IRÁN ESTÁ PERDIENDO, ¿POR QUÉ PARECE QUE GANA?

 

IRÁN ESTÁ PERDIENDO, ¿POR QUÉ PARECE QUE GANA?

Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Las críticas a la ofensiva emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán dejan con frecuencia la impresión de que Washington ha fracasado, que el régimen iraní resistió el golpe y que puede continuar haciéndolo indefinidamente. Nada más lejos de la realidad. Cuando se examinan los resultados de estos meses de guerra aparece una situación diferente. La dictadura en Irán permanece en el poder, pero está hoy considerablemente más débil que cuando comenzó la guerra. Estados Unidos no.

La gravedad de la situación ha sido reconocida dentro del propio gobierno. El 21 de agosto, durante una visita a Irak, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, declaró: “No importa cuánto poder militar tengamos; si el pueblo pasa hambre y no tenemos actividad financiera, crecimiento económico y producción nacional, no podemos sobrevivir”.

Ghalibaf sabe de qué está hablando. Fue general de brigada de la Guardia Revolucionaria, combatió en la guerra Irán-Irak, comandó una división y posteriormente dirigió la Fuerza Aérea de la Guardia Revolucionaria y Khatam al-Anbiya, su poderoso conglomerado económico y de ingeniería. También fue jefe de la Policía Nacional y alcalde de Teherán, posee un doctorado en geografía política y desde 2020 preside el Parlamento.

Los hechos explican su preocupación. Según el Comando Central de Estados Unidos, más del 85% de la base industrial iraní vinculada a misiles balísticos, drones y defensa naval ha sido destruida o dañada; el 82% de sus sistemas de defensa antiaérea ha quedado fuera de combate y 161 embarcaciones militares han sido destruidas. La Fuerza Aérea iraní, que antes realizaba entre 30 y 100 salidas diarias, actualmente no realiza ninguna.

Esa degradación puede observarse en sus ataques recientes. El 1 de septiembre Irán lanzó 13 misiles balísticos contra Jordania, dirigidos, según Teherán, contra instalaciones estadounidenses. Diez fueron interceptados y los otros tres cayeron en zonas remotas. No hubo víctimas ni daños significativos en Camp Titin. La Guardia Revolucionaria, sin embargo, proclamó haber destruido aeronaves y causado bajas estadounidenses.

El golpe económico puede ser tan importante como el militar. Antes de la guerra, las exportaciones de petróleo proporcionaban a Irán alrededor de 3.800 millones de dólares mensuales. Hoy las exportaciones de crudo y condensado han caído a 220.000-255.000 barriles diarios, con un valor bruto del orden de 500 millones de dólares mensuales. La cantidad que finalmente recibe Irán es todavía menor por los descuentos y costos necesarios para evadir las sanciones.

También ha perdido eficacia otra de sus principales armas: la interrupción del tráfico petrolero por el estrecho de Ormuz. Antes de la guerra transitaban por allí unos 20 millones de barriles diarios. Los productores del Golfo se han adaptado con rapidez y, mediante oleoductos que evitan el estrecho y cargamentos que continúan atravesándolo, alrededor de 12 millones de barriles diarios ya están llegando a los mercados internacionales. A ello se suma el aumento de la producción de otros países.

Otro resultado de la debilidad militar y económica de Irán es que cualquier intento de reconstruir su programa nuclear estará bajo la vigilancia permanente de Estados Unidos e Israel, que han demostrado tener la capacidad y la determinación de impedir que se convierta en una potencia nuclear.

La consecuencia es sencilla: le han destruido una parte considerable de su poder militar y lo siguen haciendo, mientras le reducen el dinero que necesita para recuperarlo.

¿Por qué entonces parece que Irán gana?

El costo de vida ya preocupaba a los estadounidenses antes de la guerra. Después subieron la gasolina y el diésel. Para millones de personas, llenar el tanque se convirtió en un recordatorio permanente del conflicto.

Al mismo tiempo, escuchan hablar de interceptores que cuestan millones de dólares utilizados contra armas mucho más baratas, disminución de las reservas de determinadas municiones y advertencias de altos mandos sobre el peligro de debilitar la capacidad estadounidense frente a otras amenazas, especialmente en Europa y Asia. A ello se suman renuncias, destituciones y conflictos dentro del Pentágono. Todo junto transmite la impresión de que el sistema de defensa estadounidense está en crisis.

A ello se agrega una intensa confrontación política. Muchos adversarios de Trump tienen interés en alimentar la percepción del fracaso y destacar los costos de la guerra.

Trump también tiene responsabilidad. Está pagando políticamente por la victoria fulminante que anunció y que no se logró como se esperaba. En mi opinión, plantearlo de esa manera fue un error estratégico, pero ese es tema para otro análisis.

Un porcentaje importante de los estadounidenses cree que Estados Unidos ha perdido la guerra y que no podrá ganarla. De ahí surge la paradoja:

Irán parece que gana, pero va camino a una crisis cada vez más profunda. Estados Unidos no.

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IRAN IS LOSING. WHY DOES IT LOOK LIKE IT IS WINNING?

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Criticism of the offensive launched by the United States and Israel against Iran often leaves the impression that Washington has failed, that the Iranian regime survived the blow and can continue doing so indefinitely. Nothing could be further from the truth. When the results of these months of war are examined, a different picture emerges. The dictatorship in Iran remains in power, but today it is considerably weaker than when the war began. The United States is not.

The seriousness of the situation has been acknowledged within the government itself. On August 21, during a visit to Iraq, Mohammad Bagher Ghalibaf, speaker of the Iranian Parliament, declared: “No matter how much military power we have, if the people are hungry and we have no financial activity, economic growth or domestic production, we cannot survive.”

Ghalibaf knows what he is talking about. He was a brigadier general in the Revolutionary Guard, fought in the Iran-Iraq War, commanded a division and later headed the Revolutionary Guard Air Force and Khatam al-Anbiya, its powerful economic and engineering conglomerate. He also served as chief of the National Police and mayor of Tehran, holds a doctorate in political geography and has presided over Parliament since 2020.

The facts explain his concern. According to the United States Central Command, more than 85% of Iran's industrial base associated with ballistic missiles, drones and naval defense has been destroyed or damaged; 82% of its air-defense systems have been put out of action and 161 military vessels have been destroyed. The Iranian Air Force, which once flew between 30 and 100 sorties a day, is currently flying none.

That degradation can be seen in its recent attacks. On September 1, Iran launched 13 ballistic missiles against Jordan, aimed, according to Tehran, at U.S. installations. Ten were intercepted and the other three fell in remote areas. There were no casualties or significant damage at Camp Titin. The Revolutionary Guard, however, proclaimed that it had destroyed aircraft and inflicted American casualties.

The economic blow may be as important as the military one. Before the war, oil exports provided Iran with approximately $3.8 billion a month. Today, exports of crude oil and condensate have fallen to 220,000-255,000 barrels per day, with a gross value of roughly $500 million a month. The amount Iran ultimately receives is even lower because of the discounts and costs required to evade sanctions.

Another of its principal weapons has also lost effectiveness: disrupting oil traffic through the Strait of Hormuz. Before the war, about 20 million barrels per day passed through the strait. Gulf producers have adapted quickly and, through pipelines that bypass the strait and shipments that continue to cross it, approximately 12 million barrels per day are already reaching international markets. This is compounded by increased production from other countries.

Another consequence of Iran's military and economic weakness is that any attempt to rebuild its nuclear program will remain under constant scrutiny by the United States and Israel, which have demonstrated both the capability and the determination to prevent Iran from becoming a nuclear power.

The consequence is simple: a considerable part of Iran's military power has been destroyed and continues to be destroyed, while the money it needs to rebuild that power is being reduced.

Why, then, does Iran appear to be winning?

The cost of living was already a concern for Americans before the war. Then gasoline and diesel prices rose. For millions of people, filling the tank became a constant reminder of the conflict.

At the same time, they hear about interceptors costing millions of dollars being used against far cheaper weapons, declining stocks of certain munitions and warnings from senior military commanders about the danger of weakening U.S. capabilities in the face of other threats, particularly in Europe and Asia. Added to this are resignations, dismissals and conflicts within the Pentagon. Taken together, all of this creates the impression that the American defense system is in crisis.

There is also an intense political confrontation. Many of Trump's opponents have an interest in reinforcing the perception of failure and emphasizing the costs of the war.

Trump also bears responsibility. He is paying a political price for the swift victory he announced and that was not achieved as expected. In my opinion, framing the war that way was a strategic mistake, but that is a subject for another analysis.

A significant percentage of Americans believe that the United States has lost the war and will not be able to win it. That is where the paradox arises:

Iran appears to be winning, but it is heading toward an increasingly profound crisis. The United States is not.

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L’IRAN EST EN TRAIN DE PERDRE. POURQUOI SEMBLE-T-IL GAGNER ?

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Les critiques formulées contre l’offensive menée par les États-Unis et Israël contre l’Iran donnent souvent l’impression que Washington a échoué, que le régime iranien a résisté au choc et qu’il peut continuer à le faire indéfiniment. Rien n’est plus éloigné de la réalité. Lorsque l’on examine les résultats de ces mois de guerre, une situation différente apparaît. La dictature iranienne reste au pouvoir, mais elle est aujourd’hui considérablement plus faible qu’au début de la guerre. Les États-Unis, eux, ne le sont pas.

La gravité de la situation a été reconnue au sein même du gouvernement. Le 21 août, lors d’une visite en Irak, Mohammad Bagher Ghalibaf, président du Parlement iranien, a déclaré : « Peu importe la puissance militaire dont nous disposons ; si le peuple a faim et si nous n’avons ni activité financière, ni croissance économique, ni production nationale, nous ne pouvons pas survivre. »

Ghalibaf sait de quoi il parle. Il a été général de brigade des Gardiens de la révolution, a combattu pendant la guerre Iran-Irak, commandé une division, puis dirigé la force aérienne des Gardiens de la révolution ainsi que Khatam al-Anbiya, leur puissant conglomérat économique et d’ingénierie. Il a également été chef de la Police nationale et maire de Téhéran, possède un doctorat en géographie politique et préside le Parlement depuis 2020.

Les faits expliquent son inquiétude. Selon le Commandement central des États-Unis, plus de 85 % de la base industrielle iranienne liée aux missiles balistiques, aux drones et à la défense navale a été détruite ou endommagée ; 82 % de ses systèmes de défense antiaérienne ont été mis hors de combat et 161 bâtiments militaires ont été détruits. L’armée de l’air iranienne, qui effectuait auparavant entre 30 et 100 sorties quotidiennes, n’en effectue actuellement aucune.

Cette dégradation peut être observée dans ses attaques récentes. Le 1er septembre, l’Iran a lancé 13 missiles balistiques contre la Jordanie, visant, selon Téhéran, des installations américaines. Dix ont été interceptés et les trois autres sont tombés dans des zones isolées. Il n’y a eu ni victime ni dégâts importants à Camp Titin. Les Gardiens de la révolution ont pourtant proclamé avoir détruit des aéronefs et infligé des pertes aux forces américaines.

Le coup économique peut être aussi important que le coup militaire. Avant la guerre, les exportations de pétrole rapportaient à l’Iran environ 3,8 milliards de dollars par mois. Aujourd’hui, les exportations de pétrole brut et de condensats sont tombées à 220 000-255 000 barils par jour, pour une valeur brute d’environ 500 millions de dollars par mois. La somme que l’Iran reçoit finalement est encore inférieure en raison des rabais et des coûts nécessaires pour contourner les sanctions.

Une autre de ses principales armes a également perdu de son efficacité : l’interruption du trafic pétrolier par le détroit d’Ormuz. Avant la guerre, environ 20 millions de barils par jour y transitaient. Les producteurs du Golfe se sont rapidement adaptés et, grâce aux oléoducs qui contournent le détroit et aux cargaisons qui continuent de le franchir, environ 12 millions de barils par jour arrivent déjà sur les marchés internationaux. À cela s’ajoute l’augmentation de la production d’autres pays.

Une autre conséquence de la faiblesse militaire et économique de l’Iran est que toute tentative de reconstruire son programme nucléaire restera sous la surveillance permanente des États-Unis et d’Israël, qui ont démontré qu’ils possédaient la capacité et la détermination nécessaires pour empêcher l’Iran de devenir une puissance nucléaire.

La conséquence est simple : une partie considérable de sa puissance militaire a été détruite et continue de l’être, tandis que les ressources financières dont il a besoin pour la reconstruire diminuent.

Pourquoi, alors, l’Iran semble-t-il gagner ?

Le coût de la vie préoccupait déjà les Américains avant la guerre. Ensuite, les prix de l’essence et du diesel ont augmenté. Pour des millions de personnes, faire le plein est devenu un rappel permanent du conflit.

Dans le même temps, ils entendent parler d’intercepteurs coûtant des millions de dollars utilisés contre des armes beaucoup moins coûteuses, de la diminution des réserves de certaines munitions et des avertissements de hauts responsables militaires concernant le risque d’affaiblir les capacités américaines face à d’autres menaces, notamment en Europe et en Asie. À cela s’ajoutent des démissions, des destitutions et des conflits au sein du Pentagone. L’ensemble donne l’impression que le système de défense américain traverse une crise.

À cela s’ajoute une intense confrontation politique. De nombreux adversaires de Trump ont intérêt à alimenter la perception d’un échec et à mettre en évidence les coûts de la guerre.

Trump porte également une part de responsabilité. Il paie politiquement la victoire fulgurante qu’il avait annoncée et qui ne s’est pas produite comme prévu. À mon avis, présenter la guerre de cette manière a été une erreur stratégique, mais ce sera le sujet d’une autre analyse.

Une proportion importante des Américains estime que les États-Unis ont perdu la guerre et qu’ils ne pourront pas la gagner. C’est de là que naît le paradoxe :

L’Iran semble gagner, mais il se dirige vers une crise de plus en plus profonde. Les États-Unis, non.

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L’IRAN STA PERDENDO. PERCHÉ SEMBRA CHE STIA VINCENDO?

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Le critiche all’offensiva intrapresa dagli Stati Uniti e da Israele contro l’Iran lasciano spesso l’impressione che Washington abbia fallito, che il regime iraniano abbia resistito al colpo e che possa continuare a farlo indefinitamente. Nulla potrebbe essere più lontano dalla realtà. Quando si esaminano i risultati di questi mesi di guerra emerge una situazione diversa. La dittatura in Iran rimane al potere, ma oggi è considerevolmente più debole di quanto fosse all’inizio della guerra. Gli Stati Uniti no.

La gravità della situazione è stata riconosciuta all’interno dello stesso governo. Il 21 agosto, durante una visita in Iraq, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraniano, ha dichiarato: «Non importa quanto potere militare abbiamo; se il popolo soffre la fame e non abbiamo attività finanziaria, crescita economica e produzione nazionale, non possiamo sopravvivere».

Ghalibaf sa di cosa parla. È stato generale di brigata delle Guardie Rivoluzionarie, ha combattuto nella guerra Iran-Iraq, ha comandato una divisione e successivamente ha diretto l’Aeronautica delle Guardie Rivoluzionarie e Khatam al-Anbiya, il loro potente conglomerato economico e ingegneristico. È stato inoltre capo della Polizia Nazionale e sindaco di Teheran, possiede un dottorato in geografia politica e dal 2020 presiede il Parlamento.

I fatti spiegano la sua preoccupazione. Secondo il Comando Centrale degli Stati Uniti, oltre l’85% della base industriale iraniana collegata ai missili balistici, ai droni e alla difesa navale è stato distrutto o danneggiato; l’82% dei suoi sistemi di difesa antiaerea è stato messo fuori combattimento e 161 imbarcazioni militari sono state distrutte. L’Aeronautica iraniana, che in precedenza effettuava tra 30 e 100 sortite al giorno, attualmente non ne effettua nessuna.

Questo deterioramento può essere osservato nei suoi attacchi recenti. Il 1° settembre l’Iran ha lanciato 13 missili balistici contro la Giordania, diretti, secondo Teheran, contro installazioni statunitensi. Dieci sono stati intercettati e gli altri tre sono caduti in zone remote. Non ci sono state vittime né danni significativi a Camp Titin. Le Guardie Rivoluzionarie, tuttavia, hanno proclamato di aver distrutto velivoli e provocato vittime tra le forze statunitensi.

Il colpo economico può essere importante quanto quello militare. Prima della guerra, le esportazioni di petrolio fornivano all’Iran circa 3,8 miliardi di dollari al mese. Oggi le esportazioni di greggio e condensato sono scese a 220.000-255.000 barili al giorno, con un valore lordo nell’ordine di 500 milioni di dollari al mese. La somma che l’Iran riceve effettivamente è ancora inferiore a causa degli sconti e dei costi necessari per eludere le sanzioni.

Anche un’altra delle sue principali armi ha perso efficacia: l’interruzione del traffico petrolifero attraverso lo stretto di Hormuz. Prima della guerra vi transitavano circa 20 milioni di barili al giorno. I produttori del Golfo si sono adattati rapidamente e, attraverso oleodotti che aggirano lo stretto e carichi che continuano ad attraversarlo, circa 12 milioni di barili al giorno stanno già raggiungendo i mercati internazionali. A questo si aggiunge l’aumento della produzione di altri paesi.

Un’altra conseguenza della debolezza militare ed economica dell’Iran è che qualsiasi tentativo di ricostruire il suo programma nucleare rimarrà sotto la sorveglianza permanente degli Stati Uniti e di Israele, che hanno dimostrato di possedere sia la capacità sia la determinazione necessarie per impedire che l’Iran diventi una potenza nucleare.

La conseguenza è semplice: una parte considerevole del suo potere militare è stata distrutta e continua a esserlo, mentre vengono ridotte le risorse finanziarie di cui ha bisogno per ricostruirlo.

Perché, allora, sembra che l’Iran stia vincendo?

Il costo della vita preoccupava già gli americani prima della guerra. Poi sono aumentati i prezzi della benzina e del diesel. Per milioni di persone, fare il pieno è diventato un costante promemoria del conflitto.

Allo stesso tempo, sentono parlare di intercettori che costano milioni di dollari utilizzati contro armi molto più economiche, della diminuzione delle scorte di determinate munizioni e degli avvertimenti degli alti comandi sul pericolo di indebolire le capacità statunitensi di fronte ad altre minacce, soprattutto in Europa e in Asia. A ciò si aggiungono dimissioni, destituzioni e conflitti all’interno del Pentagono. Tutto questo, nel suo insieme, trasmette l’impressione che il sistema di difesa statunitense sia in crisi.

A ciò si aggiunge un’intensa contrapposizione politica. Molti avversari di Trump hanno interesse ad alimentare la percezione del fallimento e a sottolineare i costi della guerra.

Anche Trump ha una responsabilità. Sta pagando politicamente per la vittoria fulminea che aveva annunciato e che non è stata ottenuta come previsto. A mio giudizio, presentare la guerra in quel modo è stato un errore strategico, ma questo è un argomento per un’altra analisi.

Una percentuale significativa degli americani ritiene che gli Stati Uniti abbiano perso la guerra e che non saranno in grado di vincerla. Da qui nasce il paradosso:

L’Iran sembra vincere, ma si sta dirigendo verso una crisi sempre più profonda. Gli Stati Uniti no.

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