EL DISCURSO QUE PUTIN NO QUERÍA ESCUCHAR
Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Hay ciudades destinadas a cambiar el curso de la historia. Gdansk, en el norte de Polonia, a orillas del mar Báltico, es una de ellas.
Fue allí donde, el 1 de septiembre de 1939, los cañones del acorazado alemán Schleswig-Holstein abrieron fuego contra la guarnición polaca de Westerplatte, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial en Europa. Cuarenta y un años después, en los astilleros Lenin de esa misma ciudad, un electricista llamado Lech Wałęsa encabezó las huelgas que dieron origen al sindicato Solidaridad, el movimiento que abrió la grieta definitiva en el bloque soviético y aceleró el derrumbe del comunismo en Europa Oriental.
Esta semana, Gdansk volvió a convertirse en escenario de un momento de enorme trascendencia al acoger la Ukraine Recovery Conference (URC 2026), la conferencia internacional dedicada a la reconstrucción de Ucrania. Aunque oficialmente estaba orientada a coordinar la recuperación económica del país, la reunión congregó a buena parte del liderazgo político y económico europeo. Allí estuvieron el presidente ucraniano Volodímir Zelenski; el primer ministro polaco Donald Tusk; el canciller alemán Friedrich Merz; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; el presidente del Consejo Europeo, António Costa; representantes del Banco Mundial, del Banco Europeo de Inversiones y del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, además de dirigentes empresariales e inversionistas llamados a participar en la recuperación de Ucrania.
No fue, por tanto, una conferencia cualquiera. Fue una reunión de quienes hoy están definiendo la Europa de la posguerra.
Fue en ese escenario donde Merz pronunció un discurso cuyo verdadero destinatario no era únicamente Ucrania. Era Europa. Y, de forma inevitable, también Moscú.
Durante más de tres décadas, el continente creyó haber encontrado una fórmula capaz de garantizar simultáneamente prosperidad y estabilidad. Rusia suministraría petróleo y gas abundantes y baratos; Alemania transformaría esa energía en automóviles, maquinaria, productos químicos y bienes industriales de alto valor añadido; y Europa reforzaría su competitividad frente a Estados Unidos y las economías asiáticas. Aquella interdependencia económica fue presentada como la mejor garantía de paz. Si todos dependían de todos, nadie tendría interés en una guerra.
La invasión rusa de Ucrania hizo añicos esa convicción.
Europa descubrió que la energía barata también podía convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Lo que durante años había sido considerado una ventaja competitiva terminó revelándose como una vulnerabilidad estratégica. La dependencia del gas y del petróleo rusos dejó de ser un asunto económico para convertirse en un problema de seguridad nacional.
El discurso de Merz simboliza el abandono definitivo de aquella forma de entender las relaciones con Moscú.
Recordando la historia compartida de Alemania y Polonia, el canciller afirmó: "Como europeos, permanecemos unidos... para defender la libertad en nuestro continente. Y por eso permanecemos firmemente al lado de Ucrania."
No era una frase retórica. Era la reafirmación de un principio político construido sobre las lecciones más dolorosas del siglo XX.
Merz evocó la reconciliación entre Alemania y Polonia tras la Segunda Guerra Mundial para recordar que la paz europea solo fue posible cuando el respeto al derecho internacional sustituyó a la lógica de la conquista. El reconocimiento de las fronteras internacionalmente aceptadas permitió cerrar heridas que parecían irreparables y construir el período de mayor estabilidad y prosperidad que ha conocido el continente.
Por eso el apoyo europeo a Ucrania trasciende la solidaridad con un país invadido. Lo que está en juego es un principio esencial del orden internacional: las fronteras no pueden modificarse mediante la fuerza. Si ese principio desaparece, también desaparece uno de los pilares sobre los que Europa edificó su paz después de 1945.
Merz resumió esa idea con otra frase que sintetiza el pensamiento estratégico europeo: "Al fortalecer la seguridad de Ucrania, fortalecemos la seguridad de Europa."
Quizá el momento más revelador de la conferencia no fueron únicamente las palabras del canciller, sino la reacción del auditorio. Los prolongados aplausos no procedían de un mitin político ni de una reunión partidista. Provenían de jefes de Estado y de Gobierno, dirigentes europeos, responsables de instituciones financieras internacionales, empresarios y especialistas en reconstrucción. Aquella respuesta reflejaba que el cambio estratégico ya no pertenece solo a Alemania. Es un consenso que comienza a extenderse por todo el continente.
Europa no renuncia a la diplomacia. Pero ha comprendido que la diplomacia solo puede prosperar cuando está respaldada por la credibilidad, la capacidad de disuasión y la determinación de defender los principios sobre los que descansa la paz.
Paradójicamente, Vladimir Putin buscaba debilitar a Europa. Aspiraba a fracturar la unidad occidental, erosionar el apoyo a Ucrania y restaurar la influencia rusa sobre el continente. Sin embargo, la invasión ha producido un efecto muy distinto. Suecia y Finlandia ingresaron en la OTAN. Alemania abandonó viejos tabúes sobre defensa. Polonia desarrolla uno de los programas de modernización militar más ambiciosos de Europa. La industria europea de defensa vuelve a expandirse y el continente asume, cada vez más, la responsabilidad de garantizar su propia seguridad.
Antes de concluir, Merz lanzó una afirmación que resume el espíritu de su intervención: "Rusia no ganará esta guerra." Más que una predicción militar, fue una declaración política. Expresaba la convicción de que Europa no aceptará que la agresión determine el futuro del continente ni que el derecho internacional sea sustituido por la ley del más fuerte.
Pocas ciudades europeas han simbolizado con tanta intensidad los grandes giros de la historia del continente como Gdansk. Allí comenzó la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Allí nació Solidaridad, el movimiento que contribuyó al derrumbe del imperio soviético. Y ha sido nuevamente en Gdansk donde los dirigentes europeos han proclamado que el continente no renunciará a los principios sobre los que reconstruyó la paz después de 1945: el respeto al derecho internacional, la inviolabilidad de las fronteras y la libertad de las naciones para decidir su propio destino.
La historia rara vez se repite, pero con frecuencia rima. Gdansk vuelve a recordarle a Europa que la paz nunca ha sido un regalo de la historia, sino una conquista política sostenida por la voluntad de defenderla.
Tal vez Vladimir Putin imaginó que su invasión fracturaría a Europa y devolvería a Rusia la influencia perdida tras la Guerra Fría. Sin embargo, la guerra ha despertado una Europa que durante demasiado tiempo creyó que el comercio bastaba para garantizar la seguridad. Ha impulsado el rearme del continente, ha fortalecido la cooperación entre las democracias europeas y ha devuelto a Alemania un liderazgo que pocos habrían imaginado hace apenas unos años.
En Gdansk, Friedrich Merz no presentó únicamente un programa para reconstruir Ucrania. Puso palabras a una transformación histórica que ya estaba en marcha.
Ese fue, probablemente, el verdadero mensaje que salió de Gdansk.
Y ese es, precisamente, el discurso que Putin no quería escuchar.
THE SPEECH PUTIN DIDN'T WANT TO HEAR
Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
There are cities destined to change the course of history. Gdańsk, in northern Poland on the shores of the Baltic Sea, is one of them.
It was there, on September 1, 1939, that the guns of the German battleship Schleswig-Holstein opened fire on the Polish garrison at Westerplatte, marking the beginning of the Second World War in Europe. Forty-one years later, in the Lenin Shipyard of that same city, an electrician named Lech Wałęsa led the strikes that gave birth to the Solidarity trade union, the movement that opened the decisive breach in the Soviet bloc and accelerated the collapse of communism in Eastern Europe.
This week, Gdańsk once again became the setting for a historic moment by hosting the Ukraine Recovery Conference (URC 2026), the international conference devoted to Ukraine's reconstruction. Although officially focused on coordinating the country's economic recovery, the meeting brought together much of Europe's political and economic leadership. Among those attending were Ukrainian President Volodymyr Zelenskyy, Polish Prime Minister Donald Tusk, German Chancellor Friedrich Merz, European Commission President Ursula von der Leyen, European Council President António Costa, representatives of the World Bank, the European Investment Bank and the European Bank for Reconstruction and Development, as well as business leaders and investors expected to play a major role in rebuilding Ukraine.
This was no ordinary conference. It was a gathering of those who are shaping post-war Europe.
It was in this setting that Friedrich Merz delivered a speech whose true audience was not Ukraine alone. It was Europe. And, inevitably, Moscow as well.
For more than three decades, Europe believed it had discovered a formula capable of ensuring both prosperity and stability. Russia would supply abundant, inexpensive oil and natural gas; Germany would transform that energy into automobiles, machinery, chemicals and high-value industrial products; and Europe would strengthen its competitive position against the United States and the rapidly growing Asian economies. Economic interdependence was presented as the best guarantee of peace. If everyone depended on everyone else, no one would have an interest in war.
Russia's invasion of Ukraine shattered that conviction.
Europe discovered that cheap energy could also become an instrument of geopolitical coercion. What had long been regarded as a competitive advantage turned out to be a strategic vulnerability. Dependence on Russian oil and gas ceased to be merely an economic issue and became a matter of national security.
Merz's speech symbolizes the definitive end of that approach toward Moscow.
Recalling the shared history of Germany and Poland, the Chancellor declared: "As Europeans, we stand united... to defend freedom on our continent. And that is why we stand firmly by Ukraine."
This was not rhetorical language. It was the reaffirmation of a political principle built upon the painful lessons of the twentieth century.
Merz recalled that peace between Germany and Poland became possible only when respect for international law replaced the logic of conquest. The recognition of internationally accepted borders made it possible to heal wounds that had once seemed impossible to overcome and laid the foundation for the longest period of peace, stability and prosperity in modern European history.
For that reason, Europe's support for Ukraine goes far beyond solidarity with an invaded nation. What is at stake is one of the fundamental principles of the international order: borders cannot be changed by force. If that principle is abandoned, one of the pillars upon which Europe rebuilt itself after 1945 will disappear as well.
Merz captured this idea in another memorable statement: "By strengthening Ukraine's security, we are strengthening Europe's security."
Perhaps the most revealing moment of the conference was not the Chancellor's speech itself, but the audience's response. The prolonged applause did not come from a partisan gathering or a political rally. It came from heads of state and government, European leaders, executives of international financial institutions, business leaders and reconstruction specialists. Their reaction demonstrated that this strategic transformation is no longer Germany's alone. It reflects a growing European consensus.
Europe has not abandoned diplomacy. But it has learned that diplomacy can only succeed when supported by credibility, deterrence and the determination to defend the principles upon which peace depends.
Ironically, Vladimir Putin sought to weaken Europe. His objective was to divide the West, erode support for Ukraine and restore Russia's influence across the continent. Yet the invasion has produced the opposite result. Sweden and Finland joined NATO. Germany abandoned long-standing defense taboos. Poland is carrying out one of Europe's most ambitious military modernization programs. Europe's defense industry is expanding once again, and the continent is increasingly assuming responsibility for its own security.
Before concluding, Merz delivered a sentence that encapsulated the spirit of his address: "Russia will not win this war." More than a military prediction, it was a political declaration. It expressed Europe's determination not to allow aggression to shape the continent's future or replace international law with the rule of force.
Few European cities have symbolized the great turning points of the continent's history as powerfully as Gdańsk. It was there that the tragedy of the Second World War began. It was there that Solidarity emerged, helping bring about the collapse of the Soviet empire. And it is there that European leaders have once again proclaimed that the continent will not abandon the principles upon which peace was rebuilt after 1945: respect for international law, the inviolability of borders and the freedom of nations to determine their own future.
History rarely repeats itself, but it often rhymes. Once again, Gdańsk reminds Europe that peace has never been a gift from history. It has always been a political achievement sustained by the determination to defend it.
Perhaps Vladimir Putin believed that his invasion would fracture Europe and restore Russia's lost influence after the Cold War. Instead, the war has awakened a Europe that for too long believed that commerce alone could guarantee security. It has accelerated the continent's rearmament, strengthened cooperation among Europe's democracies and restored to Germany a leadership role that few would have imagined only a few years ago.
In Gdańsk, Friedrich Merz did more than present a plan for Ukraine's reconstruction.
He gave voice to a historic transformation already underway.
That was, perhaps, the true message that emerged from Gdańsk.
And that is precisely the speech Putin didn't want to hear.
LE DISCOURS QUE POUTINE NE VOULAIT PAS ENTENDRE
Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica
Il est des villes qui semblent destinées à changer le cours de l'histoire. Gdańsk, dans le nord de la Pologne, sur les rives de la mer Baltique, est l'une d'entre elles.
C'est là que, le 1er septembre 1939, les canons du cuirassé allemand Schleswig-Holstein ouvrirent le feu contre la garnison polonaise de Westerplatte, marquant le début de la Seconde Guerre mondiale en Europe. Quarante et un ans plus tard, dans les chantiers navals Lénine de cette même ville, un électricien nommé Lech Wałęsa dirigea les grèves qui donnèrent naissance au syndicat Solidarność, le mouvement qui ouvrit la brèche décisive dans le bloc soviétique et accéléra l'effondrement du communisme en Europe de l'Est.
Cette semaine, Gdańsk est redevenue le théâtre d'un événement d'une portée historique en accueillant la Ukraine Recovery Conference (URC 2026), la conférence internationale consacrée à la reconstruction de l'Ukraine. Officiellement destinée à coordonner la relance économique du pays, cette réunion a rassemblé une grande partie des dirigeants politiques et économiques de l'Europe. Étaient notamment présents le président ukrainien Volodymyr Zelensky, le Premier ministre polonais Donald Tusk, le chancelier allemand Friedrich Merz, la présidente de la Commission européenne Ursula von der Leyen, le président du Conseil européen António Costa, des représentants de la Banque mondiale, de la Banque européenne d'investissement et de la Banque européenne pour la reconstruction et le développement, ainsi que des chefs d'entreprise et des investisseurs appelés à participer à la reconstruction de l'Ukraine.
Il ne s'agissait pas d'une conférence ordinaire.
C'était une réunion de ceux qui dessinent aujourd'hui l'Europe de l'après-guerre.
C'est dans ce contexte que Friedrich Merz a prononcé un discours dont le véritable destinataire n'était pas seulement l'Ukraine. Il s'adressait à l'Europe tout entière. Et, inévitablement, au Kremlin.
Pendant plus de trois décennies, l'Europe a cru avoir trouvé une formule capable d'assurer à la fois prospérité et stabilité. La Russie fournirait un pétrole et un gaz abondants et bon marché ; l'Allemagne transformerait cette énergie en automobiles, machines, produits chimiques et biens industriels à forte valeur ajoutée ; et l'Europe renforcerait sa compétitivité face aux États-Unis et aux économies asiatiques. Cette interdépendance économique était présentée comme la meilleure garantie de paix. Si chacun dépendait des autres, personne n'aurait intérêt à faire la guerre.
L'invasion russe de l'Ukraine a fait voler cette conviction en éclats.
L'Europe a découvert qu'une énergie bon marché pouvait aussi devenir un instrument de coercition géopolitique. Ce qui avait longtemps été considéré comme un avantage économique s'est révélé être une vulnérabilité stratégique. La dépendance au pétrole et au gaz russes a cessé d'être une simple question économique pour devenir un enjeu de sécurité nationale.
Le discours de Merz symbolise la rupture définitive avec cette vision des relations avec Moscou.
Évoquant l'histoire commune de l'Allemagne et de la Pologne, le chancelier a déclaré :
« En tant qu'Européens, nous restons unis... pour défendre la liberté sur notre continent. C'est pourquoi nous restons fermement aux côtés de l'Ukraine. »
Il ne s'agissait pas d'une formule de circonstance, mais de la réaffirmation d'un principe politique né des leçons les plus douloureuses du XXe siècle.
Merz a rappelé que la réconciliation entre l'Allemagne et la Pologne n'avait été possible qu'à partir du moment où le respect du droit international remplaça la logique de la conquête. La reconnaissance des frontières internationalement reconnues permit de refermer des blessures qui semblaient irréparables et ouvrit la plus longue période de paix, de stabilité et de prospérité de l'histoire moderne de l'Europe.
C'est pourquoi le soutien européen à l'Ukraine dépasse largement la solidarité envers un pays agressé. Ce qui est en jeu, c'est l'un des principes fondamentaux de l'ordre international : les frontières ne peuvent être modifiées par la force. Si ce principe disparaît, l'un des fondements sur lesquels l'Europe s'est reconstruite après 1945 disparaîtra également.
Merz résuma cette idée par une autre phrase forte :
« En renforçant la sécurité de l'Ukraine, nous renforçons la sécurité de l'Europe. »
Le moment le plus révélateur de la conférence ne fut peut-être pas le discours lui-même, mais la réaction de l'auditoire. Les longs applaudissements ne venaient pas d'un rassemblement partisan. Ils émanaient de chefs d'État et de gouvernement, de responsables européens, de dirigeants d'institutions financières internationales, d'entrepreneurs et de spécialistes de la reconstruction. Leur réaction démontrait que cette transformation stratégique ne concernait plus seulement l'Allemagne. Elle reflétait un consensus grandissant au sein de l'Europe.
L'Europe n'abandonne pas la diplomatie. Mais elle a compris que la diplomatie ne peut réussir que lorsqu'elle repose sur la crédibilité, la capacité de dissuasion et la volonté de défendre les principes qui garantissent la paix.
Paradoxalement, Vladimir Poutine cherchait à affaiblir l'Europe. Il espérait diviser l'Occident, réduire le soutien à l'Ukraine et restaurer l'influence de la Russie sur le continent. Pourtant, son invasion a produit l'effet inverse. La Suède et la Finlande ont rejoint l'OTAN. L'Allemagne a abandonné plusieurs tabous en matière de défense. La Pologne mène l'un des programmes de modernisation militaire les plus ambitieux d'Europe. L'industrie européenne de défense renaît et le continent assume de plus en plus sa propre sécurité.
Avant de conclure, Merz a lancé une phrase qui résume l'esprit de son intervention :
« La Russie ne gagnera pas cette guerre. »
Plus qu'une prévision militaire, c'était une déclaration politique. Elle exprimait la détermination de l'Europe à ne pas laisser l'agression redessiner la carte du continent ni remplacer le droit international par la loi du plus fort.
Peu de villes européennes ont symbolisé avec autant de force les grands tournants de l'histoire du continent que Gdańsk. C'est là que commença la tragédie de la Seconde Guerre mondiale. C'est là que naquit Solidarność, qui contribua à l'effondrement de l'empire soviétique. Et c'est là encore que les dirigeants européens ont proclamé que le continent ne renoncera pas aux principes sur lesquels il a reconstruit la paix après 1945 : le respect du droit international, l'inviolabilité des frontières et la liberté des nations de choisir leur propre destin.
L'histoire se répète rarement, mais elle rime souvent. Une fois de plus, Gdańsk rappelle à l'Europe que la paix n'a jamais été un cadeau de l'histoire. Elle est toujours le fruit d'une volonté politique de la défendre.
Peut-être Vladimir Poutine pensait-il que son invasion fracturerait l'Europe et rendrait à la Russie l'influence perdue après la Guerre froide. En réalité, cette guerre a réveillé une Europe qui avait trop longtemps cru que le commerce suffisait à garantir la sécurité. Elle a accéléré le réarmement du continent, renforcé la coopération entre les démocraties européennes et rendu à l'Allemagne un rôle de leadership que peu auraient imaginé il y a seulement quelques années.
À Gdańsk, Friedrich Merz n'a pas seulement présenté un plan pour reconstruire l'Ukraine.
Il a mis des mots sur une transformation historique déjà en marche. Tel fut, sans doute, le véritable message venu de Gdańsk.
Et c'est précisément le discours que Poutine ne voulait pas entendre.


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