EL VERDADERO PELIGRO DE VIOLENCIA EN VENEZUELA
EL VERDADERO PELIGRO DE VIOLENCIA EN VENEZUELA
Los venezolanos no pueden seguir siendo espectadores de su propio destino
Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
27 de octubre de 2026
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha advertido sobre el peligro de que Venezuela termine envuelta en un conflicto armado si fracasa el proceso de transición política impulsado por Washington. Es una preocupación legítima. Pero hay una pregunta fundamental: ¿de dónde proviene realmente ese peligro?
La violencia no necesariamente surge cuando un pueblo reclama participar en las decisiones sobre su futuro. Puede surgir, precisamente, cuando se le niega esa participación y pierde la esperanza de conseguir sus derechos por medios pacíficos.
Antes del regreso de María Corina Machado a Venezuela, se estaba desarrollando una situación particularmente peligrosa. Estados Unidos ha dirigido los acontecimientos mediante negociaciones con Delcy Rodríguez y sus asociados, mientras millones de venezolanos han observado cómo se decidía el destino de su país sin que sus representantes democráticos participaran efectivamente en las conversaciones.
El pueblo venezolano había protagonizado una prolongada lucha por recuperar sus libertades. Había acudido a las urnas, soportado persecuciones y mantenido sus aspiraciones democráticas frente a enormes dificultades. Sin embargo, cuando llegó el momento de negociar el futuro del país, se encontró desplazado del proceso.
A esa frustración se añadía otra circunstancia: María Corina Machado, principal figura de la oposición democrática, permanecía fuera de Venezuela. Su ausencia profundizaba la sensación de que las decisiones fundamentales estaban en manos ajenas a la voluntad popular.
Mientras tanto, las condiciones de vida continuaban deteriorándose. Las dificultades económicas, la precariedad de los servicios públicos y la incertidumbre aumentaban la presión sobre una sociedad que llevaba años esperando cambios.
La combinación de exclusión política, frustración popular y deterioro económico constituía un terreno propicio para la violencia.
No significa que una confrontación armada fuera inevitable, sino que el riesgo aumentaba mientras se cerraban las posibilidades de participación democrática.
Desde esta perspectiva, el regreso de María Corina Machado no representa necesariamente una complicación para la transición. Constituye, por el contrario, una oportunidad para encauzar pacíficamente el descontento popular.
Los dirigentes que cuentan con respaldo ciudadano pueden desempeñar un papel decisivo en momentos de crisis. Su presencia permite organizar las demandas populares y ofrecer alternativas a quienes comienzan a perder la esperanza.
Pero esa posibilidad depende también de Washington.
Estados Unidos puede invocar razones estratégicas para procurar una transición gradual, evitar el desmoronamiento institucional y mantener interlocutores dentro de las estructuras actuales del poder. Esos objetivos no son necesariamente incompatibles con la democratización.
El problema aparece cuando la estabilidad inmediata se convierte en una justificación para postergar indefinidamente la participación popular.
Una transición negociada exclusivamente entre Washington y quienes administran el poder en Caracas puede producir acuerdos políticos y económicos. Pero difícilmente conseguirá legitimidad duradera si los venezolanos continúan siendo espectadores de su propio destino.
Aquí aparece la contradicción fundamental de la advertencia de Rubio.
Si Washington teme que Venezuela desemboque en un conflicto violento, debería preguntarse si la exclusión de las fuerzas democráticas no constituye precisamente uno de los factores que podrían provocar ese desenlace.
La participación de María Corina Machado y de la Plataforma Unitaria Democrática no garantiza por sí sola una transición pacífica. Pero mantenerlas al margen priva al proceso de una representación política indispensable y aumenta el riesgo de que las frustraciones populares se acumulen sin una salida institucional.
La solución consiste en establecer un calendario creíble de reformas y elecciones libres, con garantías para todas las partes y participación efectiva de las fuerzas democráticas.
La advertencia de Marco Rubio merece ser tomada en serio. Pero la conclusión no debería ser que hay que limitar la participación popular para evitar la violencia. Debería ser exactamente la contraria: cuanto más se excluya a los venezolanos de las decisiones sobre su país, mayor será el peligro de que la transición termine escapando al control de quienes pretenden dirigirla.
La paz duradera en Venezuela no puede construirse a espaldas de los venezolanos.
THE REAL DANGER OF VIOLENCE IN VENEZUELA
Venezuelans Cannot Remain Spectators of Their Own Destiny
By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
October 27, 2026
U.S. Secretary of State Marco Rubio has warned of the danger that Venezuela could become engulfed in an armed conflict if the political transition process promoted by Washington fails. It is a legitimate concern. But there is a fundamental question: where does that danger really come from?
Violence does not necessarily arise when a people demand a role in decisions about their future. It can arise precisely when they are denied that participation and lose hope of securing their rights through peaceful means.
Before María Corina Machado returned to Venezuela, a particularly dangerous situation was developing. The United States has directed events through negotiations with Delcy Rodríguez and her associates, while millions of Venezuelans have watched their country's destiny being decided without their democratic representatives effectively participating in the talks.
The Venezuelan people had waged a prolonged struggle to regain their freedoms. They had gone to the polls, endured persecution, and maintained their democratic aspirations in the face of enormous difficulties. Yet when the time came to negotiate the country's future, they found themselves excluded from the process.
Another circumstance added to that frustration: María Corina Machado, the leading figure of the democratic opposition, remained outside Venezuela. Her absence deepened the feeling that fundamental decisions were in the hands of people disconnected from the popular will.
Meanwhile, living conditions continued to deteriorate. Economic hardship, inadequate public services, and uncertainty increased the pressure on a society that had been waiting for change for years.
The combination of political exclusion, popular frustration, and economic deterioration created fertile ground for violence.
This does not mean that armed confrontation was inevitable, but rather that the risk increased as opportunities for democratic participation narrowed.
From this perspective, María Corina Machado's return does not necessarily represent a complication for the transition. On the contrary, it offers an opportunity to channel popular discontent peacefully.
Leaders who enjoy public support can play a decisive role in times of crisis. Their presence helps organize popular demands and offer alternatives to those beginning to lose hope.
But that possibility also depends on Washington.
The United States may invoke strategic reasons for seeking a gradual transition, preventing institutional collapse, and maintaining interlocutors within existing power structures. These objectives are not necessarily incompatible with democratization.
The problem arises when immediate stability becomes a justification for indefinitely postponing popular participation.
A transition negotiated exclusively between Washington and those administering power in Caracas may produce political and economic agreements. But it will hardly achieve lasting legitimacy if Venezuelans remain spectators of their own destiny.
Here lies the fundamental contradiction in Rubio's warning.
If Washington fears that Venezuela could descend into violent conflict, it should ask whether the exclusion of democratic forces is itself one of the factors that could bring about that outcome.
The participation of María Corina Machado and the Democratic Unitary Platform does not, by itself, guarantee a peaceful transition. But keeping them on the sidelines deprives the process of indispensable political representation and increases the risk that popular frustrations will accumulate without an institutional way out.
The solution is to establish a credible timetable for reforms and free elections, with guarantees for all parties and effective participation by democratic forces.
Marco Rubio's warning deserves to be taken seriously. But the conclusion should not be that popular participation must be restricted to prevent violence. It should be exactly the opposite: the more Venezuelans are excluded from decisions about their country, the greater the danger that the transition will escape the control of those seeking to direct it.
Lasting peace in Venezuela cannot be built behind the backs of Venezuelans.
LE VÉRITABLE DANGER DE VIOLENCE AU VENEZUELA
Les Vénézuéliens ne peuvent plus rester spectateurs de leur propre destin
Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
27 octobre 2026
Le secrétaire d'État américain, Marco Rubio, a mis en garde contre le risque que le Venezuela soit plongé dans un conflit armé si le processus de transition politique soutenu par Washington échoue. C'est une préoccupation légitime. Mais une question fondamentale se pose : d'où vient réellement ce danger ?
La violence ne surgit pas nécessairement lorsqu'un peuple réclame de participer aux décisions concernant son avenir. Elle peut surgir précisément lorsqu'on lui refuse cette participation et qu'il perd l'espoir d'obtenir ses droits par des moyens pacifiques.
Avant le retour de María Corina Machado au Venezuela, une situation particulièrement dangereuse se développait. Les États-Unis ont dirigé les événements par des négociations avec Delcy Rodríguez et ses associés, tandis que des millions de Vénézuéliens ont observé comment le destin de leur pays se décidait sans que leurs représentants démocratiques participent effectivement aux discussions.
Le peuple vénézuélien avait mené une longue lutte pour retrouver ses libertés. Il s'était rendu aux urnes, avait subi des persécutions et avait maintenu ses aspirations démocratiques malgré d'énormes difficultés. Pourtant, lorsque le moment est venu de négocier l'avenir du pays, il s'est retrouvé écarté du processus.
Une autre circonstance s'ajoutait à cette frustration : María Corina Machado, principale figure de l'opposition démocratique, demeurait hors du Venezuela. Son absence renforçait le sentiment que les décisions fondamentales étaient entre des mains étrangères à la volonté populaire.
Pendant ce temps, les conditions de vie continuaient de se détériorer. Les difficultés économiques, la précarité des services publics et l'incertitude accentuaient la pression sur une société qui attendait des changements depuis des années.
La combinaison de l'exclusion politique, de la frustration populaire et de la détérioration économique constituait un terrain propice à la violence.
Cela ne signifie pas qu'un affrontement armé était inévitable, mais que le risque augmentait à mesure que les possibilités de participation démocratique se réduisaient.
Dans cette perspective, le retour de María Corina Machado ne représente pas nécessairement une complication pour la transition. Il constitue, au contraire, une occasion de canaliser pacifiquement le mécontentement populaire.
Les dirigeants bénéficiant du soutien des citoyens peuvent jouer un rôle décisif en période de crise. Leur présence permet d'organiser les revendications populaires et d'offrir des solutions à ceux qui commencent à perdre espoir.
Mais cette possibilité dépend aussi de Washington.
Les États-Unis peuvent invoquer des raisons stratégiques pour rechercher une transition progressive, éviter l'effondrement institutionnel et maintenir des interlocuteurs au sein des structures actuelles du pouvoir. Ces objectifs ne sont pas nécessairement incompatibles avec la démocratisation.
Le problème apparaît lorsque la stabilité immédiate devient une justification pour reporter indéfiniment la participation populaire.
Une transition négociée exclusivement entre Washington et ceux qui exercent le pouvoir à Caracas peut aboutir à des accords politiques et économiques. Mais elle pourra difficilement obtenir une légitimité durable si les Vénézuéliens continuent d'être spectateurs de leur propre destin.
C'est là qu'apparaît la contradiction fondamentale de l'avertissement de Rubio.
Si Washington craint que le Venezuela sombre dans un conflit violent, il devrait se demander si l'exclusion des forces démocratiques ne constitue pas précisément l'un des facteurs susceptibles de provoquer une telle issue.
La participation de María Corina Machado et de la Plateforme unitaire démocratique ne garantit pas, à elle seule, une transition pacifique. Mais les maintenir à l'écart prive le processus d'une représentation politique indispensable et accroît le risque que les frustrations populaires s'accumulent sans issue institutionnelle.
La solution consiste à établir un calendrier crédible de réformes et d'élections libres, avec des garanties pour toutes les parties et une participation effective des forces démocratiques.
L'avertissement de Marco Rubio mérite d'être pris au sérieux. Mais la conclusion ne devrait pas être qu'il faut limiter la participation populaire pour éviter la violence. Elle devrait être exactement inverse : plus les Vénézuéliens seront exclus des décisions concernant leur pays, plus grand sera le danger que la transition échappe au contrôle de ceux qui prétendent la diriger.
Une paix durable au Venezuela ne peut se construire dans le dos des Vénézuéliens.
IL VERO PERICOLO DI VIOLENZA IN VENEZUELA
I venezuelani non possono continuare a essere spettatori del proprio destino
Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
27 ottobre 2026
Il segretario di Stato americano, Marco Rubio, ha messo in guardia dal pericolo che il Venezuela finisca coinvolto in un conflitto armato se il processo di transizione politica promosso da Washington dovesse fallire. È una preoccupazione legittima. Ma c'è una domanda fondamentale: da dove proviene realmente questo pericolo?
La violenza non nasce necessariamente quando un popolo rivendica il diritto di partecipare alle decisioni sul proprio futuro. Può nascere, precisamente, quando quella partecipazione gli viene negata e perde la speranza di ottenere i propri diritti con mezzi pacifici.
Prima del ritorno di María Corina Machado in Venezuela, si stava sviluppando una situazione particolarmente pericolosa. Gli Stati Uniti hanno diretto gli avvenimenti attraverso negoziati con Delcy Rodríguez e i suoi collaboratori, mentre milioni di venezuelani hanno osservato come si decidesse il destino del loro paese senza che i loro rappresentanti democratici partecipassero effettivamente alle trattative.
Il popolo venezuelano aveva condotto una lunga lotta per riconquistare le proprie libertà. Si era recato alle urne, aveva sopportato persecuzioni e aveva mantenuto vive le proprie aspirazioni democratiche nonostante enormi difficoltà. Tuttavia, quando è arrivato il momento di negoziare il futuro del paese, si è ritrovato escluso dal processo.
A questa frustrazione si aggiungeva un'altra circostanza: María Corina Machado, principale figura dell'opposizione democratica, rimaneva fuori dal Venezuela. La sua assenza rafforzava la sensazione che le decisioni fondamentali fossero nelle mani di persone estranee alla volontà popolare.
Nel frattempo, le condizioni di vita continuavano a peggiorare. Le difficoltà economiche, la precarietà dei servizi pubblici e l'incertezza aumentavano la pressione su una società che attendeva cambiamenti da anni.
La combinazione di esclusione politica, frustrazione popolare e deterioramento economico costituiva un terreno fertile per la violenza.
Ciò non significa che uno scontro armato fosse inevitabile, ma che il rischio aumentava mentre si restringevano le possibilità di partecipazione democratica.
Da questa prospettiva, il ritorno di María Corina Machado non rappresenta necessariamente una complicazione per la transizione. Costituisce, al contrario, un'opportunità per incanalare pacificamente il malcontento popolare.
I leader che godono del sostegno dei cittadini possono svolgere un ruolo decisivo nei momenti di crisi. La loro presenza permette di organizzare le richieste popolari e offrire alternative a coloro che cominciano a perdere la speranza.
Ma questa possibilità dipende anche da Washington.
Gli Stati Uniti possono invocare ragioni strategiche per perseguire una transizione graduale, evitare il collasso istituzionale e mantenere interlocutori all'interno delle attuali strutture di potere. Questi obiettivi non sono necessariamente incompatibili con la democratizzazione.
Il problema nasce quando la stabilità immediata diventa una giustificazione per rinviare indefinitamente la partecipazione popolare.
Una transizione negoziata esclusivamente tra Washington e coloro che amministrano il potere a Caracas può produrre accordi politici ed economici. Ma difficilmente otterrà una legittimità duratura se i venezuelani continueranno a essere spettatori del proprio destino.
Qui emerge la contraddizione fondamentale dell'avvertimento di Rubio.
Se Washington teme che il Venezuela precipiti in un conflitto violento, dovrebbe chiedersi se l'esclusione delle forze democratiche non costituisca proprio uno dei fattori che potrebbero provocare tale esito.
La partecipazione di María Corina Machado e della Piattaforma Unitaria Democratica non garantisce, da sola, una transizione pacifica. Ma tenerle ai margini priva il processo di una rappresentanza politica indispensabile e aumenta il rischio che le frustrazioni popolari si accumulino senza uno sbocco istituzionale.
La soluzione consiste nello stabilire un calendario credibile di riforme ed elezioni libere, con garanzie per tutte le parti e una partecipazione effettiva delle forze democratiche.
L'avvertimento di Marco Rubio merita di essere preso sul serio. Ma la conclusione non dovrebbe essere che bisogna limitare la partecipazione popolare per evitare la violenza. Dovrebbe essere esattamente il contrario: quanto più i venezuelani saranno esclusi dalle decisioni sul proprio paese, tanto maggiore sarà il pericolo che la transizione sfugga al controllo di coloro che pretendono di dirigerla.
Una pace duratura in Venezuela non può essere costruita alle spalle dei venezuelani.


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