Zelensky en Davos 2026: por qué Ucrania ya no puede depender de Estados Unidos


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Cuando escuché el discurso de Volodymyr Zelensky en Davos, se me encogió el corazón. El propio Zelensky comenzó su intervención evocando la película Groundhog Day, esa historia en la que el mismo día se repite una y otra vez sin salida aparente. No era una referencia ligera ni anecdótica. En su voz se percibía cansancio, frustración y, sobre todo, la sensación de estar atrapado en un ciclo político que se repite mientras la guerra continúa cobrando vidas. Esa imagen inicial decía más que cualquier consigna. Durante los primeros años de la invasión rusa, Zelensky habló al mundo desde una premisa que parecía inamovible: Estados Unidos era el eje del sistema occidental y el garante último de la supervivencia de Ucrania. Sus discursos de 2022 y 2023 estuvieron construidos sobre esa certeza, apelando directamente a Washington, a su historia, a su identidad como líder del mundo libre y a la obligación moral de no permitir que una democracia fuera destruida por la fuerza.

 

Ese marco ha cambiado. El discurso de Zelensky en Davos no rompe con Estados Unidos, pero sí deja claro que ha dejado de confiar en él como pilar automático del orden occidental. No hay reproches abiertos ni gestos de confrontación, pero sí un desplazamiento evidente del centro de gravedad. Zelensky ya no habla a Washington como árbitro natural del conflicto, ni articula su mensaje en torno a la promesa de un apoyo indefinido. En su lugar, interpela a Europa con una crudeza inusual y la obliga a mirarse al espejo: o asume su responsabilidad estratégica o acepta su propia irrelevancia.

 

La referencia al llamado “modo Groenlandia” europeo no es una ocurrencia retórica ni una frase diseñada para titulares. Zelensky utilizó esa expresión para describir la actitud de un continente que se comporta como si observara los grandes movimientos geopolíticos desde la distancia, esperando que otros —principalmente Estados Unidos— decidan por él. Es la Europa que aguarda instrucciones, garantías y consensos externos antes de actuar, incluso cuando la guerra se libra en su propio vecindario. En el contexto actual, ese “modo Groenlandia” equivale a aceptar la parálisis. La política exterior estadounidense ha dejado de responder a una lógica estratégica estable y se encuentra subordinada a disputas internas, ciclos electorales y cálculos domésticos que poco tienen que ver con la realidad del frente de batalla o con el costo humano de la guerra.

 

A esa parálisis se suma una contradicción aún más incómoda. Mientras Ucrania espera decisiones políticas, los misiles y drones que destruyen sus ciudades siguen llegando. Y muchos de ellos contienen componentes fabricados por empresas de Estados Unidos, de Europa y de Taiwán. Microchips, sistemas de navegación, sensores y piezas electrónicas que, pese a las sanciones, continúan filtrándose hacia la maquinaria de guerra rusa a través de intermediarios, mercados grises y una cadena global que nadie parece dispuesto a cortar del todo. Occidente debate, pero su tecnología mata. La guerra se prolonga no solo por la falta de decisiones estratégicas, sino por la hipocresía de un sistema que condena en los discursos lo que tolera en la práctica.

 

Estados Unidos sigue siendo un actor indispensable, pero ha dejado de ser una constante. Zelensky no lo expulsa del tablero —sería irresponsable hacerlo—, pero tampoco construye la supervivencia de Ucrania sobre una dependencia absoluta. El tono épico de los primeros años, cargado de apelaciones morales y referencias históricas dirigidas al Congreso estadounidense, ha sido sustituido por un realismo incómodo: ningún país en guerra puede atar su destino a la voluntad cambiante de una potencia cuya política exterior oscila al ritmo de su política interna, mientras su propio ecosistema económico alimenta indirectamente al agresor.

 

El mensaje de Davos no es una queja ni un lamento. Es una advertencia. En 2022, Zelensky pedía liderazgo; en 2026, exige responsabilidad. No desde la ideología ni desde el resentimiento, sino desde la necesidad. Si Europa no asume el peso estratégico que Estados Unidos ya no quiere o no puede sostener de forma estable, el vacío no lo pagará Washington, sino Ucrania, en vidas humanas, territorios perdidos y una guerra innecesariamente prolongada.

 

La referencia inicial a Groundhog Day cobra entonces todo su sentido. No es solo una metáfora de la frustración diplomática, sino del fracaso moral del sistema. Cada día que se repite sin decisiones reales es un día en el que nuevos misiles caen, nuevos drones atacan y nuevas vidas se pierden, muchas veces con tecnología diseñada y producida en los mismos países que prometen apoyo. Zelensky no habló en Davos para conmover; habló para advertir que seguir repitiendo el mismo día ya no es una opción. Porque en esta guerra, a diferencia de la película, cada repetición tiene consecuencias irreversibles.

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RUSIA PROMETE Y NO CUMPLE MIENTRAS EL CASTRISMO COLAPSA

La triste vida del caballo de tiro - OnCubaNews 

 

Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Autos, apagones y propaganda en la relación ruso-castrista

 

Según una nota divulgada por el portal CubitaNow basada en un despacho de la agencia estatal rusa TASS difundido por la Embajada de Cuba en Rusia, el gobierno ruso anunció planes para aumentar en 2026 el ensamblaje de vehículos UAZ en la Isla. "En diciembre de 2024, Rusia entregó un lote de 16 vehículos".Aunque, "En fases iniciales del proyecto se mencionó una capacidad potencial de hasta 500 vehículos anuales" ahora no se menciona ni esa cantidad. A pesar de esta cifra ridícula comparada con los 10 segundos que demora ensamblar un vehículo en la fabrica de Hyundai en Ulsan, Corea del Sur, alardear sobre la ampliación de este proyecto roza el absurdo en el contexto actual del país. Cuba atraviesa una crisis profunda de combustible que mantiene paralizados el transporte público, la agricultura y buena parte de la actividad económica. En esas condiciones, hablar de fabricar o ensamblar automóviles carece de sentido práctico: no existe energía estable, no hay combustible para operar los vehículos y no hay una red logística funcional. Más que un proyecto industrial viable, el ensamblaje de autos UAZ en Cuba se presenta como un gesto propagandístico, desconectado de las necesidades urgentes de la población y de la realidad material del país.

 

Este tipo de anuncios no es nuevo y se inscribe en un patrón reiterado de promesas económicas que no se traducen en soluciones reales. En los últimos años, proyectos presentados como ejemplos de cooperación estratégica entre Moscú y La Habana han terminado reducidos a entregas simbólicas, plantas subutilizadas o simples titulares sin impacto estructural. La ausencia de cifras concretas, plazos verificables y compromisos exigibles refuerza la percepción de que estos convenios responden más a intereses políticos y diplomáticos que a un verdadero plan de recuperación económica para Cuba.

 

La experiencia en el sector energético ilustra con claridad este patrón de promesas incumplidas. Desde 2015, cuando Rusia concedió a Cuba un crédito estatal de 1 200 millones de euros para construir y modernizar unidades termoeléctricas, los compromisos han sido reiterados sin resultados tangibles. Ese proyecto nunca se ejecutó porque el régimen cubano no pudo cumplir ni siquiera con los requisitos financieros iniciales. En 2019 y 2020 se renovaron acuerdos de modernización, y en 2024 y 2025 Moscú volvió a anunciar planes de inversión por más de 1 000 millones de dólares, incluyendo el sector energético, mientras el país sigue sumido en apagones crónicos. Tras una década de anuncios, la realidad es que el sistema eléctrico cubano continúa colapsado.

 

En este contexto, anuncios como el del ensamblaje de vehículos UAZ no representan una estrategia de desarrollo, sino una puesta en escena política. Mientras no se resuelvan los problemas básicos de energía, combustible y funcionamiento económico, estos proyectos seguirán siendo promesas recicladas que no cambian la realidad cotidiana de los cubanos ni ofrecen una salida creíble a la crisis estructural del país.

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LA CHARLATANERÍA DE FIDEL CASTRO PARA ESCONDER EL MIEDO DEL RÉGIMEN

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

La “Guerra de todo el Pueblo”, una doctrina obsoleta para un país sin petróleo ni defensa real


La llamada “doctrina militar” de Fidel Castro, conocida como Guerra de todo el Pueblo, no constituye en sentido estricto una doctrina militar auténtica, sino una exageración ideológica que raya en la charlatanería estratégica. Se trata de un conjunto de ideas formuladas hace más de medio siglo, ancladas en la lógica de la guerrilla rural, el sacrificio humano masivo y la movilización permanente de la población civil, propias de un mundo bipolar que ya no existe. En las condiciones del siglo XXI —marcadas por la supremacía tecnológica, la guerra aérea, los sistemas de precisión, la inteligencia satelital y la guerra electrónica— estas concepciones no solo están superadas, sino que resultan irrelevantes desde el punto de vista militar y peligrosas desde el punto de vista político, al confundir defensa nacional con propaganda y resistencia con inmolación colectiva.

 

Esta construcción ideológica cumple, sin embargo, una función clara: no la de defender al país, sino la de encubrir la extrema vulnerabilidad del régimen en un momento de profundo temor estratégico. Tras los recientes acontecimientos en Venezuela y el colapso del suministro de petróleo subvencionado que durante años sostuvo artificialmente a la economía cubana, la dictadura se enfrenta a una realidad inédita: carece de recursos energéticos, de divisas y de aliados dispuestos a sostenerla indefinidamente. En ese contexto de fragilidad, la retórica militar se reactiva como mecanismo de supervivencia política. La Guerra de todo el Pueblo convierte la escasez, el apagón y la precariedad en supuestas virtudes patrióticas, trasladando el costo del fracaso estructural del Estado a una población exhausta, obligada a asumir el sacrificio como destino histórico.

 

Comparada con doctrinas militares auténticas —como las de Estados Unidos, la OTAN o Israel— la brecha es abismal. Las doctrinas modernas se orientan a disuadir o ganar conflictos con rapidez, minimizar bajas, proteger a la población civil y alcanzar objetivos políticos claramente definidos mediante superioridad tecnológica, control del espacio aéreo e integración efectiva de fuerzas. Son doctrinas dinámicas, sometidas a revisión constante, que reconocen que la guerra moderna se decide por información, precisión y velocidad. La doctrina castrista, en cambio, carece de concepto de victoria, no define condiciones de finalización del conflicto y no incorpora ninguna respuesta creíble a las amenazas contemporáneas. No evoluciona porque no es el resultado de análisis profesional, sino de un dogma ideológico congelado, concebido para perpetuar la obediencia y no para enfrentar la realidad.

 

La obsolescencia de esta supuesta doctrina queda finalmente expuesta al analizar el armamento real de la dictadura castrista. Las Fuerzas Armadas cubanas dependen casi por completo de equipos soviéticos de la Guerra Fría: aviones de combate anticuados, sistemas de defensa aérea incapaces de enfrentar drones o misiles modernos, blindados sin protección activa y una marina limitada a funciones costeras. Cuba no posee superioridad aérea, ni defensa antimisiles creíble, ni capacidades avanzadas de guerra electrónica. En estas condiciones, hablar de una resistencia eficaz frente a un adversario moderno no es estrategia ni disuasión: es propaganda. Una propaganda que revela la verdad esencial del régimen: incapaz de defenderse frente a amenazas reales, pero siempre dispuesto a recurrir a mitos del pasado y al sacrificio del propio pueblo para aferrarse al poder.
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ALBERTO MÜLLER Y SU LUCHA POR LA LIBERTAD DE CUBA




Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 "Se nos trata de enseñar, desde que podemosentender las palabras, que existe un deber que todo hombre debe cumplir y ese deber es con la tierra que nos vio nacer. Con la Patria, que sin que se lo pidamos, nos da el primer apellido"

Alberto Muller,  primer editorial de Trinchera
La Habana, septiembre de 1959


Alberto Müller es una de las figuras más coherentes y sacrificadas de la lucha por la libertad de Cuba, representante de una generación que combatió primero la dictadura de Fulgencio Batista y luego se enfrentó, con igual firmeza, a la traición totalitaria del régimen instaurado por Fidel Castro. Su vida es testimonio de una revolución democrática frustrada y de una resistencia que no se rindió ante la cárcel ni el exilio.

 

Como líder estudiantil en la Universidad de La Habana, Müller participó activamente en la oposición al batistato y, tras el triunfo de enero de 1959, fue de los primeros en advertir el giro autoritario del nuevo poder. En febrero de 1960, coorganizó la histórica protesta estudiantil contra la visita a Cuba de Anastás Mikoyán, alto dirigente soviético vinculado a la represión en Hungría. Aquella acción pacífica y profundamente simbólica marcó una ruptura temprana con el rumbo comunista del régimen.

 

Como represalia directa, Alberto Müller fue expulsado de la Universidad de La Habana en 1960, convirtiéndose en uno de los primeros estudiantes sancionados por razones ideológicas bajo el castrismo. Ese mismo año salió al exilio y se estableció inicialmente en Miami, donde un grupo de jóvenes universitarios decidió reorganizar la lucha contra la nueva dictadura.

 

El 23 de septiembre de 1960, en la ciudad de Miami, Alberto Müller fue fundador del Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE), organización que retomaba la tradición histórica del movimiento estudiantil cubano en la lucha contra las dictaduras. Nombrado Secretario General del Directorio, Müller asumió una decisión que marcaría su destino: regresar a Cuba para organizar la resistencia desde el interior.

 

En noviembre de 1960 regresó clandestinamente a la Isla para dirigir y estructurar el Directorio Revolucionario Estudiantil dentro de Cuba. Desde el interior participó en tareas de propaganda, organización clandestina y preparación de acciones de resistencia, consciente del alto riesgo que implicaba enfrentar al nuevo régimen.

 

El 21 de abril de 1961 fue arrestado por la Seguridad del Estado. Comenzaba así uno de los períodos más duros de su vida. Pasó quince años en prisión política, entre 1961 y 1976, sometido a torturas, simulacros de fusilamiento, aislamiento prolongado y trabajos forzados. Durante su cautiverio fue compañero de prisión del Comandante Huber Matos, uno de los primeros grandes acusadores del carácter totalitario del régimen castrista. Ambos encarnan una misma línea moral: revolucionarios democráticos que se negaron a traicionar sus principios y pagaron por ello con años de presidio.

 

Liberado en 1976 y salido al exilio definitivo en 1979, Alberto Müller continuó su lucha desde el periodismo, la literatura y la memoria histórica. Fue columnista durante más de dos décadas y una de las voces más constantes del exilio cubano.

 

Su obra escrita constituye un legado imprescindible para comprender la represión y la desilusión de una generación traicionada. Entre sus libros destacan los poemarios Tierra condenada y Tierra metalizada; el libro de cuentos Todos heridos por el Norte y por el Sur; la novela Monólogo con Yolanda; los ensayos Cuba entre dos extremos, El Proyecto Varela y Retos del periodismo; los libros de investigación Che Guevara: valgo más vivo que muerto y ¿Por qué Fidel abandonó al Che?; y sus memorias ¡Pobre Cuba!.

 

La trayectoria de Alberto Müller es la de un hombre que nunca claudicó. Su lucha no fue por el poder, sino por la libertad; no por una ideología, sino por la dignidad humana. Junto a figuras como Huber Matos, su nombre ocupa un lugar indeleble en la historia moral de Cuba.

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ENGAÑO A INVERSIONISTAS: MÉXICO REPORTA ENVÍOS Al RÉGIMEN CASTRISTA POR VALOR DE 400 MILLONES, FUERON 2.600 MILLONES DE DÓLARES


Por Huber Matos Araluce 
 

 La conducta denunciada constituye una estafa informativa al mercado financiero: PEMEX comunicó a los compradores de bonos, títulos de deuda y demás instrumentos financieros negociados en Estados Unidos que sus envíos de petróleo y derivados al gobierno en Cuba ascendían a 400 millones de dólares, cuando los registros aduanales oficiales y las bases de datos internacionales de comercio internacional demuestran que el volumen real de esas exportaciones superó los 3.048 millones de dólares en el mismo período. La ocultación de más de 2.600 millones de dólares, equivalente a aproximadamente el 87 % del valor real de los envíos, privó a los inversionistas de información material esencial para evaluar correctamente los riesgos financieros, regulatorios y legales asociados a su inversión.

 

 Este hecho adquiere una gravedad adicional porque la presidenta de México ha declarado públicamente que dichos envíos constituyen "ayuda humanitaria", lo que implica que no se trató de una operación accidental ni desconocida por el Ejecutivo, sino de una decisión consciente y políticamente asumida. En ese contexto, no es jurídicamente sostenible afirmar que el Gobierno mexicano o PEMEX desconocían la naturaleza, el volumen o las consecuencias financieras de esos envíos.

 

La revelación de esta discrepancia sustancial entre las exportaciones de combustible de Petróleos Mexicanos (PEMEX) al gobierno en Cuba reportadas ante autoridades estadounidenses y las registradas por las propias autoridades aduanales mexicanas plantea así un problema de extrema gravedad jurídica, con implicaciones directas bajo el derecho de valores de Estados Unidos.

 

De acuerdo con una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), PEMEX informó a la Securities and Exchange Commission (SEC) —la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos— que entre enero y septiembre de 2025 exportó petróleo crudo y derivados al gobierno en Cuba por aproximadamente 400 millones de dólares. Sin embargo, los registros aduanales oficiales de México y las plataformas internacionales de comercio exterior documentan envíos por más de 3.048 millones de dólares durante ese mismo período, una discrepancia que no puede considerarse marginal ni atribuible a un simple error administrativo.

 

La SEC es la autoridad federal encargada de regular los mercados de valores en Estados Unidos y de proteger a los inversionistas frente a prácticas engañosas. Toda entidad —incluidas empresas estatales extranjeras— que emite valores, bonos o instrumentos financieros en dichos mercados está legalmente obligada a divulgar información completa, veraz y coherente, en particular aquella que afecte la evaluación de riesgo por parte de los inversionistas.

 

En el derecho bursátil estadounidense, la información es material cuando su conocimiento habría influido razonablemente en la decisión de un inversionista. Una diferencia superior a 2.600 millones de dólares en exportaciones internacionales cumple de forma inequívoca ese criterio.

 

El hecho de que el destinatario de los envíos sea el gobierno en Cuba, ampliamente reconocido como insolvente y sometido a un régimen de sanciones, refuerza aún más la obligación de divulgación. Ocultar o minimizar operaciones de gran escala con un gobierno sancionado impide a los inversionistas valorar riesgos legales, financieros y regulatorios evidentes, y agrava la responsabilidad del emisor.

 

La declaración pública de la presidenta de México calificando estos envíos como "ayuda humanitaria" tiene un efecto jurídico decisivo: anula prácticamente cualquier intento de justificar la omisión como un error involuntario. Una ayuda humanitaria no es una venta comercial, no genera expectativa de pago y responde a una decisión política deliberada. Por tanto, no puede confundirse contablemente ni omitirse por descuido.

 

Desde el punto de vista jurídico, la conclusión es clara: cuando una operación es deliberada, políticamente asumida y de alto impacto financiero, su omisión en los informes regulatorios no constituye un error, sino un engaño al mercado de valores. La cuestión ya no es si el hecho resulta políticamente incómodo, sino si los reguladores estadounidenses permitirán que un emisor extranjero que se financia en sus mercados oculte miles de millones de dólares en operaciones materiales sin consecuencias legales.

 

San José, Costa Rica


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MARÍA CORINA NO FUE A WASHINGTON A BUSCAR APOYO, SINO A DARLO


Por Huber Matos Araluce

 María Corina Machado no necesita el respaldo de ningún actor político externo para triunfar en unas futuras elecciones libres y supervisadas internacionalmente en Venezuela, ya que su liderazgo y legitimidad se sostienen en un amplio apoyo interno y en una capacidad demostrada de movilización electoral. Su victoria abrumadora en las primarias opositoras de 2023, donde obtuvo más del 92 % de los votos, la consolidó como la principal figura de agregación del electorado opositor. Posteriormente, aun impedida de competir formalmente, su respaldo explícito a la candidatura de Edmundo González Urrutia resultó determinante para articular una mayoría electoral contraria al oficialismo, lo que confirma que su influencia política trasciende su participación directa en la contienda. En un escenario de elecciones auténticamente libres, con garantías institucionales y supervisión internacional, la combinación de liderazgo reconocido, apoyo popular previo y capacidad de transferencia de capital político posiciona a Machado como una candidata con alta probabilidad de victoria, independientemente de avales o apoyos externos.

 

María Corina Machado no viajó a Washington para solicitar el apoyo político de Donald Trump, porque no lo necesita para consolidar su liderazgo ni para ganar unas futuras elecciones libres en Venezuela. Tampoco fue a competir con Delcy Rodríguez —actual “presidenta interina” de una dictadura electoralmente derrotada y ampliamente rechazada por la mayoría del pueblo venezolano— por reconocimiento o legitimidad internacional. Su visita respondió a un objetivo distinto y más estratégico: transmitirle a los venezolanos y al mundo democrático que Donald Trump apoya una transición hacia la democracia en Venezuela, despejando así las dudas que determinados articulistas y comentaristas han intentado sembrar sobre la supuesta indiferencia o ambigüedad de Trump frente a la causa democrática venezolana. En ese sentido, Machado fue a respaldar políticamente a Trump, que en ese momento enfrentaba cuestionamientos sobre su enfoque hacia Venezuela, y no al revés.

 

En coherencia con ese propósito, María Corina Machado no “entregó” el Premio Nobel de la Paz —que es intransferible—, sino que ofreció voluntariamente la medalla que recibió como laureada, un gesto plenamente legítimo y personal. Machado fue clara al explicar el significado histórico del acto, al evocar cómo el marqués de Lafayette entregó a Simón Bolívar una medalla con la efigie de George Washington, y cómo, al presentar su propia medalla a Trump, devolvía simbólicamente ese honor como reconocimiento a su papel en la lucha contra la dictadura venezolana. Lejos de ser un gesto de subordinación, el acto buscó reforzar un vínculo histórico, político y moral entre la causa democrática venezolana y la tradición republicana estadounidense.



Sobre el presente y el futuro de Venezuela, el presidente Donald Trump ha declarado que Estados Unidos asumirá la conducción del proceso político en el país “hasta que se pueda hacer una transición segura y apropiada”, estableciendo explícitamente que la salida hacia la democracia será supervisada desde Washington y no inmediata. En términos operativos, esa responsabilidad ha recaído en el secretario de Estado, Marco Rubio, quien ha delineado públicamente un esquema secuencial basado en tres etapas: una fase inicial de estabilización, orientada a evitar el colapso institucional y garantizar el control del territorio; una segunda fase de recuperación económica y social; y una tercera fase de transición política hacia un orden democrático mediante la reconstrucción institucional y un proceso electoral.



Ante la insistencia de comentaristas y supuestos “expertos” en afirmar que no se conocen las verdaderas intenciones de Trump respecto a Venezuela, la visita de María Corina Machado a Washington y su declaración expresa de confianza en el compromiso de Trump con la democracia venezolana constituyen una contribución política extraordinaria, tanto para el debate internacional como para la claridad que hoy necesita el pueblo venezolano.

 

María Corina Machado no fue a Washington a pedir legitimidad, sino a ejercerla; no a recibir apoyo, sino a darlo; y no a representar una ambición personal, sino a afirmar que la causa democrática venezolana ya tiene liderazgo, rumbo y mayoría.

 

San José, Costa Rica 

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La libertad sin compromiso se pierde


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Así como la fortuna heredada se despilfarra cuando no se valora, la libertad sin sacrificio ni compromiso no es tierra fértil para la democracia.

 

Las sociedades que acceden a la libertad sin haber luchado por ella suelen confundirla con un estado natural, casi automático, como si fuera un derecho que se renueva solo y no una conquista que debe ser defendida cada día. Esa confusión es peligrosa. La historia demuestra que la democracia no muere únicamente por golpes de Estado o dictaduras abiertas; muchas veces se marchita lentamente por indiferencia, comodidad y desmemoria.

 

La libertad heredada —como una fortuna recibida sin esfuerzo— corre el riesgo de ser malgastada. Cuando no se ha pagado su precio, no se entiende su valor. Se la usa sin responsabilidad, se la exige sin asumir deberes y, finalmente, se la pierde sin comprender cómo ocurrió. La democracia, entonces, deja de ser un proyecto colectivo para convertirse en un trámite vacío, vulnerable a la manipulación, el clientelismo y el autoritarismo disfrazado.

 

Toda democracia real exige sacrificio. Sacrificio para informarse, para participar, para exigir rendición de cuentas y para defender a quienes son excluidos o silenciados. Exige compromiso con principios que no siempre resultan cómodos: la igualdad ante la ley, la dignidad humana, la justicia social y el respeto a la verdad. Sin ese compromiso, la libertad se convierte en una palabra hueca, fácilmente apropiada por quienes buscan poder sin límites.

 

No hay democracia sostenible sin ciudadanos conscientes. El voto, por sí solo, no basta. Tampoco basta con indignarse de forma ocasional o reaccionar solo cuando el abuso toca la puerta propia. La democracia se cultiva en la vigilancia permanente, en la solidaridad con el otro y en la negativa a normalizar la injusticia, incluso cuando no nos afecta directamente.

 

Los regímenes autoritarios entienden muy bien esta debilidad. Por eso promueven la apatía, el miedo y la fragmentación social. Saben que una ciudadanía cansada, resignada o despolitizada es el terreno ideal para desmontar libertades sin necesidad de violencia abierta. Allí donde la gente deja de defender principios y se limita a sobrevivir, la democracia empieza a retroceder.

 

La libertad no es un legado inagotable. Cada generación decide si la preserva, la fortalece o la pierde. Creer que otros la defenderán, que las instituciones lo harán solas o que siempre habrá tiempo para reaccionar es una forma cómoda —y peligrosa— de renunciar a ella.

 

La democracia no se hereda intacta: se trabaja, se cuida y, cuando es necesario, se defiende. Sin sacrificio y sin compromiso, la libertad se erosiona. Y cuando eso ocurre, no se pierde de golpe: se pierde en silencio.

 

Hoy, cuando los cubanos comenzamos a ver la libertad en el horizonte, debemos tener siempre presente el consejo de Thomas Jefferson, tan simple como implacable:

“El precio de la libertad es la vigilancia eterna”.

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EL RÉGIMEN IRANÍ SOBREVIVE AL CORTO PLAZO, PERO PIERDE EL LARGO PLAZO


 Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica


Los regímenes autoritarios no caen cuando parecen más débiles, sino cuando ya no tienen futuro. Irán ha entrado en esa fase. Puede resistir, puede reprimir, puede silenciar por momentos, pero ya no puede gobernar con legitimidad ni ofrecer un horizonte histórico a su pueblo.

 

En los últimos días, las protestas en Irán han crecido en tamaño, alcance y determinación. No son disturbios aislados ni expresiones marginales: son la manifestación visible de una sociedad agotada por décadas de mentira ideológica, corrupción clerical y empobrecimiento sistemático. Frente a esa realidad, el ayatolá Ali Khamenei ha optado por el único lenguaje que el régimen conoce: la negación absoluta. Ha dicho que no se irá, que no cederá, que no escuchará.

Esa declaración no es una muestra de fuerza. Es una confesión de encierro.

 

La República Islámica de Irán no se sostiene por consenso, sino por coerción. Su supervivencia descansa en la represión constante, el control absoluto de los Guardianes de la Revolución y una economía de supervivencia basada en la venta de petróleo con descuento, sin desarrollo ni futuro.

 

El traspaso silencioso del poder: del clero a los militares

Un elemento decisivo del momento iraní es el desplazamiento real del poder. Aunque el régimen se presenta como una teocracia, el control efectivo del Estado ya no reside en el clero, sino en el aparato militar‑económico de los Guardianes de la Revolución. Son ellos quienes controlan la represión, vastos sectores de la economía, las rutas del petróleo, el aparato de inteligencia y la proyección regional. El ayatolá conserva la autoridad simbólica, pero el músculo del régimen es militar. Este traspaso no fortalece al sistema; lo desnuda. Cuando un régimen necesita entregar el poder real a los cuarteles para sobrevivir, ha reconocido implícitamente que su legitimidad política y moral se ha agotado.

 

Las protestas actuales revelan que el miedo ha cambiado de bando. Las consignas ya no piden reformas, sino que deslegitiman moral y políticamente al sistema. El régimen puede disparar, encarcelar y censurar, pero ya no puede convencer.

 

La economía iraní vive una crisis estructural: inflación, desempleo juvenil masivo y empobrecimiento sostenido. Cada año el régimen necesita más represión para sostener menos bienestar, una ecuación históricamente condenada.

 

 Trump y la incertidumbre estratégica

La advertencia del presidente Donald Trump de que no permitirá una represión masiva en Irán introduce un límite estratégico. No promete derrocar al régimen, pero sí impedir que cierre la crisis con violencia ilimitada sin consecuencias. El instrumento central de supervivencia del sistema deja de ser gratuito.

 

La advertencia de Donald Trump no debe interpretarse como una promesa de intervención inmediata ni como un simple gesto retórico. Forma parte de un estilo político deliberado: reservarse el derecho de actuar cuando las circunstancias lo favorezcan. Trump no fija calendarios ni anuncia movimientos; introduce incertidumbre. Para un régimen autoritario acostumbrado a controlar el ritmo de los acontecimientos mediante la represión, esta ambigüedad estratégica es profundamente desestabilizadora. El mensaje es claro: el tiempo ya no está completamente bajo control de Teherán.

Irán no caerá por una protesta aislada, sino por una ruptura interna. Ese momento aún no ha llegado, pero se aproxima.

 

 Llamado final

Los pueblos no nacen para obedecer eternamente, sino para vivir con dignidad. Ningún poder que se sostenga sobre el miedo puede reclamar legitimidad histórica. Como enseñó Martí, la libertad no se mendiga: se conquista con decoro. El pueblo iraní ha comenzado ese camino con la conciencia de su propio derecho. A quienes hoy detentan el poder les queda una elección: aferrarse a la fuerza y cargar con la responsabilidad del derrumbe, o escuchar a su pueblo y evitar que la nación pague con sangre lo que el régimen se niega a reconocer con razón.

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LA CAPTURA DE MADURO Y EL GOLPE MORTAL AL MITO DE LA INTELIGENCIA CASTRISTA


Por Patria Pueblo y Libertad

Fuente original: The Wall Street Journal – Santiago Pérez

5 de enero de 2026

 

Durante décadas, el régimen cubano cultivó con celo el mito de un aparato de inteligencia omnipresente, infalible y temida, capaz de sobrevivir al colapso soviético, infiltrarse en gobiernos extranjeros y sostener dictaduras aliadas. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos ha demolido ese mito de forma abrupta y pública.

 

La operación militar estadounidense en Caracas, ejecutada con precisión quirúrgica en la madrugada del sábado, no solo terminó con el principal sostén político del castrismo en América Latina, sino que expuso una verdad incómoda para La Habana: su sistema de inteligencia y seguridad, considerado durante años uno de los pilares del poder revolucionario, mostró fallas graves, vulnerabilidades estructurales y una alarmante incapacidad de respuesta.

 

Según confirmó el propio régimen cubano, 32 oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior murieron mientras integraban el dispositivo de seguridad personal de Maduro. Se trata de una cifra extraordinaria para una operación de protección que, en teoría, debía anticipar amenazas, neutralizar riesgos y garantizar rutas de escape. Nada de eso ocurrió.

 

Durante la Guerra Fría, los servicios de inteligencia cubanos fueron aliados estratégicos de la KGB soviética, construyendo extensas redes de informantes en América Latina y África, desarticulando conspiraciones internas y exportando “know-how” represivo a gobiernos afines. Tras la caída de la Unión Soviética, esa maquinaria encontró en Venezuela su tabla de salvación: petróleo subsidiado a cambio de control político, militar e institucional.

 

Maduro no era un protegido más. Era la joya de la corona del castrismo en el continente. Por eso, el hecho de que fuerzas estadounidenses lograran capturarlo junto a su esposa, antes incluso de que alcanzara una sala segura, representa una humillación estratégica sin precedentes para La Habana.

 

Expertos citados por The Wall Street Journal coinciden en que lo más grave no fue solo la incapacidad de proteger a Maduro, sino la total imposibilidad de infligir daño alguno a las fuerzas estadounidenses. No hubo bajas norteamericanas, no se perdió equipamiento, y el factor sorpresa se mantuvo intacto hasta el final. En términos de inteligencia, el fracaso fue absoluto.

 

Este golpe llega en el peor momento posible para el régimen cubano. La isla atraviesa una implosión económica sin precedentes, sostenida únicamente por la represión y por los restos de alianzas externas cada vez más frágiles. Venezuela era la última gran fuente de oxígeno económico y energético. Su pérdida no es solo simbólica: es existencial.

 

Como señalan antiguos oficiales de inteligencia cubanos citados en el reportaje, los regímenes autoritarios pueden permitir que la población pase hambre, pero no que su aparato represivo se debilite. Sin recursos, sin petróleo subsidiado y ahora sin la aura de invulnerabilidad, el sistema comienza a mostrar grietas internas peligrosas.

 

Las declaraciones del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio no dejan dudas sobre la lectura estratégica de Washington: Cuba ya no es el titiritero silencioso de Venezuela, sino un régimen en retroceso, obligado a enfrentar las consecuencias de décadas de intervención, control y dependencia.

 

La captura de Maduro no marca solo el fin de un hombre fuerte. Marca el principio del colapso del eje La Habana–Caracas y deja al descubierto una verdad que el castrismo intentó ocultar durante años: su poder no era eterno, su inteligencia no era infalible y su control sobre la región tenía fecha de caducidad.

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NI RUSIA NI CHINA NECESITAN EXCUSAS


Por Huber Matos Araluce, San Jos
é, Costa Rica 

Por qué una acción de Estados Unidos en Venezuela no legitima Ucrania ni Taiwán

 

La idea de que una acción de Estados Unidos en Venezuela podría servir a Rusia o a China para “justificar” sus propias agresiones estratégicas parte de una premisa errónea. Ni Moscú ni Pekín han basado jamás sus decisiones fundamentales de guerra o coerción en el comportamiento legal o ilegal de Washington en otras regiones del mundo. Ambos regímenes actúan cuando el equilibrio de poder, la oportunidad política y sus propias necesidades internas así lo dictan, no cuando encuentran precedentes convenientes en América Latina.

 

La trayectoria histórica de Rusia confirma esta lógica. Moscú ha utilizado de manera reiterada la supuesta “protección” de minorías rusófonas como pretexto para intervenir militarmente en Estados soberanos, independientemente de la conducta estadounidense en otros escenarios. En 2008, Rusia invadió Georgia y ocupó Abjasia y Osetia del Sur, un conflicto que dejó más de 850 muertos y cerca de 192.000 desplazados. En 2014, se anexó ilegalmente Crimea y fomentó la insurrección armada en el Donbás, una guerra que ya había causado más de 14.000 muertes antes de la invasión a gran escala iniciada en febrero de 2022. Desde entonces, la ofensiva rusa ha provocado cientos de miles de bajas, más de seis millones de refugiados y la deportación forzada de decenas de miles de niños ucranianos, hechos documentados por Naciones Unidas y por la Corte Penal Internacional, que en 2023 emitió una orden de arresto contra Vladimir Putin.

 

Esta lógica de coerción no se limita al exterior. Dentro de sus propias fronteras, el Estado ruso ha recurrido a la violencia masiva para someter a minorías consideradas desafiantes. Las dos guerras de Chechenia (1994–1996 y 1999–2009) dejaron entre 80.000 y 160.000 muertos, en su mayoría civiles, y concluyeron con la imposición de un régimen local autoritario sostenido por la represión sistemática y la lealtad personal al Kremlin. Lejos de ser una excepción, Ucrania representa la continuación de un patrón histórico de dominación por la fuerza.

 

China ha seguido una trayectoria comparable, basada en la expansión territorial, la asimilación forzada y la supresión sistemática de identidades no alineadas con el poder central. El Tíbet, ocupado militarmente desde 1950, ha sido sometido durante décadas a políticas de control religioso y cultural que, según estimaciones de organizaciones tibetanas y estudios académicos, han causado más de un millón de muertes. En Xinjiang, desde al menos 2017, entre uno y dos millones de uigures y otros musulmanes túrquicos han sido internados en campos de “reeducación”, sometidos a vigilancia masiva, trabajos forzados y adoctrinamiento político, prácticas calificadas como crímenes contra la humanidad por múltiples parlamentos y organismos internacionales.

 

En Hong Kong, China violó abiertamente el tratado internacional firmado con el Reino Unido al imponer en 2020 la Ley de Seguridad Nacional. Desde entonces, más de 1.500 personas han sido detenidas por motivos políticos, los principales medios independientes han sido cerrados y la oposición democrática ha sido prácticamente eliminada, sin que mediara provocación militar ni legal alguna por parte de actores externos.

 

Estos hechos desmontan de forma concluyente la noción de que una operación estadounidense en Venezuela pueda servir de “excusa” a Moscú o Pekín. Rusia y China no buscan legitimaciones externas para actuar: actúan cuando perciben debilidad, oportunidad o impunidad. Vincular sus agresiones en Ucrania o Taiwán a decisiones tomadas por Washington en América Latina ignora décadas de conducta consistente y proyecta una sensibilidad jurídica que estos regímenes nunca han demostrado.

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El futuro de América latina: Claudia Sheinbaum o María Corina Machado


 Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

El contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es solo personal ni ideológico, sino profundamente político y regional. Sheinbaum llegó al poder en México como sucesora designada de Andrés Manuel López Obrador, el presidente que hizo de “abrazos, no balazos” el eje de una política de seguridad que, lejos de debilitar al crimen organizado, consolidó el poder territorial y financiero del narcotráfico en México. Esa herencia define su proyección internacional: fuera de su país es vista como continuidad del proyecto de López Obrador, más que como una líder con agenda propia.

María Corina Machado, en cambio, forjó su liderazgo sin padrinos ni estructuras de poder, pagando costos personales altísimos en su lucha contra la dictadura venezolana. Su reconocimiento internacional —coronado con el Premio Nobel de la Paz— no surge del aparato del Estado, sino del sacrificio, el valor y la coherencia en la defensa de la democracia. A diferencia de Sheinbaum, Machado concibe la democracia como una causa regional y ha asumido un compromiso explícito de apoyar a quienes luchan por ella no solo en Venezuela, sino también en Cuba y Nicaragua, donde persisten dictaduras sostenidas por la represión y el crimen organizado.

América Latina atraviesa un punto de inflexión que trasciende los debates ideológicos tradicionales. Hoy, el principal desafío regional no es la disputa entre modelos económicos, sino la expansión del crimen organizado transnacional incrustado en estructuras estatales. En este contexto, el contraste entre la presidenta de México y la líder democrática venezolana revela dos visiones opuestas sobre soberanía, seguridad y democracia, con proyectos incompatibles para el futuro del continente.

El gobierno mexicano entregó este año a Estados Unidos 55 narcotraficantes de alto perfil, una decisión de claro significado político y estratégico. Refleja una realidad que pocos gobiernos reconocen abiertamente: México enfrenta una amenaza estructural del narcotráfico que supera su capacidad de control interno. Los cárteles operan con control territorial, enormes recursos financieros y una profunda penetración institucional.

Desde una perspectiva de seguridad nacional, esta cooperación con Estados Unidos no representa una pérdida voluntaria de soberanía, sino una respuesta pragmática ante un fenómeno criminal transnacional. México no ejerce plenamente su soberanía en amplias zonas de su territorio, donde el poder efectivo lo disputan organizaciones criminales.

Aquí emerge la paradoja central de la política exterior de Claudia Sheinbaum. Mientras su gobierno coopera con Estados Unidos contra el narcotráfico, se opone a la política estadounidense orientada a desmontar la estructura criminal del régimen de Nicolás Maduro, invocando el principio de no intervención.

Esta posición resulta difícil de sostener. Si el narcotráfico cruza fronteras, financia violencia regional, genera migración forzada y desestabiliza Estados, no puede tratarse como un asunto interno cuando constituye el núcleo de un régimen político. En el caso venezolano, múltiples informes internacionales han documentado la convergencia entre poder político, crimen organizado y redes ilícitas transnacionales.

María Corina Machado ha formulado con claridad una premisa incómoda pero fundamental: Venezuela es un Estado capturado por una estructura criminal. El régimen de Maduro ha sido señalado por facilitar rutas de narcotráfico, operar esquemas de lavado de dinero y establecer alianzas con actores hostiles al orden democrático occidental, incluidos Rusia e Irán.

Estas características convierten a Venezuela en un problema de seguridad regional. Desde esta perspectiva, la presión internacional no constituye injerencia, sino un mecanismo legítimo de defensa colectiva frente a un narcoestado que exporta inestabilidad.

Machado evita el refugio retórico del soberanismo abstracto. Su respaldo a la política de presión de Estados Unidos responde a una lectura estratégica clara: las narcodictaduras no caen mediante neutralidad diplomática ni diálogos indefinidos. Caen cuando el costo de sostenerlas se vuelve insostenible.

El contraste entre ambas líderes proyecta dos mensajes opuestos a América Latina. Claudia Sheinbaum defiende una soberanía formal mientras su país enfrenta una soberanía real erosionada por el crimen organizado, y normaliza la coexistencia con un régimen señalado como narcoestado. María Corina Machado propone una soberanía sustantiva, basada en el control efectivo del territorio, el Estado de derecho y la cooperación internacional.

La región enfrenta hoy una disyuntiva clara: o se protege la soberanía de los pueblos, o se protege, en su nombre, la impunidad de las mafias. En ese dilema histórico, el contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es anecdótico: es el reflejo de dos proyectos antagónicos para la seguridad, la democracia y el futuro político de América Latina.


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