EL RÉGIMEN CULPA AL CLIMA, PERO COLAPSO ES POR DÉCADAS DE ABANDONO
Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
¿Dónde ocurrió el “evento meteorológico” que, según el régimen castrista, provocó el segundo apagón nacional en menos de 24 horas? ¿Fue un rayo, una tormenta eléctrica, una descarga sobre una subestación o la caída de una línea de transmisión? ¿Qué instalaciones y unidades generadoras fueron afectadas?
La Unión Eléctrica no ha ofrecido esos datos. Se limitó a afirmar que “eventos meteorológicos” dañaron la red durante el proceso de restablecimiento y afectaron directamente las unidades que estaban funcionando. Una explicación tan imprecisa impide comprobar lo sucedido y traslada convenientemente la responsabilidad hacia la naturaleza.
Un fenómeno meteorológico pudo desencadenar la caída. Pero no explica por qué la avería de una línea o una subestación puede dejar sin electricidad a prácticamente todo un país.
Un sistema eléctrico en condiciones razonables debe soportar la desconexión repentina de una línea de transmisión o una unidad generadora sin derrumbarse completamente. Para ello necesita reservas de generación, redes protegidas, equipos modernos y centrales confiables. El Sistema Electroenergético Nacional carece de ese margen de seguridad.
Durante la recuperación del primer apagón, el SEN operaba mediante pequeñas “islas eléctricas”. Había pocas unidades conectadas y varias centrales termoeléctricas esperaban para incorporarse. En esas condiciones, una avería pudo provocar un desequilibrio entre generación y consumo y hacer que las protecciones automáticas desconectaran las unidades restantes.
El fenómeno meteorológico pudo desencadenar la caída. Pero fue el abandono del sistema durante décadas lo que convirtió una avería en otro apagón nacional.
EL PETRÓLEO NACIONAL EXISTE
El régimen insiste en presentar la falta de petróleo importado y la presión de Estados Unidos como las causas principales de la crisis. Esa versión omite un dato fundamental: la isla produce aproximadamente 40.000 barriles diarios de petróleo, utilizados principalmente por las grandes centrales termoeléctricas.
Esas plantas aportan alrededor del 40% de la capacidad de generación y constituyen la columna vertebral del SEN. Sus averías y constantes salidas de servicio no pueden atribuirse directamente a la falta de combustible importado.
Los grupos electrógenos y motores de generación distribuida sí necesitan diésel o fueloil, en buena medida importados. La escasez de esos combustibles disminuye la generación disponible, elimina reservas y agrava la crisis. Pero no explica por qué las termoeléctricas abastecidas con petróleo nacional se encuentran frecuentemente averiadas.
Tampoco los más de 100.000 barriles diarios que, según diversas estimaciones, necesitaría el país se destinarían exclusivamente a generar electricidad. Esa demanda incluye transporte, agricultura, industria, aviación y otras actividades. Compararla directamente con los 40.000 barriles producidos en la isla crea una impresión equivocada sobre las verdaderas causas de los apagones.
EL PROBLEMA ES CONVERTIR EL PETRÓLEO EN ELECTRICIDAD
El crudo cubano es pesado y tiene un elevado contenido de azufre. Las centrales fueron adaptadas para utilizarlo, pero acelera el desgaste de calderas, tuberías y otros componentes. Su empleo exige mantenimiento constante, piezas apropiadas y renovación periódica de los equipos.
El régimen tuvo décadas para realizar esas inversiones. Recibió petróleo subsidiado de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela, además de cuantiosos ingresos del turismo, las remesas y otros sectores. Sin embargo, no modernizó integralmente las termoeléctricas ni construyó una red suficientemente resistente.
Mientras el SEN envejecía, enormes recursos fueron destinados a hoteles y otras inversiones o destinos controlados por GAESA, la estructura económica y militar creada por Raúl Castro. Muchas de esas instalaciones permanecen con una ocupación muy baja, mientras millones de cubanos pasan días enteros sin electricidad.
Las sanciones estadounidenses y la falta de combustible importado agravan la crisis, especialmente al paralizar parte de la generación distribuida. Pero no pueden borrar la responsabilidad de quienes han administrado durante más de seis décadas los recursos energéticos y financieros de la nación.
No es Cuba la responsable. Cuba es la víctima.
La responsabilidad corresponde al régimen que monopolizó la economía, administró los recursos sin transparencia y prefirió proteger sus estructuras de poder antes que garantizar los servicios esenciales.
El mal tiempo pudo provocar la última desconexión. Pero no envejeció las centrales, no postergó su mantenimiento ni desvió hacia hoteles improductivos los recursos necesarios para modernizar el sistema.
La tormenta pudo encender la chispa. El régimen construyó el desastre.


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