sábado, 4 de julio de 2026

LA VIVIENDA Y EL CAPITAL SOCIAL EN CUBA


Por Por Roxana Rodríguez, Secretaria de Relaciones Internacionales del CID.

 

Según la denuncia de la activista Diasniurka Salcedo Verdecia, una madre que vive en un antiguo local abandonado del INDER en La Boca, Mariel, Artemisa, y que, según los vecinos, había terminado convertido en un basurero y baño público, ha sido amenazada de desalojo por funcionarios estatales. La madre no ocupó una vivienda habitada. Buscó refugio donde nadie vivía y, según su propio testimonio, le han advertido que puede perder hasta la custodia de sus hijos.

 

Su historia conmueve. Pero, sobre todo, obliga a mirar más allá de un caso individual porque estamos ante el rostro humano de la crisis habitacional más profunda que ha vivido Cuba en generaciones.

 

¿Qué ocurre en un país cuando más de la mitad de su población vive afectada por una crisis habitacional? La respuesta no se limita a la falta de viviendas. También se deterioran la salud mental, la convivencia familiar y el capital social sobre el que descansa el futuro de una nación.

 

Las cifras oficiales son contundentes. El Ministerio de la Construcción reconoce un déficit superior a 805.000 viviendas. Al mismo tiempo, alrededor del 35 % del fondo habitacional, equivalente a más de 1,3 millones de viviendas, se encuentra en estado regular o malo, mientras la construcción de nuevas viviendas continúa muy por debajo de las necesidades reales del país.

 

En conjunto, esto significa que más de 2,1 millones de viviendas faltan o presentan un deterioro significativo. Aunque ambas categorías pueden superponerse parcialmente, la magnitud del problema permite estimar que más de cinco millones de cubanos viven afectados directa o indirectamente por la crisis habitacional. No se trata únicamente de casas que necesitan reparación. Se trata de millones de personas cuya vida cotidiana transcurre bajo techos inseguros, paredes agrietadas, filtraciones permanentes, hacinamiento o el temor constante de perder el lugar donde viven.

 

Estas circunstancias son el resultado de la incompetencia y el nivel de corrupción del régimen castrista que, durante más de seis décadas, ha dedicado la mayor parte de sus recursos al mantenimiento de su aparato de represión, su monopolio de información y propaganda, y el turismo, relegando la generación de electricidad, el abastecimiento de agua, el sistema de salud, la producción de alimentos, el transporte público y la construcción de viviendas.

 

Las cifras describen la magnitud del problema. Pero no alcanzan a explicar su costo humano y cultural. La ciencia lleva años estudiándolo.

 

Una revisión sistemática publicada en 2025 por investigadores de la University College London (UCL), la Queen Mary University of London y la Universidad de Bristol, en el Journal of Environmental Psychology, analizó 34 investigaciones realizadas en 18 países y concluyó que el hacinamiento, el deterioro de las viviendas y la inseguridad habitacional incrementan significativamente los problemas emocionales y de conducta en niños y adolescentes, además de aumentar los niveles de ansiedad, depresión e hiperactividad.

 

Otra revisión sistemática, realizada por investigadores de la Universidad de Sheffield, analizó 59 estudios y llegó a conclusiones similares. La inseguridad habitacional altera el sueño, dificulta el aprendizaje, deteriora el bienestar psicológico y aumenta los conflictos familiares. Los investigadores concluyen que reducir la inseguridad habitacional debe constituir una prioridad de política pública para proteger el desarrollo de los niños y la estabilidad de las familias.

 

Estas investigaciones permiten comprender la magnitud con que una crisis de vivienda afecta a las personas. Es dentro de ese espacio donde los niños aprenden a confiar en los demás, a convivir, a compartir responsabilidades, a respetar normas y a construir vínculos estables con padres, hermanos y abuelos. Allí se forman muchos de los hábitos, valores y relaciones de confianza que más tarde acompañarán a esas personas en la escuela, el trabajo y la comunidad.

 

Por eso la vivienda no constituye únicamente un derecho social ni una necesidad material. También representa una inversión en el futuro de una nación.

 

Las ciencias sociales llaman capital social a esa red de confianza, cooperación y solidaridad que mantiene cohesionada a una sociedad. Buena parte de ese capital comienza a construirse o a deteriorarse precisamente dentro del entorno familiar.

 

Por estas razones, el problema habitacional de Cuba implica mucho más que el altísimo déficit de viviendas y el deterioro de otras. También se mide en millones de horas de ansiedad; en niños que estudian sin privacidad; en padres que sienten que no pueden ofrecer seguridad a sus hijos; y en familias que viven cada día con la incertidumbre de no saber si mañana seguirán teniendo un techo.

 

Por estas razones, en el desarrollo de una Cuba democrática, la vivienda y la atención a los niños y jóvenes son prioridades del Partido Cuba Independiente y Democrática. 

 

Fortalecer el capital social de nuestro país es tan importante como el desarrollo en otros aspectos. La visión de José Martí es más vigente que nunca:

 

"Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad. Cuanto más se hace por los demás, más se hace por sí mismo."

 

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