EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE
EL DÍA EN QUE NUEVA YORK CAMBIÓ PARA SIEMPRE
Por Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Cuando vi el ataque contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, hacía muchos años que ya no vivía en Nueva York. Sin embargo, aquellas imágenes me devolvieron de golpe a una ciudad, a una época y a unos recuerdos que han permanecido grabados en mi memoria y en mi corazón.
Durante un tiempo trabajé en el distrito financiero de Manhattan, en el 80 Pine Street. Mi oficina estaba en el piso 22 y desde allí podía ver la Estatua de la Libertad.
Para millones de inmigrantes aquella estatua había sido el símbolo de su llegada a una tierra donde podían comenzar una nueva vida. Pero aun para quienes ya vivíamos allí, verla era como recibir todos los días el mismo saludo de bienvenida. Representaba algo profundamente americano: una nación que se había construido con personas llegadas de todas partes del mundo, diferentes en sus orígenes, religiones, costumbres e idiomas.
Nueva York era la expresión extraordinaria de aquella diversidad.
El área de Wall Street tenía además una personalidad propia. Era un mundo de gente interesante, bien vestida, lleno de jóvenes intensos, alegres y con energía. Se respiraba la sensación de que había mucho por hacer y de que el mundo ofrecía oportunidades especiales a quienes estuvieran dispuestos a trabajar para aprovecharlas.
Era una ciudad competitiva, pero también abierta. Allí podía llegar alguien de prácticamente cualquier lugar del planeta y sentirse parte de Nueva York. Allí había vivido José Martí.
CUANDO VI NACER LAS TORRES
Cuando comenzaron a levantarse las Torres Gemelas, algunas veces iba al trabajo en automóvil y pasaba cerca de la construcción. Lo que más me impresionaba era la extraordinaria cantidad de acero.
Veía aquellas columnas verticales tan próximas unas de otras y me hacía una pregunta muy sencilla: ¿de qué tamaño van a ser las ventanas de esos edificios?
Parecía que tendrían que ser muy pequeñas.
Y efectivamente lo fueron.
Yo no sabía entonces que estaba contemplando una de las características más novedosas del diseño de las Torres Gemelas. Su estructura era diferente de la de muchos de los edificios de oficinas que conocíamos.
Las Torres fueron concebidas como enormes tubos estructurales. Cada una de sus cuatro fachadas tenía 59 columnas de acero colocadas muy cerca unas de otras. Aquellas columnas que tanto me impresionaban no eran simplemente parte de la fachada: contribuían a sostener el edificio.
Por eso había tanto acero ante mis ojos. Y por eso las ventanas terminaron siendo tan estrechas.
Muchos años después conocería la explicación técnica. Pero nunca olvidé la impresión que me causaban aquellas estructuras cuando pasaba por allí camino al trabajo. Miraba hacia arriba y me preguntaba qué clase de edificios estaban construyendo.
Finalmente se levantaron dos torres de 110 pisos que transformaron para siempre el perfil de Nueva York.
Las había visto nacer. Nunca pude imaginar que un día también las vería morir.
EL DÍA EN QUE LAS VI CAER
Décadas después las estaba mirando nuevamente. Esta vez por televisión.
El 11 de septiembre de 2001 me uní a millones de personas alrededor del mundo que contemplaban, incrédulas, el impacto de los aviones, el fuego, a seres humanos atrapados en aquellos edificios y a policías y bomberos entrando mientras miles de personas trataban desesperadamente de salir.
No podía creer lo que estaba viendo.
Vi caer las Torres.
El primer dolor, el inmediato, fue por quienes estaban muriendo. Casi tres mil personas perdieron la vida aquel día en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Detrás de cada número había una persona, una familia, unos hijos, unos padres, unos amigos.
Tal vez uno de mis amigos o amigas estaba trabajando allí. Tal vez nunca lo sabré.
Mientras contemplaba aquella tragedia comenzaron también a regresar mis propios recuerdos.
Yo había conocido aquel lugar antes de que las Torres existieran. Había pasado junto a ellas mientras las construían. Había visto la cantidad de acero que las sostenía y me había preguntado por sus ventanas.
Había caminado y trabajado entre aquella multitud de personas de todas partes del mundo que llenaban diariamente las calles del Bajo Manhattan.
Y desde la ventana de mi oficina había contemplado la Estatua de la Libertad.
Por eso, cuando las Torres se desplomaron, sentí que algo más se estaba derrumbando.
UN PAÍS QUE CAMBIÓ
El 11 de septiembre llevó al territorio estadounidense una vulnerabilidad que para muchos parecía hasta entonces lejana.
Después vinieron controles que antes no existían, aeropuertos diferentes, nuevas medidas de seguridad, guerras y temor a nuevos atentados.
El país continuó adelante. Nueva York también.
Los terroristas pudieron destruir edificios y asesinar a miles de inocentes. No pudieron destruir aquello que la Estatua de la Libertad representaba ni la extraordinaria diversidad humana que yo había conocido en las calles de Nueva York.
Quizás por eso, cuando pienso en el 11 de septiembre, no quiero recordar solamente las imágenes de las Torres cayendo.
Prefiero recordar también cómo comenzaron.
Recuerdo el acero elevándose sobre Manhattan. Recuerdo mi curiosidad por aquellas ventanas que parecían demasiado pequeñas. Recuerdo Wall Street lleno de jóvenes convencidos de que tenían un futuro por delante.
El 11 de septiembre de 2001 comprendí que incluso aquello que parece inconmovible puede desaparecer en unas horas. Pero los edificios no son los que sostienen a una sociedad. La sostienen los principios en los que cree y la voluntad de sus ciudadanos de defenderlos.
Las Torres cayeron. Esos principios no.
Y cuando regreso con la memoria a aquel Nueva York de mi juventud, vuelvo a mirar desde mi oficina y allí está, a lo lejos, la Estatua de la Libertad.
Para millones de personas que llegaron a Estados Unidos, aquella estatua fue una bienvenida.
Para quienes ya estábamos allí, también.
THE DAY NEW YORK CHANGED FOREVER
By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
When I saw the attack on the Twin Towers on September 11, 2001, I had already been away from New York for many years. Yet those images suddenly carried me back to a city, a time, and memories that have remained engraved in my mind and in my heart.
For a time I worked in Manhattan's financial district, at 80 Pine Street. My office was on the 22nd floor, and from there I could see the Statue of Liberty.
For millions of immigrants, that statue had been the symbol of their arrival in a land where they could begin a new life. But even for those of us who already lived there, seeing it was like receiving the same welcome every day. It represented something profoundly American: a nation built by people who had come from every part of the world, different in their origins, religions, customs, and languages.
New York was the extraordinary expression of that diversity.
The Wall Street area also had a personality of its own. It was a world of interesting, well-dressed people, filled with intense, cheerful young men and women bursting with energy. There was a sense that much remained to be done and that the world offered special opportunities to those willing to work for them.
It was a competitive city, but also an open one. Someone could arrive there from practically anywhere on the planet and feel part of New York. José Martí had lived there.
WHEN I SAW THE TOWERS RISE
When construction of the Twin Towers began, I sometimes drove to work and passed near the site. What impressed me most was the extraordinary amount of steel.
I would look at those vertical columns standing so close together and ask myself a very simple question: how large are the windows in these buildings going to be?
It seemed that they would have to be very small.
And indeed they were.
I did not know then that I was looking at one of the most innovative features of the Twin Towers' design. Their structure was different from that of many office buildings we knew.
The Towers were designed as enormous structural tubes. Each of their four facades had 59 steel columns placed very close together. Those columns that impressed me so much were not simply part of the facade: they helped support the building.
That was why there was so much steel before my eyes. And that was why the windows ended up being so narrow.
Many years later I would learn the technical explanation. But I never forgot the impression those structures made on me when I passed them on my way to work. I would look upward and wonder what kind of buildings they were constructing.
Eventually, two 110-story towers rose and forever transformed the New York skyline.
I had seen them being born. I could never have imagined that one day I would also see them die.
THE DAY I SAW THEM FALL
Decades later, I was looking at them again. This time on television.
On September 11, 2001, I joined millions of people around the world who watched in disbelief as the planes struck, as fire consumed the buildings, as human beings were trapped inside, and as police officers and firefighters entered while thousands desperately tried to escape.
I could not believe what I was seeing.
I watched the Towers fall.
The first pain, the immediate one, was for those who were dying. Nearly three thousand people lost their lives that day in New York, at the Pentagon, and in Pennsylvania. Behind every number there was a person, a family, children, parents, friends.
Perhaps one of my friends was working there. Perhaps I will never know.
As I watched that tragedy, my own memories also began to return.
I had known that place before the Towers existed. I had passed beside them while they were being built. I had seen the amount of steel supporting them and had wondered about their windows.
I had walked and worked among that multitude of people from every part of the world who filled the streets of Lower Manhattan every day.
And from my office window I had looked out at the Statue of Liberty.
That is why, when the Towers collapsed, I felt that something more was collapsing with them.
A COUNTRY THAT CHANGED
September 11 brought to American soil a vulnerability that, until then, had seemed distant to many.
Then came controls that had not existed before, different airports, new security measures, wars, and fear of further attacks.
The country moved forward. New York did too.
The terrorists were able to destroy buildings and murder thousands of innocent people. They could not destroy what the Statue of Liberty represented or the extraordinary human diversity I had known in the streets of New York.
Perhaps that is why, when I think of September 11, I do not want to remember only the images of the Towers falling.
I also prefer to remember how they began.
I remember the steel rising above Manhattan. I remember my curiosity about those windows that seemed too small. I remember Wall Street filled with young people convinced that they had a future ahead of them.
On September 11, 2001, I understood that even what seems immovable can disappear in a matter of hours. But buildings are not what sustain a society. A society is sustained by the principles in which it believes and by the willingness of its citizens to defend them.
The Towers fell. Those principles did not.
And when my memory takes me back to the New York of my youth, I look again from my office and there, in the distance, stands the Statue of Liberty.
For millions of people who came to the United States, that statue was a welcome.
For those of us who were already there, it was too.
LE JOUR OÙ NEW YORK A CHANGÉ POUR TOUJOURS
Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Lorsque j'ai vu l'attaque contre les tours jumelles le 11 septembre 2001, cela faisait déjà de nombreuses années que je ne vivais plus à New York. Pourtant, ces images m'ont brusquement ramené vers une ville, une époque et des souvenirs qui sont restés gravés dans ma mémoire et dans mon cœur.
Pendant un certain temps, j'ai travaillé dans le quartier financier de Manhattan, au 80 Pine Street. Mon bureau se trouvait au 22e étage et, de là, je pouvais voir la Statue de la Liberté.
Pour des millions d'immigrants, cette statue avait été le symbole de leur arrivée dans une terre où ils pouvaient commencer une nouvelle vie. Mais même pour ceux d'entre nous qui y vivaient déjà, la voir revenait à recevoir chaque jour le même message de bienvenue. Elle représentait quelque chose de profondément américain : une nation construite par des personnes venues de toutes les parties du monde, différentes par leurs origines, leurs religions, leurs coutumes et leurs langues.
New York était l'expression extraordinaire de cette diversité.
Le secteur de Wall Street possédait en outre une personnalité qui lui était propre. C'était un monde de gens intéressants, élégamment vêtus, rempli de jeunes intenses, joyeux et débordants d'énergie. On y respirait le sentiment qu'il y avait beaucoup à faire et que le monde offrait des possibilités particulières à ceux qui étaient disposés à travailler pour les saisir.
C'était une ville compétitive, mais également ouverte. Quelqu'un pouvait y arriver de pratiquement n'importe quel endroit de la planète et se sentir membre de New York. José Martí y avait vécu.
QUAND J'AI VU NAÎTRE LES TOURS
Lorsque les tours jumelles commencèrent à s'élever, il m'arrivait d'aller travailler en voiture et de passer près du chantier. Ce qui m'impressionnait le plus était l'extraordinaire quantité d'acier.
Je regardais ces colonnes verticales si proches les unes des autres et je me posais une question très simple : quelle taille vont avoir les fenêtres de ces immeubles ?
Il semblait qu'elles devraient être très petites.
Et elles le furent effectivement.
Je ne savais pas alors que j'observais l'une des caractéristiques les plus novatrices de la conception des tours jumelles. Leur structure était différente de celle de nombreux immeubles de bureaux que nous connaissions.
Les Tours furent conçues comme d'immenses tubes structurels. Chacune de leurs quatre façades comptait 59 colonnes d'acier placées très près les unes des autres. Ces colonnes qui m'impressionnaient tant ne faisaient pas simplement partie de la façade : elles contribuaient à soutenir l'immeuble.
C'est pour cette raison qu'il y avait tant d'acier devant mes yeux. Et c'est pour cette raison que les fenêtres furent finalement si étroites.
Bien des années plus tard, j'en connaîtrais l'explication technique. Mais je n'ai jamais oublié l'impression que me faisaient ces structures lorsque je passais par là en allant travailler. Je levais les yeux et me demandais quel genre d'immeubles ils étaient en train de construire.
Finalement s'élevèrent deux tours de 110 étages qui transformèrent pour toujours la silhouette de New York.
Je les avais vues naître. Je n'aurais jamais pu imaginer qu'un jour je les verrais aussi mourir.
LE JOUR OÙ JE LES AI VUES TOMBER
Des décennies plus tard, je les regardais à nouveau. Cette fois à la télévision.
Le 11 septembre 2001, je me suis joint à des millions de personnes à travers le monde qui contemplaient, incrédules, l'impact des avions, le feu, des êtres humains prisonniers de ces immeubles, ainsi que des policiers et des pompiers qui entraient tandis que des milliers de personnes tentaient désespérément d'en sortir.
Je ne pouvais pas croire ce que je voyais.
J'ai vu tomber les Tours.
La première douleur, l'immédiate, fut pour ceux qui mouraient. Près de trois mille personnes perdirent la vie ce jour-là à New York, au Pentagone et en Pennsylvanie. Derrière chaque chiffre se trouvait une personne, une famille, des enfants, des parents, des amis.
Peut-être l'un de mes amis ou l'une de mes amies travaillait-il là. Peut-être ne le saurai-je jamais.
Alors que je contemplais cette tragédie, mes propres souvenirs commencèrent eux aussi à revenir.
J'avais connu cet endroit avant l'existence des Tours. J'étais passé près d'elles pendant leur construction. J'avais vu la quantité d'acier qui les soutenait et je m'étais interrogé sur leurs fenêtres.
J'avais marché et travaillé parmi cette multitude de personnes venues de toutes les parties du monde qui remplissaient chaque jour les rues du Lower Manhattan.
Et depuis la fenêtre de mon bureau, j'avais contemplé la Statue de la Liberté.
C'est pourquoi, lorsque les Tours se sont effondrées, j'ai senti que quelque chose d'autre s'effondrait également.
UN PAYS QUI A CHANGÉ
Le 11 septembre a apporté sur le territoire américain une vulnérabilité qui, jusque-là, semblait lointaine à beaucoup.
Sont ensuite venus des contrôles qui n'existaient pas auparavant, des aéroports différents, de nouvelles mesures de sécurité, des guerres et la peur de nouveaux attentats.
Le pays a continué d'avancer. New York aussi.
Les terroristes ont pu détruire des immeubles et assassiner des milliers d'innocents. Ils n'ont pas pu détruire ce que représentait la Statue de la Liberté ni l'extraordinaire diversité humaine que j'avais connue dans les rues de New York.
C'est peut-être pour cette raison que, lorsque je pense au 11 septembre, je ne veux pas me souvenir uniquement des images des Tours qui s'effondrent.
Je préfère également me souvenir de la manière dont elles ont commencé.
Je me souviens de l'acier s'élevant au-dessus de Manhattan. Je me souviens de ma curiosité devant ces fenêtres qui semblaient trop petites. Je me souviens de Wall Street rempli de jeunes convaincus qu'ils avaient un avenir devant eux.
Le 11 septembre 2001, j'ai compris que même ce qui paraît inébranlable peut disparaître en quelques heures. Mais ce ne sont pas les immeubles qui soutiennent une société. Ce sont les principes auxquels elle croit et la volonté de ses citoyens de les défendre.
Les Tours sont tombées. Ces principes, non.
Et lorsque ma mémoire me ramène au New York de ma jeunesse, je regarde à nouveau depuis mon bureau et elle est là, au loin, la Statue de la Liberté.
Pour des millions de personnes arrivées aux États-Unis, cette statue fut un message de bienvenue.
Pour ceux d'entre nous qui y étions déjà, elle l'était aussi.
IL GIORNO IN CUI NEW YORK CAMBIÒ PER SEMPRE
Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica
Quando vidi l'attacco contro le Torri Gemelle l'11 settembre 2001, erano già molti anni che non vivevo più a New York. Eppure quelle immagini mi riportarono improvvisamente a una città, a un'epoca e a ricordi che sono rimasti impressi nella mia memoria e nel mio cuore.
Per un periodo lavorai nel distretto finanziario di Manhattan, all'80 Pine Street. Il mio ufficio era al ventiduesimo piano e da lì potevo vedere la Statua della Libertà.
Per milioni di immigrati quella statua era stata il simbolo del loro arrivo in una terra dove potevano cominciare una nuova vita. Ma anche per quelli di noi che già vivevano lì, vederla era come ricevere ogni giorno lo stesso saluto di benvenuto. Rappresentava qualcosa di profondamente americano: una nazione costruita da persone arrivate da ogni parte del mondo, diverse per origine, religione, costumi e lingua.
New York era l'espressione straordinaria di quella diversità.
La zona di Wall Street aveva inoltre una personalità propria. Era un mondo di persone interessanti, ben vestite, pieno di giovani intensi, allegri e pieni di energia. Si respirava la sensazione che ci fosse molto da fare e che il mondo offrisse opportunità speciali a chi fosse disposto a lavorare per coglierle.
Era una città competitiva, ma anche aperta. Una persona poteva arrivare praticamente da qualsiasi parte del pianeta e sentirsi parte di New York. José Martí vi aveva vissuto.
QUANDO VIDI NASCERE LE TORRI
Quando cominciarono a sorgere le Torri Gemelle, qualche volta andavo al lavoro in automobile e passavo vicino al cantiere. Ciò che mi impressionava maggiormente era la straordinaria quantità di acciaio.
Guardavo quelle colonne verticali così vicine le une alle altre e mi ponevo una domanda molto semplice: quanto saranno grandi le finestre di questi edifici?
Sembrava che dovessero essere molto piccole.
E infatti lo furono.
Allora non sapevo che stavo osservando una delle caratteristiche più innovative del progetto delle Torri Gemelle. La loro struttura era diversa da quella di molti edifici per uffici che conoscevamo.
Le Torri furono concepite come enormi tubi strutturali. Ognuna delle loro quattro facciate aveva 59 colonne d'acciaio collocate molto vicine tra loro. Quelle colonne che mi impressionavano tanto non erano semplicemente parte della facciata: contribuivano a sostenere l'edificio.
Per questo c'era tanto acciaio davanti ai miei occhi. E per questo le finestre finirono per essere così strette.
Molti anni dopo avrei conosciuto la spiegazione tecnica. Ma non dimenticai mai l'impressione che mi facevano quelle strutture quando passavo di lì andando al lavoro. Guardavo verso l'alto e mi chiedevo che tipo di edifici stessero costruendo.
Alla fine si innalzarono due torri di 110 piani che trasformarono per sempre il profilo di New York.
Le avevo viste nascere. Non avrei mai potuto immaginare che un giorno le avrei viste anche morire.
IL GIORNO IN CUI LE VIDI CADERE
Decenni dopo le stavo guardando di nuovo. Questa volta in televisione.
L'11 settembre 2001 mi unii a milioni di persone in tutto il mondo che contemplavano incredule l'impatto degli aerei, il fuoco, esseri umani intrappolati in quegli edifici e poliziotti e vigili del fuoco che entravano mentre migliaia di persone cercavano disperatamente di uscire.
Non riuscivo a credere a ciò che stavo vedendo.
Vidi cadere le Torri.
Il primo dolore, quello immediato, fu per coloro che stavano morendo. Quasi tremila persone persero la vita quel giorno a New York, al Pentagono e in Pennsylvania. Dietro ogni numero c'era una persona, una famiglia, dei figli, dei genitori, degli amici.
Forse uno dei miei amici o delle mie amiche stava lavorando lì. Forse non lo saprò mai.
Mentre contemplavo quella tragedia, cominciarono a tornare anche i miei ricordi.
Avevo conosciuto quel luogo prima che le Torri esistessero. Ero passato accanto a loro mentre le costruivano. Avevo visto la quantità di acciaio che le sosteneva e mi ero interrogato sulle loro finestre.
Avevo camminato e lavorato tra quella moltitudine di persone provenienti da ogni parte del mondo che ogni giorno riempivano le strade di Lower Manhattan.
E dalla finestra del mio ufficio avevo contemplato la Statua della Libertà.
Per questo, quando le Torri crollarono, sentii che qualcosa di più stava crollando.
UN PAESE CHE CAMBIÒ
L'11 settembre portò sul territorio americano una vulnerabilità che fino ad allora, per molti, era sembrata lontana.
Poi arrivarono controlli che prima non esistevano, aeroporti diversi, nuove misure di sicurezza, guerre e la paura di nuovi attentati.
Il paese andò avanti. Anche New York.
I terroristi riuscirono a distruggere edifici e ad assassinare migliaia di innocenti. Non riuscirono a distruggere ciò che la Statua della Libertà rappresentava né la straordinaria diversità umana che avevo conosciuto nelle strade di New York.
Forse è per questo che, quando penso all'11 settembre, non voglio ricordare soltanto le immagini delle Torri che crollano.
Preferisco ricordare anche come cominciarono.
Ricordo l'acciaio che si innalzava sopra Manhattan. Ricordo la mia curiosità per quelle finestre che sembravano troppo piccole. Ricordo Wall Street piena di giovani convinti di avere un futuro davanti a sé.
L'11 settembre 2001 compresi che perfino ciò che sembra incrollabile può scomparire in poche ore. Ma non sono gli edifici a sostenere una società. A sostenerla sono i principi in cui crede e la volontà dei suoi cittadini di difenderli.
Le Torri caddero. Quei principi no.
E quando con la memoria torno alla New York della mia giovinezza, guardo ancora una volta dal mio ufficio e là, in lontananza, c'è la Statua della Libertà.
Per milioni di persone arrivate negli Stati Uniti, quella statua fu un benvenuto.
Per quelli di noi che erano già lì, lo fu altrettanto.


0 comentarios:
Publicar un comentario