jueves, 20 de agosto de 2026

CUBA: UNA CADENA DE HAMBRE Y ABUSOS

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CUBA: UNA CADENA DE HAMBRE Y ABUSOS

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

El vendedor callejero es probablemente la víctima más frágil de la crisis alimentaria creada por el régimen.

No importa alimentos, no controla las divisas ni fija los precios. Muchas veces todo su capital cabe en unas pocas bolsas. Compra productos a mipymes que los comercializan al por mayor, los divide en cantidades menores y sale a venderlos en la calle. Ocupa así el último eslabón de una cadena que permite que determinados alimentos lleguen finalmente al consumidor.

Compra para vender y vende para poder comer.

Entonces aparece la policía.

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El video que acompaña este artículo muestra una escena que los cubanos conocen demasiado bien. La policía interviene contra vendedores informales y uno de los agentes se marcha cargando dos bolsas de pollo en cada mano. Las personas presentes reaccionan con evidente indignación ante el decomiso y protestan por lo que están viendo.

La escena no muestra solamente la confiscación de unos alimentos. Muestra también el choque entre una población que conoce el valor que tiene hoy una bolsa de pollo y una autoridad que utiliza su poder contra el eslabón más débil de la cadena.

La imagen resume una realidad mucho mayor.

Ese pollo no apareció por arte de magia en manos del vendedor. Antes recorrió una cadena de importación y distribución. En ella participan empresas estatales, importadores, mipymes, mayoristas y otros intermediarios. El pequeño vendedor compra al final de esa cadena, fracciona la mercancía y trata de obtener una ganancia vendiéndola al consumidor.

Cada intermediario necesita obtener su margen y cada operación puede aumentar el precio. Al final está la familia cubana tratando de comprar comida con un salario o una pensión cuyo poder adquisitivo ha sido destruido.

Pero esa cadena tiene además una característica fundamental: no todos los cubanos tienen las mismas oportunidades de participar en ella.

LOS PRIVILEGIADOS ESTÁN ARRIBA

En los niveles más lucrativos están quienes tienen acceso al capital, las divisas, las importaciones, los permisos, los almacenes y la distribución mayorista. Nada de esto funciona independientemente del régimen. El Estado decide quién puede operar, importar, ampliar un negocio o continuar funcionando.

En una dictadura, economía y política no están separadas.

Los privilegiados, los vinculados al sistema y los incondicionales pueden encontrar oportunidades que no están disponibles en las mismas condiciones para quienes se enfrentan públicamente al régimen.

La experiencia de los opositores cubanos es muy diferente. Disentir abiertamente puede costarles el empleo y cerrarles las puertas para conseguir otro. La persecución puede llegar incluso a una pequeña empresa privada: cuando un opositor consigue trabajo, la policía o la Seguridad del Estado puede presionar al propietario para que lo despida.

Por eso es engañoso hablar del sector privado cubano como si existiera un mercado donde todos pudieran competir libremente.

En Cuba, el control económico es también un instrumento de control político. Se premia la obediencia y se castiga la disidencia.

Y mientras los mejor situados participan en los niveles superiores de la cadena, abajo queda el más vulnerable: el hombre o la mujer que compra unos paquetes para revenderlos en una esquina.

EL MÁS DÉBIL ES EL MÁS FÁCIL DE PERSEGUIR

El vendedor informal no controla ninguna de las causas de la crisis.

No destruyó la agricultura cubana. No provocó la falta de producción. No controla las importaciones ni determina el valor del peso. Tampoco es responsable de que un salario o una pensión resulten insuficientes para alimentar a una familia.

Es simplemente otro cubano tratando de sobrevivir.

Pero es mucho más fácil perseguir a un hombre con unas bolsas de pollo que enfrentarse a las causas del hambre.

La policía puede detenerlo, quitarle la mercancía y multarlo.

Y aquí aparece otro abuso conocido por el pueblo.

En un país donde todos padecen la escasez, los alimentos decomisados tienen un enorme valor. Los decomisos ofrecen a policías e inspectores la oportunidad de quedarse con productos para consumirlos o revenderlos.

La contradicción es brutal: el vendedor que compró el pollo para ganar unos pesos puede regresar a su casa sin mercancía y sin dinero, mientras el policía se marcha cargando los alimentos decomisados.

PERSEGUIR AL VENDEDOR NO PRODUCE COMIDA

El régimen puede presentar estas operaciones como una lucha contra las ilegalidades, la especulación y los precios abusivos.

Pero quitarle el pollo a un vendedor callejero no produce un solo pollo más.

No aumenta la producción agrícola.

No abarata las importaciones.

No recupera el poder adquisitivo del salario.

No aumenta las pensiones.

No llena los mercados.

Simplemente cambia las manos que controlan esos alimentos.

La crisis alimentaria cubana no consiste solamente en la falta de comida. Existe una cadena económica y política construida alrededor de la escasez. En la parte superior se encuentran quienes tienen acceso, permisos, capital y protección. En la parte inferior están quienes sobreviven revendiendo pequeñas cantidades y una población empobrecida que intenta comprar lo indispensable.

El vendedor callejero no creó esa cadena.

La cadena lo creó a él.

Primero el sistema fracasa en producir suficientes alimentos. Después obliga a depender de las importaciones. La mercancía atraviesa sucesivos intermediarios y llega cada vez más cara al consumidor. La necesidad crea al revendedor informal y, finalmente, el régimen envía a la policía contra él.

Volvamos entonces a la imagen con la que comenzamos.

Un vendedor pierde su mercancía.

Un policía se marcha con dos bolsas de pollo en cada mano.

Y el pueblo continúa pasando hambre.

Esa imagen resume una cadena en la que los privilegiados están arriba, los indefensos están abajo y el poder decide quién puede prosperar, quién puede vender y hasta quién puede quedarse con la comida.

Esa es Cuba: una cadena de hambre y abusos.

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CUBA: A CHAIN OF HUNGER AND ABUSE

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

The street vendor is probably the most vulnerable victim of the food crisis created by the regime.

He does not import food, control foreign currency, or set prices. Often, his entire capital fits into just a few bags. He buys products from MSMEs that sell them wholesale, divides them into smaller quantities, and goes out into the streets to sell them. He thus occupies the final link in a chain that allows certain foods to eventually reach consumers.

He buys in order to sell, and sells in order to eat.

Then the police appear.

The video accompanying this article shows a scene Cubans know all too well. The police move against informal vendors, and one of the officers walks away carrying two bags of chicken in each hand. The people present react with clear indignation at the confiscation and protest what they are witnessing.

The scene does not show only the confiscation of food. It also shows the clash between a population that knows how valuable a bag of chicken has become and an authority using its power against the weakest link in the chain.

The image summarizes a much larger reality.

That chicken did not magically appear in the vendor's hands. Before reaching him, it traveled through a chain of imports and distribution. State companies, importers, MSMEs, wholesalers, and other intermediaries participate in that chain. The small vendor buys at the end of it, divides the merchandise into smaller quantities, and tries to make a profit by selling it to consumers.

Every intermediary needs a margin, and every transaction can increase the price. At the end of the chain is the Cuban family trying to buy food with a salary or pension whose purchasing power has been destroyed.

But this chain has another fundamental characteristic: not all Cubans have the same opportunities to participate in it.

THE PRIVILEGED ARE AT THE TOP

At the most profitable levels are those with access to capital, foreign currency, imports, permits, warehouses, and wholesale distribution. None of this operates independently of the regime. The state decides who may operate, import, expand a business, or remain in business.

In a dictatorship, economics and politics are not separate.

The privileged, those connected to the system, and those loyal to it can find opportunities that are not available under the same conditions to people who publicly oppose the regime.

The experience of Cuban dissidents is very different. Open dissent can cost them their jobs and close the doors to finding another one. Persecution can reach even a small private business: when a dissident finds employment, the police or State Security can pressure the owner to fire that person.

That is why it is misleading to speak of Cuba's private sector as though there were a market in which everyone could compete freely.

In Cuba, economic control is also an instrument of political control. Obedience is rewarded and dissent is punished.

And while those who are best positioned participate in the upper levels of the chain, the most vulnerable person remains at the bottom: the man or woman who buys a few packages to resell on a street corner.

THE WEAKEST ARE THE EASIEST TO PERSECUTE

The informal vendor controls none of the causes of the crisis.

He did not destroy Cuban agriculture. He did not cause the lack of production. He does not control imports or determine the value of the peso. Nor is he responsible for wages and pensions being insufficient to feed a family.

He is simply another Cuban trying to survive.

But it is much easier to persecute a man carrying bags of chicken than to confront the causes of hunger.

The police can detain him, confiscate his merchandise, and fine him.

And here another abuse, well known to the people, appears.

In a country where everyone suffers from scarcity, confiscated food has enormous value. Confiscations give police officers and inspectors the opportunity to keep products for their own consumption or to resell them.

The contradiction is brutal: the vendor who bought the chicken to earn a few pesos can return home without merchandise and without money, while the police officer walks away carrying the confiscated food.

PERSECUTING THE VENDOR DOES NOT PRODUCE FOOD

The regime can present these operations as a fight against illegal activity, speculation, and abusive prices.

But taking chicken away from a street vendor does not produce a single additional chicken.

It does not increase agricultural production.

It does not make imports cheaper.

It does not restore the purchasing power of wages.

It does not increase pensions.

It does not fill the markets.

It simply changes the hands controlling that food.

Cuba's food crisis is not merely a shortage of food. An economic and political chain has been built around scarcity. At the top are those with access, permits, capital, and protection. At the bottom are those who survive by reselling small quantities and an impoverished population trying to buy the essentials.

The street vendor did not create that chain.

The chain created him.

First, the system fails to produce enough food. Then it forces the country to depend on imports. The merchandise passes through successive intermediaries and reaches consumers at ever higher prices. Necessity creates the informal reseller and, finally, the regime sends the police after him.

Let us return to the image with which we began.

A vendor loses his merchandise.

A police officer walks away with two bags of chicken in each hand.

And the people continue to go hungry.

That image summarizes a chain in which the privileged are at the top, the defenseless are at the bottom, and those in power decide who can prosper, who can sell, and even who can keep the food.

That is Cuba: a chain of hunger and abuse.

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CUBA : UNE CHAÎNE DE FAIM ET D’ABUS

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Le vendeur de rue est probablement la victime la plus vulnérable de la crise alimentaire créée par le régime.

Il n'importe pas de denrées alimentaires, ne contrôle pas les devises et ne fixe pas les prix. Souvent, tout son capital tient dans quelques sacs. Il achète des produits auprès de MPME qui les commercialisent en gros, les divise en plus petites quantités et va les vendre dans la rue. Il constitue ainsi le dernier maillon d'une chaîne qui permet à certains aliments d'arriver finalement jusqu'au consommateur.

Il achète pour vendre et vend pour pouvoir manger.

Puis la police arrive.

La vidéo qui accompagne cet article montre une scène que les Cubains connaissent trop bien. La police intervient contre des vendeurs informels et l'un des agents repart avec deux sacs de poulet dans chaque main. Les personnes présentes réagissent avec une indignation évidente face à la confiscation et protestent contre ce qu'elles voient.

La scène ne montre pas seulement la confiscation de denrées alimentaires. Elle montre aussi le choc entre une population qui connaît la valeur qu'a aujourd'hui un sac de poulet et une autorité qui utilise son pouvoir contre le maillon le plus faible de la chaîne.

Cette image résume une réalité beaucoup plus vaste.

Ce poulet n'est pas apparu comme par magie entre les mains du vendeur. Auparavant, il a parcouru une chaîne d'importation et de distribution. Des entreprises d'État, des importateurs, des MPME, des grossistes et d'autres intermédiaires y participent. Le petit vendeur achète au bout de cette chaîne, fractionne la marchandise et essaie de réaliser un bénéfice en la vendant au consommateur.

Chaque intermédiaire doit obtenir sa marge et chaque opération peut augmenter le prix. Au bout de la chaîne se trouve la famille cubaine qui tente d'acheter de la nourriture avec un salaire ou une pension dont le pouvoir d'achat a été détruit.

Mais cette chaîne possède également une caractéristique fondamentale : tous les Cubains n'ont pas les mêmes possibilités d'y participer.

LES PRIVILÉGIÉS SONT EN HAUT

Aux niveaux les plus lucratifs se trouvent ceux qui ont accès au capital, aux devises, aux importations, aux autorisations, aux entrepôts et à la distribution en gros. Rien de tout cela ne fonctionne indépendamment du régime. L'État décide qui peut exercer une activité, importer, développer une entreprise ou continuer à fonctionner.

Dans une dictature, l'économie et la politique ne sont pas séparées.

Les privilégiés, ceux qui sont liés au système et ceux qui lui sont inconditionnellement fidèles peuvent accéder à des possibilités qui ne sont pas offertes dans les mêmes conditions à ceux qui s'opposent publiquement au régime.

L'expérience des opposants cubains est très différente. Manifester ouvertement son désaccord peut leur coûter leur emploi et leur fermer les portes d'un autre travail. La persécution peut même atteindre une petite entreprise privée : lorsqu'un opposant trouve un emploi, la police ou la Sécurité de l'État peut faire pression sur le propriétaire pour qu'il le licencie.

Il est donc trompeur de parler du secteur privé cubain comme s'il existait un marché où tous pourraient librement se faire concurrence.

À Cuba, le contrôle économique est également un instrument de contrôle politique. L'obéissance est récompensée et la dissidence est punie.

Et tandis que les mieux placés participent aux niveaux supérieurs de la chaîne, le plus vulnérable reste tout en bas : l'homme ou la femme qui achète quelques paquets pour les revendre au coin d'une rue.

LE PLUS FAIBLE EST LE PLUS FACILE À PERSÉCUTER

Le vendeur informel ne contrôle aucune des causes de la crise.

Il n'a pas détruit l'agriculture cubaine. Il n'est pas responsable de l'insuffisance de la production. Il ne contrôle pas les importations et ne détermine pas la valeur du peso. Il n'est pas non plus responsable du fait qu'un salaire ou une pension ne suffise plus à nourrir une famille.

C'est simplement un autre Cubain qui essaie de survivre.

Mais il est beaucoup plus facile de persécuter un homme portant quelques sacs de poulet que de s'attaquer aux causes de la faim.

La police peut l'arrêter, lui confisquer sa marchandise et lui infliger une amende.

Et c'est là qu'apparaît un autre abus bien connu de la population.

Dans un pays où tout le monde souffre de la pénurie, les aliments confisqués ont une valeur considérable. Les confiscations donnent aux policiers et aux inspecteurs la possibilité de garder des produits pour leur propre consommation ou de les revendre.

La contradiction est brutale : le vendeur qui a acheté le poulet pour gagner quelques pesos peut rentrer chez lui sans marchandise et sans argent, tandis que le policier repart avec les aliments confisqués.

PERSÉCUTER LE VENDEUR NE PRODUIT PAS DE NOURRITURE

Le régime peut présenter ces opérations comme une lutte contre les activités illégales, la spéculation et les prix abusifs.

Mais confisquer le poulet d'un vendeur de rue ne produit pas un seul poulet supplémentaire.

Cela n'augmente pas la production agricole.

Cela ne réduit pas le coût des importations.

Cela ne rétablit pas le pouvoir d'achat des salaires.

Cela n'augmente pas les pensions.

Cela ne remplit pas les marchés.

Cela ne fait que changer les mains qui contrôlent ces aliments.

La crise alimentaire cubaine ne se résume pas au manque de nourriture. Une chaîne économique et politique s'est construite autour de la pénurie. En haut se trouvent ceux qui disposent d'accès, d'autorisations, de capital et de protection. En bas se trouvent ceux qui survivent en revendant de petites quantités et une population appauvrie qui tente d'acheter le strict nécessaire.

Le vendeur de rue n'a pas créé cette chaîne.

C'est la chaîne qui l'a créé.

D'abord, le système échoue à produire suffisamment de nourriture. Ensuite, il contraint le pays à dépendre des importations. La marchandise passe par des intermédiaires successifs et arrive au consommateur à un prix toujours plus élevé. La nécessité crée le revendeur informel et, finalement, le régime envoie la police contre lui.

Revenons donc à l'image par laquelle nous avons commencé.

Un vendeur perd sa marchandise.

Un policier repart avec deux sacs de poulet dans chaque main.

Et le peuple continue d'avoir faim.

Cette image résume une chaîne dans laquelle les privilégiés sont en haut, les sans-défense sont en bas et le pouvoir décide qui peut prospérer, qui peut vendre et même qui peut garder la nourriture.

C'est cela, Cuba : une chaîne de faim et d'abus.

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CUBA: UNA CATENA DI FAME E ABUSI

Huber Matos Araluce. San José, Costa Rica

Il venditore ambulante è probabilmente la vittima più vulnerabile della crisi alimentare creata dal regime.

Non importa alimenti, non controlla la valuta estera e non stabilisce i prezzi. Spesso tutto il suo capitale entra in poche borse. Compra prodotti dalle MPMI che li commercializzano all'ingrosso, li divide in quantità più piccole e va a venderli per strada. Occupa così l'ultimo anello di una catena che permette a determinati alimenti di arrivare finalmente al consumatore.

Compra per vendere e vende per poter mangiare.

Poi arriva la polizia.

Il video che accompagna questo articolo mostra una scena che i cubani conoscono fin troppo bene. La polizia interviene contro i venditori informali e uno degli agenti si allontana portando due borse di pollo in ciascuna mano. Le persone presenti reagiscono con evidente indignazione davanti alla confisca e protestano per ciò che stanno vedendo.

La scena non mostra soltanto la confisca di alcuni alimenti. Mostra anche lo scontro tra una popolazione che conosce il valore che oggi ha una borsa di pollo e un'autorità che usa il proprio potere contro l'anello più debole della catena.

L'immagine riassume una realtà molto più ampia.

Quel pollo non è apparso per magia nelle mani del venditore. Prima di arrivare a lui ha percorso una catena di importazione e distribuzione. Vi partecipano imprese statali, importatori, MPMI, grossisti e altri intermediari. Il piccolo venditore compra alla fine di questa catena, suddivide la merce e cerca di ottenere un guadagno vendendola al consumatore.

Ogni intermediario deve ottenere il proprio margine e ogni operazione può aumentare il prezzo. Alla fine della catena c'è la famiglia cubana che cerca di comprare cibo con uno stipendio o una pensione il cui potere d'acquisto è stato distrutto.

Ma questa catena presenta anche una caratteristica fondamentale: non tutti i cubani hanno le stesse opportunità di parteciparvi.

I PRIVILEGIATI SONO IN ALTO

Ai livelli più redditizi si trovano coloro che hanno accesso al capitale, alla valuta estera, alle importazioni, ai permessi, ai magazzini e alla distribuzione all'ingrosso. Nulla di tutto questo funziona indipendentemente dal regime. Lo Stato decide chi può operare, importare, ampliare un'attività o continuare a lavorare.

In una dittatura, economia e politica non sono separate.

I privilegiati, coloro che sono legati al sistema e gli incondizionati possono trovare opportunità che non sono disponibili alle stesse condizioni per chi si oppone pubblicamente al regime.

L'esperienza degli oppositori cubani è molto diversa. Esprimere apertamente il proprio dissenso può costare loro il lavoro e chiudere le porte alla possibilità di trovarne un altro. La persecuzione può arrivare persino a una piccola impresa privata: quando un oppositore trova lavoro, la polizia o la Sicurezza dello Stato può fare pressione sul proprietario affinché lo licenzi.

Per questo è ingannevole parlare del settore privato cubano come se esistesse un mercato nel quale tutti potessero competere liberamente.

A Cuba, il controllo economico è anche uno strumento di controllo politico. L'obbedienza viene premiata e il dissenso viene punito.

E mentre coloro che si trovano nelle posizioni migliori partecipano ai livelli superiori della catena, in basso rimane il più vulnerabile: l'uomo o la donna che compra alcuni pacchi per rivenderli all'angolo di una strada.

IL PIÙ DEBOLE È IL PIÙ FACILE DA PERSEGUITARE

Il venditore informale non controlla nessuna delle cause della crisi.

Non ha distrutto l'agricoltura cubana. Non ha provocato la mancanza di produzione. Non controlla le importazioni né determina il valore del peso. Non è neppure responsabile del fatto che uno stipendio o una pensione siano insufficienti per nutrire una famiglia.

È semplicemente un altro cubano che cerca di sopravvivere.

Ma è molto più facile perseguitare un uomo con alcune borse di pollo che affrontare le cause della fame.

La polizia può fermarlo, confiscargli la merce e multarlo.

E qui compare un altro abuso ben noto alla popolazione.

In un paese dove tutti soffrono per la scarsità, gli alimenti confiscati hanno un valore enorme. Le confische offrono a poliziotti e ispettori l'opportunità di tenere i prodotti per il proprio consumo o di rivenderli.

La contraddizione è brutale: il venditore che ha comprato il pollo per guadagnare qualche peso può tornare a casa senza merce e senza denaro, mentre il poliziotto se ne va portando con sé gli alimenti confiscati.

PERSEGUITARE IL VENDITORE NON PRODUCE CIBO

Il regime può presentare queste operazioni come una lotta contro le illegalità, la speculazione e i prezzi abusivi.

Ma togliere il pollo a un venditore ambulante non produce un solo pollo in più.

Non aumenta la produzione agricola.

Non riduce il costo delle importazioni.

Non recupera il potere d'acquisto degli stipendi.

Non aumenta le pensioni.

Non riempie i mercati.

Cambia semplicemente le mani che controllano quegli alimenti.

La crisi alimentare cubana non consiste soltanto nella mancanza di cibo. Intorno alla scarsità si è costruita una catena economica e politica. In alto si trovano coloro che dispongono di accesso, permessi, capitale e protezione. In basso ci sono quelli che sopravvivono rivendendo piccole quantità e una popolazione impoverita che cerca di acquistare l'indispensabile.

Il venditore ambulante non ha creato questa catena.

È stata la catena a creare lui.

Prima il sistema fallisce nel produrre alimenti sufficienti. Poi costringe il paese a dipendere dalle importazioni. La merce passa attraverso intermediari successivi e arriva al consumatore a prezzi sempre più elevati. La necessità crea il rivenditore informale e, infine, il regime manda la polizia contro di lui.

Torniamo allora all'immagine con cui abbiamo iniziato.

Un venditore perde la sua merce.

Un poliziotto se ne va con due borse di pollo in ciascuna mano.

E il popolo continua a soffrire la fame.

Quell'immagine riassume una catena nella quale i privilegiati sono in alto, gli indifesi sono in basso e il potere decide chi può prosperare, chi può vendere e persino chi può tenersi il cibo.

Questa è Cuba: una catena di fame e abusi.

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