martes, 30 de junio de 2026

CUBA: LA VERDADERA CAUSA DE LA CRISIS HUMANITARIA


Por Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

La misión de las Naciones Unidas no consiste en administrar las consecuencias de las dictaduras, sino en tener el valor de señalar las causas que las producen.

 

Francisco Pichón, coordinador residente de Naciones Unidas en Cuba, tiene razón al describir la gravedad de la crisis humanitaria que padecen millones de cubanos. Lo que resulta discutible es su explicación. Presentar las sanciones estadounidenses y la falta de combustible como la causa principal del desastre cubano equivale a confundir el síntoma con la enfermedad.

 

La emergencia humanitaria de Cuba no comenzó ahora. Es el resultado de décadas de decisiones tomadas por un monopolio político y económico que concentra la mayor parte de los recursos nacionales, fija las prioridades de inversión y opera sin controles públicos efectivos ni verdadera rendición de cuentas. Mientras esa estructura permanezca intacta, cualquier intento de explicar la crisis atribuyéndola principalmente a factores externos será, inevitablemente, una explicación incompleta.

 

Ese monopolio es GAESA, el conglomerado construido bajo la autoridad de Raúl Castro y administrado por un reducido grupo de sus incondicionales. En los hechos, GAESA controla una parte dominante de la economía cubana: turismo, comercio en divisas, puertos, zonas francas, inmobiliarias, servicios financieros y otros sectores estratégicos. Mientras ese aparato concentre las principales fuentes de divisas y decida las prioridades nacionales, ninguna explicación seria puede colocar a Estados Unidos como el origen principal del desastre.

 

Las propias estadísticas de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) respaldan esa conclusión. Durante varios años, la inversión en hoteles y restaurantes superó ampliamente la destinada a la agricultura, la industria alimentaria, la salud, los acueductos y otros servicios públicos esenciales. Esas cifras oficiales revelan cuáles fueron las prioridades del régimen: mientras el aparato económico controlado por el poder seguía expandiendo la infraestructura turística, la capacidad del país para producir alimentos, mantener hospitales y garantizar servicios básicos continuaba deteriorándose.

 

Durante años, el régimen destinó recursos enormes a inversiones turísticas, incluso cuando la ocupación hotelera caía y la población sufría una escasez creciente de alimentos, medicinas y servicios básicos. Mientras se construían hoteles, se reducía la prioridad de la agricultura, los hospitales, los acueductos, el alcantarillado, el transporte público, la compra de medicamentos y el control de plagas. Esa política de inversiones no fue un accidente; fue una decisión consciente del monopolio que controla la economía nacional.

 

La crisis alimentaria no puede explicarse por el embargo. Cuba dispone de tierras fértiles, abundante agua y condiciones climáticas privilegiadas. Lo que no tiene es libertad económica para producir. El monopolio estatal, los controles de precios, la inseguridad jurídica y la falta de incentivos destruyeron durante décadas la capacidad productiva del campo cubano. Paradójicamente, Estados Unidos ha sido durante años uno de los principales proveedores de alimentos y proteínas para Cuba, especialmente pollo, maíz y soya, vendidos bajo las excepciones humanitarias previstas en la legislación estadounidense.

 

Tampoco es cierto que las sanciones impidan la compra de medicamentos. La legislación de Estados Unidos contempla licencias para la exportación de medicamentos, equipos médicos y otros productos humanitarios. Si las farmacias cubanas permanecen vacías y los hospitales continúan deteriorándose, la explicación principal debe buscarse en las prioridades del monopolio económico que administra los recursos del país, no en Washington.

 

A ello se suma la deuda creciente con el Club de París, que alcanzó los 4.795 millones de dólares en 2025. Esa deuda no la contrajo Estados Unidos. Es el resultado de un Estado que durante años ha incumplido sus compromisos financieros mientras continuaba destinando cuantiosos recursos a sectores controlados por el propio monopolio. Ningún país puede aspirar a un desarrollo sostenido cuando pierde credibilidad financiera y utiliza las divisas disponibles para fortalecer la estructura del poder antes que el bienestar de sus ciudadanos.

 

La ayuda humanitaria internacional es necesaria y debe llegar al pueblo cubano. Pero la comunidad internacional no debe aceptar medias verdades. El problema central de Cuba no es que Estados Unidos le impida desarrollarse. El problema es que un monopolio económico y político decide qué se construye, qué se importa, quién recibe las divisas y qué sectores se abandonan.

 

La verdadera tragedia de Cuba no radica únicamente en la escasez de alimentos, medicinas o combustible. Reside en un sistema que durante más de seis décadas concentró el poder político y económico en un mismo monopolio, eliminó los mecanismos de control y convirtió las prioridades del Estado en las prioridades de quienes lo administran. Cuando desaparecen la transparencia y la rendición de cuentas, los recursos nacionales dejan de servir al bien común y terminan preservando el poder y los privilegios de una minoría, mientras la mayoría de la población se empobrece.

 

Francisco Pichón tiene una enorme responsabilidad ante la historia y ante el pueblo de Cuba. Como representante de las Naciones Unidas, no basta con describir el sufrimiento de los cubanos ni con repetir explicaciones parciales que desplazan la atención hacia factores externos. Su deber moral es señalar la causa estructural de esa tragedia: un monopolio político y económico que durante más de seis décadas ha desviado los recursos nacionales hacia la conservación del poder, mientras abandonaba la producción de alimentos, la salud pública, los servicios esenciales y el bienestar de los cubanos.

 

La misión de las Naciones Unidas no consiste en administrar las consecuencias de las dictaduras, sino en tener el valor de señalar las causas que las producen.

 


CUBA: THE TRUE CAUSE OF THE

 HUMANITARIAN CRISIS

The mission of the United Nations is not merely to manage the consequences of dictatorships, but to have the courage to identify the causes that create them.

By Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, the United Nations Resident Coordinator in Cuba, is right to describe the severity of the humanitarian crisis affecting millions of Cubans. What is open to question is his explanation. Presenting U.S. sanctions and fuel shortages as the primary cause of Cuba's collapse confuses the symptom with the disease.

 

Cuba's humanitarian emergency did not begin yesterday. It is the result of decades of decisions made by a political and economic monopoly that controls most of the nation's resources, determines investment priorities, and operates without effective public oversight or genuine accountability. As long as that structure remains intact, any attempt to explain the crisis primarily through external factors will inevitably be incomplete.

 

That monopoly is GAESA, the business conglomerate built under Raúl Castro's authority and managed by a small circle of his most trusted loyalists. In practice, GAESA dominates a substantial portion of the Cuban economy, including tourism, hard-currency retail, ports, free-trade zones, real estate, financial services, and other strategic sectors. As long as this apparatus controls the country's principal sources of revenue and determines national priorities, no serious analysis can portray the United States as the principal cause of Cuba's humanitarian disaster.

 

Official figures published by Cuba's National Office of Statistics and Information (ONEI) support this conclusion. For years, investment in hotels and restaurants vastly exceeded investment in agriculture, food production, healthcare, water infrastructure, and other essential public services. These official statistics reveal the regime's true priorities: while the economic apparatus controlled by those in power continued expanding the tourism sector, the country's ability to produce food, maintain hospitals, and provide basic services steadily deteriorated.

 

For years, the regime devoted enormous resources to tourism projects even as hotel occupancy declined and Cubans faced growing shortages of food, medicine, and essential services. While hotels continued to rise, agriculture, hospitals, water systems, sewage infrastructure, public transportation, medicine procurement, and pest-control programs were steadily neglected. This investment strategy was no accident; it reflected deliberate decisions made by the monopoly that controls Cuba's economy.

 

Cuba's food crisis cannot be explained by the U.S. embargo alone. The island possesses fertile land, abundant water, and favorable climatic conditions. What it lacks is economic freedom. State monopolies, price controls, legal insecurity, and the absence of incentives have destroyed agricultural productivity over several decades. Ironically, the United States has long been one of Cuba's principal suppliers of food and protein products—particularly chicken, corn, and soybeans—sold under humanitarian exemptions established in U.S. law.

 

Nor is it true that U.S. sanctions categorically prohibit the purchase of medicines. American legislation provides licenses for the export of medicines, medical equipment, and other humanitarian goods. If Cuban pharmacies remain empty and hospitals continue to deteriorate, the principal explanation lies not in Washington but in the priorities established by the monopoly that controls the country's economic resources.

 

Adding to this reality is Cuba's growing debt to the Paris Club, which reached $4.795 billion in 2025. The United States did not incur that debt. It is the consequence of a government that has repeatedly failed to honor its financial obligations while continuing to allocate vast resources to sectors controlled by that same monopoly. No nation can achieve sustainable development after losing financial credibility while directing scarce resources toward preserving its power structure instead of improving the well-being of its citizens.

 

International humanitarian assistance remains essential and should continue reaching the Cuban people. But the international community should not accept half-truths. Cuba's central problem is not that the United States prevents its development. The real problem is that a political and economic monopoly determines what gets built, what gets imported, who receives hard currency, and which sectors are abandoned.

 

Cuba's real tragedy is not merely the shortage of food, medicine, or fuel. It lies in a system that, for more than six decades, has concentrated political and economic power within a single monopoly, eliminated meaningful oversight, and transformed the priorities of the state into the priorities of those who control it. When transparency and accountability disappear, national resources cease serving the common good and instead preserve the power and privileges of a small minority while the overwhelming majority grows poorer.

 

Francisco Pichón bears a profound responsibility before history and before the Cuban people. As a representative of the United Nations, it is not enough to describe the suffering of Cubans while repeating partial explanations that shift attention toward external factors. His moral duty is to identify the structural cause of this tragedy: a political and economic monopoly that, for more than six decades, has diverted the nation's resources toward preserving its own power while neglecting food production, public health, essential services, and the welfare of the Cuban people.

 

The mission of the United Nations is not merely to manage the consequences of dictatorships, but to have the courage to identify the causes that create them.

 

 

CUBA : LA VÉRITABLE CAUSE DE LA 

CRISE HUMANITAIRE

La mission des Nations Unies ne consiste pas à gérer les conséquences des dictatures, mais à avoir le courage d'en dénoncer les causes.

 

Par Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, coordinateur résident des Nations Unies à Cuba, a raison de décrire la gravité de la crise humanitaire qui frappe des millions de Cubains. Ce qui est discutable, en revanche, c'est son explication. Présenter les sanctions américaines et la pénurie de carburant comme la principale cause de l'effondrement de Cuba revient à confondre le symptôme avec la maladie.

 

L'urgence humanitaire à Cuba n'a pas commencé aujourd'hui. Elle est le résultat de décennies de décisions prises par un monopole politique et économique qui concentre l'essentiel des ressources nationales, fixe les priorités d'investissement et fonctionne sans véritable contrôle public ni réelle obligation de rendre des comptes. Tant que cette structure demeurera intacte, toute tentative d'expliquer la crise principalement par des facteurs extérieurs restera inévitablement incomplète.

 

Ce monopole s'appelle GAESA, le conglomérat économique développé sous l'autorité de Raúl Castro et administré par un cercle restreint de ses plus fidèles collaborateurs. Dans les faits, GAESA contrôle une part dominante de l'économie cubaine : le tourisme, le commerce en devises, les ports, les zones franches, l'immobilier, les services financiers ainsi que d'autres secteurs stratégiques. Tant que cet appareil contrôlera les principales sources de devises du pays et déterminera les priorités nationales, aucune analyse sérieuse ne pourra désigner les États-Unis comme la principale cause de la catastrophe humanitaire cubaine.

 

Les statistiques officielles de l'Office national des statistiques et de l'information (ONEI) confirment cette réalité. Pendant plusieurs années, les investissements dans les hôtels et la restauration ont largement dépassé ceux consacrés à l'agriculture, à l'industrie alimentaire, à la santé, aux réseaux d'eau potable et aux autres services publics essentiels. Ces chiffres révèlent clairement les véritables priorités du régime : tandis que l'appareil économique contrôlé par le pouvoir poursuivait l'expansion de l'infrastructure touristique, la capacité du pays à produire des aliments, à entretenir ses hôpitaux et à assurer les services essentiels ne cessait de se dégrader.

 

Pendant des années, le régime a consacré des ressources considérables aux investissements touristiques, alors même que le taux d'occupation des hôtels diminuait et que la population faisait face à des pénuries croissantes de nourriture, de médicaments et de services essentiels. Pendant que de nouveaux hôtels étaient construits, l'agriculture, les hôpitaux, les réseaux d'eau, les infrastructures d'assainissement, les transports publics, l'achat de médicaments et la lutte contre les nuisibles perdaient progressivement toute priorité. Cette politique d'investissement n'était pas le fruit du hasard ; elle résultait d'un choix délibéré du monopole qui contrôle l'économie nationale.

 

La crise alimentaire ne peut être expliquée uniquement par l'embargo américain. Cuba dispose de terres fertiles, d'abondantes ressources en eau et de conditions climatiques favorables. Ce qui lui manque, c'est la liberté économique. Le monopole de l'État, le contrôle des prix, l'insécurité juridique et l'absence d'incitations ont détruit, au fil des décennies, la capacité productive de l'agriculture cubaine. Paradoxalement, les États-Unis comptent depuis longtemps parmi les principaux fournisseurs de produits alimentaires et de protéines à Cuba, notamment de poulet, de maïs et de soja, exportés dans le cadre des exceptions humanitaires prévues par la législation américaine.

 

Il est tout aussi inexact d'affirmer que les sanctions empêchent l'achat de médicaments. La législation américaine prévoit des licences autorisant l'exportation de médicaments, d'équipements médicaux et d'autres produits humanitaires. Si les pharmacies cubaines sont vides et que les hôpitaux continuent de se dégrader, la principale explication se trouve non pas à Washington, mais dans les priorités du monopole économique qui administre les ressources du pays.

 

À cela s'ajoute la dette croissante de Cuba envers le Club de Paris, qui atteignait 4,795 milliards de dollars en 2025. Cette dette n'a pas été contractée par les États-Unis. Elle résulte d'un État qui, depuis des années, ne respecte pas ses engagements financiers tout en continuant à consacrer des ressources considérables aux secteurs contrôlés par ce même monopole. Aucun pays ne peut espérer un développement durable lorsqu'il perd sa crédibilité financière et privilégie le maintien de son appareil de pouvoir au détriment du bien-être de ses citoyens.

 

L'aide humanitaire internationale est indispensable et doit continuer à parvenir au peuple cubain. Mais la communauté internationale ne peut se satisfaire de demi-vérités. Le problème fondamental de Cuba n'est pas que les États-Unis empêchent son développement. Le véritable problème est qu'un monopole politique et économique décide de ce qui est construit, de ce qui est importé, de ceux qui reçoivent les devises et des secteurs qui sont abandonnés.

 

La véritable tragédie de Cuba ne réside pas seulement dans la pénurie de nourriture, de médicaments ou de carburant. Elle réside dans un système qui, depuis plus de six décennies, concentre le pouvoir politique et économique entre les mains d'un seul monopole, a supprimé les mécanismes de contrôle et a transformé les priorités de l'État en celles de ceux qui l'administrent. Lorsque la transparence et la responsabilité disparaissent, les ressources nationales cessent de servir l'intérêt général et finissent par préserver le pouvoir et les privilèges d'une minorité, tandis que la majorité de la population s'appauvrit.

 

Francisco Pichón porte une immense responsabilité devant l'Histoire et devant le peuple cubain. En tant que représentant des Nations Unies, il ne suffit pas de décrire les souffrances des Cubains ni de reprendre des explications partielles qui détournent l'attention vers des facteurs extérieurs. Son devoir moral est de désigner la cause structurelle de cette tragédie : un monopole politique et économique qui, depuis plus de six décennies, détourne les ressources nationales vers la préservation du pouvoir, tout en abandonnant la production alimentaire, la santé publique, les services essentiels et le bien-être des Cubains.

 

La mission des Nations Unies ne consiste pas à gérer les conséquences des dictatures, mais à avoir le courage d'en dénoncer les causes.




 

CUBA: LA VERA CAUSA DELLA CRISI UMANITARIA

La missione delle Nazioni Unite non consiste nel gestire le conseguenze delle dittature, ma nell'avere il coraggio di denunciarne le cause.

 

Di Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Francisco Pichón, coordinatore residente delle Nazioni Unite a Cuba, ha ragione nel descrivere la gravità della crisi umanitaria che colpisce milioni di cubani. Ciò che invece è discutibile è la sua spiegazione. Presentare le sanzioni statunitensi e la carenza di carburante come la causa principale del disastro cubano significa confondere il sintomo con la malattia.

 

L'emergenza umanitaria a Cuba non è iniziata oggi. È il risultato di decenni di decisioni prese da un monopolio politico ed economico che concentra la maggior parte delle risorse nazionali, stabilisce le priorità degli investimenti e opera senza un effettivo controllo pubblico né una reale responsabilità istituzionale. Finché questa struttura rimarrà intatta, qualsiasi tentativo di spiegare la crisi attribuendola principalmente a fattori esterni sarà inevitabilmente incompleto.

 

Questo monopolio è GAESA, il conglomerato economico sviluppato sotto l'autorità di Raúl Castro e amministrato da un ristretto gruppo di suoi fedelissimi. Nei fatti, GAESA controlla una parte dominante dell'economia cubana: il turismo, il commercio in valuta estera, i porti, le zone franche, il settore immobiliare, i servizi finanziari e numerosi altri comparti strategici. Finché questo apparato controllerà le principali fonti di valuta del Paese e determinerà le priorità nazionali, nessuna analisi seria potrà indicare gli Stati Uniti come la causa principale della catastrofe umanitaria cubana.

 

Le stesse statistiche ufficiali dell'Ufficio Nazionale di Statistica e Informazione (ONEI) confermano questa realtà. Per diversi anni gli investimenti destinati agli alberghi e alla ristorazione hanno superato di gran lunga quelli destinati all'agricoltura, all'industria alimentare, alla sanità, alle infrastrutture idriche e agli altri servizi pubblici essenziali. Questi dati ufficiali mostrano con chiarezza quali fossero le vere priorità del regime: mentre l'apparato economico controllato dal potere continuava ad ampliare l'infrastruttura turistica, la capacità del Paese di produrre alimenti, mantenere gli ospedali e garantire i servizi essenziali continuava a deteriorarsi.

 

Per anni il regime ha destinato enormi risorse agli investimenti turistici, anche quando il tasso di occupazione alberghiera diminuiva e la popolazione soffriva una crescente scarsità di alimenti, medicinali e servizi fondamentali. Mentre si costruivano nuovi alberghi, agricoltura, ospedali, acquedotti, reti fognarie, trasporto pubblico, acquisto di medicinali e controllo dei parassiti perdevano progressivamente ogni priorità. Questa politica degli investimenti non è stata un caso, ma una scelta deliberata del monopolio che controlla l'economia nazionale.

 

La crisi alimentare non può essere spiegata soltanto con l'embargo americano. Cuba dispone di terre fertili, abbondanti risorse idriche e condizioni climatiche favorevoli. Ciò che manca è la libertà economica. Il monopolio statale, il controllo dei prezzi, l'insicurezza giuridica e la mancanza di incentivi hanno distrutto nel corso dei decenni la capacità produttiva dell'agricoltura cubana. Paradossalmente, gli Stati Uniti figurano da anni tra i principali fornitori di alimenti e proteine per Cuba, in particolare pollo, mais e soia, esportati nell'ambito delle eccezioni umanitarie previste dalla legislazione statunitense.

 

Non è nemmeno corretto affermare che le sanzioni impediscano l'acquisto di medicinali. La legislazione degli Stati Uniti prevede licenze per l'esportazione di medicinali, apparecchiature mediche e altri beni umanitari. Se le farmacie cubane restano vuote e gli ospedali continuano a deteriorarsi, la spiegazione principale va ricercata non a Washington, ma nelle priorità del monopolio economico che amministra le risorse del Paese.

 

A ciò si aggiunge il crescente debito di Cuba nei confronti del Club di Parigi, che nel 2025 ha raggiunto i 4,795 miliardi di dollari. Questo debito non è stato contratto dagli Stati Uniti. È il risultato di uno Stato che da anni non rispetta i propri impegni finanziari, continuando al tempo stesso a destinare ingenti risorse ai settori controllati dallo stesso monopolio. Nessun Paese può aspirare a uno sviluppo sostenibile quando perde credibilità finanziaria e utilizza le proprie risorse per rafforzare la struttura del potere anziché migliorare il benessere dei cittadini.

 

Gli aiuti umanitari internazionali sono indispensabili e devono continuare a raggiungere il popolo cubano. Tuttavia, la comunità internazionale non dovrebbe accontentarsi di mezze verità. Il problema fondamentale di Cuba non è che gli Stati Uniti ne impediscano lo sviluppo. Il vero problema è che un monopolio politico ed economico decide cosa costruire, cosa importare, chi riceve valuta estera e quali settori vengono abbandonati.

 

La vera tragedia di Cuba non consiste soltanto nella scarsità di alimenti, medicinali o carburante. Risiede in un sistema che, da oltre sei decenni, ha concentrato il potere politico ed economico in un unico monopolio, eliminando ogni effettivo meccanismo di controllo e trasformando le priorità dello Stato in quelle di chi lo amministra. Quando trasparenza e responsabilità vengono meno, le risorse nazionali cessano di servire il bene comune e finiscono per preservare il potere e i privilegi di una minoranza, mentre la maggioranza della popolazione sprofonda nella povertà.

 

Francisco Pichón porta una grande responsabilità nei confronti della storia e del popolo cubano. In qualità di rappresentante delle Nazioni Unite, non basta descrivere la sofferenza dei cubani né ripetere spiegazioni parziali che spostano l'attenzione verso fattori esterni. Il suo dovere morale è indicare la causa strutturale di questa tragedia: un monopolio politico ed economico che, da oltre sei decenni, devia le risorse nazionali verso la conservazione del potere, abbandonando la produzione alimentare, la sanità pubblica, i servizi essenziali e il benessere del popolo cubano.

 

La missione delle Nazioni Unite non consiste nel gestire le conseguenze delle dittature, ma nell'avere il coraggio di denunciarne le cause.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Mensajes

ok

Follow me on Twitter

Archivo del Blog

Snap Shts

Get Free Shots from Snap.com