DIME CUÁNDO Y CÓMO — ¿LO DICES TÚ O LO DIGO YO?
DIME CUÁNDO Y CÓMO — ¿LO DICES TÚ O LO DIGO YO?
Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Delcy Rodríguez dice que habrá elecciones en Venezuela. Donald Trump dice que Venezuela todavía no está preparada para celebrarlas.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cuándo y cómo?
Pero antes hay otra mucho más importante: ¿quién tiene derecho a responderla?
¿Puede un interinato decidir cuándo los venezolanos están preparados para elegir a su gobierno? ¿Puede una potencia extranjera, aunque haya desempeñado un papel decisivo en los acontecimientos venezolanos, determinar cuándo y bajo qué condiciones debe votar otro pueblo?
La respuesta no tenemos que inventarla. Hace más de dos siglos la dio un venezolano.
El 15 de febrero de 1819, en plena guerra de independencia, Simón Bolívar compareció ante el Congreso de Angostura. Había ejercido poderes extraordinarios y comandaba los ejércitos independentistas. Sin embargo, al reunirse los representantes del pueblo, puso en sus manos el Poder Supremo.
Bolívar llamó a aquel Congreso “fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana”.
No consideró que haber conducido la guerra le otorgara el derecho permanente de decidir por Venezuela. Reconoció que la autoridad pertenecía al pueblo. El Congreso volvió después a elegirlo presidente. Bolívar no abandonaba su responsabilidad; reconocía de dónde provenía su autoridad.
Estados Unidos nació de un principio semejante. Su Declaración de Independencia afirma que los gobiernos derivan sus poderes legítimos del “consentimiento de los gobernados”.
Ochenta y siete años después, Abraham Lincoln lo resumió en Gettysburg: gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
Lincoln hablaba de algo fundamental: el poder pertenece al pueblo y el gobierno recibe de él su autoridad. Nadie puede sustituir su voluntad alegando que sabe lo que más le conviene.
El artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reafirma el mismo principio: “la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”.
Aplicado a Venezuela es sencillo. Estados Unidos puede ayudar a crear las condiciones para que esa voluntad se exprese y sea respetada. Puede presionar para que se libere a los presos políticos, reclamar garantías electorales y contribuir a impedir que nuevamente se desconozcan los votos.
Pero ayudar no es sustituir.
La Casa Blanca no es propietaria de la soberanía venezolana.
Tampoco lo es un interinato.
Y aquí llegamos a un hecho que no puede ignorarse.
Los venezolanos ya demostraron el 28 de julio de 2024 que estaban preparados para votar.
María Corina Machado había sido inhabilitada. La oposición tuvo que buscar otro candidato. El régimen controlaba el Consejo Nacional Electoral y las instituciones fundamentales del Estado. A pesar de los obstáculos, millones de venezolanos acudieron a las urnas.
Y no solamente votaron.
Una extraordinaria organización ciudadana consiguió recoger, proteger y publicar las actas electorales. El Centro Carter verificó posteriormente datos correspondientes al 81,7 por ciento de las mesas. Esas actas daban a Edmundo González Urrutia 67,1 por ciento de los votos y a Nicolás Maduro 30,4 por ciento.
La diferencia era tan grande que las actas faltantes no podían revertir el resultado.
Eso no fue teoría democrática. Fue democracia practicada bajo condiciones extraordinariamente difíciles.
María Corina Machado no es propietaria de la soberanía venezolana. Nadie lo es. La soberanía pertenece al pueblo.
Pero ella y millones de venezolanos demostraron en 2024 que podían organizarse, votar y defender documentalmente el resultado. Por eso su voz y la de quienes participaron en aquel esfuerzo no pueden convertirse en elementos secundarios mientras otros deciden el calendario y las condiciones de una nueva elección.
Delcy Rodríguez puede negociar. Donald Trump puede presionar. Marco Rubio puede ayudar a construir garantías. Estados Unidos puede contribuir decisivamente a que unas elecciones sean respetadas.
Pero el cuándo y el cómo deben surgir de la voluntad de los venezolanos.
Hace 207 años Bolívar puso el Poder Supremo en manos de los representantes del pueblo porque entendió una verdad que sigue vigente: el poder político no pertenece a quien circunstancialmente lo ejerce.
Lincoln lo dijo de otra manera: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Por eso, cuando alguien pregunte cuándo y cómo habrá elecciones en Venezuela, corresponde responder con otra pregunta:
¿Lo dices tú o lo digo yo?
Y ese yo no es Delcy Rodríguez.
Tampoco es Donald Trump.
Es el pueblo venezolano.
TELL ME WHEN AND HOW — DO YOU SAY IT, OR DO I?
By Huber
Matos Araluce
San José, Costa
Rica
Delcy Rodríguez says there will be elections in Venezuela. Donald Trump says Venezuela is not yet ready to hold them.
An inevitable question therefore arises: when and how?
But first there is a much more important one: who has the right to answer that question?
Can an interim government decide when Venezuelans are ready to elect their government? Can a foreign power, even one that has played a decisive role in Venezuelan events, determine when and under what conditions another people should vote?
We do not have to invent the answer. More than two centuries ago, a Venezuelan gave it.
On February 15, 1819, in the middle of the war of independence, Simón Bolívar appeared before the Congress of Angostura. He had exercised extraordinary powers and commanded the independence armies. Yet when the representatives of the people assembled, he placed the Supreme Power in their hands.
Bolívar called that Congress the “source of legitimate authority, repository of the sovereign will.”
He did not consider that having led the war gave him a permanent right to decide for Venezuela. He recognized that authority belonged to the people. Congress later elected him president again. Bolívar was not abandoning his responsibility; he was recognizing where his authority came from.
The United States was born from a similar principle. Its Declaration of Independence states that governments derive their legitimate powers from the “consent of the governed.”
Eighty-seven years later, Abraham Lincoln summarized it at Gettysburg: government “of the people, by the people, for the people.”
Lincoln was speaking about something fundamental: power belongs to the people, and government receives its authority from them. No one can replace their will by claiming to know what is best for them.
Article 21 of the Universal Declaration of Human Rights reaffirms the same principle: “The will of the people shall be the basis of the authority of government.”
Applied to Venezuela, the principle is simple. The United States can help create the conditions for that will to be expressed and respected. It can press for the release of political prisoners, demand electoral guarantees and help prevent votes from being disregarded again.
But helping is not the same as substituting.
The White House does not own Venezuelan sovereignty.
Neither does an interim government.
And here we come to a fact that cannot be ignored.
Venezuelans already demonstrated on July 28, 2024, that they were ready to vote.
María Corina Machado had been barred from running. The opposition had to find another candidate. The regime controlled the National Electoral Council and the fundamental institutions of the state. Despite the obstacles, millions of Venezuelans went to the polls.
And they did more than vote.
An extraordinary citizen organization managed to collect, protect and publish the polling-station tally sheets. The Carter Center later verified data corresponding to 81.7 percent of polling stations. Those tally sheets gave Edmundo González Urrutia 67.1 percent of the vote and Nicolás Maduro 30.4 percent.
The margin was so large that the missing tally sheets could not reverse the result.
That was not democratic theory. It was democracy practiced under extraordinarily difficult conditions.
María Corina Machado does not own Venezuelan sovereignty. No one does. Sovereignty belongs to the people.
But she and millions of Venezuelans demonstrated in 2024 that they could organize, vote and defend the documented result. Their voices, and those of the citizens who participated in that effort, cannot therefore be treated as secondary while others decide the timetable and conditions of a new election.
Delcy Rodríguez can negotiate. Donald Trump can apply pressure. Marco Rubio can help build guarantees. The United States can contribute decisively to ensuring that an election is respected.
But the when and the how must arise from the will of Venezuelans.
Two hundred and seven years ago, Bolívar placed the Supreme Power in the hands of the representatives of the people because he understood a truth that remains valid: political power does not belong to whoever happens to exercise it.
Lincoln said it another way: government of the people, by the people and for the people.
So when someone asks when and how elections will be held in Venezuela, perhaps the proper response is another question:
Do you say it, or do I?
And that “I” is not Delcy Rodríguez.
Nor is it Donald Trump.
It is the Venezuelan people.
DIS-MOI QUAND ET COMMENT — C’EST TOI QUI LE DIS OU C’EST MOI ?
Par Huber
Matos Araluce
San José, Costa
Rica
Delcy Rodríguez affirme qu’il y aura des élections au Venezuela. Donald Trump affirme que le Venezuela n’est pas encore prêt à les organiser.
Une question inévitable se pose alors : quand et comment ?
Mais auparavant, il en existe une autre, beaucoup plus importante : qui a le droit d’y répondre ?
Un gouvernement intérimaire peut-il décider quand les Vénézuéliens sont prêts à élire leur gouvernement ? Une puissance étrangère, même si elle a joué un rôle décisif dans les événements vénézuéliens, peut-elle déterminer quand et dans quelles conditions un autre peuple doit voter ?
Nous n’avons pas besoin d’inventer la réponse. Il y a plus de deux siècles, un Vénézuélien l’a donnée.
Le 15 février 1819, en pleine guerre d’indépendance, Simón Bolívar se présenta devant le Congrès d’Angostura. Il avait exercé des pouvoirs extraordinaires et commandait les armées indépendantistes. Pourtant, lorsque les représentants du peuple furent réunis, il remit entre leurs mains le Pouvoir suprême.
Bolívar qualifia ce Congrès de « source de l’autorité légitime, dépositaire de la volonté souveraine ».
Il ne considérait pas que le fait d’avoir conduit la guerre lui conférait le droit permanent de décider pour le Venezuela. Il reconnaissait que l’autorité appartenait au peuple. Le Congrès l’élut ensuite de nouveau président. Bolívar n’abandonnait pas sa responsabilité ; il reconnaissait d’où provenait son autorité.
Les États-Unis sont nés d’un principe semblable. Leur Déclaration d’indépendance affirme que les gouvernements tirent leurs pouvoirs légitimes du « consentement des gouvernés ».
Quatre-vingt-sept ans plus tard, Abraham Lincoln le résuma à Gettysburg : un gouvernement « du peuple, par le peuple et pour le peuple ».
Lincoln parlait de quelque chose de fondamental : le pouvoir appartient au peuple et le gouvernement reçoit de lui son autorité. Personne ne peut se substituer à sa volonté en prétendant savoir ce qui lui convient le mieux.
L’article 21 de la Déclaration universelle des droits de l’homme réaffirme le même principe : « La volonté du peuple est le fondement de l’autorité des pouvoirs publics ».
Appliqué au Venezuela, le principe est simple. Les États-Unis peuvent contribuer à créer les conditions permettant à cette volonté de s’exprimer et d’être respectée. Ils peuvent faire pression pour la libération des prisonniers politiques, réclamer des garanties électorales et contribuer à empêcher que les votes soient de nouveau ignorés.
Mais aider ne signifie pas se substituer.
La Maison-Blanche n’est pas propriétaire de la souveraineté vénézuélienne.
Un gouvernement intérimaire ne l’est pas davantage.
Et nous arrivons ici à un fait qu’on ne peut ignorer.
Les Vénézuéliens ont déjà démontré, le 28 juillet 2024, qu’ils étaient prêts à voter.
María Corina Machado avait été déclarée inéligible. L’opposition dut trouver un autre candidat. Le régime contrôlait le Conseil national électoral et les institutions fondamentales de l’État. Malgré les obstacles, des millions de Vénézuéliens se rendirent aux urnes.
Et ils ne se contentèrent pas de voter.
Une extraordinaire organisation citoyenne réussit à recueillir, protéger et publier les procès-verbaux électoraux. Le Centre Carter vérifia par la suite des données correspondant à 81,7 % des bureaux de vote. Ces procès-verbaux attribuaient 67,1 % des voix à Edmundo González Urrutia et 30,4 % à Nicolás Maduro.
L’écart était si important que les procès-verbaux manquants ne pouvaient pas inverser le résultat.
Ce n’était pas de la théorie démocratique. C’était la démocratie pratiquée dans des conditions extraordinairement difficiles.
María Corina Machado n’est pas propriétaire de la souveraineté vénézuélienne. Personne ne l’est. La souveraineté appartient au peuple.
Mais elle et des millions de Vénézuéliens ont démontré en 2024 qu’ils pouvaient s’organiser, voter et défendre le résultat avec des preuves documentaires. Leur voix et celle de ceux qui participèrent à cet effort ne peuvent donc pas devenir secondaires pendant que d’autres décident du calendrier et des conditions d’une nouvelle élection.
Delcy Rodríguez peut négocier. Donald Trump peut exercer des pressions. Marco Rubio peut contribuer à construire des garanties. Les États-Unis peuvent jouer un rôle décisif pour que le résultat d’une élection soit respecté.
Mais le quand et le comment doivent découler de la volonté des Vénézuéliens.
Il y a 207 ans, Bolívar remit le Pouvoir suprême entre les mains des représentants du peuple parce qu’il comprenait une vérité toujours valable : le pouvoir politique n’appartient pas à celui qui l’exerce momentanément.
Lincoln l’a dit autrement : gouvernement du peuple, par le peuple et pour le peuple.
Ainsi, lorsque quelqu’un demande quand et comment auront lieu les élections au Venezuela, il convient peut-être de répondre par une autre question :
C’est toi qui le dis ou c’est moi ?
Et ce « moi » n’est pas Delcy Rodríguez.
Ce n’est pas non plus Donald Trump.
C’est le peuple vénézuélien.
DIMMI QUANDO E COME — LO DICI TU O LO DICO IO?
Di Huber
Matos Araluce
San José, Costa
Rica
Delcy Rodríguez dice che in Venezuela ci saranno elezioni. Donald Trump dice che il Venezuela non è ancora pronto a celebrarle.
Sorge allora una domanda inevitabile: quando e come?
Ma prima ce n’è un’altra, molto più importante: chi ha il diritto di rispondere?
Può un governo ad interim decidere quando i venezuelani sono pronti a eleggere il proprio governo? Può una potenza straniera, anche se ha svolto un ruolo decisivo negli avvenimenti venezuelani, stabilire quando e a quali condizioni debba votare un altro popolo?
Non dobbiamo inventare la risposta. Più di due secoli fa la diede un venezuelano.
Il 15 febbraio 1819, nel pieno della guerra d’indipendenza, Simón Bolívar comparve davanti al Congresso di Angostura. Aveva esercitato poteri straordinari e comandava gli eserciti indipendentisti. Tuttavia, quando si riunirono i rappresentanti del popolo, mise nelle loro mani il Potere Supremo.
Bolívar definì quel Congresso “fonte dell’autorità legittima, depositario della volontà sovrana”.
Non ritenne che l’aver guidato la guerra gli conferisse il diritto permanente di decidere per il Venezuela. Riconobbe che l’autorità apparteneva al popolo. Il Congresso lo elesse poi nuovamente presidente. Bolívar non abbandonava la propria responsabilità; riconosceva da dove proveniva la sua autorità.
Gli Stati Uniti nacquero da un principio simile. La loro Dichiarazione d’Indipendenza afferma che i governi derivano i loro legittimi poteri dal “consenso dei governati”.
Ottantasette anni dopo, Abraham Lincoln lo riassunse a Gettysburg: governo “del popolo, dal popolo e per il popolo”.
Lincoln parlava di qualcosa di fondamentale: il potere appartiene al popolo e il governo riceve da esso la propria autorità. Nessuno può sostituirsi alla sua volontà sostenendo di sapere ciò che gli conviene di più.
L’articolo 21 della Dichiarazione Universale dei Diritti Umani riafferma lo stesso principio: “La volontà popolare è il fondamento dell’autorità del governo”.
Applicato al Venezuela, il principio è semplice. Gli Stati Uniti possono contribuire a creare le condizioni affinché quella volontà possa esprimersi ed essere rispettata. Possono fare pressione per la liberazione dei prigionieri politici, chiedere garanzie elettorali e contribuire a impedire che i voti vengano nuovamente ignorati.
Ma aiutare non significa sostituirsi.
La Casa Bianca non è proprietaria della sovranità venezuelana.
E non lo è nemmeno un governo ad interim.
E qui arriviamo a un fatto che non può essere ignorato.
I venezuelani hanno già dimostrato il 28 luglio 2024 di essere pronti a votare.
María Corina Machado era stata esclusa dalla candidatura. L’opposizione dovette trovare un altro candidato. Il regime controllava il Consiglio Nazionale Elettorale e le istituzioni fondamentali dello Stato. Nonostante gli ostacoli, milioni di venezuelani andarono alle urne.
E non si limitarono a votare.
Una straordinaria organizzazione cittadina riuscì a raccogliere, proteggere e pubblicare i verbali elettorali. Il Carter Center verificò successivamente dati corrispondenti all’81,7 per cento dei seggi. Quei verbali attribuivano a Edmundo González Urrutia il 67,1 per cento dei voti e a Nicolás Maduro il 30,4 per cento.
Il margine era così ampio che i verbali mancanti non potevano ribaltare il risultato.
Questa non era teoria democratica. Era democrazia praticata in condizioni straordinariamente difficili.
María Corina Machado non è proprietaria della sovranità venezuelana. Nessuno lo è. La sovranità appartiene al popolo.
Ma lei e milioni di venezuelani hanno dimostrato nel 2024 di sapersi organizzare, votare e difendere documentalmente il risultato. Per questo la loro voce e quella di chi partecipò a quello sforzo non possono diventare elementi secondari mentre altri decidono il calendario e le condizioni di una nuova elezione.
Delcy Rodríguez può negoziare. Donald Trump può esercitare pressione. Marco Rubio può contribuire a costruire garanzie. Gli Stati Uniti possono contribuire in modo decisivo affinché il risultato di un’elezione venga rispettato.
Ma il quando e il come devono nascere dalla volontà dei venezuelani.
Duecentosette anni fa Bolívar mise il Potere Supremo nelle mani dei rappresentanti del popolo perché aveva compreso una verità che rimane valida: il potere politico non appartiene a chi lo esercita momentaneamente.
Lincoln lo disse in un altro modo: governo del popolo, dal popolo e per il popolo.
Per questo, quando qualcuno domanda quando e come si terranno le elezioni in Venezuela, forse è opportuno rispondere con un’altra domanda:
Lo dici tu o lo dico io?
E quell’“io” non è Delcy Rodríguez.
Non è nemmeno Donald Trump.
È il popolo venezuelano.




