domingo, 21 de noviembre de 2010

La dinastía y el Congreso del Partido


Fidel y Raúl se dijeron demócratas cuando les convenía; luego usaron el credo comunista para explotar a la URSS y engañar al pueblo cubano. Ahora que ven la muerte al acecho, se han convencido de que la auténtica vocación familiar es gobernar para siempre. Un Castro detrás de otro durante todo el siglo XXI. Por eso han decidido que la dinastía es la mejor forma de gobierno. Es superior porque es permanente. Nunca hay que rendirle cuentas al pueblo. Además, los reyes se enriquecen con la actividad privada: la nacional y las inversiones extranjeras.


Primero fue Fidel, el rey padre y ahora Raúl, el rey hermano. Luego aspiran a que sea uno de sus hijos. Seguirá uno entre los nietos y así per saecula saeculorum. Todos los demás, los hombres y mujeres, los viejos y los niños, los generales, coroneles, capitanes, tenientes, soldados, comités de defensa, son los vasallos del nuevo imperio del que ya forma parte Venezuela.


No es una dinastía por mandato divino, a la usanza europea. En las dinastías revolucionarias la legitimidad emana de la transmutación del proceso en la persona de un hombre. En Cuba fue Fidel y absolutamente nadie más. El era la revolución. Ahora la revolución reencarna en Raúl. El único con derecho al trono. El que puede mentir y equivocarse sin que nada le pase. En Corea del Norte esta metamorfosis ha sido la fuente del poder de tres generaciones: Kim Il Sung padre, Kim Jong-il hijo, Kim Jong-un nieto. Los Castro son su contraparte caribeña.

Por eso cuando la dinastía habla de las reformas económicas, o de trucos que parezcan reformas, nosotros los de la oposición podemos estar o no de acuerdo. Es una cuestión de opiniones, aciertos o adivinanzas. Pueden o no hacer reformas. Si las hacen será creyendo que con ellas consolidan el poder, y si las frenan lo harían con el mismo fin.


Harán lo que tengan que hacer para tratar de sobrevivir. Por eso parece que se contradicen, pero no es así. Están dejando todas las puertas abiertas y cerradas al mismo tiempo. Ellos saben que están arrinconados por sus errores y por las circunstancias. Pero la familia no se rinde porque no puede. Hay muchos recursos malversados. Hay muchos crímenes que pagar. No quieren tener que huir de Cuba y vivir perseguidos para siempre.

El problema del castrismo no es que la fórmula se agotó, sino que se agotó la gente. La fórmula nunca fue viable y el desastre presente es su inevitable resultado. Han gobernado a tres generaciones de cubanos con la mentira, la violencia y la hipocresía. Hoy reinan sobre un pueblo que lo simula todo. Un pueblo que no les cree nada.


Los Castro no saben qué hacer con una población descreída y cansada. No entendieron que, cuando el líder se convierte en el objetivo del proyecto político, los triunfos son personales y los fracasos también. Con un país en ruinas y con la humillante alternativa de tener que reconocer, medio siglo después, que la salvación al caos es la empresa privada, a Raúl Castro no le queda otra alternativa que repartir los fracasos de la corona.


Entonces apela tardíamente a un congreso del Partido Comunista que debieron hacer celebrado hace catorce años. Cree que con eso podrá distribuir la responsabilidad de cinco décadas de errores y de los nuevos rumbos que implican una traición al socialismo marxista que abrazaron en 1959 a un terrible costo humano, social y económico para el pueblo cubano. El Congreso del Partido solo le servirá para escenificar ante el pueblo cubano un exorcismo ridículo y cínico.

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