sábado, 7 de febrero de 2026

Ni sueños ajenos ni resignación: sobre el agotamiento real del sistema castrista

 


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El análisis reciente que pretende refutar la idea de un colapso inminente del régimen castrista parte de un error metodológico esencial: se construye como respuesta a una tesis que no ha sido formulada con rigor por ningún actor político relevante, centro de análisis estratégico ni evaluación seria de inteligencia. No existe, en el debate público informado, una argumentación estructurada que afirme que el sistema de poder vigente en La Habana vaya a colapsar automáticamente antes de que finalice el año.


 
Conviene comenzar, por tanto, con una pregunta básica: ¿quién ha sostenido, con respaldo empírico y razonamiento lógico, que ese colapso inmediato es inevitable? ¿Dónde está esa tesis, quién la formula y sobre qué datos se apoya? Hasta donde alcanza la evidencia disponible, no existe tal planteamiento. Lo que sí aparece es una expectativa emocional atribuida de manera genérica a “sectores del exilio”, convertida luego en objeto de refutación. Estamos ante una falacia clásica del hombre de paja: se combate un estado de ánimo atribuido a otros, no un argumento analítico real.

 

Rechazar la idea de un colapso automático no implica, sin embargo, negar la excepcionalidad del momento actual. El segundo error del análisis criticado consiste en equiparar mecánicamente la coyuntura presente con crisis anteriores —como 1991 o las protestas de julio de 2021— para concluir que, dado que el régimen sobrevivió entonces, sobrevivirá ahora sin transformaciones profundas. Ese razonamiento ignora la especificidad histórica del contexto actual.

 

Nunca antes, desde 1959, el aparato de poder castrista había enfrentado una paralización simultánea y progresiva de sectores estratégicos fundamentales: energía, transporte, producción alimentaria, generación de divisas y servicios básicos. Nunca antes se había combinado de forma tan aguda el colapso funcional del modelo económico con una migración masiva que opera como válvula de escape social y, al mismo tiempo, como evidencia del agotamiento estructural del Estado. Ni siquiera durante el denominado Período Especial se alcanzó un nivel comparable de desarticulación sostenida.

 

Este deterioro no significa que Cuba esté colapsando como nación. Significa algo distinto y más grave: que el sistema castrista conserva el poder mientras vacía al país. La nación cubana resiste; lo que se descompone es la capacidad del régimen para sostener una sociedad funcional sin recurrir al éxodo, la represión y la inercia.

 

A esta crisis interna se suma un entorno geopolítico cualitativamente distinto. Por primera vez, existe una definición explícita desde la presidencia y la Secretaría de Estado de Estados Unidos según la cual no se permitirá en el hemisferio la consolidación de gobiernos alineados estratégicamente con los adversarios globales de Occidente. Este marco doctrinal no existía en 1991, no estuvo presente durante el deshielo diplomático ni fue formulado tras las protestas de 2021.

 

El precedente venezolano refuerza esta lectura, no como ejemplo de colapso rápido, sino como advertencia. Un régimen autoritario puede sobrevivir durante años a costa de su viabilidad económica, su soberanía efectiva y su capacidad real de gobernanza. Puede seguir mandando mientras el país se empobrece, se fragmenta y se vacía. Es hacia ese modelo de deterioro crónico —no hacia una estabilidad duradera— donde el sistema castrista parece desplazarse.

 

Aquí se comete el error conceptual más grave: confundir la ausencia de colapso inmediato con estabilidad. Confundir la continuidad del poder con la salud del país. Confundir que el régimen no caiga con que la nación resista gracias a él, cuando en realidad resiste a pesar de él.

 

Resulta indispensable distinguir entre dos conceptos distintos: colapso del régimen y deterioro estructural terminal. El primero supone una ruptura abrupta del aparato coercitivo; el segundo describe una degradación profunda, acumulativa e irreversible que no necesita manifestarse en plazos cortos ni mediante escenas espectaculares. La historia demuestra que muchos sistemas autoritarios no caen de golpe, sino que se pudren lentamente mientras destruyen el tejido nacional.

 

El error no está en dudar del colapso inmediato. El error está en utilizar esa duda para normalizar el agotamiento, justificar la resignación o presentar la descomposición como repetición del pasado. Entre la fantasía del derrumbe automático y la idea de una dictadura eterna existe una realidad mucho más inquietante: la de un poder que sobrevive sin gobernar, de un Estado que manda sin funcionar, de un sistema que se perpetúa vaciando a la nación que dice representar.

 

Patria, pueblo y libertad no se defienden ni con sueños prestados ni con resignaciones disfrazadas de realismo. Se defienden nombrando el agotamiento del poder que oprime y separándolo con claridad de la nación que sufre. Cuba no es el sistema castrista. Cuba es la víctima de ese sistema.

 

Un régimen que necesita vaciar al país para sobrevivir, que gobierna expulsando, empobreciendo y paralizando, no es estable: es terminal, aunque no caiga de inmediato. Confundir la continuidad del mando con viabilidad histórica es el error que ha permitido a la dictadura prolongarse mientras destruye el futuro nacional.

 

No hay aquí profecías ni consuelos. Hay una constatación: ningún poder que solo puede sostenerse destruyendo a su pueblo puede eternizarse sin pagar un precio histórico. Reconocerlo no es soñar. Es asumir, con responsabilidad política, que la libertad no llega por inercia, pero tampoco se extingue porque los opresores lo deseen.

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