jueves, 30 de julio de 2026

LA LECCIÓN ECONÓMICA QUE ESTÁ DEJANDO VENEZUELA


Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

El reciente reportaje de The Wall Street Journal, "Las grandes petroleras estadounidenses que intentan ingresar a Venezuela han chocado contra un muro" (American Oil Majors Trying to Get Into Venezuela Have Hit a Wall), explica por qué las mayores reservas probadas de petróleo del mundo todavía no bastan para atraer las inversiones que el país necesita. El análisis, firmado por los periodistas Collin Eaton y Kejal Vyas, trasciende el caso venezolano y ofrece una valiosa reflexión sobre la relación entre confianza, instituciones e inversión.

 

A primera vista, la situación parece paradójica. Venezuela posee una de las mayores riquezas energéticas del planeta. Tras el cambio político ocurrido hace siete meses, cuenta además con el respaldo de la Administración Trump para recuperar su industria petrolera y aumentar rápidamente la producción. Muchos suponían que las grandes compañías internacionales acudirían casi de inmediato para aprovechar esa oportunidad histórica. Sin embargo, la realidad ha sido muy distinta.

 

Según revela The Wall Street Journal, ExxonMobil, Chevron y otras importantes empresas petroleras estadounidenses mantienen negociaciones con las nuevas autoridades venezolanas, pero varias de ellas han llegado a un punto muerto. Las conversaciones avanzan lentamente y, en algunos casos, se han estancado por completo. Las grandes petroleras, resume el periódico con una expresión muy gráfica, han chocado contra un muro.

 

¿De qué está hecho ese muro?

 

No de la falta de petróleo. Tampoco de la ausencia de capital o de tecnología. El propio reportaje explica que las compañías compiten por obtener acceso a algunos de los activos petroleros más valiosos del país, especialmente en la Faja Petrolífera del Orinoco y en los campos de El Furrial y Punta de Mata, en el estado Monagas. Lo que está en discusión no es el potencial económico de Venezuela, sino las condiciones bajo las cuales esas inversiones podrán desarrollarse durante las próximas décadas.

 

Ese razonamiento no es exclusivo de la industria petrolera. Cualquier inversión importante —una fábrica, un puerto, una mina, un complejo turístico, una planta industrial, una empresa tecnológica o un gran proyecto agrícola— exige reglas del juego claras y previsibles. Quienes comprometen cientos o miles de millones de dólares necesitan saber que la propiedad será respetada, que los contratos se cumplirán y que las normas no cambiarán arbitrariamente con cada nuevo gobierno.

 

Los ejecutivos de las grandes petroleras todavía recuerdan las nacionalizaciones realizadas durante el gobierno de Hugo Chávez. Muchas de aquellas compañías perdieron activos valorados en miles de millones de dólares y algunas reclamaciones judiciales continúan abiertas dos décadas después. ConocoPhillips mantiene demandas por aproximadamente 12.000 millones de dólares y Exxon continúa reclamando alrededor de 1.000 millones. Para quienes deben aprobar nuevas inversiones, esos antecedentes siguen teniendo un enorme peso.

 

El deterioro de la infraestructura tampoco ayuda a disipar las dudas. Exxon inspeccionó recientemente las instalaciones del proyecto Cerro Negro, que administraba antes de su nacionalización, y encontró daños tan severos que su recuperación requerirá inversiones multimillonarias. Chevron ha logrado aumentar su producción hasta cerca de 300.000 barriles diarios, pero lo ha conseguido principalmente mediante mejoras operativas en instalaciones ya existentes, evitando por ahora embarcarse en nuevos proyectos de gran escala.

 

Quizá la frase más reveladora del reportaje pertenece al economista Francisco Monaldi, director del Programa de Energía para América Latina del Baker Institute de la Universidad Rice. Refiriéndose a las grandes petroleras afirmó que "han sido quemadas dos veces". Y añadió que cuando un proyecto venezolano llega a la junta directiva de una de estas compañías, alguien inevitablemente pregunta: "¿No aprendimos ya la lección?"

 

Ante esa cautela, la Administración Trump ha comenzado a explorar otra estrategia. Mientras las grandes multinacionales siguen evaluando los riesgos, Washington impulsa la participación de empresas petroleras independientes de menor tamaño, capaces de asumir mayores riesgos y realizar inversiones más rápidas. Esa solución puede aliviar necesidades inmediatas, pero no sustituye el regreso de los grandes inversionistas internacionales.

 

La principal lección que deja hoy Venezuela va mucho más allá del petróleo. Los recursos naturales despiertan el interés de los inversionistas. Pero el interés, por sí solo, no produce inversiones. Para que el capital se comprometa durante décadas necesita confiar en que las instituciones protegerán sus derechos con independencia de quién ejerza el poder.

 

El capital invierte donde hay confianza.

 

Esa confianza no nace de un discurso político ni de una campaña para atraer inversiones. Se construye cuando existen tribunales independientes, respeto a la propiedad privada, cumplimiento de los contratos y reglas del juego estables. En definitiva, el inversionista no deposita su confianza en un gobernante; la deposita en instituciones capaces de sobrevivir a los gobernantes.

 

Ese es el verdadero muro que hoy enfrenta Venezuela. No está construido con acero ni con hormigón. Está construido con años de inseguridad jurídica, expropiaciones, incumplimiento de contratos e incertidumbre política. Derribarlo exigirá tiempo, reformas e instituciones creíbles. Pero cuando ese muro desaparezca, volverá la confianza. Y porque el capital invierte donde hay confianza, volverán también las inversiones.

 


THE ECONOMIC LESSON VENEZUELA IS TEACHING

Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

 

A recent report by The Wall Street Journal, "American Oil Majors Trying to Get Into Venezuela Have Hit a Wall," explains why the world's largest proven oil reserves are still not enough to attract the investment the country needs. Written by journalists Collin Eaton and Kejal Vyas, the article goes beyond the Venezuelan case and offers a valuable reflection on the relationship between trust, institutions, and investment.

 

At first glance, the situation appears paradoxical. Venezuela possesses one of the world's greatest energy endowments. Following the political transition that took place seven months ago, it also enjoys the support of the Trump Administration in rebuilding its oil industry and rapidly increasing production. Many assumed that major international companies would move quickly to seize this historic opportunity. The reality, however, has been very different.

 

According to The Wall Street Journal, ExxonMobil, Chevron, and other major American oil companies are negotiating with Venezuela's new authorities, but several of those talks have reached a standstill. Negotiations are progressing slowly and, in some cases, have stalled altogether. As the newspaper vividly puts it, the major oil companies have hit a wall.

 

What is that wall made of?

Not of a lack of oil. Nor of a shortage of capital or technology. The report explains that companies are competing for access to some of Venezuela's most valuable oil assets, particularly in the Orinoco Oil Belt and the El Furrial and Punta de Mata fields in Monagas State. What is really at issue is not Venezuela's economic potential, but the conditions under which those investments will operate over the coming decades.

 

That reasoning is not unique to the oil industry. Every major investment—a factory, a port, a mine, a tourist resort, an industrial plant, a technology company, or a large agricultural project—requires clear and predictable rules of the game. Those committing hundreds of millions, or even billions, of dollars need to know that property rights will be respected, contracts will be enforced, and the rules will not be changed arbitrarily every time a new government takes office.

 

Executives at the major oil companies still remember the nationalizations carried out during Hugo Chávez's presidency. Many of those companies lost assets worth billions of dollars, and some legal disputes remain unresolved two decades later. ConocoPhillips continues to pursue claims of approximately $12 billion, while Exxon is still seeking roughly $1 billion. For those responsible for approving new investments, those experiences continue to weigh heavily.

 

The deterioration of Venezuela's infrastructure has done little to ease those concerns. Exxon recently inspected the facilities of the Cerro Negro project, which it operated before its nationalization, and found damage so extensive that restoring the project will require billions of dollars in new investment. Chevron has managed to increase production to nearly 300,000 barrels per day, but it has done so primarily by improving existing operations rather than committing to major new projects.

 

Perhaps the most revealing observation in the report comes from economist Francisco Monaldi, Director of the Latin America Energy Program at Rice University's Baker Institute. Referring to the major oil companies, he remarked that they have been "burned twice." He added that whenever a Venezuelan project reaches the boardroom of one of these companies, someone inevitably asks, "Haven't we already learned this lesson?"

 

Faced with such caution, the Trump Administration has begun exploring a different strategy. While the major multinational corporations continue to evaluate the risks, Washington is encouraging smaller independent oil companies, which are often more willing to assume higher risks and move more quickly. That approach may help address immediate needs, but it cannot replace the return of the world's major international investors.

 

The principal lesson Venezuela offers today extends far beyond oil. Natural resources attract investors' attention. But interest alone does not generate investment. For capital to commit itself over decades, investors must have confidence that institutions will protect their rights regardless of who holds political power.

 

Capital invests where there is trust.

That trust does not arise from political speeches or investment promotion campaigns. It is built upon independent courts, respect for private property, enforcement of contracts, and stable rules that do not change with every administration. Ultimately, investors do not place their confidence in a ruler; they place it in institutions capable of outlasting those who govern.

 

That is the real wall Venezuela faces today. It is not built of steel or concrete. It is built of years of legal uncertainty, expropriations, broken contracts, and political instability. Dismantling that wall will require time, reforms, and credible institutions. But when it finally disappears, trust will return. And because capital invests where there is trust, investment will return as well.

 


LA LEÇON ÉCONOMIQUE QUE LE VENEZUELA EST EN TRAIN DE DONNER

Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

 

Le récent article du Wall Street Journal, « American Oil Majors Trying to Get Into Venezuela Have Hit a Wall » (« Les grandes compagnies pétrolières américaines qui tentent de s'implanter au Venezuela se sont heurtées à un mur »), explique pourquoi les plus importantes réserves prouvées de pétrole au monde ne suffisent toujours pas à attirer les investissements dont le pays a besoin. Signée par les journalistes Collin Eaton et Kejal Vyas, cette analyse dépasse largement le seul cas vénézuélien et offre une réflexion précieuse sur les liens entre la confiance, les institutions et l'investissement.

 

À première vue, la situation paraît paradoxale. Le Venezuela possède l'une des plus grandes richesses énergétiques de la planète. Après le changement politique intervenu il y a sept mois, le pays bénéficie en outre du soutien de l'administration Trump pour reconstruire son industrie pétrolière et augmenter rapidement sa production. Beaucoup pensaient que les grandes compagnies internationales se précipiteraient presque immédiatement afin de profiter de cette opportunité historique. Pourtant, la réalité s'est révélée bien différente.

 

Comme le révèle The Wall Street Journal, ExxonMobil, Chevron et d'autres grandes compagnies pétrolières américaines négocient avec les nouvelles autorités vénézuéliennes, mais plusieurs de ces discussions sont dans l'impasse. Les négociations progressent lentement et, dans certains cas, elles se sont complètement enlisées. Les grandes compagnies pétrolières, résume le journal par une formule particulièrement parlante, se sont heurtées à un mur.

 

De quoi ce mur est-il fait ?

Certainement pas d'un manque de pétrole. Ni d'une absence de capitaux ou de technologies. L'article explique que les entreprises se disputent l'accès à certains des actifs pétroliers les plus précieux du pays, notamment dans la ceinture pétrolifère de l'Orénoque ainsi que dans les gisements d'El Furrial et de Punta de Mata, dans l'État de Monagas. Ce qui est véritablement en jeu n'est donc pas le potentiel économique du Venezuela, mais les conditions dans lesquelles ces investissements pourront être développés au cours des prochaines décennies.

 

Ce raisonnement ne s'applique pas uniquement à l'industrie pétrolière. Tout investissement d'envergure — qu'il s'agisse d'une usine, d'un port, d'une mine, d'un complexe touristique, d'une installation industrielle, d'une entreprise technologique ou d'un grand projet agricole — exige des règles du jeu claires et prévisibles. Ceux qui engagent des centaines de millions, voire des milliards de dollars, doivent avoir la certitude que les droits de propriété seront respectés, que les contrats seront exécutés et que les règles ne seront pas modifiées arbitrairement à chaque changement de gouvernement.

 

Les dirigeants des grandes compagnies pétrolières n'ont pas oublié les nationalisations réalisées sous le gouvernement d'Hugo Chávez. Beaucoup de ces entreprises ont perdu des actifs évalués à plusieurs milliards de dollars, et certaines procédures judiciaires sont toujours en cours plus de vingt ans après. ConocoPhillips réclame encore environ 12 milliards de dollars, tandis qu'Exxon continue de réclamer près d'un milliard. Pour ceux qui doivent approuver de nouveaux investissements, ces précédents pèsent toujours lourd dans la balance.

 

La dégradation des infrastructures ne contribue pas davantage à dissiper les inquiétudes. Exxon a récemment inspecté les installations du projet Cerro Negro, qu'elle exploitait avant sa nationalisation, et y a constaté des dommages si importants que leur remise en état nécessitera des investissements de plusieurs milliards de dollars. Chevron est parvenue à porter sa production à près de 300 000 barils par jour, mais principalement grâce à l'amélioration d'installations existantes, en évitant pour l'instant de lancer de nouveaux projets de grande envergure.

 

Peut-être la remarque la plus révélatrice de l'article est-elle celle de l'économiste Francisco Monaldi, directeur du Programme Énergie pour l'Amérique latine du Baker Institute de l'Université Rice. En parlant des grandes compagnies pétrolières, il affirme qu'elles ont « été échaudées à deux reprises ». Il ajoute que, lorsqu'un projet concernant le Venezuela arrive devant le conseil d'administration de l'une de ces entreprises, quelqu'un pose inévitablement la même question : « N'avons-nous donc rien appris ? »

 

Face à cette prudence, l'administration Trump a commencé à explorer une autre stratégie. Alors que les grandes multinationales continuent d'évaluer les risques, Washington encourage la participation de compagnies pétrolières indépendantes de plus petite taille, davantage disposées à accepter des risques plus élevés et à investir plus rapidement. Cette solution peut répondre à des besoins immédiats, mais elle ne saurait remplacer le retour des grands investisseurs internationaux.

 

La principale leçon que nous offre aujourd'hui le Venezuela va bien au-delà du pétrole. Les ressources naturelles attirent l'attention des investisseurs. Mais l'intérêt, à lui seul, ne produit pas les investissements. Pour que le capital s'engage sur plusieurs décennies, il doit avoir confiance dans le fait que les institutions protégeront ses droits, indépendamment de ceux qui exercent le pouvoir.

 

Le capital investit là où règne la confiance.

Cette confiance ne naît ni d'un discours politique ni d'une campagne destinée à attirer les investisseurs. Elle se construit grâce à des tribunaux indépendants, au respect de la propriété privée, à l'exécution des contrats et à la stabilité des règles du jeu. En définitive, l'investisseur ne place pas sa confiance dans un dirigeant ; il la place dans des institutions capables de survivre aux gouvernants.

 

Tel est le véritable mur auquel le Venezuela est aujourd'hui confronté. Il n'est pas construit en acier ni en béton. Il est bâti sur des années d'insécurité juridique, d'expropriations, de ruptures de contrats et d'incertitude politique. Le démolir exigera du temps, des réformes et des institutions crédibles. Mais lorsque ce mur tombera, la confiance reviendra. Et parce que le capital investit là où règne la confiance, les investissements reviendront eux aussi.

 

 


LA LEZIONE ECONOMICA CHE IL VENEZUELA STA DANDO

Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

 

Il recente articolo del Wall Street Journal, "American Oil Majors Trying to Get Into Venezuela Have Hit a Wall" ("Le grandi compagnie petrolifere americane che cercano di entrare in Venezuela si sono scontrate con un muro"), spiega perché le più grandi riserve accertate di petrolio al mondo non siano ancora sufficienti ad attirare gli investimenti di cui il Paese ha bisogno. L'analisi, firmata dai giornalisti Collin Eaton e Kejal Vyas, va ben oltre il caso venezuelano e offre una preziosa riflessione sul rapporto tra fiducia, istituzioni e investimenti.

 

A prima vista la situazione appare paradossale. Il Venezuela possiede una delle più grandi ricchezze energetiche del pianeta. Dopo il cambiamento politico avvenuto sette mesi fa, gode inoltre dell'appoggio dell'Amministrazione Trump per rilanciare l'industria petrolifera e aumentare rapidamente la produzione. Molti ritenevano che le grandi compagnie internazionali sarebbero accorse quasi immediatamente per cogliere questa opportunità storica. La realtà, tuttavia, si è rivelata molto diversa.

 

Come riferisce il Wall Street Journal, ExxonMobil, Chevron e altre importanti compagnie petrolifere statunitensi stanno negoziando con le nuove autorità venezuelane, ma diversi di questi negoziati sono giunti a un punto morto. Le trattative procedono lentamente e, in alcuni casi, si sono completamente arenate. Le grandi compagnie petrolifere, sintetizza il giornale con un'espressione particolarmente efficace, si sono scontrate con un muro.

 

Di che cosa è fatto questo muro?

Non dalla mancanza di petrolio. Né dall'assenza di capitale o di tecnologia. Lo stesso articolo spiega che le compagnie competono per ottenere l'accesso ad alcune delle risorse petrolifere più preziose del Paese, in particolare nella Fascia Petrolifera dell'Orinoco e nei giacimenti di El Furrial e Punta de Mata, nello Stato di Monagas. Ciò che è realmente in discussione non è il potenziale economico del Venezuela, bensì le condizioni alle quali tali investimenti potranno svilupparsi nei prossimi decenni.

 

Questo ragionamento non riguarda esclusivamente l'industria petrolifera. Qualsiasi investimento di grande portata — una fabbrica, un porto, una miniera, un complesso turistico, un impianto industriale, un'azienda tecnologica o un grande progetto agricolo — richiede regole del gioco chiare e prevedibili. Chi investe centinaia di milioni, o addirittura miliardi di dollari, deve sapere che i diritti di proprietà saranno rispettati, che i contratti saranno onorati e che le regole non cambieranno arbitrariamente a ogni nuovo governo.

 

I dirigenti delle grandi compagnie petrolifere ricordano ancora le nazionalizzazioni attuate durante il governo di Hugo Chávez. Molte di quelle imprese persero beni per un valore di miliardi di dollari e alcune controversie giudiziarie sono ancora aperte dopo oltre vent'anni. ConocoPhillips continua a reclamare circa 12 miliardi di dollari, mentre Exxon rivendica ancora circa un miliardo. Per coloro che devono approvare nuovi investimenti, questi precedenti continuano ad avere un peso enorme.

 

Anche il deterioramento delle infrastrutture non contribuisce a dissipare i dubbi. Exxon ha recentemente ispezionato gli impianti del progetto Cerro Negro, che gestiva prima della nazionalizzazione, trovando danni così gravi da richiedere investimenti miliardari per il loro recupero. Chevron è riuscita ad aumentare la produzione fino a circa 300.000 barili al giorno, ma lo ha fatto principalmente migliorando impianti già esistenti, evitando per il momento di avviare nuovi progetti di grande scala.

 

Forse l'osservazione più significativa dell'articolo appartiene all'economista Francisco Monaldi, direttore del Programma Energia per l'America Latina del Baker Institute della Rice University. Riferendosi alle grandi compagnie petrolifere, ha affermato che "si sono scottate due volte". Ha poi aggiunto che, quando un progetto riguardante il Venezuela arriva davanti al consiglio di amministrazione di una di queste società, qualcuno pone inevitabilmente la domanda: "Non abbiamo già imparato la lezione?"

 

Di fronte a tale prudenza, l'Amministrazione Trump ha iniziato a esplorare una strategia diversa. Mentre le grandi multinazionali continuano a valutare i rischi, Washington incoraggia la partecipazione di compagnie petrolifere indipendenti di dimensioni minori, più disposte ad assumersi rischi elevati e a investire con maggiore rapidità. Questa soluzione può soddisfare esigenze immediate, ma non può sostituire il ritorno dei grandi investitori internazionali.

 

La principale lezione che oggi ci offre il Venezuela va ben oltre il petrolio. Le risorse naturali attirano l'interesse degli investitori. Ma l'interesse, da solo, non genera investimenti. Affinché il capitale si impegni per decenni, deve poter confidare nel fatto che le istituzioni proteggeranno i suoi diritti indipendentemente da chi esercita il potere.

 

Il capitale investe dove c'è fiducia.

Questa fiducia non nasce da un discorso politico né da una campagna per attrarre investimenti. Si costruisce attraverso tribunali indipendenti, il rispetto della proprietà privata, l'osservanza dei contratti e regole del gioco stabili. In definitiva, l'investitore non ripone la propria fiducia in un governante, ma in istituzioni capaci di sopravvivere ai governi.

 

Questo è il vero muro che il Venezuela deve affrontare oggi. Non è costruito con acciaio o cemento. È costruito con anni di insicurezza giuridica, espropriazioni, violazioni dei contratti e incertezza politica. Abbatterlo richiederà tempo, riforme e istituzioni credibili. Ma quando quel muro cadrà, tornerà la fiducia. E poiché il capitale investe dove c'è fiducia, torneranno anche gli investimenti.



 

 

 

 

 

 

 

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