viernes, 13 de marzo de 2026

PATRIA O MUERTE… NOS RENDIMOS


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Durante más de seis décadas el régimen castrista construyó su legitimidad política sobre una consigna: “Patria o muerte, venceremos”.
Era el juramento de una revolución comunista que proclamaba estar dispuesta a resistir eternamente frente a Estados Unidos.

 

Hoy esa narrativa se derrumba.

El propio Miguel Díaz-Canel ha confirmado que el régimen cubano mantiene conversaciones con el gobierno de Estados Unidos para resolver problemas bilaterales entre ambos países. Presentado por la propaganda oficial como un diálogo responsable entre dos naciones soberanas, el anuncio tiene en realidad un significado mucho más profundo: el sistema que prometía resistir hasta la muerte ahora busca negociar para sobrevivir.

Pero para comprender la importancia de este momento es necesario recordar una verdad histórica que durante décadas fue ocultada por la propaganda de la revolución comunista y por la prensa internacional.

 

El castrismo nunca fue un modelo económico viable.

Desde sus primeros años el régimen sobrevivió gracias a subsidios externos masivos que permitieron ocultar la ineficiencia estructural de su sistema.

Durante casi treinta años la Unión Soviética financió la economía cubana con petróleo barato, créditos blandos y precios artificialmente elevados para el azúcar cubano. Aquella transferencia de riqueza —valorada en decenas de miles de millones de dólares— permitió construir la imagen de una supuesta “revolución exitosa”.

Cuando la Unión Soviética colapsó en 1991, la realidad quedó al descubierto: la economía cubana se desplomó inmediatamente.

El sistema solo logró sobrevivir gracias a un nuevo patrocinador: la narcodictadura venezolana.

Durante años el régimen de Hugo Chávez y posteriormente el de Nicolás Maduro transfirieron a Cuba enormes cantidades de petróleo y recursos financieros. Ese petróleo permitió al gobierno cubano mantener su aparato estatal, financiar su sistema represivo y revender combustible en el mercado internacional.

Pero además de los subsidios externos, el régimen desarrolló otras formas de obtención de recursos que poco tenían que ver con una economía productiva.

Entre ellas, el involucramiento del aparato estatal cubano en operaciones de narcotráfico internacional, especialmente durante la década de los años ochenta. Investigaciones judiciales en Estados Unidos y testimonios de altos oficiales cubanos señalaron la utilización de territorio cubano y de estructuras del Estado para facilitar el tránsito de drogas hacia el mercado norteamericano.

El llamado caso Ochoa en 1989, que culminó con el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y otros oficiales, reveló públicamente la existencia de esas operaciones. Muchos analistas han señalado que aquel proceso no buscaba eliminar el narcotráfico, sino encubrir la responsabilidad de niveles superiores del régimen.

Al mismo tiempo, el gobierno cubano desarrolló otro mecanismo de obtención de divisas: la exportación de mano de obra estatal bajo la forma de “misiones médicas”.

Durante años miles de médicos y profesionales cubanos fueron enviados a distintos países bajo contratos firmados directamente entre gobiernos. La mayor parte de los pagos realizados por esos países no iba a los profesionales, sino al Estado cubano. A los médicos se les retenía la mayor parte de sus salarios, se les restringía la libertad de movimiento y se les amenazaba con sanciones si abandonaban las misiones.

En la práctica, ese sistema funcionó como un mecanismo de explotación laboral controlado por el Estado, que permitió al régimen obtener miles de millones de dólares en divisas.

En otras palabras, los llamados “logros de la revolución” nunca fueron el resultado de un modelo económico eficiente.

Fueron el resultado de subsidios extranjeros masivos y de la extracción sistemática de recursos externos.

Primero soviéticos.
Después venezolanos.
Posteriormente mediante la exportación de mano de obra estatal.
Y en determinados momentos mediante operaciones ilícitas vinculadas al narcotráfico internacional.

Al mismo tiempo el régimen desarrolló otro mecanismo de supervivencia: comprar en el mercado internacional sin pagar o posponiendo indefinidamente sus deudas.

Gobiernos, bancos y empresas de numerosos países han enfrentado durante décadas el mismo problema: Cuba adquiere bienes, acumula compromisos financieros y posteriormente deja de pagar o renegocia indefinidamente esas obligaciones.

 

Pero existe una ironía histórica aún mayor.

Durante más de sesenta años la propaganda oficial ha presentado a Estados Unidos como el enemigo responsable de todas las dificultades económicas de la isla.

Sin embargo, la realidad es que Estados Unidos ha sido uno de los principales proveedores de alimentos para Cuba.

Cada año la isla compra cientos de millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses —pollo, arroz, maíz, carne de cerdo y otros alimentos básicos— que terminan abasteciendo una parte significativa del consumo del país.

En otras palabras, incluso el país que el castrismo ha demonizado durante décadas ha sido uno de los principales abastecedores de comida para la población cubana.

La razón por la cual Díaz-Canel reconoce ahora conversaciones con Washington es evidente.

El subsidio venezolano prácticamente ha desaparecido.
La economía cubana se encuentra en un estado de colapso estructural.
El sistema productivo es incapaz de sostener al país.

Por primera vez en muchos años el régimen enfrenta una crisis sin un patrocinador extranjero dispuesto a sostenerlo indefinidamente.

En ese contexto, negociar con Estados Unidos deja de ser una cuestión ideológica y se convierte en una necesidad de supervivencia política.

Durante décadas el poder repitió una consigna que pretendía expresar firmeza revolucionaria:

“Patria o muerte, venceremos.”

Hoy la historia parece haberla transformado en otra muy distinta:

Patria o muerte… nos rendimos.

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