LOS LÍMITES DEL PODER Y LA OPORTUNIDAD DEL LÍBANO
Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
"Todos descubrieron los límites de su poder."
Estados Unidos comprobó que incluso la mayor potencia militar del mundo enfrenta límites políticos, económicos y estratégicos cuando un conflicto amenaza con prolongarse. El régimen teocrático de los ayatolás descubrió que la red de organizaciones armadas que construyó durante décadas es mucho más vulnerable de lo que suponía. Israel confirmó que la superioridad militar, por sí sola, no garantiza una seguridad duradera. Europa comprendió que la estabilidad del Mediterráneo oriental no puede seguir dependiendo exclusivamente de Washington. Paradójicamente, de esas limitaciones compartidas podría surgir una oportunidad que hace apenas unos meses parecía impensable: devolver al Estado libanés el control efectivo de todo su territorio.
Las guerras no solo destruyen; también reorganizan el tablero. La reciente confrontación entre Estados Unidos e Irán terminó sin una victoria absoluta para ninguno de los dos. Washington evitó una escalada que podía resultar muy costosa por el riesgo de un cierre del estrecho de Ormuz, el impacto sobre la economía mundial y el desgaste político interno. El régimen iraní sobrevivió, pero vio seriamente debilitada su capacidad para proyectar poder a través de sus aliados regionales. Ninguno logró todos sus objetivos, pero todos comprendieron que la siguiente etapa dependería menos de la fuerza militar y mucho más de la política.
Desde hace décadas el Líbano vive una anomalía incompatible con el concepto moderno de Estado. Aunque cuenta con un gobierno reconocido internacionalmente y unas Fuerzas Armadas nacionales, nunca ha ejercido plenamente el monopolio de las armas. Hezbollah, financiado, armado y entrenado por el régimen iraní, desarrolló una estructura militar paralela que llegó a superar al propio Ejército libanés. En la práctica, Beirut compartía su soberanía con una organización que respondía a intereses estratégicos ajenos al Estado libanés.
Tras la guerra entre Israel y Hezbollah en 2006, las Naciones Unidas reforzaron la Fuerza Interina de las Naciones Unidas para el Líbano (FINUL), encargada de supervisar el alto el fuego y apoyar al Ejército libanés. La misión contribuyó a contener numerosos enfrentamientos, pero nunca tuvo el mandato ni la capacidad para desarmar a Hezbollah. El problema quedó congelado, no resuelto.
Hoy ese equilibrio parece estar cambiando. Hezbollah ha sufrido importantes pérdidas militares; el régimen iraní enfrenta mayores dificultades para sostener su red regional; el mandato de la FINUL se acerca a su final; y Francia e Italia han comenzado a impulsar una iniciativa destinada a fortalecer la autoridad del Estado libanés sobre todo su territorio. Lo más significativo es que esta propuesta coincide con los intereses estratégicos de actores que durante años parecían situados en posiciones irreconciliables.
Para el Gobierno libanés supondría recuperar una soberanía largamente limitada. Para Israel significaría reducir de forma considerable la amenaza permanente en su frontera norte. Francia e Italia tendrían la oportunidad de demostrar que Europa puede desempeñar un papel relevante en la estabilidad del Mediterráneo oriental. Los países árabes del Golfo verían disminuir la capacidad de intimidación regional del régimen iraní. Y para Estados Unidos representaría la posibilidad de alcanzar mediante la diplomacia y el fortalecimiento institucional parte de los objetivos que una prolongación de la guerra difícilmente habría conseguido.
Si el Estado libanés recupera efectivamente el monopolio de las armas, el mayor perdedor sería el régimen teocrático de los ayatolás. Hezbollah constituye desde hace décadas su principal instrumento de proyección militar en el Mediterráneo y la pieza más importante del denominado "Eje de la Resistencia". Su debilitamiento reduciría notablemente la capacidad de Teherán para influir en los acontecimientos regionales y modificaría un equilibrio construido durante más de cuatro décadas.
Existe además una dimensión estratégica de alcance global. Desde hace años Washington considera que el principal desafío para su liderazgo internacional no se encuentra en Oriente Medio, sino en el ascenso económico, tecnológico y militar de China. Cada portaaviones, escuadrón aéreo o recurso diplomático que pueda dejar de emplear en Oriente Medio podrá destinarse al Indo-Pacífico. Si Europa asume una mayor responsabilidad en la estabilización del Líbano y los aliados regionales contienen la influencia iraní, Estados Unidos obtendría algo más valioso que una victoria militar: libertad estratégica para concentrarse en la competencia con Pekín.
Nada garantiza que este escenario llegue a consolidarse. Hezbollah conserva una importante presencia política y social; el régimen iraní mantiene capacidad para influir en la región; y cualquier transformación del equilibrio interno libanés exigirá prudencia para evitar una nueva crisis. Sin embargo, pocas veces coinciden tantas circunstancias favorables. El debilitamiento de Hezbollah, las limitaciones descubiertas por Estados Unidos, el interés de Israel en estabilizar su frontera norte, la iniciativa franco-italiana, el próximo fin del mandato de la FINUL y la necesidad del Gobierno libanés de ejercer plenamente su soberanía han abierto una ventana de oportunidad que difícilmente habría existido hace apenas unos meses.
Las guerras rara vez producen soluciones definitivas. Lo que sí producen, en ocasiones, son nuevas oportunidades políticas. Si el Estado libanés consigue recuperar finalmente el monopolio de las armas, Oriente Medio no habrá cambiado porque alguien obtuvo una victoria absoluta. Habrá cambiado porque todos descubrieron los límites de su poder y comprendieron que la política podía alcanzar lo que la guerra, por sí sola, nunca consiguió.


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