jueves, 22 de enero de 2026

Zelensky en Davos 2026: por qué Ucrania ya no puede depender de Estados Unidos


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Cuando escuché el discurso de Volodymyr Zelensky en Davos, se me encogió el corazón. El propio Zelensky comenzó su intervención evocando la película Groundhog Day, esa historia en la que el mismo día se repite una y otra vez sin salida aparente. No era una referencia ligera ni anecdótica. En su voz se percibía cansancio, frustración y, sobre todo, la sensación de estar atrapado en un ciclo político que se repite mientras la guerra continúa cobrando vidas. Esa imagen inicial decía más que cualquier consigna. Durante los primeros años de la invasión rusa, Zelensky habló al mundo desde una premisa que parecía inamovible: Estados Unidos era el eje del sistema occidental y el garante último de la supervivencia de Ucrania. Sus discursos de 2022 y 2023 estuvieron construidos sobre esa certeza, apelando directamente a Washington, a su historia, a su identidad como líder del mundo libre y a la obligación moral de no permitir que una democracia fuera destruida por la fuerza.

 

Ese marco ha cambiado. El discurso de Zelensky en Davos no rompe con Estados Unidos, pero sí deja claro que ha dejado de confiar en él como pilar automático del orden occidental. No hay reproches abiertos ni gestos de confrontación, pero sí un desplazamiento evidente del centro de gravedad. Zelensky ya no habla a Washington como árbitro natural del conflicto, ni articula su mensaje en torno a la promesa de un apoyo indefinido. En su lugar, interpela a Europa con una crudeza inusual y la obliga a mirarse al espejo: o asume su responsabilidad estratégica o acepta su propia irrelevancia.

 

La referencia al llamado “modo Groenlandia” europeo no es una ocurrencia retórica ni una frase diseñada para titulares. Zelensky utilizó esa expresión para describir la actitud de un continente que se comporta como si observara los grandes movimientos geopolíticos desde la distancia, esperando que otros —principalmente Estados Unidos— decidan por él. Es la Europa que aguarda instrucciones, garantías y consensos externos antes de actuar, incluso cuando la guerra se libra en su propio vecindario. En el contexto actual, ese “modo Groenlandia” equivale a aceptar la parálisis. La política exterior estadounidense ha dejado de responder a una lógica estratégica estable y se encuentra subordinada a disputas internas, ciclos electorales y cálculos domésticos que poco tienen que ver con la realidad del frente de batalla o con el costo humano de la guerra.

 

A esa parálisis se suma una contradicción aún más incómoda. Mientras Ucrania espera decisiones políticas, los misiles y drones que destruyen sus ciudades siguen llegando. Y muchos de ellos contienen componentes fabricados por empresas de Estados Unidos, de Europa y de Taiwán. Microchips, sistemas de navegación, sensores y piezas electrónicas que, pese a las sanciones, continúan filtrándose hacia la maquinaria de guerra rusa a través de intermediarios, mercados grises y una cadena global que nadie parece dispuesto a cortar del todo. Occidente debate, pero su tecnología mata. La guerra se prolonga no solo por la falta de decisiones estratégicas, sino por la hipocresía de un sistema que condena en los discursos lo que tolera en la práctica.

 

Estados Unidos sigue siendo un actor indispensable, pero ha dejado de ser una constante. Zelensky no lo expulsa del tablero —sería irresponsable hacerlo—, pero tampoco construye la supervivencia de Ucrania sobre una dependencia absoluta. El tono épico de los primeros años, cargado de apelaciones morales y referencias históricas dirigidas al Congreso estadounidense, ha sido sustituido por un realismo incómodo: ningún país en guerra puede atar su destino a la voluntad cambiante de una potencia cuya política exterior oscila al ritmo de su política interna, mientras su propio ecosistema económico alimenta indirectamente al agresor.

 

El mensaje de Davos no es una queja ni un lamento. Es una advertencia. En 2022, Zelensky pedía liderazgo; en 2026, exige responsabilidad. No desde la ideología ni desde el resentimiento, sino desde la necesidad. Si Europa no asume el peso estratégico que Estados Unidos ya no quiere o no puede sostener de forma estable, el vacío no lo pagará Washington, sino Ucrania, en vidas humanas, territorios perdidos y una guerra innecesariamente prolongada.

 

La referencia inicial a Groundhog Day cobra entonces todo su sentido. No es solo una metáfora de la frustración diplomática, sino del fracaso moral del sistema. Cada día que se repite sin decisiones reales es un día en el que nuevos misiles caen, nuevos drones atacan y nuevas vidas se pierden, muchas veces con tecnología diseñada y producida en los mismos países que prometen apoyo. Zelensky no habló en Davos para conmover; habló para advertir que seguir repitiendo el mismo día ya no es una opción. Porque en esta guerra, a diferencia de la película, cada repetición tiene consecuencias irreversibles.

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