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UCRANIA NECESITA 60 LANZADORES DE COHETES Y LE MANDAN CUATRO

 

                                                             M142 HIMARS

Cuando Estados Unidos envió  a Ucrania piezas de artillería tipo howitzer* para contrarrestar las rusas las noticias nos hicieron creer que con estas armas la artillería rusa quedaría neutralizada.  No fue así.  Los avances de las tropas rusas en el Donbas se deben, en mayor parte, a que someten a las ciudades a un bombardeo destructivo y al ejercito ucraniano a un barraje de artillería devastador.  Los howitzers enviados a Ucrania por Estados Unidos no alcanzan a destruir la artillería rusa.

 

                                                                  Howitzer

 

Ante esta situación y en su afán de no perder posiciones claves los soldados ucranianos oponen una heroica resistencia personal que ocasiona diariamente la muerte de 100 soldados ucranianos y varios cientos de heridos.  Esta situación debía haber sido prevista por los expertos militares de la OTAN, en especial por los de Estados Unidos.

 

Desde hace meses  Ucrania pide los lanzadores móviles de cohetes conocidos como M142 HIMARS.  Ucrania necesita 60 y ahora Estados Unidos le está mandando cuatro.  El Reino Unido va a enviar algunos pero no sabemos cuantos.

 

No es la más moderna ni la última arma de los americanos.  Los M142 HIMARS fueron fabricados por  Lockheed Martin a finales de los 70, hace más de 50 años.  De estos lanzacohetes, montados en un camión, el ejército de los Estados Unidos tiene 850 unidades.  También los tiene Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido, entre otros miembros de la OTAN. Con cohetes más modernos estas plataformas son mucho más efectivas ¿Los enviarán?

 

Oleksiy Arestovych, asesor del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, dijo al diario The Guardian que 60 lanzadores detendrían a las fuerzas rusas "muertas en seco". Cuarenta los ralentizarían con fuertes bajas, dijo, mientras que 20 aumentarían las bajas rusas pero dejarían el resultado del campo de batalla poco cambiado.  Vladimir Putin ha dicho que estos lanzacohetes no cambiara la guerra. Por lo visto si son pocos los que se envien en eso coincide con Ucrania.

 

Estados Unidos ha apoyado a Ucrania en esta guerra con un volumen de recursos impresionante y merece reconocimiento. Sin embargo, da la impresión que el armamento que se envía siempre va con atraso y mucho después de que Ucrania lo ha pedido con urgencia. Si en la ofensiva rusa en Donbas los ejércitos rusos no hubieran podido avanzar, la derrota de Putin estaría a la vista y el fin de la guerra también. 

 

 *lanzan sus proyectiles en una trayectoria parabólica, parecido a un mortero.

Huber Matos Araluce

Junio 7 de 2022

San José, Costa Rica

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LA GUERRA FRÍA II O LA TERCERA GUERRA MUNDIAL




No es extraño que en política el hecho imprevisto sea a veces más determinante que la acción preconcebida. Es el elemento sorpresivo, que al no estar incluido como factor de equilibrio, inclina la balanza provocando crisis en un andamiaje aparentemente estable.

No fue este el caso de la invasión y anexión de Crimea por parte de Rusia a finales de febrero de 2014. En una campaña militar con un mínimo de violencia el ejército ruso tomó el control de los 27,000 kilómetros cuadrados y dos millones y medio de habitantes que eran parte de Ucrania.

El suceso, que en otros tiempos habría provocado una guerra, solo fue una sorpresa desagradable entre los dirigentes del mundo globalizado. Ante el hecho consumado no había nada que hacer.  

El mundo no estaba preparado para que un miembro del equipo de dirección diera un zarpazo por sorpresa.

La invasión quizás revivió en silencio el fantasma de agresiones que, por no haberse frenado a tiempo, abrieron el camino a catástrofes en las que en el pasado perecieron millones de seres humanos. 

¡Pero no todo el mundo cree en fantasmas!

Un caso imprevisto

La anexión de Crimea y otros hechos atribuibles directa o indirectamente a Vladimir Putin son consecuencias de un fenómeno imprevisto: la pérdida del poder a finales de este febrero de Viktor Yanukovych, el presidente ucraniano.

La huída de Yanukovych no fue parte de las especulaciones de los analistas políticos y mucho menos de los cálculos de Putin. Él era el hombre del Kremlin en Ucrania, un dirigente firmemente establecido en la política de su país.

Su huída dejó a Vladimir Putin sin el aliado clave en su plan de mantener a Ucrania gravitando hacia Rusia en lugar de moverse hacia la Unión Europea.

La caída de Yanukovych fue el resultado de su reacción radical e innecesaria contra las demostraciones populares a favor de que se insistiera en que el país formara parte de la Unión Europea.

Después de semanas de protestas populares, el 17 de enero de 2014 Yanukovych firmó una serie de medidas prohibiendo prácticamente todas las formas de manifestaciones contra el gobierno ucraniano.

Estas medidas, sumadas a una represión violenta contra los manifestantes -que incluyeron francotiradores oficiales-  polarizaron a la población de tal manera que el tema de la Unión Europea pasó a un segundo plano.  

Putin, seguramente debe haberse sentido tranquilo de que su socio en Kiev estaba finalmente imponiendo el orden en Ucrania.

Yanukovych  no sabía que acababa de firmar  su sentencia al convertir a su propia persona en el motivo de ira de la población.

Ucrania a las buenas o a las malas

La huίda de Yanukovych desató en Vladimir Putin una serie de actos irreflexivos cuyas consecuencias estremecerían al mundo y dañarían su imagen para siempre.

Putin tomó la huída de su socio en Kiev como un desafío personal. Instintivamente, dejó de jugar el ajedrez para entrar en el campo del chantaje y la violencia, que le ha dado magníficos resultados en Rusia.

Invadió Crimea, y aunque no provocó en Occidente ni el toque de un tambor, la acción fue una bofetada a todos los que lo habían tratado como un socio del club de gobernantes civilizados.

No hubo una reacción mayor porque primaron los intereses económicos de las empresas occidentales y las preocupaciones de los políticos por las economías de sus países. 

Ante esta reacción limitada Putin cometió el segundo error.

Organizó un ejército de separatistas en Ucrania, le blindó su territorio con una sofisticada defensa antiaérea y alimentó una guerra que, según él, desangraría a Ucrania.

En otra palabras, Ucrania por las buenas o Ucrania por las malas. Una muestra de su agresividad personal, de sus ambiciones y del poco respeto que le merecía Occidente.

Putin fuera de la realidad

A fin de cuentas, los dirigentes de Occidente lo habían tratado siempre como el líder que conduciría a Rusia hacia la convergencia con la economía capitalista.

Por estas razones, y gracias la buena voluntad y a la falta de experiencia de la mayoría de ellos, Putin había sido siempre tratado de igual a igual. 

A los políticos del campo democrático no les había preocupado mucho su pasado, ni que durante su gobierno se asesinaran periodistas, se acosaran y encarcelaran opositores y que algunas personas perdieran sus empresas y hasta sus vidas en forma misteriosa.

Lo que importaba es que gracias a su mano de hierro y principalmente a la bonanza de los precios del petróleo, Putin había puesto orden en Rusia. Los capitalistas invirtieron en Rusia y le prestaron miles de millones de dólares. 

En Rusia había un mercado por explotar y fabulosas ganancias por administrar. 

Después de todo, siempre se podía acudir al cómodo argumento de que los negocios y el desarrollo conducen irremediablemente a la democracia. ¡Si no es así que importa!  Ya las ganancias se habrían repartido.

El resultado ha sido todo lo contrario a lo que esperaban nuestros dirigentes. Putin llevó a Rusia paso a paso por el camino de la autocracia y el despotismo, demostrando que era tan depredador como lo fueron los antiguos jerarcas del Kremlin.

Despertó Occidente

Entonces sucedió otro hecho imprevisible: con uno de los cohetes rusos encargados de proteger a su ejército separatista en el este de Ucrania se derribó un avión de pasajeros.
  
Las 298 víctimas del avión de Air Malaysa cambiaron la permisibilidad de la que había gozado Putin hasta ese momento.

Occidente fue finalmente alertado de que sus dirigentes estaban tratando con guantes de seda a un hombre despiadado que había confundido la prudencia de las democracias con su debilidad.

Las reacciones, aunque tardías, están a la vista.

Nuevas sanciones dirigidas a frenar el crecimiento económico ruso a largo plazo y a castigar a empresas y aliados de Putin se pusieron en vigor.

El gobierno estadounidense ha denunciado la violación por parte de Rusia del tratado sobre el desarrollo de misiles cruceros firmado entre Reagan y Gorbachov en 1987.

Los Estados Unidos ha suspendido la cooperación recientemente acordada por medio de la cual científicos de ambos países podrían visitar los lugares de desarrollo avanzado:  los científicos rusos visitarían 137 sitios de investigación del complejo nuclear de los Estados Unidos,  como  los centros de diseño de armas  atómicas de Los Álamos, Alburquerque y Livermore, y tendrían acceso al poderoso láser de cinco mil millones de dólares en Livermore, en el que se crean explosiones de bombas de hidrogeno en miniatura.

Rusia ha sido advertida de que una invasión de sus tropas a Ucrania acarrea un costo considerable con nuevas penalidades.

El nuevo error de descartar a Rusia y a Putin

Aunque ahora se quiera disminuir el peso de Rusia en el mundo, Putin está al mando de un considerable poder. Ha demostrado que puede sostener a un dictador tan despreciado como Bashir al Assad en Siria, y también puede sembrar o ayudar a sembrar el caos en el mundo.

Putin tiene el control de un país que es el segundo productor de gas natural del planeta y el tercero de petróleo. Sus misiles de largo alcance y sus bombarderos nucleares tienen la capacidad de crear una verdadera catástrofe en cualquier parte.

Aun peor, nadie ha tenido en Rusia, ni incluso en los tiempos de la URSS, una concentración de poder personal y de poder militar y económico de la magnitud que la que tiene Vladimir Putin.

Sus errores solo pueden atribuirse a su carácter, a su formación, a sus ambiciones y a la ceguera con que el poder engaña a los hombres sin cultura, sin visión y sin grandeza.

Si de vez en cuando hemos visto una película en que un militar ruso fanático lleva al mundo al borde de un holocausto nuclear, ahora tenemos en Putin el candidato a un papel estelar.

Odia a Occidente visceralmente, y después de su fracaso en Ucrania, si es que por fin no se decide a invadir, lo odiará más. Habrá quedado como un traidor ante los separatistas, y como un flojo antes los hombres de línea dura en el Kremlin.

Si Occidente con sus medidas provoca una recesión en Rusia y si lo aísla indefinidamente del escenario político que necesita, su ego herido y sus complejos de origen lo convertirán en un hombre aun más peligroso.

Que sus acciones lo hayan hecho muy popular en Rusia no nos debe sorprender. La popularidad de los conquistadores es cosa común en la historia, y solo se mantiene con más invasiones victoriosas y con un nivel de vida que difícilmente Rusia puede sostener sin un aumento de las inversiones y los negocios con Occidente.

Vladimir Putin ha perdido legitimidad y prestigio en un mundo que le abrió las puertas. Puede ser que trate de recuperar el terreno perdido, porque el error ha sido muy grande y las consecuencias económicas y políticas pueden llegar a ser muy serias.

Quizá ha comenzado la Guerra Fría II, o tal vez estemos en los preludios de la III Guerra Mundial. Una Rusia tiranizada y una China antidemocrática pueden ser fuentes de negocios y enriquecimiento, pero no son garantías de la paz mundial a largo plazo. 

Siempre puede aparecer un imprevisto.

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica
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Putin y el paso en falso en Ucrania



Los dirigentes de Occidente consideraban a Vladimir Putin como el líder que conduciría a Rusia hacia la convergencia con la economía capitalista y el sistema democrático. Por estas razones y gracias la buena voluntad y a la falta de experiencia de la mayoría de ellos, Putin era un hombre con el que había que tratar de igual a igual.  

A los políticos del campo democrático no les preocupó demasiado su pasado ni que durante su gobierno se asesinaran periodistas, se acosaran y encarcelaran opositores y que algunas personas perdieran sus empresas y hasta sus vidas en forma misteriosa.  Mucho menos les importaban estos asuntos  a los capitalistas que invirtieron en Rusia o le prestaron miles de millones de dólares.  

Para el mundo del dinero y de las influencias, en Rusia había un mercado por explotar y fabulosas ganancias por administrar.  Y aunque disminuida política y militarmente no dejaba de ser una potencia con la que había que contar. Después de todo siempre se acude al preferido, cómodo y demagógico argumento de que los negocios y el desarrollo conducen irremediablemente a la democracia.

El resultado ha sido todo lo contrario a lo que esperaban nuestros pragmáticos dirigentes. Putin ha llevado a Rusia paso a paso por el camino de la autocracia y el despotismo, demostrando que es tan  depredador como lo fueron los antiguos jerarcas del Kremlin. Putin está al mando de un considerable poder militar y tiene el control de un país que es el segundo productor de gas natural de mundo y el tercero de petróleo.  

Putin ha cometido errores que demuestran que es un ex agente soviético convertido en el hombre fuerte de lo quedó de la URSS.  Sus errores solo puede atribuirse a su carácter, a su formación, a sus ambiciones y a la ceguera con que el poder engaña a los hombres sin cultura, sin visión y sin grandeza. Algo bastante más común de lo que imaginamos.

Su violenta anexión de Crimea y la descarada organización y dirección de un ejército separatista en Ucrania al que ha entregado armamento sofisticado son la última muestra –no la primera- de su agresividad personal, de sus ambiciones y del poco respeto que le merece Occidente. 

En un juego en que pudo seguir ganando terreno, Putin sacó las cartas demasiado temprano.  Las 298 víctimas del avión de Air Malaysa  parecen finalmente haber alertado a Occidente de sus intenciones. 

Las reacciones por su error están a la vista. NATO, la alianza militar de Estados Unidos y Europa que fue tomada por sorpresa parece prepararse para evitar futuras agresiones rusas en el continente. El gobierno estadounidense ha denunciado la violación por parte de Rusia del tratado sobre el desarrollo de misiles cruceros firmado entre Reagan y Gorbachov en 1987. También se han implementados medidas que afectarán negativamente a la economía rusa y que son mensajes de advertencia.

Los Estados Unidos ha suspendido la cooperación recientemente acordada por medio de la cual científicos de ambos países podrían visitar  los lugares de desarrollo avanzado. Los científicos rusos visitarían 137 sitios de investigación del complejo nuclear de los Estados Unidos,  como  los centros de diseño de armas  atómicas de Los Alamos, Alburquerque y Livermore y tendrían acceso al poderoso láser de cinco mil millones de dólares en Livermore, en el que se crean explosiones de bombas de hidrogeno en miniatura.

Que sus acciones lo hayan hecho muy popular en Rusia no nos debe sorprender. La popularidad de los conquistadores es cosa común en la historia y solo se mantiene con más invasiones victoriosas y con un nivel de vida que difícilmente Rusia puede sostener sin un aumento de las inversiones y los negocios con Occidente.  No nos debe impresionar que algunos periodistas y académicos hayan querido “intelectualizar” sus acciones como parte de la voracidad territorial del antiguo Imperio Ruso del que “afirman” se siente heredero.

Lo importante es que gracias a sus errores se ha  podido entender a tiempo las consecuencias de la falta de visión de los dirigentes occidentales. Vladimir Putin ha perdido legitimidad y prestigio en un mundo que le abrió las puertas. Tratará de recuperar el terreno perdido porque el error ha sido muy grande, las consecuencias económicas y políticas pueden llegar a ser muy serias y su ego ya está acostumbrado a que lo traten como un hombre civilizado.

Huber Matos Araluce
San José,  Costa Rica



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Putin y Raúl y el desastre en Ucrania


El resultado de esta tragedia no podía haber sido peor para ambos, la imagen de los dos autócratas y ex camaradas ha quedado muy dañada. Tal es el caso que no se había acabado de disipar el humo de los restos del avión de pasajeros de Malaysa Airlines cuando Vladimir Putin estaba negando que su gobierno fuera a activar una operación de espionaje electrónico en Cuba. El y Raúl Castro habían dejado correr el rumor del proyecto de inteligencia en la Isla para demostrar cuan fuertes eran los lazos entre ambos gobiernos y de paso advertirle a Obama que con Cuba era mejor que fuera más, que menos flexible.  

El viaje Putin a Cuba fue programado hace mucho tiempo como parte de su presencia en Brasil al final del campeonato mundial de fútbol. Ocasión en que se anunciaría públicamente la creación de un banco internacional entre Rusia, China, India, Brasil y Sudáfrica, el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD). 

Cuando esta gira se planeó seguramente fue con el propósito de proyectar al hombre fuerte de Rusia como un estadista de talla planetaria. Putin, a pesar de ser represor de la oposición democrática en Rusia, había alcanzado cierto grado de credibilidad mundial en buena parte porque Barack Obama lo trataba como un hombre que había que tener en cuenta en el escenario del liderazgo internacional.  

Vladimir Putin comenzó su caída en desgracia cuando como reacción al derrocamiento de su socio el presidente de Ucrania a principios de este año lanzó una invasión y le quitó a ese país la Península de Crimea.  La Unión Europea y los Estados Unidos tuvieron que aceptar el hecho y responder con unas sanciones que aunque lastimaban la economía rusa no fueron suficientes para frenar las intenciones del autócrata ruso.

Putin, herido en su autoestima aprovechó la oportunidad para encubrir su pérdida de prestigio internacional alimentando el nacionalismo ruso, estrategia que han usado con frecuencia políticos en aprietos.  Así se alivió temporalmente con la efímera simpatía del populacho ruso que le pedirá la cabeza el día que la economía rusa no pueda mantenerle su nivel de vida.

Por eso esta reciente gira tenía que  usarse para demostrarle a las masas rusas que su hombre fuerte era recibido y aplaudido en Latinoamérica. La presencia del "macho man" ruso, apoyado por los gobiernos latinoamericanos que se consideran sus aliados, era un reto directo a los Estados Unidos desde el patio de su casa.

No estaba mal el esfuerzo publicitario hasta que un misil ruso derribó un avión de pasajeros y causó la muerte de 298 inocentes.  No importa quien apretó el botón o quien se equivocó y desde donde se lanzó.  Si lo dispararon soldados rusos o si lo hicieron los guerrilleros ruso-ucranianos que controla el ejército ruso, la responsabilidad recae sobre Vladimir Putin, que es  el jefe principal y el instigador de la desestabilización del gobierno ucraniano.

Lo cierto es que Raúl Castro y su dictadura no se van a salvar de la cuota de repudio mundial que les corresponde, especialmente ahora que Fidel Castro en forma cínica repite la acusación de Putin de que el responsable es el gobierno de Ucrania por un conflicto que no debía existir. 

Quienes hace algunas semanas escribieron una carta a Obama pidiéndole mayor flexibilización de la política de Washington hacia el gobierno castrista no quedaron nada bien con el acercamiento entre Vladimir Putin y Raúl Castro. Ahora ante esta tragedia y las declaraciones cómplices del régimen cubano, esa carta debía quedar bien archivada para que no se pierda y sobre todo para que no se olvide.

Por Huber Matos Araluce

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