El futuro de América latina: Claudia Sheinbaum o María Corina Machado
Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
El contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es solo personal ni ideológico, sino profundamente político y regional. Sheinbaum llegó al poder en México como sucesora designada de Andrés Manuel López Obrador, el presidente que hizo de “abrazos, no balazos” el eje de una política de seguridad que, lejos de debilitar al crimen organizado, consolidó el poder territorial y financiero del narcotráfico en México. Esa herencia define su proyección internacional: fuera de su país es vista como continuidad del proyecto de López Obrador, más que como una líder con agenda propia.
María Corina Machado, en cambio, forjó su liderazgo sin padrinos ni estructuras de poder, pagando costos personales altísimos en su lucha contra la dictadura venezolana. Su reconocimiento internacional —coronado con el Premio Nobel de la Paz— no surge del aparato del Estado, sino del sacrificio, el valor y la coherencia en la defensa de la democracia. A diferencia de Sheinbaum, Machado concibe la democracia como una causa regional y ha asumido un compromiso explícito de apoyar a quienes luchan por ella no solo en Venezuela, sino también en Cuba y Nicaragua, donde persisten dictaduras sostenidas por la represión y el crimen organizado.
América Latina atraviesa un punto de inflexión que trasciende los debates ideológicos tradicionales. Hoy, el principal desafío regional no es la disputa entre modelos económicos, sino la expansión del crimen organizado transnacional incrustado en estructuras estatales. En este contexto, el contraste entre la presidenta de México y la líder democrática venezolana revela dos visiones opuestas sobre soberanía, seguridad y democracia, con proyectos incompatibles para el futuro del continente.
El gobierno mexicano entregó este año a Estados Unidos 55 narcotraficantes de alto perfil, una decisión de claro significado político y estratégico. Refleja una realidad que pocos gobiernos reconocen abiertamente: México enfrenta una amenaza estructural del narcotráfico que supera su capacidad de control interno. Los cárteles operan con control territorial, enormes recursos financieros y una profunda penetración institucional.
Desde una perspectiva de seguridad nacional, esta cooperación con Estados Unidos no representa una pérdida voluntaria de soberanía, sino una respuesta pragmática ante un fenómeno criminal transnacional. México no ejerce plenamente su soberanía en amplias zonas de su territorio, donde el poder efectivo lo disputan organizaciones criminales.
Aquí emerge la paradoja central de la política exterior de Claudia Sheinbaum. Mientras su gobierno coopera con Estados Unidos contra el narcotráfico, se opone a la política estadounidense orientada a desmontar la estructura criminal del régimen de Nicolás Maduro, invocando el principio de no intervención.
Esta posición resulta difícil de sostener. Si el narcotráfico cruza fronteras, financia violencia regional, genera migración forzada y desestabiliza Estados, no puede tratarse como un asunto interno cuando constituye el núcleo de un régimen político. En el caso venezolano, múltiples informes internacionales han documentado la convergencia entre poder político, crimen organizado y redes ilícitas transnacionales.
María Corina Machado ha formulado con claridad una premisa incómoda pero fundamental: Venezuela es un Estado capturado por una estructura criminal. El régimen de Maduro ha sido señalado por facilitar rutas de narcotráfico, operar esquemas de lavado de dinero y establecer alianzas con actores hostiles al orden democrático occidental, incluidos Rusia e Irán.
Estas características convierten a Venezuela en un problema de seguridad regional. Desde esta perspectiva, la presión internacional no constituye injerencia, sino un mecanismo legítimo de defensa colectiva frente a un narcoestado que exporta inestabilidad.
Machado evita el refugio retórico del soberanismo abstracto. Su respaldo a la política de presión de Estados Unidos responde a una lectura estratégica clara: las narcodictaduras no caen mediante neutralidad diplomática ni diálogos indefinidos. Caen cuando el costo de sostenerlas se vuelve insostenible.
El contraste entre ambas líderes proyecta dos mensajes opuestos a América Latina. Claudia Sheinbaum defiende una soberanía formal mientras su país enfrenta una soberanía real erosionada por el crimen organizado, y normaliza la coexistencia con un régimen señalado como narcoestado. María Corina Machado propone una soberanía sustantiva, basada en el control efectivo del territorio, el Estado de derecho y la cooperación internacional.
La región enfrenta hoy una disyuntiva clara: o se protege la soberanía de los pueblos, o se protege, en su nombre, la impunidad de las mafias. En ese dilema histórico, el contraste entre Claudia Sheinbaum y María Corina Machado no es anecdótico: es el reflejo de dos proyectos antagónicos para la seguridad, la democracia y el futuro político de América Latina.

