lunes, 20 de julio de 2026

¿DE QUIÉN ES LA RESPONSABILIDAD? EL TERREMOTO DE VENEZUELA Y EL "PROBLEMA" DE LOS 37.000 MILLONES DE DÓLARES


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El reportaje “The U.S. Saw an Investment Boom in Venezuela. Now It’s a $37 Billion Problem” ("Estados Unidos vio un auge de inversiones en Venezuela. Ahora es un problema de 37.000 millones de dólares"), publicado por The Wall Street Journal y firmado por los periodistas Kejal Vyas y Ryan Dubé, describe el enorme desafío que el terremoto venezolano ha colocado ante Estados Unidos.

 

Según la estimación de Naciones Unidas citada por los autores, los daños a la infraestructura ascienden a unos 37.000 millones de dólares, aproximadamente una tercera parte de la producción económica anual de Venezuela. Lo que hasta hace pocos meses parecía una prometedora apertura para las inversiones estadounidenses se ha convertido, en palabras del propio titular, en un problema de 37.000 millones de dólares.

 

El reportaje plantea una cuestión legítima. Estados Unidos ejerce una influencia decisiva sobre el gobierno provisional, administra importantes ingresos petroleros venezolanos y se ha colocado en el centro de los esfuerzos de estabilización y reconstrucción. Es natural, por tanto, preguntarse hasta dónde llegará su compromiso con un país devastado.

 

Sin embargo, ese enfoque puede producir, aunque no sea la intención de los autores, una impresión equivocada entre millones de lectores. Al presentar la reconstrucción como un enorme problema para Washington, algunos podrían concluir que Estados Unidos tiene alguna responsabilidad por la magnitud de la tragedia o que está moralmente obligado a resolver por sí solo sus consecuencias.

 

La verdad no depende de simpatías políticas. No es necesario ser partidario del presidente Donald Trump, ni compartir todas las decisiones de su administración, para reconocer un hecho elemental: Estados Unidos no provocó el terremoto, no construyó edificios inseguros, no destruyó las instituciones venezolanas ni creó las condiciones que hicieron que un fenómeno natural terminara convirtiéndose en una catástrofe de semejante magnitud.

 

Las grandes tragedias suelen confundir la causa inmediata con las responsabilidades acumuladas durante décadas. El terremoto fue un fenómeno natural. La dimensión del desastre, en cambio, fue el resultado de años de corrupción, improvisación, abandono institucional y destrucción del Estado bajo el chavismo.

 

A ello se sumó una respuesta profundamente deficiente del gobierno provisional. Mientras miles de personas permanecían atrapadas bajo los escombros, las autoridades actuaron con lentitud, desorganización y un exceso de burocracia. En lugar de facilitar plenamente la llegada de ayuda y coordinar todos los recursos disponibles, persistieron prácticas heredadas del viejo sistema: centralización, opacidad y control político incluso en medio de una emergencia humanitaria.

 

Pero hubo otra Venezuela.

 

Antes de que llegaran las instituciones, llegaron los vecinos. Hombres y mujeres comunes comenzaron a remover escombros con palas, barras de hierro y, muchas veces, con sus propias manos. Compartieron agua, alimentos, medicinas y refugio. Arriesgaron sus vidas para rescatar desconocidos. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, la sociedad respondió antes que el Estado.

 

Esa reacción espontánea demuestra que el mayor recurso de Venezuela no son sus reservas petroleras ni la ayuda internacional. Es su gente.

 

Si María Corina Machado hubiera podido ejercer plenamente el liderazgo que millones de venezolanos le reconocen, esa extraordinaria energía ciudadana habría encontrado un punto de coordinación nacional mucho más eficaz. La reconstrucción de un país no depende únicamente del dinero. Depende también de la confianza, de la legitimidad y de la capacidad de movilizar a una sociedad hacia un propósito común. Esas son precisamente las cualidades que Venezuela necesitará durante los próximos años.

 

Estados Unidos puede aportar recursos, tecnología, experiencia y respaldo diplomático. Puede ayudar a estabilizar la economía y facilitar la reconstrucción. Pero ninguna potencia extranjera puede reconstruir el alma de una nación.

 

Esa tarea pertenece a los venezolanos.

 

La solidaridad internacional es indispensable y merece reconocimiento. Sin embargo, la solidaridad no equivale a culpabilidad. Ayudar a reconstruir Venezuela no convierte a Estados Unidos en responsable de la tragedia. La responsabilidad histórica corresponde, ante todo, a quienes destruyeron durante décadas las instituciones del país y dejaron a millones de venezolanos expuestos cuando llegó la hora más difícil.

 

El verdadero motivo para el optimismo no son los 37.000 millones de dólares que habrá que invertir, sino la capacidad demostrada por el pueblo venezolano para levantarse una vez más. Esa fuerza y el liderazgo legítimo que la inspira, instituciones democráticas y el respaldo de sus aliados, Venezuela no solo podrá reconstruir sus ciudades. También podrá reconstruir la República.

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