privilège refusé à la grande majorité des Cubains. Alors que des millions de citoyens vivaient dans la pénurie et les coupures d'électricité, ces athlètes constituaient la vitrine du système.
Mais ces privilèges avaient un prix : l'obéissance absolue. L'athlète appartenait à l'État. Sa carrière, ses revenus et ses perspectives dépendaient de son utilité politique. Tant qu'il remportait des médailles, il était célébré comme un héros national. Lorsqu'il cessait d'être utile, il découvrait que la reconnaissance officielle avait une date d'expiration.
L'histoire du boxeur Ariel Hernández Azcuy illustre parfaitement cette réalité. Double champion olympique et triple champion du monde, il fut l'une des plus grandes figures du sport cubain. Après sa retraite, il dénonça publiquement l'abandon dans lequel il vivait et posa une question qui résume le destin de nombreux anciens champions : « Quand j'étais au sommet, on me donnait tout. Et maintenant ? » Son témoignage révèle un système qui récompense les athlètes tant qu'ils servent sa propagande, puis les oublie lorsqu'ils ne lui sont plus utiles.
Paradoxalement, le privilège qui devait garantir leur fidélité a fini par produire l'effet inverse. Grâce à leurs voyages à l'étranger, ces sportifs ont pu comparer leur réalité avec celle d'autres pays. Ils ont découvert des sociétés où un athlète est libre de choisir son avenir, de négocier ses contrats et de vivre de son talent sans dépendre de la volonté de l'État. La propagande ne pouvait plus rivaliser avec l'expérience vécue.
C'est pourquoi il est insuffisant d'expliquer ces défections par de simples raisons économiques. Les neuf céistes restés au Canada appartenaient précisément au secteur le plus favorisé du sport cubain. Si même eux choisissent de ne pas rentrer, le problème est bien plus profond.
Ils ne fuient pas Cuba en tant que nation. Ils fuient un système politique qui exige une loyauté inconditionnelle tout en n'offrant que des privilèges temporaires avant d'abandonner ceux qui ont pourtant le plus contribué à son prestige international.
Ce qui s'est produit à Montréal constitue une défaite politique pour la dictature castriste. Pendant plus de six décennies, elle a utilisé ses champions pour démontrer le prétendu succès de la Révolution. Aujourd'hui, ce sont ces mêmes sportifs qui rendent le verdict le plus sévère sur ce modèle. Ils ne le font ni par des discours ni par des manifestes. Ils le font par un geste infiniment plus éloquent : lorsqu'ils ont la liberté de choisir, ils décident tout simplement de ne pas revenir.
Chaque athlète qui reste libre représente bien plus que la perte d'un membre d'une équipe nationale. Il révèle une nouvelle fissure dans l'un des derniers grands mythes sur lesquels le régime castriste a tenté de fonder sa légitimité. Car lorsque même les privilégiés choisissent de partir, le problème ne réside plus chez les athlètes. Le problème réside dans le système qui les a formés, les a utilisés et, finalement, n'a pas su les convaincre de rester.
QUANDO ANCHE I PRIVILEGIATI SCELGONO DI FUGGIRE
Di Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Il 16 luglio 2026, al termine della III Coppa del Mondo di Canoa Sprint e dei Campionati Panamericani di Canoa e Paracanoa, svoltisi a Montréal, in Canada, nove dei dodici componenti della nazionale cubana di canoa decisero di non fare ritorno sull'isola. Nel giro di poche ore, una delle discipline chiamate a conquistare medaglie per la delegazione cubana risultò praticamente smantellata, a pochi giorni dall'inizio dei Giochi Centroamericani e dei Caraibi di Santo Domingo.
Non è la prima defezione di atleti cubani, ma è certamente una delle più significative per le sue dimensioni. Tuttavia, la vicenda va ben oltre lo sport. La vera domanda è un'altra: perché proprio coloro che per decenni sono stati presentati come una delle più grandi conquiste del sistema scelgono oggi di abbandonarlo?
Fin dai primi anni della dittatura, Fidel Castro trasformò lo sport in uno strumento politico, seguendo il modello sviluppato dall'Unione Sovietica e perfezionato dalla Germania Est. Durante la Guerra Fredda, ogni medaglia olimpica doveva dimostrare la presunta superiorità del socialismo rispetto alle democrazie occidentali. Gli atleti smisero di essere semplici sportivi per diventare ambasciatori ideologici del regime.
Per sostenere questa immagine, lo Stato creò una vera élite sportiva. Gli atleti di alto livello godevano di un'alimentazione migliore, di assistenza sanitaria privilegiata, di strutture specializzate, di riconoscimento pubblico e, soprattutto, della possibilità di viaggiare all'estero, un privilegio riservato a pochissimi cubani. Mentre milioni di cittadini affrontavano carenze alimentari e continui blackout, loro rappresentavano la vetrina del sistema.
Ma quei privilegi avevano un prezzo: l'obbedienza assoluta. L'atleta apparteneva allo Stato. La sua carriera, i suoi guadagni e le sue opportunità dipendevano dalla sua utilità politica. Finché conquistava medaglie veniva celebrato come un eroe nazionale; quando non era più utile, scopriva che il riconoscimento ufficiale aveva una data di scadenza.
La storia del pugile Ariel Hernández Azcuy riassume perfettamente questa realtà. Due volte campione olimpico e tre volte campione del mondo, fu uno dei simboli più prestigiosi dello sport cubano. Dopo il ritiro denunciò pubblicamente l'abbandono in cui viveva e pose una domanda che sintetizza il destino di molti ex campioni: «Quando ero al vertice mi davano tutto. E adesso?» La sua vicenda dimostra che il regime premia gli atleti finché servono alla propaganda, per poi dimenticarli quando non sono più utili.
Paradossalmente, il privilegio che avrebbe dovuto rafforzare la loro fedeltà finì per produrre l'effetto opposto. Grazie ai viaggi all'estero, questi sportivi poterono confrontare la propria realtà con quella di altri Paesi. Scoprirono società nelle quali un atleta può scegliere liberamente il proprio futuro, negoziare i propri contratti e vivere del proprio talento senza dipendere dalla volontà dello Stato. La propaganda non poteva più competere con l'esperienza diretta.
Per questo motivo è riduttivo spiegare queste defezioni soltanto con ragioni economiche. I nove canoisti rimasti in Canada appartenevano proprio al settore più privilegiato dello sport cubano. Se persino loro hanno deciso di non tornare, il problema è molto più profondo.
Non stanno fuggendo da Cuba come nazione. Stanno fuggendo da un sistema politico che pretende una lealtà assoluta offrendo in cambio privilegi temporanei e che finisce per abbandonare perfino coloro che hanno contribuito maggiormente al suo prestigio internazionale.
Quanto accaduto a Montréal rappresenta una sconfitta politica per la dittatura castrista. Per oltre sei decenni il regime ha utilizzato i propri campioni per dimostrare il presunto successo della Rivoluzione. Oggi sono quegli stessi atleti a pronunciare il giudizio più severo su quel modello. Non lo fanno con discorsi o manifesti. Lo fanno con un gesto infinitamente più eloquente: quando hanno la libertà di scegliere, decidono semplicemente di non tornare.
Ogni atleta che rimane libero rappresenta molto più della perdita di un componente della nazionale. Rappresenta una nuova crepa in uno degli ultimi grandi miti sui quali il castrismo ha cercato di costruire la propria legittimità. Perché quando anche i privilegiati scelgono di andarsene, il problema non sono più gli atleti. Il problema è il sistema che li ha formati, li ha utilizzati e, alla fine, non è riuscito a convincerli a restare.
.jpg)

0 comentarios:
Publicar un comentario