martes, 27 de enero de 2026

LA ESTRATEGIA DE DONALD TRUMP: EL CONTROL GLOBAL DE LA ENERGÍA COMO INSTRUMENTO DE PODER

 


Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

A enero de 2026, la aprobación de Donald Trump se sitúa entre el 41 % y el 42 %, colocándolo claramente dentro de la franja histórica de vulnerabilidad política que, de forma consistente, ha precedido derrotas en las elecciones de medio término para varios presidentes de Estados Unidos. En las últimas dos décadas, niveles de aprobación similares anticiparon pérdidas significativas de poder legislativo: George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2014, el propio Trump en 2018 y Joe Biden en 2022. Todos ellos llegaron a los comicios con apoyos en el rango bajo o medio del 40 % y terminaron perdiendo terreno en el Congreso.

 

Lo que resulta llamativo —y casi contraintuitivo— en el caso de Trump es su capacidad para mantener niveles de aprobación comparables a los de presidentes más convencionales, pese a la intensidad, visibilidad y naturaleza confrontacional de las políticas desplegadas durante su primer año de regreso al poder. Tanto en el plano interno como en el internacional, su administración ha apostado por rupturas abiertas con normas establecidas, una diplomacia abiertamente transaccional y decisiones estratégicas altamente controvertidas. En este contexto, la lógica tradicional apunta a una erosión del capital político de cara a las elecciones de medio término, con la consiguiente posibilidad de perder el control de una o ambas cámaras del Congreso.

 

Sin embargo, Trump podría estar posicionándose para lograr un resultado geopolítico de alto impacto capaz de alterar ese guion.

 

Uno de esos resultados sería una expansión decisiva de la influencia estadounidense sobre los flujos energéticos globales. Bajo una alineación favorable de circunstancias, Washington podría llegar a ejercer un control directo o indirecto sobre una parte sustancial del petróleo y otros líquidos energéticos del planeta, potencialmente cercana a dos tercios de las reservas y la producción estratégicamente relevantes. Alcanzar ese nivel de influencia no requeriría una conquista militar, sino una transformación política en un solo país clave: Irán.

 

Trump no tendría que invadir Irán. El régimen atraviesa actualmente su crisis interna más profunda en décadas. Protestas prolongadas a nivel nacional —reprimidas con extrema violencia y con miles de muertos según organizaciones de derechos humanos— han puesto al descubierto profundas fracturas dentro de la República Islámica. Las declaraciones públicas de Trump alentando a los manifestantes a mantenerse en las calles, junto con promesas de apoyo futuro por parte de su gobierno, crean un compromiso político difícil de ignorar. Al mismo tiempo, la cúpula clerical sigue siendo el principal patrocinador estatal del terrorismo en el mundo, mientras enfrenta un colapso económico sin precedentes, un aislamiento diplomático creciente y reveses estratégicos cada vez más visibles.

 

De forma significativa, incluso figuras tradicionalmente asociadas al intervencionismo duro han comenzado a plantear vías alternativas. John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional y frecuente crítico de Trump, ha señalado que el momento para un cambio en Irán es propicio, aunque no mediante exigencias de rendición incondicional. En su lugar, Bolton y otros analistas han sugerido una salida transaccional para las élites militares y de seguridad iraníes: preservación del Estado iraní, levantamiento gradual de sanciones, reintegración económica y reconocimiento internacional, a cambio de la neutralización política de la teocracia.

 

Tras años de sanciones, derrotas indirectas, humillaciones estratégicas y deterioro económico, sectores relevantes del liderazgo militar iraní —incluidos elementos pragmáticos dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— son conscientes de que la continuidad del poder clerical conduce a un callejón sin salida: aislamiento permanente, mayor vulnerabilidad frente a Israel, dependencia creciente de Rusia y China y un riesgo personal elevado si el régimen colapsa de forma incontrolada.

 

Si Irán llegara a realinearse con Estados Unidos, las consecuencias geopolíticas serían inéditas en la historia moderna. Tal giro desmantelaría décadas de hostilidad estructural, expulsaría la influencia rusa y china de uno de los nodos estratégicos más sensibles del planeta y contribuiría a consolidar una nueva arquitectura energética global que integraría a Estados Unidos, Venezuela, Medio Oriente y Europa dentro de un mismo marco estratégico.

 

Este enfoque no es teórico ni carece de precedentes. Venezuela ofrece un ejemplo claro de cómo Estados Unidos puede obtener ventajas estratégicas enormes a un costo relativamente bajo. Sin una invasión prolongada ni una ocupación clásica, Washington ha logrado condicionar de forma decisiva el sector petrolero venezolano —el mayor del mundo en reservas probadas—, regulando sus exportaciones, controlando el acceso a los ingresos y determinando qué actores pueden operar dentro del sistema. Mientras tanto, el régimen autoritario en Caracas sobrevive dentro de márgenes cada vez más estrechos, dependiente de licencias, exenciones y tolerancia política por parte de Estados Unidos.

 

Tanto en Venezuela como en un eventual Irán post-teocrático, la estrategia adquiere legitimidad política y moral si el beneficiario final es la población. En el caso venezolano, el objetivo declarado de Washington ha sido que cualquier reactivación del sector petrolero, bajo supervisión y reglas claras, se traduzca en recuperación económica, estabilidad y una transición democrática real.

 

Si este esquema llegara a materializarse, Trump no solo alteraría el equilibrio energético mundial. Demostraría que es posible ejercer poder global sin guerras de ocupación, sin reconstrucciones interminables y sin los costos humanos y políticos que han marcado a administraciones anteriores. En ese escenario, la verdadera victoria no sería meramente táctica o electoral, sino histórica: convertir el control de la energía en el principal instrumento de poder del siglo XXI, debilitar a los adversarios de Estados Unidos y crear condiciones reales de salida del autoritarismo para sociedades atrapadas durante décadas bajo regímenes represivos.

 

Más allá de simpatías o rechazos personales hacia Donald Trump, un resultado de esta magnitud definiría de forma decisiva su legado y la estructura del poder global en las próximas décadas.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com