lunes, 15 de junio de 2026

LA GUERRA CAMBIÓ: UCRANIA AHORA GOLPEA EL CORAZÓN DE RUSIA


Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

Antes de la invasión rusa de febrero de 2022, la mayoría de los analistas militares occidentales consideraban a Rusia la segunda potencia militar del mundo. Su ejército disponía de miles de tanques, una fuerza aérea superior, un vasto arsenal de misiles y la reputación heredada de décadas de poder soviético. Ucrania, por el contrario, era vista como una nación militarmente inferior, con una fuerza aérea limitada, una marina prácticamente inexistente tras la pérdida de Crimea en 2014 y una economía incapaz de sostener una guerra prolongada contra un adversario tan poderoso. Muchos expertos, gobiernos e incluso servicios de inteligencia estimaban que Kyiv podría caer en cuestión de días o semanas.

 

La percepción de una derrota inminente era tan generalizada que, apenas unos días después del inicio de la invasión, la administración del presidente Joe Biden ofreció evacuar al presidente Volodímir Zelensky de Kyiv. Según relataron posteriormente funcionarios estadounidenses, la propuesta contemplaba facilitar su salida del país y el establecimiento de un gobierno en el exilio. Zelensky rechazó la oferta con una frase que se convertiría en símbolo de la resistencia ucraniana: “Necesito municiones, no un aventón”.

 

Sin embargo, lo que ocurrió durante los primeros meses de la guerra sorprendió al mundo. Lejos de derrumbarse, las Fuerzas Armadas de Ucrania lograron frenar el avance ruso sobre Kyiv y otras ciudades estratégicas. Utilizando inteligencia occidental, sistemas antitanque y una extraordinaria determinación nacional, los ucranianos infligieron pérdidas inesperadamente elevadas a las fuerzas invasoras. Para abril de 2022, Rusia se vio obligada a retirarse del norte de Ucrania y abandonar su objetivo inicial de capturar Kyiv y derrocar al gobierno ucraniano.

 

Tras detener la ofensiva inicial, Ucrania esperaba recibir rápidamente los medios necesarios para expulsar a las fuerzas rusas de los territorios ocupados. Sin embargo, gran parte del armamento avanzado solicitado fue entregado de forma gradual y limitada. Los retrasos permitieron al Kremlin reorganizar sus fuerzas, construir extensas líneas defensivas y adaptar su economía a una guerra prolongada.

 

Ante esas limitaciones, los ucranianos desarrollaron sus propias soluciones. Lo que comenzó como una respuesta improvisada terminó convirtiéndose en una revolución militar basada en drones de reconocimiento y ataque capaces de golpear depósitos de combustible, refinerías, bases aéreas y objetivos estratégicos dentro de Rusia. Paralelamente, Ucrania avanzó en el desarrollo de misiles nacionales de largo alcance.

 

Mientras tanto, Occidente concentró gran parte de su ayuda en fortalecer la defensa aérea ucraniana mediante sistemas como Patriot, NASAMS e IRIS-T. Gracias a la combinación de innovación ofensiva ucraniana y apoyo defensivo occidental, Ucrania logró compensar parcialmente su falta de superioridad aérea y comenzó a trasladar parte de la guerra al interior del territorio ruso.

 

Hoy, más de cuatro años después del inicio de la invasión, Ucrania ha preservado su independencia, mantiene sus instituciones democráticas y ha construido una de las industrias de drones más avanzadas del mundo. Rusia continúa ocupando parte del territorio ucraniano y conserva importantes recursos militares, pero no ha logrado sus principales objetivos políticos. La pregunta ya no es si Ucrania puede sobrevivir. La verdadera incógnita es si dispondrá de los recursos necesarios para transformar su resistencia e innovación en una victoria estratégica duradera.

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