¿POR QUÉ TRUMP NO HA PUESTO FECHA AL FIN DE LA OFENSIVA EN IRÁN?
Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
Estados Unidos no ha puesto fecha de cierre a esta ofensiva. Y eso dice mucho. Cuando una potencia no habla de días ni de semanas, es porque no está haciendo una operación simbólica. Está ejecutando un plan hasta lograr un resultado concreto. Aquí no se trata de “responder” un ataque puntual. Todo indica que Washington quiere desmontar, pieza por pieza, el poder militar que le permite al régimen iraní amenazar a Israel, intimidar a sus vecinos y mantener a la región bajo tensión permanente. Y además, reducir los instrumentos de represión con los que la dictadura controla a su propia población. Esta operación no terminará por cansancio diplomático. Terminará cuando el régimen pierda la capacidad real de proyectar poder y de imponer miedo.
Irán, por su parte, juega otra carta: alargar la guerra y ampliarla. Si logra que el conflicto se expanda por la región, el precio sube. Si logra afectar el petróleo, especialmente a través del Estrecho de Ormuz, el impacto global aumenta. Pero el verdadero objetivo parece estar en Washington. La estrategia apunta a generar suficiente presión económica y política como para provocar desgaste interno y convertir ese malestar en presión directa sobre el gobierno de Donald Trump. Teherán apuesta a que el costo político dentro de Estados Unidos termine frenando la ofensiva.
Hasta ahora, sin embargo, el efecto ha sido el contrario. En vez de dividir, los ataques iraníes han alineado a más países contra el régimen. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han reforzado su coordinación con Estados Unidos. Jordania también. En Europa, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Polonia han expresado respaldo claro. Lejos de aislar a Washington, la escalada está consolidando un bloque más amplio frente a Teherán.
La prensa internacional, mientras tanto, insiste en hablar de “escalada peligrosa” y “riesgo regional”, con el foco puesto casi exclusivamente en el petróleo y en los mercados. Se presenta el conflicto como si fuera un choque simétrico entre dos partes equivalentes. Y muchos analistas repiten que en Irán no existe una oposición real capaz de tomar el poder. Esa afirmación ignora un hecho básico: la sociedad iraní ha demostrado valentía, organización y capacidad de resistencia, especialmente entre los jóvenes, pese a una represión brutal. Confundir represión efectiva con inexistencia de oposición es un error grave. Los movimientos políticos bajo dictaduras no desaparecen: esperan el momento en que el aparato represivo deja de actuar con impunidad.
En el fondo, esto no parece una simple guerra de reacción. Es un intento de cambiar el equilibrio estratégico de la región. Estados Unidos, Israel y varios países árabes y europeos parecen coincidir en algo concreto: neutralizar al régimen iraní como foco permanente de desestabilización. Eso significa golpear su capacidad balística, frenar su desarrollo nuclear y cortar el financiamiento y control de los grupos armados que ha utilizado para mantener a Oriente Medio en tensión constante. No es un intercambio de golpes. Es un intento de cerrar, de una vez, el ciclo de amenaza estructural que el régimen ha sostenido durante años.
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