sábado, 28 de febrero de 2026

IRÁN, VENEZUELA Y LA MATONERÍA DEL CASTRISMO


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Después de la captura de Nicolás Maduro por los Estados Unidos y la eliminación física del llamado “Líder Supremo”, el ayatolá iraní Ali Khamenei, los representantes de la tiranía castrista en Cuba y la minoría que aún los defiende deberían entender una lección elemental: la matonería sin poder real termina convirtiéndose en un espectáculo ridículo. Las dictaduras que confunden propaganda con fuerza efectiva acaban, inevitablemente, enfrentándose a la realidad.

 

El desenlace total de la ofensiva contra el régimen iraní aún no está escrito. Podría demorarse días o semanas. Pero lo esencial ya ha quedado claro: el aparato que durante décadas impuso terror dentro y fuera de Irán no es invulnerable. La capacidad de lanzar misiles y drones demuestra reacción, pero no garantiza supervivencia política. El poder real no se mide por amenazas televisadas, sino por la capacidad de sostener un conflicto frente a fuerzas superiores.

 

La captura de Maduro evidenció lo mismo. Durante años, el régimen venezolano proyectó una imagen de resistencia frente a Washington. Se hablaba de soberanía, alianzas estratégicas y respaldo internacional. Sin embargo, cuando llegó la presión decisiva, la narrativa se desplomó. Venezuela poseía una economía infinitamente superior a la actual economía cubana. Aun así, el mito del enfrentamiento heroico terminó siendo una ficción.

 

En el caso iraní, la comparación es aún más contundente. El régimen de Teherán parecía una potencia militar regional, con redes de influencia en todo el Oriente Medio. Sin embargo, ni Rusia ni China han intervenido para salvarlo. Las grandes potencias no arriesgan su estabilidad por sostener a gobiernos debilitados cuya supervivencia depende exclusivamente de la represión interna. El aislamiento estratégico pesa más que cualquier discurso ideológico.

 

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿con qué cuenta el castrismo? Sin apoyo militar real de Rusia, China o Corea del Norte; sin respaldo económico sólido; con un arsenal heredado de la era soviética; sin petróleo suficiente y con una economía devastada. La retórica no sustituye la fuerza. La propaganda no reemplaza la legitimidad. El miedo no es una alianza.

 

Cuando el presidente Trump habla de una posible transición “amistosa y controlada”, el mensaje puede interpretarse como advertencia o como ironía. Pero encierra una verdad: los regímenes aislados no negocian desde la fortaleza, sino desde la debilidad. Y cuando Marco Rubio señala que la hora de los cambios se acerca, no es un comentario improvisado; es parte de una estrategia política más amplia.

 

La historia demuestra que los sistemas autoritarios no caen por la intensidad de sus discursos, sino por la erosión de su base real de poder. Venezuela lo evidenció. Irán podría confirmarlo.

 

Y si mañana se escuchara un mensaje dirigido al pueblo cubano —“ha llegado el momento de tomar las riendas de su país”— el desenlace dependería menos de los discursos oficiales y más de la voluntad de quienes están dentro.

 

Porque cuando la ficción del poder se derrumba, lo que queda no es la épica revolucionaria, sino la realidad desnuda. Y la realidad, tarde o temprano, siempre se impone.

 


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