lunes, 17 de agosto de 2026

CUBA TAMBIÉN CRECIÓ FUERA DE CUBA

 

 

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

 

Durante más de seis décadas, millones de cubanos salieron de la Isla en busca de libertad y oportunidades. Lejos de constituir una pérdida para la nación, se han convertido, junto con sus hijos y nietos, en un extraordinario activo para Cuba. En sociedades democráticas encontraron libertades, respeto a las leyes y oportunidades para desarrollar sus capacidades. Al mismo tiempo, mantuvieron vínculos con familiares y amigos en la Isla que permitieron a generaciones de cubanos conocer directamente otra realidad. La nación cubana se extendió por el mundo y hoy es mucho más amplia que el territorio donde nació.

 

Quienes pudieron establecerse en sociedades democráticas encontraron condiciones para trabajar, estudiar, emprender, expresarse libremente y decidir su propio futuro. Muchos prosperaron, formaron familias y sus descendientes crecieron disfrutando de esas mismas libertades y oportunidades.

 

De haberse quedado en Cuba, varias generaciones habrían vivido bajo un sistema caracterizado por el adoctrinamiento político, la vigilancia del Estado, la ausencia de libertades fundamentales y la persecución de quienes disentían. También habrían encontrado enormes limitaciones para emprender y desarrollar libremente sus capacidades.

 

Eso no significa que Cuba los haya perdido.

Tampoco debemos medir su relación con Cuba por la decisión de regresar o no a vivir en la Isla. Volver a Cuba no es una medida de patriotismo. Después de décadas en el exterior, millones de cubanos y sus descendientes tienen familias, carreras, empresas, propiedades, amistades y comunidades en los países donde viven.

 

Algunos regresarán a una Cuba democrática. Otros invertirán, enseñarán, colaborarán profesionalmente o pasarán temporadas allí. Muchos solamente la visitarán y otros quizás nunca regresen. Cada uno decidirá libremente qué relación quiere mantener con el país donde nació o con la tierra de sus padres y abuelos.

Ninguna de esas decisiones disminuye su valor para Cuba. Sus conocimientos, experiencia profesional, recursos, relaciones internacionales y, sobre todo, su experiencia viviendo bajo instituciones democráticas constituyen un enorme capital humano distribuido por el mundo.

 

Además, su propia presencia en otras sociedades proyecta a Cuba más allá de sus fronteras. En mayor o menor grado, ellos y sus descendientes llevan consigo una cultura, unas tradiciones y la memoria de una historia marcada por las luchas por la independencia y la libertad. Son embajadores naturales de Cuba en el mundo, no porque alguien les haya encomendado esa misión, sino porque sus raíces forman parte de quienes son.

 

La Operación Pedro Pan fue una temprana demostración de este fenómeno. Más de 14.000 menores salieron de Cuba hacia Estados Unidos entre 1960 y 1962. Entre ellos hubo posteriormente senadores, embajadores, profesores universitarios, empresarios y artistas.

 

Pero Pedro Pan representa solamente una pequeña parte de una historia mucho mayor. Durante décadas salieron niños y jóvenes con sus familias y después nacieron nuevas generaciones en el exterior. Algunos alcanzaron posiciones extraordinarias; muchos otros construyeron vidas de éxito menos conocidas: compraron viviendas, crearon pequeños negocios, ejercieron profesiones y enviaron a sus hijos a universidades.

 

Y todo eso se sabía en Cuba.

La dictadura podía controlar la prensa, la televisión, la radio y las escuelas, pero nunca logró controlar completamente las comunicaciones entre los cubanos de dentro y los de fuera.

Primero fueron las cartas y fotografías. Después las llamadas telefónicas, las visitas, los paquetes y las remesas. Finalmente llegaron Internet, las videollamadas y las redes sociales.

 

Durante más de seis décadas, el pueblo cubano tuvo así millones de ventanas hacia el mundo democrático. El hermano que había llegado sin dinero encontraba trabajo; el primo compraba una casa; los hijos estudiaban; un amigo abría un negocio. Y desde las economías capitalistas que condenaba la propaganda oficial llegaba el dinero que permitía comprar alimentos y medicinas en Cuba.

 

Cada remesa llevaba dinero, pero también información.

No hacía falta estudiar economía para comprender la contradicción. La experiencia de familiares y amigos mostraba diariamente lo que los cubanos podían alcanzar cuando disponían de libertad, derechos, iniciativa privada y oportunidades.

La diáspora mantuvo así abierta una comunicación entre el pueblo cubano y el mundo libre que el régimen nunca pudo cerrar.

 

Una futura democracia heredará ese extraordinario patrimonio: cubanos, hijos y nietos de cubanos establecidos en numerosos países, con conocimientos, experiencia, recursos, relaciones internacionales y una cultura formada en sociedades libres.

No será necesario que regresen para demostrar su patriotismo ni para seguir formando parte de Cuba. Participarán en su futuro en la medida que cada uno libremente decida.

Son parte de una Cuba que creció más allá de sus fronteras y de una nación que ninguna dictadura pudo esclavizar para siempre.

 


CUBA ALSO GREW BEYOND CUBA

Emigrants, their children and their grandchildren are an asset to the homeland of José Martí

For more than six decades, millions of Cubans left the Island in search of freedom and opportunity. Far from constituting a loss to the nation, they have become, together with their children and grandchildren, an extraordinary asset for Cuba. In democratic societies they found freedoms, respect for the law, and opportunities to develop their abilities. At the same time, they maintained ties with relatives and friends on the Island that allowed generations of Cubans to learn directly about another reality. The Cuban nation spread across the world and today is much broader than the territory where it was born.

 

Those who were able to settle in democratic societies found the conditions to work, study, start businesses, express themselves freely, and decide their own future. Many prospered, formed families, and their descendants grew up enjoying those same freedoms and opportunities.

 

Had they remained in Cuba, several generations would have lived under a system characterized by political indoctrination, state surveillance, the absence of fundamental freedoms, and the persecution of dissenters. They would also have faced enormous limitations on entrepreneurship and on the free development of their abilities.

 

That does not mean Cuba lost them.

Nor should we measure their relationship with Cuba by whether or not they decide to return to live on the Island. Returning to Cuba is not a measure of patriotism. After decades abroad, millions of Cubans and their descendants have families, careers, businesses, property, friendships, and communities in the countries where they live.

 

Some will return to a democratic Cuba. Others will invest, teach, collaborate professionally, or spend periods of time there. Many will only visit, and others may never return. Each person will freely decide what relationship to maintain with the country where they were born or with the land of their parents and grandparents.

 

None of those decisions diminishes their value to Cuba. Their knowledge, professional experience, resources, international relationships and, above all, their experience living under democratic institutions constitute an enormous body of human capital distributed throughout the world.

 

In addition, their very presence in other societies projects Cuba beyond its borders. To a greater or lesser degree, they and their descendants carry with them a culture, traditions, and the memory of a history marked by struggles for independence and freedom. They are natural ambassadors of Cuba in the world, not because anyone assigned them that mission, but because their roots are part of who they are.

 

Operation Pedro Pan was an early demonstration of this phenomenon. More than 14,000 minors left Cuba for the United States between 1960 and 1962. Among them were future senators, ambassadors, university professors, business leaders, and artists.

 

But Pedro Pan represents only a small part of a much larger story. For decades, children and young people left with their families, and later new generations were born abroad. Some reached extraordinary positions; many others built less celebrated successful lives: they bought homes, created small businesses, practiced professions, and sent their children to universities.

 

And all of that was known in Cuba.

The dictatorship could control the press, television, radio, and schools, but it never managed to completely control communications between Cubans inside and outside the country.

First came letters and photographs. Then telephone calls, visits, packages, and remittances. Finally came the Internet, video calls, and social networks.

 

For more than six decades, the Cuban people thus had millions of windows onto the democratic world. The brother who had arrived without money found a job; the cousin bought a house; the children studied; a friend opened a business. And from the capitalist economies condemned by official propaganda came the money that made it possible to buy food and medicines in Cuba.

 

Every remittance carried money, but also information.

One did not need to study economics to understand the contradiction. The experience of relatives and friends showed every day what Cubans could achieve when they had freedom, rights, private initiative, and opportunity.

The diaspora thus kept open a channel of communication between the Cuban people and the free world that the regime could never close.

 

A future democracy will inherit that extraordinary heritage: Cubans, children and grandchildren of Cubans established in many countries, with knowledge, experience, resources, international relationships, and a culture shaped in free societies.

They will not need to return to prove their patriotism or to remain part of Cuba. They will participate in its future to the extent that each freely chooses.

They are part of a Cuba that grew beyond its borders and of a nation that no dictatorship could enslave forever.

 


CUBA A AUSSI GRANDI AU-DELÀ DE CUBA

Les émigrés, leurs enfants et leurs petits-enfants sont un atout pour la patrie de José Martí

Pendant plus de six décennies, des millions de Cubains ont quitté l’île à la recherche de liberté et d’opportunités. Loin de constituer une perte pour la nation, ils sont devenus, avec leurs enfants et leurs petits-enfants, un atout extraordinaire pour Cuba. Dans des sociétés démocratiques, ils ont trouvé des libertés, le respect des lois et des possibilités de développer leurs capacités. Dans le même temps, ils ont maintenu des liens avec leurs parents et amis restés sur l’île, permettant à des générations de Cubains de connaître directement une autre réalité. La nation cubaine s’est étendue dans le monde et elle est aujourd’hui bien plus vaste que le territoire où elle est née.

 

Ceux qui ont pu s’établir dans des sociétés démocratiques ont trouvé les conditions nécessaires pour travailler, étudier, entreprendre, s’exprimer librement et décider de leur propre avenir. Beaucoup ont prospéré, fondé des familles, et leurs descendants ont grandi en bénéficiant de ces mêmes libertés et opportunités.

 

S’ils étaient restés à Cuba, plusieurs générations auraient vécu sous un système caractérisé par l’endoctrinement politique, la surveillance de l’État, l’absence de libertés fondamentales et la persécution de ceux qui exprimaient leur désaccord. Ils auraient également rencontré d’énormes obstacles pour entreprendre et développer librement leurs capacités.

 

Cela ne signifie pas que Cuba les ait perdus.

Nous ne devons pas non plus mesurer leur relation avec Cuba selon qu’ils décident ou non de revenir vivre sur l’île. Revenir à Cuba n’est pas une mesure du patriotisme. Après des décennies à l’étranger, des millions de Cubains et leurs descendants ont des familles, des carrières, des entreprises, des biens, des amitiés et des communautés dans les pays où ils vivent.

 

Certains retourneront dans une Cuba démocratique. D’autres investiront, enseigneront, collaboreront professionnellement ou y passeront des périodes de temps. Beaucoup ne feront que la visiter et d’autres ne reviendront peut-être jamais. Chacun décidera librement de la relation qu’il souhaite entretenir avec le pays où il est né ou avec la terre de ses parents et de ses grands-parents.

 

Aucune de ces décisions ne diminue leur valeur pour Cuba. Leurs connaissances, leur expérience professionnelle, leurs ressources, leurs relations internationales et, surtout, leur expérience de la vie sous des institutions démocratiques constituent un immense capital humain réparti dans le monde entier.

 

En outre, leur présence même dans d’autres sociétés projette Cuba au-delà de ses frontières. À des degrés divers, eux et leurs descendants portent avec eux une culture, des traditions et la mémoire d’une histoire marquée par les luttes pour l’indépendance et la liberté. Ils sont des ambassadeurs naturels de Cuba dans le monde, non parce que quelqu’un leur a confié cette mission, mais parce que leurs racines font partie de ce qu’ils sont.

 

L’Opération Pedro Pan fut une première démonstration de ce phénomène. Plus de 14 000 mineurs quittèrent Cuba pour les États-Unis entre 1960 et 1962. Parmi eux se trouvèrent plus tard des sénateurs, des ambassadeurs, des professeurs d’université, des chefs d’entreprise et des artistes.

 

Mais Pedro Pan ne représente qu’une petite partie d’une histoire beaucoup plus vaste. Pendant des décennies, des enfants et des jeunes ont quitté le pays avec leurs familles, puis de nouvelles générations sont nées à l’étranger. Certains ont atteint des positions extraordinaires ; beaucoup d’autres ont construit des vies réussies, moins connues : ils ont acheté des logements, créé de petites entreprises, exercé des professions et envoyé leurs enfants à l’université.

 

Et tout cela se savait à Cuba.

La dictature pouvait contrôler la presse, la télévision, la radio et les écoles, mais elle n’a jamais réussi à contrôler complètement les communications entre les Cubains de l’intérieur et ceux de l’extérieur.

D’abord vinrent les lettres et les photographies. Puis les appels téléphoniques, les visites, les colis et les envois d’argent. Enfin arrivèrent Internet, les appels vidéo et les réseaux sociaux.

 

Pendant plus de six décennies, le peuple cubain a ainsi disposé de millions de fenêtres ouvertes sur le monde démocratique. Le frère arrivé sans argent trouvait du travail ; le cousin achetait une maison ; les enfants étudiaient ; un ami ouvrait une entreprise. Et des économies capitalistes condamnées par la propagande officielle venait l’argent qui permettait d’acheter à Cuba de la nourriture et des médicaments.

Chaque envoi d’argent apportait de l’argent, mais aussi de l’information.

 

Il n’était pas nécessaire d’étudier l’économie pour comprendre la contradiction. L’expérience des parents et des amis montrait chaque jour ce que les Cubains pouvaient accomplir lorsqu’ils disposaient de liberté, de droits, d’initiative privée et d’opportunités.

La diaspora a ainsi maintenu ouverte une communication entre le peuple cubain et le monde libre que le régime n’a jamais pu fermer.

 

Une future démocratie héritera de ce patrimoine extraordinaire : des Cubains, des enfants et des petits-enfants de Cubains établis dans de nombreux pays, dotés de connaissances, d’expérience, de ressources, de relations internationales et d’une culture formée dans des sociétés libres.

Ils n’auront pas besoin de revenir pour prouver leur patriotisme ni pour continuer à faire partie de Cuba. Ils participeront à son avenir dans la mesure que chacun choisira librement.

Ils font partie d’une Cuba qui a grandi au-delà de ses frontières et d’une nation qu’aucune dictature n’a pu réduire en esclavage pour toujours.

 


CUBA È CRESCIUTA ANCHE FUORI DA CUBA

Gli emigrati, i loro figli e i loro nipoti sono una risorsa per la patria di José Martí

Per più di sei decenni, milioni di cubani hanno lasciato l’Isola in cerca di libertà e opportunità. Lungi dal costituire una perdita per la nazione, sono diventati, insieme ai loro figli e nipoti, una straordinaria risorsa per Cuba. Nelle società democratiche hanno trovato libertà, rispetto delle leggi e opportunità per sviluppare le proprie capacità. Allo stesso tempo, hanno mantenuto legami con familiari e amici sull’Isola, consentendo a generazioni di cubani di conoscere direttamente un’altra realtà. La nazione cubana si è estesa nel mondo e oggi è molto più ampia del territorio in cui è nata.

 

Coloro che hanno potuto stabilirsi in società democratiche hanno trovato le condizioni per lavorare, studiare, intraprendere, esprimersi liberamente e decidere il proprio futuro. Molti hanno prosperato, formato famiglie e i loro discendenti sono cresciuti godendo delle stesse libertà e opportunità.

 

Se fossero rimasti a Cuba, diverse generazioni avrebbero vissuto sotto un sistema caratterizzato dall’indottrinamento politico, dalla sorveglianza dello Stato, dall’assenza di libertà fondamentali e dalla persecuzione di chi dissentiva. Avrebbero inoltre incontrato enormi limitazioni nell’intraprendere e nello sviluppare liberamente le proprie capacità.

 

Questo non significa che Cuba li abbia perduti.

Non dobbiamo neppure misurare il loro rapporto con Cuba in base alla decisione di tornare o meno a vivere sull’Isola. Tornare a Cuba non è una misura del patriottismo. Dopo decenni all’estero, milioni di cubani e i loro discendenti hanno famiglie, carriere, imprese, proprietà, amicizie e comunità nei paesi in cui vivono.

Alcuni torneranno in una Cuba democratica. Altri investiranno, insegneranno, collaboreranno professionalmente o vi trascorreranno periodi di tempo. Molti si limiteranno a visitarla e altri forse non torneranno mai. Ognuno deciderà liberamente quale rapporto mantenere con il paese in cui è nato o con la terra dei propri genitori e nonni.

 

Nessuna di queste decisioni diminuisce il loro valore per Cuba. Le loro conoscenze, l’esperienza professionale, le risorse, le relazioni internazionali e, soprattutto, l’esperienza di vita sotto istituzioni democratiche costituiscono un enorme capitale umano distribuito nel mondo.

Inoltre, la loro stessa presenza in altre società proietta Cuba oltre i suoi confini. In misura maggiore o minore, essi e i loro discendenti portano con sé una cultura, delle tradizioni e la memoria di una storia segnata dalle lotte per l’indipendenza e la libertà. Sono ambasciatori naturali di Cuba nel mondo, non perché qualcuno abbia affidato loro questa missione, ma perché le loro radici fanno parte di ciò che sono.

 

L’Operazione Pedro Pan fu una prima dimostrazione di questo fenomeno. Più di 14.000 minori lasciarono Cuba diretti negli Stati Uniti tra il 1960 e il 1962. Tra loro vi furono in seguito senatori, ambasciatori, professori universitari, imprenditori e artisti.

Ma Pedro Pan rappresenta soltanto una piccola parte di una storia molto più grande. Per decenni bambini e giovani partirono con le loro famiglie e successivamente nacquero nuove generazioni all’estero. Alcuni raggiunsero posizioni straordinarie; molti altri costruirono vite di successo meno conosciute: acquistarono case, crearono piccole imprese, esercitarono professioni e mandarono i propri figli all’università.

 

E tutto questo si sapeva a Cuba.

La dittatura poteva controllare la stampa, la televisione, la radio e le scuole, ma non riuscì mai a controllare completamente le comunicazioni tra i cubani dentro e fuori dal paese.

Prima furono le lettere e le fotografie. Poi le telefonate, le visite, i pacchi e le rimesse. Infine arrivarono Internet, le videochiamate e i social network.

 

Per più di sei decenni, il popolo cubano ebbe così milioni di finestre sul mondo democratico. Il fratello arrivato senza denaro trovava lavoro; il cugino comprava una casa; i figli studiavano; un amico apriva un’attività. E dalle economie capitaliste condannate dalla propaganda ufficiale arrivava il denaro che permetteva di comprare cibo e medicine a Cuba.

 

Ogni rimessa portava denaro, ma anche informazioni.

Non era necessario studiare economia per comprendere la contraddizione. L’esperienza di familiari e amici mostrava ogni giorno ciò che i cubani potevano realizzare quando disponevano di libertà, diritti, iniziativa privata e opportunità.

La diaspora mantenne così aperta una comunicazione tra il popolo cubano e il mondo libero che il regime non riuscì mai a chiudere.

Una futura democrazia erediterà questo straordinario patrimonio: cubani, figli e nipoti di cubani stabiliti in numerosi paesi, con conoscenze, esperienza, risorse, relazioni internazionali e una cultura formata in società libere.

 

Non sarà necessario che tornino per dimostrare il loro patriottismo né per continuare a far parte di Cuba. Parteciperanno al suo futuro nella misura che ciascuno sceglierà liberamente.

Fanno parte di una Cuba che è cresciuta oltre i suoi confini e di una nazione che nessuna dittatura ha potuto rendere schiava per sempre.


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