sábado, 10 de enero de 2026

La libertad sin compromiso se pierde


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Así como la fortuna heredada se despilfarra cuando no se valora, la libertad sin sacrificio ni compromiso no es tierra fértil para la democracia.

 

Las sociedades que acceden a la libertad sin haber luchado por ella suelen confundirla con un estado natural, casi automático, como si fuera un derecho que se renueva solo y no una conquista que debe ser defendida cada día. Esa confusión es peligrosa. La historia demuestra que la democracia no muere únicamente por golpes de Estado o dictaduras abiertas; muchas veces se marchita lentamente por indiferencia, comodidad y desmemoria.

 

La libertad heredada —como una fortuna recibida sin esfuerzo— corre el riesgo de ser malgastada. Cuando no se ha pagado su precio, no se entiende su valor. Se la usa sin responsabilidad, se la exige sin asumir deberes y, finalmente, se la pierde sin comprender cómo ocurrió. La democracia, entonces, deja de ser un proyecto colectivo para convertirse en un trámite vacío, vulnerable a la manipulación, el clientelismo y el autoritarismo disfrazado.

 

Toda democracia real exige sacrificio. Sacrificio para informarse, para participar, para exigir rendición de cuentas y para defender a quienes son excluidos o silenciados. Exige compromiso con principios que no siempre resultan cómodos: la igualdad ante la ley, la dignidad humana, la justicia social y el respeto a la verdad. Sin ese compromiso, la libertad se convierte en una palabra hueca, fácilmente apropiada por quienes buscan poder sin límites.

 

No hay democracia sostenible sin ciudadanos conscientes. El voto, por sí solo, no basta. Tampoco basta con indignarse de forma ocasional o reaccionar solo cuando el abuso toca la puerta propia. La democracia se cultiva en la vigilancia permanente, en la solidaridad con el otro y en la negativa a normalizar la injusticia, incluso cuando no nos afecta directamente.

 

Los regímenes autoritarios entienden muy bien esta debilidad. Por eso promueven la apatía, el miedo y la fragmentación social. Saben que una ciudadanía cansada, resignada o despolitizada es el terreno ideal para desmontar libertades sin necesidad de violencia abierta. Allí donde la gente deja de defender principios y se limita a sobrevivir, la democracia empieza a retroceder.

 

La libertad no es un legado inagotable. Cada generación decide si la preserva, la fortalece o la pierde. Creer que otros la defenderán, que las instituciones lo harán solas o que siempre habrá tiempo para reaccionar es una forma cómoda —y peligrosa— de renunciar a ella.

 

La democracia no se hereda intacta: se trabaja, se cuida y, cuando es necesario, se defiende. Sin sacrificio y sin compromiso, la libertad se erosiona. Y cuando eso ocurre, no se pierde de golpe: se pierde en silencio.

 

Hoy, cuando los cubanos comenzamos a ver la libertad en el horizonte, debemos tener siempre presente el consejo de Thomas Jefferson, tan simple como implacable:

“El precio de la libertad es la vigilancia eterna”.

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