jueves, 23 de julio de 2026

Alina Bárbara: "Nadie como el presidente cubano para decir estupideces"


Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

"Nadie como el presidente cubano para decir estupideces en tono grandilocuente". La frase de la historiadora y activista Alina Bárbara López Hernández, expresada tras la entrevista concedida por Miguel Díaz-Canel a RT en Español, un medio estatal ruso aliado del régimen castrista, trasciende la anécdota y plantea una cuestión de fondo: la enorme distancia entre el relato oficial y la realidad que viven millones de cubanos.

 

Díaz-Canel recurrió nuevamente a una reflexión sobre la utopía y la esperanza para hablar del futuro del país. Pero esa grandilocuencia no es un recurso aislado. Forma parte de una narrativa construida durante décadas para sustituir resultados con consignas, presentar el fracaso como resistencia y atribuir al exterior las consecuencias de la incompetencia, la corrupción y los errores acumulados por el propio sistema.

 

Ese mismo relato se proyecta en escenarios internacionales, incluida la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde la dictadura presenta a Cuba como víctima de una agresión económica permanente de Estados Unidos. El embargo es convertido en explicación universal de la pobreza, los apagones, la falta de alimentos, el derrumbe de los servicios públicos y la pérdida del poder adquisitivo. Así se intenta desplazar hacia Washington la responsabilidad por una crisis cuyas causas fundamentales se encuentran en la estructura económica y política impuesta durante casi siete décadas.

 

El economista Pedro Monreal ofrece una crítica particularmente importante porque no se limita a denunciar la retórica oficial: examina técnicamente las 176 medidas anunciadas por el régimen y muestra que forman parte del mismo patrón de incapacidad y distorsión de la realidad.

 

Monreal cuestiona que el llamado Fondo de Protección Social vaya a financiarse, en parte, con los recursos que el Estado dejará de gastar al eliminar subsidios. A su juicio, no existe un verdadero saneamiento de las finanzas públicas, sino una simple reasignación contable: el Gobierno retira dinero de una partida y lo coloca en otra, sin reducir el déficit fiscal ni generar nuevos recursos.

 

El problema no es únicamente contable. Al mantener el desequilibrio presupuestario, el régimen preserva una de las causas principales de la inflación, la devaluación de la moneda y el desplome de salarios y pensiones. En vez de utilizar los ahorros para estabilizar las finanzas, estimular la producción y corregir las distorsiones estructurales, vuelve a responder con mecanismos administrativos que no atacan el origen de la crisis.

 

La crítica de Monreal revela algo más grave: las 176 medidas no constituyen una ruptura con los errores que llevaron al país a la situación actual. Son la continuación de una manera de gobernar basada en improvisaciones, controles, prohibiciones y redistribuciones burocráticas, mientras se posponen las reformas profundas que permitirían producir, invertir, crear riqueza y devolver confianza a la economía.

 

Las consecuencias de ese fracaso aparecen con crudeza en el testimonio del actor Roberto Perdomo. El artista explicó que tuvo que renunciar a participar en dos obras teatrales porque el costo del transporte consumiría prácticamente todo el salario que recibiría por su trabajo.

 

"Se me va el salario en transporte", resumió.

 

La frase expone una realidad devastadora: trabajar ya no garantiza siquiera la posibilidad de cubrir el costo de ir al trabajo. Perdomo también calificó la llamada bancarización como una "mierdarización", en referencia a un proceso impuesto sin las condiciones tecnológicas, monetarias y comerciales necesarias para que funcionara.

 

Pero su observación más importante fue otra: "Me siento como se sienten ocho millones de personas".

 

Ahí se unen las tres voces. Alina Bárbara denuncia la vaciedad y la grandilocuencia del discurso presidencial. Pedro Monreal demuestra que las nuevas medidas reproducen los errores, la incompetencia y la incapacidad que han llevado al país al desastre. Roberto Perdomo muestra cómo ese fracaso se traduce en la vida diaria de millones de cubanos.

 

Mientras Díaz-Canel habla de utopías ante un medio ruso aliado, el régimen continúa difundiendo en la ONU y otros foros internacionales una imagen de desastre nacional cuya responsabilidad atribuye casi exclusivamente a Estados Unidos. Pero ni las frases solemnes ni la propaganda pueden ocultar una realidad cada vez más evidente: Cuba no ha llegado a esta crisis por falta de discursos, sino por décadas de decisiones equivocadas, mentira institucionalizada y negativa a reconocer las verdaderas causas del fracaso.


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