IVÁN CEPEDA, FIDEL CASTRO Y LA PREGUNTA MORAL QUE COLOMBIA NO DEBE EVITAR


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia dejaron una sorpresa política. Contra muchos pronósticos, Abelardo de la Espriella obtuvo el primer lugar, mientras que Iván Cepeda, candidato del oficialismo y heredero político de Gustavo Petro, terminó segundo con el 40,9% de los votos y disputará la presidencia en una segunda vuelta decisiva.

 

Sería un error concluir que ese respaldo electoral representa una adhesión masiva de los colombianos al castrismo o a la Revolución Cubana. El propio Wall Street Journal señaló que muchos votantes apoyaron a Cepeda debido a medidas económicas concretas, como el aumento del 23% del salario mínimo decretado por el gobierno de Petro. Para millones de ciudadanos, las preocupaciones cotidianas pesan más que los debates ideológicos sobre Cuba.

 

Sin embargo, existe una cuestión que trasciende la coyuntura económica y merece ser analizada desde una perspectiva moral. Iván Cepeda ha expresado públicamente admiración por Fidel Castro, afirmando que le enseñó el significado de la dignidad y la soberanía, y describiéndolo como una de las figuras revolucionarias más importantes de nuestro tiempo.

 

La pregunta no es si Cepeda propone convertir a Colombia en Cuba. La pregunta es qué significado tienen esas declaraciones cuando provienen de un aspirante a la presidencia de una democracia.

 

Aquí resulta pertinente recordar a Desmond Tutu, quien sostuvo que “si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”. El líder sudafricano no hablaba únicamente de la acción directa; hablaba también del silencio frente a los abusos y de la responsabilidad moral de quienes ejercen liderazgo público.

 

Fidel Castro gobernó Cuba durante décadas sin elecciones libres, con partido único, censura de prensa, persecución de opositores y miles de presos políticos. Hoy el resultado de ese sistema es visible para todo el mundo: una economía colapsada, millones de cubanos emigrados, apagones permanentes, hospitales en crisis y una población sometida a enormes privaciones.

 

Por ello, cuando una figura pública elogia a Fidel Castro sin reconocer simultáneamente a las víctimas de su régimen, surge una cuestión ética legítima. No se trata de exigir unanimidad política ni de prohibir opiniones. Se trata de preguntarse si es moralmente aceptable exaltar a un gobernante sin mencionar el costo humano de su legado.

 

A diferencia de décadas pasadas, la mayoría de los latinoamericanos ya no observa a Cuba como un modelo de prosperidad o justicia social. Las imágenes del deterioro económico y la represión han reducido considerablemente el atractivo que alguna vez tuvo la Revolución Cubana. Sin embargo, persiste un problema más profundo: la tendencia de ciertos sectores políticos a romantizar figuras autoritarias cuando comparten sus objetivos ideológicos.

 

Las elecciones colombianas no decidirán el futuro de Cuba. Pero sí ofrecen una oportunidad para debatir una cuestión fundamental para toda América Latina: si estamos dispuestos a juzgar a los líderes políticos por el respeto que muestran hacia la libertad humana o si seguiremos excusando los abusos cuando son cometidos por figuras ideológicamente afines.

 

Desmond Tutu enseñó que el silencio frente a la injusticia favorece al opresor. Por eso la pregunta que Iván Cepeda aún debe responder no es si admira a Fidel Castro. Eso ya lo ha dicho públicamente. La verdadera pregunta es si está dispuesto a reconocer que detrás de la imagen romántica de la revolución existió una dictadura que privó de libertad a generaciones de cubanos y condujo al país a una ruina de la que todavía no logra escapar.

 

Porque quien elogia a Fidel Castro sin reconocer a sus víctimas no está hablando solamente del pasado de Cuba. Está revelando su propia escala de valores para juzgar el poder, la libertad y la dignidad humana.

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