DOS CUBAS Y UN MISMO PRESENTE
Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
Entre la escasez disciplinaria y la posibilidad democrática
Cuba no vive solamente una crisis económica. Vive una encrucijada histórica.
No es un debate abstracto. No es una discusión de pueblo contra oficialismo. No
es una consigna contra otra. Es una bifurcación concreta, visible en la vida
cotidiana, en los apagones, en los aeropuertos, en los hospitales, en el ánimo
de la juventud y en el cálculo silencioso de quienes ejercen el poder.
Hoy conviven dos Cubas. No en el futuro. Ahora.
I. La Cuba que se contrae
La primera es la Cuba de los duros. La de quienes creen que el poder puede
sostenerse aun cuando el país se reduzca materialmente.
En esa Cuba la prioridad no es prosperar. Es mantenerse.
La consigna central no habla de crecimiento, habla de disciplina. La escasez no
es excusa para la desobediencia. La crisis no otorga licencia. El hambre no
autoriza el desafío.
El Estado no desaparece; se concentra. Reduce funciones complejas y protege el
núcleo: fuerzas armadas, seguridad, puertos, telecomunicaciones estratégicas.
La electricidad se convierte en herramienta política. Hay circuitos protegidos
y circuitos sacrificados. La capital recibe más horas que las provincias. No
por benevolencia, sino por cálculo.
La ciudad no estalla; se apaga por turnos. La electricidad deja de ser
normalidad y se convierte en evento. Cuando llega la corriente, el barrio
entero se activa. Cuando se va, regresa el humo del carbón y la penumbra.
Los aeropuertos siguen abiertos, pero con menos vuelos. El combustible es
estratégico y escaso. Algunos hoteles permanecen iluminados como vitrinas
mientras otros cierran discretamente. Hay dos países superpuestos: el enclave
que funciona y el resto que se adapta.
La economía formal pierde densidad. Fábricas detenidas por falta de piezas,
transporte intermitente, servicios públicos mínimos. El país se encoge. Moverse
cuesta demasiado. La vida se reorganiza por barrios.
La economía real es la informal. Baterías reparadas. Paneles solares traídos
por redes familiares. Medicinas que circulan por contactos. Alimentos que
cambian de manos por trueque. El mercado negro no es excepción; es estructura.
El poder lo vigila y lo tolera selectivamente porque sin él la supervivencia
sería imposible.
Los hospitales funcionan en emergencia permanente. Se atiende lo urgente; lo
demás espera. Aumentan las muertes silenciosas, no espectaculares. La salud
deja de ser promesa y se convierte en administración de carencias.
La juventud aprende el idioma del pragmatismo. No hay grandes consignas, hay
“resolver”. Algunos se adaptan. Otros se desconectan. Otros intentan irse. La
política pesa más de lo que entusiasma.
En esta Cuba, el horizonte se reduce. No hay promesa de mejora cercana. Solo
continuidad administrada.
Es una resistencia empobrecida que apuesta a la disciplina, al acostumbramiento
y al tiempo.
II. La Cuba que respira
La segunda Cuba no existe aún plenamente, pero empieza a imaginarse. No nace de
una fantasía, sino de una posibilidad política real: una transición ordenada
que cambie la dirección del país.
No comienza con euforia. Comienza con señal.
Liberaciones. Un calendario. Reformas anunciadas con precisión. No retórica,
sino hechos verificables.
En esa Cuba la electricidad deja de ser sorpresa. No vuelve perfecta de
inmediato, pero vuelve suficiente. Los apagones dejan de organizar la vida. El
agua sube con regularidad. La normalidad reaparece como experiencia cotidiana.
En los aeropuertos el movimiento ya no es solo salida, también regreso. Cubanos
que vuelven a mirar. Aerolíneas que amplían rutas. Turistas cautelosos pero
presentes. El sonido de maletas deja de significar únicamente despedida.
Los hospitales comienzan a recibir insumos básicos con regularidad. Equipos
reparados. Medicamentos disponibles. La emergencia deja de ser permanente.
La economía empieza a moverse desde abajo. Lo que antes era clandestino
comienza a formalizarse. Talleres, cafeterías, importadores, técnicos. El
“resolver” se transforma en emprendimiento legal.
La política regresa al espacio público. Se habla sin susurros. La crítica deja
de ser delito automático. La democracia no aparece completa, pero comienza como
práctica diaria.
La juventud se hace una pregunta distinta: no solo “¿cómo me voy?”, sino “¿qué
puedo construir aquí?”.
La diferencia fundamental no es riqueza inmediata. Es previsibilidad.
En esa Cuba el horizonte reaparece.
III. La verdadera diferencia
La distancia entre ambas Cubas no es ideológica. Es psicológica.
En la primera, la escasez se convierte en disciplina. En la segunda, la
previsibilidad se convierte en confianza.
En la primera, el tiempo es resistencia. En la segunda, el tiempo vuelve a ser
proyecto.
Un sistema puede sostener hambre. Puede sostener apagones. Puede sostener
sacrificio.
Lo que no siempre puede sostener es la pérdida total de horizonte.
Cuando la población deja de creer que existe un futuro posible dentro del
sistema, el desgaste ya no es solo material; es estructural.
IV. El punto de decisión
Cuba no está condenada a una economía primitiva. Tampoco está garantizada una
transición ordenada.
Lo que está en juego no es solo el nivel de consumo, sino la dirección
histórica.
¿Puede sostenerse indefinidamente una sociedad donde la escasez es regla y la
obediencia es condición? ¿O terminará imponiéndose la lógica de la posibilidad,
no por idealismo, sino por simple necesidad de viabilidad?
La respuesta no está escrita.
Pero hoy, en medio de apagones y conversaciones en voz baja, ambas Cubas
existen.
Y la más poderosa no será necesariamente la que grite más fuerte, sino la que
ofrezca horizonte.
Porque en política, como en la vida, no siempre vence quien resiste más, sino
quien ofrece futuro.


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