domingo, 22 de febrero de 2026

DOS CUBAS Y UN MISMO PRESENTE


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Entre la escasez disciplinaria y la posibilidad democrática


Cuba no vive solamente una crisis económica. Vive una encrucijada histórica.

No es un debate abstracto. No es una discusión de pueblo contra oficialismo. No es una consigna contra otra. Es una bifurcación concreta, visible en la vida cotidiana, en los apagones, en los aeropuertos, en los hospitales, en el ánimo de la juventud y en el cálculo silencioso de quienes ejercen el poder.

Hoy conviven dos Cubas. No en el futuro. Ahora.



I. La Cuba que se contrae

La primera es la Cuba de los duros. La de quienes creen que el poder puede sostenerse aun cuando el país se reduzca materialmente.

En esa Cuba la prioridad no es prosperar. Es mantenerse.

La consigna central no habla de crecimiento, habla de disciplina. La escasez no es excusa para la desobediencia. La crisis no otorga licencia. El hambre no autoriza el desafío.

El Estado no desaparece; se concentra. Reduce funciones complejas y protege el núcleo: fuerzas armadas, seguridad, puertos, telecomunicaciones estratégicas. La electricidad se convierte en herramienta política. Hay circuitos protegidos y circuitos sacrificados. La capital recibe más horas que las provincias. No por benevolencia, sino por cálculo.

La ciudad no estalla; se apaga por turnos. La electricidad deja de ser normalidad y se convierte en evento. Cuando llega la corriente, el barrio entero se activa. Cuando se va, regresa el humo del carbón y la penumbra.

Los aeropuertos siguen abiertos, pero con menos vuelos. El combustible es estratégico y escaso. Algunos hoteles permanecen iluminados como vitrinas mientras otros cierran discretamente. Hay dos países superpuestos: el enclave que funciona y el resto que se adapta.

La economía formal pierde densidad. Fábricas detenidas por falta de piezas, transporte intermitente, servicios públicos mínimos. El país se encoge. Moverse cuesta demasiado. La vida se reorganiza por barrios.

La economía real es la informal. Baterías reparadas. Paneles solares traídos por redes familiares. Medicinas que circulan por contactos. Alimentos que cambian de manos por trueque. El mercado negro no es excepción; es estructura. El poder lo vigila y lo tolera selectivamente porque sin él la supervivencia sería imposible.

Los hospitales funcionan en emergencia permanente. Se atiende lo urgente; lo demás espera. Aumentan las muertes silenciosas, no espectaculares. La salud deja de ser promesa y se convierte en administración de carencias.

La juventud aprende el idioma del pragmatismo. No hay grandes consignas, hay “resolver”. Algunos se adaptan. Otros se desconectan. Otros intentan irse. La política pesa más de lo que entusiasma.

En esta Cuba, el horizonte se reduce. No hay promesa de mejora cercana. Solo continuidad administrada.

Es una resistencia empobrecida que apuesta a la disciplina, al acostumbramiento y al tiempo.



II. La Cuba que respira

La segunda Cuba no existe aún plenamente, pero empieza a imaginarse. No nace de una fantasía, sino de una posibilidad política real: una transición ordenada que cambie la dirección del país.

No comienza con euforia. Comienza con señal.

Liberaciones. Un calendario. Reformas anunciadas con precisión. No retórica, sino hechos verificables.

En esa Cuba la electricidad deja de ser sorpresa. No vuelve perfecta de inmediato, pero vuelve suficiente. Los apagones dejan de organizar la vida. El agua sube con regularidad. La normalidad reaparece como experiencia cotidiana.

En los aeropuertos el movimiento ya no es solo salida, también regreso. Cubanos que vuelven a mirar. Aerolíneas que amplían rutas. Turistas cautelosos pero presentes. El sonido de maletas deja de significar únicamente despedida.

Los hospitales comienzan a recibir insumos básicos con regularidad. Equipos reparados. Medicamentos disponibles. La emergencia deja de ser permanente.

La economía empieza a moverse desde abajo. Lo que antes era clandestino comienza a formalizarse. Talleres, cafeterías, importadores, técnicos. El “resolver” se transforma en emprendimiento legal.

La política regresa al espacio público. Se habla sin susurros. La crítica deja de ser delito automático. La democracia no aparece completa, pero comienza como práctica diaria.

La juventud se hace una pregunta distinta: no solo “¿cómo me voy?”, sino “¿qué puedo construir aquí?”.

La diferencia fundamental no es riqueza inmediata. Es previsibilidad.

En esa Cuba el horizonte reaparece.



III. La verdadera diferencia

La distancia entre ambas Cubas no es ideológica. Es psicológica.

En la primera, la escasez se convierte en disciplina. En la segunda, la previsibilidad se convierte en confianza.

En la primera, el tiempo es resistencia. En la segunda, el tiempo vuelve a ser proyecto.

Un sistema puede sostener hambre. Puede sostener apagones. Puede sostener sacrificio.

Lo que no siempre puede sostener es la pérdida total de horizonte.

Cuando la población deja de creer que existe un futuro posible dentro del sistema, el desgaste ya no es solo material; es estructural.



IV. El punto de decisión

Cuba no está condenada a una economía primitiva. Tampoco está garantizada una transición ordenada.

Lo que está en juego no es solo el nivel de consumo, sino la dirección histórica.

¿Puede sostenerse indefinidamente una sociedad donde la escasez es regla y la obediencia es condición? ¿O terminará imponiéndose la lógica de la posibilidad, no por idealismo, sino por simple necesidad de viabilidad?

La respuesta no está escrita.

Pero hoy, en medio de apagones y conversaciones en voz baja, ambas Cubas existen.

Y la más poderosa no será necesariamente la que grite más fuerte, sino la que ofrezca horizonte.

Porque en política, como en la vida, no siempre vence quien resiste más, sino quien ofrece futuro.

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