lunes, 10 de agosto de 2026

LA DICTADURA SE QUEDÓ SIN ELECTRICIDAD MUCHO ANTES DE QUEDARSE SIN EXCUSAS


Por Huber Matos Araluce.  San José, Costa Rica

 

Durante años, el régimen castrista ha presentado el embargo estadounidense como explicación fundamental del deterioro del Sistema Electroenergético Nacional. Cada apagón, avería o colapso termina atribuyéndose a Washington.

 

Pero esa explicación ignora una parte esencial de la historia.

 

El embargo nunca impidió al régimen comerciar con Canadá, España, Francia, Italia, Alemania, Japón, Reino Unido y otras democracias industriales. Durante décadas recibió además enormes recursos de la Unión Soviética y posteriormente de la Venezuela chavista.

 

Si tuvo acceso a comercio, créditos, subsidios y recursos externos, ¿cómo permitió que la infraestructura eléctrica llegara al deterioro actual?

 

Un episodio ayuda a responderlo.

 

En 2015 Rusia acordó financiar un proyecto de aproximadamente 1.200 millones de euros para construir cuatro nuevas unidades termoeléctricas de 200 megavatios cada una. Moscú aportaría el 90% y el régimen debía proporcionar solamente el 10%.

 

Rusia estaba dispuesta a financiar unos 1.080 millones de euros. La dictadura debía aportar aproximadamente 120 millones.

 

No pudo hacerlo.

 

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, entonces viceministra de Energía y Minas, reconoció públicamente que Cuba no pudo acceder al crédito ruso porque no consiguió aportar previamente ese 10%.

 

No fue un banco estadounidense negando financiamiento por el embargo. Era Rusia, uno de los principales aliados políticos de la dictadura, ofreciendo tecnología y nueve de cada diez euros necesarios para comenzar a renovar la generación eléctrica.

 

La pregunta es inevitable: ¿por qué no aparecieron los 120 millones?

 

Resulta más difícil explicarlo recordando que durante años Venezuela suministró petróleo en condiciones privilegiadas y los acuerdos de cooperación proporcionaron importantes ingresos al Gobierno cubano.

 

Las termoeléctricas no envejecieron repentinamente. Su deterioro era previsible. Necesitaban mantenimiento, modernización y finalmente sustitución. El régimen lo sabía. Rusia también.

 

Durante aquellos años, además, GAESA controlaba importantes sectores generadores de divisas, particularmente turismo y operaciones comerciales y financieras. En 2025 documentos internos divulgados por la prensa revelaron activos por alrededor de 18.000 millones de dólares. Esa cifra posterior no demuestra que esos recursos estuvieran disponibles en 2015, pero hace aún más pertinente preguntar cómo fue imposible movilizar 120 millones de euros para obtener otros 1.080 millones destinados a infraestructura vital.

 

Mientras tanto, sí aparecieron recursos para continuar construyendo hoteles.

 

El régimen decidió cuánto invertir en turismo, cuánto en electricidad y cómo administrar los recursos procedentes de Venezuela. Ninguna de esas decisiones fue tomada en Washington.

 

Existe además otro hecho significativo: Cuba produce alrededor de 40.000 barriles diarios de petróleo, principalmente crudo pesado utilizado en las termoeléctricas. No cubre todas sus necesidades energéticas, pero demuestra que el problema de las grandes plantas no puede reducirse a falta de combustible importado.

 

Una caldera deteriorada, una turbina averiada o un generador fuera de servicio no se reparan simplemente teniendo petróleo. Precisamente porque el crudo cubano es pesado y exige mucho a equipos envejecidos, modernizar las centrales era indispensable.

 

Ahora Rusia vuelve a señalar el problema. Según Diario de Cuba, el analista energético ruso Igor Yushkov afirmó que su país tiene capacidad técnica para modernizar el sistema cubano, pero resumió el obstáculo brutalmente: “Cuba es insolvente. Que encuentren algo con qué pagarnos.”

 

Ahí está el círculo peligroso: el deterioro produce insolvencia; la insolvencia dificulta nuevas inversiones; y la falta de inversión acelera el deterioro.

 

Estados Unidos no administró las termoeléctricas, los recursos venezolanos ni GAESA. Tampoco decidió construir hoteles mientras envejecía la infraestructura eléctrica ni impidió que Rusia financiara el 90% de cuatro nuevas unidades.

 

Esas decisiones fueron responsabilidad del régimen.

 

Hoy los cubanos pagan las consecuencias con apagones, alimentos perdidos, dificultades para bombear agua, industrias paralizadas y una economía cada vez menos capaz de financiar su recuperación.

 

Rusia vio venir el problema y ofreció financiar gran parte de la solución. El régimen no consiguió —o no priorizó— los recursos necesarios.

 

La pregunta sigue siendo la misma:

 

¿Qué hicieron con el dinero?

 

La dictadura se quedó sin electricidad mucho antes de quedarse sin excusas.

 


THE DICTATORSHIP RAN OUT OF ELECTRICITY LONG BEFORE IT RAN OUT OF EXCUSES

By Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

For years, the Castro regime has presented the U.S. embargo as the fundamental explanation for the deterioration of Cuba’s National Electric Power System. Every blackout, breakdown, or collapse ultimately gets blamed on Washington.

But that explanation ignores an essential part of the story.

The embargo never prevented the regime from trading with Canada, Spain, France, Italy, Germany, Japan, the United Kingdom, and other industrial democracies. For decades, it also received enormous resources from the Soviet Union and, later, from Chavista Venezuela.

If it had access to trade, credit, subsidies, and foreign resources, how did it allow the electrical infrastructure to deteriorate to its current condition?

One episode helps answer that question.

In 2015, Russia agreed to finance a project worth approximately €1.2 billion to build four new 200-megawatt thermal power units. Moscow would provide 90% of the financing, while the regime was required to contribute only 10%.

Russia was prepared to finance approximately €1.08 billion. The dictatorship had to provide roughly €120 million.

It could not do so.

In 2022, Tatiana Amarán Bogachova, then Cuba’s Deputy Minister of Energy and Mines, publicly acknowledged that Cuba had been unable to access the Russian credit because it had failed to provide the required 10% contribution in advance.

This was not an American bank denying financing because of the embargo. It was Russia, one of the dictatorship’s principal political allies, offering technology and nine out of every ten euros needed to begin modernizing Cuba’s electricity generation system.

The question is unavoidable: Why couldn’t the regime come up with the €120 million?

The situation becomes even harder to explain when we remember that, for years, Venezuela supplied oil under preferential terms, while cooperation agreements provided substantial revenues to the Cuban government.

Cuba’s thermal power plants did not suddenly become old. Their deterioration was foreseeable. They required maintenance, modernization, and eventually replacement. The regime knew this. Russia knew it as well.

During those same years, GAESA controlled major foreign-currency-generating sectors, particularly tourism and commercial and financial operations. In 2025, internal documents disclosed by the press revealed assets of approximately $18 billion. That later figure does not prove that those resources were available in 2015, but it makes the question even more relevant: How was the regime unable to mobilize €120 million in order to obtain another €1.08 billion for vital infrastructure?

Meanwhile, resources were available to continue building hotels.

The regime decided how much to invest in tourism, how much to invest in electricity, and how to manage the resources received from Venezuela. None of those decisions were made in Washington.

There is another significant fact: Cuba produces approximately 40,000 barrels of oil per day, primarily heavy crude used in its thermal power plants. This does not cover all of the country’s energy needs, but it demonstrates that the problems affecting the large generating plants cannot simply be reduced to a shortage of imported fuel.

Having oil does not repair a deteriorated boiler, a damaged turbine, or an out-of-service generator. Precisely because Cuban crude is heavy and places greater demands on aging equipment, modernizing the power plants was indispensable.

Now Russia is once again pointing to the problem. According to Diario de Cuba, Russian energy analyst Igor Yushkov said that his country has the technical capacity to modernize Cuba’s electrical system, but summarized the obstacle bluntly: “Cuba is insolvent. Let them find something to pay us with.”

Therein lies the dangerous cycle: deterioration produces insolvency; insolvency makes new investment more difficult; and the lack of investment accelerates deterioration.

The United States did not manage Cuba’s thermal power plants, Venezuela’s resources, or GAESA. Nor did it decide to build hotels while the electrical infrastructure deteriorated, and it did not prevent Russia from offering to finance 90% of four new generating units.

Those decisions were the regime’s responsibility.

Today, the Cuban people are paying the consequences through blackouts, spoiled food, difficulties pumping water, paralyzed industries, and an economy increasingly incapable of financing its own recovery.

Russia saw the problem coming and offered to finance most of the solution. The regime either could not—or did not make it a priority—to provide the necessary resources.

The question remains the same:

What did they do with the money?

The dictatorship ran out of electricity long before it ran out of excuses.

 


 

LA DICTATURE S’EST RETROUVÉE SANS ÉLECTRICITÉ BIEN AVANT DE SE RETROUVER SANS EXCUSES

Par Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Pendant des années, le régime castriste a présenté l’embargo américain comme l’explication fondamentale de la détérioration du Système électrique national cubain. Chaque panne de courant, chaque avarie ou chaque effondrement du système finit par être attribué à Washington.

Mais cette explication ignore une partie essentielle de l’histoire.

L’embargo n’a jamais empêché le régime de commercer avec le Canada, l’Espagne, la France, l’Italie, l’Allemagne, le Japon, le Royaume-Uni et d’autres démocraties industrielles. Pendant des décennies, il a également reçu d’énormes ressources de l’Union soviétique puis, plus tard, du Venezuela chaviste.

S’il avait accès au commerce, au crédit, aux subventions et aux ressources étrangères, comment a-t-il pu laisser les infrastructures électriques se détériorer jusqu’à leur état actuel ?

Un épisode permet de répondre en partie à cette question.

En 2015, la Russie a accepté de financer un projet d’environ 1,2 milliard d’euros destiné à construire quatre nouvelles unités thermoélectriques de 200 mégawatts chacune. Moscou devait assurer 90 % du financement, tandis que le régime ne devait apporter que 10 %.

La Russie était prête à financer environ 1,08 milliard d’euros. La dictature devait fournir approximativement 120 millions d’euros.

Elle n’a pas pu le faire.

En 2022, Tatiana Amarán Bogachova, alors vice-ministre cubaine de l’Énergie et des Mines, a reconnu publiquement que Cuba n’avait pas pu accéder au crédit russe parce qu’elle n’avait pas réussi à fournir au préalable les 10 % exigés.

Il ne s’agissait pas d’une banque américaine refusant un financement à cause de l’embargo. Il s’agissait de la Russie, l’un des principaux alliés politiques de la dictature, qui proposait la technologie et neuf euros sur dix nécessaires pour commencer à moderniser le système de production électrique cubain.

La question est inévitable : pourquoi le régime n’a-t-il pas réussi à trouver les 120 millions d’euros ?

La situation devient encore plus difficile à expliquer lorsqu’on se souvient que, pendant des années, le Venezuela a fourni du pétrole à des conditions préférentielles, tandis que les accords de coopération procuraient d’importantes recettes au gouvernement cubain.

Les centrales thermoélectriques cubaines ne sont pas devenues vieilles du jour au lendemain. Leur détérioration était prévisible. Elles nécessitaient de l’entretien, une modernisation et, finalement, leur remplacement. Le régime le savait. La Russie le savait également.

Au cours de ces mêmes années, GAESA contrôlait d’importants secteurs générateurs de devises, notamment le tourisme ainsi que des opérations commerciales et financières. En 2025, des documents internes révélés par la presse ont fait état d’actifs d’environ 18 milliards de dollars. Ce chiffre ultérieur ne prouve pas que ces ressources étaient disponibles en 2015, mais il rend la question encore plus pertinente : comment le régime a-t-il pu être incapable de mobiliser 120 millions d’euros afin d’obtenir 1,08 milliard supplémentaire destiné à une infrastructure vitale ?

Pendant ce temps, des ressources étaient disponibles pour continuer à construire des hôtels.

Le régime a décidé combien investir dans le tourisme, combien investir dans l’électricité et comment administrer les ressources reçues du Venezuela. Aucune de ces décisions n’a été prise à Washington.

Il existe un autre fait significatif : Cuba produit environ 40 000 barils de pétrole par jour, principalement un brut lourd utilisé dans ses centrales thermoélectriques. Cela ne couvre pas tous les besoins énergétiques du pays, mais démontre que les problèmes affectant les grandes centrales ne peuvent pas être simplement réduits à un manque de combustible importé.

Disposer de pétrole ne répare pas une chaudière détériorée, une turbine endommagée ou un générateur hors service. Précisément parce que le brut cubain est lourd et impose davantage de contraintes à des équipements vieillissants, la modernisation des centrales était indispensable.

Aujourd’hui, la Russie souligne à nouveau le problème. Selon Diario de Cuba, l’analyste énergétique russe Igor Yushkov a déclaré que son pays possède les capacités techniques nécessaires pour moderniser le système électrique cubain, mais il a résumé brutalement l’obstacle : « Cuba est insolvable. Qu’ils trouvent quelque chose avec quoi nous payer. »

C’est là que se trouve le cercle dangereux : la détérioration engendre l’insolvabilité ; l’insolvabilité rend les nouveaux investissements plus difficiles ; et l’absence d’investissement accélère la détérioration.

Les États-Unis n’ont administré ni les centrales thermoélectriques cubaines, ni les ressources provenant du Venezuela, ni GAESA. Ils n’ont pas non plus décidé de construire des hôtels pendant que les infrastructures électriques se détérioraient, et ils n’ont pas empêché la Russie de proposer de financer 90 % de quatre nouvelles unités de production.

Ces décisions relevaient de la responsabilité du régime.

Aujourd’hui, le peuple cubain en paie les conséquences : coupures de courant, aliments perdus, difficultés à pomper l’eau, industries paralysées et une économie de moins en moins capable de financer sa propre reconstruction.

La Russie avait vu venir le problème et avait proposé de financer l’essentiel de la solution. Le régime n’a pas pu — ou n’a pas jugé prioritaire — de fournir les ressources nécessaires.

La question reste la même :

Qu’ont-ils fait de l’argent ?

La dictature s’est retrouvée sans électricité bien avant de se retrouver sans excuses.

 


 

LA DITTATURA È RIMASTA SENZA ELETTRICITÀ MOLTO PRIMA DI RIMANERE SENZA SCUSE

Di Huber Matos Araluce
San José, Costa Rica

Per anni, il regime castrista ha presentato l’embargo statunitense come la spiegazione fondamentale del deterioramento del Sistema Elettrico Nazionale cubano. Ogni blackout, ogni guasto o collasso del sistema finisce per essere attribuito a Washington.

Ma questa spiegazione ignora una parte essenziale della storia.

L’embargo non ha mai impedito al regime di commerciare con Canada, Spagna, Francia, Italia, Germania, Giappone, Regno Unito e altre democrazie industrializzate. Per decenni ha inoltre ricevuto enormi risorse dall’Unione Sovietica e, successivamente, dal Venezuela chavista.

Se aveva accesso al commercio, al credito, ai sussidi e alle risorse provenienti dall’estero, come ha potuto permettere che l’infrastruttura elettrica si deteriorasse fino alle condizioni attuali?

Un episodio aiuta a rispondere a questa domanda.

Nel 2015, la Russia accettò di finanziare un progetto del valore di circa 1,2 miliardi di euro per costruire quattro nuove unità termoelettriche da 200 megawatt ciascuna. Mosca avrebbe fornito il 90% del finanziamento, mentre il regime avrebbe dovuto contribuire soltanto con il 10%.

La Russia era pronta a finanziare circa 1,08 miliardi di euro. La dittatura doveva fornire approssimativamente 120 milioni di euro.

Non riuscì a farlo.

Nel 2022, Tatiana Amarán Bogachova, allora viceministra cubana dell’Energia e delle Miniere, riconobbe pubblicamente che Cuba non aveva potuto accedere al credito russo perché non era riuscita a fornire anticipatamente il 10% richiesto.

Non si trattava di una banca statunitense che negava un finanziamento a causa dell’embargo. Era la Russia, uno dei principali alleati politici della dittatura, a offrire tecnologia e nove euro su dieci necessari per iniziare a modernizzare il sistema di produzione elettrica cubano.

La domanda è inevitabile: perché il regime non riuscì a trovare i 120 milioni di euro?

La situazione diventa ancora più difficile da spiegare ricordando che, per anni, il Venezuela fornì petrolio a condizioni preferenziali, mentre gli accordi di cooperazione garantivano importanti entrate al governo cubano.

Le centrali termoelettriche cubane non sono invecchiate improvvisamente. Il loro deterioramento era prevedibile. Avevano bisogno di manutenzione, modernizzazione e, alla fine, sostituzione. Il regime lo sapeva. Anche la Russia lo sapeva.

Negli stessi anni, inoltre, GAESA controllava importanti settori generatori di valuta estera, in particolare il turismo e numerose operazioni commerciali e finanziarie. Nel 2025, documenti interni resi pubblici dalla stampa hanno rivelato attività per circa 18 miliardi di dollari. Questa cifra successiva non dimostra che tali risorse fossero disponibili nel 2015, ma rende la domanda ancora più pertinente: com’è possibile che il regime non sia riuscito a mobilitare 120 milioni di euro per ottenere altri 1,08 miliardi destinati a un’infrastruttura vitale?

Nel frattempo, le risorse per continuare a costruire alberghi c’erano.

Il regime decise quanto investire nel turismo, quanto nell’elettricità e come amministrare le risorse ricevute dal Venezuela. Nessuna di queste decisioni fu presa a Washington.

C’è inoltre un altro fatto significativo: Cuba produce circa 40.000 barili di petrolio al giorno, principalmente greggio pesante utilizzato nelle sue centrali termoelettriche. Questo non copre tutte le necessità energetiche del Paese, ma dimostra che i problemi delle grandi centrali non possono essere semplicemente attribuiti alla mancanza di combustibile importato.

Avere petrolio non ripara una caldaia deteriorata, una turbina danneggiata o un generatore fuori servizio. Proprio perché il greggio cubano è pesante e sottopone le apparecchiature obsolete a maggiori sollecitazioni, modernizzare le centrali era indispensabile.

Ora la Russia torna a indicare il problema. Secondo Diario de Cuba, l’analista energetico russo Igor Yushkov ha affermato che il suo Paese possiede la capacità tecnica per modernizzare il sistema elettrico cubano, ma ha riassunto brutalmente l’ostacolo: «Cuba è insolvente. Che trovino qualcosa con cui pagarci.»

Qui si manifesta il circolo pericoloso: il deterioramento produce insolvenza; l’insolvenza rende più difficili i nuovi investimenti; e la mancanza di investimenti accelera il deterioramento.

Gli Stati Uniti non hanno amministrato le centrali termoelettriche cubane, le risorse provenienti dal Venezuela o GAESA. Non hanno neppure deciso di costruire alberghi mentre l’infrastruttura elettrica si deteriorava, né hanno impedito alla Russia di offrire il finanziamento del 90% di quattro nuove unità di generazione.

Quelle decisioni erano responsabilità del regime.

Oggi è il popolo cubano a pagarne le conseguenze: blackout, alimenti che vanno perduti, difficoltà nel pompare l’acqua, industrie paralizzate e un’economia sempre meno capace di finanziare la propria ripresa.

La Russia aveva previsto il problema e aveva offerto di finanziare gran parte della soluzione. Il regime non riuscì — o non considerò prioritario — fornire le risorse necessarie.

La domanda rimane la stessa:


Che cosa hanno fatto con il denaro?

La dittatura è rimasta senza elettricità molto prima di rimanere senza scuse.

 

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